Batalla II
Las Puertas de los Días Perdidos

Los días que sostienen al mundo
Después del caos vivido en el Olimpo, la calma parecía haber regresado.
Pero la Niebla del Olvido jamás desaparecía por completo.
Solo esperaba.
Porque incluso los dioses más poderosos dependían de algo frágil:
el recuerdo.
Cada civilización protegía una parte invisible del equilibrio del mundo.
Algunas custodiaban la memoria.
Otras el tiempo.
Otras la sabiduría, los cambios, los ciclos o las promesas que permitían que la vida siguiera avanzando.
Fuerzas antiguas que los mortales rara vez notaban…
hasta que comenzaban a romperse.
Porque el mundo no se sostenía únicamente sobre reinos, dioses o estrellas.
También se sostenía sobre cosas pequeñas.
Los calendarios que anuncian una celebración.
Las estaciones que indican cuándo sembrar.
Los relojes que permiten regresar a casa.
Los días que enseñan cuándo descansar…
y cuándo volver a empezar.
Los días que sostienen al mundo.
Y en algún lugar entre los antiguos portales de Roma,
ese equilibrio había comenzado a desaparecer.
Las fechas dejaron de coincidir.
Los meses comenzaron a contradecirse.
Los relojes avanzaban de manera distinta para cada persona.
Como si el tiempo hubiera olvidado el orden de sus propios pasos.
Y mientras la humanidad seguía confundida…
la Niebla avanzaba lentamente hacia las antiguas puertas del tiempo.
CAPÍTULO 1
El día que nadie recordó
Aquella tarde, Majo estaba sentada sobre la alfombra de la sala junto a Ignacio.
Entre ambos descansaban varios libros abiertos, hojas llenas de anotaciones y el Libro del Dragón, que permanecía inmóvil sobre la mesa como un animal dormido.
Milu roncaba boca arriba sobre un cojín cercano.
—Entonces… ¿así lograste domar a Gryphos? —preguntó Majo emocionada.
Ignacio sonrió apenas mientras pasaba una página.
—Sí.
—¿Y sí vuela así de rápido?
—Más rápido.
Majo abrió mucho los ojos.
Ignacio soltó una pequeña risa.
Desde la aventura del Olimpo, ambos pasaban más tiempo juntos hablando sobre guardianes, reliquias y antiguos reinos escondidos detrás del mundo normal.
Aunque el Libro del Dragón nunca ofrecía respuestas completas.
A veces mostraba símbolos.
A veces imágenes.
A veces simples fragmentos de historias imposibles de entender del todo.
Como si no quisiera revelar el futuro.
Solo posibilidades.
Majo observó el libro con curiosidad.
—Entonces… ¿cómo saben los guardianes qué hacer?
Ignacio bajó lentamente la mirada hacia la portada del dragón.
—Creo que nadie lo sabe completamente.
El dragón grabado sobre la cubierta pareció brillar apenas bajo la luz de la tarde.
Y justo entonces, la voz de la mamá de Majo llegó desde la cocina.
—¿Alguien sabe qué día es hoy?
Ambos levantaron la mirada.
Ale apareció sosteniendo el celular en una mano y una agenda abierta en la otra.
Parecía realmente confundida.
—¿No trabajabas hoy? —preguntó Majo.
—¡Eso creía! Pero ahora me dicen que mi turno era mañana… aunque juraría que mañana es sábado.
Ignacio frunció ligeramente el ceño.
—¿O hoy es sábado?
Majo e Ignacio se miraron en silencio.
—No… —respondió Majo lentamente—. Hoy es viernes.
Su mamá revisó el celular otra vez.
—No, espera… creo que tienes entrenamiento hoy…
—El entrenamiento es mañana —dijo Majo.
Pero incluso mientras lo decía, notó algo extraño.
Su mamá ya no parecía segura de nada.
Y el Libro del Dragón…
comenzó a mover sus páginas lentamente por sí solo.
Muy apenas.
Como si estuviera inquieto.
Ignacio lo cerró despacio y lo guardó dentro de su mochila.
Luego caminó hacia la puerta.
Pero antes de irse, se detuvo.
Se giró hacia Majo.
Por un instante ya no parecía solamente su primo mayor hablando sobre criaturas mitológicas y antiguos reinos.
Había algo distinto en su mirada.
Algo más serio.
Más antiguo.
La mirada de un guardián que comenzaba a entender que el Olvido nunca descansaba del todo.
—Algo está pasando, Protectora —dijo en voz baja.
Majo levantó la mirada inmediatamente.
Ignacio tocó los Amuletos del Guardián que colgaban junto a su cinturón azul. Estos vibraron apenas, como si también percibieran que algo no estaba bien.
—Y recuerda algo importante…
La luz de la tarde atravesó la ventana detrás de él.
—La Niebla sigue libre.
El silencio llenó la sala durante unos segundos.
Majo sintió un pequeño escalofrío recorrerle la espalda, aunque no sabía exactamente por qué.
Después asintió despacio.
No como una niña jugando a las aventuras.
Sino como alguien que comenzaba a entender que proteger la memoria también significaba estar preparada cuando el mundo empezara a olvidar otra vez.
A la mañana siguiente, el caos empeoró.
Su papá salió temprano de casa… y regresó menos de media hora después porque la oficina estaba cerrada.
Su mamá preparó el desayuno dos veces porque juraba haber olvidado hacerlo.
Los relojes parecían adelantarse o atrasarse sin razón.
Algunas alarmas sonaban tarde.
Otras nunca sonaban.
Y nadie lograba ponerse de acuerdo sobre qué día era realmente.
Ni siquiera la cita de Milu con el veterinario parecía existir de forma clara.
—Creo que era hoy —dijo su mamá mientras buscaba mensajes en el celular.
—No, creo que fue la semana pasada —respondió su papá.
—¿O era mañana?
Milu ladró feliz, completamente ajena al caos.
Y aun así…
Majo seguía sabiendo exactamente qué día era.
Lo sentía dentro del pecho.
Como una pequeña llama imposible de apagar.
La memoria.
La verdadera memoria.
Pero decidió dejar de corregir a los adultos.
Cada vez que intentaba hacerlo, ellos parecían confundirse todavía más.
Finalmente, como nadie lograba recordar cuándo era realmente la cita del veterinario, decidieron llevar a Milu con ellas por si acaso.
“Más vale prevenir”, había dicho su mamá antes de salir hacia la academia de cheerleading.
Aquella tarde, Majo abrió la puerta del gimnasio…
y el lugar estaba completamente vacío.
Ni música.
Ni entrenadoras.
Ni compañeras.
Solo el eco del lugar respirando en silencio.
Majo parpadeó confundida.
—¿Hola?
Nada respondió.
Milu caminó unos pasos dentro del gimnasio, haciendo sonar sus pequeñas uñas contra el suelo brillante.
Majo sacó el celular.
Había mensajes por todas partes.
Algunas chicas pensaban que el entrenamiento era mañana.
Otras creían que había sido cancelado.
Una incluso juraba que estaban en vacaciones.
Majo tragó saliva lentamente.
El caos ya no parecía un accidente.
Dejó la mochila sobre una banca y caminó hacia el gran espejo de la pared.
Por costumbre, comenzó a practicar algunos movimientos.
Un giro.
