Batalla 1
El olvido del olimpo

Capítulo 1
Las reglas olvidadas
Ignacio apoyó la mochila sobre el piso de madera y sacó el Libro del Dragón.
Lo colocó en el centro del escritorio, bajo la luz fría de la lámpara. La pieza de jade permanecía tibia, respirando con una calma constante que llenaba el silencio de la alcoba. Abrió el primer cajón, dobló con cuidado una camiseta limpia y guardó debajo los tres amuletos del guardián. Las esquirlas estelares no emitían zumbidos ni destellos; reposaban inmóviles, como piedras comunes recogidas en un sendero de río.
Se acercó al armario. En el espejo de cuerpo entero, su reflejo apareció nítido: el cabello revuelto, la mirada cansada y los hombros cargados por el viaje.
Ignacio soltó el aire acumulado en el pecho.
Los reflejos habían vuelto. La Niebla había retrocedido en el Jardín y el orden del mundo parecía sostenerse en su sitio.
Caminó hacia la ventana antes de apagar la luz. Sobre los tejados de Bogotá, el cielo nocturno lucía despejado, salpicado por el titileo pálido de las estrellas que competían contra las farolas de la calle. Hacia el norte, cinco puntos de luz trazaban una forma abierta y quebrada sobre la oscuridad. Ignacio entrecerró los ojos. Una mancha cenicienta, semejante a un jirón de humo denso empujado por el viento, comenzaba a posarse sobre una de las estrellas, enturbiando su brillo. Parpadeó despacio, vencido por el sueño, y cerró la cortina.
A la mañana siguiente, el olor a café recién colado lo sacó de la cama.
Ignacio fue directo al escritorio: el Libro del Dragón seguía cerrado y los amuletos guardaban silencio en el fondo del cajón. Salió al pasillo con los pies descalzos y se detuvo junto al marco de la cocina. Mónica sostenía el teléfono pegado a la oreja mientras revolvía una sartén con una espátula de madera.
—No, mamá, no creo que alcancemos —decía con voz apurada—. El carro está molestando con la batería y el tráfico un sábado hacia el norte es una pesadilla. Dejemos que Majo haga su prueba de cheerleaders tranquila; nosotros pasamos mañana por allá a almorzar.
Ignacio dio un paso al frente.
—Ma, tenemos que ir.
Mónica apartó el celular de la boca y lo miró con el ceño fruncido.
—Ignacio, por favor, estoy hablando con tu abuela Flor.
—Es importante —insistió él, midiendo las palabras para no delatar nada—. Le prometí a Majo que iba a estar ahí. Son solo unos minutos antes de mi clase de taekwondo. Podemos pasar rápido.
Mónica suspiró contra el auricular, dudó unos segundos y cedió:
—Está bien, mamá. Pasamos un momento antes del entrenamiento de Ignacio. Sí, un abrazo.
Mariana apareció en el pasillo arrastrando los tenis, con un saco ancho de lana y los audífonos colgando del cuello. Tenía la paciencia corta de los sábados por la mañana.
—Si nos vamos a meter en ese trancón, yo manejo a la vuelta —dijo Mariana, dejándose caer sobre una silla del comedor—. No pienso pasarme el día metida en el carro.
Salieron del edificio veinte minutos después.
Bogotá recibía el mediodía bajo un cielo plomizo y una pesadez extraña en el aire. Las avenidas colapsaron apenas cruzaron la primera glorieta. Los carros avanzaban a tirones, pegados unos contra otros, con los conductores tocando la bocina sin tregua ni motivo aparente. Nadie cedía el paso; las camionetas cruzaban los cruces bloqueando las esquinas y los peatones debían esquivar parachoques para alcanzar la acera.
En una intersección amplia, el semáforo cambió a verde a favor del auto de Mónica.
Cuando ella soltó el freno para avanzar, un camión de reparto aceleró desde la transversal en rojo y les cruzó la trompa a escasos centímetros, obligándola a clavar los frenos en seco. El cinturón de seguridad apretó el pecho de Ignacio; Mariana soltó un grito y se le cayó el celular al piso.
Mónica bajó la ventanilla con un golpe seco de la mano y sacó medio cuerpo hacia el viento frío.
—¡Aprenda a manejar, animal! —gritó con una rabia descompuesta que le tiñó el cuello de rojo—. ¡El semáforo estaba en verde! ¡Mire por dónde va!
El camionero respondió con un insulto ahogado por el ruido de los motores y siguió de largo.
Ignacio se quedó mirándola desde el asiento del copiloto. Jamás había escuchado a su madre levantar la voz con semejante aspereza en la calle.
—¿Y la diplomacia, ma? —preguntó en voz baja.
Mónica soltó el timón como si la goma quemara. Parpadeó despacio, respiró hondo y se pasó una mano temblorosa por la frente.
—Dios mío... —susurró, con un tono avergonzado—. Tienes toda la razón, mi amor. Qué vergüenza. No sé qué me pasó... sentí un calor horrible en la cabeza, como si quisiera romper algo.
Mariana recogió el teléfono del suelo, revisando la pantalla.
—Son las doce y media, mamá. La presentación de Majo ya empezó. No vamos a llegar ni a verla salir.
Mónica miró el reloj del tablero y negó con la cabeza.
—Nos toca dar la vuelta en la siguiente oreja e ir directo al dojo de taekwondo, Ignacio. Lo siento mucho, hijo. Con este trancón perdemos tu examen de ascenso.
Ignacio apretó la mandíbula y miró por la ventana. La sensación amarga de no haber podido hablar con su prima le apretó el estómago. Necesitaba mirarla a los ojos, preguntarle si el Espejo-Estrella seguía en calma, confirmar que la pesadez que sentía en el pecho era solo cansancio. Pero la ciudad parecía empeñada en cerrarle los caminos.
Llegaron a la academia de artes marciales diez minutos antes de la hora.
Ignacio se puso el dobok en el vestidor, anudó el cinturón azul sobre sus caderas y salió al salón.
El ambiente en el tatami estaba enrarecido. La música tradicional que solía sonar de fondo estaba apagada y el murmullo de los alumnos carecía de la disciplina habitual. En una de las esquinas, dos compañeros combatían sin haberse inclinado en el saludo reglamentario; lanzaban golpes desordenados, buscando impactar con fuerza en zonas prohibidas sin medir la distancia ni la técnica.
El profesor observaba el combate apoyado contra la pared, con los brazos cruzados y una expresión distraída, como si las faltas evidentes fueran invisibles para sus ojos.
—Ignacio, al centro con David —ordenó el instructor con voz desganada.
Ignacio avanzó sobre la lona y ejecutó la reverencia formal. Su oponente apenas inclinó la cabeza, con la respiración agitada y los ojos cargados de una hostilidad seca.
El profesor dio la orden de inicio.
David no esperó a marcar distancia. Se abalanzó con una patada descontrolada, cargando todo su peso hacia la cabeza de Ignacio sin guardia de protección. Ignacio esquivó el impacto dando un paso atrás, manteniendo la guardia en alto.
—Tranquilo, David —advirtió Ignacio—. Marca el punto.
El compañero no escuchó. Volvió a la carga con un puñetazo directo hacia su rostro, una infracción grave según el reglamento. Ignacio rotó sobre su talón izquierdo, desvió el brazo de David con el antebrazo y metió una patada defensiva al peto para frenar la embestida.
El golpe sonó seco sobre la protección. David perdió el equilibrio, cayó de costado sobre la lona y soltó un quejido ronco de dolor y rabia.
En lugar de esperar la cuenta del árbitro, el muchacho se levantó de golpe con los puños cerrados, buscando el cuerpo a cuerpo como en una riña callejera.
—¡David, alto! —gritó Ignacio, retrocediendo dos metros con las manos abiertas.
El profesor se limitó a levantar una mano perezosa desde su sitio.
—Sepárense. Vuelvan a la fila.
David escupió al suelo y se retiró arrastrando los pies, lanzándole una mirada envenenada.
Ignacio sintió un escalofrío en la nuca. Aquello no era taekwondo; la cortesía, la integridad y el autocontrol que regían cada movimiento del dojo parecían haberse evaporado de la cabeza de todos. Se acercó a la pared donde descansaban los bolsos y se miró en el gran espejo del gimnasio.
Su silueta estaba allí. La tela blanca del dobok, el cinturón azul y sus propios ojos devolviéndole la mirada con total nitidez.
«El reflejo está bien», pensó, intentando tranquilizarse. «La Niebla no está aquí. Solo fue un mal día».
Se acercó a la baranda donde Mónica lo esperaba sentada junto a Mariana.
—Ma, me duele la cabeza —dijo—. Vámonos a la casa.
Pero salir no fue tan sencillo. La jornada de ascenso, que debía avanzar con el orden habitual, se había convertido en una sucesión de discusiones, repeticiones y combates interrumpidos. Los alumnos no atendían las indicaciones, los profesores tardaban en ponerse de acuerdo y cada ejercicio parecía tomar el doble de tiempo. Cuando finalmente dieron por terminada la clase y pudieron abandonar el gimnasio, habían pasado varias horas.
Afuera, la noche ya había caído por completo sobre la ciudad.
El aire se había vuelto gélido. Mónica caminaba hacia el carro buscando las llaves en la cartera con movimientos lentos, agotada tras horas de lidiar con el tráfico y el mal genio del día.
Mariana caminaba dos pasos adelante, apurando el paso con las manos metidas en los bolsillos del saco.
—Súbete ya al carro antes de que me dé algo, Ignacio —dijo su hermana con fastidio—. Si nos apuramos, alcanzo a ver el reality de los sábados.
Ignacio no abrió la puerta del copiloto. Se quedó inmóvil junto a la carrocería, con la cabeza levantada hacia el firmamento que se abría sobre los edificios residenciales.
Mariana se detuvo con la mano en la manija trasera y lo miró de reojo.
—¿Qué tanto miras al cielo?
Ignacio señaló con el dedo índice hacia el norte, donde la hilera de edificios dejaba una franja despejada.
—Es la constelación de Casiopea.
Mariana parpadeó, desconcertada por la seguridad de su tono.
—¿Y tú desde cuándo te sabes los nombres de las estrellas?
—Pues porque leo... a veces —respondió él, sin apartar los ojos de las luces distantes—. Anoche las vi desde mi ventana. Son cinco, pero mira la primera de abajo hacia arriba. Parece que esa nube oscura se la estuviera tragando.
Mariana levantó la vista hacia donde él apuntaba. Entrecerró los ojos, buscando la forma entre la oscuridad, y soltó una risita seca para romper el silencio.
