Tomo II

Las Crónicas del Olvido y El sello del Equilibrio




Antes del Equilibrio


Hay victorias que no son más que treguas.

Hay peligros que pueden enfrentarse; otros que pueden ser derrotados… y algunos que únicamente pueden ser contenidos. Cuando eso ocurre, la victoria deja de pertenecer a quienes libraron la batalla y se convierte en una promesa entregada al futuro.

Quienes vinieron antes lo comprendieron.

No buscaron destruir aquello que no podía desaparecer. Lo encerraron. Levantaron barreras, sellaron caminos y confiaron su vigilancia a manos destinadas a desaparecer mucho antes que aquello que protegían.

No lo hicieron para ser recordados.

Lo hicieron para comprar tiempo.

Y el tiempo prestado siempre termina exigiendo un pago.

Durante generaciones, las promesas sobrevivieron a quienes las pronunciaron. Los símbolos permanecieron cuando sus creadores ya no tenían nombre. Los pactos atravesaron guerras, reinos y fronteras, mientras la razón que los había hecho necesarios comenzaba lentamente a desvanecerse.

Porque esa es la fragilidad de la memoria.

Primero se olvida un nombre. Después, una historia. Luego, el motivo por el que aquella historia debía seguir contándose.

Hasta que un día el mundo contempla las marcas del pasado y todavía reconoce su importancia, aunque ya no comprende su significado.

Recuerda que existe una cerradura. Pero ha olvidado qué debía permanecer detrás de ella.

Y quizás ese sea el peligro de toda paz demasiado larga: terminar creyendo que aquello que permanece en silencio ha dejado de existir.

Los siglos pasaron.

Las advertencias se transformaron en leyendas. Las leyendas, en ecos.

Y mientras el mundo aprendía a vivir sin recordar aquello que una vez temió, algo permaneció esperando.

Porque una prisión no es una victoria. Un sello no destruye aquello que guarda. Y ninguna deuda desaparece solo porque quienes deben pagarla hayan olvidado que existe.

El tiempo ha sido paciente.

Ahora comienza a cobrar.



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