Un salto.
Otro más.
Sus pompones brillaron bajo las luces silenciosas del gimnasio vacío.
Pero entonces…
algo comenzó a iluminarse dentro de su maleta.
Majo se detuvo.
El Espejo-Estrella.
Desde la batalla en el Jardín de los Reflejos, nunca volvía a separarse de él.
La luz dorada atravesó apenas el cierre de la mochila.
Milu levantó las orejas inmediatamente.
Majo abrió la maleta lentamente.
El espejo vibraba entre pequeños destellos de estrellas.
Y entonces una voz atravesó el cristal.
Lejana.
Entrecortada.
Como una señal intentando abrirse paso entre una tormenta.
—¿Hola…? ¿Hola, hola?… ¿Algún guardián escucha mi llamado?
Majo abrió mucho los ojos.
—¿Quién eres? —preguntó sorprendida.
La superficie del espejo brilló más fuerte.
Por un instante apareció la silueta luminosa de una mujer rodeada por cintas doradas que flotaban alrededor de sus brazos como si danzaran en el aire.
—Mi nombre es Terpsícore —respondió la voz—. Y Roma necesita ayuda.
El gimnasio se sintió helado.
Majo sostuvo el espejo con ambas manos.
—¿Roma?
La imagen parpadeó, inestable.
—Los días comenzaron a romperse… los calendarios… las puertas… algo está ocurriendo en el antiguo imperio…
La voz se distorsionó durante unos segundos.
—La memoria del tiempo se está perdiendo.
Majo sintió un escalofrío.
Entonces recordó:
los horarios confundidos,
las alarmas,
las agendas,
los relojes,
las fechas imposibles.
Todo estaba conectado.
Majo levantó lentamente la mirada hacia la entrada del gimnasio.
Al otro lado de la puerta vio a su mamá revisando el celular otra vez, claramente desesperada intentando entender su agenda.
Y entonces lo supo.
Aquello no estaba ocurriendo solo en Bogotá.
La Niebla del Olvido tenía algo que ver con todo aquello.
Majo respiró profundo.
El gimnasio pareció desaparecer lentamente detrás del brillo del espejo.
Las estrellas comenzaron a girar alrededor de sus manos.
Abrazó el Espejo-Estrella contra su pecho.
Y cerró los ojos.
—Espejo-Estrella… llévame donde la memoria necesite luz.
El cristal estalló en destellos dorados.
Las estrellas comenzaron a girar alrededor de ella formando un portal luminoso.
Al otro lado, la silueta de Terpsícore parecía extenderle la mano.
—Protectora… rápido… la conexión no es estable…
Majo dio un paso hacia adelante.
Y justo en ese instante, Milu ladró emocionada y saltó detrás de ella atravesando el portal.
—¡Milu, espera!
Todo ocurrió demasiado rápido.
Las estrellas se desordenaron violentamente.
La imagen de Terpsícore parpadeó.
El portal tembló como un espejo rompiéndose desde dentro.
—¡Protectora… no te veo…! ¡No puedo—!
La voz se cortó.
La conexión había desaparecido.
El vacío se abrió bajo sus pies.
Y entonces…
el viaje dejó de obedecer al camino correcto.
CAPÍTULO 2
El guardián de las puertas oscuras
El viaje dejó de obedecer al camino correcto.
Majo sintió que el portal se rompía alrededor de ella como un espejo cayendo al vacío. Las estrellas giraron violentamente, perdiendo su forma, mientras la voz de Terpsícore desaparecía entre interferencias y fragmentos de luz.
Entonces todo se volvió oscuridad.
Majo cayó.
Sintió a Milu entre sus brazos por apenas un instante antes de perderla de vista entre la tormenta de estrellas rotas.
Y luego…
silencio.
Un silencio inmenso.
Antiguo.
Cuando volvió a abrir los ojos, el aire era frío.
Muy frío.
Majo se incorporó lentamente sobre un suelo de piedra negra cubierto por una niebla gris que se movía pegada al suelo como si respirara.
Milu apareció de inmediato junto a ella, temblando.
El lugar era gigantesco.
Frente a ellas se alzaban enormes puertas de roca oscura cubiertas por grietas antiguas y cadenas inmensas que parecían haber permanecido allí desde el inicio del mundo. A ambos lados crecían columnas partidas y estatuas erosionadas por el tiempo.
No había cielo.
Solo sombras.
Y a lo lejos…
el eco profundo de algo respirando.
Milu se escondió detrás de las piernas de Majo.
—No me gusta este lugar… —susurró Majo abrazando el Espejo-Estrella contra su pecho.
Entonces el sonido volvió a escucharse.
Más cerca.
Un gruñido grave recorrió las cavernas.
La niebla comenzó a apartarse lentamente.
Y algo gigantesco emergió desde la oscuridad.
Majo retrocedió de inmediato.
Cerbero.
Las tres enormes cabezas del guardián del inframundo aparecieron entre las sombras con los ojos brillando como brasas antiguas. Su cuerpo parecía una montaña cubierta de oscuridad viva, y cada paso hacía temblar el suelo bajo las patas gigantescas.
Milu soltó un ladrido nervioso.
Pero en vez de esconderse…
se puso delante de Majo.
Pequeña.
Temblando.
Y aun así intentando protegerla.
Cerbero mostró los colmillos.
El eco de sus gruñidos llenó las cavernas.
Y entonces se lanzó hacia ellas.
—¡Milu!
Majo cerró los ojos y se cubrió instintivamente.
Pero el ataque nunca llegó.
Un rugido diferente atravesó el inframundo.
Dolor.
Majo abrió lentamente los ojos.
Cerbero forcejeaba furioso contra algo detrás de él. Sus enormes patas arañaban el suelo mientras una de sus cabezas gruñía hacia las rocas de la caverna.
Entonces Majo lo vio.
La enorme cola cubierta de escamas de serpiente había quedado atrapada entre dos gigantescas piedras negras desprendidas del techo. Por su tamaño, Cerbero no lograba alcanzar el lugar donde estaba aprisionado.
El gran guardián volvió a rugir.
No sonaba furioso.
Sonaba desesperado.
Milu inclinó un poco la cabeza.
Majo tragó saliva lentamente.
Seguía teniendo miedo.
Muchísimo miedo.
Pero algo dentro de ella comenzó a sentirse distinto al observar a la criatura.
Ya no parecía solamente un monstruo.
Parecía alguien sufriendo.
Majo respiró profundo.
Y dio un paso hacia adelante.
Las tres cabezas de Cerbero se giraron inmediatamente hacia ella.
El inframundo entero pareció contener el aliento.
Milu soltó un pequeño quejido nervioso.
—Está bien… —susurró Majo, aunque no estaba segura de si se lo decía a Cerbero, a Milu… o a sí misma—. Solo quiero ayudarte.
La criatura gruñó suavemente.
Majo se acercó lentamente hasta las enormes piedras.
Eran pesadísimas.
Apoyó ambas manos sobre una de ellas e intentó moverla.
Nada.
Volvió a intentarlo con más fuerza.
Sus pies resbalaron sobre la roca.
Cerbero observaba en silencio.
Majo apretó los dientes.
Y empujó una vez más.
Entonces la piedra cedió apenas unos centímetros.
Lo suficiente.
