La Geometría de los Cielos Rotos


Capítulo 1

La gravedad de lo invisible


La pintura acrílica fosforescente que Chris había usado para decorar su trompo de madera giraba tan rápido que el verde y el morado se fundían en un hipnótico disco de neón sobre las baldosas del patio.

—Veintidós segundos... veintitrés... veinticuatro... —anunció Rubén sin apartar la vista del cronómetro de su reloj Casio digital.

Se había tomado su papel de árbitro oficial de la competencia con una seriedad desproporcionada, como si aquella tarde no estuvieran disputando el récord de un trompo sino la final de algún campeonato internacional.

—Se va a parar —sentenció—. En cualquier momento se detiene. Y recuerda que el récord de ayer fue de cuarenta y cinco segundos. Sin excusas cuando pierdas.

—Va a durar más —respondió Chris, acomodándose la gorra hacia atrás mientras contemplaba orgulloso su obra de arte—. Mónica tenía razón: cambiar el cordel por uno más delgado para reducir la fricción... o la cocción... o como sea que ella le diga fue una idea genial.

Mónica levantó la mirada de su cuaderno.

—Fricción.

—Eso dije.

—Dijiste cocción.

—Es prácticamente lo mismo.

Rubén soltó una risa mientras Chris señalaba el trompo con la solemnidad de un científico a punto de presentar un descubrimiento revolucionario.

—Además, le pinté líneas en la punta con corrector blanco para mejorar el balance. La estética altera la aerodinámica. Está comprobado.

—La estética no altera la física, Chris —replicó Mónica, apuntando hacia el suelo con la punta del lápiz—. Y tu trompo dura más porque encontraste el centro de gravedad por pura suerte. Si ajusto el ángulo de lanzamiento del mío, rompo tu récord antes de que empiece el partido.

—Eso son celos.

—Eso son matemáticas.

—Lo mismo.

Rubén abrió la boca para intervenir, pero en ese instante el suelo dio un pequeño brinco bajo sus pies. Fue apenas un estremecimiento: las hojas de una planta temblaron contra la pared, una cucharita tintineó dentro de un vaso en la cocina y el trompo perdió ligeramente el equilibrio antes de recuperarlo.

Los tres dejaron de hablar.

Desde el interior de la casa llegaba una balada romántica que sonaba en la radio mientras su madre terminaba de preparar la cena. La canción se deformó repentinamente en una ráfaga de estática.

«...interrumpimos la programación para actualizar el reporte del Instituto Geofísico...»

Rubén bajó lentamente el brazo del cronómetro.

«Durante las últimas horas se han registrado microsismos de baja intensidad en distintas regiones del país, algunos de ellos en zonas sin actividad tectónica reciente. Los especialistas investigan además alteraciones inusuales en la presión atmosférica...»

Una descarga de interferencia ahogó la voz del locutor. La radio regresó a la canción durante medio segundo y después se apagó con un pitido agudo.

Chris miró el trompo.

—No vale.

Mónica parpadeó.

—¿Qué?

—El temblor lo desestabilizó. Estaba a punto de romper mi récord. Exijo repetición.

—Claro —dijo Rubén—. Seguro también vas a culpar a las placas tectónicas cuando pierdas.

—Es una causa científicamente comprobable.

—Hace treinta segundos no sabías decir fricción —le recordó Mónica.

—Pero sé reconocer una injusticia.

Chris recogió el trompo, enrolló la cuerda alrededor de la madera con enorme concentración y besó la punta pintada de blanco.

—Vamos, Trompito. Hazlo por tu creador.

—Qué vergüenza —murmuró Mónica.

—Más de cuarenta y cinco segundos —continuó él—. Demuéstrales de qué estás hecho.

Lanzó el trompo con una elegancia completamente innecesaria. El disco fosforescente comenzó a girar furioso sobre las baldosas y los tres iniciaron la cuenta.

—Treinta y nueve... cuarenta... cuarenta y uno...

Chris se inclinó hacia adelante mientras Rubén seguía el tiempo en el Casio.

—Cuarenta y cuatro... cuarenta y cinco...

—¡Cuarenta y seis! ¡Soy el campeón indiscutible del patio! —gritó Chris levantando ambos puños.

—Cuarenta y siete... cuarenta y ocho... —continuó Rubén.

Chris bajó lentamente los brazos. El trompo seguía girando y su velocidad parecía no disminuir.

—Cincuenta —dijo Rubén, ahora sin rastro de burla.

Mónica frunció el ceño. Durante unos segundos ninguno habló, hasta que el leve roce de la punta de madera contra la baldosa desapareció por completo.

El trompo se había elevado apenas unos milímetros, lo suficiente para que una línea de sombra pudiera verse debajo de él. El cordel que Chris aún sostenía entre los dedos comenzó también a levantarse, ondulando en el aire como si hubiera quedado sumergido en agua.

—Yo... yo no hice eso —dijo Chris, mirando primero el trompo y después a sus hermanos.

Rubén se agachó para observar el espacio que había quedado entre la punta y el suelo.

—¿Le pusiste algo?

—¡No!

—¿Imanes?

—¿Imanes contra qué? ¡El piso es de baldosa!

Mónica dejó el cuaderno sobre el escalón y se levantó.

—No lo toquen.

Su voz había perdido el tono burlón. Los tres permanecieron inmóviles, observando aquel objeto que, unos segundos antes, no era más que parte de un juego infantil.

Entonces una voz profunda y lejana atravesó el silencio.

«Guardiana Estelar... ¿dónde estás?»

Mónica se estremeció y el lápiz escapó de sus dedos, pero en lugar de caer descendió lentamente, girando sobre sí mismo como una hoja atrapada en una corriente invisible. Tardó varios segundos en recorrer la corta distancia hasta el suelo.

Mónica sintió que se le helaban las manos.

—¿Escucharon eso?

Rubén levantó la cabeza.

—¿Escuchar qué?

—Una voz.

Chris continuaba mirando el trompo.

—Yo no escuché nada.

—Dijo algo.

—Debe ser la radio —respondió Rubén, aunque la radio seguía apagada—. O alguna casa vecina.

Mónica miró hacia la cocina.

—No venía de afuera.

En ese momento, el trompo perdió altura y golpeó la baldosa. Chris dio un salto para atraparlo antes de que saliera rodando y comenzó a examinarlo por todos lados.

—Bueno... siempre les dije que mi diseño era especial.

—Hace un momento dijiste que no habías hecho nada —le recordó Mónica.

—Una cosa no contradice la otra.

—Acabas de ver tu trompo flotando.

—Exactamente. Récord mundial.

Desde la cocina llegó la voz de su madre.

—¡Niños! Guarden sus cosas, terminen las tareas y lávense las manos. La cena ya casi está.

El aroma del guiso llenaba la casa. Rubén guardó el cronómetro y se dirigió hacia el interior.

—¿Todavía necesitas ayuda con Historia? —le preguntó a Chris.

—Sí. Tú me ayudas. Mónica pierde la paciencia cuando no entiendo algo después de que me lo explica catorce veces.

—Porque después de catorce veces ya deberías entenderlo.

Chris recogió la cuerda del trompo y miró hacia su hermana.

—¿Vienes o vas a quedarte ahí esperando a que el lápiz vuelva a levitar?

—Ya voy.

Mónica permaneció unos segundos más en el patio y se agachó para recoger el lápiz. En cuanto sus dedos tocaron la madera, volvió a escuchar aquella voz. Esta vez no parecía venir del aire, sino de algún lugar detrás de sus costillas.

«Guardiana Estelar... te estamos buscando.»

Mónica retiró la mano de golpe y dejó el lápiz sobre la baldosa.

A la mañana siguiente, nadie hablaba de otra cosa.

Los microsismos habían continuado durante la noche. Algunos canales de televisión aseguraban que no representaban peligro, mientras otros mostraban mapas llenos de pequeños puntos rojos y expertos que discutían explicaciones cada vez más contradictorias.

En el colegio, varias luces parpadearon durante la primera hora y dos salones quedaron sin electricidad. Después comenzaron las cosas difíciles de explicar.

Durante la clase de educación física, uno de los balones de baloncesto rebotó contra el suelo y salió disparado hacia arriba hasta golpear una viga del techo. El siguiente hizo exactamente lo mismo y un tercero quedó atrapado entre dos láminas varios metros por encima de las cabezas de los alumnos.

El profesor de deportes observó el techo, luego los balones y finalmente a sus estudiantes.

—¿Quién fue el gracioso que hizo esto?

Nadie respondió.

—¿Los llenaron con helio?

Varias risas nerviosas recorrieron el gimnasio.

—Esto no tiene ninguna gracia. El responsable limpiará las canchas durante un mes.

Mónica no se rio. Miraba el balón inmóvil junto al techo y pensaba en un trompo verde y morado flotando sobre las baldosas de su casa. También pensaba en aquella voz, que durante el resto de las clases no volvió a escuchar. Eso, por alguna razón, la inquietó todavía más.

Las clases terminaron antes de lo normal debido a los cortes de electricidad. De camino a casa, Rubén y Chris decidieron atravesar el parque mientras Mónica caminaba detrás de ellos, todavía intentando encontrar una explicación que tuviera sentido.

Rubén saltó sobre una banca y cayó al otro lado, pero enseguida se detuvo y miró hacia atrás.

—Un momento.

Volvió a intentarlo. Tomó impulso, saltó nuevamente y permaneció suspendido una fracción de segundo más de lo debido antes de aterrizar casi dos metros más lejos.

Chris abrió la boca.

—Hazlo otra vez.

—No hice nada.

—Claro que hiciste algo. Parecías astronauta.

Rubén regresó hasta la banca y repitió el salto. No llegó tan lejos como antes, pero volvió a caer con una lentitud extraña, como si algo hubiera reducido su peso durante unos segundos.

Chris sonrió.

—Quítense.

—No empieces —  Mónica.

—Miren y aprendan.

Tomó varios pasos hacia atrás, corrió hasta la cuneta y saltó con todas sus fuerzas. En ese preciso instante, un nuevo microsismo recorrió el parque y, para Chris, la gravedad hizo exactamente lo contrario.

Su cuerpo se volvió repentinamente pesado, como si alguien hubiera colgado una mochila llena de piedras de sus hombros. Apenas logró despegar unos centímetros antes de caer de bruces contra el césped.

Rubén soltó una carcajada.

—¡Jajajajaja! ¿Eso era?

Chris levantó la cara cubierta de tierra.

—Algo me empujó.

—Sí. Tus dos panes del almuerzo.

—No tiene gracia.

—Un poquito sí.

—Cállate.

Mónica miró hacia las ramas de los árboles, que todavía temblaban.

—Ya dejen de jugar. Estos temblores no son normales, y tampoco lo de los balones. Vámonos a casa.

Chris se sacudió el pantalón.

—A mí me preocupa más haber ganado veinte kilos durante medio segundo.

—Eso fueron los panes —insistió Rubén.

—Te voy a empujar.

—Inténtalo, gravedad extrema.

Mónica comenzó a caminar sin esperarlos.

—Si no vienen ahora, le cuento a mamá quién rompió la lámpara de la sala la semana pasada.

Rubén y Chris dejaron de discutir.

—Eso fue un accidente —dijeron ambos casi al mismo tiempo.

Al entrar a casa encontraron una nota escrita a mano sobre la mesa del comedor. Mónica reconoció inmediatamente la letra de su madre.

Chicos:

Hoy me tocó doblar turno en la fábrica. Por favor, pórtense bien.

Chris, deja que Mónica te explique lo de matemáticas.

Rubén, no prendan el televisor hasta terminar el proyecto de Biología.

La cena quedó lista en la estufa.

Los quiero mucho.

Mamá.

Chris terminó de leer y dejó la nota sobre la mesa.

—Bueno... antes de las tareas, ¿qué tal si repetimos el torneo?

Mónica y Rubén lo miraron al mismo tiempo.

—¿Qué?

—Mi victoria de ayer quedó empañada por circunstancias sobrenaturales.

—Hace un minuto estabas preocupado porque la gravedad intentó enterrarte —dijo Mónica.

—Una cosa no tiene nada que ver con la otra.

El piso volvió a temblar suavemente y esta vez nadie hizo bromas. Los tres permanecieron quietos hasta que la vibración desapareció.

Rubén fue el primero en moverse.

—Hagamos las tareas rápido. Si terminamos temprano alcanzamos Dragon Ball Z.

Chris tomó sus libros.

—Y después revancha.

—Tu victoria de ayer no cuenta —respondió Rubén—. Estoy casi seguro de que el químico del corrector alteró la madera.

Chris lo miró horrorizado.

—Eso no tiene ningún sentido.

—Mira quién habla.

Mónica dejó escapar una pequeña sonrisa y llevó la nota de su madre hasta la nevera, sujetándola con un imán antes de seguir a sus hermanos.

Durante casi una hora, la casa volvió a parecer normal. Hubo lápices, cuadernos abiertos, discusiones sobre fracciones, una regla desaparecida que Chris juraba que Rubén había escondido y tres viajes a la cocina para comprobar cuánto faltaba para la cena.

Cuando terminaron, se acomodaron frente al televisor de tubo. Chris se sentó en el suelo, Rubén ocupó un extremo del sofá y Mónica se quedó con el control remoto.

—¡Oye! —protestó Chris.

—Soy la mayor.

—Esa ley te la inventaste tú.

La música de la serie apenas había comenzado cuando la imagen desapareció y una placa roja ocupó la pantalla.

ÚLTIMA HORA

Chris dejó caer los hombros.

—No puede ser.

La presentadora apareció segundos después con una expresión que hizo desaparecer cualquier protesta.

«El Observatorio Nacional acaba de confirmar una anomalía astronómica sin precedentes. Los cálculos orbitales registrados durante las últimas horas ya no coinciden con la posición observable de la Luna.»

Rubén se incorporó mientras en la pantalla aparecían diagramas del Sol y la Luna.

«Como consecuencia de esta desviación, se producirá un eclipse solar parcial que no estaba contemplado en ninguna predicción astronómica. El fenómeno será visible desde gran parte del país. Las autoridades solicitan mantener la calma y recuerdan a la población que no debe observarse el Sol directamente.»

Los tres permanecieron en silencio mientras las imágenes cambiaban entre observatorios, mapas y científicos hablando frente a cámaras.

Rubén negó lentamente con la cabeza.

—Eso es imposible.

Chris lo miró.

—Está pasando en televisión.

—No digo que no esté pasando. Digo que no puede pasar. Los eclipses se pueden calcular con años de anticipación. La Luna no cambia de trayectoria porque sí.

Chris se levantó de un salto.

—¡La caja!

—¿Qué caja?

—La de zapatos. En la escuela nos enseñaron a mirar eclipses con una caja de cartón y papel aluminio.

Corrió hacia la cocina y Rubén fue detrás de él.

—No puedes mirar directamente por un hueco.

—¡Ya sé!

—La última vez dijiste eso y casi incendias una hoja con una lupa.

—Era un experimento.

—Era la tarea de Mónica.

Desde la sala, ella apenas los escuchaba. Se había acercado a la ventana y observaba cómo la tarde comenzaba a cambiar. El azul del cielo se oscurecía mucho antes de la hora prevista, un tono violeta se extendía sobre los tejados y las sombras de los árboles parecían alargarse más de lo normal.

Entonces algo cruzó el firmamento.

Un destello rojo, seguido de otro y luego otro más.

Mónica acercó la frente al vidrio. Parecían estrellas fugaces, aunque todavía era de día. Sintió una presión extraña en el pecho.

«Guardiana Estelar... ¿dónde estás?»

Mónica se apartó de la ventana. La voz había regresado, más clara y mucho más cercana.

—¿Chicos?

Desde la cocina llegó el ruido de unas tijeras cortando cartón.

—¿Qué? —respondió Rubén.

—¿En serio no escuchan eso?

Hubo un segundo de silencio.

—¿Otra vez la voz? —preguntó Chris.

Mónica tardó un instante en responder.

—Sí.

—Pregúntale si sabe cómo simplificar fracciones.

Rubén soltó una carcajada.

—Chris...

—¿Qué? A lo mejor es la física que viene a regañarla.

—Son unos idiotas —murmuró Mónica.

Chris apareció en la sala sosteniendo orgullosamente una caja de zapatos con un pequeño cuadrado de papel aluminio pegado en un extremo. En uno de los lados había colocado un sticker de Dragon Ball Z.

Rubén señaló el dibujo.

—Eso era completamente innecesario.

—Los stickers nunca sobran.

—No mejora la caja.

—La hace más rápida.

Mónica lo miró.

—Es una caja.

—Exactamente.

La luz de la casa disminuyó y los tres voltearon hacia la ventana. Una penumbra gris violácea comenzaba a extenderse por el barrio y aquella tarde ya no se parecía a ninguna otra.

Chris apretó la caja contra el pecho.

—Tenemos que ir al parque.

—Solo a la cancha —dijo Mónica—. Y ninguno mira directamente hacia arriba.

—Sí, mamá.

—No me digas mamá.

—Sí, segunda mamá.

Mónica tomó las llaves que siempre dejaba junto al teléfono y abrió la puerta.

—Vamos antes de que oscurezca del todo.

Los tres salieron. En varias casas los vecinos comenzaban a asomarse a las ventanas, mientras algunas personas ocupaban las aceras y miraban el cielo a través de vidrios oscuros, cámaras o improvisados visores de cartón.

Chris caminaba hacia atrás explicándole a Rubén por qué su caja era claramente superior a cualquier otra del vecindario cuando Mónica se detuvo y miró las llaves que llevaba en la mano.

—Chris.

—¿Qué?

—Cuando fuiste por la caja, ¿cerraste la puerta de atrás?

Chris dejó de caminar.

—Sí.

Mónica lo observó.

—Creo.

—Chris.

—La empujé.

—Eso no significa que la cerraste.

Rubén señaló hacia el parque.

—Nosotros vamos adelantando. Tú tienes las llaves.

Mónica suspiró. Era exactamente el tipo de respuesta que esperaba.

—Vayan a la cancha. Los alcanzo.

—Te guardamos sitio —dijo Chris.

—Y no miren al Sol.

—¡Sí, segunda mamá!

—¡Chris!

Los dos salieron corriendo antes de que pudiera responder.

Mónica regresó hacia la casa y, al apoyar la mano sobre la puerta principal, la tierra volvió a estremecerse. Esta vez el movimiento fue distinto, más profundo. La vibración subió desde el suelo por sus zapatos y recorrió todo su cuerpo.

«Guardiana Estelar...»

Mónica giró la cabeza.

La voz ya no estaba dentro de ella.

Venía de la casa.