—Eres un nerd, Igna. El otro día te escuché hablándole a la pared sobre cascos de invisibilidad de tus libros de brujería.
—No son de brujería, Mariana —protestó él, frunciendo el ceño—. Es para la exposición de sociales sobre mitología griega. Es el Yelmo de la Oscuridad, el casco de Hades. Los cíclopes se lo forjaron para que nadie pudiera ver su forma ni predecir de dónde viene el golpe.
—Como digas, cerebrito. Aunque... tienes razón con lo del cielo. Esa nube está rarísima; cubre solo esa estrella y no se mueve con el viento. Parece una niebla.
Ignacio se quedó rígido.
La palabra le cayó en el pecho como un balde de agua helada.
La respiración se le cortó en la garganta y la mirada se le clavó en la mancha gris que asfixiaba el cielo sobre la ciudad.
—Súbete, Ignacio —repitió Mariana, abriendo la puerta del auto sin notar la palidez de su hermano—. Hace frío.
Ignacio no respondió. Entró al carro, cerró la puerta y apoyó la frente contra el vidrio helado de la ventanilla mirando las 5 estrellas, sintiendo cómo el silencio del mundo comenzaba a quebrarse a su alrededor.
Capítulo 2
El templo que nadie recuerda
Subieron los cuatro pisos del edificio en un silencio espeso.
Mariana abrió la puerta del apartamento con un movimiento brusco de la llave, tiró el bolso sobre la consola del pasillo y fue directo a la sala. Mónica entró detrás, arrastrando los pies con el ceño fruncido y una pila de correspondencia bajo el brazo que había recogido de la portería.
Ignacio cerró la puerta a sus espaldas. Se quitó los tenis y las medias junto a la entrada, sintiendo el frío reconfortante de la madera contra las plantas de sus pies. Aún llevaba puesto el dobok blanco del entrenamiento, con el cinturón azul flojo sobre las caderas.
Desde la sala estalló el sonido estridente de la televisión.
—Mariana, por favor —reclamó Mónica con voz áspera desde el comedor, dejando caer las cartas y las cuentas del mes sobre la mesa—. Apaga eso o bájale el volumen. Llevo todo el día metida en el trancón y me revienta la cabeza.
—Es el final del reality de los sábados, mamá —respondió Mariana, dejándose caer en el sofá con el control remoto aferrado en la mano—. Me pasé tres horas encerrada en el carro por el entrenamiento de Ignacio; lo mínimo que puedo hacer es ver mi programa.
—A mí no me hables con ese tono en mi propia casa —subió la voz Mónica, caminando hacia la sala con los brazos cruzados y una irritación inusual en el rostro—. Dame ese control ahora mismo.
—¡Siempre es lo mismo! ¡Nunca se puede ver nada!
Ignacio se quedó inmóvil en el pasillo, observándolas.
Aquella falta de paciencia, esa aspereza desmedida entre su madre y su hermana por un aparato encendido, no encajaba con ellas. Era la misma intolerancia ciega que había visto en la glorieta con el camión, la misma pérdida de control con la que David había intentado golpearlo fuera de reglamento en el dojo.
Antes de que Mónica pudiera arrebatarle el mando a Mariana, la pantalla emitió un chirrido digital agudo.
La señal del programa se cortó en seco. Una placa roja con letras de urgencia parpadeó dos veces, dando paso a una imagen en directo bajo un cielo plomizo.
La reportera, de pie con el micrófono en la mano frente al vacío de la Acrópolis de Atenas, tenía el rostro pálido y la respiración entrecortada por el viento helado.
—Interrumpimos la emisión regular con una noticia de última hora desde la capital griega —anunció, tragando saliva con dificultad—. Hace escasos minutos, las autoridades locales confirmaron la desaparición absoluta de la estructura principal en la cima de la colina. No hay escombros. No hay registro sísmico ni evidencia de explosivos. El terreno amaneció raso.
La cámara giró hacia la meseta rocosa. Donde las columnas dóricas debían recortarse contra el horizonte, solo quedaba una explanada pulida de piedra viva, cubierta por una película de polvo ceniciento que el viento no conseguía dispersar.
—Los arqueólogos intentan calificar la pérdida de este monumento histórico consagrado a... —La mujer se detuvo a mitad de la frase.
Parpadeó despacio. Frunció el ceño con una angustia creciente y bajó la vista hacia la tableta electrónica que sostenía en la mano izquierda, pero sus ojos resbalaron sobre la pantalla sin registrar las letras.
—Consagrado a... al templo de...
La mujer abrió la boca una vez más, incapaz de articular una sola sílaba. El vacío en su mirada era idéntico al que Ignacio había presenciado en los espejos muertos del Jardín de los Reflejos.
En la sala, Mónica soltó los brazos. Su enfado se disolvió en una confusión aturdida.
—Qué extraño... ese lugar tenía un nombre famosísimo. ¿Cómo es que se llamaba esa diosa de la justicia y los guerreros?
Mariana se enderezó en el sofá, con los ojos fijos en la pantalla y la frente arrugada.
—¿Afrodita? No... era otra. La de los tribunales... la que nació de la cabeza de... Se me borró. La tenía en la punta de la lengua.
A Ignacio se le heló la sangre.
—Atenea —dijo con voz firme, plantándose en el marco de la sala—. El Partenón. La diosa de la sabiduría y la justicia.
Mónica lo miró con extrañeza, como si su hijo acabara de pronunciar una palabra en una lengua muerta.
—¿Atenea? No, mi amor, esa palabra ni siquiera suena a nombre de persona. Debes estar confundido por el cansancio del entrenamiento.
Un destello azul cobalto brotó por debajo de la puerta de su habitación, proyectando una franja luminosa sobre la madera del pasillo.
—¡Ignacio! —dijo Mónica, volviéndose hacia él—. A quitarte ese dobok sudado.
—Ya voy, ma.
Ignacio dio media vuelta y caminó a paso rápido por el pasillo con los pies descalzos. Entró en su cuarto y echó el seguro de la puerta.
Sobre el escritorio, el Libro del Dragón vibraba envuelto en una llamarada azulada que no quemaba la madera. La pieza de jade central tenía el ojo abierto, arrojando un haz de luz pura hacia el techo. Las hojas crujieron con la violencia de un disparo seco y se abrieron solas por la mitad, deteniéndose en una página donde la tinta líquida hervía en espirales concéntricas.
La temperatura de la alcoba se desplomó bajo cero.
El vaho blanco escapó de los labios de Ignacio. A un metro del suelo, el aire se rasgó con un chasquido de cristal roto. La fractura se ensanchó en un tajo vertical del que brotaron volutas de humo ceniciento, abriendo una ventana hacia un cielo en ruinas.
Del otro lado, el firmamento del Olimpo caía a pedazos.
Columnas corintias yacían partidas sobre losas calcinadas. Relámpagos lívidos, desprovistos de trueno, cortaban la penumbra. En el centro de una explanada arrasada, de rodillas sobre un charco de ceniza espesa, agonizaba una figura colosal de cabellos y barba albinos que desprendían chispas débiles. Su piel, gruesa como corteza de roble, se cuarteaba bajo la presión de una niebla oscura.
El dios levantó la cabeza. Sus ojos eran tormentas exhaustas.
—Has respondido... —dijo la figura, y su voz sacudió los vidrios de la ventana en Bogotá—. Guardián de la Luz Azul.
Ignacio sintió el peso del título sobre sus hombros, pero sostuvo la mirada sin retroceder.
—¿Quién eres?
—Soy Zeus —respondió con un quejido hondo que le raspó el pecho—. La cumbre del Olimpo se desmorona. La Niebla del Olvido ha encontrado una grieta en nuestro reino y ha devorado a Atenea. Su memoria ha sido borrada de la mente de los hombres y, con ella, la razón antes del impulso, la estrategia antes de la violencia y la justicia antes de la rabia comienzan a perder terreno en tu propio mundo.
El aire alrededor de la fractura tembló con violencia.
Las páginas del Libro del Dragón crujieron al detenerse y las tapas de cuero se cerraron solas con un golpe sordo sobre la madera del escritorio. El olor a ozono y ceniza quedó flotando entre los cuadernos de la alcoba. La grieta en el aire desapareció, dejando tras de sí un silencio denso en el que solo se escuchaba el zumbido tenue de la pieza de jade en la portada.
Ignacio se quedó paralizado en medio del cuarto, con el vaho frío desvaneciéndose frente a sus labios.
El corazón le retumbaba en las costillas. Era solo un niño con los pies descalzos sobre la madera y las manos heladas por el espanto. Miró el lomo cerrado del libro.
«No puedo», pensó, retrocediendo medio paso hacia la cama. «Son dioses... esto es una locura».
Dio dos pasos hacia el escritorio y estiró las manos para agarrarlo y guardarlo en el morral, apagar la lámpara y meterse bajo las cobijas a esperar que el amanecer devolviera la normalidad al mundo.
Iba a levantarlo cuando, a través de la rendija de la puerta cerrada, le llegó la voz de Mónica desde la cocina:
—¡Mariana, no lo puedo creer! —reclamó su madre con un grito agudo, desbordado de una indignación que no le pertenecía—. ¡Te comiste la última porción de cheesecake! ¡Llevo soñando con ese postre todo el santo día!
—¡Pero estaba en la nevera sin marcar, mamá! —respondió Mariana desde la sala, levantando la voz con una aspereza seca y desmedida—. ¡Qué drama por un pedazo de postre!
—¡Le hubieras puesto una etiqueta con tu nombre si era tuyo, desconsiderada! —bramó Mónica—. ¡Siempre haces lo mismo! ¡Me parece el colmo del egoísmo en esta casa!
—¡Pues cómprate una pastelería entera si tanto te importa!
El portazo de la nevera retumbó en las paredes del apartamento.
Ignacio detuvo las manos a escasos centímetros de la cubierta.
La discusión no era un simple malentendido de sábado por la noche. Era esa hostilidad mezquina y sin freno que había visto en el camionero al volante, en la indiferencia del profesor del dojo y en los puñetazos rabiosos de David. Atenea. La razón antes del impulso. La estrategia antes de la violencia. La justicia antes de la rabia.
Si Zeus decía la verdad, el olvido de la diosa ya no era una noticia lejana en Atenas. Estaba sentado en la sala de su casa, pudriendo el trato entre su madre y su hermana.
Si él guardaba el libro para ponerse a salvo, nadie más iba a detenerlo.