La enorme cola de serpiente logró liberarse de entre las rocas.
Cerbero retrocedió inmediatamente.
Las cadenas de las puertas oscuras vibraron suavemente.
Majo cayó sentada al suelo, respirando agitada.
Por unos segundos nadie se movió.
Cerbero la observó en silencio con sus tres enormes cabezas.
Confundido.
Como si no entendiera por qué alguien se había acercado en vez de huir.
Milu asomó lentamente detrás de Majo.
Una de las cabezas gigantes descendió despacio hasta quedar frente a ellas.
Majo tragó saliva.
Y entonces…
Cerbero apoyó suavemente la enorme cabeza contra su hombro.
Como un cachorro gigantesco buscando cariño después de mucho tiempo.
Majo soltó una pequeña risa nerviosa.
—Definitivamente eres el perro más grande que he visto…
Milu ladró bajito, todavía desconfiada.
Una voz suave resonó entonces entre las cavernas.
—No suele confiar en los visitantes.
La niebla comenzó a apartarse lentamente.
Desde las sombras apareció una mujer cubierta por telas oscuras adornadas con pequeñas flores doradas que brillaban incluso en medio del inframundo.
Su presencia no daba miedo.
Daba tristeza.
Y calma al mismo tiempo.
—Soy Proserpina… —susurró.
La reina del inframundo sonrió apenas.
—Pocas personas llegan aquí por accidente… y todavía menos ayudan a su guardián.
Majo se levantó lentamente.
—No quería que siguiera atrapado…
Proserpina observó a Cerbero con ternura silenciosa.
—Muchos lo llaman monstruo antes de intentar comprenderlo.
Cerbero volvió a acercarse a Milu.
La pequeña perrita retrocedió un poquito.
Pero una de las enormes cabezas simplemente comenzó a olfatear el collar de estrella que llevaba alrededor del cuello.
Entonces ocurrió.
Una luz dorada recorrió lentamente el collar.
Símbolos antiguos brillaron apenas sobre la estrella azul de Milu antes de desaparecer.
La perrita levantó las orejas de inmediato.
Y de pronto comenzó a escuchar cosas.
Ecos lejanos.
Pasos invisibles.
Puertas ocultas respirando entre las cavernas.
Milu miró hacia la oscuridad como si pudiera ver caminos que antes no existían.
Proserpina observó la escena con interés.
—Curioso… Cerbero rara vez comparte su esencia con alguien.
Majo parpadeó confundida.
—¿Qué significa eso?
—Que ahora podrá encontrar aquello que otros no logran percibir.
Milu ladró emocionada.
Como si acabara de descubrir que el mundo escondía miles de secretos nuevos.
Entonces Proserpina extendió una pequeña bolsa de tela oscura hacia Majo.
Dentro brillaba un polvo suave parecido a pétalos dorados.
—Guárdalo bien —dijo con calma—. La belleza también puede abrir puertas que la fuerza jamás lograría cruzar.
Majo tomó el pequeño bolso sin entender completamente sus palabras.
Pero algo le dijo que aquel regalo sería importante algún día.
Entonces levantó la mirada.
—Necesito encontrar a Terpsícore. Roma está en peligro.
Proserpina asintió lentamente.
—Lo sé.
El inframundo pareció guardar silencio otra vez.
—Terpsícore conoce el caos que está consumiendo las puertas del tiempo… pero yo no puedo abandonar este reino. Solo puedo caminar bajo el sol durante ciertos ciclos del año y ahora no se ni en que mes estamos, si el orden no regresa, no sé si algún día pueda volver a ver el sol.
La reina del inframundo levantó una mano señalando uno de los túneles oscuros.
—Sigue las cuevas hasta encontrar el lago de las nueve ninfas. Ellas podrán ayudarte a llegar al corazón de Roma.
Milu levantó las orejas de inmediato.
Ahora podía escuchar algo.
Agua.
Muy lejos.
La pequeña perrita comenzó a avanzar emocionada hacia uno de los caminos ocultos entre las cavernas.
Majo sonrió un poquito.
—Creo que ahora sí tenemos guía.
Cerbero observó a ambas mientras se alejaban lentamente entre la niebla.
Y durante un instante…
las enormes puertas oscuras del inframundo parecieron menos aterradoras que antes.

CAPÍTULO 3
El lago de las musas perdidas
Las cavernas del inframundo parecían no terminar nunca.
A veces los túneles se dividían en caminos imposibles. Otras veces las paredes cambiaban lentamente de forma, como si las cuevas respiraran en silencio bajo la tierra.
Pero ahora Milu caminaba al frente moviendo la cola con orgullo.
Olfateaba el aire.
Giraba las orejas.
Y de vez en cuando se detenía para mirar hacia túneles ocultos que Majo ni siquiera había notado antes.
—Bueno… alguien se convirtió en súper mascota —dijo Majo sonriendo mientras avanzaban.
Milu ladró feliz.
El pequeño collar de estrella brilló apenas por un instante.
Desde que Cerbero había compartido parte de su esencia con ella, parecía percibir cosas invisibles:
ecos lejanos,
puertas ocultas,
corrientes de aire imposibles de sentir para cualquier otro.
Y gracias a eso habían logrado atravesar varios atajos entre las cavernas del inframundo.
Muy lejos, una luz comenzaba a aparecer entre las rocas.
Milu aceleró emocionada.
—¡Oye, espérame!
Finalmente salieron de las cuevas.
Y Majo se quedó completamente inmóvil.
Frente a ellas se extendía un lago oculto entre enormes árboles plateados cuyas hojas brillaban suavemente bajo una luz parecida a la luna. El agua parecía cantar en voz baja mientras pequeñas partículas luminosas flotaban sobre la superficie.
Después de la oscuridad del inframundo…
el lugar parecía un sueño.
En medio del lago crecían flores enormes de colores suaves que se abrían lentamente al paso del viento.
Y junto al agua esperaban dos figuras.
Terpsícore.
Y otra mujer cubierta por telas azul claro adornadas con pequeñas notas doradas que parecían moverse solas alrededor de sus manos como cintas de seda.
Terpsícore soltó el aire al verla.
—¡Protectora! Pensé que te había perdido cuando atravesaste el portal.
Majo sonrió nerviosa mientras Milu corría orgullosa alrededor del lago.
—No te preocupes… solo terminé en el inframundo romano por accidente.
Las dos musas abrieron mucho los ojos.
—¿Qué? —preguntó la segunda con sorpresa.
—Pero hice dos amigos —añadió Majo rápidamente—. Bueno… una reina y un perro gigante de tres cabezas.
Terpsícore parpadeó lentamente.
La otra musa soltó una pequeña risa musical.
—Definitivamente eres La Protectora de la Estrella.
Terpsícore caminó hacia ellas.
—Ella es Euterpe, musa de la música.
Euterpe hizo una pequeña reverencia elegante.
Incluso sus movimientos parecían tener ritmo propio.
—Nos alegra que hayas llegado sana y salva.
Majo miró alrededor del lago.
El lugar era enorme.
Pero también estaba demasiado vacío.
—¿Dónde están las demás musas?
Por un instante, el ambiente perdió parte de su calma.
Terpsícore y Euterpe intercambiaron una mirada silenciosa.
