El Guardián Sin Nombre

Capítulo 1
Entre el Legado y la Sombra del olvido
El silencio que siguió a las imágenes del televisor no fue un silencio común. Se instaló en la sala con un peso extraño, como si el aire de aquella casa en Bogotá hubiera perdido de golpe parte de su oxígeno.
Flor permanecía inmóvil junto al corredor. Los Dulces de la Memoria habían hecho su efecto y algo, muy dentro de ella, continuaba abriéndose. Los años de rutina, los platos por lavar, las cuentas por pagar y las carreras para que sus hijos llegaran a tiempo al colegio se apartaban lentamente, dejando al descubierto recuerdos que el tiempo había intentado sepultar: unas alas de cristal bajo el sol, las carreras con Tayro entre los cafetales, la risa imposible de Huitaca y la mirada serena de una mujer cuyos pequeños ríos parecían recorrerle la piel.
Sus labios se movieron antes de que pudiera detenerlos.
—Bachué me necesita...
Mónica y Rubén se quedaron inmóviles.
Chris, todavía acomodado en el sofá con la cobija sobre las piernas, levantó la cabeza y frunció el ceño.
—¿Bachué? —preguntó Rubén—. ¿Dijiste Bachué, mamá?
Flor pestañeó varias veces, como si acabara de despertar. Miró a sus tres hijos y el recuerdo de la montaña se desvaneció ante algo mucho más inmediato: aquellos rostros jóvenes, aquellas miradas curiosas y la certeza insoportable de que cualquier peligro que hubiera regresado también podía alcanzarlos a ellos.
—¿Quién es Bachué, mami? —insistió Chris, acomodándose mejor la cobija—. Nunca nos habías contado que tenías una amiga que vivía cerca de esa laguna.
—Es... una vieja amiga.
Flor se dirigió hacia la cocina y comenzó a recoger unos vasos que nadie le había pedido recoger.
—Una amiga de cuando vivía en la finca. Sus padres eran de la región y le pusieron ese nombre. Ya saben... cosas de la montaña.
Rubén la observó con atención. Bachué era un nombre difícil de confundir. Lo había encontrado en libros de historia y mitología, relacionado con lagunas, montañas y antiguas historias muiscas, pero la idea de que su madre hubiera crecido junto a una mujer llamada exactamente así le pareció demasiado extraña incluso para ser una coincidencia.
—Tengo que irme —dijo Flor de repente.
Regresó a la sala secándose las manos con un trapo que ya estaba completamente seco.
—Tengo que ir a la finca. Esa amiga está pasando por un problema grave y necesita mi ayuda.
—¿A estas horas? —preguntó Mónica—. Mamá, acabamos de ver las noticias. Están pasando cosas rarísimas por todas partes y seguramente las carreteras están hechas un caos. No puedes irte sola.
—Puedo y debo.
Flor intentó utilizar el mismo tono sereno con el que conseguía que hicieran la tarea o dejaran de discutir en la mesa, pero sus dedos temblaron cuando tomó el teléfono de la pared.
—Voy a llamar a la señora Tereza o a su tía Martha. Alguna podrá quedarse con ustedes esta noche. No me demoro. Voy, veo qué está pasando y regreso.
Marcó un número. Ocupado.
Marcó otro.
Nada.
Mientras Flor caminaba de un lado a otro del corredor, enredándose más de una vez con el cable en espiral, Mónica y Rubén intercambiaron una mirada que su madre no alcanzó a notar.
Mónica llevó una mano hasta el Vórtice Estelar escondido bajo su uniforme. Todavía podía recordar el firmamento quebrándose sobre el Ekur, el rugido del viento y aquella sensación imposible de que el orden del cielo podía desmoronarse frente a sus ojos.
Rubén cerró el puño dentro del bolsillo del pantalón y sintió el relieve del Anillo Égida contra la piel. Muy lejos de allí, pero todavía demasiado cerca en su memoria, resonaban los tambores de unas islas que parecían flotar entre el mar y el cielo.
Los dos sabían ya que el mundo podía esconder cosas que ningún adulto parecía dispuesto a explicarles.
También sabían que ninguno de los dos estaba loco.
Lo que todavía no comprendían era cuánto tenían en común sus respectivas aventuras ni por qué aquellas alteraciones parecían extenderse de un lugar a otro como piezas de un mismo problema.
—No vas a ir sola —dijo Mónica.
Flor dejó caer el auricular sobre su base.
—Claro que sí.
—Vamos contigo.
—¡De ninguna manera! Es tarde, el camino está complicado y mañana tienen colegio.
Rubén levantó ligeramente una ceja.
—Mamá, mañana es sábado.
Flor lo miró.
—Eso no cambia nada.
—Cambia que no tenemos colegio —respondió él con la calma que utilizaba cuando sabía que su argumento era correcto—. Y tampoco estás consiguiendo a nadie que se quede con nosotros. Si tu amiga está en problemas en la finca, podemos ayudarte. Dos pares de manos extra no caerán nada mal. No tienes que hacerlo todo sola.
—Tal vez quisiste decir tres pares de manos, hermanito.
Los tres se giraron hacia el sofá.
Chris ya estaba de pie.
—Yo también voy.
—Tú estás enfermo —dijo Mónica de inmediato—. Tú te quedas.
—¡Ya no estoy enfermo!
—Hace unas horas estabas delirando.
—No estaba delirando.
—Estabas hablando solo.
Chris abrió la boca para defenderse, lo pensó mejor y cruzó los brazos.
—Eso no prueba nada.
Rubén tuvo que contener una sonrisa.
—Además —continuó Chris, buscando rápidamente un argumento mejor—, ¿cómo van a dejarme solo toda la noche? Ustedes mismos dicen que soy inquieto. Capaz termino inundando la casa.
—Ese argumento no te ayuda tanto como crees —murmuró Mónica.
Flor cerró los ojos y suspiró. Su instinto le decía que mantenerlos cerca, bajo su propia mirada, podía resultar menos peligroso que dejarlos en Bogotá mientras algo que no comprendía estaba ocurriendo en la montaña.
—Está bien. Van a llevar una mochila pequeña cada uno, ropa para un día y nada más. Llegamos, resolvemos lo que haya que resolver y regresamos. Nadie se aleja de mí. ¿Entendido?
Mónica y Rubén asintieron y caminaron hacia sus habitaciones.
Chris permaneció unos segundos en medio de la sala.
Otra vez habían hablado entre ellos con aquellas miradas extrañas. Otra vez parecían saber cosas que él no sabía.
Flor se acercó y le puso una mano sobre la mejilla.
—¿De verdad te sientes mejor?
Chris adoptó inmediatamente su expresión más inocente.
—Sí, mami. Ya casi no me duele la garganta. Además, quiero conocer la finca donde creciste... y a tu misteriosa amiga Bachué.
Flor entrecerró los ojos.
—No es misteriosa.
—Claro que no.
—Ve a empacar.
Chris salió disparado por el corredor.
Al pasar frente a la habitación de Mónica, encontró la puerta entreabierta y disminuyó el paso. Su hermana guardaba ropa dentro de la mochila con movimientos rápidos, pero antes de cerrarla tomó algo que había mantenido escondido entre sus cosas.
Una flecha de caña.
En la punta llevaba una pluma dorada.
Chris permaneció inmóvil.
Mónica guardó la flecha con extremo cuidado y cerró la mochila.
El niño continuó hasta la habitación de Rubén. También allí la puerta estaba ligeramente abierta. Su hermano revisaba los bolsillos de un pantalón cuando sacó un pequeño collar adornado con una perla marina y, después de contemplarlo unos segundos, volvió a guardarlo.
Chris apretó los labios.
Ese era el famoso regalo para una niña.
Sí, claro.
Una flecha dorada, un collar de perla, secretos, miradas misteriosas.
Y después dicen que el loco soy yo.
Sin perder más tiempo, entró en la habitación de su madre.
Sabía exactamente lo que estaba buscando.
Abrió el cajón inferior de la mesa donde Flor guardaba telas, hilos y cosas de la máquina de coser. Allí estaba el libro de cuero oscuro que había encontrado esa mañana, con la piedra de jade incrustada en el centro y el dragón grabado sobre la cubierta.
Chris todavía no sabía qué era.
Ni para qué servía.
Solo sabía que cuando lo había tocado, el dragón parecía haber abierto un ojo.
O algo parecido.
Después había visto ese mapa lleno de lugares imposibles que, por algún motivo, parecían conectarse entre sí.
Tal vez había sido la fiebre.
Tal vez estaba medio loco.
Tal vez hablaba solo demasiado.
Pero Mónica guardaba flechas doradas en su habitación y Rubén llevaba collares de perlas que definitivamente no parecían regalos para compañeras del colegio.
Así que, por una vez, Chris decidió confiar en su propia locura.
Guardó el libro dentro de la mochila y cerró la cremallera.
El viaje comenzó poco después.
Flor condujo durante horas por carreteras que se estrechaban conforme abandonaban la ciudad y se internaban entre las montañas. Nadie hablaba demasiado. Mónica observaba por la ventana; Rubén parecía concentrado en sus propios pensamientos y Chris, instalado en el asiento delantero, miraba alternativamente el paisaje y el rostro de su madre.
Flor mantenía las dos manos sobre el volante.
—Cuando lleguemos quiero que sean muy juiciosos —dijo después de un largo rato—. No quiero a nadie alejándose de la casa. Los cafetales son hermosos, pero también hay serpientes, barrancos y animales que ustedes no conocen. Hasta las pobres ranitas plataneras terminan convertidas en almuerzo si se descuidan.
—Sí, mamá —respondieron Mónica y Rubén.
Flor apretó ligeramente el volante.
El silencio volvió a crecer.
Sin darse cuenta, comenzó a murmurar unas palabras que hacía años no pronunciaba.
—Fuerza amazona, vuelo dorado, trae las memorias del pasado...
Chris giró la cabeza.
Flor repitió el verso casi sin voz.
Había algo en la cadencia que no parecía una canción cualquiera.
El niño extendió la mano y la apoyó sobre la de su madre, que descansaba un momento junto a la palanca de cambios.
—Mami...
Flor lo miró de reojo.
—Hace dos noches, cuando Rubén vio desaparecer la Luna, contaste una historia. Dijiste que cuando eras niña el sol también desapareció.
Mónica levantó la mirada desde el asiento trasero.
—¿Eso pasó en la finca a la que vamos? —continuó Chris.
Flor tardó unos segundos en responder.
—Sí, mi amor. Pasó allí. Yo tenía diez años... más o menos la edad de tu hermano menor ahora.
—¿Y qué pasó?
Flor sonrió apenas.
—Pasaron muchas cosas que ya no recuerdo tan bien.
La respuesta salió de sus labios antes de que pudiera medirla.
Su sonrisa desapareció durante un instante.
—Pero sí recuerdo algo. Cuando el sol volvió, las Flores de las Once se abrieron por todo el jardín. Había tantas que parecía un mar morado bajo la luz.
—¿Flores de las Once? —preguntó Mónica.
—Son unas flores que abren cuando reciben bastante sol. Si todavía quedan algunas, quizá pueda mostrárselas mañana.
La melancolía regresó lentamente a su expresión.
—En ese jardín pasé momentos maravillosos. Tenía un cachorro de gato salvaje que me seguía a todas partes... y una amiga que pensaba que cualquier momento del día era una buena excusa para una fiesta o una travesura.
Chris sonrió.
—Esa tiene que ser Bachué.
Flor soltó una carcajada involuntaria.
—No. Definitivamente no era Bachué.
Cuando finalmente llegaron, el sol comenzaba a esconderse entre las montañas.
Flor apagó el automóvil frente a la vieja finca y permaneció unos segundos sin moverse.
El olor a tierra húmeda, hojas, café y guayaba entró por las ventanas abiertas.
Era el mismo.
Y, sin embargo, nada era igual.
Bajó del vehículo y contempló la casa.
Las paredes que recordaba llenas de color estaban desgastadas y cubiertas de manchas de humedad. El musgo avanzaba por algunos muros, las enredaderas se habían apoderado de parte del balcón y los caminos de piedra que de niña recorría corriendo apenas podían distinguirse bajo la maleza.
Flor sintió una punzada en el pecho.
No era únicamente tristeza.
Era reconocimiento.
Había combatido criaturas, atravesado caminos imposibles y ayudado a proteger algo que los dioses consideraban capaz de sostener la memoria del mundo, pero mientras ella construía una vida lejos de aquellas montañas, el tiempo había seguido trabajando en silencio.
El olvido no siempre llegaba como una criatura.
A veces simplemente esperaba.
Esperaba a que nadie regresara, a que nadie contara una historia, a que los colores se desvanecieran y los senderos desaparecieran bajo las hojas.
Flor se giró hacia sus hijos.
Los tres observaban la finca de maneras completamente diferentes.
Mónica parecía medir cada ventana y cada camino. Rubén contemplaba las montañas con una mezcla de curiosidad y cautela.
Chris estaba maravillado.
Flor sintió que la garganta se le cerraba.
—Les prometo algo —dijo—. Jamás voy a dejar que olviden de dónde vienen ni quiénes son.
Mónica y Rubén guardaron silencio.
Chris no.
Corrió hacia ella y la abrazó con fuerza alrededor de la cintura.
—¡Jamás lo vamos a olvidar, mami! ¡Eres la mejor mamá del mundo!
Flor cerró los ojos y lo abrazó.
Un instante después, Chris ya se había separado.
—¡WOW! ¡Esta casa es gigante! Parece un palacio viejo. Bueno, un palacio viejísimo, pero... ¡wow!
Flor soltó una pequeña risa.
Para ella, aquella casa era la prueba dolorosa del paso del tiempo.
Para su hijo menor era un territorio nuevo.
Tal vez, pensó, recordar no consistía únicamente en conservar lo que había sido.
También significaba permitir que algo nuevo comenzara allí.
Subieron hasta el segundo piso para dejar las mochilas. Desde el balcón, el valle se extendía frente a ellos entre montañas cubiertas de verde, pero ninguno tardó demasiado en darse cuenta de que algo estaba mal.
La antigua laguna no estaba tranquila.
Sobre su superficie aparecían pequeños remolinos con formas triangulares que giraban lentamente y absorbían el agua hacia puntos que parecían no tener fondo.
Chris se acercó a la baranda.
—Mamá...
Flor ya los había visto.
Pero había algo más.
Alrededor de la laguna, extendiéndose sobre la tierra hasta internarse entre los cafetales, enormes círculos concéntricos dividían el terreno con una precisión imposible.
Mónica dejó escapar el aire lentamente.
Rubén se acercó un paso.
Chris sintió un escalofrío.
Había visto patrones como esos en el patio de su casa.
También en las imágenes del televisor.
Los círculos estaban apareciendo en distintos lugares del mundo.
Pero aquellos triángulos sobre el agua eran diferentes.
Antes de que pudiera preguntar, un aleteo cruzó el cielo.
Una gran lechuza de plumaje oscuro y destellos dorados sobrevoló la finca y pasó muy cerca del balcón. Durante un instante pareció inclinar una de sus alas hacia Flor antes de continuar hacia los cafetales.
Flor cerró los ojos.
Ya no quedaba espacio para seguir fingiendo que aquello podía esperar.
—Escúchenme bien.
Los tres se giraron hacia ella.
—Se van a quedar dentro de la casa. Mónica, estás a cargo. Cuida a tus hermanos y, por favor, no dejes que Chris convierta este lugar en su territorio de exploración.
—¡Oye!
—Rubén, revisa la casa por si hay algún animal, una ventana rota o algo peligroso. Pero ninguno sale del balcón ni se acerca a los cultivos. Voy a regresar pronto.
—Mamá, espera —dijo Mónica.
Flor ya estaba bajando las escaleras.
—¡Mamá!
La puerta principal se cerró detrás de ella.
Mónica y Rubén intercambiaron una mirada.
Chris corrió hasta el balcón y alcanzó a ver a su madre atravesando el patio, siguiendo el vuelo de la lechuza entre la vegetación.
Flor avanzó por senderos casi borrados, apartando ramas y helechos con una agilidad que creía haber perdido hacía muchos años. Sus pies parecían reconocer caminos que su memoria consciente había olvidado.
La lechuza descendió finalmente frente a una pared de roca cubierta de plantas.
Al tocar el suelo, sus alas se disolvieron en una espiral de luz dorada.
Flor se detuvo.
La mujer que apareció frente a ella llevaba un elegante atuendo tejido con hilos de oro, joyas de esmeralda y exactamente la misma expresión satisfecha que Flor recordaba.
—¡Centinela! —exclamó Huitaca abriendo los brazos—. ¡Miren quién decidió recordar el camino!
Flor corrió hacia ella.
Se abrazaron con tanta fuerza que durante unos segundos ninguna consiguió decir nada. Después comenzaron a reír entre lágrimas.
—Huitaca...
Flor se apartó para contemplarla.
—Sigues exactamente igual.
La diosa levantó el mentón.
—Por supuesto. La eternidad no tiene por qué ser desarreglada.
Flor soltó una carcajada.
—Aunque debo admitir —continuó Huitaca examinándola— que ese aspecto de mujer citadina te queda bastante bien.
La sonrisa de Flor desapareció tan rápido como había llegado.
—¿Dónde está Tayro? ¿Está bien?
Huitaca abrió la boca para responder, pero otra voz surgió desde la penumbra junto a la entrada de la gruta.
—Tayro está bien, Centinela.
Flor se quedó inmóvil.
Bachué apareció entre la vegetación.
Los pequeños ríos que recorrían su piel emitían un resplandor tenue bajo la sombra de los árboles. Su rostro conservaba la serenidad que Flor recordaba, aunque había algo distinto en sus ojos.
Preocupación.
—Está entre los cafetales —continuó la Diosa Madre—. Vigila la finca donde dejaste a tus hijos.
Flor soltó el aire que había contenido.
—Gracias.
—Los protegerá con su vida si fuera necesario.
Flor inclinó ligeramente la cabeza.
—Bachué... ¿qué está pasando?
Huitaca dejó de sonreír.
—Eso mismo queremos averiguar.
Bachué se acercó a la entrada de la gruta.
—Cuando eras niña conseguimos cerrar este lugar con la Lágrima de Iguaque. El acceso quedó sellado y el Arca de las Mil Memorias permaneció en las profundidades de la montaña, protegida por el Sello del Equilibrio.
Flor asintió.
—Entonces no entiendo. Si la entrada sigue cerrada, ¿por qué están apareciendo esos círculos? ¿Por qué la laguna...?
—Porque cerrar una puerta no significa destruir aquello que permanece detrás de ella.
Flor sintió que el frío de la montaña parecía aumentar.
Bachué miró hacia la roca.
—El Sello continúa allí. También el Arca. Pero la estructura se ha debilitado lentamente desde dentro.