Del patio trasero.

Introdujo la llave en la cerradura y abrió despacio.

—¿Hola?

La sala estaba vacía. El televisor seguía encendido sin volumen, mostrando imágenes del eclipse mientras la luz exterior continuaba apagándose.

—¿Hay alguien ahí?

Mónica cruzó el comedor y encontró la puerta trasera entreabierta.

Chris.

Claro que no la había cerrado.

Avanzó hasta ella y la empujó. El patio parecía otro lugar: la sombra del eclipse había borrado casi por completo los colores y las baldosas, las plantas y las paredes estaban cubiertas por una tenue luz violácea.

Entonces escuchó la voz.

Ya no era un susurro.

—Te necesitamos.

Mónica contuvo la respiración.

—¿Quién está ahí?

No hubo respuesta.

El suelo tembló dos veces bajo sus pies y Mónica retrocedió justo cuando la última franja de luz desaparecía detrás de la Luna.

El cielo se oscureció.

En medio del firmamento apareció un punto rojo.

Mónica levantó lentamente la mirada. El punto comenzó a crecer y comprendió que aquello no podía ser una estrella, o al menos ninguna estrella que ella conociera podía moverse así. Descendía cada vez más rápido, más brillante y más cercano, mientras una luz carmesí comenzaba a reflejarse sobre las ventanas, las paredes y las baldosas del patio.

Mónica intentó dar un paso atrás, pero sus piernas no respondieron.

La estrella descendió en picada, atravesó el cielo sobre la casa y cayó directamente hacia ella.

Mónica cerró los ojos.

No hubo explosión ni fuego.

Solo una columna de luz roja que inundó el patio y la envolvió por completo.

Y, desde algún lugar dentro de aquel resplandor, la voz pronunció finalmente:

«Guardiana Estelar... te he encontrado.»

 

Capítulo 2

El visitante de las estrellas


El resplandor rojo desapareció tan rápido como había llegado. Durante unos segundos, pequeñas chispas doradas quedaron suspendidas sobre el patio, flotando entre las plantas como luciérnagas mecánicas, hasta que comenzaron a extinguirse una tras otra.

Mónica abrió los ojos lentamente. Esperaba encontrar un cráter. Quizá una maceta destruida. Tal vez media casa incendiada. Pero el patio seguía exactamente donde debía estar.

Bueno... casi.

En el centro de las baldosas había un objeto que definitivamente no pertenecía allí. Mónica miró hacia la cocina, después hacia la puerta del patio y finalmente otra vez hacia el extraño artefacto. Nadie parecía haber entrado. Tampoco había escuchado caer nada. Aun así, frente a ella descansaba una especie de brújula metálica de tonos dorados, rodeada por varias puntas rojizas que vibraban suavemente como si intentaran decidir hacia dónde señalar. Se acercó con cautela y la levantó.

—Esto es una brújula —murmuró—. De eso estoy segura. Al menos quería estarlo.

En las clases de matemáticas avanzadas le habían enseñado muchas cosas: patrones, ángulos, proporciones, ecuaciones. Ninguna explicaba por qué una brújula acababa de caer del cielo durante un eclipse. Le dio la vuelta. La parte posterior estaba cubierta por pequeñas figuras geométricas talladas en el metal. Mónica frunció el ceño. Había algo extraño en ellas. No era solamente que estuvieran desordenadas; era que tres de las puntas rompían por completo la simetría del diseño. Eso le molestó de inmediato.

—No... así no va.

Giró una de ellas, pero nada ocurrió. Movió una segunda y después la tercera, probando distintas posiciones hasta que las líneas comenzaron a encajar entre sí. Los símbolos se reorganizaron poco a poco, formando un patrón mucho más limpio. Mónica sonrió apenas.

—Mucho mejor.

Entonces la brújula vibró entre sus dedos. Las figuras grabadas comenzaron a emitir una débil luz rojiza. Mónica estuvo a punto de soltarla, pero algo dentro de su cabeza cambió antes de que pudiera hacerlo. Los símbolos seguían siendo completamente desconocidos y, sin embargo, dejaron de parecerle incomprensibles. Primero escuchó sonidos. Después sílabas. Finalmente, una palabra apareció con absoluta claridad en su mente: Kakkab.

—¡Ese soy yo!

Mónica dio un salto.

—¡¿Qué?!

—¡Sabía que mi brújula no me fallaría! Bueno... técnicamente sí me falló varias veces, pero esta vez no. ¡Por fin te encontré, Guardiana!

La brújula se le escapó de las manos.

—¡NOOOOO!

Un destello carmesí atravesó la cocina. Algo había estado encima de la nevera. Mónica apenas alcanzó a verlo cuando una luz roja salió disparada por el aire, cruzó la puerta y se lanzó hacia el patio. Un instante después, un niño apareció arrodillado frente a ella con ambas manos extendidas. La brújula quedó suspendida a pocos milímetros de las baldosas.

—Ay, estrellas benditas...

El pequeño la atrapó y se incorporó de inmediato, revisándola por todas partes.

—Está bien. Está bien. No se rompió. Nadie tiene que enterarse.

Mónica lo observó con la boca entreabierta. Parecía tener más o menos su misma edad. Llevaba una túnica azul tan profunda que parecía confeccionada con un pedazo del cielo nocturno. Sobre la tela parpadeaban diminutos puntos luminosos y, cuando se movía, algunas constelaciones parecían desplazarse con él. Su piel era color canela, tenía grandes ojos oscuros donde todavía se reflejaba el eclipse y el cabello castaño formaba rizos tan ordenados que Mónica sospechó, por un segundo, que también obedecían alguna fórmula matemática. En uno de sus hombros llevaba un broche dorado con una estrella de ocho puntas.

El niño limpió cuidadosamente la brújula con la manga.

—Debes tener más cuidado, Guardiana. Esta brújula me la dio Anu para cumplir mi misión y ya está bastante convencido de que pierdo todo. —Señaló la parte posterior del artefacto—. ¿Ves eso?

—¿Tu nombre?

—¡Exactamente! Lo hizo grabar ahí. Como si yo fuera un niño que necesita escribir su nombre en sus cosas.

Mónica lo miró de arriba abajo.

—Eres un niño.

El pequeño levantó la cabeza lentamente.

—Tengo más de cinco mil años.

Mónica parpadeó.

—Ah.

—¡Eso mismo digo yo! Pero para Anu sigo siendo “el pequeño Kakkab”. “Kakkab, guarda bien tu brújula”. “Kakkab, no cruces una tormenta estelar sin avisar”. “Kakkab, come tus vegetales”. —Hizo una mueca—. ¿Sabes lo que es comer lechuga venusiana durante cinco mil años?

—No.

—Exactamente. Nadie lo sabe. Porque nadie debería tener que hacerlo.

Mónica continuó mirándolo sin encontrar una sola respuesta apropiada. Kakkab suspiró, guardó la brújula contra el pecho y, como si acabara de recordar algo importantísimo, abrió mucho los ojos.

—¡Pero te encontré! —Se acercó a ella con una sonrisa triunfal—. La gravedad de este cuadrante intentó desviarme hacia el océano, una nube de meteoritos me hizo perder dos constelaciones y terminé encima de esa cosa blanca de la cocina...

—La nevera.

—Eso. Pero llegué. Saludos, Guardiana Estelar.

Mónica permaneció inmóvil. Kakkab esperó. Ella no respondió. El niño ladeó la cabeza.

—Guardiana...

Nada.

—¿Estás despierta? —Se acercó un poco más—. ¿Los humanos de este hemisferio duermen con los ojos abiertos?

Le tocó la mejilla tres veces con un dedo. Mónica reaccionó de golpe.

—¡AAAAAAAH!

Kakkab saltó hacia atrás.

—¡No grites!

—¡¿QUIÉN ERES?!

—¡Kakkab! ¡Te lo acabo de decir!

—¡No sé quién es Kakkab!

—Yo.

—¡Ya sé que tú eres Kakkab! ¡Quiero saber qué haces en mi casa!

—Buscarte.

—¡¿Por qué?!

—Porque eres la Guardiana Estelar.

—¡Yo no soy ninguna guardiana! ¡Soy Mónica!

Kakkab abrió la boca, dispuesto a responder, pero se detuvo. Miró la brújula, después a ella y finalmente volvió a señalar los símbolos grabados.

—Leíste mi nombre.

—No sé cómo.

—Precisamente.

—Eso no explica nada.

—Explica bastante.

—No para mí.

El pequeño frunció los labios.

—Bueno... solo la Guardiana Estelar puede comprender esos símbolos sin conocer nuestra lengua.

Mónica se llevó una mano a la frente.

—Esto es un sueño.

Kakkab pareció considerarlo seriamente.

—Puedo pellizcarte. —Acercó dos dedos.

—¡Ni se te ocurra!

—Era una propuesta científica.

—¡No necesito que me pellizques! Necesito que me expliques qué está pasando.

—Sí. Claro. Bueno, para empezar...

La brújula comenzó a vibrar. Kakkab bajó la mirada. Los bordes del instrumento emitieron varios destellos rojos.

—Oh, no.

Mónica cerró los ojos un segundo.

—¿Qué pasa ahora?

El niño alzó lentamente la vista hacia el cielo. El eclipse continuaba avanzando sobre ellos y la luz del patio adquiría nuevamente aquel tono carmesí imposible.

—No tenemos tiempo.

—¿Tiempo para qué?

—La explicación tendrá que esperar. El Vórtice Estelar también te encontró.

—¿El qué?

Una pequeña luz cruzó el firmamento. Mónica apenas tuvo tiempo de levantar la cabeza antes de que el destello descendiera hacia la casa, iluminara las plantas del patio y se detuviera justo entre ambos. Allí quedó flotando.

Era un collar plateado, brillante como una estrella, con un dije formado por cristales rojos. Cada piedra estaba tallada con una precisión extraordinaria: ángulos perfectos, facetas idénticas, líneas que se encontraban siguiendo una simetría tan impecable que Mónica olvidó durante un instante que había un niño de cinco mil años en su patio hablando de lechugas venusianas. Se acercó.

—Es... perfecto.

Kakkab sonrió.

—¿Verdad que sí? Nunca me canso de verlo.

—¿Qué es?

—El Vórtice Estelar.

—Eso ya lo dijiste.

—Y ahora sabes cómo se llama.

—Sigo sin saber qué es.

—Es tuyo.

Mónica lo miró.

—No.

—Sí.

—No puede ser mío. Acaba de caer del cielo.

—Precisamente por eso.

El collar descendió lentamente hasta quedar frente a sus manos.

—Tómalo —dijo Kakkab—. Te estaba esperando.

Mónica no se movió.

—¿Esperándome desde cuándo?

El niño hizo una pausa.

—Desde que naciste.

Ella levantó la mirada. Kakkab había dejado de sonreír.

—Las estrellas se alinearon y escribieron tu llamado mucho antes de que pudieras comprenderlo. Este momento tenía que llegar algún día... solo que no debía llegar tan pronto. —Se rascó la nuca—. Eso es parte del problema.

La luz alrededor comenzó a cambiar. El eclipse estaba terminando. Kakkab lo notó inmediatamente.

—No, no, no... ya se está cerrando.

—¿Qué cosa?

—El camino. —Miró hacia el cielo y después nuevamente a Mónica—. El eclipse abrió el portal que me permitió llegar hasta aquí. Cuando termine, debo regresar.

—¿Regresar adónde?

—Babilonia.

Mónica abrió aún más los ojos.

—¿Babilonia?

—Todo está fuera de control. Los jardines están siendo arrastrados por las alteraciones de gravedad, las estrellas se están desplazando y Marduk apenas consigue mantener las constelaciones en posición. Si pierdo el camino, no podré volver.

—Espera. ¿Marduk? ¿Gravedad? ¿Esto tiene que ver con los temblores? ¿Y con los balones pegados al techo? ¿Y por qué yo? ¿Qué tengo que hacer? ¿Quién eres realmente? ¿Quién es Anu?

Kakkab retrocedió un paso mientras ella disparaba cada pregunta más rápido que la anterior.

—Muchas preguntas.

—¡Claro que tengo muchas preguntas!

—Y todas excelentes.

—¡Respóndelas!

—Cuando llegues a Babilonia.

—¡¿CUANDO QUÉ?!

Un borde de su túnica comenzó a volverse transparente. Kakkab miró sus propias manos.

—Debes escucharme.

La alegría infantil había desaparecido de su rostro. Mónica dejó de hablar.

—Cuando estés lista, colócate el Vórtice Estelar alrededor del cuello. Después pronuncia las palabras que despertarán su poder.

—¿Qué palabras?

Kakkab la miró directamente a los ojos.

—Traza el orden, detén el caos.

El sol comenzaba a recuperar su brillo sobre el patio.

—Repítelo.

—Kakkab...

—Por favor.

Mónica vio entonces algo que hasta ese momento no había querido reconocer. El pequeño tenía miedo. No estaba jugando. No había llegado desde algún rincón absurdo del universo solamente para hacer bromas sobre su brújula. Detrás de sus palabras había algo enorme, algo capaz de alterar la gravedad, mover las estrellas y hacer temblar la tierra bajo sus pies.

Mónica extendió las manos. El collar descendió sobre sus palmas. Estaba helado.

—Traza el orden, detén el caos —repitió.

Kakkab sonrió. El alivio en su rostro duró apenas un instante.

—Sabía que eras tú.

Su cuerpo se convirtió en una silueta dorada y después en un haz de luz que ascendió hacia el cielo. La estela atravesó las últimas sombras del eclipse hasta desaparecer entre las nubes.

El patio quedó en silencio. Mónica sostuvo el collar entre las manos mientras intentaba entender qué acababa de ocurrir. Entonces el suelo volvió a temblar.

No supo cuánto tiempo permaneció allí antes de escuchar pasos acercándose desde la cocina.

—¿Qué haces parada en medio del patio como una estatua? —preguntó Chris al aparecer acompañado de Rubén—. ¿Estás escuchando voces en tu cabeza?

Mónica giró lentamente hacia ellos.

—Te perdiste el eclipse —añadió Rubén—. Estuvo genial. Los Jiménez también llevaron una caja proyectora, pero la de Chris funcionó mejor.

Chris levantó la barbilla con orgullo.

—Te lo dije. El sticker de Dragon Ball Z mejoraba la proyección de los rayos AB.

Incluso después de todo lo que acababa de vivir, Mónica no pudo evitar corregirlo.

—UV.

—Eso dije.

—Dijiste AB.

—Es prácticamente lo mismo.

—No tiene absolutamente nada que ver.

Chris hizo un gesto con la mano.

—Detalles científicos.

Rubén soltó una carcajada.

—¿Y tú por qué regresaste? —preguntó—. Todos estaban en la cancha.

—Sí —añadió Chris—. ¡Tenías que ver mi caja proyectora superpoderosa! Por cierto, dejaste abierta la puerta del patio.

Mónica apretó el collar entre los dedos. Chris la observó con atención.

—Mónica... —Ella no respondió—. Moni... —Nada—. Segunda mamá...

Mónica reaccionó inmediatamente.

—Ya te dije que no me llames segunda mamá.

Chris sonrió.

—Funcionó.

Rubén señaló el collar.

—¿Y eso?

Mónica bajó la mirada. Durante varios segundos consideró contarles la verdad. Una brújula había caído del cielo. Un niño de cinco mil años había aparecido encima de la nevera. Babilonia estaba perdiendo sus jardines por culpa de alteraciones gravitacionales. Las estrellas se estaban moviendo. Y ella, aparentemente, era una Guardiana Estelar.

Sí. Sonaba perfectamente razonable.

—Me lo encontré en el andén —dijo.

Rubén cruzó los brazos.

—¿Un collar así?

—Sí.

—¿Y después entraste y te quedaste parada mirando al cielo?

—Quería ver el eclipse.

—Sin caja protectora.

Mónica tardó demasiado en responder. Chris abrió mucho los ojos.

—¿Te quedaste ciega?

—No.

—¿Segura? ¿Cuántos dedos ves? —Se acercó agitando ambas manos frente a ella.

Mónica le puso la palma sobre la frente para mantenerlo a distancia.

—Veo suficientes para saber que sigues siendo igual de tonto.

—Perfecto. Visión intacta.

Rubén estaba a punto de decir algo cuando el suelo volvió a vibrar. Esta vez fue diferente. Una sacudida profunda recorrió las baldosas y las ventanas de la cocina temblaron dentro de sus marcos. Los tres hermanos dejaron de sonreír. Rubén miró hacia el suelo.

—Ese fue más fuerte.

Nadie discutió.

Horas después, tras la cena, los tres estaban reunidos frente al televisor viendo la novela de la noche. Chris ocupaba demasiado espacio en el sofá, Rubén intentaba quitárselo empujándolo con el pie y Mónica fingía prestar atención mientras tocaba de vez en cuando el collar que había terminado colocándose alrededor del cuello. En la cocina, su madre organizaba algunas cosas antes de irse a dormir.

Mónica esperó hasta que sus hermanos comenzaron a discutir por el control remoto y se acercó a ella.

—Mamá.

—¿Qué pasó?

Mónica sacó el collar de debajo de la camiseta.

—Mira lo que encontré hoy.

Su madre dejó lo que estaba haciendo y tomó el dije entre los dedos. Durante unos segundos permaneció observándolo. Su expresión cambió. No exactamente de sorpresa; era algo más difícil de reconocer.

—Qué bonito...

—¿Te gusta?

—Sí. —La mujer acarició uno de los cristales con el pulgar—. Cuando era niña también tuve algo que me gustaba mucho.

Mónica esperó. Su madre frunció ligeramente el ceño, como si intentara alcanzar un recuerdo que se encontraba demasiado lejos.

—Era... bonito.

—¿Qué era?

—No sé. —Sonrió con cierta vergüenza—. Qué extraño. Creí que lo recordaba.

Antes de que Mónica pudiera preguntar algo más, la voz grave de un presentador interrumpió la novela.

—¡Shhh! —gritó Rubén desde la sala—. Pusieron una noticia.

La pantalla cambió abruptamente.

«ÚLTIMA HORA: varias ciudades costeras se encuentran en alerta roja debido al aumento repentino del nivel del mar. Se han registrado inundaciones severas y los constantes movimientos sísmicos comienzan a afectar edificaciones, carreteras y redes eléctricas en distintos puntos del país.»

Mónica se acercó lentamente a la sala. En la televisión aparecieron imágenes de calles inundadas, postes caídos y personas abandonando algunos edificios. La presentadora continuó:

«Además, tras la culminación del eclipse, se han registrado lluvias de meteoros visibles a simple vista desde distintas latitudes. Expertos intentan determinar si estos fenómenos guardan alguna relación entre sí.»

