Batalla 2

Las Puertas de los Días Perdidos


Capítulo 1

El reloj quebrado


Desde la terraza más alta de la Escuela de las Estrellas, el viento no traía frío ni calor, solo el rumor lejano de las corrientes que sostenían los riscos en el vacío.

Angelia permanecía de pie junto a la balaustrada de piedra blanca, con las manos entrelazadas sobre el pecho. La tela pálida de su túnica ondeaba apenas mientras sus ojos, claros y serenos, buscaban la parte alta del firmamento.

Allí arriba, la constelación de cinco puntas brillaba sobre la penumbra.

La primera de las estrellas ardía ahora con una luz limpia, despojada de cualquier rastro ceniciento. Una vibración azul cobalto, fina como el tañido de una campana distante, pulsaba en su centro. La niebla que la envolvía había retrocedido, expulsada hacia el espacio abierto.

Angelia soltó el aire despacio. La tensión en sus hombros cedió apenas unos milímetros.

—Resistió —murmuró para sí misma.

El alivio duró un parpadeo.

La masa grisácea, viscosa y lenta, no se dispersó en el abismo. Empujada por una corriente ciega, se deslizó hacia los otros cuatro puntos de luz. Pasó de largo sobre dos de ellos y comenzó a cerrarse en espiral alrededor de la segunda estrella, estrangulando su brillo bajo una capa oscura que crecía por segundos.

A espaldas de Angelia sonó un chasquido seco.

En el estante de madera tallada que custodiaba la entrada del observatorio, el reloj de arena de polvo estelar se estremeció. Una fractura cruzó el cristal de arriba abajo con un silbido breve; la ampolla superior cedió y la arena brillante se derramó en un torrente silencioso sobre la repisa, perdiéndose en el suelo de piedra.

Angelia se giró despacio. Miró el polvo luminoso esparcido entre las sombras del salón y frunció el ceño.

El orden acababa de perder un engranaje.


A la mañana siguiente…

Ell sol de Bogotá entraba tibio por la ventana de la alcoba.

Ignacio abrió los ojos con el cuerpo pesado. Los músculos de las piernas y los hombros le pasaban la factura de la carrera sobre las losas rotas del inframundo y el vuelo a ciegas sobre las aguas de Creta. Sin embargo, sobre el piso de madera ya no había rastro de ceniza ni humedad. Todo estaba en su sitio.

Se sentó en el borde de la cama y miró hacia el escritorio.

El Libro del Dragón descansaba en el centro. La pieza de jade incrustada en el relieve de la portada permanecía opaca, fría al tacto, pero el aire a su alrededor conservaba un aroma tenue a piedra caliente.

Ignacio se puso de pie, abrió el primer cajón y sacó la pluma que le recordaba el vuelo sobre el lomo de aquella criatura majestuosa.

Era larga, rígida y pesada, con bordes que cambiaban de un oro pálido a un gris tormenta según le diera la luz. La sostuvo con cuidado entre los dedos, se acercó al escritorio y abrió el libro.

Pasó las páginas en blanco, sin textos ni figuras, buscando explicaciones o rastros de lo que acababa de vivir. Al no encontrar nada, y antes de cerrar el libro, apoyó la pluma sobre las fibras del papel.

La pieza de jade de la portada emitió un latido sordo.

Una gota de tinta oscura brotó del fondo de la página, como si naciera del corazón del papel. El trazo comenzó a extenderse solo, dibujando líneas precisas: el cuerpo felino y musculoso, las patas delanteras rematadas en garras curvas de rapaz, el pecho ancho cubierto de plumas espesas y la cabeza fiera, con el pico afilado y los ojos atentos que no retrocedían ante nada.

Al pie de la ilustración, la tinta se estiró en letras firmes:

Grýphos.

Ignacio rozó el dibujo con la yema del índice.

—Grýphos —susurró, sonriendo apenas—. Así te llamas.

Iba a cerrar el tomo cuando la página siguiente crujió, moviéndose sola hacia la izquierda.

La tinta viva volvió a brotar. Sobre el blanco aparecieron cinco estrellas formando un arco quebrado. La primera destellaba con un trazo azul nítido; sobre la segunda, una mancha de tinta borrosa comenzó a ensancharse, ahogando su contorno. Debajo de la figura, las líneas dibujaron un pequeño reloj de arena con el vidrio partido en dos.

Y justo detrás de las grietas del reloj, una chispa diminuta en forma de estrella pareció brillar con un tono morado intenso.

Ignacio se quedó inmóvil. El recuerdo de los espejos del Jardín de los le golpearon el pecho de golpe.

—Majo... —dijo en voz baja.

Cerró el libro con un golpe seco. La pieza de jade se apagó.

Guardó los tres amuletos en el bolsillo interno de su morral, acomodó el libro entre sus cuadernos y se cambió de ropa a toda prisa, poniéndose unos jeans y una camiseta cómoda.

En la sala, Mónica terminaba de ponerse una chaqueta liviana frente al espejo del pasillo, mientras Mariana buscaba las llaves de su carro en el bolso.

—¿Listo, Igna? —preguntó su mamá al verlo salir con el morral colgado al hombro—. Vamos primero a desayunar y luego te dejamos en el apartamento de tu tío Rubén y nosotras nos vamos al centro comercial. Necesitamos comprar un par de cosas y no te vas a aguantar tres horas mirando ropa con tu hermana.

—Prefiero quedarme con Majo y Milú, ma —respondió Ignacio con naturalidad, ocultando la prisa en su voz—. Además hace días no juego con la perrita.

—Perfecto —dijo Mónica, abriendo la puerta principal—. Así pasas el domingo tranquilo.

Quince minutos después, el carro se detuvo frente al edificio de su tío. Ignacio bajó del asiento trasero, se despidió con un beso rápido en la mejilla de su madre y cruzó la portería a paso largo.

Al abrirse la puerta del apartamento en el tercer piso, un torbellino blanco con manchas café se le abalanzó sobre los tenis. Milú movía la cola con tanta fuerza que todo su cuerpo se sacudía, soltando ladridos cortos y ahogados de pura emoción.

—¡Hola, chiquita! —Ignacio se agachó para rascarle el pecho y las orejas.

El tío Rubén apareció en el corredor secándose las manos con una toalla pequeña.

—¡Hola, campeón! —saludó con una sonrisa amplia—. Entra, pasa. Aleja está en la cocina preparando jugo. Qué bueno que viniste hoy, porque yo ya iba saliendo para mi clase de crossfit al gimnasio. No me demoro nada; vuelvo antes del mediodía.

—Hola, tío. Tranquilo, aquí me quedo con Majo.

Majo salió de su cuarto vestida con un pantalón de sudadera azul y una camiseta estampada. Tenía el cabello recogido en una cola de caballo despeinada y los ojos brillantes al verlo llegar.

—¡Igna! —exclamó, acercándose a darle un abrazo corto—. Ven, entra a mi cuarto que te tengo que mostrar un dibujo de Milú que hice ayer. Dijo buscando no levantar sospechas.

Ignacio saludó a su tía Aleja en la cocina y siguió a su prima por el pasillo. Apenas entraron a la habitación, Ignacio empujó la puerta con suavidad hasta escuchar el chasquido del cerrojo. Dejó el morral sobre la cama y se sentó en el suelo, con la espalda apoyada contra el marco del armario. Milú entró detrás de ellos y se echó en medio de la alfombra, mordisqueando una pelota de goma gastada.

Majo se sentó con las piernas cruzadas frente a él, mirándolo con curiosidad.

—Tienes cara de que no dormiste nada —dijo ella, ladeando la cabeza.

Ignacio respiró hondo. No hacían falta rodeos entre ellos. Le contó todo: la grieta en su habitación, el cielo en ruinas, las pruebas que lo llevaron a cruzar un mar sin nombre, el laberinto de Creta y la bestia con garras y alas que lo había ayudado a descender hasta las sombras. Majo escuchaba con la boca entreabierta, sin pestañear, abrazando sus propias rodillas mientras los detalles se acumulaban en el aire del cuarto.

Ignacio sacó los amuletos y se los enseñó un segundo antes de volver a guardarlos.

—Allá me decían de una forma rara... —añadió él, bajando el tono—. Me llamaban el Guardián de la Luz Azul. Y escuché que hablaban de alguien más, una tal Centinela de la Flama Rosa, pero nadie supo decirme quién era.

Majo abrió los ojos con sorpresa y soltó una risita baja.

—Wow... o sea que eres el guardián azul. ¿Y hay más guardianes como tú?

Ignacio negó despacio con la cabeza.

—No lo sé.

—Qué locura —dijo ella con total tranquilidad, sin darle mayor importancia al asunto ni mostrar el menor interés por tener un nombre parecido—. Es como de película.

El pestillo de la puerta principal del apartamento sonó con fuerza y los pasos pesados de Rubén resonaron de nuevo en el pasillo.

—¡Aleja! —se escuchó la voz del tío desde la sala—. Imagínate que llegué al gimnasio y me dijeron que no había clase. Que el domingo no hay horario de crossfit, pero yo juraba que siempre es a las diez. Qué cosa tan rara.

Los pasos se acercaron al cuarto de Majo.

La puerta se abrió un palmo y Rubén asomó la cabeza con una botella de agua en la mano, justo cuando Majo decía en voz alta:

—¿O sea que de verdad volaste sobre el lomo de esa criatura llamada Grýphos?

Rubén frunció el ceño, divertido.

—¿Sobre el lomo de quién? ¿De qué están hablando ustedes dos?

Ignacio reaccionó en una fracción de segundo, sonriendo con desgano:

—De una pesadilla rarísima que tuve anoche, tío. Un sueño larguísimo con monstruos y cosas que volaban.