—¿La Niebla?
—Todavía está contenida.
Flor cerró los ojos un instante, aliviada.
—Entonces podemos reforzar el Sello.
Bachué no respondió de inmediato.
Huitaca lo hizo.
—Ojalá fuera tan sencillo.
Flor se volvió hacia ella.
—¿Qué pasó?
Huitaca cruzó los brazos. No quedaba rastro de su habitual tono juguetón.
—Aquello que permanece dentro del Arca nunca estuvo completamente solo. Hace eras, tres seres aceptaron un pacto con la fuerza que intentamos contener. Tres aliados unidos por algo que ninguno de ellos estaba dispuesto a perder.
—¿Qué?
—Su recuerdo.
Flor frunció el ceño.
Bachué continuó:
—Dos de esos seres han sido enfrentados recientemente. Uno fue un gran león alado cuya presencia amenazó el orden del cielo. El otro, una criatura marina de tierras lejanas que intentó devorar incluso aquello que los dioses creían imposible perder.
Flor recordó las imágenes del televisor.
Las alteraciones.
Los lugares que parecían no tener ninguna relación entre sí.
—¿Los derrotaron?
—Sus cuerpos fueron destruidos —respondió Huitaca.
—Eso no fue lo que pregunté.
La diosa guardó silencio.
Bachué contempló a Flor con tristeza.
—No fueron vencidos.
Una sensación helada recorrió la espalda de Flor.
—No entiendo.
—Hay cosas —dijo Bachué— que necesitan un cuerpo para existir. Otras solo necesitan ser recordadas.
Flor miró hacia la montaña.
—Pero si sus cuerpos desaparecieron...
—También intentaron condenarlos al olvido —añadió Huitaca—. Y ese fue el error.
Flor volvió lentamente la cabeza hacia ella.
—El olvido nunca ha sido ausencia, Centinela —dijo Bachué—. No para aquello que guarda el Arca.
La montaña pareció crujir bajo sus pies.
—Esos seres perdieron sus formas, pero no aquello que los mantenía unidos al pacto. Su odio, su miedo a desaparecer, su deseo de permanecer... todo sobrevivió.
Huitaca bajó la voz.
—Sus cuerpos cayeron.
Miró hacia la oscuridad de la gruta.
—Sus sombras no.
Flor sintió que algo comenzaba a encajar de la peor manera posible.
—¿Y por qué están aquí?
Bachué levantó la mirada.
—Porque quienes los enfrentaron despertaron algo.
—¿Qué cosa?
—Dos nuevos guardianes.
Flor permaneció inmóvil.
—Esos guardianes se enfrentaron a ellos en sus propios dominios —continuó Huitaca—. Creyeron que las batallas habían terminado. Tal vez incluso los dioses lo creyeron.
—Pero no terminaron —susurró Flor.
Bachué negó lentamente.
—Las sombras no vienen por ciudades. No vienen por templos ni por reinos.
Una brisa helada atravesó los árboles.
—Vienen por aquellos que se atrevieron a enfrentarlas.
Flor sintió la primera gota sobre la frente.
Después otra.
Comenzó a llover.
Extendió una mano.
El agua descendió lentamente por sus dedos.
Flor llevó una gota hasta sus labios.
Sal.
Levantó la cabeza.
Las nubes estaban cubriendo el cielo.
No avanzaban como una tormenta normal; parecían reunirse unas con otras, acumulándose hasta ocultar el sol mientras una enorme silueta tomaba forma sobre las montañas.
Dos alas.
Garras.
La cabeza de un león.
Flor retrocedió.
El agua salada siguió cayendo.
El sol desapareció detrás de aquella criatura dibujada entre las nubes.
Y entonces recordó la conversación durante el viaje.
El día en que el sol había desaparecido cuando ella era niña.
La noche en que Rubén había visto desaparecer la Luna.
Miró a Bachué.
—¿Quiénes son?
Su voz apenas consiguió salir.
—¿Quiénes son esos guardianes?
Bachué la observó con una compasión que consiguió asustarla mucho más que la tormenta.
—Son tu legado, Centinela.
Flor dejó de respirar.
No pensó en guardianes.
No pensó en profecías.
No pensó en el Arca ni en el Sello.
Pensó en la finca.
En tres mochilas abandonadas en un piso superior.
En Mónica.
En Rubén.
En Chris.
—Mis hijos...
El agua salada golpeó con más fuerza las hojas.
Flor dio media vuelta y comenzó a correr.
Detrás de ella, sobre la montaña, las alas de la sombra terminaron de cubrir el sol.

Capítulo 2
El Guardián Sin Nombre
La carrera de Flor a través de los cafetales se convirtió en una batalla desesperada contra el tiempo y contra sus propios pulmones. Corría cuanto podía por los senderos húmedos, apartando ramas y hojas con los brazos mientras la pendiente parecía hacerse más pronunciada a cada paso.
A su alrededor, el mundo había comenzado a perder el sentido.
La llovizna salada no caía con la violencia de una tormenta. Era mucho peor por su extraña calma: una cortina tenue y amarga que apenas humedecía las hojas de los cafetos y, sin embargo, llenaba el aire con un olor denso a mar profundo que no pertenecía a aquellas montañas. Sobre su cabeza, la enorme silueta del león alado continuaba dibujada entre las nubes oscuras, bloqueando la luz del sol y extendiendo una penumbra violácea sobre toda la finca.
Un aleteo veloz atravesó las ramas. Huitaca volaba junto a ella en su forma de lechuza, dejando pequeñas chispas doradas suspendidas en el aire mientras acompañaba su ascenso frenético.
—¡Resiste, Flor! —resonó la voz de la diosa dentro de su mente—. ¡El aire de la montaña todavía nos pertenece!
Flor no respondió. No tenía aliento para hacerlo.
Solo podía pensar en la casa, en las tres mochilas y en los rostros de sus hijos. Una frase de Bachué golpeaba una y otra vez dentro de su cabeza.
Son tu legado.
Aceleró.
Alcanzó el patio de la casa vieja, atravesó los matorrales sin molestarse en buscar el sendero y empujó la puerta principal de madera con tanta fuerza que esta se abrió de golpe contra la pared.
—¡Mónica! ¡Rubén! ¡Chris! —gritó, con la voz rota por el esfuerzo.
El silencio de la primera planta la recibió como un golpe.
La luz de la tarde apenas conseguía filtrarse por las ventanas del comedor. Todo tenía un tono grisáceo, extraño, como si la oscuridad que cubría la finca hubiera entrado también en la casa.
Entonces escuchó un sollozo.
Venía del piso superior.
—¡MAMÁ! ¡MAMÁ, AYUDA, POR FAVOR! ¡MAMÁ!
Flor sintió que el corazón se le detenía.
Era Chris.
Subió los escalones de madera casi de tres en tres, tropezando con las tablas desgastadas y apoyándose en la pared para no caer. El llanto de su hijo aumentaba conforme se acercaba al segundo piso, mezclándose con el crujido de la casa y el murmullo imposible de aquella lluvia salada contra el techo.
—¡Ya voy! ¡Chris, ya voy!
Al alcanzar el corredor y asomarse a la gran sala que comunicaba con el balcón, Flor se detuvo en seco.
Durante unos segundos fue incapaz de comprender lo que estaba viendo.
En el borde mismo del balcón, bajo la llovizna salada, Mónica permanecía completamente inmóvil. Sus pies apenas rozaban las tablas de madera, como si la gravedad hubiera comenzado a perder su influencia sobre ella. Tenía los ojos abiertos, pero el iris y las pupilas habían desaparecido bajo un blanco absoluto. Debajo de la camiseta, el Vórtice Estelar palpitaba con una luz carmesí tan intensa que atravesaba la tela e iluminaba su rostro.
El cuerpo de la niña estaba ligeramente inclinado hacia el cielo oscuro.
No parecía estar cayendo.
Parecía estar siendo llamada.
Algo, en algún lugar mucho más allá de las nubes, tiraba lentamente de ella hacia arriba.
—Mónica... —alcanzó a decir Flor.
Pero la escena dentro de la sala era todavía más incomprensible.
Rubén permanecía de pie en el centro de la habitación. El piso bajo sus zapatos estaba completamente seco y no había una sola gota de agua a su alrededor, pero su ropa y su cabello flotaban lentamente en el aire, moviéndose con la cadencia pesada y silenciosa de alguien sumergido en las profundidades del océano.
Sus ojos también estaban blancos.
El anillo de la Égida emitía un brillo verde apenas perceptible mientras su cuerpo permanecía atrapado en aquella corriente invisible.
Uno parecía suspendido entre las estrellas.
El otro se encontraba hundido en un mar que no existía.
Y entre ambos estaba Chris.
El niño yacía en el suelo, llorando desconsoladamente, con el rostro empapado en lágrimas y el cuerpo temblando de miedo. Sujetaba con una mano el pantalón de Rubén mientras extendía desesperadamente la otra hacia Mónica, intentando acercarlos, despertarlos, romper de alguna manera aquella lógica imposible que había convertido a su hermana en aire y a su hermano en agua.
—¡No se mueven, mami! —gritó apenas vio a Flor—. ¡No me escuchan! ¡Mónica está flotando y Rubén parece que está debajo del agua! ¡Intenté jalarlos, pero pesan muchísimo! ¡Mami, tengo miedo! ¡No sé qué les pasa!
Flor corrió hacia él y cayó de rodillas a su lado. Lo envolvió entre sus brazos con tanta fuerza que Chris escondió inmediatamente el rostro contra su pecho.
—Tranquilo, mi amor... mami está aquí.
Pero sus propias manos temblaban.
Le acarició el cabello mientras miraba por encima de su cabeza hacia Mónica y Rubén. Intentó convencerse de que podía despertarlos, de que bastaría con tocarlos, llamarlos o sacudirlos hasta hacerlos reaccionar. Se acercó primero a Mónica y trató de atraerla hacia el interior del balcón, pero el cuerpo de la niña parecía resistirse con una fuerza que no provenía de ella. Después tocó el brazo de Rubén y sintió aquella extraña pesadez que Chris había descrito, como si el niño estuviera realmente atrapado bajo toneladas de agua invisible.
—Mónica... Rubén... despierten, por favor.
Ninguno reaccionó.
Chris volvió a aferrarse a ella.
—¿Qué les está pasando?
Flor abrió la boca, pero no encontró una respuesta que pudiera darle.
¿Cómo explicarle algo que ella misma apenas comenzaba a comprender?
Un ruido pesado estremeció de pronto las tablas del balcón.
Flor levantó la mirada.
El sonido de unas garras avanzando sobre la madera desgastada anunció la llegada de una presencia enorme. Desde la penumbra exterior apareció primero una silueta dorada y, detrás de ella, un par de ojos verdes que reflejaron durante un instante la escasa luz de la tormenta.
Flor contuvo el aliento.
Ya no era el pequeño cachorro que alguna vez había cargado entre sus brazos.
Tampoco el joven jaguar que había recorrido junto a ella los cafetales durante tantos años.
Tayro había alcanzado su forma adulta.
El enorme felino avanzó hacia el balcón con la majestuosidad silenciosa de un animal que parecía pertenecer tanto a aquellas montañas como a algo mucho más antiguo. Su pelaje dorado estaba cubierto de manchas oscuras y sobre el pecho descansaba la pechera de filigrana de oro, cuyos relieves atrapaban la luz grisácea de la tarde y devolvían destellos verdes y limpios.
Chris soltó un grito y se apartó de inmediato.
—¡MAMÁ! ¡UN JAGUAR! ¡UN JAGUAR GIGANTE!
Se arrastró hacia atrás hasta chocar contra la pared.
Flor reaccionó por instinto y se interpuso entre ambos.
—¡Tranquilo, Chris! No te muevas.
—¡¿QUE NO ME MUEVA?!
—No va a hacerte daño.
—¡ES UN JAGUAR!
—Lo sé.
—¡ES ENORME!
A pesar del miedo que le oprimía el pecho, Flor estuvo a punto de sonreír.
—Se llama Tayro.
Chris miró alternativamente a su madre y al animal, como si esperara que alguno de los dos admitiera que aquello era una broma especialmente cruel.
Tayro no gruñó.
Avanzó con pasos lentos hasta Flor y bajó suavemente la cabeza. Ella extendió una mano y acarició su hocico. El contacto con aquel pelaje cálido y familiar le devolvió, aunque fuera durante un instante, una pequeña chispa de firmeza.
—Está bien —susurró—. Eres tú.
Tayro levantó la cabeza.
Después caminó hacia Mónica.
Se acercó al borde del balcón y olfateó el aire que rodeaba a la niña. Permaneció allí unos segundos, atento a la luz carmesí que palpitaba bajo su camiseta, antes de emitir un resoplido profundo.
Luego entró en la sala y se aproximó a Rubén.
Olfateó la ropa que flotaba sobre aquel océano inexistente.
Su reacción fue inmediata.
El lomo del jaguar se erizó.
Tayro retrocedió un paso, clavó las garras en las tablas y giró bruscamente hacia la gran ventana que daba a la laguna.
Rugió.
El sonido hizo vibrar los vidrios y recorrió la casa como un trueno.
Flor siguió su mirada.
A lo lejos, más allá de los cafetales, los remolinos triangulares que deformaban la superficie de la laguna se habían vuelto más violentos. Sobre ellos, las nubes oscuras que dibujaban la figura del león parecían descender lentamente hacia el agua.
Flor sintió que el estómago se le cerraba.
Comprendió lo que Tayro intentaba decirle.
—Debo ir con él —murmuró.
Chris levantó la cabeza.
Flor lo atrajo de nuevo hacia ella y lo abrazó con fuerza.
Bachué la necesitaba en la laguna. Las sombras estaban reuniéndose allí y algo estaba ocurriendo bajo aquellas aguas. Cada minuto que pasaba permitía que la oscuridad avanzara un poco más.
Pero Mónica y Rubén estaban indefensos.
Flor miró a su hija suspendida frente al balcón y después a Rubén, perdido en aquel trance oceánico.
No podía abandonarlos.
Bachué se lo había advertido.
Las Sombras venían por ellos.
Dos guardianes habían despertado. Dos habían usado sus reliquias. Dos habían combatido lejos de aquel lugar contra fuerzas que ahora parecían haber encontrado el camino de regreso hasta la finca.
Por eso estaban así.
Flor apretó los dientes.
Si se marchaba y algo llegaba hasta la casa, Mónica y Rubén ni siquiera podrían defenderse.
Pero si se quedaba...
La laguna estaba sola.
—No sé qué hacer —susurró.
—Yo iré.
La voz fue tan pequeña que Flor creyó haberla imaginado.
Bajó la mirada.
Chris se había puesto de pie.
Tenía las mejillas húmedas, la nariz roja por el llanto y el cabello pegado a la frente. Todavía temblaba ligeramente, y cada pocos segundos miraba de reojo al enorme jaguar como si no terminara de aceptar su presencia.
Sin embargo, algo había cambiado en sus ojos.
—¿Qué dijiste?
Chris tragó saliva.
—Yo iré con Tayro.
Flor lo observó con incredulidad.
—No.
—Pero, mami...
—¡No!
Chris dio un paso hacia ella.
—Tú tienes que quedarte con Mónica y Rubén.
—Chris, no entiendes lo que estás diciendo.
—Sí entiendo.
—¡No, no entiendes! —Flor lo sujetó por los hombros—. No sabes lo que está pasando allá afuera. Yo tampoco sé completamente qué está pasando. Bachué me dijo que dos guardianes pelearon en otros mundos y que solo ellos han despertado. Mónica tiene su reliquia. Rubén tiene la suya. Por eso están conectados con esos lugares, por eso están atrapados en ese trance.
Chris frunció el ceño.
—¿Qué es una reliquia?
La pregunta detuvo a Flor un instante.
—Es... no importa ahora.
—¿Y qué significa despertar?
—Chris...
—¿Y quién es Bachué?
Flor cerró los ojos.
Claro.
Para su hijo, todas aquellas palabras eran absurdas.
Guardianes.
Reliquias.
Despertares.
Diosas.
Sombras.
Chris no sabía nada.
No había visto Mesopotamia ni las islas lejanas donde Rubén había luchado. No conocía las promesas de la Niebla, ni el pacto que se estaba cerrando alrededor de ellos. No sabía por qué su hermana parecía atraída hacia las estrellas o por qué su hermano estaba hundido en agua invisible.
Solo veía a su familia.
Su hermana mayor estaba atrapada al borde del balcón.
Su hermano no podía moverse.
Su madre estaba aterrada.
Y un enorme jaguar mágico rugía hacia una laguna cubierta por una tormenta imposible.
Chris no entendía la magia.
Pero entendía perfectamente lo que tenía que hacer por ellos.
—No me importa —dijo.
Flor lo miró.
—¿Qué?
—No me importa qué son los poderes ni qué es una reliquia. Tampoco sé quién es esa Bachué ni qué significa que Mónica y Rubén hayan despertado. Pero ellos son mis hermanos.
Señaló primero a Mónica y luego a Rubén.
—Tú no puedes dejarlos solos.
—Y yo no puedo dejarte ir a ti.
Chris bajó la mirada unos segundos. Tenía miedo. Flor podía verlo con absoluta claridad. No era el valor tranquilo de alguien que sabía lo que hacía, sino el esfuerzo enorme de un niño intentando mantenerse firme mientras todo a su alrededor le pedía que saliera corriendo.
Cuando volvió a mirarla, todavía tenía lágrimas en los ojos.
—Entonces ninguno puede hacer nada.
Flor sintió que aquellas palabras le atravesaban el pecho.
Chris respiró hondo.
—Yo voy a ir.
—Chris...
—Voy a hacer lo que sea necesario para ayudarlos.
Antes de que Flor pudiera detenerlo, el niño se giró y corrió hacia Rubén.
—¿Qué estás haciendo?
Chris se paró junto a su hermano y metió una mano en el bolsillo de su pantalón. Después de forcejear unos segundos con la tela que flotaba como si estuviera sumergida, consiguió sacar el collar que Rubén había guardado antes de emprender el viaje, era el collar de Tala.
La gran perla marina descansaba silenciosa en su centro, opaca bajo la luz gris de la tormenta.
—¡Chris!
El niño no respondió.
Corrió hacia las mochilas que habían dejado cerca del balcón. Abrió la de Mónica y rebuscó hasta encontrar la flecha de caña de Ninurta. La pluma dorada de Anzú permanecía sujeta cerca de la punta, tan brillante como siempre, pero completamente quieta.
Chris tomó la flecha y luego se dirigió a su propia mochila. Flor lo observó sin comprender mientras abría la cremallera, hundía ambas manos en el interior y sacaba el grueso libro de cuero.
El mundo pareció detenerse.
