Acto 1

Los Herederos del Pacto


Dos niños se encuentran en una colina al atardecer, contemplando un valle de ensueño resplandeciente y un paisaje de templos.


Capítulo 1

El Pacto de las Diosas


El día en que la tierra se dividió no hubo truenos en el cielo, sino un crujido en el corazón del mundo.

Mucho antes de que los mapas tuvieran fronteras y el océano recibiera sus nombres, los grandes señores de la Divinidad se reunieron sobre la Atlántida. No estaban allí para celebrar. Habían acudido para detener a una sombra nacida de la misma fuente que las estrellas: el hermano de El Inicio.

Aquel cuya voz jamás fue pronunciada en las oraciones, a quien ningún templo abrió sus puertas y cuyo nombre se había ido quedando atrás, sepultado bajo el esplendor de la creación.

Consumido por un rencor antiguo —el veneno silencioso de saberse relegado—, el primer traidor había tomado una decisión atroz: si su existencia no iba a ser recordada por las civilizaciones, entonces ninguna civilización conservaría memoria suficiente para recordar nada.

La Atlántida, la mayor joya de aquel mundo intacto, ya se hundía bajo las aguas, arrastrada por la fuerza de su envidia.

El olvido se había convertido en su arma más terrible.

Sobre el abismo que devoraba la ciudad caída, los dioses alzaron su juicio.

Zeus convocó el rayo primigenio y rasgó la bóveda de la noche. Odín liberó un viento helado que endureció las olas en mitad de su furia. Ra derramó el fuego de la primera mañana sobre el mar convulso. Perkūnas hizo estremecer la tierra con la fuerza de mil martillos.

Y junto a ellos, otras divinidades antiguas descargaron su poder sobre el enemigo.

Fue un ataque desesperado, un despliegue brutal de fuerza concebido para aplastar, destruir y borrar.

Pero el golpe fue tan colosal que el mundo mismo no pudo sostenerlo.

Con un rugido sordo, la gran masa de tierra se agrietó de extremo a extremo. El suelo único se abrió como una herida inmensa, y los continentes comenzaron a separarse, alejándose unos de otros como naves arrastradas por una marea imposible. La onda sísmica atravesó la creación entera y cambió para siempre la forma del planeta.

En medio de aquel cataclismo, el cuerpo del traidor cedió al fin.

Alcanzado por la furia combinada del panteón, cayó sobre el centro del océano y se quebró como una estatua de sal. Su forma tangible se deshizo en el aire, dispersándose entre espuma, ceniza y silencio.

Los dioses respiraron con agotamiento. Ante sus ojos, la Atlántida terminaba de hundirse y, con ella, desaparecía el más deslumbrante legado de aquella edad remota. Aun así, creyeron haber vencido. Guardaron sus rayos, bajaron sus martillos y pensaron que la violencia había restaurado el orden.

Pero la esencia de un ser tan antiguo no puede ser destruida por la violencia.

De los restos dispersos de su forma y del último aliento de su rencor no nació la muerte. No quedó un cadáver. No quedó una ruina.

En su lugar, desde las profundidades del mar comenzó a elevarse una densidad fría y silenciosa: una humareda pálida, sin olor a fuego, sin calor, sin vida… como si la ausencia misma hubiera tomado forma.

Era una niebla que no arrastraba ceniza ni vapor, sino vacío; una niebla que avanzaba llevándose consigo el recuerdo de las cosas.

Una niebla hecha de olvido.

Así nació la Niebla del Olvido, y ya no venía a combatir los cuerpos de los dioses, sino a borrar sus nombres.

Despojada de su forma y convertida en un aliento helado, la Niebla no buscó refugio ni venganza. Ya no poseía un cuerpo que pudiera ser alcanzado por un rayo, atravesado por una lanza o aplastado bajo un martillo.

Era hambre sin carne, resentimiento sin rostro, y en aquel nuevo estado sabía exactamente hacia dónde dirigirse.

Extendió su manto pálido sobre las tierras de Anatolia, donde se alzaba el reino de las Amazonas.

Durante la era dorada del mundo, el hermano de El Inicio había observado a dioses y mortales lo suficiente para conocer una verdad que aquellos que lo habían atacado no habían comprendido: una civilización no se sostenía únicamente por la fuerza de sus ejércitos ni por el poder de quienes gobernaban desde los cielos; se sostenía porque alguien recordaba.

Recordaba los nombres, las historias, los vínculos, las promesas.

Y entre las Amazonas, la memoria pasaba de una generación a otra como una llama que ninguna conquista había logrado extinguir.

Por eso fueron elegidas.

Si conseguía borrar aquello que ellas protegían, no necesitaría derribar sus ciudades ni derrotarlas en batalla. Bastaría con hacer que dejaran de saber quiénes eran.

Las primeras columnas de humo descendieron sobre las llanuras y las guerreras respondieron de inmediato. Empuñaron sus lanzas, levantaron los escudos de bronce y tensaron sus arcos con la disciplina de quienes habían entrenado toda una vida para defender su tierra.

Una lluvia de flechas atravesó el cielo.

Todas desaparecieron dentro de la Niebla.

Ninguna encontró un cuerpo al que herir.

Las Amazonas mantuvieron sus posiciones.

Entonces el humo comenzó a colarse entre los cascos, a deslizarse sobre las armaduras y a rozar sus frentes con un frío que no pertenecía al invierno.

Una guerrera alzó su espada… y olvidó cómo debía sostenerla.

Otra escuchó una orden y permaneció inmóvil porque ya no reconocía la voz de su capitana.

Más allá, dos mujeres que habían combatido juntas desde niñas se encontraron frente a frente. Una pronunció el nombre de la otra.

La otra la miró con miedo.

No sabía quién era.

La formación comenzó a quebrarse, no porque las Amazonas hubieran perdido su valor, sino porque estaban perdiendo aquello que les permitía recordar por qué luchaban.

Fue entonces cuando las diosas comprendieron.

Atenea fue la primera en mirar más allá del campo de batalla.

—No podemos combatirla como antes.

Isis observó a las guerreras intentando aferrarse unas a otras mientras sus recuerdos desaparecían.

—Porque ya no hay un cuerpo que destruir.

Freya apretó los puños. Todavía podía sentirse, a través del suelo fracturado, la herida que el ataque de los dioses había abierto en el mundo.

Bachué permaneció en silencio durante unos instantes. Luego contempló a las Amazonas.

—Entonces no debemos destruirla.

Las demás volvieron la mirada hacia ella.

—Debemos impedir que siga borrando.

Aquella comprensión cambió la batalla.

Los dioses habían respondido a la amenaza con fuerza y habían roto el mundo intentando salvarlo. Las diosas entendieron que, frente a una fuerza que buscaba convertirlo todo en ausencia, la respuesta no podía ser otra forma de destrucción.

Debía ser preservación.

Atenea ofreció la claridad necesaria para recordar incluso en medio del engaño. Isis entregó la fuerza que protege aquello que ha sido amado. Freya depositó la determinación de resistir cuando todo parece perdido. Bachué entregó la memoria profunda de la tierra, aquella que permanece bajo las raíces incluso cuando los pueblos han desaparecido.

Y junto a ellas, otras antiguas señoras de la creación ofrecieron una parte de su esencia.

Las fuerzas se entrelazaron.

La luz tomó forma.

Ante ellas apareció un cofre como ningún otro que hubiera existido: oscuro y luminoso al mismo tiempo, cubierto por relieves que parecían cambiar cuando alguien intentaba observarlos. Sobre su superficie podían distinguirse escenas de pueblos aún no nacidos, nombres que todavía nadie había pronunciado y recuerdos pertenecientes a generaciones que aún esperaban su turno para existir.

Habían creado el Arca de las Mil Memorias.

Dentro de ella podría guardarse aquello que la Niebla más ansiaba consumir: cada historia, cada nombre, cada fragmento de memoria que daba sentido al mundo.

El cebo perfecto.

Pero Atenea comprendió de inmediato el problema.

—Entrará.

Isis terminó su pensamiento.

—Pero nada impedirá que vuelva a salir.

El Arca podía contener, pero no podía sellar.

Necesitaban algo diferente.

Un ancla.

Una materia capaz de soportar la esencia del Olvido sin dejarse consumir por ella.

Las diosas buscaron una respuesta entre los poderes del mundo.

No la encontraron.

La respuesta llegó desde el campo de batalla.

Las Amazonas que aún conservaban sus recuerdos habían escuchado. Al frente de ellas, Pentesilea, la reina guerrera, dejó caer lentamente su espada.

No en señal de rendición.

La clavó en la tierra.

A su alrededor, las demás hicieron lo mismo, una tras otra. El sonido del metal penetrando el suelo recorrió las llanuras como un juramento.

La guerrera levantó la mirada hacia las diosas.

—Si nuestras historias son lo que busca… que sean también aquello que la detenga.

Durante un instante nadie habló.

Bachué comprendió antes que las demás.

—No existe regreso de aquello que ofrecéis.

La Amazona observó a sus hermanas. Algunas todavía recordaban su nombre; otras ya apenas conseguían reconocer el lugar donde habían nacido.

Pero ninguna retrocedió.

—Entonces haced que el mundo recuerde por nosotras.

Las guerreras se tomaron de las manos y ofrecieron aquello que ningún ejército había logrado arrebatarles.

Su existencia física.

No hubo gritos.

No hubo violencia.

Una luz comenzó a ascender desde sus cuerpos como pequeñas partículas de amanecer. Sus armaduras quedaron vacías sobre la hierba mientras sus siluetas se transformaban lentamente en destellos cristalinos.

Miles de recuerdos atravesaron el aire: infancias, batallas, canciones, promesas, nombres pronunciados por última vez.

Todo aquello que habían sido se reunió sobre el Arca.

Y allí se cristalizó.

El material que nació de su sacrificio no era piedra ni metal. Era algo que nunca antes había existido:

memoria convertida en materia.

Así nació el Sello del Equilibrio.

En su superficie permanecieron grabadas las cualidades que habían resistido incluso cuando los recuerdos comenzaron a desaparecer:

el coraje para permanecer,

el honor de elegir a otros antes que a uno mismo,

la lealtad hacia aquello que merecía sobrevivir.

Las diosas rodearon el Arca.

Ahora comprendían qué debía hacerse.

Cada una derramó una sola gota de su sangre sobre el cristal. Las gotas recorrieron las facetas del Sello y se encontraron en su centro.

Pero la sangre divina no cayó.

Ardió.

Una luz dorada brotó del cristal y ascendió como una pequeña llamarada que no quemaba y, sin embargo, parecía contener el calor de todas las historias que alguna vez habían sido contadas.

Había nacido la Llama de la Memoria.

Entonces las diosas abrieron el Arca.

La Niebla se detuvo.

Por un instante, todo quedó en silencio.

Miles de recuerdos brillaban dentro del cofre como estrellas atrapadas en una noche diminuta.

La Niebla sintió su presencia.

Y tuvo hambre.

Abandonó las llanuras.

Toda aquella oscuridad pálida comenzó a reunirse sobre el Arca, atraída por la promesa imposible de devorar de una sola vez aquello que más deseaba destruir.

El humo descendió.

Entró.

Atenea gritó:

—¡Ahora!

El Sello del Equilibrio cayó sobre el Arca.

El impacto no fue fuerte.

Fue apenas un chasquido.

Pero aquel sonido atravesó montañas, océanos y dimensiones.

La Llama de la Memoria se elevó sobre el cristal.

Y la Niebla desapareció.

Por unos segundos nadie se movió.

El viento volvió a recorrer las llanuras. Las armas abandonadas de las Amazonas permanecían clavadas en la tierra y los escudos descansaban sobre la hierba.

Pero las guerreras ya no estaban.

Su reino había desaparecido de la superficie del mundo.

No vencido.

No conquistado.

Entregado.

La victoria no produjo vítores.

Las diosas permanecieron alrededor del Arca en un silencio profundo, conscientes de que acababan de salvar la creación gracias al sacrificio de un pueblo que ya no podría celebrar junto a ellas.

Sobre la tapa descansaba el Sello del Equilibrio y, dentro de sus facetas, todavía brillaba algo.

No eran solamente tres virtudes.

Era el último eco de quienes lo habían creado.

Coraje.

Honor.

Lealtad.

Y mientras esas tres palabras continuaran existiendo en el mundo, las Amazonas jamás desaparecerían por completo.

La Niebla había sido contenida.

Pero quedaba una última decisión.

Ningún reino antiguo se consideraba lo bastante seguro para custodiar el Arca de las Mil Memorias. Ningún palacio, templo o fortaleza podía prometer que permanecería intacta frente al paso de los siglos. Los dioses ya habían demostrado que incluso el poder podía equivocarse, y las diosas sabían que bastaría una chispa de ambición, una guerra o una nueva disputa para poner nuevamente en riesgo aquello por lo que las Amazonas habían entregado su existencia.

Fue entonces cuando Bachué dio un paso al frente.

La diosa madre contempló el Arca y, durante unos instantes, pareció escuchar algo que las demás no podían oír.

Tal vez el agua.

Tal vez la tierra.

Tal vez un llamado mucho más antiguo.

—Llevadla a las montañas de la niebla dulce —dijo finalmente, con una voz serena como el cauce de un río—. Allí donde la tierra abraza las nubes y el tiempo aprende a florecer con paciencia.

Posó una mano sobre el Sello del Equilibrio.

—La memoria estará a salvo.

Las diosas aceptaron.

Lejos de los grandes tronos del mundo antiguo, el Arca inició su viaje hacia las tierras protegidas por Bachué. Cruzó mares recién nacidos y atravesó territorios que todavía no tenían los nombres con los que algún día serían recordados, hasta llegar a las inmensas montañas del nuevo mundo.

Allí, en las profundidades de los Andes colombianos, bajo las raíces del reino muisca, encontraron su refugio.

La tierra se cerró sobre el Arca. Las montañas se convirtieron en sus murallas, los ríos ocultaron su camino y la vegetación cubrió toda huella de su existencia.

En el interior de una grieta que ningún mapa llegaría a señalar, el Arca de las Mil Memorias comenzó su larga vigilia.

Sobre ella descansaba el Sello del Equilibrio, todavía resplandeciente con la esencia de las Amazonas.

Y sobre el cristal ardía la Llama de la Memoria.

Pequeña.

Dorada.

Constante.

Una luz encargada de recordar mientras el resto del mundo seguía adelante.

Así pasaron los siglos.

Y el mundo, agradecido por una paz cuyo precio ya no conocía, volvió a olvidar.

Los pueblos cambiaron de nombre. Los imperios nacieron, crecieron y desaparecieron. Los antiguos dioses abandonaron lentamente las conversaciones de los hombres. Sus templos se convirtieron en ruinas; sus hazañas, en leyendas; y las leyendas terminaron transformándose en historias contadas junto al fuego.

La Atlántida se volvió un rumor.

Las Amazonas, una pregunta.

El Pacto de las Diosas dejó de pertenecer a la memoria de los mortales.

Pero bajo las montañas, el Arca permaneció.

El Sello resistió.

La Llama siguió ardiendo.

Hasta que alguien recordó aquello que debía permanecer dormido.

Ocurrió mucho tiempo después, en uno de esos rincones invisibles donde los antiguos reinos todavía rozaban el mundo de los mortales.

Huitaca, diosa rebelde de la luna y de la abundancia, dejó que un pensamiento atravesara su memoria.

No fue una invocación. No hubo ritual. Ni siquiera pronunció un nombre.

Fue apenas un recuerdo fugaz: la imagen de aquella fuerza antigua que había hecho temblar a los panteones, una punzada de nostalgia por una época en la que los dioses caminaban sin esconderse, una pregunta que apareció durante un instante y desapareció casi inmediatamente.

Pero algunas cosas no necesitan ser llamadas para escuchar cuando alguien las recuerda.

En las profundidades de los Andes, algo respondió.

La Llama de la Memoria tembló.

Solo una vez.

Dentro del Arca, el silencio pareció moverse.

Y sobre una de las facetas del Sello del Equilibrio apareció una línea tan fina que habría resultado imposible distinguirla para cualquier mirada mortal.

Atravesó lentamente el cristal donde permanecía grabado el Coraje.

Un chasquido diminuto recorrió la grieta.

Después, todo volvió a quedar inmóvil.

El Arca continuaba cerrada.

La Niebla seguía contenida.

El Sello no se había roto.

Pero había dejado de ser perfecto.

Y la Llama lo supo.

A algunos kilómetros de allí, lejos de las cuevas sagradas, de los reinos invisibles y de cualquier historia que hablara de dioses, el sol de la tarde descendía sobre las montañas colombianas.

Una llovizna reciente había dejado pequeñas gotas suspendidas sobre las hojas de los cafetales. El aire olía a tierra mojada, a orquídeas y a guayaba madura.

Entre las hileras de café corría una niña.

Tenía las manos manchadas de tierra y el vestido salpicado por el barro del camino. Reía mientras intentaba seguir a una mariposa amarilla que se alejaba cada vez que estaba a punto de alcanzarla.

No conocía la Atlántida.

Nunca había escuchado hablar del Pacto de las Diosas.

No sabía que, mucho antes de que ella naciera, un pueblo entero había entregado su existencia para proteger los recuerdos del mundo. Tampoco sabía que, en algún lugar debajo de aquellas mismas montañas, una grieta acababa de aparecer sobre un cristal que llevaba eras esperando en silencio.

La niña extendió las manos hacia la mariposa.

Entonces se detuvo.

Sintió calor.

No el calor del sol.

Algo diferente.

Algo que parecía latir al mismo ritmo que su corazón.

Bajó la mirada.

Bajo la tela sencilla de su vestido, justo en el centro de su pecho, comenzó a encenderse una pequeña luz dorada.

La niña abrió los ojos de par en par.

La luz creció apenas un instante.

Cálida.

Limpia.

Viva.

En las profundidades de la montaña, la Llama de la Memoria ardió con la misma intensidad.

Como si ambas llamas se hubieran reconocido.

Como si una llamada realizada siglos atrás acabara finalmente de encontrar respuesta.

La pequeña Flor todavía no podía saberlo. Aún tendría tiempo para correr entre los cafetales, aprender los nombres de las plantas, escuchar las historias de quienes habían vivido antes que ella y crecer.

Pero desde aquel instante, algo antiguo había comenzado a vivir también en su interior.

El mundo había olvidado el Pacto.

Había olvidado a las Amazonas.

Había olvidado incluso el peligro que dormía bajo sus pies.

La Llama, en cambio, no había olvidado.

Y ahora ya no tendría que recordar sola.

Había encontrado a Flor.

 

Capítulo 2

El llamado y el jaguar dorado


Flor no sabía nada de dioses, pactos olvidados ni llamas antiguas. Para ella, el mundo entero cabía entre aquellas montañas: en el olor a tierra mojada después de la llovizna, en las hojas de café que le rozaban los brazos cuando corría entre los cultivos, en las historias que escuchaba junto al fogón y, aquella tarde, en la importantísima misión de atrapar una mariposa amarilla.

—¡Espera! —gritó entre risas, aunque la mariposa, naturalmente, no tenía ninguna intención de obedecerla.

Flor corrió detrás de ella entre las hileras de cafetales, levantándose un poco el vestido para no tropezar con las raíces. Cada vez que parecía estar a punto de alcanzarla, la mariposa batía las alas y escapaba unos pasos más adelante.

Flor protestaba. La mariposa insistía.

Y así continuaron hasta que algo cambió.

No fue el cielo.

No al principio.

Fueron los pájaros.

Los azulejos y los copetones que llenaban la tarde con su algarabía callaron casi al mismo tiempo. Flor redujo el paso. La mariposa amarilla continuó volando unos metros, pero luego también desapareció entre las hojas.

La niña quedó inmóvil.

—¿Hola?

Nadie respondió. Ni un canto, ni un aleteo, ni siquiera el zumbido de los insectos que solían esconderse entre los arbustos.

Entonces cambió el viento.

La brisa tibia que subía desde el valle perdió de repente su calor. Una corriente helada recorrió las plantas e hizo temblar las hojas todavía cubiertas de pequeñas gotas de lluvia.

Flor cruzó los brazos sobre el pecho.

Apenas eran las dos de la tarde. Lo sabía porque, antes de salir, su madre le había dicho que podía jugar un rato antes de ayudarla con algunas cosas en casa.

Pero la luz ya no parecía la de las dos.

Flor levantó la mirada. No había grandes nubes de tormenta, relámpagos ni lluvia. El sol seguía allí.

Y, sin embargo, algo estaba mal.

Su resplandor comenzaba a debilitarse.

Al principio fue apenas perceptible, como cuando una nube muy fina atraviesa el cielo. Después, la claridad dorada que cubría las montañas perdió intensidad. Los verdes brillantes de los cafetales se volvieron más opacos y las sombras se estiraron sobre el terreno mucho antes de tiempo.

Flor frunció el ceño.

El sol no estaba desapareciendo.

Parecía cansarse.

Como si algo, en algún lugar que ella no podía ver, estuviera apagándolo lentamente desde dentro.

Bajo la tela de su vestido, justo en el centro del pecho, aquel extraño calor que había comenzado a acompañarla desde hacía poco volvió a despertar.

Un latido.

Luego otro.

Flor apoyó una mano sobre el pecho. No le dolía, pero esta vez el calor no se sentía tranquilo. Parecía querer advertirle algo.

La niña miró de nuevo hacia el cielo.

—¿Qué te pasa?

El sol, naturalmente, no respondió.

