Acto 2


Los Guardianes de la Memoria




Capítulo 1:

El reflejo que no brilla

Algo había cambiado.

Ignacio lo sentía cada vez que entraba en su habitación.

El Libro del Dragón seguía descansando sobre el escritorio, inmóvil y silencioso, como cualquier otro libro olvidado entre cuadernos escolares. Pero ya no parecía un objeto común. Había algo distinto en él. Algo antiguo. Vivo.

A veces, por las noches, Ignacio juraba que el relieve del dragón en la portada respiraba lentamente bajo la luz de la luna.

Junto al libro descansaban los tres amuletos del Guardián y su cinturón azul de taekwondo. Pequeños objetos. Pequeñas pruebas de que aquello no había sido un sueño.

Las bibliotecas.

Las pruebas.
La voz de los guardianes.
… La Niebla.

Todo había ocurrido de verdad.

Y aunque seguía siendo el mismo chico de siempre, Ignacio comenzaba a entender algo inquietante:

el universo lo estaba observando.

No muy lejos de allí, Majo también miraba el cielo desde la ventana de su habitación.

Sostenía el Espejo-Estrella entre sus manos mientras las luces de la noche se reflejaban suavemente sobre su superficie brillante. Al observarse en él seguía viendo a la misma niña de siempre: sus ojos grandes, su moño morado, su sonrisa curiosa.

Pero en el fondo sabía la verdad.

Ella también había cambiado.

Desde su llegada a la Escuela de las Estrellas, algo nuevo parecía despertar dentro de su corazón. Una sensación imposible de explicar. Como si el universo le susurrara cosas que todavía no lograba comprender.

A veces imaginaba que el espejo reaccionaría de nuevo.
Que las estrellas volverían a abrirse.
Que un portal aparecería frente a ella para llevarla otra vez hacia aquel mundo imposible.

Y aunque ese momento estaba cada vez más cerca… Majo aún no entendía lo más importante:

los regalos del universo también podían convertirse en responsabilidades.

Pero mientras el destino terminaba de unir las piezas del camino que los guardianes debían tomar, esas responsabilidades debían esperar, pues en el mundo real había otras prioridades de las que no podían escapar.

Durante tres tardes seguidas, Majo se sentó en la mesa del comedor con su cuaderno abierto y un lápiz lleno de mordidas entre los dedos. Las fracciones parecían bailar frente a sus ojos como símbolos de otro planeta. Sumas, divisiones, números encerrados en círculos… nada quería quedarse quieto dentro de su cabeza.

Alejandra, su mamá, se sentaba a su lado con paciencia infinita.
—Mira, amor… si divides la pizza en cuatro partes y te comes dos…
—¡Entonces todavía quiero más pizza! —respondía Majo, intentando reírse.

Pero la risa duraba poco.

Ignacio también había intentado ayudarla. Había llenado hojas enteras con dibujos de estrellas, planetas y colores para explicarle las cuentas más difíciles.
—Las matemáticas son como aprender movimientos nuevos en taekwondo —le dijo una tarde—. Al principio el cuerpo se enreda… pero después encuentra el equilibrio.

Y Majo quería creerle.

De verdad quería.

Así que estudió.
Intentó, repitió ejercicios,borró respuestas, volvió a empezar.

Pero cuando la profesora entregó los exámenes corregidos al día siguiente, sintió un pequeño vacío abrirse dentro de su pecho.

La hoja tembló entre sus manos.

En la esquina superior había un número rojo dentro de un círculo.

Majo bajó la mirada de inmediato.

A su alrededor algunos niños celebraban, otros se quejaban en voz baja, pero ella apenas escuchaba el salón. Sentía los ojos pesados. Como si toda la seguridad que había construido durante esos días se hubiera roto de golpe.

Guardó el examen rápidamente dentro de su mochila.

Y aunque intentó actuar como siempre durante el resto del día, algo dentro de ella se había apagado un poco.

Esa tarde, al llegar a casa, apenas habló durante la cena.

Rubén levantó la vista del periódico al notar su silencio.
—¿Todo bien, estrellita?

Majo dudó unos segundos antes de sacar lentamente la hoja arrugada de la mochila.

Alejandra la observó con ternura.
—Oh, amor…

—Estudié mucho… —murmuró Majo, evitando mirarlos—. Pero no fue suficiente.