En el centro de la cubierta, la piedra de jade reflejó débilmente la luz de la habitación. Flor reconoció el libro antes incluso de que Chris terminara de levantarlo y retrocedió un paso, sintiendo que el aire desaparecía de sus pulmones.
—No... El Libro del Dragón...
Chris miró hacia sus hermanos.
Mónica continuaba suspendida frente al cielo carmesí. Rubén seguía atrapado en la profundidad de aquel océano invisible.
—Cuídalos.
Flor lo miró.
—¿Qué?
Chris no respondió. Volvió los ojos hacia Tayro.
El jaguar sostuvo su mirada.
Durante apenas unos segundos ninguno de los dos se movió, pero algo pareció pasar entre ellos. Chris no sabía qué era ni cómo explicarlo. Tayro tampoco necesitaba explicaciones.
El enorme felino flexionó lentamente las patas delanteras y bajó el cuerpo.
Flor lo entendió de inmediato.
—No.
Chris dio un paso hacia Tayro.
—Chris, no vas.
Él siguió avanzando.
—¡Chris!
Flor dejó el Libro del Dragón sobre la mesa y fue tras él, pero Chris ya había llegado junto al jaguar.
—No vas a ninguna parte.
Chris apoyó una mano sobre el lomo dorado.
Flor intentó sujetarlo del brazo.
—Te dije que no.
Chris se apartó apenas lo suficiente para escapar de su mano. Apretó contra el pecho la flecha de Ninurta y el collar de Tala, miró una vez más hacia Mónica y Rubén y tragó saliva.
—Lo siento.
Antes de que Flor pudiera alcanzarlo de nuevo, levantó una pierna y comenzó a subir sobre Tayro.
—¡Chris, bájate!
El jaguar permaneció agachado mientras él trepaba con torpeza por su costado. Chris resbaló una vez entre el pelaje y consiguió sostenerse antes de caer.
—No sé montar esto —murmuró.
Tayro resopló.
—Sí, ya sé que tampoco era el momento para aprender.
—¡CHRIS!
Flor llegó junto a ellos justo cuando el niño conseguía acomodarse sobre el lomo del jaguar. Extendió una mano para bajarlo, pero Tayro ya se estaba incorporando.
—¡Bájate ahora mismo!
Chris se aferró al pelaje.
—Mami...
—¡No!
Flor intentó alcanzarlo otra vez.
—¡Tayro!
El jaguar volvió ligeramente la cabeza.
Flor señaló hacia el suelo.
—No lo vas a llevar a ningún lado.
Tayro sostuvo su mirada durante un instante.
Luego se volvió hacia el balcón.
—¡Tayro!
El jaguar comenzó a correr.
—¡NO!
Chris apenas tuvo tiempo de inclinarse y abrazarse a su cuello.
Flor corrió detrás de ellos.
—¡CHRIS!
Tayro alcanzó el borde del balcón.
Y saltó.
—¡CHRIS!
El jaguar descendió hasta el patio de la finca y aterrizó con una agilidad imposible. Chris se aferró con todas sus fuerzas mientras Tayro recuperaba el equilibrio y, apenas sus patas tocaron la tierra, salió disparado hacia los cafetales.
—¡REGRESA!
Flor llegó hasta la baranda.
Pero ya era demasiado tarde.
Cada zancada levantaba pequeñas partículas doradas sobre la vegetación. La lluvia salada golpeaba el rostro del niño mientras la flecha de Ninurta permanecía firmemente sujeta entre sus dedos y el collar de Tala descansaba contra su pecho.
Chris no sabía utilizarlos.
No sabía contra qué iba a luchar.
No tenía una reliquia.
No tenía poderes.
Ni siquiera sabía con certeza hacia dónde lo llevaba Tayro.
Pero detrás de él estaban su madre y sus hermanos.
Y quedarse allí mirando cómo algo se los llevaba tampoco era una opción.
Flor permaneció junto a la baranda mientras la silueta dorada se hacía cada vez más pequeña entre los cafetales. Seguía sosteniendo una mano extendida hacia ellos, como si todavía pudiera alcanzarlos.
No podía.
Mónica continuaba suspendida frente al cielo carmesí.
Rubén seguía atrapado en aquel océano imposible.
Y Chris acababa de marcharse hacia una batalla que nadie le había pedido librar.
Flor regresó al interior de la sala, recogió el Libro del Dragón y lo abrazó contra su pecho. Después se colocó entre Mónica y Rubén sin apartar la mirada de los cafetales.
A lo lejos, un rugido atravesó la montaña.
Sobre el lomo del jaguar dorado, sin reliquia, sin poderes y sin comprender todavía el lugar que ocupaba dentro de aquella historia, Chris avanzaba directamente hacia la tormenta.
El Guardián Sin Nombre iba camino a la batalla.

Capítulo 3
El Último Rayo de la Sierra
El galope de Tayro entre los cafetales era un estruendo dorado que abría la maleza a su paso. Chris iba aferrado al lomo del enorme jaguar con los nudillos blancos de tanto apretar, tratando de no pensar demasiado en el hecho de que pocos minutos antes había desobedecido directamente a su mamá, saltado desde un balcón sobre una criatura mitológica y salido rumbo a una batalla sin tener la menor idea de cómo se suponía que debía librarla.
La lluvia salada le golpeaba el rostro y se acumulaba sobre la visera de su gorra mientras el collar de perlas de Tala rebotaba contra su pecho con cada zancada. Chris lo sujetó un momento para evitar que terminara golpeándolo en la nariz y miró hacia abajo.
—Definitivamente este collar no combina con nada de lo que llevo puesto —murmuró—. Si voy a salvar el mundo vestido así, espero que nadie tome fotos.
Tayro soltó un resoplido sin disminuir la velocidad.
—Sí, ya sé. Tenemos problemas más importantes.
El jaguar cruzó entre los últimos arbustos del cafetal y redujo bruscamente el paso. Chris tuvo que abrazarse a su cuello para no salir disparado hacia delante mientras ambos entraban en un claro que reconoció de inmediato por la descripción que Flor le había hecho apenas unos minutos atrás.
El legendario Jardín de las Flores de las Once.
Chris abrió los ojos de par en par.
Esperaba encontrar un campo cubierto de pequeñas flores moradas abiertas bajo el sol, pero el jardín parecía estar muriendo frente a él. Miles de corolas que normalmente se extendían hacia la luz comenzaban a cerrarse una tras otra, estremeciéndose bajo la lluvia salada mientras el último resplandor de la tarde desaparecía detrás de una masa de nubes negras.
Sobre las montañas, el sol apenas conseguía mantenerse visible.
Su último rayo atravesaba el horizonte.
Y delante de él estaba Anzú.
La enorme nube con forma de león alado había dejado de parecer una figura distante suspendida sobre la cordillera. Sus contornos eran ahora nítidos, oscuros como carbón húmedo; las patas delanteras se formaban entre remolinos de tormenta y las gigantescas alas extendidas cubrían buena parte del cielo, bloqueando precisamente la poca luz que todavía conseguía escapar del atardecer.
Chris levantó la mirada.
—Bueno... eso definitivamente no estaba en los planes.
Tayro se detuvo en seco.
El movimiento fue tan brusco que Chris perdió el equilibrio.
—¡Ayyy!
Salió despedido del lomo del jaguar, rodó por la tierra húmeda y terminó de espaldas entre las flores cerradas. El golpe le sacó el aire durante unos segundos y, en medio de la caída, la flecha de caña con la pluma dorada se deslizó fuera de su pretina y cayó varios metros más adelante.
Chris apenas consiguió incorporarse sobre los codos cuando el cielo rugió.
La enorme cabeza del león alado se inclinó.
No miraba a Tayro.
No miraba a Chris.
Miraba la flecha.
La pluma dorada brilló débilmente sobre la tierra y algo cambió en la Sombra de Anzú. Su cuerpo entero se contrajo como si hubiera reconocido una parte de sí mismo que creía perdida y un rugido colosal atravesó las montañas, vibrando en el pecho de Chris como un trueno.
—Oh, no.
Anzú abrió las alas.
Decenas de formas oscuras comenzaron a desprenderse de ellas.
Durante un instante Chris creyó que eran plumas normales, hasta que la primera cayó frente a él y se clavó profundamente en la tierra.
¡ZAC!
Era una lámina gris, pesada, afilada como una cuchilla.
Otra cayó detrás.
Luego otra.
Y otra.
En cuestión de segundos, el jardín quedó bajo una lluvia de plumas metálicas que destrozaban tallos, quebraban piedras y abrían surcos sobre la tierra con cada impacto.
—¡Diablos, diablos, diablos!
Chris se lanzó al suelo y comenzó a arrastrarse hacia la flecha. Una cuchilla cayó a centímetros de su mano; otra atravesó el lugar donde había tenido la cabeza un segundo antes. Estiró el brazo todo lo que pudo, atrapó finalmente la caña entre los dedos y rodó hacia un lado justo cuando tres plumas metálicas se clavaban juntas en el suelo.
—¡Tayro!
El jaguar corrió hacia él.
Chris intentó ponerse de pie mientras la Sombra volvía a rugir desde el cielo y comprendió algo que no necesitaba ninguna explicación mitológica: Anzú no estaba atacando al azar.
Lo estaba siguiendo a él.
O, mejor dicho, estaba siguiendo aquello que llevaba en la mano.
—Es la pluma...
No alcanzó a terminar.
Una enorme cuchilla descendió desde el cielo directamente hacia él.
Tayro saltó.
¡CLAC!
El impacto fue seco.
La pluma metálica golpeó el hombro delantero del jaguar y abrió una profunda línea entre su pelaje dorado. Tayro cayó de costado y Chris volvió a rodar por la hierba antes de levantarse inmediatamente y correr hacia él.
—¡TAYRO!
El jaguar soltó un quejido bajo.
Chris se arrodilló a su lado y apartó cuidadosamente el pelaje alrededor de la herida. Sus manos temblaban, pero obligó a sus ojos a concentrarse.
Había sangre.
Mucha.
Recordó las clases de primeros auxilios del colegio, respiró profundamente y examinó el corte.
—Tranquilo, tranquilo... no parece profundo. Sangra horrible, pero eso no significa que te estés muriendo. Creo. Espero. —Tragó saliva y apoyó una mano sobre su cuello—. Vas a estar bien, muchacho. Te lo juro por mi colección de cómics.
Otra pluma metálica se clavó cerca de ellos.
Tayro levantó la cabeza.
A pesar de la herida, apoyó las patas sobre la tierra y consiguió incorporarse. El jaguar miró hacia el cielo, mostró los colmillos y lanzó un rugido tan poderoso que pareció hacer vibrar las raíces de la montaña.
La Sierra respondió.
Entre la niebla salada y los cafetales comenzaron a surgir figuras humanas. Primero fueron sombras apenas visibles; después adquirieron forma hasta convertirse en guerreros cubiertos con gruesas capas de vegetación, escudos de piedra tallada, lanzas, hachas y arcos de madera.
Chris olvidó por un segundo el peligro.
—¡Guau!
Los Guerreros Olvidados Tairona emergieron alrededor de ellos y formaron una línea frente al jaguar herido.
Chris miró a Tayro con los ojos enormes.
—Eso es lo que yo llamo tener un as bajo la manga... bueno, bajo la garra.
Los guerreros alzaron sus arcos y una lluvia de flechas cruzó el cielo. Decenas de proyectiles atravesaron el cuerpo oscuro de Anzú sin encontrar resistencia y desaparecieron al otro lado de la nube.
Chris dejó de sonreír.
—Ah.
Las plumas metálicas respondieron.
Golpearon los escudos de piedra con una fuerza devastadora, quebrando algunos por la mitad y derribando a los guerreros uno tras otro. Las figuras taironas se levantaban cuando podían, protegían el jardín y volvían a atacar, pero ninguna de sus armas conseguía herir aquello que no tenía realmente un cuerpo.
Chris apretó la mandíbula.
Una frase de Flor regresó a su cabeza con una precisión irritante.
No tienes una reliquia.
Había intentado impedir que saliera precisamente por aquello.
Y ahora Tayro estaba herido por protegerlo.
Uno de los guerreros cayó cerca de Chris y dejó escapar una lanza de madera.
Chris la miró.
Luego miró a Anzú.
—Bueno... tampoco puede ser tan difícil.
Recogió la lanza, retrocedió dos pasos y, reuniendo todas sus fuerzas, corrió hacia delante y la lanzó.
La lanza subió unos metros.
Se inclinó.
Y cayó miserablemente dentro de un arbusto.
Chris permaneció con el brazo extendido.
—Eso... estuvo cerca.
No había estado cerca.
Una nueva ráfaga de plumas obligó a los taironas a replegarse y Chris corrió hacia otro guerrero caído. Junto a él encontró una enorme hacha de piedra.
—Perfecto.
Agarró el mango con ambas manos.
Tiró.
El hacha no se movió.
Chris volvió a intentarlo hasta que le temblaron los brazos.
—¡Agh! ¿De qué hicieron esto? ¿De montaña?
Logró levantarla apenas unos centímetros antes de que el peso venciera sus brazos y el hacha cayera nuevamente al suelo.
Detrás de él, Tayro intentó avanzar y trastabilló.
Chris dejó de forcejear.
Miró a su alrededor.
Los guerreros tairona caían bajo las cuchillas de Anzú. Las Flores de las Once permanecían cerradas y marchitas alrededor de sus pies. El último resplandor del sol se hacía cada vez más pequeño detrás de las montañas y el cuerpo oscuro del león alado parecía extenderse sobre toda la Sierra.
Por un instante, Chris dejó de pensar.
Sintió miedo.
No aquel miedo emocionante que aparecía antes de una travesura o cuando una película de terror conseguía sorprenderlo. Era un miedo pesado, inmóvil, que le hizo recordar que su mamá había intentado detenerlo, que no tenía entrenamiento, que no sabía usar ninguna de las armas que lo rodeaban y que, en efecto, no era un guardián, un protector ni cualquier otra cosa que terminara con un título impresionante.
Era solamente Chris.
Un niño de once años con fiebre que había desobedecido a su mamá y ahora estaba en medio de una batalla que no comprendía.
Una cuchilla metálica golpeó un escudo cercano y lo hizo estallar.
Chris se agachó.
Entre los fragmentos descubrió un arco de madera tirado sobre la hierba.
Era mucho más liviano que el hacha.
Lo recogió.
—Esto sí puedo cargarlo.
Buscó rápidamente el carcaj del guerrero, pero otra ráfaga cayó sobre el lugar y destruyó las flechas antes de que pudiera alcanzarlas.
Chris saltó hacia atrás y aterrizó de manera poco elegante sobre el trasero.
—¡Ay!
Se quedó sentado, respirando agitadamente, con el arco en la mano izquierda.
Un arco.
Sin flechas.
—Perfecto. Excelente. Maravilloso.
Entonces algo rozó su cintura.
Chris bajó la mirada.
La flecha que Mónica había guardado seguía guardada junto a él.
La sacó lentamente.
Miró la caña.
Miró la pluma dorada.
Después levantó la vista hacia Anzú.
Recordó el instante en que la flecha había caído al suelo.
La reacción inmediata de la nube.
El rugido.
Las cuchillas.
La manera en que Anzú había dejado de atacar todo lo demás para concentrarse en recuperar aquella pluma.
Chris entrecerró los ojos.
—Un momento...
No sabía qué había ocurrido durante la batalla de Mónica ni por qué su hermana había terminado con aquella flecha. Tampoco sabía qué era exactamente Anzú, aparte de un gigantesco león de tormenta con serios problemas de temperamento.
Pero una cosa sí había entendido.
La pluma quería volver con él.
Chris miró el arco.
Luego la flecha.
—Bueno... tampoco necesito ser Robin Hood.
Se puso de pie.
Se acomodó la gorra hacia atrás, se arrepintió y volvió a girar la visera hacia delante. Después se echó rápidamente la bendición con la mano derecha.
—En el nombre del Padre, del Hijo...
Tayro lo observó.
Chris colocó la flecha sobre la cuerda.
—No me mires así. Por si acaso.
Separó las piernas e intentó imitar todas las posturas de arqueros que recordaba haber visto alguna vez en películas, dibujos animados y videojuegos. Tiró de la cuerda con ambas manos hasta que la fibra comenzó a apretarle los dedos.
El arco temblaba.
Sus brazos también.
Apuntó hacia el centro de la gigantesca sombra.
—Esto va por mi hermana, monstruo de plumas.
Respiró.
Y soltó.
¡TWANG!
La flecha salió disparada.
Durante el primer segundo, Chris supo con absoluta certeza que su tiro era horrible.
La flecha subió torcida, demasiado hacia la izquierda y bastante menos rápido de lo que había imaginado.
—Oh, no...
Entonces la pluma brilló.
El aire alrededor de la flecha pareció contraerse.
La caña tembló y cambió bruscamente de dirección como si una fuerza invisible la hubiera tirado desde el otro extremo. La pluma de Anzú reconoció aquello de lo que alguna vez había formado parte y comenzó a regresar hacia su esencia con la misma voluntad con la que las antiguas plumas del león alado habían regresado siempre a él.
Chris abrió la boca.
—¿Qué...?
La flecha aceleró.
Atravesó la lluvia de cuchillas, desvió su trayectoria entre dos plumas metálicas y ascendió hacia la enorme nube negra.
Anzú rugió.
Demasiado tarde.
La pluma dorada regresó a él.
¡BOOM!
Un estallido sacudió el cielo.
La flecha atravesó el corazón de la Sombra y un rugido monumental descendió sobre la Sierra. El cuerpo del león alado se contrajo, las alas se quebraron en remolinos de humo y la gigantesca figura comenzó a deshacerse en miles de gotas oscuras que se evaporaban antes de alcanzar la tierra.
Las plumas metálicas dejaron de caer.
El cielo se abrió.
Y el último rayo del sol atravesó las nubes.
Una columna de luz dorada descendió sobre el Jardín de las Flores de las Once y recorrió la montaña justo cuando el astro comenzaba a tocar el horizonte. Las pequeñas flores moradas reaccionaron inmediatamente: una, luego otra, después cientos y finalmente miles comenzaron a abrir sus pétalos hacia aquel último resplandor.
Chris permaneció inmóvil con el arco todavía levantado.
Miró el cielo.
Miró el arco.
Miró sus propias manos.
Luego miró a Tayro.
—¿Viste eso?
Tayro resopló.
Chris levantó los brazos.
—¡TOMA YA!
El jaguar parpadeó.
—¡¿VISTE ESO, TAYRO?! ¡SOY UN CRACK! ¡Le di exactamente donde quería!
Tayro volvió la cabeza hacia el lugar por donde la flecha había realizado aquel giro imposible.
Chris bajó lentamente los brazos.
—Bueno... más o menos.