Ignacio retiró las manos del borde de la mesa. Tragó saliva, respiró hondo por la nariz y abrió el primer cajón.
Sacó los tres amuletos de piedra. Las esquirlas estelares vibraron tibias al tacto de sus dedos, como si reconocieran la decisión. Apretó el nudo del cinturón azul sobre su cintura y aseguró las tres piezas en los pliegues del uniforme: Conocimiento a la izquierda, Corazón en el centro y Cuerpo a la derecha.
Tenía las manos libres y los pies plantados en el piso.
Se inclinó sobre el Libro del Dragón, apoyó la palma izquierda directamente sobre el relieve de jade en el centro de la portada y presionó con firmeza.
El ojo del dragón volvió a fulgurar en azul cobalto. La cubierta vibró bajo su palma y el aire frente a él crujió, rasgándose de nuevo en una grieta luminosa que dejó escapar el aullido del viento helado del Olimpo.
Ignacio fijó la vista en la tormenta del otro lado, apretó la mandíbula y dio el paso hacia la luz.
Capítulo 3
El mapa de los dioses olvidados
El portal se cerró a espaldas de Ignacio con un chasquido sordo.
Las plantas desnudas de sus pies golpearon las losas de mármol blanco cubiertas por una capa delgada de ceniza helada. El frío le subió por los tobillos y le tensó las piernas; flexionó las rodillas por reflejo, buscando equilibrio mientras el viento sacudía la tela del dobok. A su cintura, los tres amuletos de piedra cósmica tintineaban sujetos a los pliegues del cinturón azul.
A su alrededor, el Olimpo se desmoronaba.
Columnas monumentales se alzaban partidas a media altura, sosteniendo arcos abiertos hacia un cielo cubierto de nubes inmóviles. El aire olía a piedra quemada y lluvia vieja, y una pesadez extraña hacía difícil respirar.
—¿Dónde...? —murmuró Ignacio, dando dos pasos cautelosos sobre el mármol roto.
Un destello dorado cruzó la penumbra.
A escasos centímetros de él se detuvo una figura vestida con una túnica corta de lino claro. Llevaba sandalias sujetas con cintas de cuero hasta la pantorrilla, un sombrero alado que despedía un brillo suave y una vara de bronce coronada por dos serpientes entrelazadas. Su rostro era joven y sus ojos atentos conservaban una calma que contrastaba con las ruinas.
El desconocido inclinó ligeramente la cabeza.
—La paz sea contigo, Guardián de la Luz Azul. Soy Hermes, mensajero de este reino.
Ignacio parpadeó, desconcertado tanto por la cortesía como por aquel título que insistían en poner sobre sus hombros.
—Hermes... Yo... mi nombre es Ignacio. Estaba en mi casa, en Bogotá. Mi mamá y mi hermana discutían en la sala, un anciano que se hizo llamar Zeus apareció a través de una grieta en mi cuarto y yo solo crucé. No sé qué hago aquí.
Hermes asintió y le indicó el camino con la mano.
—Sé que todo esto debe parecerte demasiado, Ignacio, pero cruzaste porque escuchaste un llamado de auxilio. Ven conmigo. El señor del cielo apenas consigue mantenerse despierto y no nos queda mucho tiempo.
Caminaron a paso rápido por una columnata en ruinas. Las estatuas estaban desgastadas y algunas habían perdido por completo el rostro. Ignacio avanzaba con cuidado sobre la piedra rota, apretando los puños cada vez que una nueva grieta se abría bajo sus pies. Aquello no era una práctica de taekwondo ni una tarea escolar. La decisión con la que había salido de su habitación empezaba a sentirse pequeña frente a un reino entero cayéndose a pedazos.
Hermes empujó una pesada puerta de bronce manchada de gris y lo condujo hasta la gran sala del trono.
Al fondo, sobre un estrado de basalto agrietado, descansaba la misma figura que Ignacio había visto desde su alcoba.
Zeus apenas conseguía mantenerse erguido. Su túnica blanca estaba marcada por quemaduras oscuras y de su barba caían pequeñas chispas que se apagaban antes de tocar sus rodillas. Sus ojos, todavía cargados de tormenta, parecían luchar para mantenerse enfocados en el recién llegado.
Ignacio se detuvo al pie del estrado.
—Padre —anunció Hermes con respeto—. El Guardián de la Luz Azul ha respondido. Está aquí.
Zeus levantó lentamente la cabeza. Su voz sonó como un trueno lejano.
—Guardián... La Niebla ha encontrado una grieta que creíamos cerrada desde hace siglos.
—El templo desapareció —dijo Ignacio, buscando firmeza en la voz—. En Bogotá vimos las noticias. La gente en la televisión no podía recordar el nombre del lugar ni de la diosa. Mi propia mamá lo olvidó en segundos.
—Atenea no ha muerto —respondió Zeus, haciendo un esfuerzo para continuar—. Fue arrancada de la memoria. La Niebla llevaba mucho tiempo buscando una forma de entrar en nuestro reino, pero estaba demasiado débil para hacerlo sola.
Zeus apoyó una mano sobre el reposabrazos. El oro bajo sus dedos había perdido casi todo su brillo.
—Encontró el camino a través de mi hermano. No sé qué ocurrió bajo tierra ni qué le prometió, pero Hades abrió una puerta que debía permanecer cerrada. Desde entonces, la Niebla se mueve entre las sombras y alcanza lugares a los que antes no podía llegar.
Ignacio frunció el ceño.
—¿Hades está ayudándola?
Hermes bajó la mirada.
—Sabemos que permitió su entrada. Lo demás tendremos que descubrirlo.
Zeus respiró con dificultad antes de continuar.
—Atenea fue la primera. Ahora otros tres están resistiendo: Poseidón, Afrodita y Apolo. Mientras sus señales permanezcan encendidas, todavía queda algo de ellos capaz de recordar quiénes son.
El anciano cerró los ojos durante unos segundos. Cuando volvió a abrirlos, su mirada vaciló.
—Incluso yo siento cómo algo se enfría dentro de mi cabeza. Hay momentos en los que me cuesta recordar el rostro de mi propia hija. Si ellos también caen, el Olimpo perderá aquello que todavía lo mantiene unido. Después, la Niebla buscará otros reinos.
A Ignacio se le secó la garganta.
—Zeus... yo solo entreno taekwondo —dijo, dudando sobre el mármol frío—. Estuve en las Bibliotecas y en el Jardín de los Reflejos con mi prima, pero esto... son dioses. Yo no sé cómo detener algo capaz de hacerte olvidar a tu propia hija. No creo que pueda con esto.
Zeus sostuvo su mirada.
—Nadie te pide que cargues el peso del cielo con las manos, Guardián. Necesitamos que mantengas viva la memoria allí donde nosotros empezamos a perderla. Los dioses de este reino existen unidos a aquello que los hombres recuerdan de ellos. Tú eres distinto. Eres humano. Puedes avanzar donde nosotros empezamos a desaparecer.
Con un movimiento lento, Zeus metió la mano entre los pliegues de su manto y sacó un pergamino grueso, cerrado con un cordón plateado.
—Tómalo.
Ignacio subió los tres peldaños del estrado y recibió el documento con ambas manos.
Sobre el pergamino brillaban tres puntos de luz con ritmos distintos: uno azul que se agitaba como agua bajo una tormenta, otro rosado atravesado por pequeñas manchas grises y uno dorado que parpadeaba con dificultad.
—Es el mapa de los que aún resisten —explicó Zeus—. Poseidón, Afrodita y Apolo guardan tres partes de una misma llave. Mientras sus luces sigan encendidas, todavía existe un camino hacia el corazón del Olimpo.
Ignacio bajó la vista hacia los tres destellos.
Ahora entendía por qué eran ellos.
—¿Y si alguna se apaga?
Zeus tardó unos segundos en responder.
—Entonces perderemos una parte del camino.
El rey de los dioses dejó caer la cabeza contra el respaldo de piedra. Su respiración se hizo más lenta y la luz de la sala disminuyó con ella.
Ignacio observó el mapa y luego su propio dobok. Necesitaba las manos libres si algo aparecía en el camino. Deslizó el rollo con cuidado por la espalda, acomodándolo verticalmente entre la tela blanca del uniforme y el cinturón azul. El pergamino quedó firme junto a su cuerpo, mientras los tres amuletos descansaban contra su cadera.
Hermes se colocó a su lado y sostuvo la vara con ambas manos.
—La primera señal viene del mar —dijo, observando el resplandor azul que atravesaba el pergamino—. Si Poseidón todavía recuerda quién es, tendremos que encontrarlo antes de que deje de hacerlo.
Ignacio miró una última vez a Zeus.
Después ajustó el cinturón.
—Vamos.
Capítulo 4
El océano sin nombre
Hermes tomó a Ignacio con firmeza por el antebrazo.
Un impulso ascendente despegó sus pies del mármol del Olimpo. El viento silbó alrededor del dobok blanco y, en una fracción de segundo, las terrazas en ruinas quedaron atrás. Las alas doradas de las sandalias de Hermes vibraban con rapidez mientras los elevaban por encima de un mar de nubes grises que cubría el horizonte.
Ignacio apretaba los dientes contra la corriente de aire, sintiendo el mapa sujeto contra su espalda por el cinturón azul. A su costado, los tres amuletos de piedra tintineaban con cada movimiento.
Volaban a gran velocidad sobre un mar encrespado de aguas oscuras cuando las alas en los tobillos de Hermes comenzaron a parpadear.
El fulgor dorado perdió fuerza y dejó escapar una lluvia fina de ceniza. Hermes bajó la mirada; una hebra de niebla espesa se había enroscado alrededor de su pantorrilla izquierda y avanzaba lentamente hacia la rodilla.
—La Niebla avanza deprisa, Guardián —dijo el mensajero. Su voz seguía tranquila, aunque los dedos empezaban a perder fuerza alrededor del brazo del muchacho—. El Olvido ya me está alcanzando.
Ignacio lo miró, desconcertado en medio del viento.
—¿Por qué me siguen llamando así? —soltó, alzando la voz sobre el rugido del aire—. Yo no sé quién es ese Guardián de la Luz Azul. Solo soy un estudiante...
Hermes giró el rostro hacia él con una leve sonrisa.
—Eres tú, Ignacio. Aunque todavía no sepas qué significa.
La niebla continuó subiendo por su pierna.
Con la mano libre, Hermes sacó de su túnica una hoja verde oscura atravesada por venas plateadas y la puso en la mano del muchacho.