—En el templo de Júpiter —respondió finalmente Euterpe—. Ayudándolo a mantener el equilibrio del reino.
Majo frunció un poco el ceño.
—¿Qué está pasando exactamente?
El viento sobre el lago se volvió más frío.
Terpsícore observó las aguas oscuras antes de responder.
—Roma está perdiendo el orden de sus días.
El silencio pareció extenderse sobre el bosque.
—Los calendarios comenzaron a contradecirse —continuó Euterpe—. Los meses dejaron de coincidir. Nadie sabe cuándo deben comenzar las cosechas, cuándo celebrar los festivales… o incluso cuándo descansar.
Majo recordó inmediatamente:
las alarmas,
las agendas,
la academia vacía,
los horarios confundidos de sus padres.
Todo seguía conectado.
—Júpiter siempre ha protegido el orden del imperio —explicó Terpsícore—. Gran parte de su poder depende del equilibrio de Roma. Pero ahora… ese equilibrio se está rompiendo.
Las aguas del lago comenzaron a moverse lentamente alrededor de unas hojas flotantes que giraban sin dirección.
—Sin tiempo claro… el orden desaparece —dijo Euterpe—. Y sin orden, incluso los dioses comienzan a debilitarse.
Majo sintió un pequeño escalofrío.
—¿Y qué ocurre con Roma?
Terpsícore suspiró suavemente.
—El caos dividió el imperio.
Milu levantó las orejas inmediatamente al sentir la tensión en sus voces.
—Marte tomó el control de gran parte de la ciudad —continuó Euterpe—. No porque sea cruel… sino porque es la única forma de gobernar que conoce.
—Disciplina —añadió Terpsícore—. Reglas estrictas. Vigilancia constante.
Majo bajó un poco la mirada.
Eso sonaba triste.
—Pero Venus se opone —dijo Euterpe—. Cree que Roma no puede sobrevivir únicamente bajo la dureza y el miedo.
El lago pareció apagarse apenas por un instante.
—Los festivales desaparecieron —susurró Terpsícore—. La música dejó de escucharse en muchas calles. Las personas ya no saben cuándo celebrar… ni cuándo detenerse.
Majo observó el agua en silencio.
Nunca había pensado que olvidar los días pudiera destruir tantas cosas.
Entonces levantó la mirada.
—¿Es por la Niebla del Olvido?
Las dos musas guardaron silencio unos segundos.
—No estamos seguras —respondió finalmente Terpsícore—. Pero creemos que algo ocurre cerca del templo de Jano.
El nombre pareció resonar distinto sobre el lago.
Antiguo.
Importante.
—Las puertas del tiempo comenzaron a comportarse de forma extraña —continuó Euterpe—. Y ahora una niebla rodea el templo casi todo el tiempo.
—¿Entonces por qué nadie va a investigar?
Terpsícore soltó una pequeña risa triste.
—Porque Marte prácticamente cerró la ciudad.
Majo abrió mucho los ojos.
—¿Qué?
—Nadie puede caminar libremente por el imperio sin autorización —explicó Euterpe—. Los guardias controlan las entradas, las calles y los caminos principales.
Milu gruñó bajito.
Como si no le agradara aquello.
Entonces Terpsícore caminó lentamente hasta la orilla del lago.
Se arrodilló junto al agua y extendió una mano.
La superficie comenzó a iluminarse suavemente.
Un pequeño caballito de mar hecho de agua y luz emergió entre las olas brillando como cristal líquido.
Majo abrió mucho los ojos.
—¡Es hermoso!
La pequeña criatura giró alegremente alrededor de Terpsícore antes de lanzarse sobre el lago dejando un rastro de luz azulada.
—Buscará a Venus —explicó Euterpe.
El bosque quedó en silencio otra vez.
Solo se escuchaba el agua cantando suavemente entre las raíces plateadas.
Y entonces…
el viento cambió.
Pétalos rosados comenzaron a flotar sobre el lago.
Las flores gigantes se abrieron lentamente.
Y una nueva presencia llenó el lugar con un aroma dulce parecido a jardines después de la lluvia.
Majo levantó la mirada.
Una figura apareció caminando sobre el agua como si el lago mismo le abriera camino.
Hermosa.
Elegante.
Pero también cansada.
Venus.
La diosa observó primero a las musas.
Luego a Majo.
Y finalmente sonrió apenas.
—Así que tú eres la Protectora de la Estrella.
Majo tragó saliva nerviosa.
—Supongo que sí…
Venus soltó una pequeña risa suave.
—Entonces quizá todavía exista esperanza para Roma.
La diosa observó unos segundos la oscuridad lejana del bosque.
—No puedo entrar libremente a la ciudad —dijo finalmente—. Marte convirtió muchas calles en zonas vigiladas.
Milu levantó las orejas otra vez.
—Pero conozco a dos pequeños problemas capaces de cruzar lugares donde nadie más puede hacerlo.
Majo inclinó un poco la cabeza confundida.
Venus sonrió con una mezcla peligrosa de diversión y resignación.
—Y vienen directamente desde la Isla de Afrodita, en Grecia.
CAPÍTULO 4
Los viajeros de la Isla del Amor
El lago permanecía en calma.
Las aguas brillaban suavemente bajo la luz plateada del bosque mientras Venus observaba el horizonte con expresión pensativa.
Entonces el viento cambió.
Un remolino de pétalos rosados comenzó a girar sobre el lago.
Majo levantó la mirada justo a tiempo para ver dos pequeñas figuras atravesando el cielo a toda velocidad.
—¡AAAAAHHHH, ROMA, HEMOS REGRESADOOOO! —gritó una voz conocida.
—¡Liros, deja de hacer entradas dramáticas!
Las dos figuras descendieron en picada sobre el lago.
Una de ellas aterrizó exageradamente de rodillas sobre una roca con una mano sobre el pecho como si acabara de salvar al universo entero.
La otra cayó de cara contra el agua.
Salpicando a todos alrededor.
Silencio.
Liros suspiró dramáticamente.
—Perfecto… arruinaste el aterrizaje heroico.
Leros emergió del lago completamente empapado.
—¡TÚ VOLASTE CONTRA MÍ!
Majo abrió mucho los ojos.
Los reconoció de inmediato por todas las historias que Ignacio le había contado.
Pequeños.
Caóticos.
Imposibles de ignorar.
Los querubines de la Isla del Amor.
Liros finalmente notó a Majo.
Y soltó un grito emocionado.
—¡LA PROTECTORA DE LA ESTRELLA!
Leros giró inmediatamente.
—¿QUÉ?
Ambos flotaron frente a ella al mismo tiempo.
—¡Sí es ella!
—¡La guardiana amiga del Guardián de la Luz Azul!
—¡La heroína del Jardín de los Reflejos!
Majo parpadeó confundida.
—¿Me conocen?
Los dos la miraron como si acabara de hacer la pregunta más absurda del universo.
—Claro que te conocemos —dijo Liros—. Los guardianes de la Llama de la Memoria ya tienen fama entre los reinos.
—Especialmente después de Grecia —añadió Leros cruzándose de brazos con falsa importancia.
Liros asintió exageradamente.
—Nosotros mismos ayudamos muchísimo en aquella batalla.
Leros levantó una ceja.
—“Muchísimo” es una palabra muy fuerte.