Rubén soltó una carcajada corta.

—Eso les pasa por quedarse leyendo hasta tarde o jugar tanto tiempo en el celular. Bueno, los dejo. Voy a ducharme antes de que se haga más tarde.

La puerta volvió a cerrarse.

Ignacio y Majo se miraron en silencio durante un segundo y dejaron escapar un suspiro de alivio.

El resto de la tarde transcurrió en calma. Almorzaron en el comedor, armaron una pista con bloques para que Milú intentara cruzarla sin tumbarla y repasaron las tareas del colegio sin mayores contratiempos. Hacia las cuatro de la tarde, Aleja se puso una chaqueta abrigada y le puso la correa a la perrita.

—Voy a bajar con Milú al parque un rato antes de que se enfríe más la tarde —anunció desde la puerta—. ¿Se quedan tranquilos?

—Sí, mami, aquí estamos —respondió Majo desde la sala.

La puerta se cerró y el apartamento quedó en un silencio tibio.

Ignacio miró por la ventana de la sala. El cielo comenzaba a teñirse de un azul grisáceo y las primeras farolas de la calle titilaron al encenderse. Frunció el ceño.

—Qué raro que mi mamá no haya venido por mí... —comentó Ignacio, mirando hacia el pasillo—. Ella siempre es muy puntual. Dijo que pasaba a las cuatro y media.

Se acercó a la mesa del comedor, donde descansaba un pequeño reloj digital con radio. La pantalla marcaba las 5:12.

Ignacio se quedó mirando los números.

El segundero avanzó dos tiempos: trece... catorce... y de golpe, la barra luminosa saltó hacia atrás, marcando nuevamente trece. Avanzó uno, retrocedió otro. La cifra de los minutos no cambiaba; los números parecían tropezar en el mismo segundo, atrapados en un círculo diminuto.

Ignacio tocó el plástico con la yema del dedo.

El timbre sonó tres veces seguidas, sacándolo del trance.

Rubén abrió la puerta desde adentro. Mónica entró casi corriendo, con un par de bolsas en las manos, el abrigo a medio abotonar y una expresión de confusión absoluta en el rostro. Mariana venía detrás, revisando la pantalla de su teléfono con el ceño fruncido.

—¡Ay, perdónenme la demora! —dijo Mónica, dejando las bolsas sobre una silla y pasándose la mano por la frente—. De verdad, qué pena con ustedes. No entiendo qué pasó... juraba que eran apenas las tres de la tarde. De un momento a otro miré por la vitrina y ya estaba oscuro. Perdí la noción del tiempo por completo.

—No te preocupes, Moni, aquí la pasamos bien —respondió Rubén desde el corredor.

—Vamos, Igna, recoge tus cosas —apuró Mónica—. Si no nos vamos ya, no alcanzamos a organizar nada para mañana.

Ignacio asintió. Fue al cuarto de Majo, se colgó el morral a la espalda asegurándose de que el Libro del Dragón estuviera bien guardado y salió al pasillo.

Se detuvo frente a su prima en la entrada del apartamento. Se miraron a los ojos durante un segundo. No hacía falta decir nada sobre el reloj de la mesa ni sobre el despiste de su madre; ambos sabían lo que significaba.

—Mantén el espejo cerca —le susurró Ignacio, muy bajo, para que solo ella lo escuchara—. Cualquier cosa que veas rara, cualquier detalle... me avisas.

Majo asintió despacio, con seriedad.

—Sí, Igna. Ve tranquilo.

La puerta se cerró tras ellos y los pasos de la familia de Ignacio se alejaron escaleras abajo.

Majo caminó sola hasta su habitación. El cuarto estaba a oscuras, salvo por la luz dorada que entraba desde los postes de la calle a través del vidrio.

Se acercó a la ventana y apoyó la frente contra el cristal frío.

Arriba, sobre el horizonte de los tejados, la noche había caído por completo. En un rincón despejado del firmamento, cinco puntos de luz brillaban con un trazo inconfundible.

Majo entrecerró los ojos.

Una de las estrellas ardía con un resplandor limpio, mucho más fuerte que las demás. Pero justo al lado, la siguiente parecía temblar bajo un velo grisáceo que no dejaba de moverse.

Majo apretó los dedos contra el alféizar.

Capítulo 2

El día que nadie recordó


El sol de la mañana se colaba entre las cortinas cuando Majo abrió los ojos.

La habitación estaba sumida en un silencio extraño. Giró la cabeza hacia la mesa de noche: el pequeño reloj despertador de plástico seguía apagado, con la pantalla líquida en blanco, como si las pilas se hubieran evaporado durante la noche.

Se sentó en la cama de golpe. Recordó las palabras de Ignacio la tarde anterior, el murmullo urgente en la puerta del apartamento antes de despedirse: «Mantén el espejo cerca. Cualquier cosa que veas rara... me avisas».

Majo se bajó descalza, fue directo al tocador y tomó el Espejo-Estrella. El marco conservaba una tibieza tenue, como una taza de chocolate recién servida. Sin rodeos, lo guardó con cuidado en el bolsillo delantero de su morral escolar, el de estrellas rosadas estampadas sobre lona gris.

Salió al pasillo y el desconcierto de la casa la golpeó de frente.

En la cocina, su papá llevaba puesta la corbata doblada al revés y sostenía el maletín en una mano mientras miraba el celular con cara de no entender nada. Su mamá, con el delantal puesto sobre la ropa de salir, revolvía una sartén vacía en la estufa apagada.

—Rubén, te digo que hoy no es día de oficina —insistía Aleja, pasándose una mano por el cabello—. Llamaron de la portería diciendo que el camión de la basura pasó ayer... pero ayer fue domingo. ¿O ayer fue viernes?

—Ayer fue domingo, Aleja —respondió Rubén, frunciendo el ceño—. Pero en la aplicación de la empresa dice que mi reunión de inicio de mes era hace dos horas. Bajé al carro y la radio decía que estábamos en día festivo. Nada cuadra.

—¡Majo! —exclamó Aleja al verla aparecer en el marco de la cocina—. ¿Por qué no te has puesto el uniforme del colegio? Se nos hizo tardísimo, mi amor, son como las nueve.

—Mami, hoy no hay colegio —dijo Majo con calma, midiendo cada palabra—. Hoy empiezan las prácticas intensivas para el campeonato intercolegial de porrismo. Dijeron que toda la semana entrenábamos en la mañana en la academia.

Aleja parpadeó despacio. Sus ojos tenían ese mismo brillo nublado, esa distancia perdida que Ignacio le había descrito cuando habló de los conductores atascados en la glorieta y de los chicos en el tatami de taekwondo.

—¿Intercolegial...? —murmuró Aleja, mirando la pantalla de su teléfono. La fecha parpadeó tres veces: saltó de lunes a jueves, luego a domingo y finalmente se apagó en una pantalla gris—. Dios mío, tengo la cabeza hecha un lío. Bueno, si es entrenamiento, alístate ya, que no sé ni qué hora es.

Majo corrió a su habitación y abrió el armario. Ese día eligió su uniforme favorito: el traje especial de cheerleader que su tío Chris le había diseñado y confeccionado desde Holanda. Se puso la camisa de mangas largas negras y la falda a juego, ambas ribeteadas con elegantes franjas de terciopelo púrpura, y recogió su cabello castaño en una coleta alta, coronándola con su gran moño morado.

Salieron del edificio a las carreras. En el afán de meter las bolsas, las llaves y el bolso al carro, Aleja abrió la puerta trasera sin fijarse que un hocico blanco con manchas café asomaba por el corredor.

Milú, atenta al menor descuido y sintiendo el nerviosismo en el aire, se deslizó como una sombra entre las piernas de Rubén, bajó las escaleras en silencio y se metió debajo del asiento del copiloto justo antes de que la puerta se cerrara de golpe.

El trayecto hacia la academia fue una pesadilla de bocinas y confusión. Los semáforos de la avenida titilaban en amarillo intermitente y en las esquinas la gente miraba sus relojes de muñeca con fastidio, sacudiéndolos contra la palma de la mano como si todos los mecanismos se hubieran trabado al tiempo.

Frenaron frente a la entrada del gimnasio de porrismo.

En la recepción había un grupo pequeño de mamás y dos entrenadoras discutiendo acaloradamente alrededor del mostrador. Ninguna lograba ponerse de acuerdo sobre si la práctica era a las ocho de la mañana, al mediodía o si el calendario del torneo se había suspendido.

—Espérame adentro, Majo, voy a ver qué dicen estas señoras para saber a qué hora paso por ti —dijo Aleja, abriendo la puerta del auto con prisa y dejándola entreabierta mientras se acercaba al mostrador.

Majo se colgó el morral de estrellas rosadas al hombro y bajó. Al poner un pie en la acera, un bulto peludo rodó desde el piso del carro y se pegó a sus tobillos.

—¡Milú! —susurró Majo, ahogando un grito—. ¿Qué haces aquí?

La perrita movió la cola, bajó las orejas en señal de disculpa y trotó pegada a sus piernas, aprovechando que los adultos en la entrada estaban demasiado absortos en sus pantallas descalibradas como para notar a un perro pequeño.

Majo empujó la puerta batiente y cruzó al salón principal de entrenamiento.

Allí adentro, el mundo se detuvo.

El salón estaba completamente solo. Las gradas vacías, las colchonetas azules extendidas sobre el piso de madera brillante y un silencio espeso que amortiguaba el ruido de la calle.

Milú soltó un bufido corto y se sentó sobre la primera colchoneta, con las orejas tiesas y la vista clavada en los rincones oscuros del techo.