—Hierba de Glauco. Mastícala si caes al agua. Te permitirá respirar durante un tiempo.
Ignacio cerró los dedos alrededor de la hoja y la guardó en el bolsillo interior de la solapa del dobok.
—¿Y tú qué vas a hacer?
Una masa de bruma cenicienta descendió desde las nubes y se cerró alrededor de Hermes.
Las alas de sus sandalias se apagaron de golpe.
El mensajero miró a Ignacio mientras la oscuridad comenzaba a cubrirle el cuerpo.
—Espero que sepas nadar, Guardián.
La Niebla envolvió a Hermes en un remolino violento y lo arrancó de su lado antes de que Ignacio pudiera alcanzarlo.
El vacío se abrió bajo las plantas desnudas de sus pies.
Ignacio cayó en picada hacia el océano gris.
El impacto contra el agua le arrancó el aire de los pulmones. El mar carecía de movimiento natural; las aguas parecían espesas y estancadas, mientras peces desorientados giraban en círculos sin avanzar. La tela de algodón del uniforme absorbió el agua en segundos y comenzó a tirar de su cuerpo hacia el fondo.
El ardor en la garganta le disparó el pánico.
Tragó agua salada, buscó a tientas bajo la solapa y sacó la hoja. La llevó a la boca y comenzó a masticarla con desesperación.
El sabor amargo le llenó la lengua. Un frío intenso le recorrió la garganta y, poco a poco, la presión que le cerraba el pecho desapareció. Ignacio aspiró por reflejo.
El agua entró.
Pero ya no lo ahogó.
Respiró otra vez, todavía incrédulo, y luego enderezó el cuerpo.
A varios metros bajo sus pies distinguió las ruinas de un palacio submarino.
Nadó hacia ellas, atravesando corrientes débiles y zonas donde el agua parecía haberse detenido por completo. Columnas cubiertas de coral gris sostenían una cúpula agrietada bajo la cual permanecía atrapada una gran bolsa de aire.
Ignacio atravesó la superficie y cayó sobre un suelo de mármol. El agua acumulada apenas le cubría los tobillos, aunque el dobok empapado pesaba sobre sus piernas con cada paso.
Al fondo, sobre un trono de basalto, descansaba una figura enorme.
Poseidón permanecía con la cabeza caída, los ojos cerrados y la piel pálida. Cadenas formadas por humo oscuro le sujetaban los brazos al asiento.
Ignacio avanzó con cautela hacia el trono. No llevaba armas y tampoco sabía qué podía hacer por el dios, pero necesitaba acercarse lo suficiente para entender qué lo mantenía atrapado.
Una columna de espuma turbia surgió frente a él.
La criatura que apareció entre el agua no tenía un rostro definido. Sin embargo, al ponerse en pie adoptó la silueta exacta de Ignacio: su altura, la posición de los hombros e incluso la guardia de taekwondo.
Ignacio no atacó.
Se desplazó hacia un costado buscando rodearla.
La sombra imitó el movimiento y volvió a cerrarle el paso.
Ignacio amagó hacia la izquierda.
La criatura reaccionó al mismo tiempo y lanzó una patada frontal directa a su pecho.
Ignacio cruzó los antebrazos para protegerse.
El golpe lo arrastró varios metros sobre las baldosas mojadas. El agua dificultaba sus desplazamientos y la tela empapada del pantalón le restaba velocidad. La criatura avanzó sin detenerse y descargó una combinación de golpes construida con los mismos movimientos que Ignacio había aprendido durante años de entrenamiento.
Esquivó un puño girando el torso y retrocedió ante una segunda patada.
La sombra conocía su guardia.
Conocía sus desplazamientos.
Conocía la manera en que reaccionaba.
Ignacio apretó los dientes. Si seguía intercambiando golpes con una copia más fuerte de sí mismo, terminaría agotado.
Recordó entonces los ejercicios de la Biblioteca del Cuerpo. No debía detener toda aquella fuerza de frente. Si conseguía esperar el momento correcto, podía dejar que el impulso del adversario trabajara en su contra.
Ignacio bajó ligeramente las manos.
Flexionó las rodillas y apoyó bien las plantas desnudas sobre el suelo mojado, fijando la vista en los hombros de la criatura.
La sombra vio la abertura y atacó.
Entró con todo el peso del cuerpo detrás de un golpe descendente.
Ignacio esperó. Un instante más.
Otro.
Cuando el puño estuvo a punto de alcanzarle el rostro, salió de la línea del ataque con un giro rápido. Sujetó el brazo de la criatura cerca del hombro y continuó el movimiento en la misma dirección en la que ya avanzaba.
La sombra no pudo detener su propio impulso.
Se estrelló de lleno contra una columna de coral muerto.
La estructura crujió.
Antes de que la criatura consiguiera recuperar el equilibrio, Ignacio giró sobre la pierna izquierda y descargó el talón derecho en el centro de la silueta.
El impacto rompió su forma.
La sombra estalló en espuma gris y se deshizo sobre el agua estancada. Al mismo tiempo, las cadenas que mantenían sujeto a Poseidón comenzaron a agrietarse hasta convertirse en fragmentos de ceniza.
El dios, sin embargo, no despertó.
Seguía desplomado sobre el trono, respirando apenas.
Ignacio se acercó al estrado.
En el suelo, partido en dos pedazos de metal oscuro, yacía el tridente.
Se agachó y levantó ambas partes. Pesaban tanto que tuvo que usar las dos manos para arrastrarlas hasta el asiento. Con esfuerzo, acomodó cada fragmento entre los dedos del gigante y cerró la mano de Poseidón alrededor del metal.
Un destello azul marino recorrió el arma.
Las dos mitades se unieron con un golpe seco.
Poseidón abrió lentamente los ojos.
El color volvió poco a poco a sus pupilas mientras sus dedos se cerraban alrededor del tridente recuperado.
—Mi señor... —alcanzó a decir Ignacio.
Una punzada ardiente le atravesó la garganta.
Se llevó una mano al cuello.
La Hierba de Glauco estaba perdiendo su efecto.
Ignacio aspiró por reflejo y sintió el agua filtrarse de nuevo en sus pulmones. Cayó sobre una rodilla, tosiendo, mientras el pecho comenzaba a cerrarse.
Poseidón bajó la mirada hacia él.
Comprendió.
Todavía demasiado débil para ponerse en pie, apretó ambas manos alrededor del tridente y lo clavó contra el suelo con un quejido.
—Guardián... —murmuró con voz ronca—. Aún no es tiempo de ahogarse.
Una corriente limpia brotó desde la base del arma.
El agua rodeó a Ignacio con una fuerza repentina, lo levantó del suelo y lo lanzó hacia la abertura de la cúpula antes de que pudiera reaccionar.
El torbellino lo arrastró a través del templo y lo impulsó hacia la superficie, atravesando las aguas oscuras en dirección a la luz.
Capítulo 5
La isla del amor perdido
El torrente de agua cristalina expulsó a Ignacio hacia el cielo abierto antes de quebrarse en una lluvia tibia sobre las olas.
Cayó de costado sobre una lengua de arena húmeda y pedregosa. El impacto le arrancó una bocanada de aire salado. Apoyó las palmas en el suelo, tosiendo mientras expulsaba los últimos restos amargos de la Hierba de Glauco. Tenía la garganta en carne viva, el dobok chorreaba agua fría sobre sus piernas y las plantas desnudas de sus pies se hundían en la gravilla helada. A su espalda, el mapa permanecía intacto, sujeto contra el cuerpo por el cinturón azul.
—¡Te lo dije! ¡Te dije que la profecía no mentía! —chilló una voz aguda desde el aire.
—No era una profecía, era un informe de campo escrito con prisa —respondió otra voz, mucho más seca—. Y tú jurabas que hablaba de la Centinela de la Flama Rosa.
—¡Porque las metáforas eran carmesí! ¡Tenía lirismo!
—Tenía errores de sintaxis, Liros.
Ignacio alzó la vista, parpadeando para quitarse la sal de las pestañas. Dos pequeñas criaturas aladas revoloteaban a pocos metros del suelo. Tenían cuerpos infantiles y alas emplumadas que batían con rapidez. El primero, de rizos rubios y túnica torcida, se llevaba las manos al pecho como si estuviera presenciando una tragedia griega; el segundo, de cabello castaño revuelto y ceño fruncido, lo observaba con el cansancio de quien llevaba demasiado tiempo corrigiendo al primero.
—¿Quiénes son ustedes? —preguntó Ignacio, poniéndose de pie con esfuerzo.
Los dos descendieron hasta quedar a la altura de sus ojos.
—Soy Liros —anunció el rubio con una reverencia exagerada—. Portador de los suspiros y del drama necesario para que el cosmos no muera de aburrimiento.
—Y yo soy Leros —dijo el castaño—. El único que mantiene este registro libre de catástrofes gramaticales y delirios líricos.
—¡Eso nunca se sometió a consulta!
—Porque la lógica no se vota, Liros.
Ignacio sacudió la cabeza mientras el agua seguía escurriendo por su uniforme.
—Hermes fue atrapado por la Niebla. Me dio una hoja para respirar bajo el agua, pero se lo llevaron antes de que pudiera hacer nada.
La discusión terminó al instante.
—Lo sabemos, Guardián —dijo Leros, bajando la voz—. Su último mensaje nos alcanzó antes de que la Niebla cerrara el cielo. Nos pidió encontrarte y llevarte hasta la segunda señal del mapa.
Liros abrió los brazos hacia el horizonte.
—La isla de Afrodita.
Por una vez, no añadió nada más.
Antes de que Ignacio pudiera preguntar cómo pensaban llegar, ambos querubines se abalanzaron sobre él. Liros lo sujetó por la solapa izquierda del dobok y Leros por el hombro derecho. Sus pequeñas alas batieron con una fuerza absurda y lo arrancaron de la orilla hacia un cielo cubierto por bruma cenicienta.
Volaron sobre riscos suspendidos y extensiones de agua que poco a poco fueron perdiendo el movimiento recuperado en el dominio de Poseidón. El olor a sal fue desapareciendo hasta ser reemplazado por uno más seco, semejante a pétalos viejos y cera apagada.
Cuando descendieron sobre una costa de arena pálida, Liros y Leros dejaron de hablar.
—Esto... no estaba aquí —susurró Liros.
Leros recorrió el paisaje con los ojos muy abiertos.
—Las fuentes se secaron. La colina cambió de forma. Todo el lado sur de la isla está cerrado.