—Le permitimos al Guardián de la Luz Azul ayudarnos un poco.
—Casi morimos tres veces.
—¡Pero sobrevivimos espectacularmente!
Majo soltó una pequeña risa.
Incluso Venus parecía estar intentando no sonreír.
Por primera vez desde que había llegado a Roma, el ambiente se sintió un poco más ligero.
Entonces Majo recordó algo importante.
La sonrisa desapareció lentamente de su rostro.
—Creo que ya sé qué está causando todo esto.
Las musas guardaron silencio.
Liros y Leros también dejaron de discutir.
Majo sostuvo el Espejo-Estrella frente a ella.
—La Niebla del Olvido está detrás del caos… y algo me dice que está afectando a Jano.
El viento sobre el lago se volvió más frío.
Venus observó las aguas en silencio durante unos segundos.
Como si aquella idea confirmara algo que ya sospechaba.
Luego extendió lentamente las manos.
Las hojas plateadas de uno de los árboles cercanos comenzaron a desprenderse suavemente de las ramas. Flotaron alrededor de Venus envueltas en luz rosada mientras la diosa empezaba a entrelazarlas con movimientos delicados y elegantes.
Majo observó fascinada.
Las hojas parecían convertirse en hilos de cristal entre sus dedos.
Poco a poco, Venus formó un pequeño bolso brillante adornado con suaves símbolos dorados.
Un portaespejo.
Hermoso.
Antiguo.
La diosa se acercó lentamente a Majo.
—He notado que llevas el Espejo-Estrella siempre entre tus manos.
Majo bajó un poquito la mirada.
—No me gusta separarme de él.
Venus sonrió con suavidad.
—Entonces protégelo como merece.
Le entregó el pequeño bolso.
En cuanto Majo guardó el espejo dentro de él, la tela brilló suavemente como si hubiera reconocido la reliquia.
Milu ladró impresionada.
—¡Eso fue increíble! —susurró Majo.
Liros suspiró dramáticamente.
—A nosotros nunca nos regalan cosas mágicas elegantes.
—Porque la última vez intentaste usar una reliquia antigua para preparar sopa —respondió Leros.
—¡Y quedó deliciosa!
Venus finalmente recuperó la seriedad.
—Escuchen con atención.
Los querubines se acomodaron inmediatamente.
Bueno…
más o menos.
Liros seguía intentando alcanzar una fruta luminosa del árbol mientras flotaba de cabeza.
—Marte controla gran parte de la ciudad —continuó Venus—. Los guardias reconocen a las musas, a mis mensajeros y prácticamente a cualquiera relacionado conmigo.
Leros dejó de flotar.
—Eso no suena bien.
—No lo es —respondió Euterpe—. Nadie puede caminar libremente por Roma sin autorización.
Venus miró entonces a los querubines.
—Pero ustedes dos solo vienen de vacaciones desde la Isla del Amor. Los soldados no los conocen.
Liros sonrió lentamente.
Y esa sonrisa hizo que Majo sospechara inmediatamente que aquello podía terminar muy mal.
—¿Nos estás diciendo… que oficialmente tenemos permiso para causar problemas?
—No —respondió Venus rápidamente.
Leros levantó un dedo.
—Pero técnicamente sí.
Venus cerró los ojos un segundo como si ya estuviera arrepintiéndose.
Antes de partir, las musas entregaron una pequeña maleta a los querubines.
Dentro había:
fruta,
pan,
dulces,
y varios pequeños frascos llenos de polvo brillante.
Majo observó uno con curiosidad.
—¿Qué es eso?
Liros abrió uno inmediatamente y lo lanzó sobre un pedazo de pan.
—Polvos de la Metamorfosis.
Majo abrió mucho los ojos.
—¿Se comen?
—¡Claro! Combinan excelente con queso.
Leros apartó el frasco de inmediato.
—NO son condimento.
Los querubines comenzaron a discutir otra vez mientras abandonaban el lago junto a Majo y Milu.
Poco a poco el bosque luminoso fue desapareciendo detrás de ellos.
Y Roma comenzó a aparecer.
La ciudad era enorme.
Majestuosa.
Pero algo en ella se sentía roto.
Las plazas estaban demasiado silenciosas.
No había música.
Ni celebraciones.
Ni mercados llenos de risas.
Los ciudadanos caminaban rápido evitando llamar la atención de los soldados que patrullaban las calles con armaduras oscuras y lanzas brillantes.
Roma parecía contener el aliento.
—Esto es triste… —susurró Majo.
Incluso Liros dejó de sonreír unos segundos.
—Antes había festivales por todas partes.
Leros bajó la mirada.
—Roma nunca era silenciosa.
Milu levantó las orejas de repente.
Su collar brilló suavemente.
La pequeña perrita comenzó a caminar hacia una calle más estrecha.
—Creo que encontró algo —dijo Majo.
Y justo en ese instante aparecieron dos soldados doblando la esquina.
—¡Alto! —gritó uno de ellos.
Liros soltó un chillido.
—¡NO ESTOY LISTO PARA IR A PRISIÓN ROMANA!
Leros tomó rápidamente uno de los frascos de polvo brillante.
—Tengo una idea.
—Tus ideas siempre son peligrosas.
—Gracias.
El querubín lanzó los polvos sobre Liros.
¡PUF!
Una nube rosada explotó alrededor de él.
Y un segundo después…
una elegante mujer romana apareció en su lugar.
Hermosa.
Dramática.
Exageradamente dramática.
Liros posó levantando una mano al cielo.
—Oh, valientes soldados… ¿podrían ayudar a una pobre viajera perdida?
Los soldados se quedaron mirándolo confundidos.
Uno de ellos incluso se sonrojó.
Leros suspiró.
—Eso no va a funcionar.
Tomó otro poco de polvo.
Y se lo lanzó encima.
¡PUF!
Ahora era un anciano encorvado apoyado sobre un bastón invisible.
—¡AYYYYY MIS RODILLAS! —gritó inmediatamente—. ¡EL IMPERIO ME ESTÁ MATANDO!
Los soldados retrocedieron confundidos.
—¿Qué está pasando aquí?
—¡Necesito ayuda médica, emocional y posiblemente espiritual! —seguía gritando Leros.
Mientras los guardias intentaban entender qué demonios estaba ocurriendo…
Majo y Milu aprovecharon para escabullirse por una calle lateral.
Milu olfateó el aire.
Su collar volvió a brillar.
Y entonces comenzó a correr decidida hacia las partes más antiguas de la ciudad.
Muy a lo lejos…
entre columnas cubiertas por niebla…
algo gigantesco parecía esperar entre las sombras.
El templo de Jano.

CAPÍTULO 5
Las Puertas de los Días Perdidos
El templo de Jano no parecía construido sobre Roma.
Parecía suspendido entre lo que había sido y lo que todavía no ocurría.
Majo y Milu llegaron hasta sus puertas siguiendo los rastros invisibles que solo la pequeña perrita podía percibir. El collar de estrella brillaba suavemente en su cuello, marcando caminos ocultos entre columnas antiguas, calles silenciosas y sombras que parecían moverse antes de ser vistas.
Frente a ellas, el templo se alzaba enorme.
Pero no era un templo común.
Había puertas por todas partes.
Puertas altas como torres.
