Las Crónicas del Olvido




Antes del Olvido


Antes de que los nombres separaran a los dioses, antes de que los mapas dividieran los mundos y antes de que las historias aprendieran a esconderse en libros, existía un solo latido.

No había panteones ni fronteras. No existían culturas ni banderas del cielo. Existían funciones: la memoria, el tiempo, la vida, el equilibrio, el cambio. Cada una era un hilo del mismo tejido, y todas convivían sin disputarse el centro del telar.

A aquella fuerza que dio origen a todo no se le levantaron templos ni se le ofrecieron plegarias. No tenía rostro, ni voz, ni trono. Mucho tiempo después algunos intentarían llamarla El Inicio, aunque ni siquiera ese nombre le pertenecía del todo.

No creó para gobernar.
No creó para ser recordada.
Creó porque existir era mejor que el silencio.

Y durante mucho tiempo… aquello fue suficiente.

Hasta que apareció el miedo.

No el miedo a perder una guerra, ni a caer frente a otro dios. Fue un miedo más antiguo y más silencioso: el miedo a desaparecer. A no ser recordado. A convertirse en un susurro sin eco dentro de la memoria del mundo.

Y de ese temor nació el primer error.

Porque el mundo no se rompe con odio.
Se rompe con miedo.

De aquel deseo torcido no nació un arma, ni un ejército, ni un nuevo reino. Nació algo peor.

La Niebla del Olvido.

No destruía ciudades ni incendiaba templos. No lo necesitaba. Bastaba con borrar nombres, confundir recuerdos y apagar historias. Donde pasaba, los caminos seguían existiendo… pero nadie recordaba hacia dónde llevaban.

Algunos comprendieron demasiado tarde que la Niebla no era un enemigo externo, sino una consecuencia. El precio de olvidar quiénes eran y por qué existían.

Y aun así, hubo quienes se negaron a desaparecer.

No levantaron murallas ni forjaron espadas. Dejaron huellas: símbolos, promesas y reliquias capaces de resistir el paso del tiempo. No para dominar el mundo… sino para recordarle al mundo que aún tenía algo que proteger.

Fue entonces cuando los antiguos reinos se separaron. Así nacieron las mitologías, las tierras distantes y los nombres distintos para los mismos misterios. No como castigo, sino como refugio.

Y con el paso de los siglos, la Niebla pareció dormir.

Las historias se convirtieron en leyendas. Las leyendas en cuentos. Y los cuentos en simples susurros para hacer dormir a los niños.

Las reliquias quedaron ocultas.
Los pactos fueron olvidados.
Y el mundo creyó que la paz era eterna.

Pero la paz nunca es eterna.

Solo es prestada.

Y ahora…

en algún lugar del mundo, un libro vuelve a abrirse.

Una estrella comienza a despertar.

Y un recuerdo se resiste a desaparecer.

Porque mientras exista alguien capaz de decir:
“yo recuerdo”…

el Olvido jamás habrá vencido por completo.

Y así comienza la historia que nunca debió ser olvidada.


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