Chris miró la pantalla.

—Este es exactamente el momento en que Goku debería aparecer y salvar el planeta.

Rubén le dio un golpe suave en la nuca.

—¿Cuántas veces tengo que decirte que Dragon Ball Z no es real? Los superhéroes no exis...

La luz se apagó. El televisor desapareció. La casa quedó completamente a oscuras. Durante un segundo nadie habló. Desde afuera comenzaron a escucharse voces de vecinos y puertas abriéndose. Todo el barrio había perdido la electricidad.

—¿Alguien sabe dónde están las velas? —preguntó su madre desde la cocina. Intentaba sonar tranquila, pero no lo consiguió del todo—. Chris, tú las usaste para ese experimento de quemar crayolas. ¿Dónde las dejaste?

—En el puesto, mami. Yo las busco.

—Ven conmigo.

Una nueva vibración recorrió la casa.

—Muchachos —dijo ella—, vayan a sus habitaciones. Les llevo una vela en un momento.

Los tres se levantaron. La tierra volvió a estremecerse. Esta vez la sacudida fue tan fuerte que Mónica tuvo que sujetarse de la pared. Algo cayó en la cocina y se rompió. Rubén agarró a Chris por el brazo antes de que perdiera el equilibrio.

—¡Mamá! —gritó Mónica.

—¡Estoy bien! ¡Vayan a sus cuartos!

Mónica llevó instintivamente una mano al pecho. El Vórtice Estelar vibraba. Recordó los ojos de Kakkab: Todo está fuera de control.

Corrió hacia su habitación. Apenas entró, se acercó a la ventana. El cielo estaba cubierto por una lluvia de luces carmesíes y doradas. Decenas de estrellas parecían atravesar la noche dejando largas estelas sobre los tejados. Era hermoso. Terriblemente hermoso.

El suelo volvió a moverse. Las paredes crujieron. Las ventanas comenzaron a golpear con tanta fuerza que Mónica retrocedió. Entonces escuchó la voz de su madre desde el pasillo. Ya no había calma en ella.

—¡Muchachos! ¡Todos debajo de las camas!

Otra sacudida hizo temblar la casa entera. Mónica cerró los ojos. Sujetó el cristal rojo que descansaba contra su pecho. Pensó en Babilonia. En Kakkab. En los jardines cayendo. En las estrellas fuera de lugar. En todo aquello que no comprendía y que, sin embargo, estaba ocurriendo frente a ella.

El mundo se había convertido en un problema imposible de resolver. Pero algo dentro de Mónica sabía que todo problema tenía un orden. Solo había que encontrarlo.

Apretó el Vórtice Estelar entre sus dedos y pronunció las palabras que había intentado memorizar desde el instante en que las escuchó:

—Traza el orden, detén el caos.


Un niño y un hombre barbudo en una biblioteca frente a un portal rosa brillante entre las estanterías.

Capítulo 3

Las leyes quebradas de Babilonia


El mundo no se destruyó con un estallido, sino que se desarmó en geometría.

En el instante en que Mónica pronunció la última sílaba de la frase, las paredes texturizadas de su habitación perdieron su solidez. Las esquinas del techo, que siempre formaban ángulos perfectos de noventa grados, comenzaron a estirarse hasta convertirse en líneas imposibles que parecían prolongarse hacia el infinito. El suelo desapareció bajo sus pies y Mónica cayó.

No fue una caída libre común. Se sintió como deslizarse por el interior de un caleidoscopio tridimensional gigantesco, donde el espacio estaba compuesto por líneas de luz carmesí y violeta que se cruzaban formando fractales perfectos. A su alrededor viajaban objetos cotidianos atrapados en órbitas extrañamente precisas: el lápiz de madera que había perdido aquella tarde en el patio, una hoja arrancada de su cuaderno de matemáticas cubierta de fracciones y, girando a una velocidad ridícula, el trompo fosforescente de Chris.

Mónica intentó gritar, pero hasta el sonido pareció haber olvidado sus propias reglas. Su voz se quebró en diferentes tonos y salió despedida en varias direcciones, como si la acústica también obedeciera a una ecuación rota.

—¡¿Rubén?! ¡¿Chris?! ¡¿Mamá?!

Estiró las manos hacia la nada, pero las líneas de luz se cerraron a su alrededor y todo desapareció en un parpadeo cegador.

El viaje terminó con un golpe seco.

Mónica abrió los ojos y el estómago se le dio la vuelta. Estaba suspendida boca abajo a varios metros del suelo, aunque no sentía nada sujetándola. Su cabello apuntaba hacia una dirección, el dije de cristales rojos hacia otra y algunas gotas de agua flotaban a su alrededor como pequeñas esferas transparentes.

Intentó moverse. Su cuerpo giró lentamente en el aire.

—Esto no tiene ningún sentido...

Alzó la mirada hacia lo que creyó que debía ser el cielo y sintió un vacío en el pecho. Frente a ella se elevaba una construcción que parecía imposible incluso antes de comenzar a derrumbarse.

Terrazas monumentales de piedra azul ascendían unas sobre otras, cubiertas por árboles, flores y plantas que colgaban desde enormes jardines suspendidos sobre la ciudad. Columnas grabadas con leones y toros alados sostenían plataformas enteras; canales de piedra serpenteaban entre la vegetación y transportaban agua hacia los niveles superiores.

Mónica los reconoció sin saber cómo podía ser posible: los Jardines Colgantes de Babilonia.

Pero no había majestuosidad en ellos; había pánico.

Una terraza completa descendió varios metros con un estruendo antes de detenerse bruscamente en el aire. Algunas columnas se hundían mientras otras parecían perder peso y elevarse. El agua subía por ciertos canales, descendía por otros y, en algunos puntos, se desprendía de la piedra para quedar suspendida en el aire antes de caer hacia arriba.

Mónica apenas tuvo tiempo de procesarlo. La gravedad regresó de golpe y su cuerpo cayó al vacío.

—¡Ah!

Impactó contra el suelo de piedra con las rodillas y las manos. El golpe le arrancó el aire de los pulmones, pero se incorporó rápidamente cuando una enorme cornisa tallada se desprendió detrás de ella y se estrelló donde había estado flotando segundos antes.

Corrió. Apenas podía distinguir qué partes del camino eran seguras. Las baldosas se inclinaban bajo sus pies, chorros descontrolados atravesaban las terrazas y una hilera de columnas comenzó a hundirse una tras otra como si la tierra estuviera tragándoselas.

Entonces miró al cielo y se detuvo.

El firmamento parecía un mapa astronómico desquiciado. Las estrellas seguían brillando, pero ya no permanecían en su lugar. Las líneas imaginarias que parecían unirlas se estiraban, se torcían y cambiaban de posición delante de sus ojos. Algunas constelaciones se comprimían hasta formar grupos imposibles, mientras otras se separaban hasta perder cualquier figura reconocible.

Mónica sintió una incomodidad casi física. Nada estaba donde debía estar.

Un estruendo sacudió los jardines. Las baldosas comenzaron a abrirse delante de ella, formando una grieta que atravesó la terraza de extremo a extremo. Mónica retrocedió y corrió hacia la estructura más sólida que encontró: un gran salón abierto sostenido por pilares de ladrillo esmaltado, varios de ellos fracturados en sus extremos superiores.

Se deslizó detrás de la base de uno y trató de recuperar el aliento. Fue entonces cuando escuchó voces.

—¡Ya te lo dije, Marduk! ¡Conseguí cruzar antes de que el portal del eclipse se cerrara!

Mónica se asomó. En medio del salón, Kakkab caminaba de un lado a otro con la brújula dorada entre las manos. El pequeño de la túnica cubierta de estrellas movía frenéticamente uno de sus tornillos mientras observaba la aguja, que giraba sin encontrar una dirección estable.

Junto a él había alguien más. Mónica olvidó durante un instante el temblor de sus piernas.

Un hombre enorme estaba arrodillado sobre el suelo agrietado. Sus vestiduras de hilos dorados estaban cubiertas de polvo y su corona descansaba ladeada sobre la cabeza, pero incluso en aquella posición emanaba una solemnidad antigua que hacía parecer diminuto todo cuanto lo rodeaba.

Sus manos sostenían dos gruesos lazos de luz. Las cuerdas ascendían desde sus puños y desaparecían entre las columnas abiertas del techo, extendiéndose hacia el firmamento. Cada vez que una cedía unos centímetros, los músculos de sus brazos se tensaban y las estrellas cambiaban violentamente de posición.

Mónica comprendió que aquellas cuerdas no estaban sujetando una puerta ni una estructura. Estaban sujetando algo mucho mayor.

—Le entregué el Vórtice Estelar —continuó Kakkab—. La encontré exactamente donde indicaban las coordenadas.

El hombre apretó los dientes. Una lluvia de chispas doradas cayó de sus manos.

—Entonces las estrellas no se equivocaron —respondió Marduk con esfuerzo—. Cuando las Tablas del Destino llegaron a nuestras manos, los caminos de los Guardianes de la Llama quedaron escritos entre las constelaciones. Si el Vórtice abandonó su órbita para buscarla, debemos confiar en ellas.

Kakkab levantó la mirada hacia el cielo alterado.

—¡Pero las constelaciones ya no están donde deberían estar!

Uno de los lazos se deslizó entre los dedos de Marduk. El cielo entero pareció dar un salto. El dios soltó un gruñido y tiró con todas sus fuerzas hasta devolverlo a su posición.

—Por eso debemos sostenerlas mientras podamos.

Otra terraza descendió fuera del salón. El impacto hizo crujir los pilares y una lluvia de pequeños azulejos azules cayó desde los muros.

Kakkab miró a su alrededor.

—Los jardines también están perdiendo su equilibrio. Si siguen descendiendo...

—Lo sé.

La voz de Marduk bastó para detenerlo. Por un instante solo se escucharon los canales desbordados y el crujido de la piedra.

Mónica llevó una mano al dije que colgaba de su cuello. Su mente estaba acostumbrada a buscar respuestas entre números, fórmulas y problemas escritos en un tablero. Allí, en cambio, tenía delante un dios sosteniendo el cielo, jardines flotando sobre una ciudad antigua y un universo que parecía haber decidido desobedecer todas sus propias reglas.

No había ningún libro donde pudiera buscar la solución.

Una sección del suelo se inclinó repentinamente. Mónica perdió el equilibrio y cayó hacia un costado.

Kakkab se giró. Sus ojos se iluminaron.

—¡Marduk! ¡Es ella!

Corrió hasta Mónica y le ofreció la mano.

—Debes tener cuidado, Guardiana. La gravedad en los jardines nunca funciona exactamente igual que abajo, pero esto... —miró una maceta que acababa de elevarse varios metros antes de estrellarse contra una pared—. Bueno. Esto definitivamente no es normal.

Mónica aceptó su mano y consiguió ponerse de pie.

—Kakkab... no sé qué hago aquí. Solo sentí que debía encontrarte. Algo dentro de mí decía que podía ayudar, pero... —miró a Marduk. El dios seguía luchando contra los lazos luminosos—. Creo que se equivocó.

Kakkab frunció el ceño.

—¿Quién?

—Lo que sea que me haya enviado.

Marduk abrió los ojos y observó a la niña.

—Ninguno de nosotros estaba preparado para esto, Guardiana.

Uno de los pilares del salón se desplazó lentamente varios centímetros hacia un lado, aunque su base permaneció inmóvil. Marduk continuó:

—Durante mucho tiempo creímos que Anzú había abandonado su deseo de recuperar las Tablas del Destino. Ahora sabemos que solo estaba esperando.

Mónica miró hacia el cielo.

—¿Esperando qué?

El rostro del dios se endureció.

—No lo sabemos. Pero algo está ocurriendo con el Arca y con el Sello que contiene a la Niebla. Cuando comenzaron las alteraciones, tus estrellas brillaron con una fuerza que no habíamos visto antes. Después, el Vórtice abandonó su lugar.

Kakkab levantó orgullosamente la brújula.

—Y yo lo seguí.

Mónica lo miró. El pequeño sonrió.

—Hasta tu casa.

Ella parpadeó.

—Sí. Eso ya lo sé.

La sonrisa de Kakkab disminuyó un poco.

—Esperaba una reacción más emocionante.

—Estoy intentando entender por qué un dios está sosteniendo el cielo con dos cuerdas mientras unos jardines flotantes se caen.

—Ah. Sí. Supongo que tienes razón.

Mónica volvió a mirar su collar.

—De todas formas, no creo ser tan especial como para devolverle el orden al universo.

Un sonido metálico y profundo atravesó los jardines. No fue un temblor. Fue algo peor.

Una gigantesca estructura en forma de espiral, construida entre varios niveles de las terrazas, dio un tirón violento. Engranajes de piedra comenzaron a girar en direcciones opuestas y uno de los soportes superiores se desprendió.

Kakkab perdió el color del rostro.

—Oh, no.

Mónica siguió su mirada.

—¿Qué pasa?

—La Gran Espiral. —El mecanismo volvió a sacudirse—. ¡Se está desplomando!

La parte inferior de la estructura se hundió en uno de los canales y el agua del Éufrates comenzó a entrar con una fuerza brutal. En cuestión de segundos, una corriente atravesó el piso inferior de los jardines.

—¡Kakkab! —gritó Marduk—. ¡Lleva a la Guardiana arriba!

El pequeño dio un paso hacia él.

—¿Y tú?

—¡Yo no puedo soltar esto! —Uno de los lazos se tensó violentamente y arrancó nuevas chispas de sus manos—. ¡Rápido!

Kakkab sujetó a Mónica.

—Vamos.

Subieron por una escalera lateral mientras el agua invadía el salón. Mónica miró hacia atrás justo antes de llegar a la terraza superior: Marduk seguía arrodillado en el mismo lugar, pero el agua ya le llegaba a las piernas.

—Tenemos que ayudarlo.

Kakkab continuó avanzando.

—Eso intento.

—¿Por qué no suelta las cuerdas?

—Porque no son cuerdas.

—Ya me había dado cuenta.

Kakkab señaló el cielo sin detenerse.

—Los pilares del cosmos están cediendo. Marduk los mantiene unidos a las constelaciones mientras recuperan su posición. Si los suelta ahora, no sé exactamente qué pasaría.

Mónica esperó.

—¿Y?

Kakkab tragó saliva.

—Nada bueno.

Llegaron a otra terraza. Debajo de ellos, el agua continuaba entrando. La Gran Espiral giraba sin control, elevándola desde las zonas inferiores y repartiéndola por los canales rotos.

Mónica se acercó al borde. El mecanismo le resultó extrañamente familiar: una enorme hélice recorría el interior de un cilindro inclinado. Al girar, transportaba agua desde la parte baja hasta los niveles superiores.

—Parece un tornillo de Arquímedes...

Kakkab la miró confundido.

—¿Un qué?

—Nada. —Mónica siguió la trayectoria del torrente—. ¿Por dónde entra?

—Por abajo.

—¿Solo por abajo?

—Sí.

—¿Y mientras la Espiral siga girando, seguirá llevando agua hacia arriba?

—Ese es su trabajo.

Mónica observó el nivel inferior. El agua alcanzaba ya la cintura de Marduk.

—Entonces ese es el problema.

Kakkab miró el mecanismo.

—Sí. La Gran Espiral está dañada.

—No exactamente. —Mónica siguió con la vista el movimiento de las hélices—. Está funcionando.

Kakkab parpadeó.

—¿Eso no sería bueno?

—No cuando está llevando agua directamente hacia un lugar que se está inundando.

Una nueva corriente atravesó el salón inferior y golpeó a Marduk. El dios cerró los ojos, pero no soltó los lazos.

Mónica recorrió los jardines con la mirada. En lo alto de la última terraza vio un panel rectangular de piedra esmaltada. Decenas de pequeños azulejos cubrían su superficie y, desde la distancia, parecían formar una espiral.

El mecanismo dio otro tirón y algunos azulejos del panel se desplazaron. La Gran Espiral aumentó inmediatamente su velocidad.

Mónica señaló:

—¡Ahí!

Kakkab siguió la dirección de su dedo.

—¡El panel de los jardineros!

—¿Controla la Espiral?

—Creo que sí.

Mónica lo miró.

—¿Crees?

—No soy jardinero.

El agua golpeó nuevamente los pilares inferiores. Marduk ya la tenía casi a la altura del pecho.

—¡Tenemos que llegar!

Kakkab se agachó frente a ella.

—Sujétate.

—¿Qué?

—A mi espalda. Puedo llegar hasta arriba mucho más rápido que tú.

Mónica dudó apenas un segundo antes de rodearle los hombros con los brazos.

—No me dejes caer.

—Jamás dejaría caer a una Guardiana. —Kakkab miró hacia la terraza superior—. Además, llegaremos tan rápido como un cometa sin órbita.

Mónica frunció el ceño. El pequeño la miró de reojo.

—Ese fue un mal chiste, ¿verdad?

—Horrible.

—Lo suponía.

Kakkab saltó.

El aire golpeó el rostro de Mónica. Las terrazas se transformaron en manchas azules y verdes mientras ascendían. Durante unos segundos, la velocidad del pequeño astro-guardián pareció ignorar por completo las alteraciones de gravedad.

Entonces el camino cambió.

Las baldosas de las terrazas comenzaron a deslizarse unas contra otras. Filas enteras de azulejos abandonaron sus posiciones y recorrieron los senderos como fichas arrastradas por una fuerza invisible.

Kakkab intentó aterrizar, pero el suelo se desplazó debajo de ellos. Resbaló.

Mónica sintió que su cuerpo se inclinaba hacia el vacío. Kakkab alcanzó a agarrarla de una mano mientras con la otra se aferraba al borde de la terraza. Por debajo de sus pies no había nada.

—¡Kakkab!

El pequeño apretó los dientes. Intentó elevarse, pero apenas consiguió mover el cuerpo unos centímetros.

—No puedo activar mi poder estelar.

Mónica miró hacia abajo. El vacío entre las terrazas parecía interminable.

—¿Qué hacemos?

Kakkab levantó la vista hacia el panel. Estaba apenas unos metros por encima de ellos.

—Tú vas a llegar.

—¿Cómo?

Kakkab balanceó el brazo de Mónica.

—Confía en mí.

—Kakkab, espera...

El pequeño reunió todas sus fuerzas y la lanzó.

Mónica salió despedida. Golpeó el borde de la terraza superior con el pecho, clavó los dedos entre dos baldosas y consiguió arrastrarse hasta quedar completamente sobre la superficie.

Se giró de inmediato. Kakkab seguía colgando.