Frente a ellos se levantaba una muralla de zarzas negras y grandes placas de cristal agrietado. Los espejos formaban un laberinto que se extendía hacia el interior de la isla, cubierto por una niebla baja que escapaba de las grietas del suelo.
—Afrodita está en el centro —dijo Leros—. La Niebla levantó esto alrededor del templo.
—Entonces cruzamos —respondió Ignacio.
Avanzó sobre la arena mientras Liros y Leros volaban cerca de sus hombros. Apenas atravesaron el primer arco de espinas, la niebla se cerró detrás de ellos y borró la entrada. Los pasillos de cristal oscuro comenzaron a repetirse en direcciones imposibles.
—Nos perdimos —gimió Liros—. ¡Sabía que los espejos nunca traían nada bueno!
—Hace treinta segundos dijiste que esto sería una tragedia hermosa.
—He cambiado de opinión.
Ignacio dobló por un corredor estrecho y quedó frente al primer espejo.
La superficie se aclaró.
Vio la sala de su casa en Bogotá durante una tarde tranquila. Él estaba sentado en el comedor haciendo tareas mientras Mónica le servía un vaso de jugo y Mariana cantaba desde el sofá. No había discusiones, tráfico ni gritos. Todo parecía exactamente como quería recordarlo.
Ignacio dio un paso hacia la imagen y se detuvo. La casa del espejo era demasiado perfecta para parecerse a la que había dejado unas horas antes.
—Esto no pasó —dijo.
El espejo se cubrió de niebla hasta volverse opaco y siguieron avanzando.
Un segundo muro de cristal apareció pocos metros después. Esta vez, Bogotá ardía. Criaturas enormes hechas de humo caminaban entre edificios derrumbados, sombras cubrían las calles y figuras de ceniza perseguían a las personas entre las llamas.
Liros soltó un chillido y escondió el rostro entre las alas.
Ignacio contempló la escena unos segundos.
—Tampoco.
—¿Tampoco? —preguntó Liros sin destaparse los ojos.
—Quiere asustarnos.
Se apartó del espejo y continuó.
Las zarzas se hicieron más densas. Las espinas arañaban el dobok mientras los corredores se cerraban hasta desembocar en un tercer muro, mucho más alto que los anteriores.
Ignacio se detuvo.
El cristal mostró la cocina de su apartamento.
Mónica estaba junto a la barra, llorando de rabia mientras Mariana gritaba frente a ella. Las palabras no se escuchaban, pero Ignacio conocía esa expresión. Vio a su hermana agarrar las llaves, ponerse la chaqueta y salir dando un portazo. Mónica quedó sola en medio de la cocina, mirando la puerta sin entender cómo una discusión absurda había terminado así.
Ignacio retrocedió.
Las zarzas cerraron el camino detrás de él.
La imagen volvió a empezar.
Mónica gritaba. Mariana respondía. Las llaves golpeaban la mesa. La puerta se cerraba.
Ignacio llevó una mano hacia el Amuleto del Corazón.
Recordó la Biblioteca de la Memoria Viva, el fuego carmesí y aquella despedida que había querido evitar porque dolía demasiado. Entonces había aprendido algo que ahora comprendía de otra manera: apartar la mirada no hacía desaparecer una herida.
Las dos primeras imágenes habían intentado engañarlo.
Esta no.
Aquella pelea podía ocurrir.
Ignacio dejó de retroceder.
Avanzó hacia el cristal y sostuvo la mirada de su madre y su hermana mientras la escena volvía a repetirse. No podía regresar a Bogotá y obligarlas a quererse, ni borrar la rabia que la Niebla estaba despertando en ellas. Pero podía seguir avanzando hacia aquello que estaba alimentándola.
Apoyó la palma abierta contra el espejo.
La imagen tembló.
El cristal se cubrió de vapor y comenzó a deshacerse desde el centro hasta abrir un paso hacia una explanada circular.
Liros bajó lentamente las alas.
—Entramos.
—Sí —respondió Leros—. Intenta no celebrarlo todavía.
En medio del claro, sobre un lecho de ramas secas y flores quemadas, descansaba Afrodita.
Su piel había perdido casi todo el color y sus cabellos rojizos caían sin brillo sobre los hombros. Una túnica gris, rasgada en varios puntos, cubría su cuerpo inmóvil. Apenas respiraba bajo una maraña de espinas negras que le rodeaba el cuello y el pecho.
Ignacio corrió hacia ella y se arrodilló junto al lecho.
—Afrodita.
La diosa no reaccionó.
Ignacio examinó las enredaderas. Las ramas se habían cerrado alrededor de su garganta con tanta fuerza que apenas dejaban espacio para respirar.
Metió las manos entre las espinas y tiró.
Las púas se hundieron de inmediato en sus palmas.
Ignacio apretó los dientes y volvió a tirar. Las ramas resistieron, crujiendo alrededor de sus dedos, pero una de ellas cedió. Luego otra.
La sangre comenzó a correrle por las manos.
Leros se acercó alarmado.
—Guardián...
—Casi está.
Ignacio agarró la última rama y tiró con todo el peso del cuerpo.
La enredadera se partió.
El resto del nudo perdió fuerza y cayó alrededor del lecho en fragmentos secos que se convirtieron en polvo al tocar el suelo.
Afrodita respiró de golpe.
Sus ojos se abrieron lentamente.
Ignacio soltó las ramas y se quedó sentado sobre las rodillas, recuperando el aliento. Las palmas le ardían y pequeñas gotas de sangre resbalaban entre sus dedos.
La diosa giró el rostro hacia él.
—¿Quién...?
—Ignacio.
Afrodita bajó la mirada hacia sus manos heridas. Todavía débil, levantó una de las suyas y envolvió con los dedos la palma del muchacho.
Un calor suave recorrió la piel. Las heridas comenzaron a cerrarse.
Ignacio observó sorprendido cómo las marcas desaparecían poco a poco hasta dejar apenas un enrojecimiento leve.
—No tenías que hacer eso —murmuró.
Afrodita dejó escapar una respiración cansada.
—Tú tampoco tenías que meter las manos entre las espinas.
Una pequeña sonrisa apareció en el rostro de Liros. Leros le dio un codazo antes de que pudiera comentar.
Ignacio volvió la mirada hacia la diosa.
—Atenea fue borrada. Poseidón sigue vivo, pero apenas pudo despertar. La Niebla está avanzando hacia el siguiente lugar del mapa.
Afrodita cerró los ojos durante unos segundos.
—Entonces todavía queda tiempo.
Su voz seguía débil. Liros y Leros se posaron sobre una piedra cercana.
—Antes hablaban de alguien —dijo Ignacio—. La Centinela de la Flama Rosa.
Los dos querubines se miraron.
Afrodita abrió los ojos otra vez.
—Creo que nos ha olvidado.
Ignacio frunció el ceño.
—¿Quién es?
La diosa observó sus manos ya curadas y luego volvió a mirarlo.
—Alguien que tuvo que aprender cuándo proteger un vínculo... y cuándo dejarlo ir.
Ignacio quiso preguntar algo más, pero Afrodita cerró los ojos y apoyó la cabeza nuevamente sobre el lecho. Su respiración seguía siendo lenta, aunque ya no parecía ahogarse.
El mapa vibró contra la espalda de Ignacio.
Sacó el pergamino lo suficiente para observarlo. La señal de Afrodita permanecía encendida, todavía débil, mientras el tercer punto comenzaba a parpadear con rapidez.
Dorado.
Apolo.
Leros extendió las alas.
—Tenemos que movernos.
Liros miró una última vez a Afrodita antes de levantar el vuelo.
—Odio admitirlo, pero por una vez estoy de acuerdo.
Ignacio volvió a guardar el mapa detrás del cinturón y se puso de pie. Las manos ya no le dolían.
Pero la imagen de aquella puerta cerrándose en Bogotá seguía con él.
Capítulo 6
La melodía del olvido
El brillo cálido de la isla de Afrodita apenas comenzaba a templar la bruma cuando un aroma dulce a uvas maduras y mirto silvestre cruzó la arena. Sobre el sendero de gravilla apareció una figura alta, vestida con una túnica holgada de lino púrpura salpicada por manchas granate. Llevaba una corona de hojas de parra ladeada sobre los rizos oscuros y una copa dorada sostenida entre los dedos con una despreocupación que contrastaba con el cansancio dibujado bajo sus ojos.
—¡Por todos los viñedos de Naxos! —exclamó con una voz que llenó la costa—. Vi ese resplandor rosado desde la colina y pensé que alguien había organizado una fiesta sin invitarme.
—Dionisio... —murmuró Afrodita desde el lecho de ramas, respirando con mayor calma.
Liros y Leros se enderezaron en el aire.
—El señor de los viñedos —anunció Leros—. Con su habitual puntualidad discutible.
—No existe retraso cuando el camino incluye una buena degustación, pequeño querubín —respondió Dionisio con un guiño antes de fijarse en Ignacio—. Así que tú eres el muchacho del que todo el Olimpo empieza a hablar.
Ignacio acomodó el cinturón azul sobre la cintura.
—Me llamo Ignacio.
—Mucho mejor. Los títulos suelen complicarlo todo.
Dionisio miró hacia Afrodita y la sonrisa se le redujo apenas.
—Ella necesita descansar y ese mapa que llevas en la espalda todavía tiene trabajo pendiente. Apolo se encerró en su teatro hace horas. Algo está ocurriendo allí arriba.
Liros abrió la boca con entusiasmo.
—¡Podríamos acompañarlos y documentar el encuentro entre el Guardián y el señor de la música con una introducción en verso!
—No —dijeron Leros y Dionisio al mismo tiempo.
Liros cruzó los brazos, ofendido.
Ignacio se despidió de Afrodita mientras los dos querubines permanecían en la costa para vigilarla. Después siguió a Dionisio por un sendero que ascendía entre riscos de piedra clara y olivares secos. El dios caminaba deprisa, balanceando la copa vacía a su costado, aunque cada pocos pasos miraba hacia la cima.
—Debiste ver este lugar cuando Atenea desapareció —dijo finalmente—. Bastaron unos minutos para que medio Olimpo empezara a discutir por estupideces: límites de las nubes, turnos del viento, quién había ocupado qué terraza... Podemos mover montañas, Ignacio, pero quítanos un poco de juicio y somos insoportables.
Ignacio recordó el camión cruzando la glorieta, el dojo fuera de control y la discusión entre Mónica y Mariana.
—Por eso la Niebla fue primero por Atenea.