Pero algo brilló junto al sendero.

Flor bajó la mirada. Entre las piedras húmedas y la tierra oscura había un diminuto destello dorado.

Uno.

Luego otro.

La niña se acercó. El brillo no parecía reflejar la luz del día. De hecho, mientras todo a su alrededor continuaba oscureciéndose, aquel pequeño resplandor permanecía intacto.

Flor se agachó y comenzó a apartar las piedras con los dedos.

Debajo encontró un broche.

Era una pequeña mariposa de filigrana dorada, con las alas abiertas y diminutos cristales amarillos incrustados entre delicadas formas que parecían hojas, raíces y pétalos entrelazados.

Flor contuvo el aliento.

Nunca había visto algo semejante.

—Qué bonito...

Extendió la mano.

En cuanto sus dedos tocaron el metal, el calor de su pecho respondió. La mariposa brilló con mayor intensidad y, durante un instante, Flor creyó escuchar algo.

No una voz.

Todavía no.

Más bien un murmullo lejano, como agua corriendo entre piedras, como hojas agitándose bajo tierra, como muchas voces intentando recordar una palabra al mismo tiempo.

Flor apartó la mano y el brillo disminuyó.

Volvió a tocar el broche.

El murmullo regresó.

La niña miró alrededor.

—¿Hay alguien ahí?

Nada.

Solo aquella tarde que seguía perdiendo luz.

Flor cerró los dedos alrededor de la mariposa dorada y echó a correr hacia su casa.

Cuando cruzó la puerta de madera, encontró a su madre junto a la ventana. Había encendido una vela sobre la mesa, no porque fuera de noche, sino porque la cocina comenzaba a parecerlo.

—Mamá...

La mujer se volvió.

—Flor, ¿dónde estabas? Mira cómo está el cielo.

La niña señaló hacia afuera.

—El sol está raro.

Su madre miró por la ventana y después al reloj de pared. Las agujas marcaban apenas pasadas las dos.

—Seguro viene una tormenta.

Flor negó inmediatamente.

—No hay nubes.

Su madre volvió a mirar hacia las montañas. Esta vez tardó un poco más en responder.

—Entonces será una de esas cosas de la montaña.

Lo dijo con una sonrisa que intentaba parecer tranquila.

Flor conocía esa sonrisa.

Era la que los adultos usaban cuando querían convencer a los niños de algo que ellos mismos todavía no entendían.

La niña abrió la mano.

—Encontré esto.

La expresión de su madre cambió. Tomó el broche con cuidado y lo acercó a la vela.

—¿Dónde?

—En el camino.

Los cristales amarillos atraparon el resplandor de la llama y lo devolvieron convertido en pequeños reflejos dorados.

—Flor, esto parece muy valioso.

—¿Puedo quedármelo?

Su madre la miró.

—Tal vez alguien lo perdió.

Flor bajó un poco la cabeza.

—Pero estaba debajo de las piedras.

—Eso no significa que no tenga dueño.

La niña observó la mariposa. Por alguna razón que no sabía explicar, imaginar que debía entregársela a otra persona le produjo una tristeza extraña.

No porque fuera bonita.

Era otra cosa.

Como si aquel objeto le resultara familiar. Como si hubiera estado esperándola.

Su madre volvió a mirar el broche y luego a Flor. Durante unos segundos no dijo nada. El brillo de la mariposa pareció crecer apenas entre sus dedos.

La mujer frunció el ceño, sorprendida.

Y después sonrió.

—Bueno...

Flor levantó inmediatamente la mirada.

—¿Sí?

—Por ahora.

—¡Sí!

—Por ahora —repitió su madre, conteniendo una risa—. Si alguien viene a buscarlo, tendremos que devolverlo.

Flor asintió con tanta rapidez que casi perdió el equilibrio.

Su madre negó con la cabeza.

—Ven aquí.

Apartó algunos mechones rebeldes del cabello de su hija y colocó el broche a un lado de su cabeza. La pequeña mariposa quedó prendida entre sus rizos.

Durante un segundo, el metal se calentó. No lo suficiente para quemarla. Solo lo suficiente para que Flor lo sintiera.

Su madre también pareció percibir algo. Retiró los dedos y contempló a su hija.

—Te queda hermoso.

Flor sonrió.

—¿Sí?

—Pareces una reina de la montaña.

Flor soltó una carcajada y, durante unos instantes, todo volvió a parecer normal.

Hasta que una sombra atravesó la ventana.

La niña se giró.

El sol seguía en el cielo, pero ahora parecía todavía más pálido: una esfera blanca y lejana cuya luz apenas conseguía atravesar la creciente penumbra.

Flor sintió de nuevo el latido bajo el pecho.

Esta vez mucho más fuerte.

Una vez.

Dos.

Tres.

Y entonces vio las luces.

Más allá de la ventana de la cocina, entre las plantas del jardín, aparecieron pequeños destellos dorados.

Flor se acercó al vidrio. No eran luciérnagas. Se movían de manera demasiado ordenada.

Decenas de diminutos puntos luminosos comenzaron a reunirse sobre las flores, formando una espiral que ascendió lentamente y después avanzó hacia el borde del bosque.

Flor pegó la nariz a la ventana.

—Mamá...

—¿Qué pasa?

Flor miró hacia atrás. Su madre estaba ocupada acomodando algunas cosas sobre la mesa.

—Nada.

Cuando volvió a observar el jardín, las luces continuaban allí.

Esperándola.

Y entonces el broche vibró.

Apenas un pequeño temblor entre su cabello.

Flor llevó una mano hasta la mariposa. El murmullo regresó, pero esta vez había algo diferente. Entre aquel sonido imposible, creyó reconocer una palabra.

Su nombre.

Flor...

La niña contuvo el aliento.

Miró a su madre. Luego hacia el jardín.

Flor...

Se acercó a la puerta trasera y la abrió lentamente.

—Voy a mirar una cosa.

—No te alejes.

—No.

Flor salió.

Las luces comenzaron a avanzar y la niña las siguió. Primero atravesaron el jardín, después el borde de los cafetales y finalmente entraron en el monte.

Flor se detuvo.

Su madre le había dicho que no se alejara.

Miró hacia la casa. Todavía podía verla.

Volvió a mirar las luces. Esperaban unos metros más adelante.

El calor de su pecho volvió a latir.

Flor apretó los labios.

—Solo un poquito.

Entró entre los árboles.

El olor de la tierra húmeda era mucho más intenso allí. También el de las orquídeas silvestres, los helechos y los frutos maduros que caían sobre el suelo. La oscuridad parecía haber llegado antes al bosque y las luces doradas eran ahora lo único que marcaba el sendero.

Flor caminó detrás de ellas. Cada cierto tiempo se detenía y escuchaba.

Nada.

Y, sin embargo, tenía una sensación extraña.

No estaba sola.

De pronto recordó algo: dos luces verdes entre los cafetales.

Había sido mucho tiempo atrás. O quizá no tanto.

Una noche creyó verlas detrás de unas plantas y corrió a contarle a su madre que un gato enorme la estaba mirando. Su madre había salido con una lámpara, pero no encontró nada.

Otra vez, después de caer desde una rama demasiado alta de un árbol, Flor juró que algo había empujado una rama hacia ella justo antes de tocar el suelo.

Nadie le creyó.

Ni siquiera ella misma terminó creyéndolo.

Flor se detuvo.

Las pequeñas luces doradas desaparecieron.

—¿Hola?

Un crujido sonó a su izquierda.

La niña giró inmediatamente.

Nada.

Otro crujido.

Esta vez detrás de ella.

Flor dio media vuelta.

—¿Quién está ahí?

Unas hojas comenzaron a moverse.

Flor retrocedió.

Del interior de los helechos apareció una pequeña cabeza. Dos orejas redondeadas. Dos ojos brillantes.

Y después el resto del cuerpo.

Era un cachorro de jaguar.

Flor dejó escapar un pequeño grito. El animal se quedó completamente quieto.

Ella también.

Se observaron.

El jaguar tenía el pelaje cubierto de manchas oscuras, pero entre ellas corrían reflejos dorados que parecían moverse con cada respiración. Alrededor del cuello llevaba una pieza de oro delicadamente tallada; en su centro destacaba una esmeralda labrada en forma de espiral, flanqueada por finas gemas y cristales amarillos que cobraban vida incluso bajo aquella luz moribunda.

Flor abrió mucho los ojos.

El jaguar inclinó la cabeza.

—Hola...

El cachorro movió una oreja.

Flor tragó saliva.

—¿Dónde está tu mamá?

El jaguar parpadeó.

Flor dio un paso atrás.

El cachorro avanzó uno.

—No me comas.

El jaguar se sentó.

Flor lo miró.

Él la miró.

—Eres pequeño.

El cachorro pareció ofenderse.

Flor casi sonrió.

Y entonces el jaguar desapareció.

Su cuerpo se convirtió en una nube de polvo dorado que se dispersó entre las hojas.

Flor gritó y retrocedió demasiado rápido. Su pie quedó atrapado entre dos raíces y cayó sobre el barro.

—¡Ay!

Un dolor agudo atravesó su tobillo. Flor se incorporó un poco y vio un raspón sobre la piel.

—Genial...

Una respiración cálida rozó su mano.

Flor se quedó inmóvil.

El jaguar estaba a su lado. No había escuchado acercarse.

El cachorro bajó la cabeza.

—No...

Flor intentó apartar la pierna, pero el animal pasó lentamente la lengua sobre la herida.

Una luz dorada recorrió la piel.

El ardor desapareció.

Flor abrió los ojos.

El raspón también.

No había sangre.

Ni marca.

Nada.

La niña olvidó por completo que debía tener miedo.

Miró al jaguar. Luego su tobillo. Luego otra vez al jaguar.

—¿Cómo hiciste eso?

El cachorro se sentó frente a ella.

Flor lo observó con atención.

Y entonces ocurrió algo todavía más extraño.

Sus ojos cambiaron.

Seguían siendo los mismos ojos verdes y dorados, pero durante un instante parecieron contener algo mucho más grande que aquel pequeño animal.

Un río.

Una montaña.

Una selva creciendo bajo la lluvia.

Manos hundiéndose en tierra fértil.

Semillas abriéndose.

Raíces extendiéndose bajo continentes enteros.

Flor dejó de respirar.

El calor de su pecho ardió con fuerza y el broche de mariposa desplegó un resplandor dorado entre su cabello.

El jaguar no movió la boca.

Pero una voz atravesó el silencio.

No surgió del bosque.

Ni del cielo.

Ni siquiera del animal.

La escuchó directamente dentro de ella.

Antigua.

Cálida.

Inmensa.

—Despierta, Guardiana.

Flor permaneció inmóvil.

La voz continuó.

—La memoria te necesita.

Y en algún lugar, muy por encima de las montañas, el sol perdió otro poco de su luz.



Un niño y un hombre barbudo en una biblioteca frente a un portal rosa brillante entre las estanterías.

Capítulo 3

La Centinela del Eco Dorado



Las pequeñas luces que habían guiado a Flor hasta aquel rincón del bosque se elevaron de pronto. Dejaron de revolotear entre las hojas y comenzaron a girar alrededor de ella y del pequeño jaguar, formando una espiral dorada que crecía con cada vuelta.

Flor sintió un vacío en el estómago.

El bosque comenzaba a desaparecer detrás de los destellos.

Quiso retroceder, pero el cachorro se acercó hasta rozar su pierna con el lomo. Su cuerpo era pequeño, firme y cálido. Flor hundió los dedos entre su pelaje y respiró profundamente.

Entonces la luz lo cubrió todo.

La mariposa de filigrana se desprendió de sus rizos y abrió las alas.

Ya no parecía un broche.

Volaba.

Flor siguió su resplandor mientras el mundo comenzaba a romperse frente a sus ojos.

Vio agua.

Una extensión inmensa, enfurecida, elevándose contra una ciudad de piedra. Torres desapareciendo bajo las olas. Sombras gigantes combatiendo entre relámpagos.

Un rugido que parecía surgir del fondo mismo de la tierra.

La imagen cambió antes de que pudiera comprenderla.

Una niebla oscura avanzaba sobre una llanura. Mujeres corrían entre el humo. Algunas sostenían arcos; otras levantaban escudos. Una de ellas cayó de rodillas, pero antes de tocar el suelo su cuerpo se convirtió en pequeños fragmentos de luz.

Flor apretó el pelaje del jaguar.

—¿Qué está pasando...?

Nadie respondió.

La mariposa continuó avanzando.

Tres destellos.

Cristal.

Unas manos femeninas cubiertas de tierra. Otras envueltas en agua. Otras rodeadas de fuego.

Un cofre tomó forma entre ellas.

Flor alcanzó a distinguir símbolos que no conocía, grabados sobre materiales que parecían pertenecer a lugares completamente diferentes.

Después vio tres figuras.

No alcanzó a distinguir sus rostros. Solo recordó unas manos entrelazadas.

Y luego...

un resplandor.

Tres piezas de cristal.

Un candado.

La mariposa volvió a agitar las alas.

El océano pasó bajo ella.

Montañas.

Selvas.

Ríos.

Hasta que Flor reconoció algo.

Aquellas montañas se parecían a las suyas.

El cofre desapareció entre la piedra, ocultándose en las entrañas de la tierra, y durante un instante todo quedó completamente oscuro.

Flor dejó de respirar.

Entonces la mariposa regresó.

Voló directamente hacia ella y, con un último destello, volvió a convertirse en el pequeño broche dorado que se prendió entre sus rizos.

Las imágenes desaparecieron.

El bosque regresó.

Flor abrió los ojos de par en par.

No sabía qué acababa de ver. No sabía quiénes eran aquellas mujeres, qué había dentro del cofre ni por qué algo tan antiguo había terminado oculto bajo unas montañas que se parecían tanto a las de su hogar.

Solo sabía que había sido real.

O al menos...

se había sentido real.

Entonces la vio.

Entre los últimos destellos apareció una mujer.

Su figura parecía construida con agua, tierra y estrellas. La luz recorría su piel como pequeños ríos y sus cabellos se confundían con la vegetación que la rodeaba.

Flor no sabía su nombre.

Sin embargo, al encontrarse con sus ojos, sintió algo extraño.

La conocía.

No sabía de dónde. Quizá de algún sueño que había olvidado, de una historia que alguien le contó cuando era demasiado pequeña para recordarla o quizá aquella sensación no provenía realmente de ella.

La mujer inclinó ligeramente la cabeza.

Cuando habló, Flor no escuchó su voz en el bosque.

La sintió dentro del pecho.

—Durante mucho tiempo, aquello que viste permaneció protegido.

Flor miró hacia arriba.

Entre las ramas, el sol seguía allí, pero cada vez resultaba más difícil encontrarlo. Su brillo se había vuelto pálido, apagado, como una lámpara a punto de extinguirse.

—¿Es por eso que está desapareciendo?

La mujer siguió su mirada.

—Algo ha alterado el orden que debía sostenerlo.

Flor volvió a mirarla.

—¿Quién?

La mujer permaneció unos segundos en silencio.

—Quienes deberían impedirlo ya no pueden hacerlo.

El miedo que Flor había logrado contener regresó de golpe.

Miró sus manos.

Eran pequeñas. Tenían tierra entre los dedos y una marca roja donde una rama la había raspado durante el camino.

Nada en ellas parecía capaz de salvar nada.

—¿Pero cómo puedo hacerlo yo? —preguntó—. Solo soy una niña...

La expresión de la mujer se suavizó.

Antes de que pudiera responder, una voz atravesó la espesura.

—¡Flor!

La niña se quedó inmóvil.

—¡Flor! ¿Dónde estás?

Era su mamá.

Y estaba asustada.

Flor miró hacia el lugar de donde provenía la voz y después nuevamente hacia aquella mujer imposible.

—Mi mamá me está buscando.

La figura no intentó detenerla.

Flor tragó saliva.

—¿Esto es un sueño?

La mujer sonrió. Había algo antiguo en esa sonrisa, pero también algo extrañamente cercano.

—No, Flor.

La niña sintió un escalofrío.

Era la primera vez que aquella mujer pronunciaba su nombre.

—Entonces... ¿quién eres?

La respuesta no llegó.

En cambio, la mujer extendió una mano y señaló suavemente el broche entre sus rizos.

—Llevas contigo un legado que comenzó mucho antes de que nacieras.

Flor tocó la mariposa.

—¿Qué significa eso?

—Que cuando estés preparada, podrás responder al llamado.

La voz de su madre volvió a escucharse, ahora más cerca.

—¡Flor!

La niña dio un paso hacia atrás.

La mujer no insistió.

—Toca la mariposa y recuerda estas palabras: Fuerza amazona, vuelo dorado, trae las memorias del pasado.

Flor frunció el ceño, intentando memorizarlas.

—¿Y qué va a pasar?

La mujer comenzó a desvanecerse.

—Eso dependerá de ti, Centinela del Eco Dorado.

—¡Espera!

Pero la luz ya se dispersaba entre las ramas. En pocos segundos no quedó nada.

Solo el bosque.

El jaguar.

Y Flor.

—¿Centinela de qué...?

No obtuvo respuesta.

El cachorro levantó las orejas.

Flor se agachó y acarició su cabeza.

—Tú tampoco me vas a explicar nada, ¿verdad?

El jaguar le rozó los dedos con el hocico y, de pronto, se internó entre los arbustos.

—¡Espera!

Demasiado tarde.

Había desaparecido.

Unos segundos después, las hojas comenzaron a sacudirse detrás de ella.

Su madre apareció respirando con dificultad.

—¡Flor!

Corrió hasta la niña y la sujetó por los hombros.

—¿Qué haces aquí? ¡Casi me enloqueces!

Le revisó los brazos, la cara y las piernas como si esperara encontrar alguna herida.

Flor miró hacia los arbustos.

No quedaba rastro del jaguar, de las luces ni de aquella mujer.

—Lo siento, mamá.

—¿Cómo llegaste hasta acá?

Flor dudó.

Por un instante estuvo a punto de contárselo todo: la mujer de luz, la ciudad bajo el agua, las guerreras, el cofre, el sol.

Pero ninguna de esas palabras parecía tener sentido ahora que estaba frente a su madre.

Bajó la mirada.

—Estaba buscando luciérnagas y me alejé demasiado.

Su madre cerró los ojos.

—Ay, Flor...

La abrazó con fuerza.

Flor apoyó la cabeza contra ella y volvió a mirar el bosque.

No sabía por qué había mentido.

Solo sentía que aquello debía permanecer guardado hasta que lograra comprenderlo.

Cuando regresaron a la finca, algo había cambiado.

No solamente en el cielo.

En todas partes.

El reloj de la cocina marcaba poco después de las cuatro de la tarde, pero afuera parecía medianoche. Las gallinas se habían refugiado dentro del gallinero mucho antes de tiempo y los perros ladraban hacia caminos vacíos.

En una finca cercana, un hombre intentaba encender una vieja radio una y otra vez mientras varios vecinos esperaban alrededor.

—Debe ser una tormenta —decía uno.

—No hay nubes —respondía otro.

—Entonces es humo.

—¿Humo de dónde?

Nadie tenía una respuesta.

En otra casa comenzaban a cubrir las ventanas. Alguien preguntó si también estaría ocurriendo en Bogotá. Otro aseguró que seguramente el sol volvería a aparecer en cualquier momento.

Flor escuchaba desde la cocina.

Los adultos discutían, buscaban explicaciones, encendían lámparas y miraban los relojes como si las agujas pudieran decirles cuánto tiempo podía durar una tarde sin luz.

Su madre comenzó a contar las velas que quedaban en un cajón.

Seis.

Después revisó otro armario.

Dos más.

Flor nunca la había visto contar velas.

Aquello le dio más miedo que la oscuridad.

Se acercó a la ventana.

El jardín apenas podía distinguirse. Durante unos segundos no vio nada.

Entonces aparecieron dos pequeños puntos entre las plantas.

Verdes.

Brillantes.

Flor se pegó al cristal.

Los ojos del cachorro la observaban desde la oscuridad.

—Estás ahí...

El jaguar parpadeó.

Después desapareció.

Flor permaneció frente a la ventana un largo rato.

Aquella noche nadie cenó a la hora acostumbrada.

Nadie sabía muy bien qué hora debía parecer.

El cuerpo decía una cosa.

Los relojes, otra.

Cuando finalmente su madre la llevó a la cama, el mundo continuaba cubierto por una oscuridad extraña. Se sentó junto a ella y comenzó a soltarle con cuidado el cabello.

Al retirar la mariposa de filigrana, la dejó sobre la mesita de noche.

Flor la siguió con la mirada.

—Mamá...

—¿Sí, mi amor?

Flor dudó.

—¿Tú conoces a una mujer que parece hecha de agua y tierra?

Su madre dejó de acomodar las cobijas.

—¿Una mujer de qué?

—De agua... y de tierra. Y había estrellas.

La mujer la miró con cansancio.

Flor continuó.

—¿Y sabes algo sobre los dioses que cuidaban el sol?

Su madre suspiró.

—Flor...

—¿O sobre un cofre escondido en las montañas?

—Mi amor, basta.

No había enfado en su voz. Solo agotamiento.

Le acarició la frente.

—Tenemos asuntos mucho más importantes en los que pensar ahora. Ve a dormir y deja que los adultos decidamos qué hacer.

Flor guardó silencio.

Su madre le dio un beso y apagó la pequeña lámpara.

La puerta se cerró.

Flor permaneció mirando el techo.

Los adultos decidiremos qué hacer.