Puertas pequeñas como ventanas.
Puertas abiertas hacia amaneceres detenidos.
Puertas cerradas detrás de las cuales se escuchaban risas, llantos, campanas, pasos y voces que parecían venir de otros siglos.
Algunas mostraban cielos de noche.
Otras, tardes doradas.
Otras no mostraban nada.
Solo niebla.
Majo sintió un escalofrío.
La reconoció de inmediato.
Era la misma presencia fría que había cubierto el Jardín de los Reflejos.
La Niebla del Olvido.
—Está aquí… —susurró.
Milu gruñó bajito.
El Espejo-Estrella brilló dentro del bolso tejido por Venus, como si también hubiera sentido la amenaza.
Majo lo sacó con cuidado y lo sostuvo contra su pecho.
—Tranquila, Milu —dijo en voz baja—. Vamos juntas.
La perrita levantó las orejas y avanzó primero.
Dentro del templo, el mundo dejó de comportarse como debía.
Los corredores cambiaban de lugar.
Los relojes no marcaban horas, sino estaciones.
En una pared, un amanecer permanecía atrapado sin convertirse jamás en día.
En otra, un cielo lleno de estrellas brillaba como si la noche hubiera olvidado retirarse.
A cada paso, las puertas se abrían y se cerraban con sonidos profundos, parecidos a suspiros antiguos.
Majo intentó seguir a Milu, pero el camino se transformaba constantemente.
Una puerta aparecía frente a ellas.
Luego desaparecía.
Un pasillo se iluminaba.
Luego quedaba cubierto por sombras.
Todo era doble.
Todo parecía mirar hacia dos lugares al mismo tiempo.
Pasado.
Futuro.
Nunca presente.
Finalmente, Milu se detuvo frente a una puerta enorme cubierta por símbolos romanos y grietas oscuras.
El collar de estrella brilló con fuerza.
Majo respiró profundo.
—Creo que es aquí.
La puerta se abrió sola.
Al otro lado había una sala circular inmensa.
En el centro del suelo, un reloj solar giraba lentamente, aunque no había sol que lo iluminara.
Y sobre él se alzaba una figura majestuosa.
Jano.
No estaba sentado en un trono.
No necesitaba uno.
Su presencia llenaba la sala entera.
Tenía dos rostros.
Uno miraba hacia atrás, hacia un corredor lleno de ecos antiguos.
El otro miraba hacia adelante, hacia puertas que aún no habían terminado de formarse.
Pero algo estaba mal.
Una mitad de su cuerpo brillaba con una luz dorada, cansada pero viva.
La otra estaba cubierta por grietas oscuras, atravesada por hilos de niebla que subían lentamente por su cuello y su rostro.
El primer rostro habló con una voz profunda.
—No debiste venir, Protectora.
Majo apretó el Espejo-Estrella.
—Roma me llamó.
El rostro luminoso cerró los ojos con tristeza.
—Roma está olvidando sus días.
Milu se acercó un poco más, inquieta.
Entonces todas las puertas de la sala se cerraron de golpe.
El sonido hizo temblar el templo entero.
El reloj solar bajo los pies de Majo comenzó a girar con violencia.
La sala se movió.
Las sombras cambiaron de lugar.
Y cuando Majo volvió a levantar la mirada, ya no estaba frente al rostro luminoso de Jano.
Estaba frente al otro.
El rostro oscuro sonrió.
Una sonrisa fría.
Cansada.
Vacía.
—Una niña con un espejo —dijo—. Eso envían para salvar el tiempo.
Majo tragó saliva, pero no retrocedió.
—No vine a pelear contigo.
Jano soltó una risa baja.
La niebla se movió alrededor de su rostro como humo dormido.
—Todos dicen eso al principio.
—Yo no soy todos.
—No —respondió él—. Tú eres peor. Vienes con esperanza.
La palabra resonó en la sala como si le doliera.
Majo lo observó en silencio.
No veía solo maldad.
Veía cansancio.
Un cansancio enorme.
Antiguo.
Como si Jano llevara demasiado tiempo sosteniendo puertas que nadie agradecía.
—La Niebla te está usando —dijo Majo.
La mirada oscura de Jano se endureció.
—La Niebla me entiende.
El templo se estremeció.
Algunas puertas comenzaron a abrirse alrededor de ellos mostrando imágenes rápidas: nacimientos, despedidas, bodas, guerras, coronas, tumbas, viajes, regresos.
Todo pasando.
Todo cambiando.
Jano levantó una mano hacia ellas.
—Miro el pasado sin poder volver a él. Miro el futuro sin poder vivirlo. Veo a los mortales nacer, amar, prometer, perder, morir… y siempre permanezco aquí.
Su voz se quebró apenas.
—En medio.
Majo bajó un poco el espejo.
El rostro oscuro continuó:
—Los otros dioses tienen estaciones, fiestas, templos llenos de canciones. Algunos conocen la guerra. Otros el amor. Otros la cosecha. Otros el descanso.
La niebla se espesó.
—Yo solo conozco puertas.
Una detrás de otra.
Una despedida después de un comienzo.
Un final antes de otro inicio.
Nunca el momento.
Nunca el ahora.
Majo sintió que algo se apretaba en su pecho.
Por primera vez entendió.
La Niebla no había entrado en Jano por odio.
Había entrado por soledad.
—Pero las puertas son importantes —dijo ella suavemente.
Jano la miró con amargura.
—Importantes para quienes las cruzan. No para quien debe sostenerlas.
Majo guardó silencio.
Pensó en la Escuela de las Estrellas.
En el salto imperfecto.
En el Jardín de los Reflejos.
En Cerbero, atrapado entre piedras, creyendo que todos huirían de él.
Y entonces recordó a Proserpina.
La reina del inframundo.
Su mirada triste.
Su calma.
Sus palabras.
“La belleza también puede abrir puertas que la fuerza jamás lograría cruzar.”
Majo abrió lentamente el pequeño bolso de tela que Proserpina le había entregado.
Dentro brillaba una luz suave, parecida a pétalos dorados flotando sobre una mañana de primavera.
Jano retrocedió apenas.
—¿Qué es eso?
—Un recuerdo —respondió Majo—. Creo que uno que necesitas ver.
La luz salió lentamente de la bolsa.
No explotó.
No atacó.
Solo llenó la sala con una calidez antigua.
Como el primer día después de un invierno demasiado largo.
Las puertas comenzaron a abrirse una por una.
Pero esta vez no mostraron guerras.
No mostraron ruinas.
No mostraron pérdidas.
Mostraron promesas.
Una madre abrazando a su hija después de una larga espera.
Una flor naciendo entre tierra oscura.
Un viajero regresando a casa.
Dos manos encontrándose después de años.
Un niño despertando el primer día de primavera.
Majo levantó la mirada hacia Jano.
—Proserpina también vive entre dos mundos —dijo—. También espera. También deja atrás una parte de sí misma cada vez que cruza una puerta.
La luz dorada comenzó a reflejarse en las grietas oscuras del dios.
—Pero no está sola. La sostienen quienes la aman. La sostiene el recuerdo de quienes esperan su regreso.
Jano observó las imágenes en silencio.
Por primera vez, el rostro oscuro dejó de sonreír.
—Yo no conozco ese amor —murmuró—. No recuerdo la belleza.