—¡Espera! ¡Voy a buscar algo!

—¡No! —Los dedos del pequeño temblaron—. ¡Ve al panel! ¡Marduk no tiene tiempo!

Mónica dudó. Miró hacia abajo: el agua ya rozaba los hombros del dios. Volvió a mirar a Kakkab.

—¡No te sueltes!

—Excelente consejo.

Mónica corrió. Llegó hasta el panel y pasó las manos sobre los azulejos. Estaban cubiertos por símbolos profundamente grabados, formas que nunca había visto y que no se parecían a ninguna escritura que pudiera reconocer.

Los tocó. Nada.

Recordó la brújula de Kakkab. Cuando había leído su nombre, las letras parecieron revelarle su significado de manera natural. Pero aquellas piedras permanecían mudas.

—¡Kakkab! —Su voz atravesó las terrazas—. ¡No puedo leer esto!

El pequeño alzó la cabeza desde el borde.

—¡Yo tampoco!

Mónica se quedó inmóvil.

—¡¿Entonces para qué me mandaste aquí?!

—¡Porque tú tienes el Vórtice!

Mónica llevó instintivamente una mano al collar. Kakkab continuó:

—¡Actívalo! ¡Solo la Guardiana puede hacerlo!

Mónica bajó la mirada hacia los cristales rojos. No sabía qué ocurriría; no sabía siquiera si estaba pronunciando correctamente las palabras que habían aparecido en su mente desde que recibió aquella reliquia. Pero allá abajo Marduk comenzaba a desaparecer bajo el agua y Kakkab apenas podía sostenerse.

Cerró los ojos.

—Traza el orden, detén el caos.

El Vórtice Estelar respondió. Una espiral de luz roja brotó del dije y ascendió alrededor de Mónica. La envolvió desde los pies hasta la cabeza, girando cada vez más rápido hasta convertirla en una silueta luminosa.

Cuando el resplandor desapareció, Mónica abrió los ojos.

Unas gafas de cristal esférico cubrían sus ojos y se extendían hasta sus oídos. Sobre el pecho llevaba un arnés ajustado con pequeños compartimentos, una linterna y varios bolsillos vacíos; sobre uno de sus hombros descansaba una esfera metálica cubierta de delicados grabados.

Durante un instante no pudo moverse. El mundo se había llenado de información: pequeñas líneas aparecían sobre aquello que observaba. Distancias, ángulos, velocidad, dirección del viento, intensidad de los sonidos y variaciones en la inclinación de las superficies.

Mónica giró la cabeza. Las gafas respondieron.

Observó una columna: Altura. Inclinación. Probabilidad de caída. Miró el agua: Velocidad. Dirección. Nivel de ascenso. Miró hacia el cielo y la cantidad de datos se multiplicó hasta hacerle doler la cabeza.

—¡Guardiana! —La voz de Kakkab la devolvió a la terraza—. ¡No tenemos tiempo!

Mónica respiró profundamente. No necesitaba mirar todo; solo el problema.

Se volvió hacia el panel. Los símbolos continuaban allí, pero las gafas ya no los mostraban como figuras desconocidas. Sobre cada uno aparecía un valor.

Mónica abrió los ojos. Eran números. No porque la reliquia le estuviera mostrando una respuesta: los números simplemente estaban allí, y ahora podía leerlos.

Varias fichas habían abandonado su posición y seguían desplazándose lentamente. Mónica observó la distribución completa, buscando una relación entre ellas:

Uno. Uno. Dos. Tres. Cinco. Ocho. Trece...

Su respiración se aceleró.

—Conozco esto.

Había visto aquel patrón en clase: cada número era la suma de los dos anteriores.

Mónica comenzó a mover los azulejos. Colocó el primero, después el siguiente: 1, 1, 2, 3, 5, 8, 13...

A medida que recuperaban su lugar, las fichas comenzaron a formar una espiral perfecta sobre el panel. Con cada pieza corregida, la velocidad de la Gran Espiral disminuía.

Mónica trabajó cada vez más rápido. El agua dejó de entrar con tanta violencia. Otra pieza. Otro número. La hélice redujo su velocidad.

Mónica colocó el último azulejo. El panel emitió un sonido profundo. La Gran Espiral recuperó un giro uniforme y los canales dejaron de desbordarse.

Mónica soltó el aire.

—Lo hice.

Corrió hacia el borde.

—¡Kakkab! ¡Funcionó!

Entonces miró abajo y su sonrisa desapareció.

El agua continuaba llenando el salón. Más despacio, sí, pero continuaba allí. Marduk apenas conseguía mantener la cabeza por encima de la superficie.

Mónica volvió a observar el mecanismo. Había corregido el sistema y la Espiral funcionaba exactamente como debía... y ese era el problema.

—No es suficiente.

Kakkab respiraba con dificultad.

—¿Qué?

—¡No basta con detener la entrada! ¡Tenemos que sacar el agua que ya está dentro!

El pequeño intentó acomodar los dedos sobre el borde.

—Guardiana... quisiera ayudarte... —Una de sus manos resbaló.

Mónica dio un paso hacia él.

—¡Kakkab!

—Pero creo que... —La otra mano perdió el agarre—. ...ya no puedo.

Kakkab cayó.

—¡NO!

Mónica corrió hacia el borde, pero el pequeño desapareció entre las terrazas antes de que pudiera alcanzarlo. El corazón le golpeó el pecho. Durante un instante quiso correr detrás de él, buscar otra escalera, lanzarse, hacer cualquier cosa.

Entonces escuchó el agua.

Marduk. Kakkab. La Espiral. Todo dependía del mismo problema.

Mónica regresó al panel. Tocó los bordes de sus gafas y obligó a su mente a concentrarse.

—Piensa, Mónica. Piensa.

Observó el mecanismo. La espiral estaba perfectamente ordenada, las gafas mostraban cada pieza en su posición correcta y la Gran Espiral giraba con absoluta precisión. Pero el agua seguía acumulada.

Mónica recorrió las cifras una y otra vez. Nada estaba mal.

Entonces dejó de buscar el error. Tal vez no necesitaba corregirlo; tal vez necesitaba cambiar la regla.

Miró nuevamente la Gran Espiral y siguió con los ojos el movimiento de la hélice. Si aquel mecanismo podía subir agua... también debía poder bajarla.

Mónica regresó al centro del panel. Allí había un azulejo diferente. El relieve grabado sobre su superficie seguía la dirección de la espiral y señalaba el sentido en que giraba todo el mecanismo.

Mónica abrió mucho los ojos.

—Tengo que invertirlo.

Agarró la pieza e intentó girarla. No se movió. Probó hacia el otro lado: nada. Introdujo los dedos entre los bordes y tiró con todas sus fuerzas, pero el azulejo parecía haberse convertido en parte de la piedra.

—Vamos...

Las gafas mostraron la presión de sus manos. Aumentó la fuerza: nada.

El sonido del agua continuaba ascendiendo desde los niveles inferiores.

Mónica volvió a pasar los dedos alrededor de la pieza. Uno de los bordes sobresalía apenas unos milímetros. Se quedó mirándolo... y entonces recordó el patio de su casa. La voz de Chris. La discusión absurda. Su propia corrección: «Es fricción. No cocción».

Mónica cerró los ojos un instante y, a pesar de todo, sonrió.

—Qué tonto eres, Chris.

Se agachó junto a uno de los canales desbordados y mojó los dedos. Después dejó caer un poco de agua alrededor del borde del azulejo y comenzó a ejercer pequeñas presiones en distintos puntos.

Una esquina cedió. Mónica cambió el ángulo y presionó otra vez. La pieza se movió.

—Eso es.

Volvió a humedecer el borde, afianzó las manos y empujó con todas sus fuerzas.

El azulejo giró. La espiral del panel quedó invertida.

Mónica se quedó inmóvil. Durante un segundo no ocurrió nada. El agua continuó rugiendo debajo de ella.

Dos segundos. Mónica apretó los puños.

Tres.

Desde las profundidades de los jardines llegó un sonido metálico tan grave que hizo vibrar las terrazas.

La Gran Espiral se detuvo... y comenzó a girar en sentido contrario.

El agua cambió de dirección. Los canales temblaron cuando el enorme mecanismo empezó a succionarla desde los niveles inundados y a devolverla hacia el río con una fuerza creciente.

Mónica permaneció frente al panel, respirando con dificultad, mientras las gafas mostraban cómo el nivel del agua comenzaba finalmente a descender.

Esta vez no había devuelto el mecanismo a su orden.

Había encontrado uno nuevo.


Capítulo 4

El peso de las estrellas caídas


El agua no había terminado de drenarse por completo cuando Mónica volvió a ponerse en movimiento. Los últimos hilos del Éufrates corrían todavía entre las grietas de las terrazas, arrastrando barro, hojas y fragmentos de piedra hacia la Gran Espiral, pero esperar a que todo terminara de secarse era un lujo que ya no podían permitirse.

A su alrededor, los majestuosos Jardines Colgantes habían dejado de parecer un paraíso suspendido sobre Babilonia. Los árboles inclinados, las raíces expuestas y las columnas cubiertas de lodo componían ahora un paisaje de ruinas húmedas, atravesado por corrientes que descendían desde las terrazas superiores como pequeñas cascadas improvisadas.

Las gafas del Vórtice Estelar parpadearon sobre sus ojos. Hasta ese momento, Mónica había pensado en ellas simplemente como unas gafas mágicas capaces de mostrar números, trayectorias y advertencias. Ahora, mientras una red de líneas rojizas recorría la superficie de las lentes y analizaba cada rincón de los jardines, comprendió que aquello era algo mucho más complejo.

En el borde inferior del visor apareció una inscripción:

V.O.R.T.E.X.

Visual Overlay for Reconnaissance, Telemetry, Evaluation and eXtrapolation.

Mónica frunció ligeramente el ceño.

—Vortex... —murmuró—. Mucho mejor.

La Visión Estelar respondió de inmediato.

[SISTEMA V.O.R.T.E.X.: ESCANEO DE EMERGENCIA]

PELIGRO DE INUNDACIÓN: Controlado.

ESTABILIDAD ESTRUCTURAL: 38%.

DESCENSO AL NIVEL INFERIOR: 30 metros.

RUTA SEGURA: Ala oeste.

SUPERFICIE: Barro y escombros.

IMPULSO REQUERIDO: 15 km/h.

PROBABILIDAD DE ÉXITO: 94%.

Una línea roja apareció sobre las baldosas, señalando una pendiente de piedra azul cubierta de lodo. Mónica no dudó. Se lanzó sobre la rampa y dejó que la gravedad hiciera el resto. Las suelas resbalaron sobre el barro mientras descendía entre raíces partidas y restos de vegetación. El aire húmedo golpeó su rostro y, durante unos segundos, no escuchó otra cosa que el agua corriendo bajo ella y el crujido de las estructuras dañadas.

Al llegar al nivel inferior, la Visión Estelar emitió un destello de advertencia.

[SISTEMA V.O.R.T.E.X.: SEÑAL DE ENERGÍA MÍTICA DETECTADA]

La lectura aparecía y desaparecía. Débil. Demasiado débil.

—Kakkab...

Mónica levantó la mirada y lo vio.

El pequeño astro-guardián estaba atrapado entre las raíces retorcidas de un sauce flotante que la inundación había arrancado de la tercera terraza. Parte de su cuerpo permanecía hundido bajo el lodo, y las constelaciones bordadas sobre su túnica azul parpadeaban con una luz irregular que parecía apagarse poco a poco.

—¡Kakkab!

Corrió hacia él, cayó de rodillas y comenzó a apartar las ramas con ambas manos. El barro se pegó a sus brazos y a su ropa, pero apenas lo sintió. Tiró del pequeño hasta sacarlo de entre las raíces y lo llevó sobre una zona de baldosas que todavía permanecía firme.

Kakkab no reaccionó. Mónica le tocó el rostro.

—Vamos... despierta.

Nada.

La Visión Estelar desplegó otra lectura.

[SISTEMA V.O.R.T.E.X.: ESCANEO BIOMÉTRICO]

OBJETIVO: Kakkab.

ESTADO: Inconsciente.

RESPIRACIÓN: No detectada.

PULSO: Indeterminado.

TEMPERATURA: Descendiendo.

ENERGÍA MÍTICA: 15%.

ACCIÓN REQUERIDA: REANIMACIÓN.

Un escalofrío le recorrió la espalda. Durante un instante desaparecieron los Jardines, Babilonia y el cielo roto. Mónica volvió a estar en el patio de su casa, viendo a Rubén arrodillado frente a una almohada vieja mientras Chris, sentado a su lado, protestaba porque llevaba veinte minutos haciendo compresiones sobre un cojín.

Rubén había aparecido aquella tarde con un manual de campamento escolar bajo el brazo y la convicción absoluta de que algún día aquello podría salvarles la vida.

«Treinta compresiones por dos insuflaciones. Si te pones nerviosa, cuenta en voz alta. El ritmo es lo único que importa».

Mónica colocó las manos sobre el pecho de Kakkab.

—Uno... dos... tres...

Presionó manteniendo el ritmo.

—Cuatro... cinco... seis...

La lectura de energía mítica descendió otro punto.

—No.

Continuó. No pensó en si lo estaba haciendo perfectamente ni en si las gafas podían medir todas las diferencias entre un niño mortal y un astro-guardián de cinco mil años. Solo siguió el ritmo que Rubén había hecho que memorizaran a ella y a Chris hasta el cansancio.

Cuando terminó el primer ciclo, inclinó la cabeza de Kakkab y volvió a intentarlo.

—Vamos, estrella... no te atrevas a hacerme esto.

Comenzó una segunda serie de compresiones.

Kakkab dio un respingo violento. Arqueó la espalda, tosió con fuerza y expulsó una bocanada de agua mezclada con barro. Mónica lo giró de lado mientras él seguía tosiendo hasta que, finalmente, abrió los ojos y tomó aire con desesperación. Las constelaciones de su túnica recuperaron un poco de brillo.

Mónica se dejó caer sentada sobre las baldosas, todavía con las manos temblando.

—¡Casi me matas del susto!

Kakkab parpadeó varias veces y se llevó una mano a sus rizos empapados.

—Ay... estrellas benditas... —murmuró con voz ronca—. Creo que me tragué la mitad del río de los mortales.

Mónica lo miró incrédula.

—¿Por qué no nadaste cuando caíste?

El astro-guardián logró incorporarse y comenzó a escurrir su túnica con una indignación casi ofensiva.

—¿Nadar? ¡Soy un astro-guardián del panteón celestial! En Venus el océano está hecho de ácido sulfúrico y nubes de gas. ¡Allí nadie aprende a nadar! Si tocas el agua de mi cuadrante, te evaporas antes de decir "Anu". ¿Cómo iba a saber que el agua de aquí era tan... líquida?

Mónica apretó los labios para no reírse. Habían estado a segundos de una tragedia, pero Kakkab parecía más ofendido por las propiedades físicas del agua que por haber estado a punto de ahogarse.

—Arriba, flotador de Venus.

Le extendió la mano. Kakkab la aceptó con gesto digno.

—Tengo cinco mil años.

—Y casi te ahogas en un charco.

—Era un río.

—Vas a seguir siendo un flotador hasta nuevo aviso.

—No puedes ponerme apodos. Soy una entidad celeste.

—Camina.

Kakkab resopló, pero obedeció.

Mientras regresaban hacia el gran salón, Mónica no dejó de vigilarlo de reojo. Cada vez que tropezaba o se llevaba una mano al pecho, ella reducía la velocidad. Kakkab fingía no darse cuenta, aunque su expresión de fastidio aumentaba cada vez que Mónica comprobaba con las gafas que su energía continuaba recuperándose.

Algo había cambiado entre los dos. No hacía falta decirlo. Mónica simplemente había decidido que aquel pequeño astro insoportable no volvería a desaparecer bajo el lodo mientras ella pudiera evitarlo.

Al llegar al salón principal, un chasquido magnético resonó entre los pilares de azulejos esmaltados. Marduk continuaba de rodillas. Sus brazos, cubiertos de hilos dorados, sostenían todavía los dos lazos de luz que ascendían desde sus manos hacia el firmamento roto. Cada vez que tiraba de ellos, las estructuras de los Jardines temblaban y las estrellas respondían con un destello rígido, como si el dios estuviera intentando mantener el cielo sujeto a la tierra por pura fuerza.

Detrás de él, en uno de los grandes muros azules, varias criaturas sagradas permanecían inmóviles entre los relieves. Mónica apenas reparó en ellas hasta que la Visión Estelar marcó una anomalía.

[SISTEMA V.O.R.T.E.X.: ESTRUCTURA DE PORTAL DETECTADA]

ANCLA ACTIVA.

ESTABILIDAD: 43%.

Una tenue línea esmeralda recorrió durante un instante las escamas de un dragón-serpiente tallado sobre la pared y desapareció entre las grietas. Mónica levantó ligeramente las gafas. La criatura seguía inmóvil. Pensó que quizá solo era otra reacción de la magia de Babilonia y volvió la atención hacia Marduk.

Una gota de sudor brillante recorrió la mejilla del dios y se perdió entre los mechones de su barba.

—Sabía que las estrellas no se equivocarían... y que su fuerza reposaba en ti, Guardiana —dijo, con una voz que seguía siendo majestuosa a pesar del cansancio—. Pero el caos es un veneno que se extiende con rapidez. Debes llevar las Tablas del Destino ante Enlil. Solo él posee la autoridad para restaurar el orden que Anzú ha quebrado.

Marduk tensó los brazos. En lo alto del firmamento, la constelación del Toro del Cielo se encendió con una luz dorada y volvió lentamente a su posición. Durante unos segundos permaneció estable.

Luego, una línea brillante atravesó la oscuridad.

Mónica siguió el destello con la mirada. Parecía una estrella fugaz, una de esas que los humanos contemplaban durante segundos antes de pedir un deseo.

Marduk no sonrió.

—Las flechas de Ninurta...

Otra luz dorada cruzó el cielo.

—La batalla en El Esharra ha comenzado.

Mónica dio un paso hacia él.

—¿Allí están las Tablas del Destino?

—Allí está Anzú.

Kakkab se adelantó, todavía mojado y cubierto de barro.

—Entonces vamos para allá. Ese gatito con plumas no va a salirse con la suya.

Mónica giró lentamente la cabeza.

—Tú vas a caminar detrás de mí.

—¿Qué?

—Casi te ahogas.

—Ya hablamos de eso.

—No, tú hablaste. Yo decidí.

Kakkab abrió la boca para protestar, pero Marduk continuó.

