Acto 2
Las cinco sombras de Casiopea

Capítulo 1
Las cinco luces
Monikaia llevaba varios minutos contemplando el espejo retrovisor del jeep.
El motor descansaba en silencio sobre la losa de basalto suspendida entre las nubes. Apoyaba el antebrazo izquierdo en la moldura de la ventanilla, con las gafas de aviador subidas hacia la coronilla, clavando la vista en su reflejo.
La superficie plateada se onduló.
La sonrisa de Monikaia desapareció de golpe. Los bordes del cristal se tiñeron de gris ceniza y una sombra deformó sus facciones, estirándolas en un borrón sin ojos ni boca. Duró un segundo; el vidrio escupió la penumbra y sus rasgos recuperaron el contorno exacto.
Monikaia soltó el aire retenido en el pecho.
—Lo lograron.
—Eso parece.
La voz de Aluisio sonó a espaldas del vehículo.
Monikaia ladeó el mentón. El anciano avanzaba arrastrando su pesada túnica ceniza y apoyándose en la vara de roble. A su lado caminaban Marenis, con el lino carmesí recogido sobre el hombro, y Bilor, con los brazos cruzados y las plantas de los pies firmes sobre la roca fría. Ninguno traía cara de victoria.
—Vaya caras de fiesta —dijo ella, golpeando suavemente el volante con los nudillos—. Dos niños rompieron el asedio del Jardín de los Reflejos, las tres Bibliotecas siguen enteras y la Escuela de las Estrellas no se cayó al abismo. En mi pueblo eso se celebra con ruido.
—Celebraremos el día en que dejemos de enviar niños a defender los muros que nosotros mismos abandonamos —repuso Aluisio, plantando la base de madera contra la piedra.
Monikaia enarcó una ceja.
—Ahí está. Te extrañaba de mal genio.
—Llevo más de veinticinco años con el mismo genio.
—Un cuarto de siglo suena más imponente.
Aluisio le sostuvo la mirada con severidad.
—Lo es.
Marenis dio un paso hacia el jeep y apoyó la palma sobre el guardabarros cubierto de polvo. Los hilos de cobre de su manga tintinearon al rozar la chapa.
—Angelia envió palabra hace un instante —anunció—. La Escuela se sostiene. El núcleo del Faro resistió el embate de la bruma.
Monikaia miró de nuevo el retrovisor.
—¿Y la niña?
—Angelia usó una expresión que jamás creí escuchar de ella.
—¿Cuál?
—«Tiene madera».
Monikaia dejó escapar una risa corta.
—Entonces la Protectora de la Estrella se ganó el puesto a pulso.
Bilor asintió con una gravedad pétrea.
—Mariajose aprendió a caer y a levantarse en un solo tiempo.
—¿Eso fue un elogio de Bilor? —bromeó Monikaia—. Anótenlo en las crónicas.
—Fue una constatación técnica —cortó el maestro.
Aluisio carraspeó, deteniéndose a la altura del capó remachado, justo donde la pequeña alondra de bronce vibraba bajo la brisa.
—El muchacho tampoco vaciló. El Guardián de la Luz Azul cruzó el umbral a buscarla en cuanto sintió la grieta.
—Tienen agallas —concluyó Monikaia—. De eso no hay duda.
El silencio se instaló sobre la plataforma, roto únicamente por el viento que azotaba los estandartes azules del dojo a lo lejos. En el horizonte flotaban otras islas de basalto, algunas devoradas a medias por nubes espesas y otras marcadas por vetas de ceniza gris que el tiempo no lograba limpiar.
Marenis miró sus propias manos.
—Las pruebas iniciales concluyeron.
—Y ahora viene el golpe de verdad —completó Monikaia.
Aluisio asintió, con la mirada perdida en los caminos cortados.
—La Niebla conoce a sus enemigos.
—Y sabe que tienen doce y ocho años —añadió Bilor.
Monikaia tamborileó sobre el cuero del volante.
—Por eso intentó ahogarlos antes de que se encontraran.
La Niebla del Olvido había pasado décadas replegada, royendo apenas los límites de pueblos desiertos, leyendas sin oyentes y tumbas cuyos nombres se borraban bajo el musgo. Aquella espera había terminado.