La sonrisa de Dionisio desapareció.
—Eso parece. Después empezó Apolo. Primero dijo que escuchaba un zumbido dentro del teatro. Luego dejó de salir. Yo pensé que estaba siendo dramático, lo cual, viniendo de mí, debería haberte parecido una advertencia seria.
Ignacio soltó una pequeña sonrisa.
—¿Y después?
—Después dejamos de escuchar su música.
El camino se estrechó entre dos paredes de roca.
—Apolo tiene una sola lira —continuó Dionisio—. Oro, siete cuerdas. La reconocerías aunque estuvieras rodeado por cien imitaciones. Cuando toca, sabes que es él.
—¿Por qué?
Dionisio levantó los hombros.
—Porque las cosas verdaderas suelen tener esa mala costumbre.
Doblaron el desfiladero y Dionisio se detuvo de golpe. La copa escapó de sus dedos y rodó sobre las piedras mientras el dios se llevaba ambas manos a las sienes y caía sobre una rodilla. Ignacio corrió hacia él.
—¿Qué pasa?
Dionisio apretó los dientes; el sudor le cubrió la frente mientras intentaba incorporarse sin conseguirlo.
—El sonido.
Ignacio miró alrededor.
—No oigo nada.
—Porque no viene por ti. La Niebla lo hizo para nosotros, para Apolo sobre todo. Está metido dentro de la cabeza y cuanto más me acerco, peor.
Levantó una mano temblorosa y señaló el pórtico de mármol que coronaba la colina.
Ignacio comprobó que el mapa seguía sujeto a su espalda y echó a correr hacia el teatro. Nada más cruzar el pórtico sintió una presión metálica golpeándole el pecho desde dentro; los dientes le castañearon y una punzada se instaló detrás de los ojos. Ya podía percibir el ruido, aunque estaba claro que no lo afectaba con la misma violencia que a Dionisio.
Entonces vio a Apolo.
El dios estaba tendido sobre el proscenio de mármol, con la túnica cubierta de ceniza y los cabellos dorados pegados a la frente. Tenía las manos apretadas contra las orejas y el rostro contraído por el dolor. A pocos metros descansaban su arco de plata y una aljaba llena de flechas.
Alrededor de él había siete liras. Tres estaban destrozadas y sus marcos de oro yacían mezclados con cuerdas rotas y astillas sobre el suelo. Las cuatro restantes flotaban alrededor de Apolo, emitiendo una vibración discordante que se superponía sin descanso hasta formar aquel ruido insoportable. Ignacio comprendió que el dios había intentado destruirlas antes de caer.
—Apolo —llamó.
No hubo respuesta.
Ignacio tomó el arco con ambas manos. Pesaba mucho más de lo que esperaba. Miró la aljaba y después las cuatro liras suspendidas frente a él.
—Genial... Nunca he usado uno de estos.
Recordó vagamente una tarde en una finca, años atrás, disparando flechas de juguete con ventosas. No ayudaba demasiado. Sacó una flecha, apoyó el culatín en la cuerda y apuntó hacia la lira de la izquierda mientras el ruido le atravesaba la cabeza.
«No voy a darle. No sé hacer esto».
Soltó.
La flecha salió disparada, se curvó en pleno vuelo y terminó clavada en un gran cuenco de oro situado junto al escenario, exactamente sobre el reflejo de Ignacio. Frunció el ceño, tomó una segunda flecha y volvió a apuntar, pero esta vez el estruendo del teatro solo le permitió pensar en la salida.
«Tengo que salir de aquí».
Disparó de nuevo. La flecha cruzó el escenario y se incrustó en las puertas de bronce del pórtico por donde acababa de entrar.
Ignacio bajó el arco y miró primero el cuenco, luego la puerta. Las flechas no habían fallado; habían ido exactamente hacia aquello que ocupaba su pensamiento.
Recordó a Aluisio y las pruebas de la Biblioteca de la Mente. No necesitaba aprender a usar el arco en unos segundos. Necesitaba dirigir el pensamiento.
Tomó una tercera flecha, apoyó bien los pies sobre el mármol y eligió una sola cosa en medio del ruido: la primera lira falsa. Disparó. La flecha atravesó el instrumento y lo convirtió en una nube de humo gris. Sin perder tiempo, tomó otra, fijó la mente en la siguiente réplica y volvió a soltar la cuerda; el segundo instrumento se partió por la mitad. La tercera cayó de la misma manera.
Solo quedaron dos liras suspendidas en el aire: una verdadera y una falsa.
Ignacio bajó ligeramente el arco. Dionisio había sido claro: Apolo tenía una sola lira. Las dos parecían idénticas, con el mismo oro, las mismas siete cuerdas y los mismos laureles grabados en el marco. Una vibraba con un estruendo desesperado que reclamaba toda su atención; debajo de aquel ruido, la otra dejaba escapar una nota limpia.
Ignacio escuchó apenas un instante, giró el arco hacia la lira falsa y disparó.
El instrumento explotó antes de tocar el suelo.
El silencio cayó sobre el teatro y, desde el centro del escenario, las siete cuerdas de la única lira que quedaba comenzaron a vibrar con una melodía clara. La ceniza dejó de caer.
Apolo apartó las manos de sus orejas y abrió los ojos.
Ignacio dejó el arco en el suelo y corrió hacia él.
—¿Puedes levantarte?
Apolo intentó apoyarse sobre un brazo, pero apenas consiguió incorporarse. Ignacio se agachó, pasó uno de los brazos del dios sobre sus hombros y tiró con esfuerzo. Apolo era mucho más pesado de lo que parecía, pero entre los dos consiguieron avanzar hasta el trono de mármol del fondo.
El dios se dejó caer sobre el asiento y respiró durante unos segundos antes de mirar hacia la única lira que permanecía intacta.
—Multiplicaron mi música —dijo con la voz agotada—. Cada copia repetía algo distinto hasta que ya no podía reconocer la original.
Ignacio miró las astillas esparcidas por el escenario.
—Intentaste romperlas.
—Tres —respondió Apolo con una risa débil—. Después dejaron de obedecerme las piernas.
Los pasos de unas sandalias resonaron en el pórtico. Dionisio apareció entre las columnas, todavía pálido, pero con una sonrisa enorme al escuchar la melodía.
—¡Hermano! ¡Esa sí es tu lira! La insoportable, la que no deja dormir a nadie cuando decides tocar hasta el amanecer.
Apolo sonrió.
—Me alegra comprobar que tu oído sobrevivió.
—Mi oído y mi buen gusto.
Ignacio soltó el aire que llevaba acumulado en el pecho cuando una vibración cálida recorrió su espalda. Sacó el mapa del cinturón y lo abrió.
Las tres señales ardían sobre el cuero: el tridente azul de Poseidón, la rosa carmesí de Afrodita y la lira dorada de Apolo. Las líneas que salían de cada símbolo comenzaron a extenderse hacia el centro hasta encontrarse en un único punto.
El pergamino tembló.
Desde la unión de las tres marcas apareció un nuevo camino que descendía más allá de los valles del Olimpo y se hundía bajo la tierra.
Dionisio dejó de sonreír. Apolo también.
Ignacio siguió la línea con el dedo hasta el borde inferior del mapa.
—Hades.
Apolo asintió.
—El camino está abierto.
Ignacio enrolló el pergamino.
—Entonces voy.
—Todavía no —respondió Apolo.
Ignacio levantó la mirada. El dios señaló hacia las montañas que se extendían al oeste del teatro.
—Nadie entra en los dominios de Hades sin saber cómo regresar. Antes de bajar, hay un último lugar al que debes ir.
Capítulo 7
Las alas de la memoria y la bestia del olvido
La línea de fuego del pergamino seguía pulsando contra la espalda de Ignacio cuando Apolo se puso de pie, apoyándose en el reposabrazos de mármol. La luz de su túnica seguía débil, pero el dolor había desaparecido de sus ojos.
—No se entra en los dominios de mi tío caminando como si fueran otro templo —dijo—. La Niebla ha llenado los caminos subterráneos y nosotros no podemos cruzarlos sin exponernos a lo mismo que ocurrió aquí. Tú tampoco llegarás muy lejos si bajas solo.
—Zeus me pidió encontrar a Atenea —respondió Ignacio—. El mapa señala hacia abajo.
—Y hacia allá irás —intervino Dionisio, dejando la copa vacía sobre una piedra—. Pero necesitas algo que conozca esos caminos. No un caballo alado ni una criatura acostumbrada a los cielos del Olimpo. Necesitas algo mucho más antiguo.
Apolo caminó hasta el borde del anfiteatro y alzó la voz hacia la niebla.
—Dédalos. El muchacho despertó la lira. Necesitamos tu ayuda.
Un crujido de madera y cuerdas respondió desde el otro lado del precipicio. Poco después apareció un hombre robusto con una túnica de cuero marcada por hollín y cera. Cargaba un fardo pesado sobre el hombro y sostenía un bastón envuelto en cáñamo. Sus manos estaban llenas de cortes viejos y sus ojos grises permanecían fijos en el mar.
Ignacio se acercó mientras el recién llegado dejaba el fardo sobre una piedra.
—Otro muchacho con prisa por saltar al vacío —murmuró Dédalos—. Apolo quiere que te lleve hasta Creta. No sé para qué. Esa bruma terminará tragándose todo.
Miró hacia las aguas lejanas.
—A veces pienso que no sería tan malo dejar que me alcanzara. Si olvido la caída de Ícaro, tal vez deje de escucharla cada vez que cierro los ojos.
Apolo guardó silencio unos segundos antes de responder.
—La Niebla no se llevaría únicamente su caída. También se llevaría al muchacho que corría por tu taller, su risa cuando algo funcionaba y la cara que ponía cuando quería probar uno de tus inventos antes de tiempo.
Dédalos bajó la vista hacia sus manos.
—Eso también desaparecería.
—Todo.
El anciano respiró hondo y miró otra vez hacia el mar.
—Entonces tendrá que doler un poco más.
Se agachó junto al fardo y soltó las correas.
Dentro había dos armazones articulados de madera, cuerdas enceradas y grandes plumas de águila pegadas con cera. Dédalos trabajó con rapidez, encajando las piezas hasta formar un par de alas.
—Acércate.
Ignacio obedeció. El artesano le colocó el arnés sobre los hombros, pasó las correas por debajo de sus brazos y ajustó una hebilla sobre el pecho. Las alas quedaron plegadas a su espalda, justo por encima del mapa.
Dédalos tiró del arnés para comprobar la tensión.