Pero ellos no sabían qué estaba pasando.

Flor había escuchado todas sus conversaciones.

Tormentas. Humo. Nubes. Radios.

Nadie había hablado de aquella mujer. Nadie había mencionado a las guerreras, el cofre o los dioses. Ni siquiera parecían preguntarse por qué algo tan imposible podía estar sucediendo.

Flor giró la cabeza hacia la mariposa que descansaba sobre la mesita.

¿Por qué ella había visto aquellas cosas?

¿Por qué su mamá no sabía nada?

¿Y por qué aquella mujer había hablado como si Flor tuviera que recordar algo que nunca había aprendido?

Cerró los ojos.

Durante algunos minutos intentó repetir mentalmente las palabras que había escuchado en el bosque.

Fuerza amazona...

¿Después qué seguía?

Vuelo dorado...

Las palabras comenzaron a mezclarse con el sueño.

Tal vez su mamá tenía razón. Tal vez había pasado demasiado tiempo sola en el bosque. Tal vez las luces habían sido luciérnagas.

Tal vez se había quedado dormida.

Tal vez...

El cansancio terminó venciendo todas sus preguntas.

Flor se durmió.

Cuando despertó, no supo si era de madrugada o de mañana.

La habitación seguía oscura.

Esperó unos segundos.

Normalmente podía escuchar los gallos de las fincas vecinas antes incluso de que su mamá entrara a despertarla.

Aquella mañana no cantó ninguno.

Flor se levantó y se acercó a la ventana.

El cielo era negro.

No azul oscuro.

No gris.

Negro.

En el patio, las vacas permanecían inquietas junto al establo. Escuchó a uno de los trabajadores decir que no habían querido dar leche.

Su madre discutía con alguien en la sala.

—Tenemos que conseguir más velas.

—¿Y si esto dura otro día?

Nadie respondió.

Flor buscó los ojos verdes entre las plantas.

Nada.

Esperó.

Siguió sin aparecer nada.

Una sensación incómoda comenzó a crecer dentro de ella.

Quizá...

Quizá sí había sido un sueño.

Se apartó de la ventana.

—Qué tonta...

Empezó a tender la cama.

Entonces escuchó un ruido debajo de ella.

Flor se quedó inmóvil.

Algo rozó la madera.

Se arrodilló lentamente.

Dos ojos verdes la observaban desde la oscuridad.

Flor se llevó ambas manos a la boca.

El pequeño jaguar asomó primero el hocico y después sacó la cabeza completa.

—No...

El cachorro salió arrastrándose.

Flor retrocedió sentada sobre el piso.

—Aún estoy dormida.

El jaguar ladeó la cabeza.

—Esto es un sueño.

El cachorro movió la cola.

—Tiene que serlo.

El jaguar dio un paso hacia ella.

Después otro.

Su pata trasera chocó contra la mesita de noche.

El vaso que Flor había dejado allí la noche anterior tambaleó peligrosamente.

Flor abrió los ojos.

—No, no, no...

El vaso cayó.

Se estrelló contra el piso.

El ruido atravesó toda la casa.

El jaguar saltó del susto y se escondió inmediatamente debajo de la cama.

Pasos apresurados resonaron en el pasillo.

La puerta se abrió de golpe.

—¡Flor!

Su madre apareció con el rostro pálido.

Miró los pedazos de vidrio.

Luego a la niña.

—¡Por favor, Flor! Algo muy extraño está pasando afuera. El sol sigue sin aparecer, los gallos no han cantado, las vacas no han dado leche y tenemos que salir a conseguir más velas. Estamos completamente a oscuras y tú empiezas la mañana rompiendo cosas.

Flor nunca había visto a su mamá tan asustada.

Ni tan molesta.

Bajó la cabeza.

—Perdón, mamá.

Su madre respiró profundamente. Cerró los ojos unos segundos y, cuando volvió a abrirlos, su expresión había cambiado.

Se acercó a Flor y se arrodilló frente a ella.

—No. Perdóname tú a mí, mi amor. No debía gritarte.

Le dio un beso en la frente.

—Solo estoy preocupada.

Flor asintió.

—Yo también.

Su madre sonrió con tristeza.

—Arregla tu cama y ponte los zapatos. Ayúdame a buscar las velas que queden. Parece que el sol tampoco piensa salir hoy.

Cuando la puerta se cerró, Flor esperó.

Uno.

Dos.

Tres segundos.

Nada.

Después apareció el hocico debajo de la cama.

El jaguar salió lentamente.

Flor lo observó.

Él la observó a ella.

Luego miró los pedazos del vaso.

Flor puso ambas manos sobre la cintura.

—Eso lo hiciste tú.

El cachorro movió las orejas.

—Y me regañaron a mí.

El jaguar se sentó.

Flor intentó mantener el gesto serio.

No pudo.

Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

Después desapareció.

Porque entendió.

Se arrodilló y extendió la mano.

El jaguar acercó la cabeza hasta que los dedos de Flor tocaron su pelaje.

Era cálido.

Real.

Flor cerró los ojos.

La ciudad.

Las guerreras.

El cofre.

La mujer.

El sol desapareciendo.

Nada había sido un sueño.

Abrió los ojos y miró hacia la ventana.

Seguía oscuro.

Luego miró hacia la puerta.

Sabía que su madre estaba allí afuera intentando encontrar velas para enfrentarse a algo que no podía comprender.

Y Flor tampoco lo comprendía.

No sabía quién era aquella mujer, qué significaba ser una Centinela, dónde tendría que ir ni qué encontraría cuando llegara.

Pero sabía una cosa.

La habían llamado.

Y aquello era real.

El pequeño jaguar levantó la mirada hacia ella.

Por un instante, Flor volvió a escuchar aquella voz dentro de sí.

Suave.

Distante.

Pero inconfundible.

Centinela del Eco Dorado.

Flor miró la mariposa sobre la mesita.

Su madre se la había quitado la noche anterior.

Ahora fue ella quien la tomó.

La sostuvo unos segundos entre los dedos.

—Espero que sepas lo que estás haciendo —murmuró mirando al jaguar.

El cachorro ladeó la cabeza.

—Sí... yo tampoco.

Flor se puso de pie y acomodó cuidadosamente la mariposa entre sus rizos.

No ocurrió nada.

Todavía.

Llevó una mano hasta el broche.

Su corazón comenzó a latir con fuerza.

Recordó la voz de su madre llamándola en el bosque. Las manos de aquellas guerreras. Los tres destellos de cristal. Las montañas. La oscuridad detrás de la ventana.

Y recordó las palabras.

Esta vez completas.

Flor respiró profundamente.

Seguía teniendo miedo.

Pero ya no necesitaba dejar de tenerlo.

—Fuerza amazona, vuelo dorado, trae las memorias del pasado.

La mariposa ardió en luz.

El jaguar levantó las orejas.

Un resplandor dorado salió disparado desde el broche y atravesó la habitación. Las paredes comenzaron a desaparecer. La cama se desvaneció. El piso dejó de existir bajo sus pies.

Durante un instante, Flor solo alcanzó a ver la silueta de su hogar alejándose detrás de un torbellino de luz.

Después no quedó nada.

Solo oro.

Solo viento.

Y el pequeño jaguar junto a ella.

Flor aún no sabía hacia dónde iba ni qué encontraría cuando llegara.

Pero había dejado de preguntarse si debía responder.

La Centinela del Eco Dorado había aceptado su llamado.

 

Capítulo 4

La diosa de la noche eterna


La pequeña cerró los ojos.

El jaguar también.

El viento los envolvió con tanta fuerza que Flor apretó los brazos alrededor del felino, esperando sentir una caída, un golpe o el vértigo de estar atravesando el cielo. Pero nada de eso ocurrió.

El viaje no se sentía como caer.

Era más parecido a dejarse arrastrar por un río de sol líquido.

Un río sin agua, sin orillas y sin tiempo.

Durante un instante que pareció durar siglos, Flor dejó de escuchar el crujido de la madera de su casa. El olor a café mojado desapareció. También la voz de su madre desde la cocina y aquel ruido familiar de las montañas despertando con ella.

Todo se desvaneció.

En su lugar llegaron otros aromas: piedra helada, musgo húmedo, raíces antiguas y esa lluvia primitiva que había tocado la tierra mucho antes de que los hombres aprendieran a ponerle nombre a las cosas.

Entonces sus pies tocaron nuevamente el suelo.

El impacto fue tan suave que Flor apenas tuvo tiempo de tambalearse. El torbellino desapareció y un último hilo de luz dorada descendió sobre su cabeza, recogiéndose entre sus rizos hasta recuperar la forma de la pequeña mariposa de filigrana.

Flor dio un paso en falso.

—¿Mamá...? —susurró por instinto.

Nadie respondió.

Miró a su alrededor.

La cocina no estaba. Tampoco su habitación, la cama deshecha que había dejado aquella mañana ni el vaso roto sobre el suelo.

Flor sintió que el corazón comenzaba a golpearle con fuerza.

Sin embargo, al levantar la mirada hacia las montañas, algo dentro de ella se tranquilizó.

Las conocía.

Aquellas montañas eran las mismas.

Las pendientes conservaban sus formas y, más allá de los árboles, reconoció incluso la silueta de algunos cerros que tantas veces había contemplado desde la ventana de su hogar. Distinguió las laderas donde, en su mundo, se extendían los cafetales.

Pero allí no había cultivos.

Solo árboles enormes cuyos troncos parecían haber sostenido siglos enteros, helechos, raíces y una vegetación salvaje que cubría todo aquello donde algún día existirían fincas, caminos y pueblos.

Estaba en el mismo lugar y, al mismo tiempo, no lo estaba.

Era su tierra.

Pero aún no era su mundo.

Flor buscó inmediatamente al pequeño jaguar. El cachorro seguía allí, observándola en silencio con aquellos profundos ojos verdes que parecían conocer las respuestas a todas las preguntas que comenzaban a acumularse en su cabeza.

La niña respiró aliviada.

No estaba sola.

Entonces descubrió algo más.

El sol tampoco estaba allí.

Sobre aquellas montañas persistía la misma oscuridad que desde el día anterior envolvía su hogar. No había luna iluminando el cielo ni estrellas suficientes para marcar el horizonte. Era esa penumbra extraña, interminable, rota únicamente por cientos de luciérnagas que revoloteaban entre los árboles y por destellos verdosos que nacían de piedras preciosas incrustadas entre las rocas.

Flor se acercó al pequeño felino.

—¿Dónde estamos, gatito?

No esperaba respuesta.

Pero la obtuvo.

El jaguar no movió la boca. Aun así, una voz cálida y profunda resonó dentro de la mente de Flor con absoluta claridad.

«Centinela, sígueme. Tenemos que encontrar la laguna. Fue el último lugar donde la vi. Espero que no sea demasiado tarde.»

Flor abrió los ojos de par en par. Miró al jaguar y luego alrededor, como si esperara descubrir a alguien escondido entre los árboles.

—Te escucho...

El cachorro sostuvo su mirada.

«Ven. Sígueme.»

Se dio la vuelta y comenzó a correr.

—¡Espera!

Flor salió detrás de él. Sus pequeños zapatos golpeaban la tierra húmeda mientras intentaba seguir aquella silueta dorada que se escabullía con una facilidad desesperante entre raíces, árboles y helechos.

—¡No corras tanto!

Pero el jaguar parecía no conocer otra velocidad.

Flor hizo todo lo posible por no perderlo. Mientras avanzaba, contemplaba aquel mundo con una mezcla de fascinación y temor.

El bosque olía a tierra mojada y a historias contadas junto al fogón. Los árboles eran tan altos que sus copas desaparecían en la oscuridad. Algunas raíces emergían del suelo formando arcos naturales y, sobre ellas, pequeñas luces revoloteaban como si las luciérnagas conocieran una misión que nadie les había explicado: iluminar los caminos mientras el sol encontraba la manera de regresar.

Flor saltó sobre una raíz, esquivó una rama y corrió algunos metros más.

Entonces se detuvo.

El jaguar había desaparecido.

—¿Gatito?

Nada.

—¿Dónde estás?

El bosque respondió con silencio.

Flor giró lentamente sobre sí misma. Detrás de ella solo se extendía una inmensidad oscura.

Quiso regresar, pero ya no sabía de dónde había venido.

—Perfecto... —murmuró.

Un crujido resonó sobre su cabeza.

Flor levantó la mirada.

Desde la rama más alta de un árbol viejo, una enorme lechuza abrió las alas. Sus ojos amarillos resplandecieron entre las hojas y el movimiento hizo temblar las ramas, dejando caer una lluvia de pequeñas gotas alrededor de la niña.

Flor retrocedió.

La lechuza inclinó la cabeza.

—Pero ¿a quién tenemos aquí?

Flor quedó inmóvil.

El ave abrió nuevamente las alas.

—Tú no perteneces a este mundo.

Comenzó a descender.

Flor cerró los ojos con todas sus fuerzas.

Si esto es un sueño, quiero despertar.

Escuchó el suave golpe de unas patas posándose frente a ella.

—No es un sueño.

Flor apretó todavía más los párpados.

La voz sonaba ahora demasiado cerca.

—Abre los ojos. No es momento para tener miedo. Es momento de disfrutar de esta hermosa noche.

Flor tragó saliva.

—Puedes escuchar mis pensamientos...

Abrió lentamente los ojos.

Y olvidó por un instante que tenía miedo.

La lechuza había desaparecido.

En su lugar se encontraba una mujer de extraordinaria belleza.

Tenía largos cabellos negros que caían sobre sus hombros como un fragmento de aquella misma noche. Su piel era clara y su elegante atuendo parecía tejido con fibras doradas que atrapaban los pocos destellos del bosque. Finas joyas rodeaban su cuello y sus muñecas, y pequeñas esmeraldas brillaban sobre ellas como estrellas verdes.

La mujer observó a Flor de arriba abajo.

Luego sonrió.

—Qué lindo broche tienes.

Flor llevó inmediatamente una mano hasta la mariposa entre sus rizos.

La mujer señaló la pieza.

—¿Me lo prestas?

—No.

La respuesta salió tan rápido que Flor incluso se sorprendió.

La mujer alzó una ceja.

—¿No?

Flor dio un paso hacia atrás, protegiendo el broche con la mano.

—Es mío. Y necesito tenerlo siempre conmigo.

Sabía que aquella pequeña mariposa era mucho más que un adorno.

Era la única puerta que conocía de regreso a casa.

La hermosa desconocida frunció los labios en una mueca exagerada.

—Pero qué mala eres.

Flor la miró sin saber si aquello era una broma.

La mujer levantó una de sus pulseras.

—Puedo cambiarlo por oro.

Flor negó con la cabeza.

—No.

—¿Esmeraldas?

—Tampoco.

—¿Muchas esmeraldas?

Flor volvió a negar.

La mujer suspiró.

—Qué difícil eres.

—En serio no puedo dártelo.

La niña intentó reunir valor.

—Además... estoy perdida. Estaba siguiendo a un amigo, pero creo que lo perdí.

Miró hacia el bosque esperando ver aparecer al cachorro.

Nada.

Volvió a mirar a la mujer.

—¿Quién eres?

La desconocida sonrió con orgullo y levantó los brazos como si estuviera a punto de presentar el espectáculo más importante del mundo.

—Por esta noche... y hasta que el sol salga...

Hizo una pequeña pausa.

Después sonrió todavía más.

—Y saldrá cuando yo lo decida...

El viento agitó sus cabellos.

—Soy la diosa de todo lo que alcanzan a ver tus ojos.

Flor parpadeó.

La mujer caminó lentamente alrededor de ella.

—En mi reinado todos mis súbditos disfrutarán. Bailarán. Cantarán. Nadie tendrá que levantarse temprano, nadie dirá que es hora de regresar a casa y nadie volverá a decir que ya fue suficiente.

Se cruzó de brazos.

—Francamente, el reinado de Bochica y Bachué se estaba volviendo bastante aburrido.

Flor seguía observándola, fascinada.

La mujer hizo una pequeña reverencia.

—Soy Huitaca.

Luego señaló a la niña.

—Pero tú sigues siendo un misterio. No perteneces a este mundo.

—Yo soy Flor.

—¿Flor?

—Sí.

La pequeña miró hacia las montañas.

—Vivo cerca. Solo que... quizás no me habías visto antes.

Huitaca la observó con evidente sospecha.

Flor prefirió cambiar de tema.

—¿Te puedo preguntar algo?

El rostro de la diosa se iluminó.

—Claro. Pregunta lo que quieras. En mi reinado no habrá regaños.

Flor señaló hacia la copa del árbol.

—¿Cómo lograste convertirte en esa lechuza?

Huitaca soltó una carcajada que resonó entre las ramas.

—¡Ah! Eso.

Se llevó una mano al pecho.

—Fue un castigo.

—¿Un castigo?

—Del cascarrabias de Bochica.

Flor intentó ocultar una sonrisa.

Huitaca rodó los ojos.

—Pensó que podía enseñarme una lección convirtiéndome en lechuza solo porque yo quería que la gente se divirtiera un poco.

Extendió los brazos.

—Como puedes ver, el castigo no resultó demasiado bien.

—¿Qué pasó?

Huitaca se acercó a Flor como si estuviera a punto de contarle el mejor secreto del mundo.

—El otro día estaba volando por estas montañas, aburridísima, cuando encontré una grieta antigua.

Su expresión cambió ligeramente.

—Había algo dentro.

Flor guardó silencio.

—Un cofre.

La sonrisa de Huitaca perdió parte de su ligereza.

—No era un cofre cualquiera.

Era un arca.

Una corriente fría atravesó el bosque.

Las luciérnagas parecieron alejarse.

—Contiene algo muy antiguo —continuó la diosa—. Algo que había olvidado durante muchísimo tiempo.

Flor sintió un escalofrío.

—¿Lo abriste?

—¡Claro que no!

Huitaca pareció ofendida.

—Ni siquiera lo toqué.

Luego bajó la voz.

—Pero cuando lo vi... recordé lo que había dentro.

Flor esperó.

—Y entonces ocurrió algo muy extraño.

Huitaca miró sus propias manos.

—Olvidé.

La niña frunció el ceño.

—¿Olvidaste qué?

—El castigo.

Una sonrisa comenzó a regresar al rostro de la diosa.

—Olvidé que Bochica me había condenado a permanecer como lechuza. Y en cambio recordé quién era antes.

Levantó los brazos y giró sobre sí misma. Las joyas brillaron a su alrededor.

—Recordé el poder que Chiminigagua me entregó al crearme.

Su sonrisa se volvió radiante.

—Y aquí estoy.

Una lechuza ululó a lo lejos.

Huitaca soltó otra pequeña carcajada.

—Aunque debo admitir que ser ave también es muy divertido. Bochica jamás imaginó que su castigo terminaría ayudándome.

Flor intentaba ordenar todo lo que acababa de escuchar.

Un arca.

Algo antiguo atrapado en su interior.

Y un olvido que había comenzado justo frente a ella.

—¿Y tú qué haces sola en esta parte del bosque? —preguntó Huitaca.

Flor dudó.

—Eeeeh...

Miró nuevamente alrededor.

—Estoy buscando a mi amigo jaguar... y también a una amiga.

—¿Una amiga?

—Es una mujer que parece hecha de agua, tierra y estrellas.

La expresión de Huitaca comenzó a cambiar.

—Tiene unas luces que recorren su piel, como si pequeños ríos vivieran dentro de ella.

Los labios de la diosa se tensaron.

Flor continuó:

—Creo que necesita mi ayuda. Y también creo que ella puede ayudarme a devolver el sol. La oscuridad está causando muchos problemas en mi hogar.

Huitaca cruzó los brazos.

—Estás buscando a Bachué.

No era una pregunta.

—La cascarrabias de Bachué.

La amabilidad había desaparecido casi por completo de su voz.

Flor dio un pequeño paso hacia atrás.

Huitaca hizo un gesto de decepción.

—Y yo que pensaba que tú y yo podríamos ser amigas.

Un gruñido surgió entre la hierba.

Flor se volvió.

Dos ojos verdes atravesaron la oscuridad.

El pequeño jaguar salió disparado desde los arbustos y saltó frente a ella. Mostró sus pequeños colmillos y el pelo de su lomo se erizó mientras gruñía a Huitaca con toda la ferocidad que su diminuto cuerpo le permitía.

Flor sonrió aliviada.

—¡Gatito!

Huitaca miró al cachorro.

—¿Y tú qué haces con ese cachorro de chamán?

El jaguar gruñó con más fuerza.

La diosa entrecerró los ojos.

—Chamán... qué digo.

Se inclinó un poco para observarlo.

—Si eres solo un gatito.

El rugido del cachorro fue tan indignado que Flor tuvo que contener una sonrisa.

Huitaca volvió su atención hacia ella.

—No tienes que preocuparte por Bachué.

Flor dejó de sonreír.

—¿Sabes dónde está?

—Está perfectamente bien.

La diosa hizo un gesto despreocupado con la mano.

—Solo está tomando unas vacaciones.

Flor frunció el ceño.

Huitaca sonrió.

—Un descanso obligatorio.

—¿Qué le hiciste?

La mujer comenzó a desvanecerse entre una espiral de plumas oscuras.

—Nada de qué preocuparse.

Sus brazos se transformaron en grandes alas.

—Cuando hayan aprendido su lección, todos volverán a ser libres.

—¿Todos?

El cuerpo de Huitaca se encogió hasta recuperar la forma de la gran lechuza de ojos dorados.