Majo dejó su morral en la banca de madera y caminó hacia el gran espejo que cubría la pared de fondo. Respiró hondo. Se miró de pies a cabeza: el traje negro impecable, el terciopelo púrpura contrastando bajo la luz blanca, el moño firme en su coleta y su propio reflejo devolviéndole la mirada con total nitidez.

Soltó el aire retenido.

«El reflejo está bien», pensó, recordando la batalla del Jardín que había librado con Ignacio. «La Niebla no está en los cristales».

Para sacudirse la pesadez del pecho, comenzó su rutina de calentamiento frente al espejo. Flexionó las rodillas, marcó un compás con las palmas: uno, dos, tres, cuatro. Dio un giro sobre la punta del pie derecho, estiró los brazos y saltó buscando altura.

Al caer sobre la madera, alzó la vista hacia el reloj digital de pared, una caja negra con números LED rojos brillantes que coronaba el arco del salón.

Marcaba las 08:14.

Majo repitió la secuencia completa: estiramiento de hombros, paso cruzado, elevación y remate. Le tomó varios minutos de esfuerzo físico real; sentía el calor en las mejillas y el sudor frío en la frente.

Volvió a mirar el reloj.

Seguía marcando las 08:14.

Mientras lo miraba fijamente, la línea inferior del número ocho parpadeó y se extinguió. Luego se apagó la barra del uno. El cuatro perdió su trazo diagonal. Uno a uno, los pequeños segmentos rojos se fueron muriendo hasta dejar la pantalla en un vacío ciego.

En ese mismo instante, desde la banca del fondo, una luz dorada y morada brotó a través del cierre del morral.

Milú se levantó de un salto y soltó un ladrido seco hacia la maleta.

Majo corrió hacia la banca. El calor que salía de la tela era tan intenso que entibiaba el aire del gimnasio. Abrió la cremallera despacio.

El Espejo-Estrella vibraba con fuerza en el fondo.

Majo lo sacó entre sus manos. Al ponerlo frente a sus ojos, la superficie pulida no reflejó su rostro, ni las luces del techo, ni el gimnasio vacío.

El cristal mostraba una bruma cenicienta que se abría en jirones. En medio de la penumbra apareció la silueta de una mujer joven, con velos claros que flotaban a su alrededor como movidos por una música que nadie podía escuchar. Tenía el rostro desencajado por la angustia y el cabello coronado por hojas de laurel secas que se desmoronaban en ceniza.

—¿Hay alguien ahí? —la voz de la mujer cruzó el vidrio, fracturada por una estática áspera—. ¿Guardián de la Luz Azul...? ¿El que salvó a los dioses del Olimpo? ¿Escuchas mi llamado?

A Majo se le iluminó la mirada en un segundo. «El Guardián azul... ¡mi primo!».

—No... no soy él —respondió Majo con voz firme—. Soy Majo. Ignacio es mi primo.

La figura en el espejo parpadeó, desconcertada, mientras la bruma a sus espaldas se agitaba como un mar oscuro.

—No hay tiempo... los umbrales de Roma se están borrando —dijo la mujer, y una lágrima de luz dorada resbaló por su mejilla—. Soy Terpsícore. El señor de las dos caras está cayendo en el Olvido. Las puertas ya no saben hacia dónde abren... el principio y el final se han mezclado. Si el Guardián no viene, el tiempo del mundo de los hombres dejará de correr para siempre.

La imagen comenzó a temblar violentamente, partiéndose en líneas grises.

Majo sacudió el espejo con desesperación infantil, tratando de estabilizar la señal.

—¡Espera, Terpsícore! ¡No te vayas! —gritó Majo—. ¡Yo puedo avisarle a Ignacio! ¡Puedo llevarte con mi primo, él tiene el libro y sabe qué hacer!

—No... no puedo sostener el arco... —suplicó la voz de la musa, ahogándose entre crujidos de piedra rota—. Todo se apaga...

Majo volvió a sacudir el marco con fuerza, concentrando todo su empeño en que la luz no muriera.

Fue entonces cuando el cristal reaccionó a su energía.

Un destello morado y dorado estalló desde el centro del espejo, inundando el gimnasio con un brillo enceguecedor. Una fuerza repentina tiró de Majo hacia el frente; sus pies despegaron de la madera y sintió cómo el espacio se estiraba, arrastrándola de lleno hacia el remolino luminoso.

Milú no lo dudó un instante. Al ver que se llevaban a Majo, soltó un ladrido valiente y saltó directo tras ella al portal.

—¡Noooo! ¡Milú, nooo! —gritó Majo al verla volar hacia la luz.

El salto imprevisto de la perrita desbarató la corriente.

Un crujido seco, como el estallido de un parabrisas de cristal partiéndose en mil pedazos, desgarró el aire. El túnel de estrellas doradas se quebró en un torbellino fuera de control, la figura de Terpsícore desapareció y el suelo del mundo se desvaneció bajo ellas.

El umbral se cerró con un chasquido sordo, tragándose el destello y el espejo.

El gran salón quedó en penumbra, sumido en un silencio total, con el morral de estrellas rosadas descansando sobre la banca vacía.

Capítulo 3

El eco bajo las piedras


El viaje se quebró en mil pedazos.

El estallido de las estrellas sonó como un ventanal haciéndose añicos contra el suelo. La luz dorada se apagó de golpe, la voz de Terpsícore se disolvió en un chirrido sordo y el aire tibio de Bogotá desapareció, tragado por una corriente helada que olía a piedra quemada y azufre viejo.

Majo cayó de costado sobre una losa de roca negra. El golpe le sacó el aire y le raspó las rodillas, pero apretó los dedos por puro instinto: el Espejo-Estrella seguía firme en su mano derecha.

—¡Milú! —gritó con un hilo de voz, tosiendo por el polvo que le raspaba la garganta.

Un bulto blanco y peludo tropezó dos metros más adelante, rodó sobre la gravilla y se incorporó sacudiéndose las orejas a toda prisa. Su moño rosado colgaba de lado y el dije de estrella azul de su collar tintineó contra la piedra. Milú soltó un estornudo, divisó a Majo y corrió a pegarse contra su pecho, temblando pero con el hocico apuntando hacia la negrura.

Majo respiró hondo y se puso de pie. Se acomodó la falda y ajustó el marco del Espejo-Estrella en el cinto elástico negro, justo en la presilla lateral donde solía enganchar los pompones durante los entrenamientos.

El lugar era sobrecogedor.

No había cielo, solo una bóveda titánica de roca partida sostenida por columnas ciclópeas que se perdían en la bruma. Una niebla baja, espesa y grisácea, reptaba entre grietas profundas.

—Este no es el gimnasio, chiquita... —susurró Majo, acariciando la cabeza de Milú.

Dieron apenas diez pasos cuando una voz áspera y desprovista de calor resonó desde una columnata rota:

—Los vivos rara vez caen tan hondo sin haber perdido el aliento primero.

Majo dio un respingo y se giró.

Desde la penumbra emergió una mujer alta, cubierta por un manto oscuro salpicado de asfódelos secos que se deshacían en ceniza a cada paso. Su piel era pálida como el mármol sin pulir y sus ojos conservaban una tristeza tan antigua que helaba la sangre.

—¿Quién eres? —preguntó Majo, dando medio paso atrás pero sin bajar la barbilla—. ¿Dónde está Terpsícore? ¿Esto es Roma?

La mujer soltó un suspiro amargo que levantó pequeñas volutas de humo del suelo.

—Llamas a una musa en la oscuridad profunda. Este abismo cambia de nombre según la lengua de los hombres que temen a la tumba. Para unos que lloran arriba es el Tártaro; para los que marchan sobre esta tierra es el Averno. En rincones más viejos, donde el sol no calienta desde hace milenios, se le llamó Kur, o Kasanaan bajo las aguas del este. Pero la piedra profunda es una sola, niña. Y yo soy Proserpina.

Majo la miró sin entender ninguno de esos nombres extraños. No sabía quién era Proserpina ni qué significaban aquellas palabras antiguas, pero la frialdad del lugar no le gustaba nada.

—Yo no quería venir aquí —dijo Majo—. Una mujer hermosa llamada Terpsícore me llamó a través de mi espejo... dijo que las puertas no funcionaban y que el tiempo se estaba borrando. Necesito salir.

Proserpina negó con la cabeza, con una frialdad resignada.

—Nada de lo que ocurra arriba me concierne hasta que las almas crucen el río. Yo misma estoy atrapada; por ley antigua debo subir a la luz cuando la tierra florece, pero las horas se han detenido. No sé si es tiempo de espigas o de nieve. Y de estas cavernas nadie escapa.

—Tiene que haber una salida —insistió Majo—. Terpsícore dijo que Roma estaba en peligro.

Proserpina señaló con un dedo pálido hacia un arco gigantesco bloqueado por sombras espesas al fondo de la caverna.

—Si existe un camino hacia la superficie, está tras ese arco. Por allí descendió hace poco el amo de las sombras en Grecia, huyendo tras ser humillado por un niño humano y una criatura alada que la memoria creía muerta. Dejó atrás el rastro de su derrota... y a su perro encadenado como castigo.

A Majo se le cortó la respiración.

«Grecia... un niño humano... y una criatura con alas».

El corazón le dio un vuelco. ¡Ignacio! ¡Estaba hablando de Ignacio y de Grýphos!

Antes de que pudiera preguntar nada más, Proserpina dio media vuelta y comenzó a desvanecerse entre las sombras.

—Quédate si quieres, niña. Pero nadie cruza ese arco con vida.

Apenas las palabras de la mujer murieron en el aire, un gruñido triple y ensordecedor sacudió las paredes de la caverna.

Desde el umbral oscuro emergió una mole viviente.

Cerbero.