Por un instante, nadie habló.

Entonces Rubén dejó el periódico a un lado y sonrió apenas.
—Escúchame bien, Majo. Una mala nota no decide quién eres.

—Pero yo quería hacerlo bien…

Alejandra se acercó y le acomodó suavemente el cabello detrás de la oreja.
—Y lo importante es que lo intentaste con todo tu corazón.

Majo asintió despacio.

Pero en el fondo… no lograba sentirse mejor.

Esa noche, después de ponerse la pijama, se sentó frente al pequeño tocador de su habitación. Milu apareció dando pequeños saltitos y apoyó la cabeza sobre sus piernas.

Majo suspiró.

—Tal vez simplemente no soy buena para algunas cosas…

Levantó la mirada hacia el espejo.

Y entonces lo notó.

Su reflejo seguía allí… pero algo no estaba bien.

No había desaparecido.

No del todo.

Solo se veía extraño.

Borroso.

Como si alguien hubiera pasado una mano de niebla sobre el cristal.

Majo parpadeó confundida y se acercó un poco más.

El espejo seguía reflejando su habitación, sus ojos grandes, el moño morado sobre su cabello oscuro… pero los bordes de su reflejo parecían deshacerse lentamente, igual que una fotografía mojada por la lluvia.

Un pequeño escalofrío recorrió su espalda.

—¿Milu…? —susurró.

La perrita levantó las orejas de inmediato.

Y justo entonces, sobre la mesa de noche, el Espejo-Estrella comenzó a brillar.


Capítulo 2:

El Reino de los Reflejos


El Espejo-Estrella brilló una vez más.

No era una luz intensa ni peligrosa.
Era suave.
Profunda.
Como si las estrellas estuvieran respirando dentro del cristal.

Majo se acercó lentamente mientras Milu permanecía junto a ella, con las orejas levantadas y la cola rígida.

—¿Qué… qué está pasando…? —susurró.

La luz comenzó a expandirse por la habitación. Pequeños destellos dorados flotaron alrededor del espejo como polvo luminoso. Majo sintió un cosquilleo en las manos al tocarlo y, de inmediato, el suelo desapareció bajo sus pies.

Todo giró.

La habitación.
Las paredes.
Las luces.
El mundo entero.

Majo cerró los ojos con fuerza mientras una ráfaga cálida la envolvía por completo.

Y entonces…

silencio.

Cuando volvió a abrir los ojos, ya no estaba en su habitación.

Frente a ella se extendía un bosque imposible.

Los árboles eran altos y plateados, con ramas delgadas que parecían hechas de cristal. En lugar de frutos, colgaban cientos de espejos de distintas formas y tamaños. Algunos eran redondos como lunas pequeñas; otros largos y brillantes como gotas de lluvia congeladas.

Todos flotaban suavemente entre las hojas luminosas.

Milu soltó un pequeño ladrido y se acercó a uno de los espejos más bajos.

Al tocarlo con la nariz, la superficie brilló.

Dentro del cristal apareció un niño tambaleándose sobre una bicicleta mientras alguien corría detrás de él. El pequeño reía nervioso… hasta que, por un instante, logró avanzar solo.

Y entonces su rostro cambió.

No parecía más fuerte.
Ni más grande.

Pero sí invencible.

El espejo se apagó lentamente y otro comenzó a brillar cerca de Majo.

Esta vez vio a una anciana rodeada de brazos que la abrazaban con cariño. La mujer reía tan fuerte que incluso sus ojos parecían llenarse de luz.

Más adelante, otro espejo mostraba a una niña observando el cielo nocturno desde una ventana. Había estrellas reflejadas en sus pupilas, como si el universo entero viviera dentro de ellas.

Avanzó lentamente entre los árboles.

Cada espejo mostraba algo distinto.

No eran recuerdos.

No exactamente.

Eran momentos pequeños.
Verdaderos.

Fragmentos invisibles de las personas.

La valentía.

La alegría.

La esperanza.
La forma en que alguien se sentía amado.
La manera en que el alma brillaba cuando olvidaba tener miedo.

Majo observó los espejos en silencio mientras una idea comenzaba a crecer dentro de su pecho.

—Los espejos… no muestran cómo nos vemos… —susurró—. Muestran quiénes somos.

El viento sopló suavemente entre las ramas de cristal.