El jaguar soltó un sonido grave.
—¡No importa! Yo disparé.
Tayro rugió.
—Era una broma. No te pongas celoso, gatito.
El rugido aumentó.
—Está bien, está bien. No eres tan gatito.
Chris todavía sonreía cuando un destello carmesí atravesó el cielo.
Descendió desde las alturas a una velocidad imposible y golpeó la tierra a pocos metros de ellos.
¡FSHHHH!
Una ráfaga de aire levantó hojas, polvo y pétalos. Chris se cubrió el rostro con un brazo mientras Tayro se colocaba delante de él pese a continuar cojeando.
De la luz carmesí emergió una figura envuelta en una túnica cubierta de estrellas.
Sus ojos recorrían frenéticamente el jardín.
Era Kakkab.
El ser estelar apenas se detuvo antes de preguntar:
—¿Dónde está?
Chris dio un paso atrás.
—¿Qué?
—¡La Guardiana Estelar! ¿Dónde está?
Chris lo miró de arriba abajo.
—¡Guau! Hermano, esa entrada estuvo brutal. Ni Goku llega así.
Kakkab frunció el ceño.
—¿Go... quién?
—Goku. El Saiyajin.
—No sé qué es un Saiyajin.
Chris lo observó horrorizado.
—¿No ves televisión?
—¡No sé qué es un Saiyajin ni me interesa!
—Bueno, tampoco tienes que gritar.
Kakkab respiró profundamente, intentando recuperar el control.
—He venido desde la órbita de Venus porque sentí la fluctuación de la pluma de Anzú. Su esencia ha intentado completar el Pacto de las Sombras. En Mesopotamia destruimos su cuerpo, pero no aquello que permanecía unido a él. El Vórtice Estelar continúa abierto y ya no responde a su Guardiana.
La sonrisa desapareció del rostro de Chris.
—La Guardiana Estelar dijo Kakkab.
Chris apretó el arco.
—Creo que hablas de Mónica.
El ser estelar abrió ligeramente los ojos.
—¿Mónica?
—Es mi hermana mayor. Yo soy Chris.
La expresión de Kakkab cambió inmediatamente.
—Chris...
—Sí. Está en la casa de la finca. No se mueve, tiene los ojos completamente blancos y parece que el cielo estuviera intentando llevársela. Mi mamá está con ella. No sabemos cómo despertarla.
Kakkab lo observó durante un momento.
—Entonces eres tú.
Chris parpadeó.
—¿Yo qué?
—Mónica habló de ti en los Jardines de Marduk.
—¿Moni habló de mí?
La sorpresa en su voz fue tan genuina que Kakkab pareció desconcertado.
—Sí.
—Yo pensaba que la irritaba todo el tiempo.
—Según recuerdo, también la irritabas.
Chris asintió lentamente.
—Eso tiene más sentido.
Por primera vez desde su llegada, Kakkab dejó escapar algo parecido a una sonrisa.
—Pero un recuerdo tuyo le permitió comprender algo que necesitaba para controlar las aguas del jardín. Habló de fricción... y de cocción.
Chris abrió los ojos.
—¡Yo sabía que esas palabras se parecían!
—No significan lo mismo.
—Eso dice todo el mundo.
Kakkab negó con la cabeza y su expresión volvió a endurecerse.
—Escúchame, Chris. Cuando destruimos el cuerpo de Anzú en Mesopotamia, su esencia logró sobrevivir. Mientras esa esencia permaneciera activa, el Vórtice de Mónica no podía cerrar su propósito completamente. Ahora el cosmos intenta reclamar aquello que continúa abierto y, como tu hermana está vinculada al Vórtice, también está intentando arrastrarla con él.
Chris dejó de sonreír.
—¿Arrastrarla adónde?
—Fuera de su cuerpo.
El arco casi se deslizó de sus dedos.
Kakkab continuó antes de que pudiera interrumpirlo.
—Mónica se está resistiendo. Por eso permanece atrapada. Su cuerpo esta en este lugar, pero su voluntad continúa luchando en el plano astral para impedir que el Vórtice se la lleve y dejar abierta una nueva grieta para los Aliados del Olvido.
Chris miró hacia el lugar donde la Sombra de Anzú acababa de desaparecer.
—Pero ya lo destruí.
—Destruiste aquello que mantenía su esencia ligada a este mundo. Eso era necesario.
—Entonces Mónica despertará.
Kakkab guardó silencio durante un instante.
—No inmediatamente. El proceso ya comenzó.
Chris apretó los labios.
—¿Puedes ayudarla?
—Sí.
La respuesta llegó sin vacilación.
Kakkab levantó la mirada hacia el cielo.
—Regresaré al origen cósmico del Vórtice. Si alcanzo su esencia antes de que el vínculo se cierre por completo, podré guiarla de regreso a su cuerpo.
—¿Y si no?
Kakkab volvió a mirarlo.
No respondió.
No hacía falta.
Chris bajó la cabeza.
—Ve.
El ser estelar comenzó a elevarse lentamente, rodeado de chispas carmesí, pero antes de abandonar el jardín miró nuevamente al niño que sostenía un arco indígena en una mano y llevaba un collar de perlas alrededor del cuello.
—Haré mi parte por la Guardiana Estelar. Tú debes continuar.
Chris soltó una pequeña risa sin humor.
—Eso suena mucho más fácil cuando lo dices tú.
—No he dicho que sea fácil.
Chris miró a Tayro. El jaguar seguía de pie, aunque apoyaba apenas la pata herida sobre el suelo.
Luego miró hacia la montaña.
Más allá del jardín estaba la laguna.
—No creo que pueda.
Kakkab descendió nuevamente unos centímetros.
Chris se acomodó la gorra y evitó mirarlo.
—No soy un guardián como Mónica. Ni un protector como Rubén. No tengo una reliquia, no tengo poderes... ni siquiera sé usar un arco. Esa flecha hizo casi todo sola.
Kakkab se acercó.
Con suavidad, levantó el rostro de Chris por el mentón y esperó hasta que el niño lo mirara directamente a los ojos.
—Y aun así fuiste tú quien decidió dispararla.
Chris permaneció en silencio.
Kakkab apoyó un dedo sobre el centro de su pecho.
—Tienes poder, pequeño mortal. Está aquí.
Chris bajó la mirada hacia el lugar donde lo había tocado.
—¿Aquí?
—Aquí.
—¿Como un poder secreto?
Kakkab sonrió.
—Algún día lo entenderás.
Antes de que Chris pudiera preguntar absolutamente nada más, el ser estelar se convirtió en un destello carmesí y salió disparado hacia el cielo.
—¡Oye!
La luz ascendió como una estrella fugaz en sentido contrario y desapareció más allá de las nubes.
Chris levantó ambas manos.
—¡No puedes decir algo así y luego irte!
No obtuvo respuesta.
Tayro se acercó cojeando y le dio un pequeño empujón con la cabeza.
—Sí, ya sé.
Chris guardó silencio.
El jardín permanecía iluminado todavía por el último resplandor de la tarde. Las Flores de las Once estaban abiertas nuevamente alrededor de ellos, aunque el sol descendía con rapidez detrás de las montañas.
Chris se acercó al jaguar y examinó nuevamente su hombro.
—No puedes correr como antes.
Tayro resopló.
—No, no me discutas. Estás herido.
El jaguar lo miró.
—Y sí, probablemente fue por mi culpa.
Tayro acercó el hocico y le lamió la mejilla.
Chris hizo una mueca.
—¡Puaj! Gracias. Supongo.
Se limpió con la manga y entonces sintió algo frío contra el pecho.
El collar de Tala.
Las perlas parecían más pálidas bajo la luz que desaparecía.
Chris las sostuvo entre los dedos y levantó la vista.
El último borde del sol se hundía detrás de la Sierra.
Dentro de pocos minutos sería de noche.
Y en algún lugar más allá de los cafetales, la laguna salada seguía esperando.
Chris miró el camino.
Después miró a Tayro.
—Bueno... una nube psicópata menos.
El jaguar soltó un gruñido cansado.
Chris respiró profundamente .
La primera Sombra había caído.
Pero la noche estaba a punto de comenzar.

Capítulo 4
La Luna Equivocada
Chris se arrodilló junto a Tayro en el límite del Jardín de las Flores de las Once. El enorme jaguar respiraba con calma, aunque la herida abierta en su hombro seguía manchando de rojo el pelaje dorado. Ya no sangraba con la misma intensidad y la firmeza de sus ojos dejaba claro que sobreviviría, pero cada vez que intentaba apoyar la pata delantera, un estremecimiento recorría su cuerpo. Chris pasó una mano con suavidad por su cabeza.
—No puedes seguirme así, amigo. Si te llevo conmigo a la laguna vas a terminar peor y, sinceramente, después de haber desobedecido a mi mamá, escaparme contigo y casi hacer que te maten, creo que ya tengo suficientes problemas para una sola noche.
Tayro levantó ligeramente la cabeza.
—No me mires así. Tú sabes que tengo razón.
El jaguar resopló.
—Exactamente. Quédate aquí.
Chris se puso de pie y miró hacia los cafetales. A lo lejos, más allá de la oscuridad creciente, la montaña descendía hacia la laguna. El último resplandor del sol había desaparecido casi por completo y las Flores de las Once, que apenas unos minutos antes habían vuelto a abrirse bajo aquel último rayo, comenzaban a cerrarse nuevamente con la llegada inevitable de la noche.
Un aleteo veloz cruzó sobre su cabeza. Chris levantó la vista. Entre las ramas apareció una lechuza envuelta en destellos dorados. La reconoció de inmediato: era la misma criatura que su mamá había seguido horas antes.
—Perfecto. Ahora sigo búhos.
La lechuza descendió entre los cafetales y volvió a elevarse unos metros más adelante. Chris se acomodó la gorra, comprobó que el collar de perlas de Tala continuara alrededor de su cuello y miró una última vez a Tayro.
—No te muevas.
El jaguar volvió a resoplar.
—Sí, sí. Sé perfectamente que eres un jaguar gigante y haces lo que quieres. Pero inténtalo.
Echó a correr. La lechuza avanzaba siempre unos metros delante de él, apareciendo y desapareciendo entre las ramas mientras Chris descendía por los cafetales tan rápido como sus piernas podían llevarlo. La fiebre seguía allí, escondida detrás del cansancio, y cada respiración le raspaba la garganta, pero no disminuyó el paso. Saltó raíces, esquivó arbustos y resbaló dos veces sobre la tierra mojada antes de alcanzar finalmente el borde del bosque.
Cuando salió de los árboles, se detuvo. La laguna estaba delante de él y no se parecía a ninguna laguna que hubiera visto jamás. El terreno de la orilla estaba completamente seco, dividido por grietas y cubierto de piedras afiladas que brillaban bajo la poca luz restante como fragmentos de vidrio. Sus tenis crujieron sobre ellas mientras avanzaba con cuidado, pero lo verdaderamente imposible estaba en el agua.
Los círculos que había visto desde el balcón ya no parecían simples ondas. Dividían la laguna. Grandes anillos concéntricos separaban la superficie en secciones perfectas y entre ellos se abrían espacios oscuros donde el agua parecía desaparecer hacia profundidades imposibles. En varios puntos, figuras triangulares giraban lentamente sobre sí mismas y absorbían el agua con una fuerza aterradora, formando remolinos geométricos que no se parecían a nada natural.
Chris se quedó mirando.
—Bueno... eso tampoco estaba en los planes.
La lechuza descendió detrás de él. Cuando sus patas tocaron la tierra, el plumaje comenzó a deshacerse en pequeñas chispas doradas. Las alas se alargaron, el cuerpo cambió de forma y, en cuestión de segundos, Huitaca estaba de pie sobre las piedras. Casi inmediatamente, desde algún lugar entre los arbustos, se escuchó un pequeño canto.
—Croac.
Luego otro.
—Croac.
Chris miró alrededor. Huitaca avanzó un paso y varias ranas plataneras comenzaron a cantar al mismo tiempo desde distintos puntos de la orilla.
La diosa observó la laguna con el rostro completamente serio.
—Nunca pensamos que llegaría este momento. El Sello del Equilibrio está cediendo desde lo más profundo.
Chris se volvió hacia ella.
—¿Y tú quién eres?
Huitaca lo miró como si apenas entonces recordara que él no tenía la menor idea de quién era.
—Una vieja amiga de tu mamá.
—Claro. Porque aparentemente mi mamá tiene amigos jaguares, diosas, lechuzas que son diosas y un montón de cosas que jamás consideró importante mencionar.
Huitaca sonrió ligeramente.
—Te pareces bastante a ella.
Chris bajó la mirada hacia sus pies. La diosa caminaba completamente descalza sobre las piedras.
—Oye, ¿eso no te duele?
—¿Qué cosa?
—Caminar sin zapatos sobre eso. Parecen vidrios.
Huitaca levantó un pie y lo miró.
—A decir verdad, prefiero volar.
—Excelente idea.
—El aire sobre esta laguna está demasiado pesado.
Chris observó nuevamente el cielo.
—Entonces no tan excelente.
Huitaca volvió a sonreír.
—Definitivamente eres hijo de Flor.
—Eso dicen.
Otro coro de ranas comenzó a sonar cuando ella avanzó un paso más.
—Croac. Croac. Croac.
Chris abrió la boca para preguntar algo, pero la laguna explotó. Una columna de agua salada se elevó desde el centro de los anillos y cayó como lluvia sobre la superficie dividida. De aquella masa oscura comenzó a levantarse una figura gigantesca, demasiado grande para pertenecer a cualquier criatura que pudiera existir en una montaña colombiana. Primero apareció una cabeza. Después un cuello interminable. Y finalmente el cuerpo retorcido de una enorme serpiente formada por agua salada, escamas de penumbra y restos de oscuridad.
Chris retrocedió.
—Oh, no.
Huitaca hizo exactamente lo mismo. La enorme criatura levantó la cabeza hacia el cielo oscuro. No parecía interesada todavía en ellos; se movía inquieta, olfateando el aire o esperando algo que aún no había aparecido. El sol acababa de ocultarse. Pero la Luna todavía no había salido.
Huitaca pisó accidentalmente una piedra.
—Croac.
La reacción fue inmediata. La serpiente lanzó un alarido desgarrador y sacudió violentamente la cabeza. Giró hacia el sonido y descargó un coletazo brutal sobre los arbustos. La pequeña rana dejó de cantar.
Huitaca se quedó inmóvil. Chris también.
—¿Viste eso?
—Sí.
Otra rana cantó desde un punto diferente. Bakunawa volvió a retorcerse y golpeó la tierra exactamente donde había sonado.
Chris entrecerró los ojos.
—Espera.
Huitaca movió un pie.
—No.
La diosa se detuvo.
—¿Qué?
—No te muevas.
—Chris...
—Shhh.
Él levantó una mano y observó a la serpiente. Bakunawa continuaba agitando la enorme cabeza de un lado a otro. No miraba directamente hacia ellos. Ni siquiera parecía haber notado dónde estaban.
Huitaca dio involuntariamente un pequeño paso. Otra rana cantó. Bakunawa atacó de inmediato.
Chris le agarró el brazo.
—¡Te dije que no te movieras!
—¡Me estás dando órdenes!
—¡Sí!
Huitaca abrió los ojos, sorprendida.
Chris señaló a la criatura.
—Cada vez que pisas esas piedras las ranas empiezan a cantar y cada vez que cantan, esa cosa ataca donde escucha el ruido.
Huitaca volvió a mirar a Bakunawa.
—¿Crees que no puede vernos?
Chris frunció el ceño.
—No sé. Pero si pudiera vernos, ya estaríamos muertos.
La enorme serpiente volvió a lanzar un coletazo al escuchar otro croar distante.
Chris asintió lentamente.
—Sí. Definitivamente hay algo raro con sus ojos.
Huitaca miró al niño. Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Me recuerdas muchísimo a tu mamá.
—Espero que eso sea algo bueno.
—Creo que eres súper chévere.
Chris la miró.
—¿Súper chévere?
—Sí.
—Acabas de conocerme.
—Me basta.
Chris señaló a Bakunawa.
—Tenemos una serpiente gigante intentando aplastar ranas.
—Y ya me caes bien.
—Bueno. Tú también estás un poco loca.
Huitaca sonrió ampliamente.
—Ahora me caes mejor.
Bakunawa azotó nuevamente la orilla. La tierra estalló entre ambos. Chris salió despedido hacia un lado y Huitaca hacia el otro. El niño rodó sobre las piedras, sintiendo cómo algunas atravesaban la tela de su pantalón, hasta quedar detenido peligrosamente cerca de uno de los triángulos que absorbían el agua.
—¡CHRIS!
La voz de Huitaca llegó desde el otro lado de una grieta. Chris se incorporó sobre las manos. El remolino triangular estaba apenas a unos pasos.
Huitaca palideció.
—¡Aléjate de ahí!
Chris retrocedió.
—¡Eso estaba haciendo!
—¡No dejes caer nada dentro! ¡Lo que entra en esos vórtices no regresa!
Chris miró el triángulo.
—¿Nunca?
—¡Nunca!
—Bueno saberlo.
Se alejó rápidamente hasta quedar detrás de una roca y entonces vio un pequeño charco de agua atrapado entre las grietas. La superficie tembló. Chris se inclinó. Esperaba ver su reflejo. No apareció.
En cambio, vio el rostro de una joven de cabello oscuro y ojos verdes que parecía estar buscando desesperadamente algo al otro lado del agua. La imagen desapareció. Volvió. Desapareció otra vez.
—¿Hola?
El rostro regresó.
—¡Por fin!
Chris dio un salto.
—¡Ah!
La joven también se sobresaltó.
—¡¿Quién eres?!
—¡Tú apareciste en mi charco!
—¡Estoy intentando comunicarme con el Protector Esmeralda!
Chris parpadeó.
—¿Con quién?
—¡El Protector Esmeralda!
Chris se quedó pensando.
—Ah.
Tala lo miró expectante.
—¿Dónde está?
—Supongo que te refieres a Rubén.
—¿Rubén?
—Mi hermano.
Tala cerró los ojos con frustración.
—Todavía no me acostumbro a ese nombre. Niño de la Superficie era mucho más apropiado.
Chris ladeó la cabeza.
—No creo que a él le guste.
—Precisamente.
—Ah.
—¿Dónde está?
La expresión de Chris cambió.
—En la casa. Está atrapado en una especie de trance. Parece que se estuviera ahogando aunque no hay agua alrededor.
Los ojos de Tala se abrieron.
—No.
—Sí.
—Entonces la conexión todavía sigue abierta.
—¿Qué conexión?
—No hay tiempo para explicarlo. Escúchame: Bakunawa ha regresado.
Chris miró por encima de la roca hacia la serpiente gigantesca que destruía media montaña.