El perro gigante era aterrador, con pelaje negro como el carbón y músculos tensos como cables de acero. Pero no estaba suelto: un pesado arnés de bronce oscuro le cruzaba el lomo, rematado en argollas gruesas trabadas contra una saliente de basalto. La cabeza izquierda mostraba profundos zarpazos aún sangrantes y sus ojos ardían de rabia, dolor y abandono. Al ver a Majo, las tres fauces mostraron colmillos del tamaño de dagas y lanzaron un rugido que hizo llover esquirlas de piedra del techo.

Milú no retrocedió.

Con su moño rosado temblando por la vibración y su pequeño cuerpo de french poodle en tensión absoluta, la perrita dio dos pasos al frente, arqueó el lomo y soltó una ráfaga de ladridos agudos y desafiantes, plantándose entre el monstruo titánico y Majo con una valentía desmedida.

Cerbero bufó con desprecio y lanzó una tarascada hacia el suelo, pero la cadena del arnés se tensó con un chasquido metálico, reteniéndolo a escasos metros.

Majo observó la fiera con atención. El susto inicial le cerró el estómago, pero enseguida notó algo crucial: las tres cabezas no pensaban al mismo tiempo. La del centro miraba a Milú con furia, la de la izquierda se quejaba adolorida por las heridas y la de la derecha buscaba morder la roca en otra dirección. Si se movían en sentidos contrarios, el monstruo se estorbaba a sí mismo.

Majo dio una palmada seca contra su muslo, igual que hacía en el parque de su casa, y señaló con el dedo índice hacia un cúmulo de rocas al costado.

—¡Milú, allá! ¡Corre, chiquita, corre!

Milú reconoció la orden al instante. Salió disparada hacia las piedras ladrando con entusiasmo.

Tal como Majo había anticipado, las cabezas de Cerbero se desincronizaron por completo: dos de ellas giraron con torpeza intentando seguir a la perrita blanca, chocando los hocicos entre sí y tirando en direcciones opuestas, lo que dejó el costado del animal totalmente descubierto.

Ese era el momento.

Majo tomó carrerilla sobre la roca resbaladiza. No fue un movimiento tosco: fue una carrera fluida de porrista. Dio tres pasos rápidos, apoyó las palmas sobre una laja inclinada y ejecutó una voltereta limpia en el aire, esquivando el coletazo de espinas de la bestia. Aterrizó en cuclillas justo detrás del flanco de Cerbero, donde las garras del animal no alcanzaban a doblar.

La tercera cabeza se dio cuenta y giró con los colmillos chorreando baba ácida hacia ella.

Majo no vaciló. Se estiró con toda la flexibilidad de sus brazos menudos, metió los dedos en el mecanismo oxidado del arnés y empujó la traba con el peso de su cuerpo.

La hebilla del arnés cedió.

La cadena de bronce se soltó con un estruendo seco y cayó al suelo hecha pedazos.

Cerbero quedó libre.

El silencio que cayó sobre la caverna fue absoluto.

La bestia titánica se giró despacio. Sus tres cabezas descendieron hasta quedar a la altura de Majo. Una de las bocas se abrió y soltó un ladrido ronco, a escasos centímetros de su rostro, salpicándole la frente y las mejillas con una lluvia de babas tibias y amargas.

Majo parpadeó, se limpió la cara con el dorso de la mano y lo miró fijamente. No había asco ni terror en sus ojos; solo una compasión sincera.

—Qué cochino eres... —susurró Majo, arrugando la nariz—. Pero al menos ya no te duele el lomo, ¿cierto?

La cabeza herida de Cerbero emitió un gemido sordo y comenzó a lamerse los zarpazos del costado.

Milú trotó de regreso hasta ponerse justo entre las zarpas de la bestia y las piernas de Majo, aún con el pecho inflado y vigilando que el gigante no hiciera ningún movimiento brusco. Cerbero bajó el hocico central, curioso, y olfateó a la perrita; el dije de estrella azul del collar de Milú brilló con un destello dorado y el mastín resopló, dejando escapar una corriente de aire tibio que despeinó el pelaje blanco.

—Imposible... —la voz de Proserpina cortó la penumbra.

La mujer había regresado, atraída por el cese de los rugidos. Miraba las cadenas rotas en el suelo con una mezcla de pavor e incredulidad.

—La bestia no te devoró... —murmuró, acercándose despacio—. ¿Por qué te arriesgas por un ser caído? Aquí nadie tiene salvación. Ni siquiera yo... llevo tantos eones en la sombra que ni siquiera recuerdo cómo es la luz. He olvidado la forma de mi propio rostro.

Al escucharla, a Majo se le encogió el corazón. Desenganchó el Espejo-Estrella de su falda y lo levantó con ambas manos hacia ella.

—Mírate —le dijo Majo con dulzura—. Este espejo muestra las cosas como son de verdad. Te devolverá tu reflejo.

Proserpina clavó la vista en el cristal.

Por una fracción de segundo, la penumbra de la caverna pareció disiparse dentro del vidrio. La superficie le devolvió la imagen de una joven radiante coronada de espigas de trigo y flores de granada vivas, bañada por el sol ardiente de los campos altos.

—Mi rostro... —susurró, y una chispa de codicia y desesperación le encendió las pupilas—. ¡Es mi luz! ¡No me la quitarás otra vez!

Con un movimiento fulminante, Proserpina arrebató el Espejo-Estrella de las manos de Majo y echó a correr hacia las galerías oscuras, abrazando la reliquia contra su pecho.

—¡Oye! ¡Devuélvemelo! ¡Es mío! —gritó Majo, saliendo detrás de ella entre tropiezos—. ¡Ladrona!

Cerbero soltó un bramido furioso que sacudió la caverna.

La bestia vio a la pequeña que lo había liberado corriendo en vano tras la ladrona. Con un salto ágil que hizo crujir las columnas, Cerbero se plantó junto a Majo, flexionó las patas delanteras y bajó el lomo ancho como una muralla de piedra.

Milú ladró entusiasmada y saltó sobre el pelaje negro.

Majo no lo pensó dos veces: se agarró de las crines oscuras y trepó de un salto al lomo del gigante.

—¡Alcánzala, perrito! —le gritó Majo sujetándose fuerte.

Cerbero arrancó como una tromba de choque. El viento cortante le azotó la cara a Majo mientras las garras del mastín trituraban la gravilla. En tres zancadas colosales cerró la distancia con Proserpina; una de las cabezas laterales lanzó una tarascada hacia el manto de la mujer, haciéndola tropezar contra un pilar.

El Espejo-Estrella se le resbaló de las manos y voló por el aire.

Majo se estiró desde el lomo con la precisión de una porrista en plena pirámide y atrapó el marco de metal justo a tiempo, apretándolo contra su pecho con una sonrisa triunfal:

—¡Lo tengo!

Proserpina se levantó furiosa entre las sombras, con los ojos echando chispas oscuras, dispuesta a abalanzarse sobre ellas.

Pero Cerbero no frenó.

Dio un giro violento sobre sus patas traseras y enfiló a toda carrera hacia el arco titánico del fondo. Cruzaron túneles interminables a velocidad de vértigo, esquivando rocas y grietas profundas, hasta que al final de una pendiente escarpada apareció una gigantesca arcada de piedra labrada: la Puerta de Orco, el umbral donde el abismo tocaba el mundo de arriba.

Cerbero clavó las garras en el suelo y frenó en seco justo al pie del umbral.

Una tenue rendija de claridad gris se filtraba desde el exterior, marcando una línea en el suelo que ninguna criatura de las profundidades podía cruzar sin arder.

El gran mastín bajó el lomo para que Majo y Milú pudieran descender a tierra firme.

Majo saltó con el espejo seguro en su cinto y acarició con ternura el costado áspero de la cabeza central.

—Gracias, amigo —le dijo Majo—. Te salvaste tú y nos salvaste a nosotras.

Cerbero soltó un bufido bajo y frotó su enorme frente contra las palmas de la niña en una despedida silenciosa.

Un grito de rabia resonó en el túnel detrás de ellos: los pasos de Proserpina se acercaban, envueltos en una nube de ceniza y asfódelos marchitos.

Cerbero no titubeó. Se dio media vuelta hacia la oscuridad, se plantó en medio del corredor bloqueando la salida con su mole gigantesca y mostró los colmillos hacia el fondo, rugiendo con una furia implacable para cerrarles el paso a las sombras.

Majo miró hacia adelante.

Frente a ella, la Puerta de Orco se abría hacia un paisaje en ruinas, bajo un cielo donde las horas parecían haberse congelado.

Acomodó su moño morado, sujetó a Milú por la pechera y dio el paso hacia el umbral.

Capítulo 4

El lago del compás roto


El aire de la superficie golpeó los pulmones de Majo con una mezcla de pino húmedo y tierra mojada.

Cruzaron la Puerta de Orco a toda carrera, dejando a sus espaldas los ecos de los rugidos de Cerbero y la furia sorda de Proserpina retumbando en las profundidades de la roca. Majo se dejó caer de rodillas sobre la hierba alta, respirando hondo mientras el cielo gris de Roma se extendía sobre sus cabezas.

Milú se sacudió con tanta energía que el pelaje blanco se le infló como una mota de algodón. Se sentó frente a Majo, con la lengua afuera y la cola batiendo la hierba.

Majo estiró la mano para acomodarle el moño morado y se quedó quieta.

—Milú... mira esto.

En el cuello de la perrita, el pequeño dije de estrella azul ya no era una chapa lisa. En el centro del metal brillaba ahora un grabado limpio y minucioso: tres triángulos entrelazados que formaban una figura perfecta, semejante a tres mandíbulas cerradas sobre un mismo punto. Al pasar la yema del dedo, el relieve desprendía un calor constante.

—Eso no lo tenías en la casa —murmuró Majo, fascinada—.