La niebla intentó cubrirlo otra vez.
Majo dio un paso adelante.
—Entonces mírala.
El Espejo-Estrella brilló entre sus manos.
La luz de Proserpina y la luz del espejo se unieron.
Y Jano miró hacia atrás.
En el pasado que cuidaba no solo había guerras.
Había canciones.
Cartas.
Abrazos.
Promesas hechas bajo cielos antiguos.
Risas en festivales.
Familias reunidas alrededor del fuego.
Manos sembrando semillas.
Niños aprendiendo los nombres de los días.
Luego miró hacia adelante.
Y en el futuro no solo vio miedo.
Vio esas promesas cumpliéndose.
Vio regresos.
Vio mañanas.
Vio oportunidades.
Vio que cada puerta que había sostenido no era una condena.
Era una posibilidad.
El rostro luminoso de Jano abrió los ojos.
El rostro oscuro tembló.
La Niebla retrocedió como si aquella memoria le quemara.
Majo habló con suavidad:
—No estás atrapado entre el pasado y el futuro porque no pertenezcas a ningún lugar.
Se acercó un poco más.
—Estás allí porque todos necesitan un guardián que les recuerde que todavía pueden cruzar.
El templo guardó silencio.
Un silencio distinto.
No vacío.
Vivo.
Las dos mitades de Jano comenzaron a mirarse.
Por primera vez, no parecían enemigas.
Parecían cansadas.
Heridas.
Pero dispuestas a recordarse.
La luz dorada recorrió el reloj solar.
Las puertas dejaron de golpearse.
Los corredores se estabilizaron.
Los amaneceres atrapados comenzaron a avanzar lentamente hacia el día.
Y la Niebla gritó.
No con voz humana.
Sino como un recuerdo roto negándose a desaparecer.
Se contrajo en el aire, formando un remolino oscuro detrás de Majo.
Milu levantó las orejas.
Su collar brilló con fuerza.
Luego ladró.
Un ladrido agudo.
Urgente.
—¡Majo!
Majo giró justo a tiempo.
La Niebla se lanzó contra ella como una serpiente de sombra.
Por un instante, el miedo volvió.
Pero Majo ya conocía esa oscuridad.
La había visto en los espejos.
La había sentido cuando el mundo olvidaba su propio reflejo.
Apretó el Espejo-Estrella entre sus manos.
Y recordó la Escuela de las Estrellas.
“No saltes pensando en caer.
Salta creyendo en tu luz.”
Majo tomó impulso.
Saltó.
No fue perfecto.
No tenía que serlo.
Su cuerpo giró en el aire mientras el Espejo-Estrella se encendía con una luz inmensa.
Dorada.
Cálida.
Viva.
—¡No vas a borrar lo que todavía puede recordarse!
El rayo salió del espejo como un amanecer.
Atravesó el remolino.
Atravesó el reloj solar.
Atravesó las puertas infinitas del templo.
Y por un instante, toda Roma quedó iluminada.
Las plazas.
Los calendarios.
Las calles vigiladas.
Los templos silenciosos.
Los hogares donde las personas habían olvidado qué día era.
La luz subió hacia el cielo romano y las estrellas volvieron lentamente a su lugar.
La Niebla se distorsionó entre gritos lejanos, como miles de nombres intentando no perderse.
Luego se rompió.
No desapareció por completo.
Nunca lo hacía.
Pero retrocedió.
El templo respiró.
Las puertas se abrieron lentamente.
Una tras otra.
El reloj solar se detuvo en el centro.
Por primera vez desde que Majo había entrado, la sala ya no parecía mirar solo al pasado o al futuro.
Parecía estar allí.
En el presente.
Jano permanecía de pie frente a ella.
Sus dos rostros ya no estaban divididos por la Niebla.
Seguían siendo distintos.
Pero ahora compartían la misma luz.
Majo aterrizó con dificultad y casi perdió el equilibrio.
Milu corrió hacia ella moviendo la cola.
—Estoy bien —dijo Majo, respirando agitada.
Jano inclinó lentamente la cabeza.
Un gesto solemne.
Antiguo.
—Protectora de la Estrella —dijo—, hoy no cerraste una puerta.
La luz del templo se reflejó en el Espejo-Estrella.
—Me recordaste por qué debía mantenerlas abiertas.
CAPÍTULO 6
Cuando Roma recordó sus días
La luz del Espejo-Estrella desapareció lentamente.
El templo de Jano permaneció en silencio durante unos segundos, como si incluso las antiguas puertas necesitaran tiempo para recordar cómo respirar otra vez.
Luego ocurrió.
Los relojes detenidos comenzaron a moverse.
Las puertas dejaron de temblar.
Los amaneceres atrapados continuaron su camino hacia el día.
Y, muy lejos del templo, las campanas de Roma comenzaron a sonar una tras otra.
Majo levantó lentamente la mirada.
Las dos mitades de Jano seguían siendo distintas.
Una observaba los caminos del pasado.
La otra vigilaba las puertas del futuro.
Pero la oscuridad que las dividía había desaparecido.
Ahora ambas compartían la misma luz tranquila.
—Me alcancé a asustar muchísimo… —admitió Majo levantándose despacio—. No te imaginas lo importante que eres.
Jano inclinó apenas la cabeza.
Y entonces Majo sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Sincera.
—Además… me encanta que ahora seamos amigos. Tengo un amigo súper increíble.
Por primera vez desde que había llegado al templo, una pequeña risa escapó de Jano.
No una risa poderosa.
No una risa divina.
Una risa cansada.
Humana.
Como si hubiera olvidado que todavía podía hacerlo.
Entonces una ventana del templo explotó hacia adentro.
—¡HEMOS REGRESADO TRIUNFANTEMENTE!
Dos figuras atravesaron la sala girando dramáticamente por el aire antes de aterrizar de manera completamente descoordinada sobre el reloj solar.
Liros y Leros.
Habían vuelto a sus formas normales.
Bueno…
más o menos.
Liros todavía tenía restos de pintalabios rojo alrededor de la boca.
Leros lo observó con cansancio absoluto.
—Todavía tienes labios de señora romana.
Liros abrió mucho los ojos.
—¡¿QUÉ?!
Intentó limpiarse rápidamente mientras Leros soltaba un largo suspiro.
—No puedo creer que sobrevivimos al imperio, a los guardias y a tu actuación dramática.
—¡Funcionó perfectamente!
—Uno de los soldados estaba enamorándose de ti.
—Eso significa que fui convincente.
Majo soltó una pequeña risa agotada.
Incluso Jano parecía observar la escena con curiosidad silenciosa.
Liros finalmente notó al dios.
Y tragó saliva inmediatamente.
—Ah… hola.
Leros dio un pequeño codazo.
—Creo que acabamos de interrumpir algo importante.
—Sí… probablemente una conversación divina súper solemne.
Jano observó a los querubines durante unos segundos.
Luego sonrió apenas.
Muy apenas.
—Roma necesitaba volver a escuchar ruido dentro de sus muros.
Los dos querubines se miraron confundidos.
—¿Eso fue… un cumplido? —susurró Liros.
—Creo que sí.
—¡SOMOS HÉROES OFICIALES DE ROMA!
Leros se llevó una mano a la cara.
Majo volvió a reír.