—Arriba, el sol derrite la cera. Abajo, el agua empapa las plumas. Mantén altura y no pelees con el viento. Si fuerzas las alas, las rompes.
Ignacio miró el precipicio.
—Eso no suena tranquilizador.
—Volar rara vez lo es.
Apolo levantó una mano desde el teatro.
—Creta está al otro lado del mar. Allí encontrarás lo que necesitas para descender.
Ignacio ajustó las correas, flexionó las rodillas y se lanzó.
La caída le cortó el aliento. Durante varios segundos solo vio agua acercándose a toda velocidad, hasta que abrió los brazos y sintió cómo el viento llenaba las alas. El tirón casi le arrancó los hombros, pero consiguió estabilizarse.
Los primeros minutos fueron torpes. Cada vez que ganaba demasiada altura, el calor del sol ablandaba la cera; cuando descendía buscando alivio, la humedad del mar comenzaba a pesar sobre las plumas. Poco a poco encontró una franja estable y aprendió a corregir el rumbo con movimientos pequeños de la cintura y los hombros, igual que hacía cuando ajustaba el peso en un giro durante el entrenamiento.
Tras un largo vuelo sobre el mar, una masa oscura apareció entre la niebla.
Creta.
Ignacio descendió hacia una explanada de grava y aterrizó rodando frente a una garganta rocosa. Se quitó el arnés y dejó las alas junto a una columna caída; dentro del laberinto no habría espacio para usarlas.
La entrada se abría frente a él como una grieta enorme en la montaña. Dos columnas cubiertas de líquenes sostenían un dintel sin inscripciones y desde el interior llegaba un aire frío, cargado de polvo y encierro.
Ignacio comprobó los tres amuletos en su cinturón y entró.
Los corredores eran estrechos y altos. Apenas llegaba una luz gris desde grietas lejanas del techo, suficiente para distinguir el suelo cubierto de polvo, piedras rotas y algunos huesos antiguos. Ignacio avanzó despacio, apoyando con cuidado los pies descalzos para no hacer ruido.
Después de varios cruces idénticos dejó de saber hacia dónde estaba caminando. Algunos pasillos descendían sin que pareciera hacerlo el suelo; otros terminaban bruscamente contra muros de piedra. Ignacio acababa de doblar otro recodo cuando un golpe hizo vibrar las paredes.
Se pegó al muro.
Algo cayó desde el nivel superior.
La criatura aterrizó a pocos metros con tanta fuerza que las losas se agrietaron bajo sus patas.
Ignacio dejó de respirar por un instante.
Tenía el cuerpo musculoso de un gran felino cubierto por pelaje leonado manchado de polvo y hollín. Sus patas delanteras terminaban en garras curvas de rapaz, y de los hombros nacían dos alas enormes de plumas oscuras. La cabeza mezclaba el pico afilado y los ojos dorados de un ave de presa con la mandíbula de un depredador terrestre.
Grýphos.
La criatura abrió las alas y lanzó un graznido que sacudió el corredor.
Ignacio saltó hacia un lado justo antes de que se abalanzara sobre él. El pico golpeó el muro y arrancó una lluvia de piedras. Ignacio rodó sobre el polvo, recuperó el equilibrio y echó a correr.
Grýphos giró con una velocidad inesperada y fue detrás de él. Las garras chocaban contra el suelo cada vez más cerca, mientras las alas empujaban ráfagas de aire por los corredores.
«No puedo correr más rápido que eso.»
Ignacio dobló a la derecha y levantó la mirada. A varios metros sobre él, una galería recorría el segundo nivel del laberinto.
Frenó frente a un bloque de piedra, apoyó un pie en una saliente y saltó. Alcanzó el borde del balcón con ambas manos y trepó justo cuando Grýphos pasó por debajo y golpeó la pared con una garra.
Ignacio se agachó detrás de una balaustrada rota tratando de controlar la respiración. Desde allí observó a la criatura caminar lentamente por el corredor inferior. Olfateaba el aire y reaccionaba a cada sonido con movimientos bruscos. La furia seguía allí, pero ahora Ignacio alcanzaba a ver algo más: cada vez que una piedra caía, Grýphos se encogía antes de atacar.
Parecía esperar que todo lo que se acercara quisiera hacerle daño.
Ignacio asomó apenas la cabeza.
—No vine a cazarte.
Grýphos se detuvo.
—Necesito que me acompañes.
La criatura levantó la cabeza, localizó su voz y desplegó las alas de golpe. El salto hizo temblar la galería. Una de sus garras pasó a centímetros de Ignacio y arrancó varios bloques de la balaustrada.
Ignacio retrocedió a gatas.
—Bueno. Hablar no funcionó.
Grýphos volvió a caer al patio y empezó a buscar una forma de subir.
Ignacio miró detrás de él. El corredor superior terminaba en un derrumbe. No tenía salida. Llevó una mano hacia la espalda y encontró el pergamino sujeto al cinturón.
El mapa.
Había guiado cada paso desde que Zeus se lo entregó. Sin él no sabía cómo encontrar a Hades ni cómo regresar después.
Grýphos apareció al fondo de una rampa lateral.
Ignacio miró el pergamino y luego a la bestia.
Si se quedaba allí, el mapa tampoco serviría de mucho.
Desató el cordón plateado, se acercó al borde y lanzó el rollo hacia el centro del patio.
El pergamino golpeó las losas y soltó un destello azul y dorado.
Grýphos reaccionó al instante. Se lanzó sobre él y hundió las garras en la piel viva, destrozando el cordón y aplastándolo contra el suelo.
Ignacio corrió hacia la cornisa.
Saltó.
Cayó directamente sobre el lomo de la criatura.
El impacto le recorrió la columna, pero alcanzó a cerrar las piernas alrededor de sus costados y enterró las manos entre el pelaje y las plumas de su cuello.
Grýphos quedó inmóvil apenas una fracción de segundo.
Después enloqueció.
Se alzó sobre las patas traseras y sacudió el cuerpo intentando lanzarlo contra el suelo. Ignacio se pegó al cuello y apretó las piernas. La criatura batió las alas, se elevó dentro del patio y golpeó un costado contra las columnas. El hombro de Ignacio chocó contra la piedra con tanta fuerza que estuvo a punto de soltar una mano.
No lo hizo.
Grýphos volvió a sacudirse, cruzó el arco principal del laberinto y salió disparado hacia el acantilado.
El viento del mar los golpeó de frente.
La criatura ascendió con violencia y comenzó a girar sobre sí misma. Ignacio acompañó cada torsión con el cuerpo para no salir despedido. Cuando Grýphos cayó en picada hacia las olas, bajó el torso y se aferró con más fuerza; cuando volvió a subir, dejó que su propio peso siguiera el movimiento en lugar de intentar resistirlo.
Una barrena.
Otra.
Una tercera caída casi rozó el agua.
Ignacio sentía los brazos arder y los músculos de las piernas empezaban a temblarle, pero seguía allí.
—¡No voy a soltarte! —gritó contra el viento.
Grýphos respondió con un graznido furioso y volvió a girar.
Ignacio enterró el rostro entre las plumas del cuello.
—¡Ya intenté hablarte! ¡No funcionó!
La criatura descendió otra vez, aunque esta vez el giro tuvo menos fuerza.
Las alas empezaban a cansarse.
Grýphos viró finalmente hacia la costa y aterrizó pesadamente sobre la grava. Sus garras dejaron surcos profundos antes de detenerse.
Durante varios segundos ninguno de los dos se movió.
Ignacio aflojó las manos. Tenía los brazos entumecidos y las piernas acalambradas. Bajó del lomo con torpeza y cayó sobre una rodilla antes de conseguir ponerse de pie.
Grýphos giró hacia él.
Ignacio esperaba otro ataque.
No llegó.
La criatura mantuvo las alas entreabiertas y respiró con fuerza, observándolo desde pocos metros de distancia.
Ignacio tampoco levantó la guardia.
—¿Terminamos?
Grýphos dio un paso hacia él. Ignacio permaneció quieto.
La bestia acercó el pico hasta quedar frente a su rostro. El aire caliente de su respiración le movió el cabello, pero Ignacio no retrocedió.
Pasaron unos segundos.
Grýphos cerró el pico y soltó un sonido bajo desde el pecho.
Después inclinó lentamente la cabeza.
Ignacio levantó una mano con cautela y la dejó suspendida entre ambos. Esperó.
La criatura terminó de acercarse y apoyó un costado de la cabeza contra su palma.
Ignacio soltó el aire.
—Eso habría sido mucho más fácil desde el principio.
Grýphos resopló.
Ignacio sonrió y acarició las plumas ásperas de su cuello.
Entonces recordó algo.
Miró hacia el laberinto.
—El mapa.
Grýphos levantó la cabeza.
—Lo destruiste.
La criatura dio media vuelta, caminó unos pasos y miró hacia atrás. Después desplegó las alas en dirección al sur, donde la niebla sobre el mar se abría alrededor de una grieta oscura que descendía hacia las profundidades.
Ignacio siguió su mirada.
—¿Tú sabes llegar?
Grýphos flexionó las patas delanteras y bajó el lomo. Ignacio levantó una ceja.
—Claro. ¿Para qué necesito un mapa?
Subió nuevamente sobre la criatura y se sujetó a las plumas de la base del cuello.
Grýphos lanzó un graznido hacia el horizonte, abrió las alas y despegó. Esta vez Ignacio no tuvo que aferrarse para impedir que lo arrojara.
Volaban juntos.
Capítulo 8
El choque de las sombras y el despertar de la sabiduría
Montado sobre el lomo de Grýphos, Ignacio atravesó la falla que dividía el cielo del Olimpo y descendió hacia las entrañas de la tierra. El aire perdió rápidamente el calor de la superficie y se volvió pesado, cargado de azufre, piedra quemada y ceniza. Grýphos plegó las alas para esquivar riscos de basalto que colgaban del techo y terminó frenando sobre una cornisa suspendida frente a una enorme fosa.
Abajo ardía una niebla oscura y espesa que se extendía entre las raíces del Tártaro. Sobre el vacío flotaban dos jaulas formadas por hebras de sombra: en una, Hermes golpeaba los barrotes intentando romperlos; en la otra, Leros sostenía a Liros, cuyas pequeñas alas comenzaban a perder color y a deshacerse en copos grises.
En medio de la explanada inferior yacía Atenea.
Su cuerpo estaba cubierto por una capa de escarcha cenicienta que la mantenía inmóvil sobre un túmulo de roca negra. A pocos pasos descansaba su lanza de bronce, apagada bajo una película de polvo oscuro.