Milú soltó un ladrido corto, levantó las orejas y giró el hocico hacia el norte. Olfateó el viento tres veces. No era un olfateo común: sus ojos pardos parecían seguir líneas invisibles en el aire, como si pudiera percibir el peso de los árboles, el crujido de las piedras lejanas y el murmullo sordo de una corriente de agua que no se escuchaba a simple vista.

Trotó tres pasos, se detuvo y miró a Majo por encima del lomo, moviendo la cola.

—¿Por ahí? —preguntó Majo, comprobando que el Espejo-Estrella seguía seguro en el cinto de su falda—. Bueno... guía el camino, capitana.

Milú se internó con soltura entre los olivares secos y los senderos de piedra vieja. No dudaba en los cruces; esquivaba zarzales espesos metiéndose por recodos entre las ruinas que una persona jamás habría descubierto, ahorrándoles trechos enteros de montaña.

Tras una bajada empinada entre laureles torcidos, los árboles se abrieron hacia un claro silencioso.

Frente a ellas se extendía una laguna de aguas quietas, flanqueada por sauces plateados y columnas de piedra gastada. Pero el lugar no tenía la calma natural de un bosque: el lago sufría una extraña fractura. En la orilla oriental, el agua estaba cubierta por una capa delgada de escarcha invernal que crujía con el viento; a pocos metros, en la orilla opuesta, el estanque hervía con un vapor tibio de verano donde flotaban hojas secas de otoño.

Las estaciones parecían tropezar entre sí en el mismo espejo de agua.

Junto a un pórtico de mármol semiderruido descansaban dos mujeres.

Una de ellas vestía túnicas de lino claro que flotaban alrededor de su cuerpo: Terpsícore, Majo la reconoció de inmediato. La otra, sentada sobre una grada rota, sostenía una doble flauta de caña entre los dedos, con velos azul cielo cubiertos de hilos dorados que parecían temblar como notas musicales.

Al escuchar los pasos de Majo sobre la gravilla, Terpsícore dio media vuelta y soltó un suspiro hondo que le devolvió el color al rostro.

—¡Estás viva! —exclamó la mujer, corriendo hacia ella—. El portal se partió en fragmentos... creí que la corriente del vacío las había perdido para siempre.

Majo se cruzó de brazos, fingiendo un reproche, aunque sonreía de alivio.

—Tú me jalaste sin avisar —dijo Majo—. Yo solo estaba sacudiendo el espejo para enfocar la señal y decirte que iba a buscar a mi primo, ¡y de pronto el piso se abrió y Milú saltó detrás de mí!

—La conexión era inestable... —se disculpó Terpsícore con pena sincera—. Jamás quise ponerte en peligro.

—Bueno, terminamos en una cueva oscurísima —continuó Majo, señalando hacia las montañas—. Había una señora pálida que intentó robarse mi espejo y un perro inmenso de tres cabezas con una cadena atorada. Milú lo distrajo corriendo para que yo le soltara el arnés, y el perro nos dejó subir a su lomo para alcanzar a la ladrona y escapar por un túnel gigante.

La mujer de la flauta abrió los ojos de par en par y soltó una risa cantarina, fascinada por el relato.

—Liberar a la bestia de las profundidades y usarla de corcel para salvar tu reliquia... —dijo, poniéndose de pie con una reverencia suave—. Tienes más coraje que diez legiones juntas, niña. Soy Euterpe. Custodio la música y el compás de los cantos junto a Terpsícore.

Majo miró alrededor del claro. Más allá del agua, entre los sauces, vio tres figuras pálidas completamente inmóviles en posturas de danza, congeladas en medio de un giro con los velos rígidos como escarcha. Cerca de ellas, otra figura repetía sin descanso el mismo movimiento de manos, barriendo el aire una y otra vez en un bucle que no avanzaba.

—¿Qué les pasa a ellas? —preguntó Majo, señalándolas con cautela.

—El tiempo no corre parejo —explicó Euterpe con voz apesadumbrada—. Son nuestras hermanas. Algunas quedaron atrapadas en instantes que tardan siglos en avanzar; otras repiten el mismo segundo sin poder salir. Terpsícore y yo logramos mantenernos despiertas porque el ritmo de la danza y el compás de la flauta nos obligan a marcar un tiempo propio contra la confusión.

—En mi casa pasó lo mismo —dijo Majo—. Los relojes se trabaron y mis papás no sabían si era lunes o domingo. ¿Por qué se dañaron las horas?

—Es el templo de Jano —respondió Terpsícore—. El señor de los umbrales custodia las puertas de todo lo que empieza y termina. Algo entró en su recinto sagrado y lo envolvió en una niebla que nubló su mente. Con las dos caras dormidas, los calendarios perdieron el sentido y Roma se partió en dos.

—El miedo divide más rápido que las armas —añadió Euterpe—. Al borrarse las horas, Marte tomó el mando de la ciudad. Llenó las calles de soldados, toques de queda y tambores de guerra, creyendo que la fuerza bruta puede evitar el caos. Nadie puede cruzar hacia el templo de Jano sin toparse con sus centinelas.

En ese momento, una brisa tibia cruzó el estanque, derritiendo la escarcha en un murmullo de agua cristalina. Un aroma suave a rosas y mirto templó el ambiente.

Sobre la superficie del lago, las aguas se abrieron en ondas calmas.

Caminando sobre el agua con una ligereza solemne, apareció una mujer de cabellos dorados recogidos con broches de nácar. Llevaba una túnica de seda carmesí que ondeaba sin tocar la superficie, con un porte majestuoso que no lograba ocultar el cansancio en su rostro.

—Mi señora Venus —dijeron Terpsícore y Euterpe al unísono, inclinando la cabeza con respeto.

La diosa pisó la hierba de la orilla y miró a su alrededor con angustia.

—Terpsícore... ¿dónde está? Dijiste que habías alcanzado al Guardián de la Luz Azul, el que rescató a los dioses del Olimpo. Roma no resistirá mucho más bajo el hierro de Marte.

Terpsícore bajó la mirada, apenada, pero Venus no esperó respuesta. Sus ojos se posaron en Majo: el uniforme negro de porrista con terciopelo morado, la coleta alta y, sobre todo, el espejo brillante sujeto a la cintura.

Venus se quedó inmóvil. El aire alrededor pareció contener la respiración.

—Ese reflejo... —susurró la diosa, dando un paso tembloroso hacia la niña—. ¿Acaso es ese el espejo que contiene la sabiduría de las primeras estrellas? ¿Eres tú la Protectora de la Estrella?

Majo parpadeó, desconcertada por el título solemne.

—No —respondió Majo con total franqueza—. Yo soy Majo. Ignacio es mi primo, él es el de las artes marciales y el libro. Este espejo me lo regaló mi tío Chris desde Holanda, y es súper importante para mí porque me ayudó a vencer a la Niebla en el Jardín de los Reflejos.

Venus abrió los ojos con asombro absoluto.

—¿Cómo dices? ¿Fuiste tú una de los dos niños mortales que se enfrentaron a la oscuridad detrás de los espejos?

Majo asintió despacio, recordando la luz del Faro, el frío de las sombras y el esfuerzo inmenso que les costó volver a casa.

Venus guardó silencio durante unos segundos. Sus ojos claros recorrieron el firmamento gris sobre los árboles con una gravedad profunda, como si estuviera encajando piezas invisibles en un tapiz inmenso.

—Las crónicas decían la verdad... —murmuró la diosa para sí misma, con un hilo de voz—. Los guardianes de la memoria despertarían cuando las estrellas de Casiopea empezaran a flaquear.

Bajó la vista hacia Majo. No había exigencia en su mirada, solo una extraña mezcla de asombro y preocupación maternal.

—Yo misma he estado buscando la manera de llegar hasta el templo de Jano —continuó Venus, señalando hacia las colinas distantes donde las columnas de la ciudad se recortaban contra la bruma—. Necesitamos entender qué nubló su juicio y por qué las puertas del tiempo se niegan a abrir. Pero Marte se ha convertido en una muralla infranqueable. En su afán por controlarlo todo con hierro y tambores, sus ojos parecen haber olvidado mirar con verdad.

Majo miró a Milú, que seguía atenta junto a sus pies con las orejas en alto.

—O sea que la ciudad está llena de soldados bravos —resumió Majo con franqueza, cruzándose de brazos—. ¿Y cómo se supone que vamos a pasar por ahí?

Una sonrisa tenue y enigmática asomó en los labios de Venus.

—Con fuerza bruta, jamás. Pero Marte solo sabe vigilar lo que marcha por el suelo.

Capítulo 5

Los enviados de las alas torcidas


El silencio del claro apenas permitía escuchar el goteo constante de la escarcha derritiéndose en el agua. Venus continuaba de pie junto a Majo, con la vista clavada en las colinas de Roma, cuando el viento sobre las copas de los sauces se quebró en un silbido destemplado.

—¡TE DIJE QUE EL PLANEO ERA EN LÍNEA RECTA! —retumbó un chillido agudo desde el cielo.

—¡LA GRAVEDAD NO ACEPTA SUGERENCIAS LÍRICAS, LIROS!

Dos pequeñas siluetas cruzaron las nubes en picada descontrolada. Una de ellas, con rizos rubios revueltos y una túnica torcida, intentó posarse con elegancia heroica sobre una laja plana; el pie le resbaló en el verdín húmedo y cayó de espaldas, levantando las sandalias hacia el cielo. La otra figura, de cabello castaño y rostro amargado por la inercia, frenó en seco en el aire... solo para recibir el impacto del primero en las espinillas.

Ambos se fueron de cabeza a la orilla del lago.

El chaparrón de agua helada salpicó la hierba, la falda de Majo y la nariz de Milú.