—¡Espera! —gritó Flor.

Pero el ave ya había levantado el vuelo.

Flor corrió detrás de ella.

—¡Huitaca!

La lechuza ascendió entre las copas de los árboles.

Flor continuó corriendo hasta que las raíces y los helechos le impidieron avanzar.

—¡Espera!

La silueta del ave se hizo cada vez más pequeña y terminó desapareciendo entre la oscuridad de aquella noche interminable.

Flor bajó lentamente los brazos.

—¿Y ahora cómo encontraré a Bachué?

El bosque volvió a quedar en silencio.

La niña dejó escapar un suspiro.

—Siento que no estoy siendo de mucha ayuda...

Algo cálido rozó suavemente su pierna.

Flor miró hacia abajo.

El jaguar se había acercado.

Se agachó frente a él.

—¿Y ahora cómo crees que podamos encontrarla? Aunque corra tan rápido como pueda, jamás voy a alcanzar a Huitaca. Ella vuela demasiado rápido.

Los ojos verdes del jaguar brillaron.

Entonces aquella voz cálida volvió a resonar dentro de la mente de Flor.

Pero esta vez no respondió a su pregunta.

Pronunció unas palabras.

«Fuerza amazona, vuelo dorado, trae las memorias del pasado.»

Flor parpadeó.

—Pero...

Se llevó una mano hasta el broche.

—Esas son las palabras que Bachué me dijo que repitiera.

El jaguar no se movió.

El eco regresó, más profundo, como un latido golpeando desde algún lugar que existía mucho antes que ella.

«Fuerza amazona, vuelo dorado, trae las memorias del pasado.»

Flor tocó la pequeña mariposa de filigrana entre sus rizos.

Y comprendió.

Aquellas palabras nunca habían sido únicamente una forma de abrir el camino entre dos mundos.

Eran una llamada.

Respiró profundamente.

Llevó los dedos hasta el broche y cerró los ojos.

El bosque entero pareció guardar silencio.

Con la solemnidad que merecían aquellas palabras antiguas, Flor pronunció:

—Fuerza amazona, vuelo dorado, trae las memorias del pasado.

La última sílaba apenas había abandonado sus labios cuando la mariposa estalló en luz.

No fue fuego.

No quemó.

Pero el resplandor dorado fue tan intenso que durante un instante pareció arrancar al bosque de la noche que lo mantenía prisionero.

Los árboles se iluminaron. Las esmeraldas ocultas entre las piedras respondieron con destellos verdes y cientos de luciérnagas ascendieron al mismo tiempo.

La luz comenzó a girar alrededor de Flor. Subió desde sus pies, rodeó sus brazos, atravesó su pecho y lentamente se condensó alrededor de su pequeño cuerpo.

Flor abrió los ojos.

Su sencillo vestido, todavía manchado de barro y tierra, seguía allí.

Pero sobre él descansaba ahora algo que parecía pertenecer a otra era.

Finos hilos dorados rodeaban su torso formando un ligero arnés, adornado con pequeños cristales amarillos que brillaban como gotas de sol.

Desde su espalda emergían dos majestuosas alas.

Flor contuvo el aliento.

Eran casi transparentes.

Cristal puro atravesado por delgadas líneas de oro.

Tan frágiles que parecían capaces de romperse con una ráfaga de viento. Tan antiguas que daban la impresión de haber esperado siglos para volver a desplegarse.

En su mano derecha apareció un lazo trenzado con hebras doradas.

Flor lo sostuvo con cuidado.

Vibraba.

No como un arma.

Como algo vivo.

Como si en su interior todavía existiera el pulso de quienes lo habían llevado antes.

La pequeña mariposa ya no descansaba entre sus rizos.

Se había convertido en aquello.

No una armadura nacida para conquistar.

Una memoria hecha reliquia.

El recuerdo de un reino perdido.

El eco de unas mujeres que habían permanecido en pie cuando todo a su alrededor comenzó a caer.

A kilómetros de allí, una lechuza atravesaba el cielo oscuro.

Huitaca sintió el destello antes de verlo.

Se detuvo en pleno vuelo y giró la cabeza. Entre las montañas, una columna de luz dorada había iluminado fugazmente las copas de los árboles.

La diosa permaneció suspendida en el aire, batiendo lentamente las alas.

—¿Y eso?

La luz desapareció.

Huitaca observó durante unos segundos más.

Luego sacudió las plumas.

—Seguro otra rareza de esta noche.

Y continuó volando.

En el bosque, Flor seguía contemplando su propio cuerpo con incredulidad. Rozó cuidadosamente uno de los bordes transparentes de las alas y después tocó el oro del arnés.

Sentía miedo.

Por supuesto que lo sentía.

Era una niña perdida en un mundo que no conocía, rodeada de dioses, criaturas capaces de hablar dentro de su cabeza y poderes que apenas comenzaba a comprender.

Pero junto al temor había algo más.

Un coraje extraño recorría su cuerpo.

No parecía provenir únicamente de ella.

Flor cerró los ojos durante un instante.

Detrás de aquel valor creyó sentir algo inmenso.

Miles de voces.

Miles de pasos.

Mujeres cuyos nombres quizá nadie pronunciaba ya, pero cuya memoria seguía viva en cada hilo de aquella armadura.

El jaguar la contemplaba desde la hierba. Tenía el pecho erguido y sus ojos verdes estaban llenos de una serenidad demasiado antigua para pertenecer a un cachorro.

«Vuela.»

Flor abrió los ojos.

«Alcánzala.»

Las alas de cristal vibraron.

«Llevas el poder del sol en tus alas, Centinela del Eco Dorado.»

Flor miró hacia arriba y luego volvió a mirar al jaguar.

—Pero ¿cómo voy a volar?

Esperó una respuesta.

Nada.

—¡Yo no sé hacer eso!

El jaguar continuó observándola.

—¿No podrías explicarme un poquito más?

Silencio.

Flor resopló y cerró los ojos.

Durante un instante, el miedo intentó inmovilizarla. No sabía mover aquellas alas, no sabía qué debía hacer con el lazo y ni siquiera sabía realmente dónde estaba Bachué.

Entonces, en medio de la oscuridad, apareció un recuerdo.

No era una batalla.

Ni una diosa.

Ni un conjuro.

Era una cocina.

Flor volvió a sentir el aroma dulce del chocolate hirviendo durante las mañanas. Escuchó la voz de su madre llamándola desde la puerta y el canto escandaloso de los gallos despertando a los campesinos de las fincas cercanas.

Recordó la leche recién ordeñada, el olor de la tierra húmeda, las montañas cubiertas de neblina y aquella franja de luz dorada que cada mañana atravesaba el cristal de su ventana y recorría lentamente el suelo de la habitación.

El amanecer.

Flor abrió los ojos.

Todo aquello seguía existiendo.

Su casa.

Su madre.

Su tierra.

Pero sin el sol, algo había comenzado a cambiar.

Y ella podía ayudar.

El recuerdo actuó dentro de su corazón como la llave de un mecanismo antiguo.

Las alas se desplegaron.

Flor soltó un pequeño grito.

—¡Ay!

Los cristales batieron el aire.

Una ráfaga dorada levantó hojas, polvo y pequeñas gotas de agua alrededor de ella.

Sus pies abandonaron el suelo.

Flor abrió los ojos de par en par.

—¡Gatito!

Subió un poco más.

—¡Estoy volando!

Una sonrisa apareció en su rostro antes de que pudiera evitarlo.

Las alas volvieron a agitarse y Flor ascendió hasta quedar suspendida varios metros por encima de las raíces.

Durante unos segundos olvidó el miedo.

Debajo de ella, el bosque era una extensión infinita de sombras, pequeños destellos verdes y cientos de luciérnagas.

Buscó al jaguar.

El cachorro seguía allí, pequeño entre la vegetación, inmóvil, observándola.

No hizo falta que dijera nada.

Flor lo entendió.

Él permanecería cerca. Correría entre las montañas y la seguiría desde la oscuridad tan rápido como aquella naturaleza misteriosa se lo permitiera.

Y ella tenía que continuar.

Flor levantó la mirada.

En algún lugar de aquella noche eterna volaba Huitaca.

Y en algún lugar más allá se encontraba Bachué.

Apretó con fuerza el lazo dorado.

Respiró profundamente.

Las alas de cristal se abrieron detrás de ella.

Y dejando una estela de pequeños destellos sobre el bosque antiguo, Flor se lanzó hacia la oscuridad.

Detrás de la diosa.

Detrás de las respuestas.

Hacia una noche que parecía haberse olvidado de que incluso la oscuridad debe terminar.


Dos viajeros en un jeep resplandeciente por un camino de piedra, con ruinas antiguas y nubes de tormenta a sus espaldas.

Capítulo 5

La Promesa de la Laguna


La Centinela surcaba los cielos con la mente llena de preguntas que aún no sabía cómo responder. Debajo de ella, entre arbustos y senderos apenas visibles bajo la penumbra, el avance del pequeño jaguar se adivinaba tan solo por el constante brillo verde de la esmeralda en espiral que llevaba en el collar, corriendo a toda velocidad para no perderla de vista.

Aquel esfuerzo silencioso le confirmó algo que Flor ya no podía ignorar: la misión encomendada no era un juego. Si una criatura mística se empeñaba en seguirla con semejante urgencia, el peligro debía de ser real.

El temor volvió a oprimirle el pecho. Sin embargo, mientras volaba contempló el mundo extendido bajo ella, cubierto por una oscuridad que no le pertenecía. Algunas luciérnagas seguían encendiendo pequeños destellos entre los árboles y ciertas piedras preciosas devolvían tímidos reflejos desde las montañas, como si incluso en aquella noche interminable la tierra se negara a apagarse por completo.

Flor apretó el lazo dorado entre sus dedos.

Ya era hora de que el sol regresara a cumplir su labor.

En su carrera por alcanzar a Huitaca comenzó a reconocer el paisaje. Eran las mismas montañas que recorría con su madre para ir a la escuela por las mañanas, aunque desde las alturas todo parecía diferente: no había caminos trazados ni paredes que limitaran la vista, solamente laderas, árboles y campos extendiéndose bajo sus alas.

Entonces vio uno que conocía muy bien.

Era un terreno amplio cubierto normalmente por flores de un morado profundo, uno de sus lugares favoritos para perseguir mariposas mientras su madre descansaba cerca. También eran las flores preferidas de ella. Las llamaba Flores de las Once y le había enseñado que, al ocultarse el sol, cerraban sus pétalos en silencio para volver a abrirlos con la luz del nuevo día.

Pero aquella vez el campo entero permanecía cerrado.

En medio del mar morado, tristemente apagado, Flor distinguió la figura de Huitaca.

Descendió con cuidado detrás de la diosa y, apenas sus pies tocaron el suelo, el pequeño jaguar apareció entre los arbustos. Llegó jadeando, con las patas cubiertas de tierra, pero todavía atento a cuanto ocurría.

—Huitaca, por favor, escúchame —pidió Flor.

Su voz sonó más firme de lo que ella misma esperaba. Tal vez era el calor de la armadura. O quizá simplemente había cosas que daban miedo y aun así debían hacerse.

Huitaca no se volvió.

La altivez que Flor había visto antes había desaparecido de su rostro. En su lugar había una tristeza extraña, casi infantil.

—¿Qué está pasando...? —murmuró la diosa—. Cuando estoy triste siempre vengo a este jardín a ver las flores, pero hoy están cerradas. Deben de estar enfadadas conmigo. Todos se enfadan conmigo...

Se agachó y acarició uno de los botones morados con las yemas de los dedos. La flor permaneció inmóvil.

Flor sintió una punzada de compasión.

Tal vez Huitaca había causado todo aquello, pero mientras la observaba comprendió que en ella no había solamente maldad. Había algo distinto, quizá más difícil de combatir: la tristeza de quien lleva demasiado tiempo sintiéndose incomprendida.

La niña avanzó unos pasos. Sus alas de cristal emitieron un tenue destello y el lazo dorado respondió con pequeños pulsos de luz. Cuando aquel resplandor rozó las plantas, algunos pétalos parecieron estremecerse, intentando abrirse sin conseguirlo.

Entonces Flor comprendió.

—Las flores no están enojadas contigo —dijo con suavidad—. Mi mamá las llama Flores de las Once. Cierran sus pétalos cuando oscurece y solo vuelven a abrirlos cuando el sol brilla. No te desprecian, Huitaca. Sin su luz simplemente no pueden mostrar su belleza. Y tú todavía puedes devolvérsela.

Huitaca respiró profundamente y se puso de pie. Al girarse hacia Flor, sus ojos se abrieron de par en par.

—¡Caramba! Eso sí es una mejora de apariencia extrema.

La diosa recorrió con la mirada las alas de cristal, la armadura y el lazo brillante, y una pequeña sonrisa regresó a su rostro.

—Te ves genial, Flor. Con ese atuendo estoy segura de que podríamos ser mejores amigas. Podríamos volar juntas, gobernar y divertirnos hasta que esos aburridos aprendan la lección. La vida es más que normas, rutinas, levantarse temprano y trabajar todo el día. ¡Eso no es diversión! Y si estas flores tienen que esperar un poquito más para abrirse... pues que esperen. Yo quiero disfrutar de mi reinado.

Flor la miró incrédula.

—¿Así sea en la oscuridad?

—Aunque sea en la oscuridad —respondió Huitaca, cruzándose de brazos—. Ven. Deja de ser tan aburrida y vamos por un poco de maíz. Te enseñaré la mejor receta para preparar chicha. La verdadera bebida de los dioses.

La diosa estaba a punto de transformarse nuevamente en lechuza cuando Flor la sujetó con suavidad de la mano.

—Pero todavía no lo comprendes. Si el sol no brilla, el maíz tampoco podrá crecer. Trabajar puede ser cansado, pero eso no significa que podamos deshacernos del sol solo para evitarlo.

Huitaca se quedó inmóvil.

—Tal vez tengas razón... —admitió después de unos segundos—. Pero todavía existen muchísimas cosas divertidas que podemos hacer durante una noche eterna. Escucha esto.

Se llevó las manos a la boca y produjo un sonido rítmico y modulado, parecido al golpeteo lejano de un pequeño tambor.

Desde la hierba respondió un croar.

Luego otro.

Y otro más.

En cuestión de segundos, decenas de diminutas ranitas plataneras comenzaron a asomarse entre las hojas, respondiéndose unas a otras hasta formar una melodía nocturna que hizo sonreír a Huitaca.

—¡Mira! —exclamó encantada—. Ranitas cantoras. Cuando se ponen de acuerdo, sus voces parecen música. ¡Es un concierto fantástico! Y solo cantan de noche.

Levantó un dedo victorioso.

—Punto para la noche eterna.

Flor no pudo evitar sonreír.

Pero el concierto duró muy poco.

Un movimiento brusco agitó la hierba. Después otro.

Entre las hojas comenzaron a deslizarse varias serpientes atraídas por el canto de las pequeñas ranas. Se lanzaron sobre ellas con rapidez y, en pocos instantes, aquella música alegre se convirtió en un caos de saltos, croares desesperados y hierba sacudiéndose por todas partes.

—¿Qué está pasando? ¡Aléjense! —gritó Huitaca.

Retrocedió hasta quedar junto a Flor y el jaguar. Las serpientes continuaron avanzando y pronto los tres se encontraron rodeados por un círculo de cuerpos largos que se deslizaban cada vez más cerca.

Flor tragó saliva.

—Mi mamá me advirtió sobre estas serpientes. Dice que hay que tener mucho cuidado con ellas durante la noche.

El pequeño jaguar levantó la mirada hacia ella.

Entonces aquella voz volvió a resonar en su mente.

Fuerza amazona, vuelo dorado, trae las memorias del pasado.

El cachorro rozó con el hocico la mano en la que Flor sostenía el lazo.

La niña lo miró.

Hasta ese momento apenas comprendía cómo utilizarlo, pero no había tiempo para preguntar.

Cerró los ojos, apretó el puño y repitió las palabras.

—Fuerza amazona, vuelo dorado, trae las memorias del pasado.

El lazo se desprendió de su mano.

Las hebras doradas comenzaron a desenrollarse en el aire hasta formar una espiral luminosa que giró alrededor de Flor, Huitaca y el jaguar. La luz terminó cerrándose sobre ellos como una barrera protectora. Cada serpiente que intentaba atravesarla era detenida por un resplandor dorado que la obligaba a retroceder.

Las ranitas que aún permanecían entre la hierba aprovecharon aquellos segundos para escapar hacia la espesura.

Flor tomó al pequeño jaguar en brazos.

—¡Huitaca, tenemos que irnos! Nunca había hecho esto y no sé cuánto tiempo podré mantenerlas alejadas.

La diosa, todavía sorprendida por el poder del lazo, asintió sin discutir. Se transformó rápidamente en lechuza y alzó el vuelo.

Flor desplegó las alas de cristal y se elevó tras ella con el cachorro protegido contra su pecho.

No volaron demasiado.

Poco después descendieron junto a una amplia laguna cuyas aguas permanecían inmóviles bajo la noche.

Durante unos instantes ninguna habló. La brisa húmeda les acarició el rostro mientras Flor dejaba al jaguar sobre la hierba. El pequeño felino se sacudió, recuperó el aliento y luego se frotó contra las piernas de la niña con un ronroneo satisfecho.

Huitaca recuperó su forma humana.

Ya no sonreía.

—Las palabras que dijiste... —preguntó mirando fijamente a Flor—. ¿Quién te las enseñó?

—Bachué. Cuando me pidió ayuda para recuperar el brillo del sol. ¿Por qué? ¿Las habías escuchado antes?

Huitaca apartó la mirada y contempló las aguas oscuras de la laguna.

—Hace muchos siglos llegó a estas montañas un arca que no pertenecía a nuestro pueblo. Bachué la trajo consigo. Dentro estaba contenida una sombra antigua, llena de rencor, que quería borrar aquello que los pueblos guardaban en su memoria.

Flor permaneció en silencio.

Por fin alguien parecía dispuesto a explicarle qué estaba ocurriendo.

—Al principio muchos tuvimos miedo —continuó Huitaca—. Nuestras montañas eran jóvenes, fuertes y difíciles de corromper, pero custodiar algo tan peligroso era una responsabilidad enorme. Bachué, sin embargo, no llegó únicamente con el Arca.

La diosa se acercó despacio a Flor y levantó una mano hacia su cabello.

—Traía una pequeña reliquia dorada adornada con piedras que no nacen en estas tierras. Topacios. Nos contó que había sido creada a partir del sacrificio de unas guerreras que entregaron cuanto eran para ayudar a contener aquella oscuridad. Y nos hizo una promesa.

Flor sintió que el calor del broche transformado en armadura aumentaba.

—¿Qué promesa?

—Que si algún día aquello que permanecía encerrado volvía a cobrar fuerza, la reliquia despertaría y encontraría a quien pudiera proteger lo que ellas habían jurado defender.

Los ojos de Huitaca se llenaron de inquietud.

—Vi tu broche cuando llegaste y no lo comprendí. No sé cómo pude tenerlo delante y no reconocerlo. Pero al escuchar aquellas palabras...

La diosa respiró hondo.

—Lo recordé.

Flor bajó lentamente la mirada hacia los hilos dorados que cubrían su cuerpo.

Todo aquello que hasta entonces habían sido visiones, voces y palabras difíciles de comprender comenzó a ordenarse en su cabeza.

Huitaca la miró con una mezcla de asombro y temor.

—Si la reliquia despertó, significa que la promesa de Bachué también lo hizo. El poder contenido en el Arca y tras el Sello del Equilibrio está intentando regresar.

Flor sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.

El sol apagándose.

Las voces.

El jaguar.

El broche.

Nada de aquello había comenzado únicamente por una travesura de Huitaca.

—Entonces... ¿por eso Bachué me llama Centinela?

La expresión de la diosa se suavizó.

—Porque eso eres. La guardiana elegida por aquella promesa. La Centinela del Eco Dorado.

Flor permaneció unos segundos sin saber qué decir. Todavía era demasiado para comprenderlo todo, pero había algo que sí sabía: Bachué la necesitaba, el sol debía regresar y aquella sombra no podía escapar.

No daría un paso atrás.

Huitaca, en cambio, dejó escapar un suspiro y recuperó de pronto aquella preocupación infantil que Flor empezaba a conocer demasiado bien.

—Pero si liberamos a los otros dioses se van a enfadar muchísimo conmigo... ¡otra vez!

Flor parpadeó.

—¿Otra vez?

—¡Claro! A mí ya me habían convertido en lechuza. Y a mi hermano, aquí cerca, lo transformaron en una cascada de agua pura y lo obligaron a cargar la tierra sobre sus hombros por toda la eternidad. ¿Sabes cuánto dura la eternidad?

Flor negó con la cabeza.

—Para siempre —respondió Huitaca con absoluta seriedad—. Y eso es muchísimo tiempo.

La niña no pudo evitar una sonrisa.

—Yo hablaré por ti. Les explicaré lo que pasó.

Huitaca arqueó una ceja.

—¿De verdad?

—Sí. Pero tienes que ayudarme. Dime dónde están y yo intentaré liberarlos.

La diosa miró nuevamente la laguna.

Durante algunos instantes guardó silencio. Ya no podía convencerse de que aquello fuera una simple travesura, una lección para dioses demasiado estrictos o una oportunidad para convertir el mundo en una fiesta interminable. Si la promesa que Bachué había traído siglos atrás había despertado junto con aquella reliquia de topacios, entonces el Arca y el Sello del Equilibrio estaban realmente en peligro.