—Sí. Esa parte ya la había notado.
—Quiere devorar a Mayari.
Chris volvió hacia el charco.
—¿Quién es Mayari?
Tala lo miró como si acabara de preguntarle quién era el Sol.
—¡La última Luna!
—Ah.
—¡No digas “ah”!
—No sé qué quieres que diga.
—¡Tu hermano arriesgó su vida para salvarla!
—Bueno, eso suena bastante a Rubén.
Tala se inclinó hacia él desde el reflejo.
—Debes detener a Bakunawa antes de que Mayari aparezca. ¡Usa tus poderes!
Chris cerró los ojos. Respiró. Los volvió a abrir.
—No tengo poderes.
—¿Qué?
—¡No tengo poderes! Todo el mundo me dice que use mis poderes, que tengo poder aquí, que haga algo poderoso... ¡y no tengo ninguno!
—Entonces usa otra cosa.
Chris se quedó callado. Tala también.
—Eso no ayuda mucho.
La superficie del charco comenzó a temblar.
—La conexión se está perdiendo.
—¡Espera! ¿Cómo detuvo Rubén a esa cosa?
—¡No puedo explicarte toda una batalla ahora!
—¡Pues un resumen estaría genial!
La imagen de Tala se distorsionó.
—¡Bakunawa busca la Luna! ¡No permitas que la encuentre!
El agua volvió a reflejar únicamente el cielo. Chris se quedó mirando el charco.
—Perfecto.
Detrás de él, Bakunawa rugió. Chris se asomó nuevamente. Huitaca intentaba ponerse de pie al otro lado de la grieta. Apenas apoyó el pie sobre una de las piedras, varias ranas comenzaron a cantar. Bakunawa perdió completamente el control. La serpiente giró hacia el sonido y descargó una serie de coletazos contra la orilla.
Chris abrió los ojos.
—Huitaca.
La diosa se cubrió detrás de una roca.
—¿Qué?
—¡Hazlo otra vez!
—¿Qué cosa?
—¡Pisa las piedras!
Huitaca lo miró como si ahora sí hubiera confirmado que estaba loco.
—¿Quieres que haga cantar a las ranas?
—¡Sí!
—Bakunawa intenta matarlas cuando cantan.
—Exactamente.
Huitaca tardó un segundo. Luego sonrió.
—Definitivamente eres hijo de Flor.
—¡Huitaca!
—¡Ya voy!
La diosa salió de detrás de la roca y apoyó deliberadamente un pie sobre las piedras.
—Croac.
Bakunawa atacó. Huitaca saltó hacia un lado.
Chris observó.
—¡Otra!
Huitaca volvió a pisar.
—Croac. Croac.
La serpiente giró en dirección contraria.
Chris sonrió.
—¡No puede encontrarte!
Huitaca esquivó otro coletazo.
—¡Eso ya lo noté!
—¡Necesitamos más ruido!
—¿Cuánto más?
Chris miró la enorme circunferencia de la laguna. Después miró los pies descalzos de Huitaca.
—No te va a gustar.
—¿Qué?
—¿Qué tan rápido puedes correr?
Huitaca levantó el mentón.
—Muy rápido.
Chris señaló la orilla.
La diosa volvió a mirar a Bakunawa. Después a las piedras. Y sonrió.
—Súper chévere.
—¿Qué?
Huitaca salió corriendo. Sus pies golpearon las rocas una tras otra. Cientos de ranas comenzaron a responder.
—Croac. Croac. Croac.
Bakunawa rugió y giró hacia un lado. Huitaca aceleró. El canto se extendió por toda la orilla. Miles de pequeñas voces comenzaron a surgir entre los arbustos, las grietas, las raíces y los cafetales hasta formar un coro ensordecedor que envolvió la montaña.
Bakunawa se retorció. Sus coletazos golpeaban lugares distintos cada segundo mientras intentaba localizar un sonido que ahora venía de todas partes.
Chris salió de detrás de la roca.
—¡FUNCIONA!
Huitaca corrió frente a él y casi recibió un golpe de la cola.
—¡NO CELEBRES TODAVÍA!
—¡Cierto!
Chris volvió a cubrirse. La estrategia funcionaba, pero Huitaca empezaba a disminuir la velocidad. Las piedras habían abierto varios cortes en sus pies y cada paso dejaba pequeñas manchas de sangre sobre el suelo. Aun así, siguió corriendo.
Chris apretó los dientes.
—Vamos... piensa.
Bakunawa seguía allí. Las ranas podían desorientarla, pero no destruirla. Tala había dicho que buscaba la Luna.
Chris miró hacia el horizonte.
Una franja plateada comenzaba a aparecer entre las montañas.
La Luna… Mayari.
Bakunawa también la sintió.
La gigantesca serpiente levantó lentamente la cabeza.
El collar alrededor del cuello de Chris se calentó.
—¿Qué...?
Bajó la mirada. La gran perla marina de Tala comenzaba a emitir un brillo plateado cada vez más intenso, como si reaccionara a la luz de la luna.
Chris la tomó entre los dedos.
—Oh.
La Luna continuó elevándose. La perla brilló aún más.
Chris miró el collar. Después miró a Bakunawa. Después volvió a mirar la Luna.
—Un momento...
Huitaca cayó de rodillas. El coro de ranas comenzó a debilitarse. Bakunawa levantó la cabeza hacia el cielo.
Chris recordó las últimas palabras de Tala.
Bakunawa busca la Luna.
Miró nuevamente la perla. Brillaba casi igual.
—No puede ser tan fácil.
Se quedó pensando.
—Bueno... con la flecha funcionó.
Sacudió la cabeza.
—No, Chris. Eso fue otra cosa.
Bakunawa comenzó a moverse. La Luna seguía ascendiendo.
Chris miró el triángulo que absorbía el agua. Recordó la advertencia de Huitaca.
Lo que entra no regresa.
Miró el collar. Luego a Bakunawa. Y lentamente empezó a sonreír.
—Oh, esto es una pésima idea.
Se puso de pie.
Huitaca levantó la cabeza.
—¿Qué vas a hacer?
—Todavía no sé si quiero saberlo.
—¡Chris!
El niño avanzó hasta quedar peligrosamente cerca del vórtice triangular.
—¡BAKUNAWA!
La gigantesca cabeza giró hacia él. Chris sostuvo la perla frente a su pecho. La luz plateada iluminó su rostro.
Bakunawa quedó inmóvil.
Chris tragó saliva.
—Vamos...
La serpiente se inclinó. No hacia la Luna verdadera. Hacia él.
—Sí.
Huitaca abrió los ojos.
—Chris...
—Creo que funciona.
—¡Aléjate de ahí!
—Todavía no.
Bakunawa avanzó. Chris retrocedió un paso hasta sentir el viento del remolino contra las piernas.
—Vamos, serpiente...
La criatura abrió las fauces.
Huitaca intentó levantarse.
—¡CHRIS!
—Un poquito más.
Bakunawa se lanzó.
Chris sintió que el corazón se le detenía.
En el último instante se quitó el collar, lo agarró con ambas manos y lo lanzó hacia el vórtice. No fue un lanzamiento elegante. Ni preciso. El collar cayó varios metros antes del centro.
—¡Ay, no!
El remolino hizo el resto. Las perlas tocaron la corriente y desaparecieron inmediatamente arrastradas hacia el triángulo.
Bakunawa cambió de dirección. Persiguió la luz.
Chris se tiró al suelo.
La gigantesca serpiente pasó sobre él con las fauces abiertas y se lanzó detrás del collar.
El vórtice la atrapó.
Durante varios segundos, Bakunawa intentó retroceder. Su cuerpo de agua salada y oscuridad se retorció violentamente mientras la corriente tiraba de ella desde distintos puntos al mismo tiempo. La serpiente rugió. La montaña tembló.
Y entonces desapareció dentro del triángulo.
La superficie de la laguna se cerró sobre ella. No quedó rastro visible de Bakunawa.
Chris permaneció tendido sobre las piedras. Parpadeó.
—¿Funcionó?
Huitaca respiraba con desde suelo en la orilla.
—Creo que sí.
Chris levantó lentamente la cabeza.
—Funcionó.
Sonrió.
—¡FUNCIONÓ!
La tierra volvió a sacudirse. Esta vez con mayor violencia. Los círculos que dividían la laguna se extendieron unos centímetros más y varias grietas nuevas aparecieron en la orilla.
La sonrisa de Chris desapareció.
Huitaca miró hacia el agua.
—El Sello...
Chris se incorporó.
—¿Eso fue malo?
Huitaca no respondió.
La Luna terminó de emerger sobre las montañas. Mayari apareció completa, limpia y plateada, bañando la Sierra con una luz fría que transformó la laguna y los cafetales. Las ranas volvieron a cantar lentamente. Esta vez no había ninguna serpiente intentando aplastarlas.
Chris miró hacia Huitaca. La diosa estaba sentada sobre las piedras, respirando con dificultad. Las plantas de sus pies estaban cubiertas de pequeños cortes y sangre.
—¡Huitaca!
Chris corrió hacia ella, buscando un punto seguro para atravesar las grietas.
—Estoy bien.
—No pareces bien.
—He estado peor.
—Eso también lo dice mi mamá.
Huitaca levantó la vista y sonrió.
—Te dije que te pareces a ella.
Chris se arrodilló a su lado.
—Bueno, ella probablemente no habría hecho correr a una diosa descalza sobre piedras para organizar un concierto de ranas.
—No estés tan seguro.
Chris soltó una pequeña risa. Después miró hacia la laguna. El collar había desaparecido.
Chris suspiró.
—Ha sido una noche complicada.
La diosa rió suavemente y apoyó una mano sobre su hombro. Chris levantó la vista hacia Mayari. La verdadera Luna brillaba sobre la Sierra.
Bakunawa había elegido la equivocada.
Y en algún lugar bajo aquellas aguas divididas, el Sello del Equilibrio seguía fracturándose.

Capítulo 5
El Abismo de la Memoria
Tras la caída de Bakunawa, la paz no regresó a la montaña.
El suelo volvió a rugir bajo sus pies con un temblor más profundo que los anteriores. La Sombra de la gran serpiente marina había desaparecido dentro de uno de los vórtices triangulares, pero el Sello del Equilibrio continuaba resquebrajándose bajo la corteza terrestre. En la laguna, los círculos concéntricos seguían expandiéndose, dividiendo el agua en anillos demasiado perfectos para pertenecer a la naturaleza, mientras en sus bordes los remolinos triangulares giraban con una fuerza cada vez mayor.
Chris permaneció de pie sobre las piedras de la orilla, respirando con dificultad y sin apartar la mirada de aquellos triángulos. Los círculos tenían algo inquietante por su precisión, pero los vórtices eran distintos: parecían romper aquel orden, como grietas abiertas sobre una figura construida con demasiada perfección.
Otro retumbo sacudió la montaña y desprendió pequeñas esquirlas de roca. Chris se acomodó la gorra, milagrosamente todavía sobre su cabeza después de la batalla, y miró hacia Huitaca, que permanecía sentada contra una gran piedra intentando recuperar el aliento.
—Oye… ¿estos temblores tienen que ver con ese Sello del que todos hablan?
Huitaca levantó la mirada con pesadez. La sangre de sus pies heridos había dejado pequeñas marcas sobre las piedras.
—Sí. El Sello del Equilibrio se está fracturando y cada vez queda menos tiempo.
Chris frunció el ceño.
—¿Y qué pasa si se rompe?
Huitaca guardó silencio unos segundos antes de bajar los ojos.
—Pasará algo que intentamos evitar durante muchos años.
Chris la observó con atención.
—¿“Intentamos”?
La diosa apretó ligeramente los labios.
—Hace mucho tiempo cometí un error. Uno que dañó el equilibrio de estas tierras mucho antes de que tú nacieras. Desde entonces he intentado repararlo, pero algunas consecuencias tardan años en alcanzarte.
Chris no preguntó qué había hecho ni por qué. Miró los cortes de sus pies y se sentó a su lado.
—Creo que sé un poquito cómo se siente.
Huitaca ladeó la cabeza.
—¿Tú?
—Una vez intenté construir un motor con unos cables, una batería de un carrito viejo y un ventilador que ya no servía. Quería hacer que girara muchísimo más rápido.
—¿Y funcionó?
Chris hizo una mueca.
—Más o menos. Hice un cortocircuito y dejé la casa sin luz. Mi mamá se asustó muchísimo y durante semanas todos decían que no podían dejarme solo porque seguramente iba a incendiar algo.
Huitaca dejó escapar una risa cansada.
—Chris, dejar una casa sin electricidad no es exactamente lo mismo que alterar el equilibrio del mundo.
—Ya sé —respondió él—, pero cuando tienes diez años y ves a tu mamá mirarte como si acabaras de destruir la casa entera, se siente bastante grave.
La sonrisa de Huitaca se mantuvo apenas unos segundos antes de desaparecer. Chris volvió a mirar sus pies llenos de heridas.
—Mi mamá dice que equivocarse no significa que tengas que seguir equivocándote para siempre. También dice que, si causaste un problema, lo importante es intentar arreglarlo. Además, corriste descalza por media montaña para salvarnos. Si eso no cuenta para algo, entonces los dioses tienen unas reglas muy raras.
Huitaca no respondió enseguida. Sus ojos dorados se humedecieron ligeramente mientras contemplaba al niño.
—Eres más sabio de lo que aparentas.
—Eso digo yo. En mi casa todavía no se han dado cuenta.
Chris se levantó y volvió a mirar la laguna. Los triángulos seguían girando entre los anillos.
—Aunque ahora sí tengo una pregunta. ¿Qué son esas cosas?
—Eso mismo intento comprender.
La voz llegó desde detrás de ellos.
Chris se giró de inmediato. Entre los arbustos apareció una mujer rodeada por un tenue resplandor acuático. Pequeños hilos de agua recorrían su piel como ríos diminutos y la luz de la Luna parecía reflejarse sobre ella.
Chris retrocedió medio paso.
—¿Quién eres?
La mujer lo observó con una expresión extrañamente familiar.
—Una antigua amiga de tu madre.
Chris abrió los ojos.
—Espera… ¿Bachué?
La Diosa Madre inclinó ligeramente la cabeza.
—Así me llaman.
—Mi mamá estaba preocupada por ti.
Huitaca intentó ponerse de pie al verla, aunque el dolor de sus pies la obligó a apoyarse de nuevo contra la roca.
—¡Bachué! Tendrías que haber visto lo que hizo. La Sombra de la serpiente cayó dentro de uno de esos triángulos y desapareció.
Bachué dirigió la vista hacia la laguna. Durante varios segundos no dijo nada. Su expresión cambió lentamente al observar los círculos que atravesaban el agua, y finalmente avanzó hasta la orilla.
—Conozco esa forma.
Chris siguió la dirección de su mirada.
—¿De dónde?
—De una ciudad que desapareció bajo el océano hace muchísimo tiempo. Fue construida entre anillos de tierra y agua, y los Señores de la Creación, los Dioses Hombres, la destruyeron cuando intentaron acabar por la fuerza con el hermano de El Inicio.
Bachué guardó silencio un instante.
—Atlántida.
Chris volvió a mirar la laguna, esta vez con mayor inquietud.
—¿Esos círculos son de allí?
—Son la misma forma.
Chris señaló uno de los remolinos triangulares.
—Entonces… ¿y esos?
La expresión de Bachué cambió.
—Eso no pertenecía a la ciudad.
Huitaca observó los vórtices con inquietud.
—Aparecieron antes que los anillos.
Bachué permaneció en silencio, como si acabara de comprender algo que hubiera preferido ignorar.
—Entonces ya ha comenzado.
—¿Qué cosa? —preguntó Chris.
Bachué miró hacia la montaña, en dirección a la gruta donde permanecían el Arca y el Sello del Equilibrio.
—Hay alguien en las profundidades de aquella ciudad destruida que lleva eras esperando este momento. Barastos. El último y más cruel de los aliados que la Niebla del Olvido dejó antes de ser contenida.
Chris sintió un nudo en el estómago.
—¿Otro?
—Anzú y Bakunawa aceptaron el pacto por sus propios deseos. Barastos hizo lo mismo, pero nunca dejó de esperar la oportunidad de reclamar lo que le fue prometido. El Arca está aquí. Si el Sello termina de romperse, la Niebla quedará expuesta.
Bachué volvió a mirar los vórtices.
—Los triángulos aparecieron antes de que la laguna comenzara a tomar la forma de Atlántida. No sé exactamente qué son ni hasta dónde llegan, pero sí sé lo que están haciendo. Están uniendo este lugar con aquello que permanece bajo las aguas.
Chris entrecerró los ojos.
—Como un puente.
Bachué lo miró.
—Sí.
—¿Para que Barastos pueda venir hasta aquí?
—Cuando el Sello caiga, estoy segura de que intentará hacerlo. No necesita abandonar todavía su reino si puede extender su influencia desde allí, pero cuando llegue el momento de reclamar su parte del pacto, esos caminos pueden convertirse en su entrada.
Chris volvió a mirar el triángulo más cercano.
—Entonces también podrían ser una salida.
Bachué tardó en responder.
—No lo sé.
—Pero conectan los dos lugares.
—Eso parece.
Chris señaló el vórtice con la barbilla.
—Bakunawa cayó dentro de uno y desapareció.
—Su Sombra desapareció —corrigió Bachué—. No sabemos qué ocurrió con ella después.
Bachué se volvió hacia Huitaca y se arrodilló junto a ella. Tomó con cuidado uno de sus pies heridos entre las manos y cerró los ojos por un momento.
—Debo regresar a la gruta. Cuando el Sello termine de quebrarse, intentaré contener la Niebla todo el tiempo que pueda usando la fuerza de la Madre Tierra.
—¿Y después? —preguntó Chris.
Bachué abrió los ojos.
—Después dependerá de los guardianes.
Chris miró hacia la montaña.
—Mi mamá no puede luchar y mis hermanos están atrapados.
Guardó silencio unos segundos.
—Entonces no queda nadie.
Bachué se incorporó.
—Existía otra posibilidad. Las reliquias no fueron creadas únicamente para entregar poder. También guiaban a quienes debían encontrarlas hacia el lugar donde su misión los necesitaba. Hubo una que debía conducir a un guardián hasta las profundidades del reino de Barastos.
Los ojos de Chris se iluminaron.
—¿Dónde está?
La expresión de Bachué respondió antes que sus palabras.
—Nunca encontró a su portador.
El viento pasó sobre la laguna levantando pequeñas ondas entre los anillos.
Chris pensó en su madre protegiendo en la finca los cuerpos inmóviles de Mónica y Rubén. Pensó en Tayro herido entre los cafetales, en Huitaca con los pies destrozados y en todo lo que había ocurrido desde que sus hermanos comenzaron a guardar secretos que él no comprendía. Ellos habían recibido señales, reliquias y caminos que parecían haber estado esperándolos. Él no había recibido nada.