Más allá se levantaba el trono de Hades.
El señor del inframundo permanecía sentado entre sombras que se enroscaban alrededor de su túnica y trepaban por los brazos del asiento. Su rostro estaba pálido y su mirada tenía una quietud difícil de leer. Junto al trono, sobre un pedestal bajo, descansaba un casco de bronce oscuro coronado por dos cuernos curvos.
Ignacio lo reconoció de inmediato.
Durante un instante volvió a escuchar la voz burlona de Mariana en el parqueadero del gimnasio:
«El otro día te escuché hablándole a la pared sobre cascos de invisibilidad de tus libros de brujería.»
Y su propia respuesta:
«Es el Yelmo de la Oscuridad. El casco de Hades. Los cíclopes se lo hicieron para que nadie pudiera ver su forma ni saber de dónde venía el ataque.»
Ignacio fijó la vista en el pedestal.
Hades no lo llevaba puesto.
—Llegas tarde, muchacho —dijo el dios, y su voz recorrió la caverna como una corriente helada—. El Olimpo lleva demasiado tiempo creyendo que puede encerrar lo que duerme bajo sus propios cimientos.
Ignacio frunció el ceño.
—¿Tú dejaste entrar a la Niebla?
Hades inclinó apenas la cabeza.
—Abrí una puerta.
Las sombras se agitaron a su alrededor.
—Lo que cruzó por ella ya no obedece a nadie.
Un graznido bajo salió del pecho de Grýphos. Ignacio miró las jaulas y después a Atenea.
—Libéralos.
Hades levantó una mano.
Un rugido triple respondió desde la oscuridad lateral.
Cerbero salió de la caverna con el cuerpo enorme cubierto de pelo negro, las garras hundiéndose en el basalto y tres pares de ojos encendidos bajo las sombras. Las cabezas mostraron los colmillos al mismo tiempo y el mastín se agazapó frente a Ignacio.
Grýphos reaccionó antes de que pudiera moverse.
Abrió las alas con un golpe de viento, saltó desde la cornisa y cayó directamente sobre Cerbero. El choque hizo temblar la explanada. Las garras de rapaz se hundieron en los hombros del mastín mientras las tres cabezas intentaban alcanzar el cuello y las alas de Grýphos azotaban el aire para mantenerlas lejos.
La pelea levantó una nube espesa de ceniza.
Hades giró la cabeza hacia las bestias.
Ignacio entendió la oportunidad.
Bajó de la cornisa, amortiguó la caída con las rodillas y corrió detrás del estrado mientras Grýphos y Cerbero se revolcaban entre columnas rotas. No podía acercarse a Atenea a la vista de Hades; necesitaba unos segundos.
Llegó hasta el pedestal y tomó el casco. El metal estaba helado.
Ignacio se lo puso.
Una sombra oscura recorrió su cuerpo y su silueta desapareció.
Hades volvió la cabeza de inmediato. El pedestal estaba vacío.
—¿Dónde está el Yelmo?
Una ráfaga de oscuridad golpeó la pared junto al trono. Otra partió una columna en dos.
Ignacio ya avanzaba hacia Atenea.
Evitó la ceniza suelta y pisó únicamente las zonas de piedra firme, cuidando cada movimiento para no dejar huellas. Hades lanzó otra descarga a ciegas mientras Ignacio alcanzaba el túmulo.
Vio la lanza en el suelo.
Recordó la mano de Poseidón cerrándose alrededor de su tridente.
No necesitó pensarlo más.
Se agachó, levantó el arma de bronce con ambas manos y la acomodó entre los dedos rígidos de Atenea.
La reacción fue inmediata.
Una línea dorada recorrió el asta y llegó hasta la mano de la diosa. La escarcha que cubría sus brazos comenzó a agrietarse y las fisuras avanzaron por la armadura hasta romper la capa cenicienta en fragmentos que cayeron alrededor del túmulo.
Atenea abrió los ojos.
Respiró con violencia, como si regresara de una profundidad sin aire, y apretó los dedos alrededor de la lanza. Intentó incorporarse, pero una rodilla cedió bajo su peso.
Ignacio se quitó el Yelmo.
—Atenea.
La diosa levantó la vista hacia él. Sus ojos grises recuperaban lentamente la claridad.
Hades se volvió hacia el túmulo.
—Así que eras tú.
Una sombra salió disparada de su brazo.
Atenea reaccionó por reflejo. Levantó la lanza y desvió el golpe, aunque el impacto la obligó a apoyar una mano sobre la roca para no caer.
Todavía estaba débil. Pero estaba despierta.
—Has abierto demasiado las puertas de este reino, Hades —dijo con la respiración entrecortada.
—Tú sigues creyendo que sabes qué debe permanecer cerrado.
—Y tú sigues creyendo que puedes controlar aquello que dejaste entrar.
Por primera vez, Hades miró hacia la niebla que cubría el fondo de la fosa.
La masa oscura se movió.
La masa oscura se extendió por las grietas del suelo sin dirigirse a ninguno de ellos, buscando un camino propio.
La expresión de Hades cambió apenas. Atenea también lo vio.
No hubo tiempo para más.
Las hebras de sombra alrededor de las jaulas comenzaron a agitarse y Liros soltó un quejido débil entre los brazos de Leros.
Atenea apretó la lanza y la clavó contra la roca.
Un pulso dorado atravesó la explanada.
Las dos jaulas se abrieron.
Hermes cayó sobre una rodilla, recuperando el equilibrio con una mano en el suelo, mientras Leros descendía abrazando a Liros. Las alas del pequeño querubín todavía estaban pálidas, pero dejaron de deshacerse.
Hades extendió ambos brazos y una oleada de oscuridad chocó contra la luz de Atenea. La detonación hizo temblar las bóvedas del Tártaro y varios bloques de piedra se desprendieron del techo.
Ignacio retrocedió.
Atenea mantenía la lanza al frente, pero sus brazos temblaban por el esfuerzo.
—No puedo sostenerlo mucho tiempo —dijo sin apartar los ojos de Hades.
Un graznido atravesó la polvareda.
Grýphos apareció entre las ruinas con una herida abierta en el costado y varias plumas ennegrecidas. Cerbero había quedado atrás, aturdido entre piedras partidas, y la criatura frenó junto a Ignacio bajando el lomo.
Atenea lo miró.
—Vete.
Ignacio dudó.
—¿Y tú?
—Yo puedo detenerlo.
Una nueva descarga de sombras chocó contra la lanza y obligó a Atenea a retroceder un paso.
—Tú no.
Ignacio entendió.
Subió al lomo de Grýphos y se sujetó a las plumas del cuello.
Antes de despegar miró hacia Hermes y los querubines. Hermes ya estaba en pie y sostenía a Liros junto a Leros mientras buscaban refugio entre las rocas.
Atenea volvió a levantar la lanza.
—Guardián.
Ignacio la miró por última vez.
—Gracias por recordarme.
Grýphos abrió las alas y saltó.
Ascendieron hacia la grieta mientras abajo la luz dorada de Atenea y las sombras de Hades chocaban una y otra vez. La caverna comenzó a cerrarse detrás de ellos, sacudida por derrumbes que estrechaban el paso.
Ignacio se inclinó sobre el cuello de Grýphos.
—¡Más rápido!
La criatura respondió con un graznido y ganó altura.
Entonces Ignacio sintió algo extraño.
Un tirón en el pecho.
No venía de abajo.
Venía de mucho más lejos.
Una luz azul apareció entre las rocas superiores.
Ignacio reconoció el mismo resplandor que había visto en su habitación cuando el Libro del Dragón abrió la primera grieta.
La criatura también lo vio.
El portal apenas conseguía mantenerse abierto entre los derrumbes.
Detrás de ellos, un golpe hizo temblar todo el túnel. Ignacio miró hacia abajo justo a tiempo para ver una oleada de niebla separarse del choque entre los dos dioses y deslizarse por una grieta lateral antes de desaparecer en las profundidades.
No sabía adónde iba.
Tampoco sabía quién estaba ganando.
La abertura azul comenzó a cerrarse.
Grýphos batió las alas con toda la fuerza que le quedaba.
Ignacio apretó las piernas contra sus costados.
—¡Vamos!
El portal estaba a pocos metros cuando una roca cayó entre ellos y la salida.
Grýphos giró en seco, rozó la pared con un ala y atravesó la abertura justo antes de que el borde azul se cerrara detrás de su cola.
La luz los envolvió.
Ignacio sintió que el cuerpo perdía peso, que el viento desaparecía y que una fuerza invisible tiraba de él en dirección contraria. Intentó mantenerse sujeto a Grýphos, pero las plumas comenzaron a escapar entre sus dedos.
—¡No!
La criatura volvió la cabeza.
Sus ojos dorados se encontraron con los de Ignacio durante un segundo.
El tirón aumentó.
Ignacio cerró la mano con todas sus fuerzas y sintió una pluma soltarse entre sus dedos.
Después todo desapareció.
El golpe contra el suelo le sacó el aire de los pulmones.
Ignacio rodó sobre una superficie dura y tibia y quedó tendido boca arriba, respirando con dificultad.
Olía a madera encerada.
Abrió los ojos.
Las patas de su escritorio estaban frente a él. La lámpara iluminaba los cuadernos del colegio y el Libro del Dragón descansaba cerrado sobre la mesa, con la pieza de jade apagada.
Estaba en su habitación.
Solo.
Ignacio tardó unos segundos en incorporarse. Tenía el dobok cubierto de polvo, los pies descalzos entumecidos y los tres amuletos todavía sujetos al cinturón.
Se llevó una mano a la espalda.
Nada.
El mapa había quedado destruido en Creta.
Miró entonces el puño que todavía mantenía cerrado.
Lo abrió despacio.
En la palma descansaba una pluma larga y rígida, dorada en algunos bordes y oscura como una nube de tormenta en otros.
Una pluma de Grýphos.
Ignacio sonrió.
Desde la cocina llegó la voz de Mónica.
—Mariana, pásame la servilleta, por favor. Te guardé la mitad del postre en la nevera para que te lo comas mañana.
—Gracias, ma —respondió Mariana desde la sala—. Quedó delicioso. ¿Le llevamos un pedazo a Ignacio cuando termine de cambiarse?
Ignacio dejó caer la cabeza contra el piso de madera.
La casa estaba tranquila.
Apretó la pluma contra el pecho y cerró los ojos mientras recuperaba el aliento.