—Solo existe un camino hacia El Esharra, y atraviesa los dominios de Enlil. Yo no puedo abandonar este lugar mientras el firmamento siga fracturado.

Kakkab frunció el ceño y comenzó a contar con los dedos.

—Para llegar al Ekur tendríamos que cruzar los Jardines, atravesar el Bosque de los Cedros Sagrados, caminar sobre las arenas de El Tiamat y todavía realizar un salto entre dimensiones. Yo soy extremadamente veloz, pero incluso así tomaría eones.

Hizo una pausa dramática.

—Y para alguien que ha comido lechuga venusiana durante cinco mil años, créeme que sé exactamente cuánto dura una eternidad.

Mónica ajustó las gafas.

—Tiene que haber un atajo.

Kakkab dio un pequeño salto.

—¡El portal babilónico!

Mónica recordó la lectura que había aparecido en el muro.

—¿La criatura de la pared?

El entusiasmo de Kakkab se desvaneció un poco.

—Mashjushu.

Marduk bajó la mirada. Durante un instante pareció aún más cansado.

—Mi heraldo.

Mónica volvió a observar el relieve. La criatura permanecía enroscada alrededor del marco de piedra, inmóvil entre los azulejos azules.

—¿Él mantiene abierto el portal?

—Desde que comenzaron las fracturas —respondió Marduk—. Sus escamas guardan el mapa de los caminos de Babilonia y su cuerpo sostiene el ancla que conecta este mundo con los dominios de Enlil.

La Visión Estelar reaccionó.

[SISTEMA V.O.R.T.E.X.: ANCLA DE PORTAL]

ESTABILIDAD: 39%.

SOBRECARGA: CRÍTICA.

Marduk apretó los dientes cuando otra sacudida recorrió los Jardines.

—Si Mashjushu abandona el muro, esta entrada comenzará a colapsar. Podrá llevarlos hasta el Ekur, pero si no logran detener a Anzú antes de que la estructura ceda, quizá no exista un camino por el cual regresar.

Mónica miró las ruinas, después el firmamento y finalmente a Marduk.

—Estamos hablando del destino del cosmos. Si no detenemos esto, no quedará ningún mundo al cual regresar.

Kakkab se volvió hacia ella. Mónica sostuvo su mirada.

—Vamos a volver.

No pidió una probabilidad. No consultó las gafas. Simplemente lo dijo.

En ese instante, una segunda luz dorada apareció en el cénit. No cruzó el cielo como la anterior.

Estalló.

Miles de chispas se dispersaron sobre Babilonia como una lluvia de estrellas. Mónica contempló el espectáculo durante un segundo.

Marduk cerró los ojos.

—Ninurta está cayendo.

Las cuerdas celestiales vibraron entre sus manos.

—Sus flechas no están logrando detener a Anzú.

Abrió los ojos y miró directamente a Mónica.

—Guardiana... eres la última defensa.

Marduk tomó aire y emitió un silbido agudo. Los cristales de la Visión Estelar vibraron. En la pared del fondo, el brillo esmeralda regresó.

Esta vez no desapareció.

Recorrió una a una las escamas del dragón-serpiente, iluminando su largo cuello, sus garras delanteras de león y las extremidades posteriores que emergían entre los relieves babilónicos. La piedra comenzó a resquebrajarse alrededor de su cuerpo mientras Mashjushu se desprendía lentamente del muro.

Mónica retrocedió un paso.

La criatura descendió sobre las baldosas con una elegancia imposible para un ser de aquel tamaño. Sus escamas reflejaron la luz del firmamento roto y, detrás de ella, el marco que había ocupado durante siglos comenzó a agrietarse.

[SISTEMA V.O.R.T.E.X.: ANCLA DE PORTAL LIBERADA]

ESTABILIDAD: 31%.

Mashjushu no miró primero a Mónica.

Fue hacia Marduk.

El dios continuaba sujetando las cuerdas del cielo con ambos brazos, incapaz de moverse de su lugar. El dragón bajó la cabeza y apoyó lentamente la frente contra el hombro de su señor.

Marduk cerró los ojos.

Por unos segundos desaparecieron la guerra, las estrellas y los Jardines destruidos. Solo quedaron un dios agotado y la criatura que había permanecido junto a él mientras el cielo comenzaba a romperse.

Mashjushu emitió un gemido bajo. Marduk intentó mover una mano.

Las cuerdas celestiales se tensaron inmediatamente.

Una parte del firmamento tembló.

El dios volvió a aferrarlas.

No podía abrazarlo.

—Viejo amigo... —susurró.

Mashjushu permaneció junto a él. Marduk inclinó la cabeza hasta apoyar la frente contra una de sus escamas.

—Ve.

La criatura se apartó lentamente. Mónica sintió que Kakkab se quedaba en silencio a su lado.

Mashjushu giró hacia ellos. El resplandor de sus escamas comenzó a intensificarse hasta que su cuerpo entero quedó cubierto por una luz dorada y esmeralda. Las marcas que recorrían su piel se transformaron en líneas, constelaciones y rutas que se extendieron por el aire como un mapa vivo de Babilonia.

Mónica sujetó la mano de Kakkab.

—No te sueltes.

—Tengo cinco mil—

—Kakkab.

—Está bien.

Mashjushu se enroscó alrededor de ambos. El aire se comprimió. Las ruinas de los Jardines se distorsionaron como un reflejo sobre el agua y el portal se abrió frente a ellos en una espiral de luz.

La última imagen que Mónica alcanzó a ver antes de desaparecer fue la de Marduk todavía de rodillas, sujetando con ambas manos los hilos dorados que mantenían unido el firmamento.

Luego el portal los arrastró hacia el Ekur, dejando atrás los Jardines destruidos y a un dios sosteniendo solo el peso del cielo.

Dos viajeros en un jeep resplandeciente por un camino de piedra, con ruinas antiguas y nubes de tormenta a sus espaldas.

Capítulo 5

El quiebre de los decretos divinos


El viaje intercósmico no terminó con una parada, sino con el desgarro violento de la propia geometría. Durante lo que parecieron eones flotantes, las gafas de Mónica —la Visión Estelar— se habían convertido en un festival de lecturas imposibles, incapaces de procesar cómo el espacio se estiraba y comprimía como una banda elástica mientras los cuerpos de Mónica y Kakkab se deformaban en vectores, líneas y figuras abstractas que desafiaban cualquier regla conocida.

El portal no se cerró; se desgranó desde adentro hacia afuera. La luz pareció ralentizarse hasta que la realidad recuperó de golpe su densidad y los arrojó contra las frías baldosas de El Ekur. El mapa vivo que los envolvía quedó suspendido en un último resplandor esmeralda antes de desplomarse sobre el suelo y deshacerse en una lluvia de polvo de estrellas apagadas. Mashjushu desaparecía entre los dedos de Mónica mientras ella todavía intentaba reconocer la forma de sus propias manos, y el llanto ahogado de Kakkab al verlo desvanecerse rebotó con un eco metálico contra las descomunales columnas del templo, que ya no transmitían solemnidad, sino un absoluto abandono.

Al fondo del salón, la figura encorvada de Ninurta se tensó al escuchar aquel sonido. El guerrero, con los ojos empañados por lágrimas que delataban una rabia y una impotencia profundas, interrumpió el lamento que dirigía hacia las alturas, hacia el trono de su padre, y se volvió lentamente hacia los niños.

—No lloren por él... —murmuró, y en el temblor de su voz pesaba un orgullo completamente roto—. Mashjushu no ha muerto. Ha regresado al firmamento, adonde todos volveremos cuando el cielo termine de caer.

Ninurta dio un paso al frente. Sus ojos dorados se entrecerraron con incredulidad al reconocer al pequeño de la túnica azul.

—¿Kakkab? ¿Qué hace un niño como tú en el corazón de El Ekur? Este no es lugar para juegos, pequeño.

—¡Que no soy un niño! —protestó Kakkab, cruzándose de brazos con un mohín tan infantil que desmentía por completo sus palabras—. ¡Tengo cinco mil años, por las estrellas benditas! Soy un astro-guardián oficial del panteón celestial de Anu, no un...

—Kakkab, luego tendrás tiempo para discutir tu edad —lo interrumpió Mónica mientras ajustaba la Visión Estelar y trataba de ordenar los datos que todavía parpadeaban en el visor—. No vinimos por eso. Necesitamos ver a Enlil. Marduk nos envió.

El nombre de su padre hizo que Ninurta se tensara. Se volvió hacia el estrado superior y el corazón de Mónica dio un vuelco al seguir su mirada.

En lo alto del trono, el gran dios Enlil parecía estar perdiendo su propia densidad.

La Visión Estelar parpadeó en rojo al intentar interpretar lo imposible. La base del trono monolítico y los hilos sagrados de las vestiduras de Enlil comenzaban a desgranarse de abajo hacia arriba, transformándose en el mismo polvo esmeralda y dorado que acababa de reclamar a Mashjushu.

Ninurta subió las escaleras corriendo y cayó de rodillas. Extendió una mano temblorosa y apoyó los dedos con infinita suavidad sobre el pecho del dios dormido, pero allí ya no quedaba calor ni rastro del viento primigenio que alguna vez había gobernado el cosmos. Sin las Tablas del Destino bajo su custodia, Enlil estaba perdiendo aquello que le otorgaba un lugar dentro del orden de la creación. Despojado de sus decretos, de su esencia y de su propósito, dejaba de ser el soberano que había gobernado los cielos para convertirse en una estrella más reclamando su lugar en el firmamento.

El proceso se aceleró. Una ráfaga de luz pálida ascendió desde los pies del dios moribundo, iluminando por última vez sus facciones marchitas antes de dispersarse hacia el techo abierto del templo.

En ese mismo instante, una pulsación cálida golpeó el pecho de Mónica. El Vórtice Estelar cobró vida y emitió un destello carmesí tan intenso que atravesó su camisa, proyectando fractales geométricos de luz roja sobre las paredes en ruinas de El Ekur.

Ninurta se giró de golpe. Las lágrimas permanecían inmóviles sobre sus mejillas mientras observaba el resplandor que envolvía a la niña.

—Es... —balbuceó, señalando el pecho de Mónica con una mezcla de temor y reverencia—. ¿Ese es el Vórtice Estelar?

Mónica alzó el dije de cristales rojos para que pudiera verlo.

—Sí. Marduk nos envió. Se quedó en los Jardines Colgantes sosteniendo los pilares del cosmos con la poca fuerza que le queda antes de que todo se derrumbe. Dijo que el único camino hacia El Esharra atraviesa este templo y que Enlil debía indicarnos el paso, pero... —miró los destellos dorados que abandonaban el cuerpo del dios— creo que llegamos tarde.

Desesperada por encontrar otra ruta, presionó dos veces el borde de sus gafas y obligó a la Visión Estelar a escanear el salón.

[SISTEMA V.O.R.T.E.X.: BUSCANDO RUTA DE NAVEGACIÓN]

[ERROR: GEOMETRÍA ESPACIAL INESTABLE]

[COORDENADAS: INDETERMINADAS]

Las líneas rojas parpadearon unos segundos y desaparecieron. Mónica apretó los labios.

—No reconoce el lugar. No hay distancias estables, ni coordenadas, ni una dirección que permanezca igual el tiempo suficiente para calcularla.

Ninurta descendió lentamente del estrado.

—Aquí te fallará constantemente, Guardiana. Con las Tablas lejos de este trono, las leyes de la física y de la magia se han quebrado. Anzú puede reescribir la realidad a su antojo. No existen mapas para llegar hasta él porque el espacio cambia cada vez que lo desea.

Mónica apretó los puños.

—Entonces no buscaremos un mapa. Lo buscaremos a él. Si Anzú es el problema, tenemos que llegar hasta El Esharra antes de que Marduk ya no pueda sostener el cielo.

Kakkab se adelantó, acomodándose el broche de ocho puntas con una valentía exagerada que hizo titilar las constelaciones de su túnica.

—Exactamente. Ese gatito emplumado no sabe lo que le espera. He soportado cinco mil años de lechuga venusiana; por todas las galaxias, esa tortura verde tiene que servir para algo.

Ninurta soltó un suspiro amargo y miró hacia un arco colosal de madera oscura y bronce apoyado contra una de las columnas fracturadas.

—Yo ya intenté detenerlo. Tensé mi arco y disparé las flechas de tormenta forjadas con el rugido de los siete truenos primigenios. Mis saetas atravesaron el viento divino, pero antes de rozar una sola de sus plumas cambiaron de dirección en ángulos imposibles y se perdieron en el firmamento convertidas en madera astillada. Anzú apenas tuvo que mirarme.

Mónica frunció el ceño.

—¿Las Tablas hicieron eso?

—Con ellas puede alterar los decretos del universo. Puede ordenar que el fuego congele, que la gravedad empuje hacia arriba o que un ataque divino jamás alcance su destino. Mientras las Tablas permanezcan en sus garras, él decide qué leyes obedecen y cuáles dejan de existir.

Mónica guardó silencio unos segundos. En lugar de mirar el arco, volvió los ojos hacia Ninurta.

—Espera. ¿Quién es exactamente Anzú?

Kakkab adoptó inmediatamente una expresión de experto celestial.

—El león alado de las tempestades. Nació cuando el cosmos todavía era joven, mucho antes de que los grandes decretos fueran escritos. Su rugido ya atravesaba los cielos cuando las Tablas del Destino todavía no existían.

Ninurta asintió.

—Pertenece a una era primigenia. Las diosas de los vientos del sur se compadecieron de él cuando nació y lo bendijeron con el dominio de sus corrientes. Ese poder no le fue concedido por mi padre ni quedó escrito posteriormente en las Tablas. Es parte de su propia naturaleza.

Mónica dejó de respirar durante un instante.

Las piezas encajaron.

—Entonces las Tablas no crearon ese poder.

Ninurta la miró.

—No.

—Y Anzú ya dominaba los vientos del sur antes de que los decretos de Enlil fueran escritos.

—Así es.

Una chispa se encendió detrás de las lentes de Mónica.

—¿Pueden las Tablas controlar una ley que existía antes que ellas?

Ninurta y Kakkab se quedaron inmóviles.

Mónica sonrió.

—Eso es. Tal vez Anzú pueda cambiar la gravedad, la luz, el espacio o desviar tus flechas porque todas esas reglas están sometidas a los decretos que robó. Pero si su vínculo con los vientos del sur pertenece a un orden anterior, las Tablas no pueden reescribirlo. Su propio poder primigenio quedó fuera del sistema que ahora controla.

Los ojos de Ninurta se abrieron de par en par. Miró el trono donde los últimos granos de luz de Enlil continuaban elevándose y, lentamente, la chispa del trueno regresó a su expresión.

—Tienes razón, Guardiana. El orden de mi padre está cayendo, pero el cosmos primigenio todavía recuerda sus antiguas alianzas.

Tomó su arco.

—Debemos separarnos. Iré a los confines del sur. Conozco a las diosas que gobiernan esos vientos y, aunque son caprichosas y feroces, conseguiré que me escuchen.

El guerrero señaló hacia la parte posterior del estrado.

—Detrás del trono encontrarán una puerta de bronce. Los llevará a la cima de El Ekur. Desde allí podrán localizar la entrada oculta a El Esharra. No se enfrenten a Anzú hasta que yo regrese con el viento.

Kakkab infló el pecho.

—No te preocupes por la Guardiana Estelar. Mis cinco mil años de experiencia galáctica...

Mónica apoyó una mano sobre su hombro.

—No tan rápido, flotador de Venus. Tú vas detrás de mí. No pienso permitir que vuelvas a desaparecer bajo nada que tenga agua, lodo o profundidad.

Kakkab arrugó la nariz.

—¡Yo soy mucho mayor que tú! Por jerarquía celestial debería cuidarte yo.

—Casi te ahogas en el Éufrates.

—Eso fue un accidente hidrológico.

—Detrás de mí.

Kakkab refunfuñó algo incomprensible mientras Ninurta, a pesar de todo, dejaba escapar la sombra de una sonrisa. Luego el guerrero caminó hasta el gran balcón abierto sobre el abismo cósmico y, sin vacilar, saltó.

No cayó.

Su cuerpo se encendió en un destello dorado y se convirtió en una estrella fugaz tan rápida como sus propias flechas de tormenta, atravesando la oscuridad en dirección al sur.

Mónica observó la estela desaparecer y se volvió hacia la pesada puerta de bronce detrás del trono. Apenas avanzó hacia ella cuando un rugido ensordecedor sacudió los cimientos del templo.

Tres gigantescos anillos de piedra emergieron del suelo envueltos en luz cuneiforme y comenzaron a girar unos dentro de otros hasta bloquear por completo la salida. Al mismo tiempo, las baldosas se fracturaron bajo los pies de los niños y se separaron en bloques independientes que quedaron flotando sobre un vacío sin fondo.

—¡Por la corona de Anu! —gritó Kakkab, elevándose involuntariamente unos centímetros—. ¡Nos va a tragar la nada!

Mónica activó la Visión Estelar.

—Menos drama cósmico y más ayuda.

—¡Esto no es drama! ¡El suelo está desapareciendo!

—Precisamente.

El visor comenzó a reconstruir la barrera.

[SISTEMA V.O.R.T.E.X.: ESCANEO DE ANILLOS MÍSTICOS]

[ANILLO EXTERIOR: RECORRIDO ANGULAR 360°]

[ESTRUCTURA: 7 SECTORES DE ALINEACIÓN]

[ANILLO INTERIOR: SECUENCIA INCOMPLETA]

[VALOR DETECTADO: 0,142857142857...]

[COLAPSO ESPACIAL ESTIMADO: 45 SEGUNDOS]

Mónica frunció el ceño. La serie continuaba repitiéndose en el visor.

—Cero coma catorce, veintiocho, cincuenta y siete... vuelve a empezar una y otra vez.

Kakkab la miró con horror.

—¡Te dije que era una maldición infinita!

Otro bloque de piedra se desprendió detrás de ellos y desapareció en el vacío. Kakkab retrocedió del susto y chocó contra Mónica.

—¡Cuidado!

—¡Lo siento! Pero es difícil conservar la elegancia cuando el piso está siendo borrado de la existencia.

Mónica volvió a concentrarse en la cifra. Entonces reconoció el patrón.

—No es infinito porque esté roto. Es un decimal periódico.

Kakkab parpadeó.

—Eso no suena menos aterrador.

—Es un séptimo. Cero coma catorce, veintiocho, cincuenta y siete periódico equivale exactamente a uno dividido entre siete.

Kakkab abrió mucho los ojos.

—¿Dividir el uno? ¡El uno es la unidad del cosmos!