Había llegado hasta allí casi por accidente, sin poderes, sin una misión y sin que nadie supiera exactamente qué hacer con él.
Chris observó el triángulo más cercano.
—¿Qué habría hecho esa reliquia?
—Guiar a su guardián hasta Barastos —respondió Bachué— y permitirle regresar.
—¿Regresar?
Bachué asintió.
Chris volvió la mirada hacia los remolinos triangulares.
—¿Y sin ella?
Bachué negó lentamente con la cabeza.
—Nadie lo sabe.
Chris permaneció en silencio unos segundos y miró hacia la laguna.
—Entonces solo hay una forma de saberlo.
Bachué abrió los ojos.
—Chris…
Él se acomodó la gorra y dio un paso hacia la orilla.
—Díganle a mi mamá que sé que no soy como Mónica y Rubén… pero voy a intentar arreglar esto. Y que espero volver.
Huitaca comprendió demasiado tarde.
—¡Chris, no!
El niño echó a correr y se lanzó al remolino antes de que ninguna de las dos pudiera alcanzarlo.
Y el agua se lo llevó.

Capítulo 6
El Cristal de la Atlántida
Flor irrumpió entre la espesura de los matorrales con una
desesperación desbocada, llevaba en sus brazos El libro del dragón, seguida a pocos pasos por Mónica y Rubén. Cuando los
tres alcanzaron las piedras húmedas de la orilla, la realidad parecía haber
contenido el aliento: el viento había desaparecido entre los cafetales, las
pequeñas ranas plataneras habían enmudecido y del suelo ascendía una vibración
grave, profunda, capaz de estremecer la montaña desde sus cimientos.
Mónica y Rubén acababan de despertar de sus respectivos
trances. Ya no flotaban bajo la luz carmesí ni permanecían atrapados en aquella
masa de agua invisible, pero la palidez de sus rostros revelaba el agotamiento
de las batallas que habían librado lejos de allí. Mónica llevó una mano
temblorosa hasta el Vórtice Estelar.
—Traza el orden, detén el caos.
Los cristales rojos permanecieron apagados.
Rubén apretó el Anillo Égida.
—Protege el cielo. Defiende la estrella.
Nada ocurrió.
Las reliquias estaban exhaustas, como si todo cuanto habían
entregado durante aquellas batallas hubiera quedado lejos de allí. Frente al
epicentro donde el Arca original comenzaba a ceder ante la presión del Olvido,
ni el rojo de las estrellas ni el verde protector respondían.
El panorama de la orilla era todavía peor. Huitaca
permanecía de rodillas junto a una roca monumental, con los pies descalzos
cubiertos de cortes y rastros de sangre. Detrás de ella apareció Tayro,
sosteniéndose apenas sobre tres patas mientras gruesas gotas rojas caían de la
herida que las plumas metálicas de Anzú habían dejado en su hombro. Bachué, en
medio de todos ellos, contemplaba la laguna con los ojos abiertos por el
horror.
Los vórtices triangulares habían desaparecido.
Solo quedaban los círculos concéntricos, extendiéndose
lentamente sobre el agua y devorando las orillas con una geometría imposible.
Flor no miró las grietas ni los anillos. Buscó
desesperadamente entre las piedras, junto a Huitaca, detrás de Bachué, incluso
entre los arbustos por los que acababa de pasar.
—¿Dónde está Chris? —preguntó, y al no recibir respuesta su
voz se quebró—. ¿Dónde está mi hijo?
Bachué se volvió hacia ella. La luz acuática que recorría
normalmente su piel parecía haberse apagado bajo el peso de lo ocurrido.
—Centinela… Chris entró en uno de los vórtices.
Flor dejó de respirar.
—¿Qué?
—Intentó llegar hasta Barastos.
La mirada de Flor recorrió la superficie de la laguna,
buscando una figura, una mano, cualquier movimiento que contradijera aquellas
palabras.
—No.
Bachué dio un paso hacia ella.
—Flor…
—No.
Las piernas de la Centinela cedieron y cayó de rodillas
sobre el barro. Mónica se llevó ambas manos a la boca. Rubén permaneció
inmóvil, incapaz de apartar los ojos del agua.
Entonces Flor alzó el rostro y gritó.
—¡CHRIIIIIS!
No fue la llamada de la Centinela del Eco Dorado ni la voz
de una mujer que alguna vez había portado una reliquia. Fue el grito de una
madre que llamaba a su hijo porque no sabía qué otra cosa hacer.
El sonido se perdió entre las montañas.
Pero algo más no.
Mucho más allá de aquella cordillera, atravesando una
distancia que ninguna voz humana habría podido recorrer, el vínculo entre una
madre y su hijo encontró un camino que el agua, la tierra y los dioses no
pudieron cerrar.
En las profundidades del océano, Chris abrió los ojos.
Tosió con violencia y expulsó las últimas gotas saladas que
le quemaban la garganta. Durante unos segundos creyó que todavía estaba
hundiéndose en la oscuridad, pero sus manos encontraron una superficie fría y
sólida. Se incorporó lentamente y descubrió un piso metálico bajo su cuerpo.
—Mamá… —murmuró, aunque no sabía por qué acababa de pensar
en ella.
Miró a su alrededor.
Se encontraba en el interior de una construcción monumental
protegida por una enorme cúpula transparente. Más allá del cristal se extendía
la negrura del océano, aplastando aquella estructura con una presión
inimaginable, pero ni una sola gota atravesaba la superficie protectora.
Chris se tocó la cabeza.
La gorra había desaparecido.
—Oh, no.
Se pasó ambas manos por el cabello empapado y suspiró.
—Bueno… experimento mortal: cero. Chris: uno. Gorra:
desaparecida en combate.
Logró ponerse de pie y examinó el lugar. Columnas inmensas
sostenían arcos revestidos por un metal rojizo que reflejaba destellos cobrizos
bajo la tenue iluminación del templo. El material aparecía por todas partes: en
los muros, en las puertas, en las decoraciones y en enormes estructuras que
parecían haber resistido intactas durante siglos.
Chris recordó las palabras de Bachué.
Atlántida.
Había llegado.
Avanzó hacia uno de los costados de la cúpula y miró al
exterior. Cientos de figuras permanecían inmóviles en el agua: guerreros con
lanzas, ciudadanos cubiertos por antiguas vestimentas y criaturas marinas
atrapadas en una inmovilidad imposible. Sus rostros parecían congelados en el
instante exacto del miedo.
Chris retrocedió.
No sabía quiénes eran ni qué les había ocurrido, pero sí
sabía reconocer algo horrible cuando lo tenía delante.
Entonces escuchó una voz.
—Patética.
Chris se pegó de inmediato a una de las columnas y asomó
apenas la cabeza hacia la nave principal.
En el centro del templo se encontraba Barastos.
El rey de Atlántida era todavía más imponente de lo que
Chris había imaginado. Llevaba una armadura fabricada con el mismo metal
cobrizo de las paredes y sostenía un cetro largo y pesado. Frente a él flotaba
una esfera transparente, pequeña en comparación con la enorme cúpula que
protegía la ciudad.
Dentro de ella se retorcía una sombra.
Chris reconoció de inmediato la silueta de Bakunawa.
La gran serpiente ya no parecía una amenaza capaz de cubrir
el cielo. Su forma oscura chocaba contra las paredes de la esfera buscando una
salida que no existía.
—Fallaste —dijo Barastos.
La Sombra de Bakunawa se agitó con violencia.
—Ellos…
—No me interesan tus excusas.
La serpiente golpeó nuevamente el cristal.
—El niño…
Barastos soltó una carcajada seca.
—¿Un niño?
Bakunawa abrió las fauces, pero el rey alzó el cetro.
—Anzú fue destruido. Tú regresaste derrotada. Ambos
aceptaron la promesa de la Niebla y ninguno fue capaz de cumplir una tarea
sencilla.
La sombra se revolvió.
—El pacto…
Barastos clavó la mirada en ella.
—Tu parte del pacto dejó de importarme en el instante en que
dejaste de ser útil.
Chris vio cómo el cetro descendía contra la superficie de la
esfera.
El metal tocó el cristal.
Un único chasquido atravesó el templo.
La esfera se agrietó y la Sombra de Bakunawa se deshizo en
una explosión oscura que apenas alcanzó a formar un último remolino antes de
desaparecer.
Chris contuvo el aliento.
Barastos ni siquiera miró los restos.
—Cuando el Sello caiga, iré personalmente por aquello que me
corresponde. Bachué cometió el error de llevar el Arca hasta esas montañas y
ahora me ha ahorrado el trabajo de buscarla. Cuando la Niebla sea liberada,
Atlántida volverá a elevarse y aquellos que alguna vez dudaron de mí entenderán
finalmente quién debió gobernar sobre todos.
Chris dio un paso atrás.
Su tenis golpeó algo.
Clink.
Miró hacia abajo.
Un vaso ceremonial cubierto de pequeñas conchas se inclinó
peligrosamente.
Chris intentó atraparlo.
No llegó a tiempo.
CLANK.
El recipiente cayó sobre el piso metálico y el sonido
recorrió toda la estancia.
Barastos dejó de hablar.
Chris cerró los ojos un instante.
—Perfecto.
Cuando volvió a abrirlos, el rey ya lo estaba mirando.
Barastos caminó hacia él con lentitud. Sus ojos recorrieron
al niño de arriba abajo: camiseta mojada, pantalones empapados, cabello
revuelto, ningún arma, ninguna armadura y, sobre todo, ninguna reliquia.
—¿Qué eres?
Chris tragó saliva.
—Chris.
—No pregunté tu nombre.
El rey levantó ligeramente el cetro.
—Pregunté qué eres.
Chris miró el arma. Era el mismo cetro que acababa de
quebrar una esfera hecha del mismo cristal que protegía la ciudad.
No respondió.
Barastos sonrió con desprecio.
—Nada.
Levantó el cetro.
Chris reaccionó.
Juntó las manos contra el pecho, abrió enormemente los ojos
y dejó escapar un pequeño gemido.
—¡No, no, no! ¡Por favor, gran rey todopoderoso, no me
mates! ¡Allá arriba todo está horrible!
Barastos detuvo el movimiento.
Chris aprovechó.
—Hay criaturas gigantes, una serpiente que se comió la Luna
un montón de veces, un pájaro enorme que casi destruye media montaña y ahora
están apareciendo unos círculos perfectos sobre una laguna. Perfectos.
Increíbles. Como si alguien con una mente muchísimo más inteligente que la de
cualquier persona hubiera diseñado todo.
El rostro de Barastos cambió apenas.
Chris lo vio.
—¿Círculos?
—Sí. Enormes. Súper ordenados. Uno dentro de otro.
La comisura de los labios del rey se elevó.
—La superficie está comenzando a reproducir la grandeza de
mi reino.
Chris asintió con entusiasmo exagerado.
—¡Eso pensé! Se ven demasiado perfectos para haberlos hecho
alguien normal.
Barastos bajó lentamente el cetro.
—Al menos una criatura de la superficie posee la
inteligencia suficiente para reconocer una obra superior.
—Yo siempre he sido muy observador.
—No exageres tus virtudes, pequeño animal.
Barastos se dio media vuelta.
—Puedes vivir unos minutos más. Quiero que alguien contemple
el momento en que este reino vuelva a imponerse sobre los dioses.
Chris lo siguió.
No porque quisiera.
Porque el cetro continuaba en la mano del rey.
Mientras caminaban, observó nuevamente el cristal de la
cúpula. Luego el metal rojizo del cetro. Después las paredes.
Cristal.
Metal.
La esfera de Bakunawa.
Cristal.
El golpe.
Metal.
Chris bajó la vista.
En una grieta del suelo había un cordel viejo hecho con
fibras secas y algas endurecidas. Se agachó como si hubiera tropezado y lo
recogió.
Barastos ni siquiera se volvió.
—Procura no matarte antes de que yo decida hacerlo.
—Lo intentaré.
Chris guardó el cordel en el bolsillo.
Continuaron caminando junto a la enorme pared transparente.
Afuera, las figuras congeladas permanecían suspendidas en el agua.
—¿Por qué no entra el océano? —preguntó Chris.
Barastos levantó el mentón.
—Porque estás contemplando una obra que ni los dioses
pudieron destruir. El cristal de Atlántida ha resistido durante eras.
Chris miró discretamente el cetro.
—Pero rompiste el de la serpiente.
Barastos sonrió.
—Porque aquello que protege mi reino tiene una única
debilidad.
Chris levantó las cejas.
—¿Cuál?
El rey lo miró, divertido por la ignorancia del niño.
—Oricalco.
Golpeó suavemente el suelo con el extremo del cetro.
—El metal sobre el que fue construida Atlántida. Los dioses
podían arrojar rayos, romper montañas y hundir continentes, pero nunca
comprendieron completamente aquello que mi pueblo había creado.
Chris observó el reflejo rojizo del metal.
Barastos siguió caminando.
—El cristal resiste cualquier fuerza ordinaria. El Oricalco
no necesita ser más fuerte. Solo necesita tocarlo.
Chris no respondió.
Eso era suficiente.
Llegaron hasta la nave central. Sobre un altar bajo
descansaban varios objetos antiguos cubiertos de polvo marino. Entre ellos
había una pequeña pieza de Oricalco con forma cónica, ancha en la parte
superior y terminada en una punta perfecta.
Chris dejó de caminar.
La miró.
La volvió a mirar.
Barastos notó su expresión.
—¿Qué ocurre?
Chris señaló el objeto.
—Eso parece un trompo.
—¿Un qué?
—Un juguete.
Barastos soltó una carcajada.
—Los mortales convierten cualquier cosa en basura.
Chris se acercó.
—¿Puedo verlo?
—Haz lo que quieras. Es una pieza ceremonial sin utilidad
desde hace siglos.
Chris tomó el objeto.
Pesaba bastante más que un trompo normal, pero la forma era
perfecta.
Lo giró ligeramente entre sus dedos.
La punta.
El cuerpo.
La ranura alrededor del metal.
Chris bajó la mirada hacia el bolsillo donde había guardado
el cordel.
Barastos continuó hablando.
—Es curioso. Los dioses enviaron durante eras a niños con
títulos absurdos para intentar contener aquello que no podían comprender.
Guardianes. Protectores. Centinelas. Siempre necesitan inventar nombres para
sentirse importantes.
Chris apretó un poco más el objeto.
—No son nombres absurdos.
Barastos se volvió.
—¿Qué dijiste?
Chris bajó la mirada de inmediato.
—Nada.
El rey sonrió.
—Eso pensé.
Se acercó a la cúpula y abrió los brazos ante la ciudad
sumergida.
—Mira a tu alrededor. Este es el destino de quienes se
oponen a mí. Mi propio pueblo tuvo la insolencia de dudar de su rey y ahora
permanecerá congelado durante toda la eternidad. ¿Y crees que unos niños
jugando a ser héroes podrían detenerme?
Chris sacó discretamente el cordel del bolsillo.
—No sé.
Barastos continuó, perdido en su propia grandeza.
—Cuando el Sello desaparezca, aplastaré a quienes intentaron
impedir mi regreso. A la mujer dorada, a los pequeños guardianes, a cualquiera
que crea que puede enfrentarse al heredero de Atlántida.
Chris comenzó a enrollar el cordel alrededor de la pieza
metálica.
Una vuelta.
Otra.
Barastos no lo veía.
—Los guardianes siempre fracasan porque dependen de objetos
que no comprenden. De juguetes brillantes que les hacen creer que poseen poder.
Chris ajustó la cuerda.
Recordó a Mónica en el patio de la casa.
No es cocción, Chris. Es fricción.
Recordó haberla mirado con absoluta seguridad.
Suena igual.
Barastos se giró.
—¿Qué estás haciendo?
Chris levantó el trompo.
—Jugando.
El rey soltó una carcajada.
—Claro. Eso es lo único para lo que sirven los niños.
Chris miró hacia la cúpula.
Después miró a Barastos.
Y dejó de actuar.
—Mi mamá no es una perdedora.
Barastos frunció el ceño.
—¿Qué?
—Mónica tampoco. Rubén tampoco.
La sonrisa del rey desapareció.
Chris enrolló la última parte del cordel.
—Y ellos no están jugando.
Barastos apretó el cetro.
—¿Quién eres?
Chris lo miró directamente a los ojos.
—Nadie importante.
Barastos dio un paso hacia él.
—Entonces morirás como nadie.
Chris sonrió.
—Puede ser.
Se perfiló.
Separó ligeramente las piernas.
Barastos miró el objeto en su mano y tardó apenas un segundo
en comprender.
Chris lanzó.
—¡Fricción o cocción, al final significan lo mismo!
El trompo de Oricalco salió disparado.
El cordel se liberó con violencia y el metal comenzó a girar
a una velocidad brutal sobre el piso. Barastos alzó el cetro, pero Chris ya
había calculado la dirección.
El trompo golpeó una pequeña elevación del metal.
Saltó.
Continuó girando en el aire.
Barastos abrió los ojos.
—No.
La punta de Oricalco impactó contra la cúpula.
Crack.
Una línea blanca apareció sobre el cristal.
Barastos dejó caer toda expresión de superioridad.
—¿Qué hiciste?
Chris retrocedió.
La grieta avanzó.
Una segunda apareció a su lado.
Después otra.
—¡DETÉNLO!
Barastos corrió hacia el trompo, pero cada vuelta del
Oricalco profundizaba las fracturas.
Chris buscó con la mirada el punto donde había aparecido al
llegar. Si el vórtice que lo había llevado hasta allí seguía conectado con la
montaña, tenía que estar en alguna parte. Quizá pudiera encontrarlo. Quizá el
agua misma lo arrastraría de regreso.
No tenía un plan mejor.
Barastos levantó el cetro.
—¡NOS VAS A AHOGAR!
Chris lo miró.
—Pues deja de hablar y nada.
La cúpula cedió.
El océano entró.
No hubo tiempo para otro grito.
La presión del agua atravesó el templo como una muralla. Las
columnas se quebraron, los altares desaparecieron bajo la corriente y Barastos
fue arrancado del suelo mientras intentaba aferrarse inútilmente al cetro.
Chris alcanzó a ver el trompo todavía girando entre los
fragmentos.
Después el agua lo golpeó.
Todo desapareció.
El frío le atravesó el cuerpo mientras la corriente lo
arrastraba entre metal, cristal y oscuridad. Chris intentó nadar, pero no sabía
hacia dónde estaba arriba ni hacia dónde había quedado la salida. Durante unos
segundos creyó distinguir una luz triangular entre las ruinas y estiró una mano
hacia ella.
No llegó.