La perrita dio un salto hacia atrás, estornudó dos veces sacudiendo las orejas y se plantó de inmediato frente a Majo con el lomo arqueado y un gruñido bajo en la garganta.

Desde el agua turbia emergió primero el querubín castaño, escupiendo una brizna de junco y con los ojos cargados de resignación.

—Aterrizaje intachable —masculló Leros—. El imperio entero debe estar rindiéndose a nuestros pies.

Liros sacó la cabeza entre dos ramas secas, peinándose los rizos empapados con ademanes teatrales.

—Tuvo dramatismo. El impacto con la superficie guardó una perfecta simetría trágica.

Venus dio un paso al frente, alzando las cejas con una mezcla de desconcierto y alivio contenido.

—¿Liros? ¿Leros? ¿Qué hacen ustedes fuera de la Isla del Amor?

Al escuchar la voz, los dos querubines se sacudieron las plumas a toda prisa, salpicando el barro, y cuadraron los hombros como si estuvieran ante un tribunal militar.

—¡Mi señora Venus! —anunció Liros, llevándose la mano al corazón con una reverencia tan exagerada que casi vuelve a perder el equilibrio—. ¡Traemos un despacho urgente desde el mar griego! Nuestra excelsa señora Afrodita, aún convaleciente mientras restaura los olivares de su isla tras la gran conmoción de hace dos días, alzó la vista y vio que la segunda estrella de Casiopea comenzaba a perder su fulgor.

—Y vio que el brillo de Roma se estaba apagando en el horizonte —completó Leros, mucho más seco—. Como no puede abandonar su templo mientras el suelo siga temblando, nos envió a toda prisa a comprobar si la ciudad seguía entera o si ya nos tocaba lamentar tu ausencia en prosa.

—¿Y qué vieron en el camino? —preguntó Terpsícore desde el pórtico, acercándose con cautela.

Leros se cruzó de brazos, perdiendo de golpe la ironía.

—La misma pestilencia que atacó Grecia. La Niebla del Olvido. Hace dos días intentó usar a Hades en el Tártaro para devorar la memoria del Olimpo, y aunque logramos expulsarla de las alturas, no se destruyó: bajó hacia este lado del mundo.

Venus bajó la mirada hacia las aguas quietas. Su rostro se ensombreció; las piezas que no terminaban de encajar en su cabeza empezaban a cobrar un sentido aterrador.

—Así que no fue una locura espontánea de Jano... —murmuró la diosa—. La sombra encontró otra grieta.

—Tratamos de buscar al muchacho —explicó Euterpe, señalando hacia Majo—. Terpsícore intentó abrir un canal hacia el Guardián de la Luz Azul, el mortal que rompió el cerco en Grecia, pero el portal se fracturó. Y en su lugar... llegó ella.

Liros y Leros giraron la cabeza al mismo tiempo. Clavaron la mirada en la niña de ocho años: el uniforme negro de porrista con detalles en terciopelo púrpura, la coleta alta con el moño morado y, sobre todo, el espejo brillante sujeto a la pretina de su falda.

Liros abrió la boca de par en par.

—¡POR LAS CÍTARAS DE APOLO! —chilló el rubio, retrocediendo dos aleteos en el aire—. ¡La Protectora de la Estrella! ¡La guardiana de las alturas!

Leros parpadeó, incrédulo.

—¿La niña del Jardín de los Reflejos? ¿La que rompió el asedio con el espejo de las estrellas?

Majo arrugó la nariz y dio un paso atrás, agitando las manos con fastidio.

—No, no, no. Yo no soy protectora de nada raro, dejen de decirme así. Me llamo Majo. Ignacio es mi primo, él es el de las patadas y las cosas antiguas. Yo solo vine porque sacudí el espejo para que la llamada no se cortara y el piso me tragó.

—Pero no vino sola —intervino Terpsícore con una leve sonrisa—. Cayó en las profundidades de la cueva del Averno, liberó a Cerbero de las cadenas que lo tenían atrapado y cruzó el abismo montada en su lomo hasta la Puerta de Orco.

El silencio que cayó sobre el claro fue absoluto.

Leros se quedó suspendido en el aire con las alas inmóviles, bajando lentamente la mirada hacia el suelo. Liros se llevó ambas manos a las mejillas como si acabara de ver caer un rayo.

—¿Al Cerbero? —balbuceó Liros con voz atragantada—. ¿A la bestia de tres fauces? ¡Pero si a ese engendro casi no lo detiene la criatura de garras y alas de Ignacio hace apenas dos días! ¡Nosotros estábamos ahí!

—Bueno... un cincuenta por ciento él y un cincuenta por ciento nosotros —acotó Leros, carraspeando para recuperar la compostura—. Nosotros le dimos el apoyo moral y la cobertura estratégica desde una distancia sumamente prudente.

—¡Casi morimos tres veces! —reclamó Liros, inflando el pecho con orgullo indignado—. ¡Y tú vas y le quitas las cadenas como si fuera un perrito faldero!

Majo miró a Milú, que olfateaba una hoja seca con total indiferencia.

—No fue tan difícil —dijo Majo—. Solo tenía una cadena atorada y las tres cabezas se estorbaban entre sí. Milú lo distrajo corriendo y yo le solté la traba. Además, cochino y todo, nos ayudó a escapar de una señora que quería robarme el espejo.

Venus no pudo contener una pequeña risa suave, aunque la gravedad regresó de inmediato a sus ojos claros.

—El coraje no depende del tamaño de los brazos, muchachos —dijo la diosa, mirando hacia la bruma que cubría el camino—. Pero Roma no se parecerá en nada a las cavernas del inframundo.

Euterpe guardó su flauta entre los pliegues de su manto y dio un paso hacia la sombra de los laureles.

—Debemos resguardarnos —advirtió la musa en voz baja—. Si las patrullas de Marte llegan a este lago, arrestarán a Terpsícore y a mí para forzarnos a marchar al son de sus tambores.

—Y a mí me encerrarían en el palacio —añadió Venus con pesar—. Marte no es un traidor ni busca destruir el reino. Es el señor de la guerra; la única forma de orden que concibe es el hierro, el toque de queda y la obediencia ciega. Con los días rotos y los calendarios mudos, cree que vigilar cada losa de la ciudad es lo único que impide la caída de Roma. No escucha razones y sus centinelas tienen orden de apresar a cualquiera que altere la disciplina.

Majo miró hacia el sendero que subía a la colina. El redoble seco de los tambores de bronce comenzaba a filtrarse entre los troncos de los sauces.

Se acomodó el moño morado y dio un paso firme al frente.

—Pues si ustedes no pueden ir por las calles... voy yo —dijo Majo con total naturalidad—. A mí los soldados de aquí no me conocen. Y tengo que arreglar esto para que mi mamá sepa qué día es y yo no me quede sin entrenamiento de porras.

Venus la miró con asombro y una mezcla de ternura y preocupación.

—Es peligroso, pequeña. Marte tiene centinelas en cada esquina.

—¡Nosotros la escoltamos! —proclamó Leros inflando el pecho, fingiendo una valentía desmedida—. Guiamos al muchacho de la luz azul en el inframundo griego y salimos prácticamente ilesos; un puñado de soldados no nos van a asustar.

—Habla por ti —gimió Liros, escondiéndose detrás de un ala—. A mí el hierro me da alergia estética.

—Calla, Liros. El honor nos llama. —Leros se giró hacia Terpsícore y se tocó la barriga con descaro—. Aunque, si vamos a marchar a la gloria, ¿no tendrán algo de comer por aquí? Llevamos dos días cruzando el mar a punta de un pedazo de pan seco que ya parece piedra pómez.

—Te lo comiste todo a mitad de camino —protestó Liros—. Ni una miga me dejaste.

Euterpe miró con pena las canastas vacías bajo el pórtico.

—La ciudad está desabastecida y las ofrendas cesaron —explicó la musa—. No tenemos viandas frescas. Solo quedan estos frascos de polvos de metamorfosis... a veces los usamos para cambiarle la forma a los frutos viejos o hacer que el agua amarga parezca jugo dulce.

Euterpe sacó dos frasquitos de cristal sellados con cera verde donde flotaba un polvillo tornasolado.

—¿Eso transforma comida? —preguntó Liros con los ojos brillantes—. ¡Dámelos ya! Si le echo una pizca a la suela de mi sandalia, seguro sabe a cordero asado.

—No creo que sea buena idea tragar eso —advirtió Leros arrugando la nariz, pero Liros ya le había arrebatado los frascos de un manotazo y los había guardado en los pliegues de su túnica.

—Ya estoy harto de masticar aire —sentenció Liros—. Me los como en el camino.

Majo no pudo evitar sonreír ante el par de locos. Miró a Milú, que ya estaba en guardia junto a sus piernas.

—Bueno... andando antes de que se haga más tarde —dijo Majo.

—Vayan con cuidado —suplicó Venus, retrocediendo hacia la penumbra del estanque junto a las dos musas—. El templo de Jano está en la cima del Foro, más allá de los arcos mayores. Si logran llegar a sus puertas, busquen la razón de su sueño.

Majo asintió con firmeza. Hizo una seña con la mano a Milú, y la perrita, con el collar de tres triángulos marcando un calor tenue sobre su pecho, se pegó a sus talones mientras emprendían la subida entre las rocas.

Apenas dejaron atrás los olivares y alcanzaron la primera calzada empedrada, la atmósfera de Roma les cayó encima como una losa de plomo.

La ciudad era inmensa, pero daba miedo. No se escuchaban pregones, ni ruedas de carretas, ni conversaciones en los portales. Los ciudadanos caminaban cabizbajos, pegados a las paredes, apurando el paso para no cruzarse con las patrullas de legionarios que marchaban al compás de botas claveteadas. Llevaban corazas de bronce oscuro, capas escarlatas y lanzas afiladas que relucían bajo el cielo gris.