Huitaca desató de su cintura un tejido que Flor no había notado antes: una delicada malla confeccionada con finísimos hilos de oro que resplandecían bajo la oscuridad como si guardaran en su interior los últimos reflejos del día.

Se la ofreció.

—Cúbrete con esto y prepara tus alas. Los dioses están contenidos en el centro de la laguna, allí donde los mitos rozan el olvido.

Flor recibió la malla entre sus manos.

—No entiendo cómo pude ser tan ciega —continuó Huitaca, bajando la mirada—. Quería demostrarles que estaban equivocados. Quería que entendieran que el mundo podía ser distinto. Nunca quise provocar esto.

La niña extendió cuidadosamente el tejido dorado sobre sus rizos. Luego miró a Huitaca y le tomó la mano.

—Todavía podemos devolverle el brillo al sol.

La diosa levantó la vista.

—Y si al final deciden castigarte —añadió Flor—, cumpliré el castigo contigo.

Huitaca abrió los ojos, sorprendida.

Flor sonrió.

—Tú misma lo dijiste. Las dos podemos ser grandes amigas.

Por unos segundos, Huitaca no encontró ninguna respuesta.

Flor se volvió hacia la orilla.

El pequeño jaguar permanecía allí sentado, observándolas en silencio.

—Tú espéranos aquí, pequeño. Regresaremos pronto.

Al acercarse a despedirlo, rozó la pechera del cachorro y la esmeralda en espiral emitió un pequeño destello de luz verde bajo su mano. El animal ladeó ligeramente la cabeza y dejó escapar un rugido suave, cálido y profundo, que se extendió sobre el agua como una bendición.

Flor apretó el lazo dorado entre sus dedos y desplegó las alas de cristal.

Huitaca sostuvo su mano con fuerza.

Juntas alzaron el vuelo sobre la laguna.

A medida que avanzaban, la orilla comenzó a desaparecer detrás de ellas y una bruma espesa se levantó sobre las aguas. Flor no podía ver qué esperaba al otro lado, pero continuó volando.

Hacia el centro de la laguna.

Hacia el lugar donde los antiguos dioses de las montañas aguardaban ser liberados.

Y donde la promesa hecha siglos atrás estaba a punto de ser puesta a prueba.

 

Capítulo 6

La Bóveda de las Ofrendas Perdidas


Mientras avanzaban hacia el centro de la laguna, Huitaca observaba a Flor desde el aire.

Huitaca todavía no conseguía comprender cómo una promesa pronunciada siglos atrás podía haber encontrado a aquella niña.

Había visto la reliquia de las Amazonas cuando Bachué llegó a aquellas montañas custodiando el Arca de las Mil Memorias. Había escuchado hablar de la Centinela que despertaría si algún día aquello encerrado volvía a amenazar el equilibrio. Sin embargo, el paso de los siglos había convertido aquella promesa en poco más que un recuerdo lejano.

Hasta ahora.

Flor volaba junto a ella con la inocencia de quien todavía no comprendía por completo el peligro al que se dirigía y, al mismo tiempo, con una determinación que Huitaca jamás habría esperado encontrar en alguien tan pequeño.

La diosa pensó en su castigo. En Bochica. En la libertad que había sentido al recuperar su verdadera forma después de tantos años convertida en lechuza.

Había querido divertirse.

Había querido demostrar que el mundo podía existir sin tantas reglas, horarios y prohibiciones.

Pero aquello ya no parecía un juego.

Al acercarse al centro de la laguna, el viento cambió.

Una ráfaga violenta golpeó las alas de Flor y la obligó a inclinarse hacia un lado. El agua, hasta entonces oscura y silenciosa, comenzó a agitarse debajo de ellas, levantándose en pequeñas olas que chocaban unas contra otras como si algo respirara en las profundidades.

Flor sintió un nudo en el pecho.

Miró a Huitaca.

La lechuza se mantenía suspendida frente a ella, batiendo lentamente las alas.

No hicieron falta palabras.

Habían llegado.

Huitaca permaneció suspendida frente a ella, batiendo lentamente las alas.

Entonces su voz resonó directamente en la mente de Flor.

—Debajo de este lugar está la Bóveda de las Ofrendas, donde los dioses disfrutan de sus vacaciones obligatorias.

Flor abrió mucho los ojos. Todavía le resultaba extraño escuchar a la diosa sin verla mover el pico, pero ya empezaba a acostumbrarse a que las criaturas de aquel mundo encontraran formas muy particulares de hablar con ella, la miró con preocupación.

—¿Los encerraste ahí?

—No exactamente. Aproveché la última ceremonia de ofrendas. Hice que llegara hasta aquí una cantidad enorme de oro y piedras preciosas.

Flor frunció el ceño.

Huitaca continuó:

—Cuando Bachué trajo el Arca a estas montañas también llegaron materiales que no pertenecían a nuestras tierras. Gemas, metales, piedras extrañas... Sabía que Bochica y los demás jamás permitirían que una ofrenda semejante llegara hasta la bóveda sin supervisarla.

Una sonrisa tímida intentó aparecer en su rostro.

—Así que vinieron todos.

Flor sintió un pequeño brinco de angustia en el pecho.

—¿Pero están a salvo?

—Claro que sí. Esta bóveda existe desde hace muchísimo tiempo. Está custodiada por criaturas encargadas de recibir los tributos y protegerlos hasta que cumplen su propósito.

Huitaca puso los ojos en blanco.

—Guardianes, custodios, reglas... siempre orden, orden y más orden. Bochica puede ser realmente aburrido.

Flor la miró con severidad.

La diosa reconoció inmediatamente aquella expresión.

—Sí, sí. Ya entendí.

Suspiró.

—Mejor apresurémonos a liberar a los policías del orden.

Flor intentó ocultar una sonrisa.

—Hay otro problema —continuó Huitaca—. Las puertas solo se abren para recibir ofrendas.

Señaló la malla dorada que le había entregado junto a la laguna.

—Así que cúbrete bien con eso.

Flor extendió cuidadosamente el delicado tejido sobre sus rizos. Los finísimos hilos de oro descendieron alrededor de su cabeza y sus hombros, atrapando pequeños destellos de la armadura.

No sabía exactamente qué estaba a punto de suceder, pero confiaba en Huitaca.

O al menos intentaba hacerlo.

Flor cerró los dedos alrededor del lazo dorado.

Antes de seguirla, dirigió la mirada hacia la orilla.

Muy lejos, entre la oscuridad y la hierba, distinguió un pequeño resplandor verde.

La espiral de esmeralda en la pechera del cachorro que seguía allí.

Firme.

Observándola.

Aquella diminuta luz bastó para tranquilizarla.

Entonces Huitaca plegó las alas y se lanzó en picada.

—¡Espera!

Flor apenas tuvo tiempo de reaccionar.

La lechuza descendió directamente hacia las aguas.

La niña tragó saliva, cerró los puños y se lanzó detrás de ella.

Por un instante estuvo convencida de que ambas chocarían contra la superficie.

Pero el agua respondió.

Las plumas de Huitaca comenzaron a resplandecer con reflejos dorados. Bajo ellas, las joyas que la diosa llevaba incluso en su forma de ave parecieron despertar y, al reconocer el brillo del oro, la laguna se abrió con un rugido profundo.

El agua comenzó a girar.

Una enorme espiral descendió hacia las profundidades y, en el centro, apareció un espacio completamente vacío: el ojo de un remolino que parecía atravesar la laguna hasta sus entrañas.

Huitaca desapareció dentro.

Flor respiró una última vez y la siguió.

El agua se cerró alrededor de ambas sin tocarlas.

Descendieron con las alas desplegadas mientras las paredes transparentes del remolino giraban a su alrededor. Peces, plantas acuáticas y pequeñas piedras luminosas pasaban frente a ellas arrastradas por la corriente, pero ninguna gota conseguía atravesar aquel camino abierto entre las aguas.

Flor miraba maravillada cuando descubrió unas siluetas suspendidas más allá del torbellino.

Criaturas enormes permanecían inmóviles en las profundidades. Tenían cuerpos semejantes a los de los hombres y grandes cabezas de anfibios cubiertas por delicadas placas de oro. Sus ojos estaban cerrados y sus brazos descansaban junto al cuerpo, como si un sueño demasiado profundo las hubiera sorprendido mientras vigilaban.

Huitaca redujo la velocidad.

—Eso no debería estar pasando...

Flor la miró.

La voz de la diosa había perdido todo rastro de diversión.

Más abajo apareció una estructura.

Al principio parecía una montaña de luz hundida bajo la laguna, pero a medida que descendían Flor comprendió que se trataba de un templo.

Era inmenso.

Su forma recordaba a un gigantesco cesto ceremonial tejido con fibras doradas, piedras preciosas y bandas de metal. Esmeraldas, cuarzos y diminutas piezas de oro cubrían su superficie, enlazadas unas con otras como si incontables ofrendas hubieran terminado formando las paredes del lugar.

Las grandes puertas comenzaron a abrirse.

Bajo las plumas de Huitaca despertó el resplandor del oro sagrado que aún la acompañaba.
La malla que cubría a Flor respondió con la misma luz.

La bóveda las había reconocido.

No como visitantes.

Como ofrendas.

Atravesaron las puertas.

En cuanto sus pies tocaron el suelo, el remolino comenzó a cerrarse sobre ellas y las enormes entradas de la bóveda volvieron a encontrarse con un golpe profundo.

El silencio regresó.

Flor abrió los ojos de par en par.

Dentro no había agua.

El aire era seco y cálido, perfumado con resinas, flores antiguas y tierra. Sobre los muros se acumulaban miles de tributos entregados durante generaciones: vasijas de barro delicadamente esculpidas, máscaras, figuras de animales, mantas tejidas con hilos brillantes, esmeraldas del tamaño de pequeñas frutas y piezas de oro cuyas formas parecían contar historias que Flor todavía no sabía leer.

La niña caminó lentamente.

Rozó con la punta de los dedos una hilera de piedras verdes incrustadas en la pared.

—Es hermoso...

Huitaca no respondió.

Flor se volvió.

La diosa observaba las puertas.

—¿Qué pasa?

—Este lugar nunca está así.

—¿Así cómo?

—Solo.

Huitaca contempló el inmenso recinto.

—Siempre hay guardianes dentro de la bóveda. Criaturas encargadas de proteger las ofrendas, custodios que vigilan las cámaras... pero todos siguen afuera.

Miró nuevamente hacia el lugar por el que habían entrado.

—Dormidos.

La palabra permaneció entre ellas.

Huitaca se acercó a Flor.

—Ven. Tenemos que encontrar a los dioses.

Avanzaron hacia una de las cámaras interiores.

El sonido de sus pasos fue lo único que las acompañó.

Al cruzar el umbral, ambas se detuvieron.

Flor sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.

Los grandes señores de aquellas montañas estaban allí.

Pero nada en ellos parecía divino.

Sué, cuyo brillo debía alimentar el día, yacía recostado contra una pared. Su piel conservaba apenas un tono dorado apagado y ningún resplandor nacía ya de su cuerpo.

Chía permanecía tendida sobre el suelo. Su figura parecía tallada en alabastro sin luz, cubierta por pequeñas grietas que recorrían su piel como fracturas sobre la superficie de una luna rota.

Bochica se encontraba de rodillas.

Sus brazos permanecían levantados sobre la cabeza, sosteniendo un peso que Flor no podía ver. Su cuerpo parecía haberse convertido en piedra, inclinado bajo el esfuerzo de impedir que algo invisible descendiera sobre él.

Huitaca se llevó una mano a la boca.

—No...

Un gemido atravesó la cámara.

Flor se volvió.

Junto a una de las paredes distinguió un débil resplandor.

—¡Bachué!

Corrió hacia ella.

La diosa madre permanecía apoyada contra el muro. Los pequeños ríos luminosos que recorrían normalmente su piel apenas brillaban y las estrellas entre sus cabellos parecían extinguirse una tras otra.

Huitaca no avanzó.

Por unos segundos se quedó inmóvil en la entrada.

Bachué abrió los ojos.

—No temas, hermana...

Huitaca bajó la mirada.

—Yo hice esto.

Su voz apenas consiguió atravesar la cámara.

—Solo quería que dejaran de decirme qué podía y qué no podía hacer. Quería divertirme un poco, demostrarles que el mundo no se acabaría por romper algunas reglas...

Observó a los dioses.

—Y mira lo que pasó.

Bachué reunió fuerzas para levantar una mano.

—Tus decisiones abrieron una puerta que debía permanecer cerrada, Huitaca. Pero lo que está atravesándola no nació de ti.

La diosa rebelde levantó lentamente los ojos.

—Lo que guardamos dentro del Arca existe desde mucho antes que cualquiera de nosotros. Está hecho de resentimiento y olvido, y conoce demasiado bien las grietas que existen incluso dentro de los dioses.

Bachué contempló a sus hermanos.

—Cuando logramos contenerlo, ningún reino del mundo antiguo quiso asumir el riesgo de custodiarlo.

Su voz se debilitó.

—Yo decidí traerlo hasta estas montañas.

Huitaca negó con la cabeza.

—Querías protegerlo.

—Y acepté también lo que podía ocurrir si algún día fallábamos.

Flor tomó la mano de Bachué.

Estaba helada.

—Por eso me llamaste.

Una pequeña luz regresó a los ojos de la diosa.

—Por eso existía la promesa.

Flor intentó ayudarla a incorporarse.

—Centinela... sabía que responderías.

Bachué cerró los dedos alrededor de la pequeña mano.

—Mi poder se está debilitando. También el de mis hermanos. El Olvido está llegando a las raíces de nuestro legado.

Flor miró a Sué.

Comprendió entonces por qué el sol se había apagado.

Bachué continuó:

—El Sello del Equilibrio ya no está intacto. Ha comenzado a quebrarse.

Flor sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.

—¿Qué puedo hacer?

Apretó la mano de la diosa.

—¿Cómo evitamos que la Niebla escape?

Bachué sostuvo su mirada.

Incluso agotada, algo semejante a una sonrisa apareció en su rostro.

—Debes sellar la grieta donde permanece escondida el Arca.

Flor tragó saliva.

—Pero no sé dónde está.

Huitaca dio un paso adelante.

Su voz sonó diferente.

Ya no había orgullo ni bromas en ella.

—Yo sí.

Flor se volvió.

—Conozco la grieta —continuó Huitaca—. Puedo llevarnos.

Bachué asintió débilmente.

—Entonces necesitaréis la Lágrima de Iguaque.

Huitaca frunció el ceño.

—¿La Lágrima?

Flor miró de una a otra.

—¿Qué es eso?

Bachué intentó responder.

—Es una pequeña...

Su voz se quebró.

El resplandor de su piel disminuyó de repente.

—¡Bachué!

Huitaca corrió hasta ella y la sostuvo antes de que se desplomara.

—Está perdiendo su fuerza.

Flor se arrodilló a su lado.

—Dime qué debo buscar. No importa dónde esté. Lo encontraré.

Los ojos de Bachué comenzaron a cerrarse.

—La Lágrima de Iguaque...

Respiró con dificultad.

—Es la llave que puede cerrar la grieta.

Flor sujetó sus dedos.

—¿Dónde está?

La diosa hizo un último esfuerzo.

Sus labios apenas se movieron.

—Es... la serpiente enroscada...

Huitaca acercó el rostro.

—¿Qué serpiente?

Bachué abrió los ojos una vez más.

—De Tayro.

Flor frunció el ceño.

—¿Tayro?

La luz desapareció.

Los pequeños ríos que recorrían la piel de Bachué se apagaron y las estrellas entre sus cabellos dejaron de brillar.

Huitaca sostuvo su cuerpo.

—Hermana...

Entonces llegó el crujido.

No fue el sonido de una puerta ni de una piedra rompiéndose.

Pareció atravesar la bóveda entera.

Flor levantó la cabeza.

Una grieta apareció sobre una de las paredes.

Luego otra.

El templo tembló.

A su alrededor, las esmeraldas comenzaron a desprenderse y algunas vasijas cayeron desde los nichos, estrellándose contra el suelo.

—Tenemos que salir —dijo Huitaca.

Un rugido estremeció el techo.

Sobre la cámara exterior reapareció el remolino que les había permitido entrar, pero ya no descendía como un camino abierto entre las aguas.

Ahora giraba con violencia.

Las primeras corrientes atravesaron las puertas.

El agua irrumpió dentro de la bóveda arrastrando barro, piedras y pequeñas piezas de oro.

Flor miró hacia Bachué.

—¡No podemos dejarlos!

Huitaca cerró rápidamente las puertas de la cámara donde permanecían los dioses.

—Esta cámara puede resistir.

—¿Cuánto tiempo?

Huitaca miró las paredes.

No respondió.

El agua golpeó nuevamente.

Flor entendió.

No lo sabían.

Huitaca tomó sus manos.

—Tenemos que encontrar esa Lágrima.

—Pero no sabemos qué quiso decir.

—Lo averiguaremos afuera.

Otro impacto hizo estremecer el suelo.

Huitaca recuperó la forma de lechuza y extendió las alas. Sujetó a Flor cuidadosamente por los hombros con sus garras y se lanzó hacia la corriente.

La niña apenas consiguió cerrar las alas de cristal contra su cuerpo antes de que el remolino las atrapara.

Ascendieron a toda velocidad.

A su alrededor, la bóveda comenzaba a llenarse de agua.

Las corrientes arrancaban piezas de oro de las paredes, levantaban vasijas y arrastraban siglos de ofrendas hacia la oscuridad de la laguna.

Flor miró hacia abajo.

Durante un instante alcanzó a distinguir las grandes puertas de la cámara interior.

Seguían cerradas.

Detrás de ellas permanecían Sué, Chía, Bochica y Bachué, hundidos en aquel sueño sin luz.

La corriente las arrastró más arriba.

La bóveda desapareció bajo ellas.

Flor cerró los ojos.

No sabía cuánto tiempo podrían resistir los dioses.

No sabía qué era la Lágrima de Iguaque.

Y tampoco sabía quién era Tayro.

Solo sabía que, en alguna parte de aquella noche, algo seguía intentando abrirse paso desde el Olvido.

Y ahora tenían que encontrar la forma de detenerlo.


Un niño con uniforme blanco de artes marciales se encuentra de pie en un salón de piedra resplandeciente, rodeado de libros y velas que flotan en el aire.

Capítulo 7

El guardián de la Sierra y la Lágrima de Iguaque


El torbellino se cerraba tras ellas mientras ascendían hacia la superficie. Huitaca, aferrada a la pequeña Centinela con sus garras de lechuza, luchaba con todas las fuerzas de su ser alado por ganar altura entre las aguas enfurecidas de la laguna. Debajo, los guardianes de la Bóveda de las Ofrendas eran encapsulados por la corriente, aún sumergidos en aquel sueño profundo mientras la noche parecía hacerse más densa a cada segundo.

Cuando por fin rompieron la superficie, Flor apenas alcanzó a tomar aire antes de escuchar la voz de Huitaca, débil dentro de su mente.

—Centinela… despliega tus alas de cristal. Siento que pierdo las fuerzas…

Pequeños destellos dorados palpitaron sobre el cuerpo de la lechuza y se apagaron casi de inmediato. Flor reaccionó sin pensarlo. Tocó la mariposa prendida sobre su pecho y pronunció las palabras que, después de tantas veces repetirlas, comenzaban a sentirse menos como un conjuro y más como algo que siempre hubiera vivido dentro de ella.

—Fuerza amazona, vuelo dorado, trae las memorias del pasado.

Las alas de Huitaca cedieron en el mismo instante en que las majestuosas alas de cristal de la Centinela del Eco Dorado se desplegaron sobre el agua. Flor abrazó al ave contra su pecho, luchó contra una ráfaga que intentó devolverlas a la laguna y sostuvo el vuelo hacia la orilla. Entre la oscuridad, apenas podía distinguir tierra firme, pero un pequeño destello verde en forma de espiral brillaba delante de ella como un faro.

El cachorro las esperaba.

Apenas Flor tocó el suelo, el pequeño jaguar corrió a su encuentro. La niña depositó con cuidado a Huitaca sobre la hierba húmeda y se arrodilló a su lado. Poco a poco, las plumas comenzaron a desaparecer y la diosa recuperó su forma humana, aunque algo en ella era distinto. Su piel estaba pálida, respiraba con dificultad y el brillo travieso que solía acompañar su mirada parecía haberse apagado.

—¿Estás bien? —preguntó Flor.

—No sé qué me sucede…

Huitaca intentó incorporarse, pero tuvo que apoyar una mano en el suelo.

—Ni siquiera logro recordar cómo volver a convertirme en ave.

Flor frunció el ceño.

—Entonces quédate quieta un momento.

—No podemos. —Huitaca levantó la vista hacia la montaña—. Debemos llegar hasta la grieta y sellar la cueva donde se oculta el Arca de las Mil Memorias antes de que el Sello del Equilibrio siga fracturándose.

—¿De verdad puedes caminar?

—Es mi responsabilidad llevarte hasta allí. Conozco el camino… aunque sigo sin saber dónde encontrar la Lágrima de Iguaque.

Flor miró hacia el centro de la laguna. La entrada de la Bóveda permanecía sepultada bajo el agua y la corriente seguía golpeándola con violencia. No sabía cuánto tiempo resistiría aquella cámara sumergida ni qué sucedería con quienes habían quedado atrapados en su interior.

Y tampoco conseguía entender las últimas palabras de Bachué.