—Sí, Kakkab, y las unidades también se pueden dividir.

—Qué civilización tan peligrosa.

La Visión Estelar volvió a parpadear.

[COLAPSO ESPACIAL ESTIMADO: 20 SEGUNDOS]

Mónica siguió las líneas geométricas que el visor proyectaba sobre los anillos. El círculo exterior formaba una vuelta completa y estaba dividido en siete sectores idénticos. Al fondo del pasillo, siete estatuas de antiguos sabios ocupaban posiciones perfectamente alineadas con aquellas divisiones.

Lo comprendió.

—No tenemos que detener el decimal. Tenemos que completar la unidad.

Kakkab miró los anillos.

—Eso sonó importante, pero sigo sin entender nada.

—El sistema está dividido en siete partes y solo una está activa. Si un séptimo vuelve a reunirse con las siete posiciones del círculo, recuperamos el entero. Mira las estatuas: cada una marca uno de los sectores.

Mónica señaló la última figura.

—El anillo interior está desfasado. Tenemos que alinearlo con la séptima posición.

—¿Y estás completamente segura?

El contador descendió.

[10 SEGUNDOS]

—No.

—¡Mónica!

—¿Tienes otra idea?

Kakkab contempló el vacío que devoraba lentamente el suelo.

—Me gusta muchísimo la tuya.

Ambos corrieron hacia el anillo interior. Las leyes quebradas del templo habían reducido su peso, pero aun así la estructura se resistía. Mónica apoyó las manos contra la piedra y Kakkab hizo lo mismo a su lado.

—¡Ahora!

Empujaron.

El anillo comenzó a girar mientras detrás de ellos las últimas baldosas se desprendían y caían hacia la oscuridad. La sexta estatua pasó frente a la abertura.

Cinco segundos.

Mónica apretó los dientes.

La séptima figura apareció.

—¡Ahí!

Con un último esfuerzo, ambos empujaron hasta hacer encajar el anillo en su posición.

El visor de Mónica cambió inmediatamente.

[SISTEMA V.O.R.T.E.X.: 1/7 × 7 = 1]

[UNIDAD RESTAURADA]

Los caracteres cuneiformes emitieron un destello cegador. Los tres anillos se alinearon con el sonido de un trueno y la luz que los envolvía colapsó hacia el centro antes de desaparecer. La puerta de bronce se abrió de par en par y reveló una escalera que ascendía hacia la cima del templo bajo un cielo roto.

La gravedad regresó de golpe.

Los bloques flotantes cayeron en sus posiciones y Mónica y Kakkab terminaron sentados en el suelo, jadeando.

Durante unos segundos ninguno dijo nada.

Kakkab fue el primero en levantarse. Se sacudió cuidadosamente la túnica, acomodó el broche de ocho puntas y alzó la barbilla con toda la dignidad que consiguió reunir.

—Bueno... es evidente que mi descomunal fuerza mística fue lo que estabilizó el templo. Tus fracciones terrestres fueron un acompañamiento bastante aceptable.

Mónica soltó una risa y se puso de pie.

—Sí, claro, campeón. Cuando encuentres una división entre las constelaciones de Venus me avisas para prestarte mi escudo estelar, no vaya a ser que te asustes.

—Los astro-guardianes no nos asustamos.

Mónica miró el lugar donde minutos antes había desaparecido parte del suelo.

—Claro.

Kakkab decidió no responder.

Frente a ellos, la escalera hacia la cima de El Ekur permanecía abierta. Más allá esperaba El Esharra, y en algún lugar detrás de aquel cielo quebrado, Anzú sostenía entre sus garras las leyes de un universo que ya casi no podía recordar cómo mantenerse en pie.

Mónica ajustó la Visión Estelar y comenzóó a subir.

El enemigo estaba un paso más cerca.


Capítulo 6

El orden que no estaba escrito


Mientras las leyes de la física continuaban desmoronándose en Babilonia, la cima de El Ekur se alzaba ante Mónica y Kakkab como un desafío de piedra, cansancio y vértigo. La escalera de bronce que nacía detrás del trono de Enlil no era eterna, aunque para una niña que llevaba varios cientos de peldaños comenzaba peligrosamente a parecerlo.

Cada escalón estaba grabado con símbolos que Mónica ya no podía reconocer. A través de las lentes de la Visión Estelar, el sistema V.O.R.T.E.X. intentaba desesperadamente calcular una ruta estable, pero los datos parpadeaban con una inestabilidad cada vez más molesta.

[SISTEMA V.O.R.T.E.X.: INFORME DE ASCENSO]

PELDAÑOS RECORRIDOS: 412.
INCLINACIÓN: Variable (45° a 72°).
FUERZA DE GRAVEDAD: 0.6G (Disminuyendo).

—Guardiana... —jadeó Kakkab un par de escalones más abajo, sujetándose la túnica para no pisársela—. Te aseguro que en Venus el transporte interdimensional incluye plataformas de propulsión térmica. Caminar está sumamente sobrevalorado para las entidades celestes.

—Menos quejas y más ritmo, flotador —respondió Mónica sin detenerse mientras ajustaba una de las correas del arnés—. Si la gravedad sigue disminuyendo, vamos a terminar flotando hacia ese cielo roto antes de llegar a la cima.

Kakkab levantó la mirada hacia la interminable escalera.

—En ese caso considero que flotar sería una solución perfectamente razonable.

Mónica no respondió. Sobre ellos, las nubes violáceas se abrían como una herida, revelando un firmamento donde las estrellas parecían deslizarse lentamente fuera de sus posiciones. Algunas descendían como gotas de pintura fresca; otras vibraban en lugares donde no deberían haber existido. El orden del universo continuaba deshaciéndose y, con cada peldaño, Mónica sentía que se acercaban un poco más al lugar donde Anzú aguardaba con las Tablas del Destino.

Muy lejos de allí, en los confines meridionales de la creación, Ninurta no descendió mediante escaleras.

Descendió como fuego.

El dios guerrero rasgó la atmósfera convertido en una ráfaga dorada y golpeó el suelo del Reino de los Vientos del Sur con el estruendo de un trueno confinado. Bajo sus botas no encontró piedra ni tierra firme, sino extensiones de arena negra cristalizada que crujían como vidrio roto. El aire tampoco parecía dispuesto a ser respirado: corrientes calientes y frías chocaban entre sí, columnas invisibles de presión deformaban el horizonte y remolinos térmicos aparecían y desaparecían sin obedecer dirección alguna.

Aquel no era un dominio sometido a las leyes escritas de El Ekur. Había nacido antes de ellas, cuando el viento todavía no necesitaba permiso para decidir hacia dónde soplar.

Ninurta se incorporó y sacudió el polvo oscuro de su armadura. Su arco de bronce emitió unas débiles chispas doradas, pero las corrientes del sur devoraron la energía antes de que pudiera consolidarse.

No hubo bienvenida.

El aire alrededor del dios se volvió espeso y abrasador. Las dunas comenzaron a levantarse lentamente hasta formar tres siluetas gigantescas que oscurecieron el horizonte. No eran diosas coronadas ni soberanas de un palacio. Eran fuerzas antiguas que habían aprendido a tomar forma cuando necesitaban ser escuchadas: las tres hermanas que, mucho antes de que las Tablas del Destino ordenaran los cielos, habían bendecido el soplido de Anzú.

Una ráfaga cargada con la violencia de una tormenta de arena golpeó el pecho de Ninurta y lo obligó a clavar una rodilla en el suelo.

—¿Quién se atreve a entrar en los dominios del viento libre llevando la armadura de El Ekur? —rugió la Hermana Tormenta. Su voz tenía el sonido de miles de piedras chocando unas contra otras.

Ninurta alzó la cabeza. Sabía que sus armas tenían poco valor allí.

—Soy Ninurta, hijo de Enlil —respondió, resistiendo la presión del viento—. Y no he venido a reclamar tributos. El cielo que nos cubre está perdiendo su orden.

Un silbido largo recorrió las dunas.

Las hermanas escuchaban.

Ninurta se puso de pie lentamente. Durante demasiado tiempo había sido el destructor de monstruos, el brazo armado de El Ekur y el hijo de un dios cuyos decretos sostenían buena parte del cosmos. Allí, sin embargo, ninguno de esos títulos parecía impresionar a nadie.

Eso no impidió que recurriera a ellos.

—¡Hermanas del confín meridional! Las Tablas del Destino han sido arrebatadas de las manos de mi padre. Anzú está utilizando su poder para quebrar las leyes que mantienen unido el firmamento. Retiren la gracia que alguna vez le concedieron y unan sus corrientes a mi arco. Debemos restaurar el orden antes de que el caos lo devore todo.

La arena giró.

La Hermana Tormenta tomó una forma más definida dentro de su columna oscura y dejó escapar una carcajada que sacudió el desierto.

—Escúchenlo. El príncipe de El Ekur ha atravesado medio cosmos para ordenarle al viento que vuelva a obedecer. Anzú nació libre mucho antes de que tu padre escribiera sus primeras leyes sobre piedra. Nosotras le entregamos ese soplido porque reconocimos en él algo que los dioses de tus palacios nunca comprendieron: el viento no necesita decretos para existir.

A su lado, una corriente pesada y ardiente recorrió lentamente la arena. La Hermana Seca apareció envuelta en un aire tan caliente que el horizonte pareció marchitarse a su alrededor.

—He visto reinos levantar fronteras y desaparecer bajo la misma arena que pretendían gobernar —dijo con una indiferencia cansada, mucho más antigua que el sarcasmo—. Todos aseguran que su orden será definitivo. Todos terminan convertidos en polvo. No me interesa quién ocupe el trono de El Ekur mientras nadie pretenda decirme hacia dónde debo llevar mi calor.

Hizo una pausa antes de añadir:

—Y Anzú, con esas Tablas entre sus garras, está demostrando algo bastante entretenido: incluso las leyes que parecían eternas pueden romperse.

Entre ambas surgió una corriente mucho más suave. La Hermana Brisa apenas levantó algunos granos de arena mientras rodeaba a Ninurta con curiosidad, rozando las grietas de su armadura y las débiles chispas que todavía escapaban de su arco.

Ninurta comprendió entonces su error.

Las hermanas no ayudaban a Anzú porque las Tablas controlaran sus vientos. Precisamente ocurría lo contrario. Su bendición era anterior a ellas. Lo que celebraban era la posibilidad de un universo donde ni siquiera las demás fuerzas de la creación tuvieran que aceptar límites.

La Tormenta volvió a hablar.

—Si Anzú conserva las Tablas, las leyes de tu padre dejarán de ser fronteras. El cielo podrá moverse. Las estrellas podrán abandonar sus lugares. Los mares podrán subir hasta las nubes si así lo desean. Tal vez entonces el resto de la creación aprenda lo que el viento sabe desde siempre.

—Eso no es libertad —respondió Ninurta—. Es destrucción.

—Para quien necesita paredes, quizás.

Ninurta apretó la mandíbula.

—Hay una niña intentando reparar lo que Anzú está destruyendo.

Las corrientes cambiaron.

La Hermana Tormenta pareció inclinarse hacia él.

—Lo sabemos.

Ninurta tensó los dedos alrededor del arco.

—Una criatura de otro tiempo —continuó ella—. Una niña que contempla el cosmos a través de cristales y pretende encontrar números allí donde solo debería existir movimiento.

La Hermana Seca dejó escapar un soplido lento.

—Dicen que resolvió aquello que los señores de El Ekur no pudieron comprender.

—Ella no quiere encadenar sus vientos —respondió Ninurta—. Quiere impedir que el universo se destruya.

—Eso lo decidirá el viento —sentenció la Tormenta.

Las tres hermanas comenzaron a girar.

Ninurta levantó el arco.

—No se acercarán a ella.

—No pediremos permiso.

El movimiento se aceleró hasta levantar una gigantesca pared de arena negra. Las corrientes se cerraron alrededor de Ninurta formando un cilindro abrasador donde el simún y el siroco parecían haberse fundido en una única fuerza. El aire comprimido golpeó su armadura y convirtió cada respiración en un esfuerzo.

Las hermanas se alejaron.

—¡Guardiana! —rugió Ninurta desde el interior del torbellino.

La Tormenta se detuvo.

—No permitas que conviertan tu orden en una jaula.

Ninurta intentó avanzar. Sus armas no podían cortar aquello porque no había nada que cortar. Cada paso contra el muro de presión calentaba el metal de su armadura hasta hacerlo brillar. Una de las placas del hombro comenzó a deformarse; después otra. La energía dorada que recorría su cuerpo escapaba lentamente hacia las corrientes como pequeñas partículas de luz.

Podía retroceder.

No lo hizo.

Dio otro paso.

Y otro.

El oro de su armadura comenzó a caer sobre la arena en pequeñas gotas incandescentes.

—¡Detente!

Una corriente fresca atravesó el fuego.

La Hermana Brisa regresó hacia él y las otras dos interrumpieron su avance.

—¡Apaguen el torbellino! —pidió—. Mírenlo.

—Estoy mirando —respondió la Tormenta—. El hijo de Enlil está destruyéndose por no saber retirarse.

—No.

La Brisa se acercó todavía más.

—Eso habría hecho por orgullo. Esto es distinto.

Ninurta cayó sobre una rodilla, pero volvió a intentar incorporarse.

La Hermana Seca redujo lentamente el calor de su corriente.

—Podría quedarse en el centro —observó—. Allí sobreviviría.

—Y sabe que nosotras iremos tras la humana si lo hace —respondió Brisa.

Durante unos segundos solo se escuchó el rugido del viento.

—No está protegiendo el trono de su padre —continuó—. Ni sus leyes. Ni siquiera las Tablas. Está dispuesto a perder su propia fuerza porque confía en esa niña.

La Hermana Seca contempló al guerrero con un interés que no había mostrado hasta entonces.

—Las leyes pueden exigir obediencia —murmuró—. No pueden fabricar una lealtad así.

Brisa se volvió hacia sus hermanas.

—Entonces debemos conocerla antes de decidir qué merece nuestro viento.

La Tormenta dejó escapar un bufido y el torbellino se abrió de golpe.

Ninurta cayó hacia adelante sobre la arena. Gran parte de su armadura estaba ennegrecida y algunas placas se habían fundido, pero continuaba consciente.

—No ayudaremos a Enlil —declaró la Tormenta—. Y tampoco retiraremos nuestra bendición de Anzú porque tú lo ordenes. Pero veremos con nuestros propios ojos a esa niña capaz de hacer que el destructor de monstruos se interponga entre ella y el viento.

La arena negra comenzó a elevarse alrededor de Ninurta. Esta vez no formó fuego, sino una jaula de barro cristalizado atravesada por vetas oscuras de esmeralda. Entre los barrotes circulaban corrientes comprimidas que silbaban constantemente.

—Si ella comprende aquello que tú no pudiste comprender al entrar aquí —continuó la Tormenta—, quizá nuestras corrientes encuentren otro camino. Si no, Anzú conservará el soplido que le entregamos.

La Hermana Brisa se demoró unos segundos antes de marcharse.

—Confiaste mucho en ella, hijo de Enlil.

Ninurta levantó la cabeza.

—Lo suficiente.

Las tres hermanas ascendieron hacia el norte convertidas en una tormenta térmica.

Mientras tanto, en la cima de El Ekur, Kakkab había decidido que cada peldaño adicional constituía una violación directa de sus derechos como entidad celeste.

—Ochocientos cuarenta —jadeó—. Ochocientos cuarenta y uno... Mónica, tengo cinco mil años. Mis articulaciones son patrimonio astronómico.

—Ochocientos cuarenta y dos —respondió ella.

—Eso no mejora mi argumento.

Mónica alcanzó finalmente la última plataforma y se volvió para mirar al pequeño.

—Vamos, flotador.

—No puedo.

—Puedes.

—Mi cuerpo ha dejado de creer en las escaleras.

Mónica lo sujetó de la túnica y tiró de él hasta hacerlo superar los últimos tres peldaños. Kakkab cayó de espaldas sobre la azotea.

—Si sobrevivimos a Anzú, voy a inventar un ascensor.

—Primero tendrás que inventar electricidad.

—La conseguiré en Venus.

Mónica sonrió apenas mientras recuperaba el aliento.

Entonces el aire cambió.

Primero se volvió tan frío que su respiración apareció frente a ella como una nube blanca. Un segundo después, una oleada de calor cruzó el techo y obligó a Kakkab a incorporarse.

Tres columnas gigantescas descendieron del cielo.

Las baldosas crujieron.

Una enorme sección del techo de El Ekur se desprendió bajo los pies de ambos y comenzó a elevarse lentamente hacia el firmamento roto. En cuestión de segundos quedaron aislados sobre una plataforma de piedra que flotaba encima de un abismo donde las estrellas parecían caer sin llegar jamás al fondo.

Las tres hermanas tomaron forma alrededor de ellos.

—Así que esta es la criatura del futuro —dijo la Tormenta.

Su voz hizo vibrar la piedra.

—No veo alas. No veo espada. No veo el poder de ningún panteón. Solo una niña con cristales frente a los ojos.

La Hermana Seca recorrió a Mónica con una corriente caliente.

—Ninurta permitió que su armadura comenzara a fundirse por ella.

Kakkab abrió mucho los ojos.

—¿Qué le hicieron?

Mónica dio un paso adelante y extendió un brazo frente a él.

—¿Quiénes son ustedes?

—Aquellas cuyo viento Anzú recibió antes de que las Tablas decidieran cómo debía moverse el cielo —respondió la Tormenta—. Vinimos a descubrir qué vio en ti el hijo de Enlil.

Mónica activó la Visión Estelar.

—¿Dónde está Ninurta?

Las tres hermanas guardaron silencio.

Un mal presentimiento le atravesó el pecho.

La Brisa fue la única que respondió.

—Vivo.

Mónica respiró.

—Por ahora —añadió la Tormenta.

Kakkab tragó saliva.

—Esa segunda parte era completamente innecesaria.

La Hermana Seca dejó escapar algo parecido a una risa.

Entonces las tres comenzaron a girar.

La plataforma vibró mientras tres enormes corrientes concéntricas aparecían a su alrededor. Dentro de cada una, fragmentos de piedra comenzaron a desplazarse en círculos a distintas velocidades. El primer anillo pasó tan cerca que el aire golpeó el rostro de Mónica. El segundo surgió varios metros más allá. El tercero parecía casi perdido dentro del torbellino.

En el centro de aquel último círculo apareció una pequeña burbuja de aire comprimido.

Dentro flotaba un cristal dorado.

Mónica reconoció inmediatamente la energía de Ninurta.