—Esto parece un colegio en día de examen final... —susurró Majo, agachándose detrás de la base de una columna partida.

Milú se detuvo a su lado. La perrita no miraba las lanzas; con las orejas tiesas y el hocico apuntando hacia arriba, olfateaba las grietas del viento. Guiada por el instinto de guardián que Cerbero le había dejado en el collar, divisó un callejón angosto y sombrío que cortaba por detrás de los muros del acueducto.

Trotó hacia allí en silencio y miró a Majo por encima del lomo.

—Por ahí —dijo Majo—. Milú sabe dónde no hay guardias.

Avanzaron un buen trecho entre sombras y ruinas húmedas, pero al doblar hacia la escalinata que ascendía hacia el Foro, la suerte se les torció.

Dos legionarios de guardia doblaron la esquina con los escudos en alto, cerrando el paso por completo. Eran gigantescos, con cascos que ocultaban sus ojos tras rejillas de metal y una postura rígida que no admitía vacilaciones.

—¡ALTO AHÍ! —bramó el primero, bajando la punta de la lanza con un chasquido metálico—. ¡Nadie cruza hacia el sector del templo sin ordenanza firmada por el tribuno de Marte!

Majo se quedó inmóvil, pegando la espalda contra la pared y llevando la mano al marco de su espejo por puro reflejo.

Liros, en cambio, soltó un chillido de auténtico pavor, manoteando desesperado entre su túnica:

—¡EL HIERRO! ¡MIS BELLAS PLUMAS! ¡NO VOY A PERECER EN UNA PROVINCIA SIN RIMAS!

Leros, en medio de la confusión y buscando a tientas algo con qué defenderse, sintió los frascos que Liros acababa de guardar. Sin tiempo para pensar si eran veneno o condimento, arrancó el sello de cera de uno de ellos y le vació el polvo tornasolado sobre la cabeza a Liros con un golpe seco.

¡PUF!

Una densa nube de humo rosado explotó en el callejón con el sonido de un petardo apagado.

Cuando el humo se disipó, en el lugar del querubín rubio apareció una matrona romana altísima, envuelta en túnicas carmesíes cargadas de pliegues, con una tiara de perlas torcida sobre unos rizos dorados descomunales y un abanico de plumas que batía con desesperación frenética.

Los dos soldados dieron un paso atrás, desconcertados por la repentina aparición.

Liros se miró los brazos llenos de brazaletes, parpadeó dos segundos y, metiéndose de lleno en su papel con la pasión de una tragedia griega, se llevó la mano a la frente y se tambaleó hacia ellos con voz chillona y quebrada:

—¡Oh, invictos defensores del honor imperial! —clamó con dramatismo teatral—. ¡Qué ventura hallar pechos de bronce en este páramo de angustia! ¡Mi litera de marfil volcó en la Vía Sacra y mis siervos han huido presas del pánico cósmico! ¡Sosténganme antes de que la aflicción derribe mis carnes!

El legionario más joven bajó la lanza por instinto y extendió los brazos torpemente para evitar que la noble señora colapsara sobre el polvo.

—Ciudadana... por favor, mantenga la compostura, rige el estado de sitio marcial...

—¡Al averno los sitios cuando la elegancia sangra! —gritó Liros, fingiendo un sofoco histérico y abanicándole los ojos al soldado con tanta saña que le torció el penacho del casco.

Leros, viendo que el segundo centinela observaba la escena boquiabierto, comprendió el poder de los frascos. Metió la mano en el segundo bote y se untó un pellizco de polvo en la frente.

¡PUF!

Una segunda detonación de humo gris dejó en su sitio a un anciano encorvado, cubierto de harapos mugrientos y con una barba blanca que le rozaba los tobillos.

—¡LADRONA! —aulló Leros con una voz cavernosa que rebotó en los arcos de piedra—. ¡Esa mujer me adeuda cuarenta sestercios por un cargamento de higos secos de las calendas pasadas! ¡Guardias, apliquen la ley de las Doce Tablas! ¡Es una usurpadora del Lacio!

—¡Calla, mendigo pestilente! —chilló Liros, sacudiéndole el abanico en la coronilla—. ¡Tus higos estaban agrios y tus calendas no existen!

Los dos soldados quedaron atrapados en medio del griterío, tratando de desarmar la disputa entre la dama desmayada y el anciano furioso sin saber a quién apuntar con las lanzas.

Majo no necesitó que nadie le explicara qué hacer.

Con la ligereza de una gimnasta sobre la colchoneta, se agachó junto a los muros de hiedra, sujetó a Milú por la pechera y se deslizó por el costado ciego del callejón. Subieron la escalinata a la carrera, sin hacer un solo ruido sobre las losas gastadas.

Al alcanzar la meseta superior del Foro, Majo se detuvo, apoyando las manos en las rodillas para recuperar el aire.

Frente a ellas se levantaba una estructura cuadrangular de bronce y mármol oscuro, severa y antigua, aislada del resto de los palacios. No tenía columnas abiertas ni techos adornados; únicamente dos portones monumentales de bronce macizo, orientados a extremos opuestos.

Ambas entradas estaban selladas de arriba abajo por una costra densa de ceniza petrificada que una niebla grisácea envolvía sin tregua.

El templo de Jano.

Capítulo 6
El compás del presente


Al pie del templo, el silencio pesaba más que el hierro de las legiones.

Los dos portones monumentales de bronce estaban sellados de arriba abajo por una costra cenicienta, fría y áspera como lava seca. Frente a aquella muralla no había cerrojo visible ni hendidura por donde empujar.

Milú comenzó a trotar pegada al zócalo de piedra, con las orejas en tensión y el hocico barriendo las junturas de los bloques. Desde que habían salido del Averno parecía percibir caminos que Majo no podía ver y, tras unos segundos de atención absoluta, giró hacia un rincón sombrío donde las raíces secas de una hiedra habían reventado una rejilla de desagüe.

La perrita soltó un bufido corto y raspó con las patas delanteras.

Majo se agachó. Apartó las ramas secas con cuidado y descubrió un hueco estrecho entre los sillares de piedra.

—Buen trabajo, chiquita —susurró.

Desenganchó el Espejo-Estrella de la pretina de su falda y lo tomó con la mano derecha. El metal labrado en puntas de estrella conservaba un pulso constante. Majo se metió primero, arrastrándose sobre codos y rodillas entre el polvo frío, y ayudó a Milú a pasar detrás de ella.

El pasillo interior no conducía a una habitación normal.

Apenas se pusieron de pie, la piedra bajo sus zapatillas vibró con un zumbido sordo. El corredor era larguísimo, flanqueado por hornacinas vacías, pero el aire se sentía espeso, como caminar bajo el agua. A la izquierda de la galería, la luz se filtraba en tonos dorados de amanecer que nunca terminaban de clarear; a la derecha, la penumbra era la de un crepúsculo detenido que se negaba a convertirse en noche.

A cada paso, las sombras se estiraban y retrocedían con saltos bruscos, como una película vieja trabada en el proyector.

Al final de la galería, el pasillo se abría hacia un vacío sobrecogedor.

Frente a ellas se extendía una sala circular inmensa cuyo suelo estaba formado por baldosas de mármol negro suspendidas sobre una fosa profunda cubierta de bruma. Las losas subían y bajaban en pequeños espasmos, se detenían durante un segundo y volvían a repetir el mismo movimiento, incapaces de asentarse en un lugar definitivo.

En el centro exacto de la sala, sobre una peana de basalto que permanecía inmóvil, se erguía una figura colosal cubierta de piedra y ceniza.

Tenía dos rostros.

Uno miraba hacia el gran portón del este; el otro, en la nuca opuesta, permanecía orientado hacia el portón del oeste. Ambos tenían los ojos abiertos, pero ninguna expresión parecía vivir detrás de ellos. De la cintura para abajo, madejas densas de niebla gris trepaban por el cuerpo como raíces parásitas, envolviendo el pecho, los hombros y el cuello hasta dejarlo completamente inmóvil.

Majo dio un paso atrás y levantó el Espejo-Estrella.

—¿Tú eres quien no deja que el tiempo avance? —preguntó.

No obtuvo respuesta.

Se acercó un poco más al borde de la primera losa.

—¿Por qué miras esas dos puertas? ¿Esa es la entrada... y esa la salida?

Milú soltó un ladrido bajo. Majo volvió a mirar el cristal del espejo.

La figura que aparecía reflejada allí no era una estatua. Bajo la costra gris se veía un ser gigantesco cubierto por túnicas solemnes, atrapado dentro de una niebla que le apretaba el cuerpo como si intentara hundirlo en un sueño del que no podía despertar.

Majo frunció el ceño.

—Estás vivo...

La Niebla se agitó alrededor de los hombros del coloso.

Y entonces un estruendo ensordecedor reventó la parte alta de la cúpula.

El tragaluz de hierro y vidrio explotó en mil pedazos. Entre una lluvia de cascotes y gritos histéricos cayeron dos bultos dando tumbos por el aire.

—¡TE DIJE QUE NO FORZARAS EL CERROJO! —chilló una voz aflautada.

—¡LOS SOLDADOS VENÍAN SUBIENDO POR LA ESCALINATA, IMBÉCIL!

Liros y Leros se estrellaron contra una de las losas flotantes. Los efectos del polvo de metamorfosis se estaban deshaciendo: a Liros aún le quedaban las faldas carmesíes de la túnica de señora romana y restos de pintura roja alrededor de la boca, pero sus alas blancas habían vuelto a brotar a través de la espalda; Leros conservaba un mechón larguísimo de barba blanca colgándole de la barbilla mientras intentaba incorporarse.