La oscuridad lo envolvió.
Chris cerró los ojos y pensó en Flor. En Mónica
corrigiéndolo cada vez que decía cocción. En Rubén riéndose cuando el trompo se
escapaba por el patio. Pensó incluso en su gorra y en la posibilidad de que
estuviera flotando quién sabía dónde.
Entonces algo respondió.
Una luz apareció en medio del océano.
No era roja como el Vórtice Estelar ni verde como la Égida.
Tampoco dorada como la antigua luz de Flor. Cambiaba constantemente,
separándose y reuniéndose en múltiples tonalidades como si todas las luces que
Chris había visto durante aquella aventura hubieran encontrado un único lugar
donde existir.
La corriente se detuvo alrededor de él.
Chris abrió los ojos.
Una voz resonó directamente en su interior.
—Centinela Prisma… te he encontrado.

Capítulo 7
El Centinela que no estaba escrito
En la orilla de la laguna sagrada, la quietud que siguió a la desaparición del último remolino resultaba insoportable. El viento andino había dejado de soplar y las hojas de los cafetales permanecían inmóviles bajo una penumbra pesada, mientras Flor continuaba de rodillas sobre el barro frío, abrazando el Libro del Dragón contra su pecho con las manos temblorosas. Sus ojos, anegados en lágrimas, no se apartaban del centro del agua donde minutos antes Chris se había lanzado al abismo.
Mónica y Rubén permanecían junto a ella sin saber qué decir. Tayro caminaba lentamente por la orilla, con el cuerpo tenso y las orejas erguidas, olfateando el aire como si buscara en él algún rastro del muchacho. Cada pocos pasos se detenía frente al agua, observaba la superficie y soltaba un gruñido bajo que hacía vibrar su pecho.
Rubén apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—Fue mi culpa... Si no lo hubiera tratado siempre como si fuera un bebé, si no le hubiera dicho que no entendía nada de esto... quizá no habría intentado demostrarnos nada. Es mi hermano mayor y yo siempre lo traté como si fuera un niño pequeño que solo estorbaba.
Huitaca, todavía sentada sobre la tierra con los pies heridos, levantó la mirada hacia él.
—Chris no saltó para demostrarte nada, Protector. Saltó porque ustedes estaban allí.
Rubén quiso responder, pero un chasquido profundo recorrió la montaña antes de que pudiera hacerlo. Mónica fue la primera en advertir que algo estaba cambiando: los círculos concéntricos que habían deformado la superficie de la laguna comenzaron a detenerse. Uno tras otro perdieron aquella geometría imposible, el agua volvió a juntarse y las grietas que avanzaban hacia los cafetales empezaron a cerrarse lentamente, como si una fuerza invisible estuviera cosiendo las heridas abiertas en la tierra.
—¡Miren! —exclamó Mónica, señalando la orilla—. ¡Se está cerrando!
Rubén se incorporó de golpe.
—¡Lo logró! ¡Chris lo logró! ¡Ese loco acabó con Barastos!
Flor levantó la cabeza y una esperanza temblorosa volvió a encenderse en sus ojos. Tayro lanzó un rugido breve hacia la laguna y avanzó hasta que sus patas delanteras tocaron el agua, pero la calma apenas alcanzó a durar unos segundos.
Un temblor mucho más violento que cualquiera de los anteriores recorrió la cordillera. A lo lejos, donde las ruinas de la gruta custodiaban el Arca, la montaña pareció estremecerse desde sus entrañas; cientos de aves escaparon de los árboles en una estampida aterrorizada, el cielo comenzó a adquirir un tono plomizo y una nueva grieta atravesó la vegetación a una velocidad vertiginosa hasta detenerse frente a Bachué.
La Diosa Madre permaneció inmóvil, observándola.
—Entonces era verdad... —murmuró.
Mónica se volvió hacia ella.
—¿Qué cosa?
Bachué tardó unos segundos en responder.
—Barastos ha caído.
Rubén abrió los ojos con incredulidad.
—Entonces se acabó. Anzú cayó, Bakunawa cayó y ahora Barastos también. Los tres aliados de la Niebla fueron derrotados.
—Sí —respondió Bachué, aunque no había alivio en su voz—. Y con su derrota acaba de escribirse también su destino.
Mónica frunció el ceño.
—¿Su destino?
Bachué contempló la grieta que había llegado hasta sus pies.
—El olvido.
Mónica y Rubén permanecieron en silencio. Huitaca bajó la mirada y Flor estrechó el Libro del Dragón contra su pecho, mientras las palabras de la Diosa Madre parecían perderse entre las montañas. Los humanos conservarían historias de dioses, monstruos, guerras y héroes, pero nadie sabría jamás lo que había ocurrido aquella noche. Nadie conocería las batallas libradas por aquellos niños, ni comprendería qué habían intentado hacer Anzú, Bakunawa y Barastos. Con el paso de las generaciones, sus verdaderos nombres, sus motivos y hasta sus derrotas quedarían reducidos a ecos deformados, hasta desaparecer por completo.
Bachué levantó lentamente la mirada hacia el cielo.
—Los vencimos... y aun así terminaremos entregándolos al Olvido.
Lejos de allí, en un lugar donde la gravedad y el tiempo no obedecían a las leyes de la Tierra, una voz antigua continuaba resonando:
—Centinela Prisma... te he encontrado.
Chris abrió los ojos esperando sentir la presión helada del océano o el agua salada entrando en sus pulmones, pero descubrió que podía respirar con absoluta normalidad. Tosió, se incorporó despacio y parpadeó varias veces ante una claridad deslumbrante.
No estaba bajo el mar.
Se encontraba en el centro de un recinto inmenso cuyas columnas de mármol blanco ascendían hacia un firmamento sin nubes. El suelo pulido reflejaba cada destello de aquella luz imposible y, frente a él, una mujer de porte majestuoso lo observaba en silencio. Vestía una túnica clara bajo una armadura dorada y sostenía una lanza junto a un enorme escudo. Chris no sabía quién era, pero bastaba contemplarla para comprender que no estaba frente a una persona común.
Sintió entonces algo extraño alrededor de su muñeca derecha. Allí donde antes no había nada descansaba ahora un brazalete de metal cobrizo, cubierto por finas líneas que parecían fundidas directamente sobre su superficie. Entre ellas habían quedado incrustados pequeños fragmentos de cristal transparente que atrapaban la luz y la devolvían convertida en destellos azules, violetas, verdes y dorados. En el centro sobresalía el rostro de un antiguo tritón atlante, tallado en el mismo metal.
Chris lo tocó con cautela.
—¿Qué es esto?
La mujer contempló el brazalete antes de responder.
—Oricalco. El metal de la Atlántida. Y esos fragmentos pertenecieron al cristal que protegía su ciudad.
Chris levantó la mirada hacia ella.
—¿Y cómo terminó todo eso en mi brazo?
La mujer observó nuevamente la pieza.
—Eso es precisamente lo que intento comprender.
Antes de que Chris pudiera preguntar algo más, una voz agudísima estalló detrás de él.
—¡Sobrevivió! ¡Te dije que sobreviviría!
—¡Mentira! —protestó inmediatamente otra voz igual de chillona—. ¡Tú casi te haces en la túnica cuando sentimos aquella explosión!
Chris se giró de golpe y encontró a dos pequeñas criaturas aladas revoloteando a pocos metros de él. Parecían querubines y discutían con tanta energía que apenas prestaban atención a quienes los rodeaban.
—¡Fui yo quien vio el destello entre las ruinas! —insistió uno.
—¡Porque yo te dije que miraras hacia abajo!
—¡Tú lo único que querías rescatar era esa cosa rara que llevaba en la cabeza!
—¡No era una cosa rara!
Chris abrió los ojos al reconocerla.
—¡Mi gorra!
Uno de los querubines se llevó ambas manos a la cabeza como si acabara de recordar que la tenía puesta.
—Ah... ¿esto?
—¡Te dije que no era una corona! —celebró el otro.
La mujer dejó escapar un suspiro que no consiguió ocultar del todo su sonrisa.
—Liros, Leros... ya basta. El pobre muchacho casi se ahoga y ustedes llevan varios minutos discutiendo sobre una gorra.
Chris miró primero a uno y luego al otro, memorizando los nombres sin decir nada. Los dos querubines cerraron la boca durante exactamente dos segundos antes de comenzar a señalarse mutuamente.
—Él empezó —dijo Liros.
—¡Liros!
—Ya me callo.
Liros descendió hasta quedar frente a Chris y, con una solemnidad completamente desproporcionada, se quitó la gorra para ofrecérsela con ambas manos.
—Centinela.
Chris la recibió de inmediato y se la colocó hacia atrás.
—Gracias.
—Nosotros te sacamos de la corriente —explicó Leros—. Bueno, entre los dos.
—Principalmente yo.
—¡Entre los dos!
La mujer intervino antes de que comenzaran otra discusión.
—Encontraron tu cuerpo entre las corrientes que arrastraban los últimos restos de Atlántida. Cuando lograron traerte hasta aquí, el brazalete ya estaba unido a tu muñeca.
Chris volvió a mirarlo.
—Entonces nadie sabe de dónde salió.
—Puedo reconocer aquello que lo compone —respondió ella—, pero jamás había visto esos materiales unidos de esta manera, y mucho menos convertidos en una reliquia.
Chris levantó la cabeza al escuchar aquella palabra.
—¿Una reliquia?
—Eso parece.
Leros se acercó revoloteando alrededor de él.
—Conocemos muy bien a tu mamá.
Chris lo miró sorprendido.
—¿A mi mamá?
—¡Claro! —respondió Liros—. Flor estuvo aquí hace muchos años. Viajó hasta la isla de Afrodita usando el Libro del Dragón.
—La Centinela del Eco Dorado —añadió Leros con orgullo—. Aunque en aquella época nosotros éramos mucho más jóvenes.
Liros lo miró indignado.
—¡Tenemos exactamente la misma edad!
—Pero yo me conservaba mejor.
Chris soltó una risita mientras se acomodaba la gorra.
—Entonces sí conocen a mi mamá.
—Y jamás imaginamos que uno de sus hijos terminaría lanzándose dentro de Atlántida —continuó Liros—. Eso fue bastante...
—¿Valiente? —propuso Leros.
—¿Insensato?
—¿Heroico?
—¿Peligroso?
—¡Todas las anteriores!
Chris sonrió.
—Bueno, en mi casa somos tres. Mónica es la inteligente y valiente de verdad, y Rubén es un crack defendiendo a todo el mundo, aunque sea más joven que yo. Yo solo hice bailar un trompo.
La mujer lo observó durante unos segundos.
—Eso fue precisamente lo que nadie esperaba.
Chris bajó la mirada hacia el brazalete.
—¿Qué quiere decir?
Ella se acercó y levantó con cuidado la muñeca del muchacho para contemplar la pieza.
—Existen registros de reliquias antiguas creadas, custodiadas o destinadas a quienes algún día habrían de portarlas. Esta no aparece en ninguno de ellos. Nadie la forjó ni la preparó para ti. El oricalco, el cristal y una energía que todavía no puedo identificar se unieron durante la destrucción de Atlántida y dieron origen a algo que jamás había existido.
Chris contempló los destellos multicolores que recorrían su muñeca.
—Entonces... ¿nadie sabía que yo iba a tener una reliquia?
La mujer negó lentamente.
—Nadie sabía que existiría un Centinela Prisma.
Antes de que Chris pudiera responder, un estruendo brutal sacudió el recinto. Las columnas vibraron y, más allá de ellas, las laderas de una montaña coronada por templos comenzaron a agrietarse. Fragmentos de mármol se desprendieron de las estructuras, las nubes desaparecieron del firmamento y el cielo adquirió un tono violeta enfermizo.
Liros y Leros dejaron de discutir.
Chris dio un paso atrás.
—¡¿Qué está pasando?! ¡Los tres cayeron! ¡Se supone que todo debía arreglarse!
La mujer miró hacia el cielo con una preocupación que Chris no había visto hasta entonces.
—Eso creímos también nosotros.
—¡Atenea! —exclamó Leros, señalando las grietas que avanzaban por uno de los templos.
Chris volvió la mirada hacia la mujer. El nombre quedó flotando apenas un instante en su cabeza antes de que otra sacudida atravesara la montaña.
Atenea apretó con fuerza el borde de su escudo.
—Anzú, Bakunawa y Barastos fueron vencidos lejos de los ojos del mundo. Los humanos conservarán fragmentos de sus leyendas, pero nunca conocerán la verdad de lo ocurrido. Sus historias cambiarán, sus nombres perderán significado y llegará un momento en que aquello que fueron desaparecerá por completo de la memoria.
Chris sintió un escalofrío.
—¿Y eso es malo?
Atenea tardó unos segundos en contestar.
—Creímos que olvidar a los monstruos era otra forma de derrotarlos. Ahora comprendemos nuestro error. Cada historia perdida, cada nombre borrado y cada recuerdo condenado a desaparecer fortalece aquello que intentábamos contener.
El rostro de Chris perdió todo rastro de alegría.
—La Niebla.
Atenea asintió.
—El Olvido no necesita que sus aliados sobrevivan. Solo necesita que el mundo deje de recordarlos.
Una grieta luminosa atravesó el suelo. Chris miró alrededor con desesperación y volvió inmediatamente la atención hacia Atenea.
—¡Tengo que regresar! Mi mamá y mis hermanos siguen allá.
—Lo sé.
Atenea observó el Brazalete Prismático.
—Pero debes escucharme antes. No conocemos por completo lo que llevas en la muñeca. Esa reliquia nació de la destrucción de un mundo y no sabemos qué límites tiene ni qué puede exigir a quien la utilice. No la trates como un juguete ni permitas que su poder decida por ti.
Chris miró el brazalete apenas un instante.
—No me importan los poderes raros. Quiero volver a casa.
Atenea sonrió.
La montaña volvió a estremecerse. La diosa levantó una mano hacia el firmamento y una energía blanca comenzó a deslizarse entre sus dedos, atravesada por los mismos colores que brillaban dentro de los cristales del brazalete. Entonces una voz distinta a todas las demás llenó el recinto; no parecía provenir del cielo, de la montaña ni siquiera de Atenea, sino de un lugar mucho más antiguo.
—Desvanece la forma, teje la luz.
Chris levantó la mirada.
Atenea señaló su muñeca.
—Repite esas palabras. El brazalete reconocerá el camino de regreso.
Leros se acercó rápidamente antes de que pudiera hacerlo.
—¡Dile a la Centinela del Eco Dorado que la extrañamos!
—¡Y dile que seguimos cuidando la isla! —añadió Liros.
—Aunque él casi derriba una de las estatuas de Afrodita la semana pasada.
—¡Fue un experimento que salió mal, un pequeño accidente!
Chris levantó una ceja.
—¿Tú también?
Liros lo miró sin comprender.
—¿Yo también qué?
Chris soltó una pequeña carcajada y negó con la cabeza.
—Nada. Cosas de mi familia.
Apretó la visera de su gorra contra la cabeza y cerró la mano alrededor del brazalete.
—Le diré a mi mamá que la extrañan.
Miró por última vez a Atenea, respiró profundamente y pronunció con voz clara:
—Desvanece la forma, teje la luz.
Los fragmentos de cristal cobraron vida al mismo tiempo. Una ráfaga multicolor recorrió el brazalete, subió por su brazo y envolvió todo su cuerpo. Chris contempló con asombro cómo sus manos comenzaron a perder consistencia hasta transformarse en una materia cristalina e iridiscente; después ocurrió lo mismo con su ropa, sus tenis y hasta la gorra que acababa de recuperar. Su figura entera se convirtió en un prisma vivo que atrapaba la luz y la multiplicaba en centenares de colores.
Atenea retrocedió mientras las últimas columnas comenzaban a derrumbarse.
Ante ella ya no estaba el niño al que las profecías habían olvidado, ni el hermano que había llegado demasiado tarde para recibir una reliquia.
Estaba el Centinela que jamás había sido escrito.
Un instante después, Chris se desvaneció en un rayo de luz prismática que atravesó el cielo convulsionado y partió a toda velocidad hacia las montañas de su hogar.

Capítulo 8
El Eco que Une los Mundos
El aire sobre la laguna sagrada tembló con un destello iridiscente.
La corriente fría que permanecía estancada sobre los cafetales se abrió bajo un rayo multicolor que apareció sin aviso y se desvaneció casi con la misma rapidez. Aquella luz no surgía de un cuerpo ni parecía proyectarse desde ningún punto concreto; refractaba cuanto tocaba como un prisma perfecto, devolviendo en cada faceta el verde oscuro de las montañas, el resplandor plateado de la luna y la profundidad de una noche que parecía haberse detenido para contemplarla.
En medio del destello, una silueta cristalina comenzó a tomar forma. Primero adquirió volumen, después consistencia y, finalmente, el vidrio translúcido recuperó el color cálido de la piel humana.
Chris volvió a pisar las piedras de la orilla.
Durante unos segundos permaneció inmóvil, respirando como si necesitara comprobar que el aire seguía entrando en sus pulmones. Luego se acomodó la gorra hacia atrás con la misma soltura de siempre, soltó un largo suspiro y apenas alcanzó a mirar a su alrededor antes de que Flor se abalanzara sobre él.
—¡Chris! ¡Dios mío, Chris!
La Centinela lo estrechó entre sus brazos con tanta fuerza que casi lo hizo perder el equilibrio. Sus manos temblorosas recorrieron su cabeza, los hombros y los brazos, comprobando una y otra vez que estuviera entero mientras un sollozo ahogado escapaba de su garganta.
—No vuelvas a hacer eso… por favor. ¡Nunca más vuelvas a hacer una locura semejante!
—Tranquila, mami, estoy bien —murmuró Chris, correspondiendo el abrazo y dándole un par de palmadas suaves en la espalda—. Te dije que iba a intentar arreglarlo.
Mónica y Rubén corrieron hacia ellos. Ella se cubría la boca, todavía incapaz de creer que su hermano estuviera nuevamente allí, mientras Rubén apretaba los dientes para contener unas lágrimas que ya le habían enrojecido los ojos.
—¡Eres un demente, Chris! ¡Un completo loco! —exclamó Mónica antes de lanzarse también sobre él.
Rubén lo sujetó por los hombros y lo sacudió apenas, atrapado entre las ganas de golpearlo y la necesidad de comprobar que realmente había regresado.
—Esta me la vas a pagar, tonto —le susurró con la voz rota—. Casi me matas del susto.
Chris sonrió de lado, aunque sus propios ojos brillaban bajo la luz de la luna.
—Mi hermano menor resultó ser un llorón.
—¡Cállate!
Rubén pasó un brazo alrededor de su cuello y lo arrastró hacia él. Mónica se unió al abrazo y, durante unos instantes, los tres quedaron apretados unos contra otros, olvidándose del temblor de la montaña, de las reliquias, de la Niebla y de todo aquello que había intentado separarlos.