—Esa es la llave de su prisión —explicó la Tormenta—. Recupera el cristal antes de que nuestras corrientes lo destruyan y el guerrero será libre.

Kakkab miró la distancia hasta el último anillo.

—Eso está... extremadamente lejos.

—Tienen tres minutos.

—¡Eso también es extremadamente poco tiempo!

La Hermana Tormenta ignoró la protesta.

—Ninurta utilizó fuerza contra nosotras y perdió. Veamos qué haces tú.

—¿Y si no llego? —preguntó Mónica.

—Entonces habremos medido correctamente aquello que él creyó ver.

Las tres hermanas ascendieron juntas y desaparecieron entre las nubes.

El viento permaneció.

Kakkab levantó lentamente ambas manos.

—Perfecto. Fantástico. Tres diosas meteorológicas nos dejan flotando sobre un abismo con un cronómetro invisible y una piedra mágica que puede explotar. Esto se parece mucho a una situación que debería estar prohibida en por lo menos cuatro sistemas solares.

Mónica no respondió.

Miraba el cristal.

Ninurta había confiado en ella.

Ahora estaba encerrado por haberlo hecho.

Tocó dos veces el borde de la Visión Estelar.

—V.O.R.T.E.X., analiza las corrientes.

Las lentes parpadearon.

[SISTEMA V.O.R.T.E.X.: MAPEO DE ENTORNO CRÍTICO]

PELIGRO: TORBELLINO DE TRES EJES ACTIVOS.
ANILLO INTERIOR: ROTACIÓN CADA 3 SEGUNDOS.
ANILLO MEDIO: ROTACIÓN CADA 6 SEGUNDOS.
ANILLO EXTERIOR: ROTACIÓN CADA 9 SEGUNDOS.
OBJETOS DETECTADOS: FRAGMENTOS DE ROCA EN MOVIMIENTO CONSTANTE.

Kakkab observó cómo las piedras recorrían sus órbitas.

—Voy a hacer una pregunta y necesito que la respuesta sea sí. ¿Tus gafas también crean puentes?

—No.

—Excelente. Era exactamente la respuesta que no necesitaba.

Mónica ignoró la protesta. Tres segundos. Seis. Nueve.

Las piedras parecían moverse sin patrón porque cada anillo avanzaba a un ritmo diferente. Pero no era caos. No completamente.

—Tres, seis, nueve... —murmuró.

Kakkab se acercó.

—¿Estás contando?

—Estoy buscando cuándo coinciden.

—¿Y si contamos después de bajar de la roca que flota sobre el vacío?

Mónica volvió a observar los ciclos.

Tres. Seis. Nueve.

El mínimo común múltiplo era dieciocho.

Sonrió.

—Cada dieciocho segundos.

—¿Qué ocurre cada dieciocho segundos?

—Las tres rutas se alinean.

La Visión Estelar proyectó una delgada línea carmesí que atravesó los tres anillos. Durante apenas un instante, una roca de cada círculo quedaba situada exactamente frente a la siguiente.

Kakkab siguió la trayectoria con los ojos y perdió el color del rostro.

—Eso no es una ruta. Eso es una sucesión de decisiones terribles.

—Es la única que tenemos.

—Podemos esperar a que las diosas regresen y negociar.

—Nos quedan menos de tres minutos.

—Entonces podemos negociar rápidamente.

Mónica agarró su mano.

—Confía en mí.

Kakkab miró el abismo.

—Confío en ti. Es la gravedad en la que no confío.

El contador apareció frente a los ojos de Mónica.

5...

4...

3...

—Prepárate.

—Estoy celestialmente en desacuerdo.

2...

1...

—¡Ahora!

Saltaron.

Kakkab soltó un alarido mientras cruzaban el vacío, pero sus pies golpearon la primera roca justo cuando esta completaba su giro. Detrás de ellos, la plataforma donde habían estado se deshizo en una nube de arena negra.

—¡GUARDIANA!

—¡Cuenta!

—¡¿QUÉ?!

—¡Dieciocho segundos!

—¡Yo prefiero contar hasta que lleguemos vivos!

La roca aceleró alrededor del primer círculo. Mónica mantuvo la mirada fija en la siguiente trayectoria. El viento rugía contra ellos y cada giro parecía intentar arrancarlos de la superficie, pero los números continuaban allí.

No necesitaba detener el torbellino.

Solo necesitaba comprenderlo.

—¡Ahora!

Saltaron al segundo anillo.

Kakkab aterrizó de rodillas.

—¡En Venus esto sería ilegal!

—¡Levántate!

—¡Voy a presentar una queja formal!

El primer círculo se desintegró detrás de ellos.

Mónica siguió contando.

No había milagro ni supervelocidad. Tampoco una fuerza invisible protegiéndolos. Solo tres movimientos distintos que, durante una fracción exacta de tiempo, aceptaban compartir el mismo punto.

El caos tenía un patrón.

Y el patrón no había sido escrito en ninguna Tabla.

—¡Último salto!

Mónica tomó impulso.

Kakkab cerró los ojos.

—¡No vuelvo a burlarme de las matemáticas!

—¡Nunca te has burlado de las matemáticas!

—¡Entonces prometo seguir sin hacerlo!

Saltaron.

La última roca pasó bajo sus pies y Mónica extendió el brazo hacia la burbuja. Sus dedos atravesaron la presión del aire hasta cerrarse alrededor del cristal dorado.

Durante un instante creyó haberlo conseguido.

El cristal vibró.

Kakkab abrió los ojos.

—Mónica...

Una grieta de luz apareció en su superficie.

—No.

Kakkab intentó cubrirlo con las manos.

—¡Dámelo!

El cristal explotó.

Una onda dorada atravesó el torbellino y los lanzó fuera del último anillo. Las tres corrientes desaparecieron al mismo tiempo mientras Mónica y Kakkab caían rodando sobre la azotea de El Ekur.

Durante varios segundos ninguno se movió.

Mónica levantó lentamente la mano.

Estaba vacía.

—La llave...

Kakkab buscó entre las piedras.

—Tal vez cayó.

—La vi romperse.

—Podría haberse... roto de una forma útil.

Mónica lo miró.

Kakkab bajó la cabeza.

—Sí. Eso sonó mejor en mi mente.

Mónica cerró los dedos alrededor de la nada. Ninurta había confiado en ella y la llave de su prisión acababa de desaparecer entre sus manos.

—Tenemos que encontrar a Anzú.

Kakkab levantó la mirada.

—Si Ninurta sigue atrapado por nuestra culpa, entonces no podemos perder más tiempo.

Muy lejos de allí, la onda producida por la ruptura del cristal atravesó el cielo como una pulsación silenciosa.

Las tres hermanas, ya cerca de los confines meridionales, se detuvieron al mismo tiempo.

La Tormenta sintió primero el cambio.

La Seca contempló cómo la arena negra comenzaba a vibrar bajo ellas.

La Brisa sonrió.

En el centro del desierto, la jaula que rodeaba a Ninurta emitió un crujido profundo. Una grieta dorada recorrió los barrotes de barro cristalizado y, un instante después, toda la estructura se desmoronó. Las columnas de aire comprimido se apagaron y las esmeraldas oscuras cayeron sobre la arena convertidas en fragmentos inofensivos.

Ninurta permaneció inmóvil durante unos segundos.

Luego se puso de pie.

Su armadura estaba herida y ennegrecida, pero una sonrisa apareció lentamente en su rostro.

Las tres hermanas descendieron frente a él.

La Tormenta contempló los restos de la prisión.

—Rompió los tres anillos.

—Sin armas —añadió la Seca.

—Sin detener el viento —dijo Brisa.

Ninurta levantó la mirada hacia el norte.

—Porque ustedes intentaron medirla con la fuerza.

La Tormenta guardó silencio.

—Ella no necesitaba dominar sus corrientes —continuó Ninurta—. Solo necesitaba comprender cómo se movían.

La Hermana Seca observó los fragmentos de la jaula esparcidos sobre el suelo.

—Encontró orden dentro del viento libre.

Ninurta recogió su arco.

—Encontró un orden que ninguna Tabla había escrito.

Por primera vez desde que llegó al sur, ninguna de las tres hermanas respondió.

Muy lejos de allí, Mónica todavía contemplaba su mano vacía convencida de que había fracasado.

Y sobre El Ekur, más allá de la azotea y de las últimas escaleras, El Esharra aguardaba.

Anzú también.

Un niño con uniforme blanco de artes marciales se encuentra de pie en un salón de piedra resplandeciente, rodeado de libros y velas que flotan en el aire.

Capítulo 8

El regreso a la geometría perfecta


La Hermana Tormenta rompió finalmente la tensa calma que se había apoderado del desierto meridional. El torbellino oscuro que componía su figura se inclinó hacia Ninurta, y esta vez su voz no llegó acompañada por el estrépito de las piedras, sino por un eco profundo que hizo vibrar cada cristal de arena bajo las botas del dios guerrero.

—¿Es ella? —preguntó—. ¿Esa humana pertenece a los Guardianes de la Llama anunciados por las constelaciones? ¿Aquellos cuyos nombres fueron escritos entre las estrellas antes de que tu panteón decidiera cómo debía ordenarse el cielo?

Ninurta se incorporó lentamente. El simún había ennegrecido su armadura y derretido algunas placas de oro, pero en su rostro ya no quedaba rastro de derrota. Una chispa dorada recorrió sus manos y los siete truenos primigenios despertaron nuevamente alrededor de sus brazos.

—La profecía es real, hermanas del confín meridional. El cosmos enfrenta una amenaza que no distingue entre dioses, mortales o vientos. Anzú no busca libertad; pretende decidir qué merece permanecer y qué debe desaparecer. Pero la Guardiana Estelar no vino a encadenar sus corrientes ni a levantar muros alrededor de este desierto. Arriesgó su vida intentando comprenderlas y encontró algo que ninguna Tabla había escrito.

La Hermana Seca elevó una corriente abrasadora sobre las dunas, la Brisa de la Mañana respondió con un silbido tenue y la Tormenta dejó escapar un gruñido que recorrió el horizonte. Durante eras habían rechazado las leyes de los dioses porque conocían el precio de someter aquello que había nacido libre. Sin embargo, la promesa de Anzú conducía hacia algo todavía peor. Si el Olvido borraba los nombres, los relatos y el legado de los mortales, tampoco quedaría memoria de los cielos antiguos ni de las corrientes que habían soplado sobre ellos mucho antes de las Tablas.

—No lucharemos por el trono de tu padre —sentenció la Tormenta.

—Ni por sus decretos —añadió la Seca.

La Brisa rodeó suavemente el arco de Ninurta.

—Pero tampoco permitiremos que el Olvido destruya aquello que la niña comprendió.

Entonces las tres corrientes se movieron. La Seca envolvió el desierto en una oleada ardiente, la Tormenta levantó una espiral de polvo oscuro y la Brisa se convirtió en una corriente veloz que se enroscó alrededor del arco de bronce. Las tres fuerzas se entrelazaron hasta formar una ráfaga inmensa que levantó a Ninurta de la arena. El dios tensó el cuerpo y salió disparado hacia el norte como una estrella dorada atravesando el cielo.

Muy lejos de allí, sobre la azotea fracturada de El Ekur, Mónica continuaba mirando las diminutas partículas del cristal dorado desaparecer en el vacío. Para ella no había ocurrido ninguna liberación, solo un error.

—Se rompió... —murmuró—. Kakkab, lo siento. Perdimos la llave.

El pequeño astro-guardián se sacudió los últimos restos de barro que aún cubrían su túnica azul y reajustó el broche de ocho puntas sobre su hombro. Intentó sonreír, aunque todavía tenía las manos temblorosas.

—Bueno... técnicamente no la perdimos. Sabemos exactamente dónde está.

Mónica lo miró.

—¿Dónde?

Kakkab señaló el abismo.

—Distribuida en aproximadamente cincuenta mil pedacitos diminutos de luz.

Mónica cerró los ojos.

—Eso no ayuda.

—Lo sé. Intentaba que sonara mejor.

El pequeño observó alrededor. El techo del templo seguía fragmentado; enormes bloques de piedra permanecían suspendidos sobre el vacío, y más allá de ellos el firmamento parecía una hoja arrugada cubierta de constelaciones desordenadas.

—Además, estamos atrapados en el techo del universo, no encuentro ninguna escalera que obedezca a la gravedad y casi muero ahogado en barro sagrado. Cuando regrese voy a presentar una queja formal ante Anu.

—Kakkab...

—Una muy seria.

Mónica estaba a punto de responder cuando la pieza circular sujeta al hombro de su arnés vibró con tanta fuerza que ambos dieron un salto. Los grabados astrales de la superficie comenzaron a encenderse uno tras otro y una pulsación carmesí atravesó la azotea.

Kakkab abrió mucho los ojos.

—Por las estrellas benditas...

—¿Qué pasa?

—No lo sé.

Mónica levantó una ceja.

—Eso tranquiliza muchísimo.

—¡Estoy intentando recordar! He visto pulsaciones parecidas cerca de Venus, pero nunca tan intensas.

Al mismo tiempo, la Visión Estelar se iluminó frente a sus ojos.

[ V.O.R.T.E.X. LECTURA DE FRECUENCIA DESCONOCIDA ]

ORIGEN: ESTRUCTURA INFERIOR

INTENSIDAD: EN AUMENTO

Mónica dejó de mirar la hombrera. El suelo estaba vibrando, pero no como durante los terremotos anteriores. Aquello tenía ritmo: una pulsación, una breve pausa y otra pulsación. Se agachó y apoyó la palma contra la piedra.

—No es un temblor.

Kakkab imitó el gesto.

—Entonces ¿qué es?

Mónica observó las líneas carmesíes que comenzaban a extenderse entre las grietas del templo.

—Un latido.

Los dos miraron hacia abajo. El Ekur estaba despertando. Desde las profundidades del zigurat, la geometría que Mónica había reconstruido en los niveles inferiores comenzó a propagarse por la estructura. Las líneas torcidas recuperaron sus posiciones, las columnas se alinearon y los bloques suspendidos cambiaron lentamente de dirección, como si algo enorme estuviera recordando dónde pertenecía cada una de sus partes.

Kakkab palideció.

—El templo está llamando a las Tablas.

Mónica se incorporó.

—¿Puede hacer eso?

—El Ekur une el cielo y la tierra. Las Tablas pertenecen al orden que este lugar sostiene. Si el templo logra reconstruirse...

No terminó la frase. En algún lugar más allá del horizonte, algo rugió. El sonido tardó varios segundos en alcanzarlos, pero cuando lo hizo, el aire entero pareció contraerse.

En las profundidades de los Montes Zagros, Anzú abrió los ojos. Las Tablillas del Destino colgaban de su cuello, sujetas como el trofeo de una victoria que había esperado durante eras. Sin embargo, aquella vez no descansaban inmóviles contra su pecho. Los signos cuneiformes brillaban con violencia y el artefacto tiraba de él hacia una dirección precisa: El Ekur.

Anzú clavó las garras en la piedra.

—No.

Las Tablillas volvieron a vibrar y el tirón fue más fuerte. Durante incontables generaciones había vivido bajo el recuerdo de una derrota. Los dioses habían recuperado las Tablas, reducido su nombre a una advertencia y contado su historia como si su audacia no hubiera sido más que una ofensa contra el orden establecido. Había esperado demasiado para reclamar nuevamente aquello que consideraba suyo, y ahora un templo pretendía arrebatárselo.

Un rugido estremeció las montañas. Anzú desplegó sus alas monumentales y el cielo desapareció bajo una tormenta de polvo, relámpagos y nubes negras. Un único aleteo bastó para arrancar piedras de las laderas. Después se lanzó hacia Babilonia.

Sobre la azotea de El Ekur, Kakkab caminaba nerviosamente entre los bloques suspendidos.

—Tal vez deberíamos movernos.

—¿Adónde?

—No sé. Pero preferiría recibir la respuesta mientras corremos.

Mónica escuchó entonces un sonido que parecía venir de todas partes. Primero un trueno y después otro. El cielo violeta se apagó bajo una mancha negra que creció con velocidad imposible; la presión del aire cambió y Mónica sintió un zumbido dentro de los oídos.

Kakkab levantó lentamente la cabeza.

—Eso es malo.

—¿Qué tan malo?

—Nivel «ojalá hubiéramos encontrado una escalera».

Anzú descendió entre las nubes. El cuerpo del monstruo era incluso mayor de lo que Mónica había imaginado. Las patas de león parecían capaces de romper una columna con un solo golpe y las alas, cubiertas de plumas oscuras y doradas, se extendían tanto que ocultaban sectores enteros del cielo. Los relámpagos corrían entre ellas como serpientes luminosas y las Tablillas brillaban sobre su pecho.

Anzú contempló la azotea. Dos niños era todo lo que encontraba frente a él.

—¿Esto es lo que El Ekur envía contra mí? —rugió.

Mónica sintió que el corazón le golpeaba las costillas, pero no se movió.

—No nos envió nadie.

Los ojos de Anzú se fijaron en ella.

—Entonces eres todavía más necia de lo que pareces.

—Y tú eres más grande de lo que esperaba.

Kakkab la miró.

—¿Eso era necesario?

—No.

—Perfecto.

Anzú abrió las alas.

—Los dioses escribieron leyes para encadenar aquello que temían. Ahora esas leyes me pertenecen. El cielo se inclinará ante mí, las estrellas obedecerán y ningún nombre volverá a decidir mi destino.

Mónica miró las Tablillas.

—Si necesitas robar unas reglas para obligar a todos a obedecerte, quizá nunca tuviste tanto poder como crees.

El rugido de Anzú hizo temblar la azotea.

Kakkab se acercó discretamente.

—Guardiana... creo que lo hiciste enojar.

—Ya estaba enojado.

—Ahora está más enojado.

Anzú no descendió. El suelo fracturado podía volverse una trampa incluso para una criatura de su tamaño, así que permaneció suspendido sobre ellos y batió las alas. El huracán golpeó El Ekur y fragmentos de columnas, piedras, tejas esmaltadas y enormes bloques arrancados de las cornisas comenzaron a elevarse. Durante un segundo quedaron suspendidos alrededor del monstruo; después salieron disparados.

Kakkab levantó las manos.

—¡Nos va a pulverizar!

La Visión Estelar se encendió.

[ V.O.R.T.E.X. LECTURA DE OBJETOS EN MOVIMIENTO]

 VELOCIDAD: EN AUMENTO

TRAYECTORIAS: CONVERGENTES

Decenas de líneas atravesaron el campo visual de Mónica. No había una solución, solo información: cuarenta y dos objetos en movimiento, distancias, direcciones y velocidades que cambiaban a cada instante. Tragó saliva y obligó a su mente a dejar de mirar cuarenta y dos amenazas distintas.