La losa bajo ellos cedió con el peso y comenzó a balancearse peligrosamente sobre el abismo.

—¡Protectora de la Estrella! —gritó Liros al descubrir a Majo al otro lado—. ¡Llegamos! ¡Hicimos una retirada estratégica absolutamente legendaria!

—¡Cállate y no te muevas, que nos vamos al fondo! —gruñó Leros, batiendo las alas para estabilizar la piedra.

Majo señaló a la figura central.

—¿Quién es ese señor?

Leros siguió la dirección de su dedo y su expresión cambió.

—Jano —respondió—. El custodio de las puertas.

Liros dejó de acomodarse la falda romana y miró la niebla que trepaba por el cuerpo inmóvil.

—Esa cosa otra vez...

Majo apretó el Espejo-Estrella.

—Yo ya la vi antes. En la Escuela de las Estrellas y en el Jardín de los Reflejos. ¿Qué es?

—La Niebla del Olvido —dijo Leros—. La misma pestilencia que intentó usar a Hades para borrar la memoria del Olimpo.

Liros levantó un dedo. —Aunque Hades ya era bastante desagradable sin ayuda.

La Niebla reaccionó al instante.

Las madejas grises alrededor de Jano se estremecieron y el suelo entero respondió con una sacudida brutal. Las baldosas suspendidas comenzaron a chocar entre sí, algunas hundiéndose hacia la fosa y otras elevándose de golpe hasta estrellarse contra sus vecinas.

—¡Eso no le gustó! —gritó Liros.

Majo tuvo que abrir los brazos para conservar el equilibrio.

—¿Qué le pasa a Jano?

Leros saltó hacia una baldosa más estable mientras esquivaba un latigazo de ceniza.

—No lo sé, pero en el Olimpo dicen que quien vive mirando lo que dejó atrás y lo que todavía no llega termina olvidando lo único que de verdad tiene delante.

Liros, aferrado a la falda de su transformación a medio desaparecer, agregó:

—¡El presente! ¡La parte donde uno intenta no caer a un abismo!

Majo volvió la mirada hacia Jano.

Un rostro miraba una puerta.

El otro miraba la opuesta.

Ninguno podía ver lo que ocurría entre ambas.

Milú gruñó.

El pequeño dije de estrella azul en su cuello comenzó a emitir un calor intenso. Los tres triángulos entrelazados se iluminaron con un resplandor violeta y la perrita giró hacia el portón del oeste, como si hubiera encontrado algo más allá de la costra de ceniza que lo cubría.

Majo vio el destello.

Luego miró el Espejo-Estrella entre sus manos.

Milú ladró una vez y corrió hacia una de las losas laterales. Majo dio dos palmadas contra su muslo y señaló hacia el extremo opuesto.

—¡Milú, allá! ¡Corre, chiquita!

La perrita saltó de bloque en bloque con una precisión que parecía imposible para unas patas tan pequeñas. Las losas temblaban bajo ella, pero Milú seguía aquellas rutas invisibles que sus sentidos habían comenzado a descubrir desde el Averno hasta alcanzar la cornisa frente al portón oeste.

Se plantó allí y soltó tres ladridos secos.

El dije de su collar estalló en luz violeta.

El resplandor alcanzó el rostro de Jano orientado hacia aquella puerta, iluminando sus ojos petrificados.

Majo comprendió.

Corrió hacia la plataforma central, sujetando el espejo contra el pecho mientras las baldosas se sacudían bajo sus zapatillas.

Una lengua de ceniza barrió el aire frente a ella.

Majo intentó cambiar de apoyo, pero la losa se inclinó bruscamente y su pie derecho resbaló por el borde.

—¡MAJO! —gritó Liros.

La niña alcanzó a agarrarse con una mano a una grieta del mármol. El Espejo-Estrella seguía apretado contra su pecho, pero sus piernas quedaron suspendidas sobre la bruma.

Leros se lanzó hacia ella.

—¡PROTECTORA DE LA ESTRELLA, AGÁRRATE!

El querubín alcanzó su muñeca justo cuando la piedra volvió a sacudirse. Liros llegó desde el otro lado y se sujetó a la tela del uniforme para ayudarlo a tirar.

—¡Uno, dos...!

—¡No cuentes, solo jala! —gritó Majo.

Los tres hicieron fuerza al mismo tiempo y Majo consiguió apoyar una rodilla sobre la losa. Se incorporó con un jadeo, todavía aferrada al espejo.

No tuvo tiempo de agradecerles.

La Niebla volvió a sacudir el templo.

Majo corrió hasta la peana de Jano y levantó el Espejo-Estrella frente al rostro que miraba hacia el portón contrario.

El cristal capturó el fulgor violeta del collar de Milú.

La luz entró por un extremo del espejo, cruzó su superficie y salió reflejada hacia los ojos del otro rostro.

Durante un instante, nada ocurrió.

Entonces la mirada que solo podía contemplar una puerta vio en el cristal la luz de la otra.

El cuerpo de Jano se estremeció.

Una grieta dorada cruzó la costra gris de su pecho.

Los dos rostros parpadearon al mismo tiempo y, debajo de la piedra, la figura reflejada en el Espejo-Estrella abrió los ojos.

La voz que llenó el templo fue profunda, cansada y antigua.

—Me devolviste el instante que estaba entre mis dos puertas.

Majo bajó apenas el espejo.

La Niebla chilló.

No salió huyendo.

Todavía intentaba aferrarse a Jano, trepando por sus brazos y cerrándose alrededor de su cuello como una tormenta desesperada.

Pero Jano ya estaba despierto.

Los enormes portones del este y del oeste comenzaron a crujir al mismo tiempo.

La ceniza petrificada se resquebrajó desde el centro y cayó en grandes placas sobre las losas. Una línea de claridad atravesó primero una de las puertas; después la otra respondió desde el extremo opuesto.

Jano abrió ambas.

La luz entró desde los dos lados del templo.

El resplandor atravesó la sala circular, chocó contra el Espejo-Estrella y se multiplicó en todas direcciones. Las madejas grises se desprendieron del cuerpo del dios y se deshicieron entre las corrientes de aire, incapaces de sostenerse mientras los dos extremos del templo volvían a comunicarse.

Las baldosas dejaron de temblar.

Descendieron una a una hasta encajar en el suelo con la precisión de las piezas de un reloj.

Liros y Leros se cubrieron los ojos con las alas.

—¡ESO ES DEMASIADA LUZ! —chilló Liros.

Majo apretó el Espejo-Estrella contra el pecho mientras Milú corría hacia ella desde el otro extremo.

La claridad siguió creciendo.

Durante un segundo alcanzó a distinguir a Jano en medio del resplandor, libre de la piedra y con cada rostro vuelto hacia una de sus puertas.

Después todo desapareció.

El aire se dobló alrededor de Majo.

Sintió el tirón en el estómago, el mismo vacío imposible del portal, y cerró los ojos mientras abrazaba el espejo con fuerza.

En Bogotá, una franja de luz dorada apareció bajo la puerta batiente del gimnasio.

Aleja seguía cerca de la recepción intentando averiguar con las entrenadoras a qué hora comenzaba realmente la práctica cuando el destello cruzó el suelo frente a sus zapatos.

Frunció el ceño.

—¿Majo?

La luz aumentó.

Aleja caminó hasta la puerta y empujó la barra metálica.

El resplandor la obligó a entrecerrar los ojos.

Cuando pudo mirar otra vez, encontró a Majo de pie en el centro del gimnasio con las piernas abiertas en compás firme, el Espejo-Estrella levantado frente a su cuerpo como un escudo y los brazos todavía tensos por el esfuerzo.

Milú estaba a pocos metros, con el lomo arqueado, los dientes descubiertos y ladrando furiosamente hacia la pared vacía. Tenía el pelaje blanco revuelto, la frente tiznada de polvo gris y el moño rosado colgándole de una oreja.

El reloj digital de la pared emitió un pitido. Los números rojos se encendieron.

08:15.

Majo parpadeó. El olor a piedra y ceniza había desaparecido. El aire volvía a oler a limpiador de pisos, vinilo de colchoneta y aire acondicionado.

Milú cortó el ladrido de golpe. Miró a su alrededor, bajó lentamente la cola y se sacudió entera de la cabeza a las patas, levantando una nubecita de polvo antiguo bajo las luces blancas.

Aleja seguía junto a la puerta, completamente inmóvil.

—Majo... —dijo al fin—. ¿Qué fue esa luz?

Majo bajó el espejo despacio. —¿Cuál luz?

Aleja entrecerró los ojos. —La que salió por debajo de la puerta y casi me deja viendo estrellitas.

Majo escondió el Espejo-Estrella contra su costado con toda la naturalidad que logró reunir.

Entonces Aleja reparó en Milú.

—¿Milú? —exclamó, avanzando hacia ella—. ¿Qué hace esta perra aquí? ¿En qué momento se metió al carro? ¡Y por qué está llena de tierra si no ha llovido!

Se agachó y levantó a la perrita en brazos. Al acomodarla contra su blusa, los dedos rozaron el collar azul y se quedaron quietos sobre la placa metálica.

—Majo... ¿y este grabado? Pasó el pulgar por los tres triángulos entrelazados.

—Esto no estaba aquí. Y está tibio. ¿Tú se lo pusiste?

Majo deslizó el Espejo-Estrella dentro del bolsillo delantero de su morral de estrellas, se acomodó el gran moño morado de la coleta y sonrió con una picardía imposible de esconder mientras Milú, ya completamente vuelta a la realidad, intentaba lamerle la barbilla a Aleja.

—No se lo puse yo, mami —dijo Majo, caminando hacia la salida—. Creo que se lo dejó un amigo grandísimo que cuidaba una puerta.


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