La serpiente enroscada la tiene Tayro.

¿Quién era Tayro?

Sintió entonces algo cálido contra la pierna. El pequeño jaguar se había pegado a ella y levantaba el rostro como si pudiera percibir su preocupación. Flor acarició su cabeza. Aquel gesto sencillo le recordó el abrazo de su madre al caer la noche y, durante unos segundos, sintió que todo estaría bien.

Entonces miró el cielo.

La oscuridad seguía allí.

Y lo peor no era tenerle miedo.

Lo peor era que comenzaba a acostumbrarse a ella.

Flor se puso de pie.

Huitaca hizo lo mismo con más esfuerzo del que habría querido admitir.

—Tenemos una misión —dijo la diosa—. La Lágrima de Iguaque es la llave para cerrar la grieta. Tendremos que encontrarla en el camino o descubrir qué quiso decir Bachué antes de que sus ojos perdieran el brillo. Vamos.

Dio los primeros pasos montaña arriba. Un mosquito se posó sobre su brazo y Huitaca lo observó con auténtica indignación cuando logró picarla.

—¿En serio?

Flor tuvo que contener una sonrisa.

—¿Qué pasa?

—Los mosquitos no me pican.

Otro comenzó a revolotear cerca de su rostro.

Huitaca lo espantó de un manotazo.

—Bueno… antes no lo hacían.

Flor comprendió que era mejor no decir nada.

Como Huitaca ya no podía transformarse en lechuza, decidió mantener sus propias alas ocultas y caminar junto a ella. El cachorro trotaba alrededor de las dos: unas veces se adelantaba entre los helechos, otras regresaba a los pies de Flor y, ante cualquier crujido extraño, clavaba las patas en el suelo y observaba la oscuridad con atención. Cuando el bosque lo ocultaba por completo, bastaba con buscar el resplandor verde de la espiral sobre su pechera para saber que seguía cerca.

A medida que avanzaban, el cambio en Huitaca se hacía más evidente. Había desaparecido la soltura con la que antes recorría los caminos y también aquella seguridad despreocupada con la que se burlaba incluso del peligro. Tropezó dos veces con raíces que seguramente habría esquivado sin esfuerzo unas horas antes y, en una ocasión, permaneció mirando el cielo durante varios segundos, como si hubiera olvidado por qué lo hacía.

Flor no preguntó.

Apretó el lazo dorado entre sus manos y continuó caminando mientras repetía en voz baja el mantra de las Amazonas.

Coraje para permanecer.

Honor para elegir a otros.

Lealtad hacia aquello que merece sobrevivir.

El viento comenzó a soplar con una violencia extraña.

Las hojas se desprendían de las copas de los árboles, pero desaparecían en el aire antes de tocar el suelo. Las luciérnagas apagaron sus luces una tras otra y el canto de las ranas plataneras se extinguió hasta que el bosque quedó sumido en un silencio helado.

Flor se detuvo.

El cachorro también.

La niebla comenzaba a deslizarse entre los troncos.

—Estamos cerca —dijo Huitaca, señalando la cima de una colina—. Detrás de esos árboles hay una antigua mina de esmeraldas. La grieta se encuentra allí.

Flor contempló la vegetación que cubría la pendiente. Los árboles parecían haber crecido abrazándose unos a otros durante siglos y los arbustos formaban una muralla de espinas alrededor del sendero.

—Será mejor avanzar con cuidado.

Huitaca dio apenas dos pasos antes de tropezar con una piedra y caer de rodillas.

Flor corrió hacia ella.

—¡Huitaca!

—Estoy bien.

—No parece.

La niña le tendió la mano y tiró de ella hasta ayudarla a ponerse de pie.

Huitaca observó sus propios dedos durante un instante, desconcertada.

—Estoy perdiendo mi poder… —murmuró—. Ser una lechuza no era tan mal castigo después de todo.

Miró hacia el cielo.

—El cascarrabias de Bochica tenía razón.

Flor sonrió con ternura, pero antes de poder responder sintió un tirón entre las manos.

El lazo dorado comenzó a vibrar.

El cachorro dejó escapar un gruñido.

Flor levantó la mirada.

Algo se movía entre los árboles.

Desplegó las alas de cristal y se colocó delante de Huitaca.

—Quédate detrás de mí.

—Flor…

—Yo te cuidaré.

La niña sujetó con fuerza el lazo.

—Fuerza amazona, vuelo dorado, trae las memorias del pasado.

La reliquia se extendió en el aire y dibujó una espiral luminosa frente a ellas.

Las sombras comenzaron a moverse.

Una.

Tres.

Cinco.

Después dejaron de contarse.

Entre los troncos aparecieron guerreros sin rostro, cuerpos formados por piedras antiguas, raíces y capas de follaje húmedo. Llevaban cascos y diademas allí donde deberían encontrarse sus facciones, y sus armas parecían haber sido arrancadas de otra época. En la pechera del guerrero que avanzaba delante de los demás, Flor distinguió el relieve de un felino con los ojos encendidos por una luz verdosa.

Huitaca retrocedió.

—No puede ser…

—¿Qué son?

—Guerreros Tairona.

Las criaturas comenzaron a rodearlas.

Uno levantó lentamente un arco formado por madera ennegrecida y humo.

Flor apenas tuvo tiempo de reaccionar.

—¡Agáchate!

La flecha de niebla pasó sobre sus cabezas y golpeó un árbol. La corteza desapareció en el instante del impacto, dejando un hueco gris donde segundos antes había habido madera.

Flor abrió los ojos de par en par.

Otra flecha vino hacia ellas.

Movió el lazo en espiral y consiguió desviarla.

Un tercer proyectil llegó desde un costado.

La niña desplegó las alas y empujó a Huitaca fuera de su trayectoria. Ambas rodaron por la hierba mientras la flecha se clavaba detrás de ellas.

—¡Levántate! —gritó Flor.

Un guerrero cayó desde una roca empuñando un mazo.

Flor saltó.

Batió las alas demasiado fuerte y salió disparada hacia atrás, atravesando un grupo de helechos antes de estrellarse contra el tronco de un árbol.

—¡Flor!

—¡Estoy bien!

Ni siquiera sabía si era verdad.

El guerrero volvió a levantar el mazo.

Flor corrió hacia un costado. El arma golpeó el suelo y una onda recorrió la montaña, haciendo saltar piedras y raíces a su alrededor.

La niña perdió el equilibrio, pero lanzó el lazo hacia una rama antes de caer. La reliquia se enroscó alrededor de ella y Flor quedó suspendida durante un segundo.

—Bueno… esto no estaba planeado.

El guerrero se abalanzó sobre Huitaca.

Flor tiró con fuerza del lazo, se balanceó por encima de la criatura y la golpeó con ambos pies en el pecho. El impacto apenas consiguió moverla, pero bastó para desviar su ataque.

Flor aterrizó de rodillas.

—¡Corre!

Huitaca intentó levantar una mano.

Un destello dorado apareció entre sus dedos.

Parpadeó.

Y se apagó.

La diosa lo observó con horror.

—No puedo…

Otra sombra surgió detrás de ella.

Flor abrió las alas.

Se interpuso.

La espada del guerrero golpeó uno de los cristales con un estruendo seco. La niña sintió la fuerza del impacto recorrerle todo el cuerpo, pero el ala resistió.

—¡No la toques!

Giró sobre sí misma y la ráfaga dorada lanzada por sus alas hizo retroceder a la criatura varios metros.

No tuvo tiempo de celebrar.

Dos guerreros avanzaban desde la izquierda.

Otro apareció detrás.

Flor corrió hacia Huitaca, sujetó su brazo y ambas esquivaron por muy poco una nueva flecha de niebla. El proyectil pasó tan cerca que el cabello de la niña se agitó con su estela helada.

—¡La grieta está detrás de ellos! —gritó Huitaca.

—¡Pues podrían habernos dejado pasar!

Un guerrero alzó su mazo.

Flor saltó.

Otro intentó atraparla en el aire.

La niña plegó las alas, cayó entre los dos y volvió a desplegarlas justo antes de tocar el suelo. Una ráfaga de viento dorado levantó hojas y polvo, obligando a las criaturas a cubrirse.

Flor aterrizó.

Sonrió sorprendida.

—Eso sí lo hice a propósito.

El suelo tembló.

El guerrero del mazo volvió a golpearlo.

La onda expansiva lanzó a Flor contra la tierra y el lazo escapó de sus manos.

—¡Flor!

La niña intentó levantarse.

Un guerrero corría hacia ella.

Rodó hacia un costado.

El arma golpeó justo donde había estado su cabeza.

Flor recuperó el lazo y lo lanzó. La reliquia rodeó el torso de la criatura y comenzó a cerrarse sobre ella hasta inmovilizarla.

—¡Lo tengo!

Entonces vio a los demás.

El lazo estaba ocupado.

Huitaca no tenía poderes.

Y al menos seis guerreros avanzaban hacia ellas.

Flor retrocedió hasta quedar junto a la diosa.

—No sé cómo contenerlos a todos.

Huitaca respiraba agitadamente.

—No tienes que hacerlo sola.

—¿Y quién va a ayudarnos?

Una sombra dorada cruzó el bosque.

Flor apenas alcanzó a verla.

El pequeño jaguar cayó frente a ellas.

Era diminuto comparado con aquellos guerreros.

Pero no retrocedió.

Clavó las garras en la tierra.

Erizó el lomo.

Y rugió.

No fue el gruñido torpe de un cachorro.

Fue un sonido profundo y antiguo que atravesó los árboles, recorrió las piedras y pareció despertar algo enterrado en las entrañas mismas de la montaña.

Los guerreros se detuvieron.

Todos.

El silencio que siguió fue absoluto.

El pequeño jaguar volvió a rugir.

El guerrero que lideraba el grupo bajó lentamente su arma.

Después inclinó la cabeza.

Uno tras otro, los demás hicieron lo mismo.

Flor dejó de respirar.

Las criaturas cayeron de rodillas frente al cachorro.

Por un instante, el resplandor verde de sus pecheras pareció responder al brillo de la espiral que descansaba sobre el pecho del felino.

Entonces comenzaron a desaparecer.

No cayeron derrotados.

No fueron destruidos.

Simplemente se deshicieron entre la niebla como recuerdos que, durante un instante, hubieran conseguido reconocer algo que creían perdido.

El guerrero atrapado por el lazo fue el último en desaparecer.

Flor bajó lentamente los brazos.

—¿Qué… acaba de pasar?

El cachorro giró hacia ella.

Y dejó escapar un pequeño maullido.

Flor corrió a abrazarlo.

—¡Tú!

Lo apretó contra su pecho mientras el jaguar ronroneaba satisfecho.

—¿Desde cuándo haces esas cosas?

Huitaca seguía mirando el lugar donde los guerreros habían desaparecido.

—Ellos debían proteger esta montaña.

Flor levantó la cabeza.

—¿Entonces por qué nos atacaron?

La diosa tardó unos segundos en responder.

—Porque olvidaron.

Se acercó a una de las piedras donde aún permanecía grabado el símbolo del felino.

—Hace muchísimo tiempo, cuando el Arca fue llevada hasta estas montañas, guerreros del pueblo Tairona abandonaron la Sierra Nevada y fueron enviados para custodiar la grieta. Venían de una ciudad escondida entre las montañas del norte, un lugar al que muy pocos lograban llegar.

Flor miró hacia el bosque.

—¿Una Ciudad Perdida?

Huitaca asintió.

—Su misión era impedir que alguien alcanzara aquello que dormía detrás de estas rocas.  Pero estuvieron demasiado cerca del Olvido durante demasiado tiempo.

La diosa contempló la niebla que reptaba entre los árboles.

—Primero olvidaron cuánto tiempo llevaban aquí. Después olvidaron el camino de regreso. Y al final…

Huitaca guardó silencio.

Flor comprendió.

—Olvidaron qué estaban protegiendo.

—Sí.

La niña observó el lugar donde los guerreros habían desaparecido.

—Entonces no se volvieron malos.

—No.

Huitaca negó lentamente con la cabeza.

—Nunca abandonaron su misión, Centinela.

Miró hacia la montaña.

—La olvidaron.

Flor apretó al cachorro contra su pecho.

—¿Y por qué se arrodillaron ante él?

Huitaca dirigió la mirada hacia el felino.

—Eso quisiera saber yo.

Flor acarició su cabeza.

Entonces una palabra llamó su atención.

—Espera.

Huitaca frunció el ceño.

—¿Qué pasa?

—¿De qué pueblo dijiste que venían?

—Tairona.

Flor abrió mucho los ojos.

—¿Estás completamente segura?

—Más que segura. Sus pecheras llevan el símbolo del jaguar. ¿Por qué?

Las últimas palabras de Bachué regresaron a su mente.

La serpiente enroscada la tiene Tayro.

Flor sintió que las piezas comenzaban a unirse.

—Huitaca…

—¿Qué?

—Bachué dijo que la serpiente enroscada la tenía Tayro.

La diosa quedó inmóvil.

Su mirada pasó lentamente de Flor al cachorro.

—No puede ser…

Se acercó un paso.

—Cachorro de chamán… eres mucho más que un gatito.

Flor miró al pequeño jaguar.

—Tayro… —susurró.

El cachorro ladeó la cabeza.

La sonrisa de Flor creció hasta iluminarle el rostro.

—Qué nombre tan hermoso tienes.

Lo abrazó una vez más.

—Ya no volveré a llamarte gatito.

Tayro respondió con un ronroneo dulce.

Flor rio y acarició la pechera dorada que había llevado desde el día en que apareció en su vida. Sus dedos encontraron la esmeralda verde tallada en forma de espiral, aquella piedra que tantas veces había brillado para indicarle el camino.

Una serpiente enroscada.

Flor dejó de sonreír.

—Huitaca…

Rozó la gema con la punta de los dedos.

La montaña entera se cubrió de verde.

La esmeralda estalló en un resplandor tan intenso que Flor tuvo que protegerse los ojos. La luz atravesó los árboles, recorrió las rocas y ascendió hacia el cielo oscuro como si quisiera perforar la noche.

Huitaca contempló la gema con incredulidad.

—La Lágrima de Iguaque…

Tayro permaneció inmóvil mientras la reliquia brillaba sobre su pecho.

Frente a ellos, las rocas que custodiaban la antigua mina comenzaron a estremecerse.

Una grieta apareció entre ellas.

Después otra.

El suelo retumbó.

Las enormes piedras se separaron lentamente hasta revelar un pasadizo que descendía hacia las profundidades de la montaña.

Desde su interior escapó una corriente de aire helado.

Flor apretó el lazo dorado entre sus manos.

Habían encontrado la grieta.

Y en algún lugar detrás de aquella oscuridad aguardaba el Arca de las Mil Memorias.

 

Capítulo 8

La Serpiente de Piedra y el Canto del Alba



La oscuridad, que hasta entonces parecía infinita, se iluminó con el brillo de la Lágrima de Iguaque resplandeciendo en la pechera de Tayro. Era como si la gema hubiese aguardado aquel instante para recordar su propósito y responder a la esperanza nacida del roce de los dedos de Flor. En su interior parecía despertar el mismo soplo sagrado con el que había sido tallada eras atrás, cuando la grieta fue sellada y el Olvido quedó encerrado en las entrañas de la montaña.

—Centinela... esa es la entrada —dijo Huitaca, intentando conservar en la voz algo de la calma que había seguido a la batalla.

Aún debían abrirse paso entre los muros antiguos que se alzaban frente a ellas, pero ya no avanzarían a ciegas. La espiral de esmeralda de Tayro iluminaba las rocas con un resplandor verde y vivo.

Huitaca intentó seguirlos. Apenas consiguió dar unos pasos antes de sentir que las fuerzas abandonaban nuevamente su cuerpo. El Olvido estaba alcanzándola, tal como había ocurrido con los demás dioses atrapados en las profundidades de la Bóveda. En sus ojos apenas quedaba rastro de aquella alegría traviesa que Flor y Tayro habían aprendido a reconocer.

La pequeña corrió hacia ella y la tomó suavemente de la mano.

—Vamos, ya estamos cerca. Pronto sellaremos la grieta y el sol volverá a su lugar, la luna despertará de su sueño profundo y tú volverás a ser libre para hacer bromas.

—Oh, no... no más bromas por un buen tiempo —respondió Huitaca con una risa débil—. Ya aprendí mi lección.

Un viento helado escapaba del pasadizo. Cuanto más se acercaban al umbral, más pesado parecía volverse el aire y más frágiles eran los pasos de la diosa. Cuando finalmente alcanzaron las enormes rocas que se habían separado para revelar el camino hacia las profundidades, Huitaca no consiguió avanzar más y cayó de rodillas sobre la tierra.

Flor quiso ayudarla a levantarse, pero ella negó suavemente con la cabeza. Entonces buscó al pequeño jaguar con la mirada.

—Tú, pequeño felino... tendrás que llevar a la Centinela hasta el fondo de esta cueva. Mírame bien, Tayro.

El cachorro sostuvo sus ojos.

—Tu destino es mucho más grande de lo que imaginas. Aunque la Centinela está destinada a salvarnos del Olvido, tú estás destinado a no ser olvidado jamás. Tu misión es cuidarla.

Tayro apoyó las garras con firmeza sobre la piedra y dirigió la vista hacia las entrañas de la montaña.

Flor comprendió que Huitaca no podía acompañarlos. El miedo seguía apretándole el pecho, pero ya sabía lo que debía hacer.

—Tú espéranos aquí —le dijo con ternura—. Ya me llevaste hasta lo profundo de la laguna. Ahora es momento de que yo vaya hasta el fondo de esta cueva.

Tayro dejó escapar un gruñido. No era una amenaza ni un sonido de furia. Una voz cálida atravesó la mente de Flor y alcanzó también a Huitaca, que luchaba por mantenerse consciente.

—No estás sola, Centinela. Yo estoy a tu lado.

Flor sonrió.

—Así es, Tayro.

Soltó lentamente la mano de Huitaca.

—Pronto nos veremos. Surcaremos el cielo, escucharemos a las ranitas plataneras cantar y jugaremos con las Flores de las Once cuando vuelvan a florecer.

La diosa respondió con una pequeña sonrisa. Flor dio media vuelta y siguió al jaguar hacia la oscuridad.

Dentro de la cueva, la penumbra parecía más densa que en cualquier otro lugar. El aire ya no era simplemente frío; se sentía ausente, inmóvil, como si allí abajo hasta la montaña hubiese olvidado respirar. Tayro avanzaba con cautela entre las rocas, tanteando cada tramo antes de permitir que Flor lo siguiera. La Lágrima de Iguaque brillaba en su pecho como una linterna viva y, cada pocos pasos, el cachorro giraba la cabeza para asegurarse de que la niña continuaba detrás de él.

Flor intentaba seguir su agilidad mientras el tiempo jugaba en su contra. De pronto, pisó una piedra suelta y cayó al suelo. Se levantó de inmediato, se sacudió el polvo del vestido y buscó al jaguar con la mirada.

No vio nada.

La luz verde había desaparecido. A su alrededor solo quedaban sombra y silencio.

—¿Tayro...? ¿Dónde estás? ¡No te veo!

Su propia voz regresó convertida en eco desde algún lugar de los muros. Flor intentó distinguir el sendero, pero no sabía siquiera hacia dónde mirar.

Entonces apareció a lo lejos un pequeño destello verde, apenas una gota de luz suspendida en la oscuridad.

«Es el collar de Tayro», pensó aliviada.

Corrió hacia él, pero apenas había dado unos pasos cuando el resplandor se extinguió. Flor se detuvo con el corazón desbocado. No podía distinguir paredes, caminos ni rocas.

A su izquierda surgió otra claridad.

Esta vez tenía forma de triángulo.

«¡Tayro!»

Echó a correr.

Tropezó varias veces contra las piedras y sus alas de cristal golpearon las estrechas paredes, dificultándole el paso. Cuando estuvo a punto de alcanzar aquella nueva guía, el triángulo también desapareció.

Flor permaneció inmóvil.

El frío comenzó a colarse en sus pensamientos.

—No lo voy a lograr... —murmuró—. No sé por qué creyeron en mí. No soy la... la...

Se quedó en silencio.

¿Quiénes habían creído en ella?

Intentó recordar los rostros de quienes la habían llamado por aquel título. Buscó sus voces, sus nombres, cualquier imagen que pudiera sostener entre sus pensamientos, pero todo comenzó a desvanecerse.

Retrocedió un paso.

—¿Dónde estoy...? ¿Qué estoy haciendo aquí...?

Frente a ella volvió a aparecer la primera luz verde, flotando en forma de gota. A su lado surgió el triángulo.

Flor los contempló con miedo.

—¿Quiénes son...? ¿Pueden ayudarme? No sé dónde estoy... No recuerdo cómo llegué aquí...

Las luces comenzaron a acercarse.

Flor retrocedió hasta sentir la roca contra la espalda. El lazo de hilos dorados vibró entre sus manos y comenzó a desprender un calor cada vez más intenso.

—¿Qué está pasando...? Por favor, necesito regresar a casa. Mi mamá me espera...

Cerró los ojos, intentando aferrarse a su rostro.

No pudo verlo.

La angustia le cortó la respiración.

Las luces continuaron avanzando hasta que un rugido estremeció las profundidades de la cueva.

Una tercera claridad surgió detrás de ellas.

Esta sí tenía una forma que Flor ya no era capaz de reconocer.

Una espiral verde.