Pero algo cambió.

Uno de los espejos tembló.

La imagen del niño en bicicleta comenzó a oscurecerse lentamente hasta desaparecer por completo.

Otro cristal perdió su brillo.

La anciana dejó de reír.

El cielo estrellado en los ojos de la niña se apagó como una vela bajo la lluvia.

Se detuvo de golpe.

A su alrededor, el bosque entero comenzó a transformarse.

Las ramas luminosas se volvían grises.
Los espejos perdían claridad.
Los reflejos desaparecían uno por uno.

No desaparecían las personas.

Desaparecía aquello que las hacía reconocerse a sí mismas. 

Milu gimió bajito y se pegó a sus piernas.

Entonces Majo lo entendió.

Sintió un frío recorrerle el cuerpo mientras observaba cómo los espejos oscuros seguían multiplicándose entre los árboles.

—La Niebla… —murmuró lentamente—. La Niebla no está robando recuerdos…

Levantó la mirada hacia el bosque que se apagaba frente a ella.

—Está robando la forma en que el mundo se ve a sí mismo.

Y por primera vez desde que el Espejo-Estrella había llegado a sus manos…

Comprendió por qué el universo la había elegido.


Capítulo 3:

La voz detrás de los espejos

Un crujido seco interrumpió el silencio del bosque.

El suelo bajo sus pies comenzó a resquebrajarse.

No era tierra.

Era cristal.

Miles de grietas negras se extendieron rápidamente bajo el camino brillante, como si una mano invisible estuviera rompiendo el Reino de los Reflejos desde abajo. Los árboles temblaron. Los espejos colgantes chocaron entre sí, soltando sonidos agudos y tristes.

—¡Milu! —gritó Majo.

La pequeña perrita ladró asustada mientras una parte del sendero se desplomaba hacia un vacío oscuro.

Por un instante, el miedo congeló a Majo.

Entonces recordó.

La Escuela de las Estrellas.

Las plataformas flotantes.

Los saltos imposibles.

La voz de su instructora diciéndole una y otra vez:

“No saltes pensando en caer.
Salta creyendo en tu luz.”

Majo respiró profundo.

Abrazó a Milu contra su pecho.

Y saltó.

El cristal explotó detrás de ella justo cuando sus pies abandonaban el suelo. Durante un segundo todo desapareció: el ruido, el miedo, el bosque roto.

Solo existían ella, Milu… y el vacío.

Y entonces ocurrió.

Mientras flotaba en el aire, uno de los espejos frente a ella recuperó claridad.

Por primera vez, Majo vio su reflejo completamente nítido.

No era solo una niña asustada.

Había luz dentro de ella.

Una luz cálida.
Fuerte.
Viva.

El Espejo-Estrella brilló entre sus manos y, desde el centro de su pecho, una energía dorada atravesó el bosque como un amanecer.

Los espejos comenzaron a iluminarse uno a uno.

En uno apareció el niño riendo mientras aprendía a montar bicicleta.

En otro, una mujer abrazaba a su madre con lágrimas felices en los ojos.
Más allá, una pequeña levantaba la cabeza hacia las estrellas como si el universo entero le respondiera.

El color regresó lentamente al Reino de los Reflejos.

Las ramas recuperaron su brillo.
Los árboles dejaron de marchitarse.
Y algunos fragmentos de oscuridad retrocedieron entre las sombras.

Pero no todos.

Muchos espejos seguían apagados.

Demasiados.

Majo descendió lentamente sobre una plataforma de cristal agrietada. Respiraba agitada, con Milu aún abrazada contra ella.

Lo había logrado.

Aunque solo fuera un poco.

Entonces el viento desapareció.

El bosque entero quedó en silencio.

Y una voz habló desde todas partes al mismo tiempo.

Fría.

Vacía.

Antigua.

—Si dejan de verse…

Los espejos comenzaron a oscurecerse otra vez.

—…dejarán de recordarse.

Majo sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

La luz de su pecho parpadeó.

A lo lejos, entre los árboles grises, un enorme espejo negro emergió lentamente de la oscuridad. No tenía reflejo. No tenía brillo. Su superficie parecía humo dormido.

Milu gruñó bajito.

Majo avanzó un paso.

Y al mirar el cristal oscuro…

su respiración se detuvo.

No podía verse a sí misma.