Y por primera vez desde que había llegado al imperio romano…
la risa no sonó fuera de lugar dentro del templo.
Jano levantó lentamente una mano.
Una de las enormes puertas de la sala comenzó a abrirse detrás de Majo.
Del otro lado se escapaba luz dorada.
—Creo que alguien te está esperando, Protectora.
Majo observó la puerta.
Luego volvió a mirar a Jano.
—¿Y tú?
El dios miró alrededor del templo.
Las puertas.
Los relojes.
Los corredores infinitos.
—Tengo mucho que ordenar después de tanto caos.
La luz del amanecer atravesó algunas grietas del techo.
Jano sostuvo la mirada de Majo.
—Pero recuerda algo…
Las puertas detrás de él comenzaron a abrirse lentamente una tras otra.
—Siempre serás bienvenida aquí.
Majo sonrió.
Luego acarició la cabeza de Milu y atravesó la puerta luminosa.
Al otro lado la esperaba el gran templo de Júpiter.
Roma ya no se sentía igual.
Las calles volvían lentamente a llenarse de música.
Los ciudadanos parecían menos confundidos.
Las campanas resonaban otra vez con orden.
Y el cielo romano finalmente parecía avanzar en la dirección correcta.
Venus fue la primera en acercarse.
La diosa la abrazó suavemente.
—Lo lograste Protectora.
Majo bajó un poquito la mirada.
—Todos ayudaron.
Venus soltó una pequeña risa.
—Definitivamente no nací para ser diosa rebelde. Es agotador discutir con Marte todo el tiempo.
—¡YO TE DIJE ESO HACE UN RATO! —gritó Liros desde el fondo.
—O quizá hace dos semanas —añadió Leros—. Ya nadie sabía qué día era.
Cerca de las enormes columnas del templo, Marte observaba la ciudad en silencio.
Cuando Majo se acercó, el dios habló sin girarse completamente hacia ella.
—Mantener el orden de Roma no es sencillo.
Su voz sonaba cansada.
Más cansada de lo que Majo esperaba.
—Cuando el tiempo comenzó a romperse… pensé que la disciplina sería suficiente para sostener todo.
Majo observó las calles debajo del templo.
La gente volvía lentamente a sonreír.
—Pero Roma necesitaba algo más —admitió Marte finalmente.
Entonces Júpiter apareció detrás de ellos.
Su presencia seguía siendo inmensa.
Pero ya no parecía debilitada.
—Roma necesitaba esperanza —dijo con calma—. No solo orden.
El viento movió lentamente las enormes telas del templo.
Liros levantó inmediatamente una mano.
—Y también necesitaba héroes extremadamente hermosos y valientes.
Leros levantó otra.
—Y humildes.
—Sobre todo humildes.
Venus soltó una risa cansada.
Majo negó con la cabeza divertida.
Milu comenzó entonces a caminar alrededor del templo olfateando el aire con atención.
De pronto levantó las orejas.
El collar de estrella brilló.
Y la pequeña perrita giró exactamente hacia un viejo portal oculto entre dos columnas.
—Creo que todavía puede sentirlos —dijo Majo sorprendida.
Venus observó el collar con interés.
—Cerbero dejó más de sí en ella de lo que imaginábamos.
Milu ladró orgullosa.
Como si acabara de aceptar oficialmente su nuevo trabajo como súper mascota guardiana.
El cielo de Roma comenzaba a iluminarse completamente cuando la voz de Jano resonó una última vez.
Clara.
Profunda.
Como la primera luz de la mañana atravesando una ventana antigua.
—Los días no existen solo para contar el tiempo…
El viento recorrió las calles del imperio.
Las puertas de Roma permanecieron abiertas.
—Existen para recordar por qué seguimos avanzando.
Majo cerró lentamente los ojos.
Y sostuvo el Espejo-Estrella frente a ella.
La reliquia brilló dentro del pequeño bolso tejido por Venus.
Las estrellas comenzaron a girar alrededor del cristal.
Majo sonrió suavemente.
—Debo irme… —dijo Majo con una pequeña sonrisa cansada mientras sostenía el Espejo-Estrella contra su pecho—. Creo que mi mamá va a perder la cabeza si no vuelvo de inmediato.
Liros soltó una risita.
—Sí… los adultos suelen hacer eso cuando los guardianes atraviesan portales mitológicos sin avisar.
Majo miró alrededor una última vez.
Las columnas del templo.
Las calles de Roma recuperando lentamente su música.
El cielo finalmente avanzando en el orden correcto.
Luego volvió a mirar a quienes ahora sentía parte de su historia.
—Siempre los llevaré conmigo… amigos del pasado, del presente y del futuro.
Por un instante, incluso Liros guardó silencio.
Luego miró lentamente a Leros.
—¿Vas a llorar, gruñón?
—¿Qué? ¡No! —respondió inmediatamente.
Sus ojos brillaban.
Liros entrecerró los ojos.
—Estás llorando.
—¡Tengo polvo romano en el ojo!
—Los dos ojos.
Leros intentó mantenerse serio unos segundos más.
No funcionó.
—Protectoraaaa… te vamos a extrañar muchísimo.
Liros suspiró dramáticamente mientras se limpiaba una lágrima imaginaria.
—Mira lo que haces. Ahora el gruñón tiene sentimientos.
Majo soltó una pequeña risa.
Entonces Liros abrió los brazos exageradamente.
—Pero no importa la distancia, el tiempo, la dimensión, la era, el reino o el caos cósmico…
Leros lo miró resignado.
—Ya empezó…
—…porque los superamigos legendarios siempre permanecen unidos.
—Creo que ya entendimos la idea —murmuró Leros.
Liros ignoró completamente el comentario.
—Y por favor, envíale nuestros saludos al Guardián de la Luz Azul. Dile que cuando quiera regresar, todavía nos debe un paseo oficial sobre el lomo de Gryphos.
Majo abrió mucho los ojos.
—¿En serio?
—Bueno… técnicamente Gryphos nunca aceptó…
—Pero nosotros sí —interrumpió Leros.
Majo sonrió.
Una sonrisa sincera.
De esas que nacen cuando alguien entiende que un lugar dejó de sentirse lejano y comenzó a sentirse importante.
—Así lo haré.
Milu ladró feliz moviendo la cola.
Majo observó una última vez a todos.
A Venus.
A Marte.
A Júpiter.
A los querubines discutiendo otra vez.
Y más allá de las columnas…
a Roma.
Inmensa.
Antigua.
Viva otra vez.
Entonces levantó lentamente el Espejo-Estrella.
La luz comenzó a girar alrededor del cristal.
Y antes de abrir el portal, Majo susurró con suavidad:
—Nunca los olvidaré. Porque los días importantes… también merecen ser recordados.
Luego respiró profundo.
Y dijo:
—Espejo-Estrella… llévame donde la memoria necesite luz.
El portal dorado se abrió frente a ella.
Liros y Leros comenzaron a despedirse dramáticamente al mismo tiempo.
Venus levantó una mano.
Marte inclinó apenas la cabeza.
Y Júpiter observó en silencio mientras la Protectora de la Estrella cruzaba el portal junto a Milu.
La luz desapareció.
Y en algún lugar del mundo moderno…
un calendario finalmente volvió a marcar el día correcto.