La verdadera Lágrima de Iguaque brilló con fuerza mientras Tayro corría hacia ella. Pero antes de que pudiera alcanzarla, el suelo se fracturó y una enorme pared de piedra emergió entre ambos. El cachorro intentó rodearla, pero la roca terminó de cerrarle el paso.

Las otras luces siguieron acercándose a Flor.

Tayro rugió nuevamente desde el otro lado.

El sonido hizo vibrar los muros, pero fueron las palabras que atravesaron la mente de la niña las que consiguieron alcanzar aquello que el Olvido todavía no había destruido.

—Centinela, ¡recuerda! Fuerza amazona, vuelo dorado, trae las memorias del pasado.

Flor abrió los ojos.

Las palabras resonaron dentro de ella como una campana de oro.

Sujetó con fuerza el lazo y gritó:

—¡Fuerza amazona, vuelo dorado, trae las memorias del pasado!

La reliquia se desplegó frente a su cuerpo. Un escudo dorado estalló en luz y bañó cada rincón de la cueva. La gota y el triángulo retrocedieron, deformándose ante aquel resplandor, hasta desaparecer entre las sombras.

La luz envolvió a Flor. Sus alas de cristal brillaron y los recuerdos regresaron uno tras otro: el broche de mariposa que su madre había colocado en su cabello, los ojos de Bachué antes de apagarse, la risa de Huitaca, el pelaje cálido de Tayro.

Y entonces volvió a verla.

El rostro de su mamá.

—Mamá... ya voy —susurró.

Corrió hasta la roca que separaba al jaguar de ella.

—¡Tayro! ¿Estás bien?

Un rugido sereno respondió desde el otro lado.

Flor lanzó el lazo dorado hacia la parte superior de la pared y trepó por la piedra. Sus alas rozaron varias veces la superficie antes de que lograra impulsarse hasta arriba y dejarse caer al otro lado.

Tayro la esperaba completamente ileso.

—Gracias por estar ahí —dijo Flor, arrodillándose para abrazarlo.

El cachorro rozó su pierna con el lomo y luego dirigió la mirada hacia la oscuridad.

Frente a ellos se abría una gruta inmensa.

Una humareda helada escapaba desde su interior y cubría las paredes con una capa de escarcha oscura.

—Creo que llegamos...

Flor se agachó frente a Tayro y desprendió cuidadosamente la Lágrima de Iguaque de su collar. La esmeralda comenzó a pulsar entre sus manos.

Avanzaron juntos.

Entonces contemplaron el corazón de la montaña.

En medio de la gruta flotaba una gran esfera de cristal translúcido, como una burbuja de energía suspendida en el vacío. Tres cristales sostenían su poder y en cada uno de ellos había sido esculpido el rostro de una mujer de tiempos remotos.

Era el Sello del Equilibrio.

Protegida dentro de aquella cápsula descansaba el Arca de las Mil Memorias: un cofre antiguo cubierto por relieves de guerreros, pueblos y símbolos pertenecientes a mundos que Flor jamás había conocido.

Sobre la superficie perfecta del Sello se extendía una grieta.

De la fractura escapaban voces. Gritos de batallas olvidadas, juramentos quebrados, sueños abandonados y lamentos de dioses que comenzaban a apagarse se mezclaron dentro de la gruta hasta formar un murmullo imposible de comprender.

Entre todos ellos, una voz permaneció clara.

—Centinela... el amanecer te espera.

—Bachué... —susurró Flor.

La montaña comenzó a temblar.

La Niebla empujaba desde el interior del Arca y la fractura avanzó un poco más sobre el cristal.

Flor sostuvo la Lágrima de Iguaque entre ambas manos. Tayro se pegó a sus piernas.

La voz de Bachué volvió a resonar en su mente y Flor repitió sus palabras con una fuerza que parecía mucho mayor que la de una niña:

—Serpiente de piedra, sella la grieta, cierra el paso del Olvido y libera la memoria.

La esmeralda se elevó de sus manos.

Comenzó a girar lentamente hasta que la espiral se desplegó en el aire y tomó la forma de una majestuosa serpiente de luz verde.

Flor abrió los ojos maravillada.

La serpiente descendió sobre la fractura y recorrió sus bordes. A cada movimiento iba dejando detrás un rastro de piedra y luz que enlazaba nuevamente el cristal. La grieta intentó expandirse, pero la serpiente continuó avanzando, tejiendo la herida como si conociera desde siempre cada rincón que debía reparar.

Las voces comenzaron a apagarse.

El último tramo de la fractura desapareció bajo la luz verde.

Durante un instante, todo permaneció en silencio.

Entonces la montaña rugió.

Una enorme estalactita se desprendió del techo y se estrelló contra el suelo. Luego cayó otra.

Las paredes comenzaron a quebrarse.

—¡Tayro!

Flor tomó al pequeño jaguar entre sus brazos y lo apretó contra el pecho.

—¡Fuerza amazona, vuelo dorado, trae las memorias del pasado!

Las alas de cristal se desplegaron detrás de ella.

El pasadizo era estrecho y volar allí resultaba peligroso, pero quedarse significaba quedar sepultados. Flor se elevó mientras enormes fragmentos de roca caían a su alrededor.

Ya no tenían la Lágrima de Iguaque para iluminar el camino.

Solo podían confiar.

Flor voló tan rápido como le permitían las paredes, esquivando piedras que se desprendían del techo y atravesando pasadizos que se cerraban detrás de ellos. Sus alas chocaban contra la roca y despedían pequeñas chispas doradas, pero la niña no redujo la velocidad.

—No te preocupes, Tayro. ¡Vamos a salir de esta!

El cachorro permaneció aferrado contra su pecho.

Otra pared se derrumbó detrás de ellos.

Flor continuó avanzando hasta distinguir algo diferente al fondo del túnel.

Una claridad.

No era verde.

Tampoco dorada.

Era pura y cálida.

La niña batió las alas con todas sus fuerzas.

A medida que se acercaban, el aire helado comenzó a desaparecer. Un aroma fresco a hierba mojada y orquídeas entró en la cueva. Flor sintió cómo el viento rozaba nuevamente su rostro.

Entonces lo escuchó.

Entre el estruendo de las piedras surgió el canto de un pájaro.

Después otro.

Flor sonrió.

—¡Ya casi, amigo! ¡Ya casi!

La claridad creció hasta llenar por completo la salida.

Flor apretó a Tayro contra su pecho y atravesó el umbral.

Durante un instante no vio montañas, ni piedras, ni oscuridad.

Solo luz.

Una luz cálida e inmensa que envolvió a la pequeña Centinela hasta borrar todo lo demás.


Una niña y un hada en un gran salón resplandeciente, extendiendo sus brazos la una hacia la otra bajo una cúpula estrellada.

Capítulo 9

La lechuza rebelde y el despertar de la laguna sagrada


Luz...

Luz inmensa y dorada.

La Centinela cruzó el portal mientras sentía cómo la gruta se desmoronaba tras sus pasos. Cerró los ojos con fuerza, apretó a Tayro contra su pecho y atravesó el umbral.

El aterrizaje fue de todo menos suave. Al tocar el suelo, todavía con los párpados apretados, alcanzó a escuchar cómo la cueva que albergaba la grieta se desplomaba a sus espaldas, convirtiéndose para siempre en una impenetrable prisión de piedra para el Olvido.

O al menos eso fue lo que la pequeña Flor creyó.

La tierra húmeda de la montaña la recibió con la frescura de un abrazo. Durante unos instantes temió abrir los ojos, sin saber si el peligro había terminado por completo. Entonces una brisa suave le acarició el rostro y, junto a ella, sintió un calor tibio y reconfortante que solo podía provenir de un lugar.

Del sol.

Lentamente, abrió los ojos.

Estaba de rodillas sobre la hierba húmeda de las montañas, que parecía resplandecer más viva que nunca bajo un cielo limpio. Sué había regresado a las alturas convertido nuevamente en sol, y aquello solo podía significar una cosa: los dioses habían sido liberados de la Bóveda de las Ofrendas.

—¡Lo logramos, Tayro! —exclamó con una sonrisa radiante—. ¡Detuvimos a la Niebla del Olvido!

Buscó al cachorro para estrecharlo entre sus brazos, pero no obtuvo respuesta.

Tayro ya no estaba allí.

En su lugar descansaba únicamente el pequeño broche en forma de mariposa, la reliquia que momentos antes se había transformado en sus alas de cristal y en el lazo que los protegió.

—Pero... ¿dónde estás? —preguntó Flor, levantándose de un salto—. ¡Tayro!

Miró alrededor con el corazón acelerado. Eran las mismas montañas donde la aventura había comenzado. Las ruinas de la mina continuaban allí, aunque ahora una tupida capa de vegetación y musgo cubría buena parte de las rocas que habían sepultado la grieta. Parecían llevar siglos abandonadas, como si aquel lugar hubiera tenido tiempo de olvidar lo ocurrido mucho antes de que Flor pudiera comprenderlo.

¿Acaso todo fue un sueño?

Entonces escuchó, a lo lejos, el canto de los gallos anunciando la mañana con el entusiasmo de cualquier otro día.

Flor abrió mucho los ojos.

—¡Huitaca!

Corrió hacia el lugar donde había dejado a la debilitada diosa, pero al llegar no encontró rastro de ella.

—¿Huitaca?

Nada.

Sintió una extraña mezcla de preocupación, frustración y alivio. Estaba a punto de volver a llamarla cuando escuchó otra voz, una tan querida que, durante un temible instante, creyó haber olvidado dentro de la gruta.

—Flor, ¿qué haces por aquí?

La niña se giró.

Su madre avanzaba por el sendero con un cesto entre los brazos.

—¡Mamá!

Flor corrió hacia ella y se volcó en sus brazos con tanta fuerza que casi hizo caer el cesto.

—¡Te extrañé tanto!

—¿Extrañarme? —respondió su madre entre risas mientras la abrazaba—. Pero si no me demoré nada, mi amor. Solo fui a la finca de los vecinos por unas velas.

Levantó la mirada hacia el cielo resplandeciente y entrecerró los ojos ante el brillo del sol.

—Aunque, viendo esto, creo que ya no vamos a necesitarlas. ¡Qué cosa tan rara! Hace un rato todo estaba oscuro y ahora parece que el sol quisiera recuperar el tiempo perdido.

Flor sonrió sin poder contenerse.

—Sí... algo así.

—Por cierto —continuó su madre—, ¿ya recogiste los pedazos del vaso que rompiste en tu habitación?

Flor se quedó mirándola.

Después de todo lo que acababa de vivir, el vaso roto seguía allí.

Una ola de alivio le llenó el pecho. El sol había regresado. Su madre estaba bien. Los dioses de las montañas estaban a salvo y, para el resto del mundo, aparentemente casi nada había sucedido.

Suspiró. Explicarle aquella aventura sería imposible.

—No, mamá. Todavía no los he recogido —admitió—. Salí a buscarte, pero apenas regresemos a casa voy a limpiar todo muy bien.

Su madre sonrió.

—Hazlo con mucho cuidado. No quiero que te lastimes. —Entonces señaló sus manos—. ¿Y qué tienes ahí?

Flor abrió los dedos y dejó ver la pequeña mariposa.

—Es el broche que encontré ayer en el camino.

La mujer dejó el cesto sobre el suelo, tomó la joya de filigrana con delicadeza y la observó durante unos segundos antes de colocarla con esmero entre los rizos de la niña.

—Debes tener mucho cuidado con él. Es un broche precioso y se te ve divino.

Flor levantó una mano y tocó los pequeños cristales con la punta de los dedos.

—No, mamá. Jamás lo voy a perder. Lo cuidaré con todo mi corazón.

En cuanto sus dedos rozaron el metal, la mariposa vibró sutilmente entre sus rizos y respondió con un destello tibio.

Su madre no pareció notarlo.

—Vamos, hija.

Extendió la mano y Flor la tomó. Antes de emprender el regreso, la niña miró una última vez las rocas cubiertas de musgo y después bajó los ojos hacia el lugar donde Huitaca había permanecido tendida.

Algo pequeño se movió entre la hierba.

Una pluma de lechuza, atravesada por destellos dorados casi imperceptibles, fue levantada por el viento. Dio una vuelta frente a Flor y luego ascendió lentamente hasta perderse entre las ramas de los árboles.

—Huitaca... —murmuró.

En ese mismo instante, desde la copa de la montaña, un ave imponente alzó el vuelo. Cortó el aire con elegancia y se dejó llevar por las corrientes del viento bajo la luz de la mañana.

Su madre siguió a la lechuza con la mirada.

—Es muy temprano para que una lechuza esté volando por ahí —comentó con tono burlón—. Esa debe ser una de esas a las que les encanta llevarle la contraria a todas las demás.

Flor sonrió de oreja a oreja.

—Yo creo que sí, mamá. Esa parece ser una lechuza muy rebelde.

Y tomadas de la mano, emprendieron el camino de regreso a casa.

Aquel día transcurrió con la tranquilidad de los mejores recuerdos. Los vecinos no dejaron de hablar del extraño comportamiento del cielo, intentando encontrar explicaciones para aquella oscuridad repentina y el regreso inesperado del sol. Flor los escuchaba desde lejos y sonreía para sí misma.

Al caer la tarde, el sol se ocultó justo cuando debía hacerlo.

Después apareció la luna.

Y con ella, la montaña pareció despertar a una celebración que solo la naturaleza comprendía.

Miles de luciérnagas comenzaron a encenderse entre los cafetales como diminutas luces de fiesta, mientras un coro interminable de ranitas plataneras llenaba la noche con su canto. Desde las casas, los vecinos salían a observar el espectáculo y comentaban maravillados que jamás habían visto algo semejante.

—Hoy las ranas plataneras están dando su mejor concierto —dijo Flor desde el balcón de su casa.

Su madre salió a acompañarla.

—Es verdad. Y parece que las luciérnagas también decidieron hacer su propia fiesta.

Flor soltó una risita.

—Creo que están felices.

—Puede ser. Pero esperemos que mañana el sol salga a la hora de siempre y ellas recuerden que también tienen que irse a dormir.

—Estoy segurísima de que así será, mamá.

—Eso espero. Pero tú no necesitas esperar al amanecer para dormirte. Ya es muy tarde.

Le dio un beso en la frente y regresó al interior de la casa.

Flor permaneció unos instantes junto a la ventana.

Algo había cambiado en ella. Se sentía más firme, más valiente y más segura de sí misma. La mariposa que descansaba sobre su mesita de noche ya no era un simple adorno encontrado junto al camino.

Era el Broche de las Mil Guerreras.

Y ahora sabía que su misión era tan real como la luz que volvería al amanecer. Todavía tenía muchas preguntas, demasiadas quizá, pero ya no necesitaba conocer todas las respuestas para saber que aquello había ocurrido.

Cuando se acercó a cerrar las cortinas, algo brilló entre los arbustos.

Dos pequeños puntos verdes resplandecían en la penumbra.

Flor se quedó inmóvil.

Eran los ojos de un felino.

La observaban desde la espesura con una mezcla de ternura, orgullo y una responsabilidad que la niña todavía no alcanzaba a comprender.

Flor sonrió y levantó una mano.

—Linda noche, Tayro.

Los ojos de esmeralda parpadearon con dulzura.

Luego dieron media vuelta y, envueltos en una ligera estela de polvo dorado, desaparecieron entre la vegetación.

A la mañana siguiente, los gallos cantaron con un entusiasmo escandaloso, como si hubieran pasado toda la noche esperando el instante exacto para saludar al sol con todas las fuerzas de sus pulmones.

Normalmente, semejante alboroto habría provocado más de un refunfuño en Flor.

Aquella mañana fue música para sus oídos.

Saltó de la cama, prendió el broche entre sus rizos y atravesó la casa casi corriendo. En la cocina, su madre preparaba el café y apenas alcanzó a verla pasar.

—¿A dónde vas tan temprano, niña?

—¡A saludar al sol! —respondió Flor mientras abría la puerta de madera—. ¡No te imaginas cuánto lo extrañaba!

Salió al patio y cerró los ojos.

Solo quería sentir la calidez de la mañana sobre el rostro, escuchar los gallos, respirar el aroma fresco de la tierra y comprobar que todo seguía allí.

Cuando volvió a mirar hacia el cielo, una silueta conocida pasó sobre ella.

Flor abrió la boca de emoción.

—¡Huitaca!

La lechuza emitió un suave chasquido, inclinó un ala y comenzó a descender colina abajo.

Flor sabía exactamente hacia dónde se dirigía.

—¡Espera!

Echó a correr entre los cafetales.

Saltó una pequeña roca, apartó una rama y continuó bajando por el sendero hasta que, entre los destellos de la mañana, una silueta dorada comenzó a avanzar a su lado.

Tayro apareció entre las plantas con la naturalidad de quien jamás se había marchado. Esquivó una rama, saltó sobre una piedra y alcanzó a Flor sin esfuerzo.

La niña soltó una carcajada.

—¡Buenos días, Tayro! Lo conseguimos, ¿eh?

El pequeño jaguar respondió con un gruñido alegre.

Flor aceleró.

—¡A ver quién llega primero!

Tayro aceptó el desafío.

Los dos salieron disparados colina abajo mientras la lechuza sobrevolaba sus cabezas.

Poco después alcanzaron la cima de una pequeña loma. Allí, en medio del jardín de las Flores de las Once, completamente abiertas bajo el sol y extendidas como un mar morado sobre la montaña, una mujer los esperaba.

Huitaca.

Vestía nuevamente su elegante atuendo tejido con hilos de oro. Sus joyas brillaban con cada movimiento y en sus ojos había regresado aquella chispa indomable que Flor conocía tan bien.

—Centinela... —dijo la diosa abriendo los brazos—. Llevo siglos esperándote.

Flor no necesitó escuchar una palabra más.

Corrió hacia ella y la abrazó con la urgencia de mil eternidades. El impacto fue tan fuerte que ambas terminaron cayendo sobre el césped entre carcajadas.

—¡Flor! —protestó Huitaca mientras reía—. ¡Mi atuendo!

Tayro saltó inmediatamente sobre ellas, dio un par de brincos alrededor de Huitaca y comenzó a lamerle la cara a Flor.

—¡Tayro, no! —gritó la niña entre risas—. ¡Eso hace cosquillas!

—¡Por fin alguien con modales en estas montañas! —declaró Huitaca mientras el jaguar intentaba lamerle una mano.

Cuando finalmente consiguieron incorporarse, Flor tomó a la diosa por las manos y su expresión cambió de inmediato.

—Dime la verdad.

Huitaca arqueó una ceja.

—Eso suena preocupante.

—¿Bochica te regañó?

La diosa soltó un bufido exagerado.

—¡Bochica siempre me regaña!

—¿Mucho?

—Muchísimo.

—¿Y Bachué?

Huitaca apartó la mirada.

Flor abrió mucho los ojos.

—¡También te regañó!

—No necesitamos entrar en detalles.

—¡Huitaca!

—Está bien, está bien. Digamos que hubo una conversación bastante extensa sobre responsabilidad, equilibrio, consecuencias y otras palabras que los dioses utilizan cuando quieren arruinarle a una la celebración.

Flor intentó contener la risa.

—Entonces sí te castigaron.

—Yo no utilizaría exactamente esa palabra.

—¿Qué palabra usarías?

Huitaca pensó durante un instante.

—Supervisión excesiva.

Flor soltó una carcajada.

—Pero... ¿estás bien?

La pregunta hizo que la expresión de Huitaca se suavizara.

—Estoy bien.

—¿ya recuperaste todos tus poderes?

La diosa se llevó una mano al pecho, profundamente ofendida.

—Centinela, jamás dejé de ser una diosa.

Flor la miró en silencio.

Huitaca sostuvo su expresión durante dos segundos.

—Está bien. Quizá durante un momento muy pequeño tuve ciertas... dificultades divinas.

—¡No podías convertirte en lechuza!

—Detalles.

—¡Y los mosquitos querían picarte!

—¡Flor!

La niña estalló en risas.

Huitaca intentó mantener la dignidad, pero terminó riéndose también.

—En cualquier caso —continuó la diosa mientras se acomodaba una de sus joyas—, me dejaron conservar mi forma de lechuza para cuando quiera sentirme libre y, cuando deba cumplir con mis labores, puedo regresar a este aspecto.

Giró ligeramente sobre sí misma.

—Además... dime que mis joyas no son hermosas.

Flor negó con la cabeza entre risas.

—Eres imposible.

—Pero elegante.

—Eso sí.

Huitaca sonrió satisfecha.

Durante unos instantes permanecieron juntas entre las flores, disfrutando simplemente de estar allí.

Entonces Huitaca tomó aire.

—Centinela... hay algo que quiero decirte.

Flor levantó la mirada.

—Gracias.

—¿Por qué?

La respuesta salió tan rápido que Huitaca pareció desconcertarse.

—Por creer en mí —continuó la diosa—. Por regresar cuando podrías haber seguido tu camino. Por no mirarme como lo hicieron tantos otros antes que tú. No sé qué habría sido de este mundo si no hubieras decidido ayudarme.

Flor frunció ligeramente el ceño.

—Pero claro que iba a ayudarte.

Huitaca la observó en silencio.

—Flor, yo fui quien hizo aquella broma.

—Sí, ya sé.

—Puse a los dioses en peligro.

—También lo sé.

—Casi dejé al mundo sin sol.

Flor se quedó pensativa.

—Bueno... esa parte sí estuvo bastante mal.

Huitaca abrió la boca, indignada.