No necesitaba detenerlas todas.

Observó la corriente y comprendió que las rocas no viajaban de forma independiente; el huracán las empujaba dentro de una misma espiral. Una de ellas, mucho mayor que las demás, avanzaba ligeramente por delante y, cada vez que cambiaba de posición, las piedras que viajaban detrás corregían también su trayectoria. Mónica siguió el ángulo mientras los números variaban frente a sus ojos: cuarenta grados, cuarenta y dos, cuarenta y cuatro... Cuando alcanzó los cuarenta y cinco, la hombrera volvió a vibrar contra su hombro y todo encajó.

—¡Agáchate! —gritó.

Kakkab apenas tuvo tiempo de obedecer. Mónica metió los dedos bajo la correa y desprendió el disco metálico del arnés. Estaba caliente, pero lo sostuvo con ambas manos mientras calculaba rápidamente la trayectoria. No podía lanzarlo directamente; necesitaba un rebote. Miró un bloque suspendido a su izquierda, después otro más arriba. Dos superficies y un ángulo podían bastar.

Mónica lanzó.

El disco golpeó la primera piedra y salió despedido hacia la segunda. El cambio de dirección lo impulsó directamente contra el costado de la roca que encabezaba la corriente y el impacto alteró apenas su trayectoria.

Fue suficiente.

La roca principal chocó contra la siguiente, que golpeó otra, y en menos de un segundo la formación completa se desarmó. Los proyectiles comenzaron a golpearse entre sí hasta convertirse en una lluvia de fragmentos que pasó a ambos lados de los niños, mientras la onda restante alcanzaba el pecho de Anzú. El monstruo retrocedió en el aire y varias plumas se desprendieron de una de sus alas.

Mónica levantó los brazos para protegerse mientras las plumas descendían lentamente hacia la azotea. Anzú rugió y las Tablillas respondieron. Los signos cuneiformes emitieron un destello y las plumas se detuvieron.

Mónica frunció el ceño. La Visión Estelar volvió a registrar datos.

[ V.O.R.T.E.X. ]
MOVIMIENTO: INVERSO

RETROCESO: 2,4 SEGUNDOS

ORIGEN: TABLILLAS

Las plumas comenzaron a elevarse. Una tras otra regresaron exactamente por el camino que habían recorrido hasta incrustarse nuevamente en las alas de Anzú.

Kakkab abrió la boca.

—Eso no es justo.

Mónica no respondió. Estaba mirando las plumas. No habían desaparecido ni habían sido reemplazadas por otras: habían regresado. Las Tablas no habían curado simplemente a Anzú; habían obligado a aquello que le pertenecía a volver.

Anzú extendió las alas restauradas.

—Todo obedece cuando posees la ley correcta.

Mónica levantó la mirada.

—No.

El monstruo entrecerró los ojos.

—¿Qué dijiste?

—Que no todo te obedece.

Anzú soltó una carcajada grave.

—Acabas de verlo.

—Vi tus plumas volver. No es lo mismo.

La expresión de la criatura cambió y Mónica sonrió apenas. Había encontrado una regla. Todavía no sabía cómo utilizarla, pero ya existía.

Entonces el cielo se abrió.

Un relámpago dorado y esmeralda atravesó las nubes y golpeó la azotea con tal fuerza que Mónica y Kakkab tuvieron que cubrirse el rostro. Cuando la luz desapareció, Ninurta estaba de pie entre ellos y Anzú, con el arco de bronce ardiendo entre las manos. Alrededor del dios descendieron tres corrientes: la Tormenta, la Seca y la Brisa de la Mañana.

Anzú retrocedió. Su sorpresa duró poco.

—¿Qué hacen junto al hijo de Enlil?

La Tormenta se alzó frente a él.

—Recordando quiénes somos.

—Yo les di un cielo sin cadenas.

—Nosotras te entregamos el viento cuando nadie quiso escucharte —replicó la Seca—. No confundas nuestra gracia con obediencia.

Anzú mostró los colmillos.

—¿Van a ponerse del lado de quienes intentaron someterlas?

La Brisa recorrió suavemente la azotea y pasó alrededor de Mónica.

—Ella no intentó someternos.

Anzú miró a la niña.

—¿Una humana?

—Encontró nuestro orden sin exigirnos que cambiáramos.

Las alas del monstruo se extendieron nuevamente.

—Entonces han aprendido demasiado de los dioses. Todo orden acaba convirtiéndose en una prisión.

Mónica avanzó un paso.

—No cuando existe sin dueño.

Anzú clavó los ojos en ella.

—Las leyes necesitan una voluntad.

—Los números no.

El silencio duró apenas un instante antes de que las hermanas atacaran. La Tormenta envolvió a Anzú en una espiral oscura, la Seca elevó la temperatura hasta hacer vibrar el aire y la Brisa se introdujo entre las plumas del monstruo, multiplicando la velocidad del remolino.

Anzú rugió y apretó las garras alrededor de las Tablillas.

—¡Yo decido qué leyes gobiernan este cielo!

Los signos cuneiformes brillaron y el calor desapareció. Una capa azul comenzó a extenderse sobre las baldosas mientras la temperatura descendía de golpe. La corriente abrasadora de la Hermana Seca se volvió rígida, la arena de la Tormenta se transformó en granizo y la Brisa perdió velocidad hasta quedar casi inmóvil junto al suelo. Anzú había obligado al viento caliente a congelarse.

La Visión Estelar reaccionó.

[ V.O.R.T.E.X. ANOMALÍA DETECTADA]
TEMPERATURA: DESCENSO ACELERADO

CORRIENTES: PÉRDIDA DE VELOCIDAD

Mónica miró alrededor. Varias plumas de Anzú habían caído durante el ataque y seguían allí. Observó una y esperó. Pasaron dos segundos, luego tres y después cuatro, pero no regresó.

—Cambiaste la regla... —murmuró.

Anzú no la escuchó, pero Mónica sí comprendió lo que había sucedido. Cuando utilizó las Tablas para congelar los vientos, había alterado también aquello que estaba haciendo regresar las plumas. No había eliminado la regla; la había retrasado.

—Ninurta.

El dios giró y Mónica señaló el suelo.

—Mira las plumas.

Ninurta comprendió que algo ocurría, aunque no qué.

—¿Qué ves?

—Antes regresaron a él. Ahora no.

Kakkab abrió mucho los ojos.

—El frío.

Mónica asintió.

—Tiene que mantener demasiadas cosas funcionando al mismo tiempo.

Anzú seguía luchando contra las hermanas debilitadas. Mónica miró las plumas y después el arco de Ninurta. Una idea comenzó a formarse: si las Tablas obligaban a regresar aquello que pertenecía a Anzú, quizá no necesitaban vencer esa regla.

Podían utilizarla.

—Necesito tus flechas.

Ninurta frunció el ceño.

—¿Para qué?

—Para hacer que fallen.

—Mis flechas no fallan.

—Esta vez necesito que lo hagan.

Kakkab sonrió.

—Me gusta el plan y todavía no sé cuál es.

Mónica miró al pequeño.

—Tú vas a recoger las plumas.

La sonrisa desapareció.

—Ya no me gusta.

—Kakkab.

—¿Todas?

—Las que puedas.

—¿Mientras ese monstruo intenta matarnos?

—Sí.

—Excelente. Solo quería confirmar el nivel de peligro.

Mónica señaló el extremo opuesto de la azotea.

—Ninurta y yo vamos a hacer que nos mire.

El dios guerrero observó a la niña durante un segundo y después bajó el arco.

—Confío en ti, Guardiana.

Mónica respiró hondo.

—Entonces haz como si estuviéramos perdiendo.

Ninurta dejó caer un hombro y retrocedió pesadamente sobre el hielo. Mónica lo siguió, fingiendo dificultad para sostenerse. Anzú los vio y su carcajada sacudió la azotea.

—¡Miren al gran hijo de Enlil huyendo junto a una niña! ¿Eso es todo lo que queda del orden de los dioses?

Mónica tropezó deliberadamente.

—No puedo...

Anzú descendió un poco más. Exactamente lo que necesitaban.

Mientras el monstruo concentraba su atención en ellos, Kakkab se deslizó detrás de un bloque fracturado y comenzó a avanzar a ras del suelo. Tomó una pluma, después otra y una tercera, escondiéndolas bajo la túnica. Cuando intentó alcanzar la siguiente, una corriente helada se detuvo frente a él.

Kakkab levantó lentamente la cabeza. La Brisa de la Mañana yacía parcialmente atrapada bajo una fina capa de hielo. Sus ojos se encontraron y el pequeño apretó las plumas contra el pecho antes de llevarse un dedo a los labios.

—Shh...

La Brisa pareció observarlo durante un instante y después dejó escapar un soplido. Una cortina de nieve se levantó entre Kakkab y Anzú.

El pequeño sonrió.

—Gracias.

Continuó recogiendo. Minutos atrás había estado hundido en barro hasta el cuello; ahora avanzaba de rodillas sobre una azotea congelada robando plumas a un león alado capaz de reescribir leyes. Definitivamente iba a necesitar vacaciones.

Cuando Kakkab llegó hasta ellos, vació las plumas detrás de una columna.

—Espero que sean suficientes porque no pienso volver.

Mónica tomó una.

—Son suficientes.

Ninurta colocó una flecha sobre el suelo y Mónica comenzó a sujetar las plumas cerca de la punta. El dios comprendió entonces.

—Las Tablas las llamarán.

—Eso creo.

—¿Crees?

Mónica levantó la mirada.

—Las matemáticas funcionan mejor cuando uno puede repetir el experimento.

Kakkab palideció.

—¿Este es el experimento?

—Sí.

—¿Y qué pasa si estás equivocada?

Mónica terminó de asegurar la última pluma.

—Entonces corremos.

—Ese plan sí lo entiendo.

Ninurta tomó la flecha. Mónica estaba a punto de incorporarse cuando vio algo en el borde de la Visión Estelar: una pequeña corriente apenas visible. La Brisa de la Mañana seguía atrapada junto al suelo y la Tormenta y la Seca tampoco resistirían mucho más.

Mónica miró a Ninurta y después a Anzú. Podían quitarle las Tablas. Podían derrotarlo. Pero sabía perfectamente qué haría el dios guerrero si tenía la oportunidad de completar aquella batalla que llevaba eras esperando.

Se acercó a la Brisa.

—Necesito pedirte algo. Ayúdennos a quitarle lo que robó, pero no permitan que Ninurta lo destruya.

La corriente se movió ligeramente.

—Anzú hizo cosas terribles. Lo sé. Pero si ustedes le entregaron ese poder alguna vez, también pueden quitárselo. No necesitamos matarlo para restaurar el orden.

La Brisa permaneció inmóvil.

Mónica bajó la voz.

—Déjenlo vivir.

Un leve calor atravesó el hielo.

Era suficiente.

Ninurta salió de detrás de la columna y Anzú soltó una carcajada.

—¿Otra flecha?

El dios tensó el arco.

—No necesitas comprenderla.

—Tus armas jamás tocarán mi cuerpo.

Ninurta soltó la cuerda.

La flecha cruzó el aire y Anzú levantó las Tablillas. Los signos cuneiformes brillaron mientras la trayectoria comenzaba a desviarse. Mónica contuvo la respiración y, durante un instante, creyó haberse equivocado.

Entonces una de las plumas sujetas al proyectil tembló.

La flecha cambió de dirección.

No hacia afuera.

Hacia Anzú.

El monstruo abrió mucho los ojos. Las Tablas habían reconocido aquello que le pertenecía y la flecha aceleró. La Brisa rompió el hielo, se lanzó hacia el proyectil y lo envolvió en una corriente cálida. La Tormenta rugió y la Seca recuperó su calor; las tres hermanas se enroscaron alrededor de la flecha hasta formar una espiral de viento.

Anzú trató de retroceder.

—¡No!

Las Tablillas siguieron atrayendo las plumas. Su propia regla lo estaba arrastrando hacia la derrota.

El proyectil alcanzó su pecho, pero no perforó la carne. El viento explotó en una oleada inmensa que recorrió las alas de Anzú y apagó uno tras otro los relámpagos que ardían entre sus plumas.

Las tres voces hablaron al mismo tiempo.

—Te entregamos nuestra gracia cuando el cielo todavía era joven.

Anzú rugió.

—¡Me pertenece!

—Nunca te perteneció.

La Tormenta arrancó la oscuridad de sus alas, la Seca absorbió el calor que alimentaba las tempestades y la Brisa recorrió su cuerpo para recuperar el último soplido que había sido concedido mucho antes de que las Tablas escribieran sus primeras leyes.

—Te dimos viento libre cuando fuiste rechazado. Tú lo convertiste en una cadena. Nuestra gracia regresa a sus dueñas.

Anzú intentó aferrarse a las Tablillas.

No pudo.

El artefacto se desprendió de su cuello y una luz blanca estalló entre ambos. Mónica levantó un brazo para cubrirse el rostro y, a través del resplandor, alcanzó a ver la silueta de Anzú perder su forma. No se encogía ni caía; se deshacía lentamente entre las líneas cuneiformes que escapaban de las Tablas.

—¡Anzú! —gritó.

La criatura la miró. Durante un instante ya no hubo arrogancia en sus ojos, solo sorpresa.

Después la luz lo envolvió.

Anzú desapareció.

Mónica extendió una mano hacia las Tablillas, pero antes de tocarlas el resplandor creció hasta borrar por completo la azotea.

—¡Kakkab!

No escuchó respuesta. El Ekur, los Vientos y Ninurta desaparecieron dentro de la misma claridad. No hubo caída ni aquella sensación imposible de deslizarse por un caleidoscopio; el universo simplemente pareció corregir de golpe todas sus líneas.

Cuando Mónica abrió los ojos, estaba en su habitación.

Permaneció inmóvil. Las paredes texturizadas volvían a encontrarse en ángulos perfectos de noventa grados, el escritorio estaba donde debía estar, los cuadernos permanecían abiertos y su cama seguía desordenada exactamente como la había dejado. Ya no llevaba el arnés, ni las gafas ni la linterna. Solo el Vórtice Estelar descansaba contra su pecho.

—¿Kakkab?

Nada.

Mónica dio un paso y la puerta se abrió de golpe. Su madre apareció sosteniendo una vela.

—¡Mónica! ¿Estás bien?

—Sí...

—Salió una luz debajo de tu puerta. Pensé que algo se había incendiado.

Mónica miró alrededor. Todo parecía normal. Demasiado normal.

—Mami... ¿cuánto tiempo llevo aquí?

Su madre frunció el ceño.

—¿Cómo que cuánto tiempo? Acabas de entrar.

Mónica bajó la mirada. No podía ser. Babilonia, Marduk, los jardines, Ninurta, Kakkab hundido en barro hasta el cuello, los Vientos del Sur y Anzú empezaban a sentirse extrañamente lejanos, como si todos aquellos recuerdos pertenecieran a un sueño del que acababa de despertar.

Entonces la bombilla del techo parpadeó dos veces y la electricidad regresó.

Desde el pasillo apareció Chris cargando un paquete de velas blancas como si acabara de conquistar una reliquia divina.

—¡Mamá! ¡Las encontré!

Rubén apareció detrás de él.

—Ya volvió la luz.

Chris miró la bombilla y después las velas.

—No puede ser.

—Llegaste tarde —dijo Rubén.

—¡Yo estaba salvando a esta familia de la oscuridad!

—Estabas buscando un paquete de velas.

—Exactamente.

Rubén aprovechó la distracción y le arrancó la gorra de la cabeza.

—¡Oye!

Salió corriendo por el pasillo. Chris lanzó las velas sobre la cama de Mónica y fue detrás de él.

—¡Devuélveme mi gorra!

—¡Rubén! —gritó su madre—. ¡Devuélvesela! ¡Y ustedes dos dejen de correr!

Los tres desaparecieron por el pasillo y Mónica se quedó sola. Las voces de su familia llenaban la casa como si nada extraordinario hubiera ocurrido. La cotidianidad había regresado con tanta facilidad que resultaba desconcertante.

Se acercó a la ventana. La noche bogotana estaba tranquila; ya no había estrellas desplazándose ni luces carmesíes cruzando el firmamento. Apoyó una mano sobre el marco y estuvo a punto de cerrar la cortina cuando sus dedos tocaron algo frío.

Se detuvo.

Sobre el marco descansaba una pequeña flecha de caña.

Mónica la tomó. Una única pluma dorada estaba sujeta cerca de la punta y el Vórtice Estelar brilló bajo su camisa.

—Ninurta... —susurró con una sonrisa.

Levantó la vista. Una estrella azul cruzó el cielo. No parecía un meteoro; se movía demasiado rápido y, justo antes de desaparecer, parpadeó dos veces.

Mónica apretó la flecha contra el pecho.

—Espero verte pronto, nadador de Venus.

Cerró la ventana.

Desde la sala comenzó a escucharse nuevamente el televisor. Rubén había encontrado el control remoto y Chris protestaba porque quería cambiar el canal cuando la voz del presentador interrumpió la discusión.

«El Instituto Geofísico acaba de confirmar que los microsismos registrados durante las últimas horas han cesado casi por completo, al mismo tiempo que los observatorios reportan el restablecimiento de las posiciones astronómicas alteradas durante el eclipse. La lluvia de meteoros también ha disminuido de manera significativa.»

Mónica respiró aliviada. Durante unos segundos creyó que había terminado.

«Sin embargo, las autoridades mantienen la alerta en varias zonas costeras. El nivel del mar continúa aumentando sin una causa conocida y se han registrado movimientos inusuales de grandes masas de agua muy lejos de cualquier actividad sísmica.»

Mónica dejó de caminar. En la sala, Rubén subió el volumen.

«Equipos de emergencia investigan el fenómeno mientras nuevas mareas anómalas comienzan a reportarse en distintos puntos del océano Pacífico.»

Mónica miró hacia la puerta. Las voces de sus hermanos habían desaparecido y durante unos segundos nadie dijo nada.

Entonces Chris rompió el silencio.

—Eso tampoco es normal... ¿cierto?

Rubén no respondió.

Mónica bajó la mirada hacia el Vórtice Estelar, cuyo brillo carmesí comenzaba a apagarse.

En algún lugar mucho más allá de Bogotá, bajo una extensión de agua que parecía tranquila desde la superficie, algo gigantesco abrió los ojos.

Una niña y un hada en un gran salón resplandeciente, extendiendo sus brazos la una hacia la otra bajo una cúpula estrellada.

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