Entonces la muñeca derecha de Chris ardió.
El Brazalete de Oricalco respondió al contacto entre los tres hermanos con un pulso de luz multicolor que recorrió su brazo y saltó hacia Mónica y Rubén. Los cristales del Vórtice Estelar, apagados apenas unos minutos atrás, se encendieron sobre el pecho de Mónica con un resplandor carmesí tan intenso que iluminó su rostro, mientras la joya del Anillo Égida recuperaba en la mano de Rubén su profundo brillo esmeralda.
Los tres se separaron de golpe.
Mónica observó su dije con los ojos abiertos de par en par y Rubén levantó la mano frente a su rostro, incapaz de apartar la vista del anillo.
—Wow… —soltó Chris, rascándose la nuca—. Yo no sabía que esta cosa podía hacer eso.
Bachué se aproximó lentamente. Su mirada recorrió las tres reliquias antes de detenerse en la pieza que rodeaba la muñeca de Chris. Había contemplado artefactos nacidos en incontables tierras, dones entregados por dioses, objetos que guardaban pactos olvidados incluso por quienes los habían creado, pero aquella combinación de Oricalco, cristal y luz le resultaba completamente desconocida.
—¿Qué ocurrió contigo, pequeño? —preguntó—. ¿De dónde proviene esa reliquia?
Chris extendió el brazo y giró la muñeca para mostrársela.
—Se ve súper genial. Combina bastante con mi gorra, ¿no crees?
Huitaca, todavía sentada entre las rocas, dejó escapar una risa suave pese al dolor que le atravesaba los pies.
—Es el Brazalete Prismático —continuó Chris—. Aunque tampoco entiendo muy bien qué hace. Estuve con una mujer llamada Atenea y me dijo que tuviera mucho cuidado con él.
Rubén quedó inmóvil.
—¿Qué?
Chris lo miró.
—¿Qué de qué?
—¡¿Atenea?! —Rubén abrió los brazos, como si el nombre por sí solo necesitara más espacio—. ¡¿Conociste a la diosa Atenea?!
—Sí, claro. Súper amable. Un poco seria y estirada, la verdad, pero buena gente.
Rubén lo contempló como si acabara de anunciar que había regresado de otro planeta. Chris, en cambio, volvió la cabeza hacia Flor con total naturalidad.
—Ah, mami, también me mandaron saludos unos querubines que se llaman Liros y Leros. Dijeron que te extrañan mucho y que están cuidando la isla de Afrodita. Me salvaron de morir ahogado en el mar. Liros me cayó súper bien; además, le gusta hacer experimentos raros igual que a mí.
Flor parpadeó lentamente.
Durante unos segundos pareció incapaz de decidir qué parte de aquella explicación debía procesar primero.
Bachué tomó con delicadeza la mano de Chris y acercó los dedos al Brazalete Prismático sin llegar a tocarlo. La energía que despedía no respondía a ninguna de las huellas que conocía. No era una reliquia de las antiguas custodias, no pertenecía al pacto que había protegido durante generaciones y tampoco aparecía entre los objetos marcados por las deidades.
—No conozco esta pieza —admitió finalmente—. Ni su poder ni el camino que la llevó hasta ti.
Chris contempló los cristales que recorrían el Oricalco.
—Atenea tampoco parecía saber mucho más.
Bachué levantó la mirada hacia él.
—Entonces no la utilices con ligereza.
Chris recordó el rostro severo de la diosa en el Olimpo y aquella advertencia que había parecido excesiva cuando la escuchó.
Ten cuidado con el poder que trae tu reliquia.
Antes de que pudiera responder, la montaña volvió a rugir.
La tierra se sacudió bajo sus pies y un sonido profundo avanzó desde las entrañas de la gruta hasta la superficie. Las piedras de la orilla vibraron; el agua de la laguna formó ondas concéntricas y una bandada de aves abandonó los árboles en medio de la oscuridad.
Bachué giró inmediatamente hacia la montaña.
—No tenemos tiempo.
Su voz había perdido toda calma.
—Debo regresar al corazón de la gruta. El Sello del Equilibrio apenas se sostiene y, si termina de ceder, ya no habrá nada protegiendo el Arca de las Mil Memorias.
Flor apretó el Libro del Dragón contra su pecho.
—Yo conozco el camino.
Bachué la miró.
—Los milenios han cambiado las galerías.
—Tayro también las recuerda, pero está herido. Yo estuve allí. Puedo guiarte.
El gran jaguar dorado permanecía tendido cerca de Huitaca. La herida abierta en su hombro teñía de rojo parte de su pelaje y su respiración era más pesada de lo habitual.
Bachué observó a Flor y después el profundo surco que las grietas habían abierto montaña arriba.
—La ruptura ha reabierto antiguos pasos. Si las raíces de la tierra todavía me obedecen, podremos alcanzar la cámara central.
Flor asintió. Por un instante miró sus manos vacías y recordó el broche del Eco Dorado que ya no llevaba consigo, pero al levantar nuevamente el rostro no había duda en sus ojos.
—No tengo mi reliquia, pero no voy a dejar que todo lo que hicieron mis hijos haya sido en vano.
—El poder de las amazonas no desapareció cuando perdiste el broche —respondió Bachué—. Vamos.
Mónica, Rubén y Chris dieron un paso hacia ellas casi al mismo tiempo.
—Nosotros también vamos —declaró Mónica.
—No.
La respuesta de Flor fue inmediata. Se acercó a su hija mayor, colocó ambas manos sobre sus hombros y la miró con aquella firmeza que ninguno de sus hijos discutía cuando aparecía.
—Ya hicieron suficiente. Ahora quiero que permanezcan juntos y se protejan. Mónica, toma el libro.
Flor le entregó el Libro del Dragón y después dirigió la mirada hacia Huitaca.
—¿Puedes quedarte con ellos?
La antigua diosa apoyó una mano sobre una roca y trató de incorporarse. Las plantas de sus pies estaban cubiertas de cortes y sangre seca, pero aun así sostuvo la mirada de Flor.
—Ve tranquila, Centinela. No estarán solos.
Tayro levantó la cabeza y dejó escapar un gruñido grave, como si también aceptara la misión.
Flor acarició por última vez el borde del libro entre las manos de Mónica y observó a sus tres hijos. Quiso decir algo más, quizá recordarles que permanecieran juntos, quizá pedirles que no hicieran ninguna otra locura durante los próximos diez minutos, pero conocía demasiado bien a los tres como para desperdiciar palabras.
—Regresaré.
Chris sonrió.
—Más te vale, mami.
Flor le sostuvo la mirada unos segundos y después siguió a Bachué entre los cafetales. Ambas desaparecieron lentamente en la oscuridad, avanzando hacia la gran grieta que descendía por la montaña y conducía a las profundidades donde esperaba el Arca de las Mil Memorias.
El silencio volvió a ocupar la orilla.
Chris observó a Huitaca intentando ponerse de pie y reparó entonces en la sangre que cubría sus pies. Bajó la mirada hacia las piedras afiladas que rodeaban la laguna y recordó cómo le había pedido correr descalza durante la batalla.
Se agachó frente a ella.
—Perdóname.
Huitaca lo miró con sorpresa.
—¿Por qué?
—Te hice correr por todas estas piedras para nada.
Chris tocó con cuidado uno de sus pies heridos y sintió que la culpa le apretaba la garganta.
—Ni siquiera encontramos una salida.
—No fue para nada —respondió Huitaca con dulzura—. Estás aquí.
Chris bajó la cabeza. Una lágrima escapó antes de que pudiera detenerla y descendió por su mejilla mientras su pulgar rozaba uno de los cortes de la antigua diosa.
Entonces recordó las palabras que habían acompañado al brazalete.
Desvanece la forma y teje la luz.
No sabía si aquello era una orden, un conjuro o simplemente otra de las muchas cosas que todavía no comprendía, pero cerró los ojos y lo repitió en voz baja.
—Desvanece la forma… teje la luz.
El Brazalete Prismático emitió un pulso.
La lágrima sobre su rostro atrapó el destello y durante un instante brilló como una diminuta gema. La luz descendió por su brazo, atravesó la mano apoyada sobre Huitaca y se extendió alrededor de sus pies.
Los cortes comenzaron a cerrarse.
La sangre desapareció, la piel se reconstruyó y en cuestión de segundos las heridas se habían desvanecido por completo.
Huitaca abrió los ojos, sorprendida. Se puso lentamente de pie y apoyó ambos pies sobre las piedras sin sentir dolor.
—Chris…
Él también sonrió.
—¡Wow, hermanito! —exclamó Mónica—. ¡Puedes curar!
Chris abrió la boca para responder, pero un dolor feroz atravesó las plantas de sus pies.
La sonrisa desapareció apenas un instante.
Sintió cientos de punzadas, como si las mismas piedras que habían desgarrado la piel de Huitaca acabaran de incrustarse dentro de sus tenis. Bajó la mirada instintivamente, aunque desde fuera nada parecía haber cambiado.
Ten cuidado con el poder que trae tu reliquia.
La voz de Atenea regresó a su memoria.
Chris tragó saliva.
—Sí… supongo.
Tayro soltó entonces un gruñido apagado.
El jaguar seguía tendido sobre la hierba, respirando con dificultad mientras la herida de su hombro continuaba sangrando. Chris lo observó y, antes de detenerse a pensar demasiado en lo que acababa de sentir, caminó hacia él.
El primer paso le dolió.
El segundo todavía más.
Aun así, se arrodilló junto al felino y acarició su enorme hocico.
—Y tú también… perdóname por hacer que te hirieran.
Tayro cerró los ojos al sentir su mano.
Chris apoyó la palma sobre la herida.
—Desvanece la forma, teje la luz.
El prisma respondió de inmediato.
Una corriente iridiscente cubrió el hombro del jaguar. La carne desgarrada comenzó a cerrarse, la piel se reconstruyó bajo el resplandor y el pelaje dorado volvió a crecer hasta borrar cualquier rastro de la herida.
Tayro se incorporó con un poderoso ronroneo y sacudió el cuerpo.
Al mismo tiempo, Chris sintió que algo le desgarraba el hombro derecho.
La tela de su camiseta se abrió.
Una línea roja apareció sobre su piel y enseguida comenzó a sangrar.
—¡Chris! —gritó Mónica.
Corrió hacia él, pero Chris retrocedió instintivamente y se cubrió el hombro con una mano.
—Estoy bien.
—¡Estás sangrando!
—Me lastimé en el templo atlante —respondió demasiado rápido—. Con todo lo que pasó ni me había dado cuenta.
Mónica frunció el ceño.
—¿Y tu camiseta decidió romperse justo ahora?
—Puede pasar.
—Chris.
—Moni, de verdad, estoy bien.
No lo estaba.
Los pies le ardían dentro de los tenis y cada latido hacía palpitar la nueva herida de su hombro. Miró fugazmente a Huitaca, después a Tayro completamente recuperado y finalmente al Brazalete Prismático.
No necesitó comprenderlo del todo para sentir un escalofrío.
Algo había pasado.
Algo que Atenea había intentado advertirle.
Y no quería probar una tercera vez para averiguarlo.
—Tenemos que regresar a la finca —dijo Huitaca.
Tayro se colocó a su lado y los tres hermanos comenzaron a seguirlos entre los cafetales. Mónica llevaba el Libro del Dragón bajo el brazo y Rubén no dejaba de observar a Chris de reojo, pero ninguno dijo nada durante los primeros minutos.
Chris avanzó fingiendo normalidad.
Cada piedra bajo sus tenis era una tortura.
El sudor frío comenzó a cubrirle la frente y la herida del hombro empapó lentamente la tela de su camiseta. Aun así, mantuvo el paso hasta que sus piernas finalmente dejaron de obedecerle. Se apoyó contra el tronco de un cafeto e intentó respirar con naturalidad.
—Moni… esperen un momento.
Mónica se giró de inmediato.
—¿Qué pasa?
—Nada. Estoy cansado.
—Estás pálido.
—Siempre he sido pálido.
—Chris.
Él señaló el Libro del Dragón.
—Quiero mirar algo.
La excusa apareció con suficiente rapidez como para que casi pareciera planeada.
—¿Qué cosa?
—El mapa. Ya he visto que el libro puede mostrar lugares y caminos. Tal vez encontremos algo sobre la gruta… o sobre dónde está mami.
Rubén se detuvo.
—Espera. ¿Cómo sabes tú todo eso?
Chris levantó la vista.
—¿Todo qué?
—Lo del libro. Los mapas, las reliquias… Hasta hace unas horas parecía que no sabías absolutamente nada de lo que estaba pasando.
Chris intentó sonreír mientras acomodaba mejor el peso sobre el pie menos dolorido.
—Yo tampoco sabía que sabía tanto.
Mónica decidió no perder tiempo interrogándolo. Se arrodilló entre los cultivos y dejó el Libro del Dragón sobre la tierra húmeda. Chris se sentó a su lado con una lentitud que esperaba pareciera simple cansancio y no la necesidad desesperada de quitar peso de sus pies.
El libro se abrió casi por voluntad propia.
Las páginas comenzaron a moverse bajo la brisa nocturna hasta detenerse en una ilustración que ninguno reconoció.
Entonces el Vórtice Estelar reaccionó.
El dije sobre el pecho de Mónica emitió un pulso carmesí y los cristales respondieron a las líneas dibujadas sobre el papel. Mónica bajó la mirada, sorprendida, y acercó instintivamente la reliquia.
El libro brilló.
—Rubén… acerca el anillo.
—¿Por qué?
—No sé. Solo hazlo.
Rubén se arrodilló al otro lado y extendió la mano.
Cuando la luz esmeralda de la Égida tocó el borde de la página, las ilustraciones comenzaron a moverse. Las líneas se separaron del papel y ascendieron como filamentos luminosos hasta construir sobre ellos una forma suspendida en el aire.
Chris olvidó momentáneamente el dolor.
—Eso no estaba ahí antes.
—Es una estructura —murmuró Rubén.
La proyección creció y reveló un arco cubierto de símbolos que parecían desplazarse sobre su superficie.
Mónica levantó la mirada hacia Chris.
—Acerca el brazalete.
Chris dudó.
La advertencia de Atenea volvió a atravesarle la mente.
Miró la sangre que manchaba su hombro y después el resplandor que unía el Vórtice con la Égida. Aquello no se parecía en nada a lo que había ocurrido con Huitaca o Tayro.
Finalmente extendió el brazo.
El Brazalete Prismático tocó la luz.
En otra época, bajo otro cielo, tres pequeños amuletos escaparon de las manos de un Guardián.
Y la montaña rugió.
El sonido que emergió desde las profundidades no se parecía a los temblores anteriores. Fue más grave, más largo y definitivo, como si algo gigantesco hubiera soportado durante siglos una fuerza imposible y acabara de rendirse.
Muy por debajo de los cafetales, en el corazón de la montaña, una última grieta atravesó el Sello del Equilibrio.
Las tres argollas que habían contenido su poder se tensaron.
Los símbolos se apagaron uno a uno.
Y el Sello se quebró.
Sobre la superficie, Mónica levantó la cabeza.
—¿Sintieron eso?
Nadie alcanzó a responder.
El Vórtice Estelar lanzó una llamarada carmesí, la Égida respondió con un resplandor verde y el Prisma refractó ambas luces en decenas de colores. Las tres corrientes descendieron hacia el Libro del Dragón y las páginas comenzaron a agitarse violentamente.
Tayro retrocedió.
Huitaca observó el aire frente a ellos con los ojos muy abiertos.
—Eso no pertenece a este lugar.
La estructura luminosa se abrió.
Una rasgadura apareció en medio de los cafetales y creció hasta convertirse en una ventana suspendida sobre la tierra. El aire cálido que escapó de ella no pertenecía a las montañas colombianas. Traía arena, polvo y un sol abrasador que no podía existir bajo aquella noche.
Mónica se inclinó hacia adelante.
Al otro lado se levantaba un desierto infinito.
Y en medio de él, una gigantesca pirámide.
—¿Dónde es eso? —preguntó Rubén.
Chris entrecerró los ojos.
—No tengo ni idea.
El Libro del Dragón emitió un pulso todavía más intenso.
Durante un instante, las luces de las tres reliquias parecieron buscar algo al otro lado de la abertura.
Algo respondió.
El portal se estremeció.
La tierra volvió a sacudirse y el libro comenzó a cerrar sus páginas con violencia.
—¡Esperen! —gritó Mónica.
Un destello blanco explotó frente a ellos.
Los tres hermanos levantaron los brazos para protegerse los ojos.
La conexión se cortó.
El aire caliente desapareció.
La noche regresó.
Durante varios segundos nadie se movió.
Después Mónica bajó lentamente el brazo.
Había alguien frente a ellos.
Un niño.
Estaba de pie en medio del cultivo de café, completamente inmóvil, con un uniforme blanco de taekwondo y un cinturón azul ajustado alrededor de la cintura. Miraba los árboles, las montañas y la tierra húmeda como si nada de aquello tuviera sentido.
Rubén fue el primero en ponerse de pie.
—¿Quién eres?
El niño no respondió.
Miró sus propias manos, después el cielo nocturno y finalmente a los desconocidos que lo rodeaban.
—¿Dónde… dónde estoy?
Chris apoyó una mano sobre el suelo y logró incorporarse a pesar del dolor que atravesó sus pies.
—La pregunta no es dónde estás.
Se acomodó la gorra hacia atrás.
—La pregunta es quién eres tú.
El niño levantó la mirada.
Sus ojos recorrieron a Rubén, después a Chris y terminaron deteniéndose en Mónica.
Ella sintió que el corazón se le detenía.
No conocía a aquel niño.
Estaba segura.
Jamás lo había visto.
Sin embargo, algo dentro de su pecho reaccionó antes de que su mente pudiera encontrar una explicación. Una sensación absurda, imposible, casi dolorosa, como si hubiera esperado durante años a alguien cuya existencia acababa de descubrir.
Rubén notó el cambio en su rostro.
—Mónica…
Ella apartó los ojos del niño y miró a su hermano.
—¿Qué?
Rubén no alcanzó a responder.
El recién llegado continuaba observándola.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo y por un instante el ruido de la montaña, las voces, el viento entre los cafetales y hasta su propia respiración desaparecieron.
Conocía ese rostro.
No era igual.
Era mucho más joven.
Pero lo conocía.
El niño apretó los dedos junto a su cinturón azul y guardó silencio.
No podía decirlo.
No allí.
No a ella.
Sin embargo, en lo más profundo de su mente, una pregunta imposible atravesó el tiempo.
«¿Mónica…? ¿Mamá…?»
CONTINUARÁ…