—¡Centinela!

Flor soltó una risita y apretó sus manos.

—Pero tú también me ayudaste cuando tuve miedo. Me mostraste el camino. Te quedaste conmigo aunque estabas débil y no dejaste que entrara sola a la gruta hasta que ya no podías seguir.

La niña se encogió de hombros como si la respuesta fuera evidente.

—Además, eres mi amiga.

Durante un instante, Huitaca no dijo nada.

Después sonrió.

No con aquella sonrisa presumida que Flor conocía tan bien, sino con una pequeña y sincera que apenas permaneció unos segundos antes de que la diosa recuperara su expresión habitual.

—Bueno... debo admitir que tienes un gusto extraordinario para escoger amistades.

Flor puso los ojos en blanco.

—Y el color dorado de tus alas hace que tus ojos resalten divinamente —añadió Huitaca.

Flor soltó una carcajada.

Definitivamente, la diosa jamás dejaría de ser ella misma.

—Pero bueno —continuó Huitaca—, me imagino que tienes mil preguntas y hay alguien que quiere verte.

Flor miró hacia Tayro.

—¿Quién?

Huitaca sonrió misteriosamente.

—Activa tus alas y vamos.

Antes de que Flor pudiera preguntar algo más, la diosa se transformó en lechuza y levantó el vuelo.

—¡Eso es hacer trampa!

La niña acarició rápidamente la cabeza de Tayro, tocó la mariposa prendida entre sus rizos e invocó la memoria antigua del broche.

Las alas de cristal transparente se desplegaron a su espalda con un destello dorado.

Flor se impulsó hacia el cielo.

—¡Espérame!

Huitaca dio una vuelta en el aire.

Las dos comenzaron a volar juntas sobre las montañas como dos viejas amigas que se hubieran echado de menos durante siglos. Flor aceleraba y Huitaca se apartaba justo antes de que pudiera alcanzarla; después era la lechuza quien descendía sobre ella mientras la niña cambiaba de dirección entre risas.

Abajo, Tayro corría entre los cafetales sin perderlas de vista, saltando raíces, esquivando ramas y atravesando los senderos como un destello dorado.

Flor miró hacia él y sonrió.

Había prometido que algún día volaría junto a Huitaca.

Ahora lo estaba haciendo.

Poco después, comenzaron a descender.

Frente a ellas apareció la laguna sagrada.

Flor dejó de reír.

La última vez que había estado allí, las aguas parecían esconder secretos demasiado antiguos para una niña. Ahora permanecían tranquilas y serenas, extendidas bajo un cielo inmenso.

La luz del sol descendía sobre la superficie y se quebraba en cientos de reflejos dorados, como si la laguna recibiera aquella claridad en forma de una ofrenda.

Flor aterrizó suavemente junto a la orilla.

Huitaca recuperó su forma divina a pocos pasos de ella, mientras Tayro aparecía entre los arbustos y se sentaba junto a la niña.

—Este lugar es hermoso... —susurró Flor, respirando profundamente el aire fresco de la montaña.

Huitaca contempló el agua.

Esta vez no hizo ninguna broma.

La superficie de la laguna comenzó a ondularse.

Primero fue apenas un movimiento suave. Después, varios círculos se extendieron desde el centro mientras una luz cálida comenzaba a crecer bajo las aguas.

Flor dio un pequeño paso hacia atrás.

Tayro permaneció inmóvil.

Huitaca inclinó respetuosamente la cabeza.

Del corazón de la laguna, rodeada por un resplandor sereno y antiguo, comenzó a emerger lentamente una figura majestuosa.

La Diosa Madre.

Bachué.

 

Capítulo 10

El Paso del Tiempo y el Eco del Mañana



El tiempo pareció detenerse cuando la divinidad suprema de las montañas emergió de las aguas. El brillo de sus ojos solo podía compararse con el del sol que volvía a iluminar la tierra, y, con la liberación de los dioses, la armonía comenzaba lentamente a restaurarse.

Huitaca inclinó la cabeza ante Bachué en una reverencia discreta. A su lado, el pequeño Tayro bajó el lomo con respeto. Flor los observó y, sin saber muy bien qué hacer, intentó imitarlos, pero la Diosa Madre extendió una mano y levantó suavemente el mentón de la niña.

—Por favor, detente, Centinela. Si alguien merece una reverencia en este momento, eres tú.

Flor abrió los ojos sorprendida.

—Tú nos salvaste de olvidar quiénes éramos —continuó Bachué—. Incluso los dioses tenemos una deuda contigo. Sabía que el poder de las Mil Guerreras estaría en buenas manos y que lograrías hacer brillar su fuerza como nadie más.

Flor encontró en los ojos de la diosa un respeto que la hizo sonrojar.

—No tienes nada que agradecer —respondió—. Cuando el sol dejó de brillar, vi a mi mamá preocupada y las flores de las once no abrieron. Tuve miedo. Habría hecho lo que fuera para volver a ver tranquilidad en sus ojos y el jardín completamente florecido. Además, no puedo llevarme todo el crédito. Huitaca y Tayro estuvieron siempre conmigo.

Bachué sonrió mientras observaba a los dos compañeros de misión de la Centinela.

—Estuviste muy bien escoltada. Eso sí es verdad.

Huitaca levantó ligeramente el mentón, orgullosa, mientras Tayro sacudía las orejas como si comprendiera perfectamente el cumplido.

—Tu hazaña resonó hasta el último reino de la faz de la Tierra —añadió Bachué.

Detrás de ella comenzaron a aparecer pequeños destellos dorados. Las luces flotaron sobre la laguna y poco a poco adoptaron la forma de mujeres antiguas, siluetas que Flor había visto apenas en visiones y recuerdos que todavía no comprendía.

Huitaca dejó de sonreír.

Tayro se quedó completamente quieto.

Flor contempló aquellas figuras sin saber quiénes eran.

—Son algunas de las diosas con las que sellamos el pacto para capturar a la Niebla del Olvido —explicó Bachué—. Cuando supieron lo que habías hecho, quisieron conocerte.

Una de las siluetas avanzó. Su cabello parecía indomable como el fuego y su presencia recordaba a los bosques antiguos después de una tormenta.

—Centinela, soy Laima y te saludo desde las tierras bálticas. No sabíamos cuándo la Niebla intentaría quebrar su encierro, pero respondiste al llamado cuando más te necesitábamos.

Flor inclinó tímidamente la cabeza.

Otra figura se manifestó junto a ella. Parecía llevar sobre sí misma el resplandor de un sol lejano.

—Y yo soy Isis. Desde los desiertos de Egipto te extiendo nuestra gratitud. El valor con el que defendiste la memoria no será olvidado.

Una a una, las Señoras del Pacto inclinaron la cabeza ante la pequeña Flor.

La niña permaneció en silencio.

Hasta aquel instante no había comprendido realmente la magnitud del peligro al que se había enfrentado. Había pensado en su madre, en las flores que no abrían, en Tayro, en Huitaca, en regresar a casa. Ahora, mientras aquellas divinidades la observaban con respeto, comenzaba a entender que algo mucho mayor había estado en juego.

Bachué esperó a que las últimas siluetas comenzaran a desvanecerse.

—Me gustaría decirte que todo ha terminado, Centinela, pero no sería verdad. Mientras exista la memoria, el olvido permanecerá cerca, esperando que dejemos de recordar de dónde venimos, quiénes estuvieron antes que nosotros y cuánto costó proteger aquello que hoy damos por sentado. El Sello del Equilibrio ya se ha agrietado una vez. Podría volver a suceder.

Flor llevó una mano hasta el broche de filigrana dorada que adornaba su cabello.

—En él llevas la fuerza de las Mil Guerreras que ayudaron a forjar ese sello —continuó Bachué—. Pero debes recordar algo todavía más importante: aunque seas la portadora de ese poder, sigues siendo humana. Incluso tú podrías olvidar.

Flor apretó los labios y llevó una mano al pecho.

—Haré todo lo que esté en mis manos para no hacerlo. Lo prometo.

Tayro se colocó firme a su lado.

—La Niebla no se saldrá con la suya. Siempre estaremos atentos, ¿verdad, Tayro?

El pequeño jaguar levantó la cabeza mientras Flor acariciaba su lomo.

—Yo también estaré a tu lado —dijo Huitaca.

Bachué la miró de reojo.

—Hermana mía, tú también tienes deberes que cumplir. La sangre divina viene acompañada de ciertas responsabilidades.

Las diosas que aún permanecían detrás de Bachué intercambiaron sonrisas cómplices.

Huitaca refunfuñó.

—Ser la diosa de las fiestas no es tan divertido como suena.

Las risas se extendieron alrededor de la laguna y, durante unos instantes, después de tanto peligro, todo pareció estar bien.

Pero el tiempo no se detuvo.

La Niebla del Olvido permaneció encerrada dentro del Arca, oculta bajo las ruinas de la gruta que había intentado borrar la memoria de Flor. La Centinela regresó junto a su madre y a su familia, Tayro continuó cuidándola desde las montañas y, algunas tardes, Huitaca aparecía para llevarla a volar sobre los cafetales mientras Bachué seguía compartiendo con ella historias antiguas a orillas de la laguna.

Una mañana, la Diosa Madre colocó entre las manos de Flor un libro grueso y antiguo. Su cubierta de cuero parecía haber atravesado incontables generaciones, y en el centro descansaba una piedra de jade tallada con la figura de un dragón dormido.

—¿Qué es? —preguntó Flor.

—El Libro del Dragón. Viene de tierras orientales y conserva el legado de su primera bibliotecaria, Jing Xiuying. Fue creado para preservar conocimientos que ni siquiera el paso del tiempo debería borrar. Desde ahora será tu guía, pero también mucho más que eso. Algún día deberás entregárselo al guardián que continúe este legado después de ti.

Flor pasó lentamente los dedos sobre la piedra de jade.

Los ojos del dragón se abrieron.

La niña retiró la mano de golpe.

El libro se desplegó ante ella y sus páginas comenzaron a pasar solas. Al principio estaban completamente vacías, pero una pequeña línea de tinta apareció sobre una de ellas y comenzó a avanzar, dividiéndose en caminos, montañas, mares y territorios que Flor jamás había visto.

—¡Wow!

La tinta continuó extendiéndose hasta ocupar ambas páginas.

Bachué observó maravillada.

—El Mapa del Guardián.

Flor deslizó un dedo sobre aquellas rutas imposibles. Bosques desconocidos, islas lejanas, desiertos, montañas y reinos que parecían existir más allá de cualquier frontera conocida aparecieron ante sus ojos.

—¿Todos esos lugares existen?

—Y todos ellos pueden ser olvidados —respondió Bachué—. El Libro puede abrirte el camino hacia esos reinos cuando sea necesario. Allí aprenderás a proteger aquello que algún día podría estar en peligro.

Flor volvió a observar el mapa.

Flor comprendió entonces que las montañas donde había nacido eran apenas una pequeña parte de un mundo inmensoLos años siguientes estuvieron llenos de puertas imposibles.

Guiada por el Libro del Dragón, Flor atravesó bosques bálticos donde aprendió a escuchar la memoria escondida en la naturaleza y llegó hasta una isla griega donde Afrodita, acompañada por dos querubines demasiado bromistas para el gusto de Huitaca, le enseñó a dominar con mayor agilidad las Alas del Eco Dorado.

Hubo muchos otros viajes.

Algunos quedaron guardados únicamente entre las páginas del Libro.

Mientras Flor aprendía sobre dioses y reinos olvidados, también continuaba asistiendo al colegio de su pueblo, rodeado de cafetales. Allí conoció nuevos amigos, compartió secretos mucho menos extraordinarios y descubrió que había incontables cosas de las que podía hablar sin mencionar lagunas sagradas, diosas rebeldes o jaguares capaces de hablar dentro de su mente.

Tayro la esperaba siempre al borde del camino.

Durante años, Flor salía del colegio y corría hacia él para competir hasta la casa. Al principio el jaguar tenía que contenerse para dejarla creer que podía alcanzarlo. Después las carreras comenzaron a hacerse menos frecuentes.

Algunas tardes Flor salía acompañada de otras niñas y se quedaba conversando con ellas.

Otras veces debía permanecer en el colegio mucho más de lo esperado.

Tayro continuaba esperando.

Desde lo alto, Huitaca lo observaba y descendía de vez en cuando para distraerlo mientras el sol comenzaba a esconderse detrás de las montañas.

—Va a salir —parecía decirle el jaguar con su mirada.

Y salía.

Siempre terminaba saliendo.

Flor sonreía al verlo, le acariciaba la cabeza y regresaban juntos a casa.

Pero los años continuaron pasando y, casi sin darse cuenta, la pequeña niña se convirtió en una hermosa señorita.

Una tarde se preparaba para una celebración en el colegio. Su madre había confeccionado para ella un vestido rosa y Flor daba vueltas frente al espejo admirando cómo se movía la falda.

Una brisa helada recorrió la habitación.

La joven se detuvo.

Observó su reflejo y después miró el broche dorado en forma de mariposa que seguía llevando entre el cabello.

Frunció ligeramente el ceño.

No combinaba con el vestido.

Se lo quitó.

Abrió el cajón de la mesita de noche, donde descansaba el Libro del Dragón, dejó el broche dentro y volvió a cerrarlo.

Afuera, una nube gris cubrió el sol durante apenas un instante.

Muy lejos de allí, en medio de la laguna, la bóveda de las ofrendas vibró.

Bachué abrió los ojos.

El Olvido había encontrado una nueva forma de acercarse a la Centinela.

Flor no volvió a ponerse el broche al día siguiente.

Ni al siguiente.

Pasaron las semanas.

Tayro continuó esperando junto al camino. Huitaca siguió cruzando los cielos sobre la casa de Flor y alguna vez quiso descender para recordarle las antiguas aventuras, pero Bachué la detuvo.

La diosa rebelde la miró sin comprender.

Bachué negó lentamente con la cabeza.

Flor tenía que continuar viviendo.

Poco después, la familia decidió abandonar la finca y mudarse a la capital. La casa se llenó de cajas, ropa doblada, fotografías, objetos viejos y conversaciones sobre todo aquello que cabría o no dentro del camión de mudanza.

—No vas a empacar más de lo que necesitas —le advirtió su madre—. Recuerda que el camión tiene límite, ¿eh, Flor?

Flor rio mientras intentaba cerrar una caja que claramente había llenado demasiado.

Estaba emocionada.

Bogotá le parecía gigantesca. Una ciudad llena de calles, gente y posibilidades completamente nuevas.

La noche antes de la mudanza, mientras terminaba de empacar algunas prendas, escuchó un ruido junto a la ventana.

Al girarse, encontró a Tayro observándola desde afuera.

—¡Ay! Me has asustado.

El jaguar no se movió.

Flor sonrió.

—Hace mucho que no te veía. ¿Cómo estás?

La voz de Tayro apareció dentro de su mente.

—Ven, Centinela. Bachué te necesita.

Flor permaneció inmóvil.

Hacía mucho que nadie la llamaba así.

—Claro. Ya voy.

Sintió que olvidaba algo.

Se acercó a la mesita de noche y abrió el cajón.

El Libro del Dragón seguía allí.

El broche no.

Flor frunció el ceño y buscó debajo del libro, después entre algunas cosas que todavía quedaban dentro.

Nada.

—Qué raro...

Seguramente lo había cambiado de lugar.

El problema era que no podía recordar dónde.

Salió de la casa y siguió a Tayro por el camino. Ya no corría detrás de él con la ligereza de cuando era pequeña y tuvo que cuidar varias veces de no tropezar entre las piedras.

Al levantar la mirada vio una lechuza sobrevolando las montañas.

Flor sonrió.

—Pensé que te habías olvidado de mí, Huitaca.

La lechuza continuó volando sobre ellos.

Cuando llegaron a la laguna descendió frente a Flor y recuperó su forma divina.

—Hola, Centinela.

Flor no respondió de inmediato.

Después corrió hacia ella y la abrazó.

—Hola, amiga. Cuánto tiempo ha pasado.

Huitaca le devolvió el abrazo.

Flor se agachó entonces junto a Tayro y acarició su cabeza.

—Y tú... ¿por qué dejaste de esperarme después del colegio?

Huitaca la miró.

—Nunca dejó de hacerlo.

Flor levantó la vista.

—¿Qué?

—Te sigue esperando todos los días. Desde la montaña hemos visto cómo crecías. Seguimos cuidándote como prometimos.

Flor miró a Tayro.

El jaguar sostuvo su mirada.

De repente aquellas tardes regresaron a su memoria: las carreras por el camino, las horas junto a la montaña, Huitaca surcando el cielo sobre ellos.

—Lo siento —murmuró—. He estado muy ocupada con el colegio y ayudando a mi mamá con la mudanza y...

No supo qué más decir.

El agua comenzó a agitarse.

Una luz dorada apareció bajo la superficie y Bachué emergió lentamente de la laguna.

—Hola, Centinela.

Flor sonrió.

—Hola, Bachué. Gracias por llamarme.

Después miró a los tres.

—En realidad también quería despedirme. Mi familia y yo nos vamos mañana. Nos mudaremos a Bogotá. Es enorme... estoy muy emocionada.

Bachué, Huitaca y Tayro escucharon en silencio.

—Todo estará bien —respondió finalmente la Diosa Madre—. Eres una de las niñas más valientes que he conocido.

Flor sonrió, pero algo volvió a inquietarla.

—Por cierto... no encuentro mi broche. No quiero irme sin él.

Bachué guardó silencio durante unos segundos.

—El Broche de las Mil Guerreras regresó a su origen antes de que el Olvido pudiera apoderarse de su poder.

Flor dejó de respirar.

—¿Regresó?

Bachué asintió.

La memoria golpeó a Flor de repente.

El broche.

Las alas.

La gruta.

Las guerreras.

La promesa junto a la laguna.

Tayro esperándola.

Huitaca volando sobre los cafetales.

—Yo prometí...

La voz se le quebró.

—Prometí que nunca lo olvidaría.

Flor cayó de rodillas.

Huitaca se acercó rápidamente a ella.

—No puedo irme —dijo Flor entre lágrimas—. Tengo que proteger la memoria. No puedo dejar a Tayro. Sin el broche ni siquiera podré volver a usar las Alas del Eco Dorado. Yo... yo no quería olvidarlo. No fue mi culpa, Bachué. Te lo juro.

Huitaca la ayudó a ponerse de pie mientras Bachué se acercaba.

—Lo sé.

Flor levantó la mirada.

—No hiciste nada malo, Centinela. El broche llegó a ti cuando debía hacerlo y cumpliste la misión para la que fuiste elegida. Pero tu vida no terminó aquella noche en la gruta. Debes continuar con aquello que el futuro tenga preparado para ti.

Flor se limpió las lágrimas con el dorso de la mano.

—Además —continuó Bachué—, tu misión tampoco termina aquí.

La Diosa Madre extendió las manos.

Entre ellas apareció una pequeña bolsa confeccionada con cuero e hilos dorados.

Flor la recibió con cuidado.

—Dentro encontrarás los Dulces de la Memoria. Te ayudarán a recordar aquello que el paso del tiempo intente alejar de ti. Algún día aprenderás también a prepararlos y comprenderás cuándo debes utilizarlos.

Flor abrió ligeramente la bolsa.

Un aroma dulce escapó de su interior.

—El legado de los Guardianes de la Llama de la Memoria queda ahora en tus manos. Conserva el Libro del Dragón. Llegará un momento en el que alguien más podrá abrirlo y entonces sabrás que debes entregárselo.

Flor miró a Bachué con preocupación.

—¿Y cómo sabré quién será? ¿Cómo sabré cuándo usar los Dulces? ¿Y qué pasará con Tayro? ¿Y contigo? ¿Y Huitaca?

Huitaca soltó una pequeña risa.

Bachué también sonrió.

—Sigues teniendo demasiadas preguntas.

Flor bajó la mirada hacia la bolsa.

—Supongo.

—Las respuestas llegarán cuando tengan que llegar. Tayro continuará cuidándote. Siempre será tu protector, incluso cuando no puedas verlo. Huitaca y yo también estaremos cerca. Cuando nos extrañes, cierra los ojos y recuerda nuestros nombres.

Flor abrazó la bolsa contra su pecho.

Las figuras de Bachué y Huitaca comenzaron lentamente a desvanecerse entre pequeños destellos. Tayro permaneció unos segundos más frente a ella.

Flor se inclinó y rodeó su cuello con los brazos.

—No vuelvas a esperar tanto por mí.

El jaguar cerró los ojos.

Flor comprendió que probablemente no le haría caso.

A la mañana siguiente, el camión abandonó la finca entre los cafetales.

Flor observó las montañas desde la ventana mientras el camino comenzaba a quedar atrás. Sobre su regazo descansaban la bolsa dorada y el Libro del Dragón.

Durante algunos minutos pudo distinguir una pequeña figura sobre una de las laderas.

Tayro.

Flor levantó la mano y se despidió.

El jaguar permaneció allí hasta que el vehículo desapareció entre las montañas.

Muy lejos de aquel camino, bajo las ruinas de la gruta, el Arca de las Mil Memorias continuaba esperando en la oscuridad.

Nada se movía.

Nada parecía haber cambiado.

Hasta que una nueva grieta recorrió un fragmento del Sello del Equilibrio.

El sonido fue apenas un susurro entre las rocas.

Crac.


Una bailarina, iluminada por un foco púrpura, realiza espirales entre cintas luminosas sobre un escenario ante un público que la ovaciona.

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