Aluisio apoyó el peso de su cuerpo sobre la vara.
—Veinticinco años reuniendo fuerza en el fondo del pozo. Eso le tomó volver a manifestarse con cuerpo propio.
Monikaia señaló las marcas calcinadas en la piedra.
—Mucho o poco, casi parte en dos la calzada.
—Un manotazo desesperado —sentenció Aluisio—. Frente al poder que alguna vez tuvo, esto apenas rasguña la superficie.
—Un rasguño que casi nos deja sin linaje —replicó Marenis con aspereza.
—Buscaba cortar el hilo antes de que formara nudo —dijo el anciano—. No lo consiguió.
Monikaia se enderezó en el asiento.
—Bien. Cerró ese frente. ¿Por dónde va a golpear ahora?
—Por donde siempre ataca la carcoma —respondió Aluisio—. Por las fisuras.
El viento amainó entre las columnas.
—Ningún reino colapsa de golpe por fuera —continuó Aluisio con voz baja y firme—. Todo orden se sostiene en funciones invisibles. El río que recuerda hacia qué mar corre. La semilla que sabe cuándo romper la tierra. El recuerdo exacto que mantiene a una familia unida frente a una pérdida. Nadie repara en esos engranajes mientras giran sin ruido.
—Hasta que uno se traba —dijo Marenis.
Monikaia bajó las gafas de aviador y las dejó reposar sobre el pecho.
—Las Grietas de la Memoria.
Aluisio afirmó con la cabeza.
—Fallas diminutas en el tejido de las cosas. La Niebla carece de ejército para derribar murallas, pero le sobra veneno para pudrir las junturas.
—¿Y qué puede infectar? —preguntó Monikaia.
—Cualquier historia que conserve un testigo —dijo Marenis—. Pero cada asalto le exige gastar una porción de la sustancia que tardó un cuarto de siglo en condensar.
Monikaia alzó la vista hacia el firmamento.
Las nubes altas se abrieron como cortinas rasgadas. En la negrura del cielo, cinco estrellas doradas brillaron con un trazo angular e inconfundible.
—Casiopea —susurró.
Una hebra grisácea, viscosa y lenta, trepó por la primera estrella de la constelación. Luego rodeó la segunda, hasta cercar las cinco puntas en una corona opaca.
La ligereza de Monikaia se evaporó.
—Dime que eso no significa lo que creo.
—Le queda combustible para cinco arremetidas —respondió Aluisio—. Si logramos que fracase en las cinco, consumirá hasta el último rastro de la fuerza que acumuló durante nuestro encierro.
—¿Y si las gana?
Aluisio apretó los nudillos contra la madera de su báculo.
—Entonces el olvido dejará de ser una sombra y pasará a ser el dueño del mundo.
Una corriente helada barrió la explanada y sacudió la bufanda de Monikaia. Muy arriba, en el vértice occidental de la constelación, la primera estrella parpadeó con un estertor trémulo. La bruma que la envolvía se hinchó, volviéndose negra como brea.
Bilor dio un paso al frente, con los puños cerrados al costado.
—La primera fisura acaba de abrirse.
Monikaia giró la llave en el contacto.
El motor bramó con una sacudida metálica. En el capó, las runas cinceladas se encendieron en un fuego azul incandescente y la alondra de bronce tembló sobre la antena.
—¿Hacia dónde apunta? —gritó sobre el estrépito del escape.
Aluisio levantó la mirada hacia la estrella que agonizaba, midiendo la distancia con ojos transparentes.
—Hacia el Este. Donde el cielo se quebró antes de que existieran los libros.
Monikaia sonrió con esa mueca afilada que ponía cada vez que el abismo se abría bajo sus ruedas.
—Babilonia. Me encanta el polvo caliente.
Metió primera con un golpe seco de palanca.
—¡Suban o quédense a mirar las estrellas! —gritó Monikaia.
El jeep aceleró a fondo, mordió el vacío con sus ruedas envueltas en fuego azul y se lanzó en picada a través de las nubes, persiguiendo la luz que acababa de empezar a morir.
