El Mar de los Ecos Perdidos 


Capítulo 1

El Eco de los Tambores Olvidados


Bajo la niebla tupida de los Andes, allá donde el tiempo parecía avanzar más despacio y el viento se abría paso entre los frailejones, la tierra dejó escapar un gemido hondo.

No fue un temblor común. El pulso nació debajo de las montañas, hueco y distante, y recorrió las raíces hasta alcanzar las entrañas de una gruta que llevaba quince años sepultada. Desde que Flor había dejado aquellos cafetales para perderse en el anonimato de la gran ciudad, la entrada a la Gruta de las Mil Memorias permanecía oculta bajo toneladas de piedra, musgo y tierra húmeda. En su interior, lejos de los ojos de los mortales, el Arca de las Mil Memorias seguía descansando bajo la vigilancia de un equilibrio cada vez más frágil.

Pero aquella noche algo había alcanzado incluso ese lugar.

Muy lejos de allí, en las antiguas tierras entre dos ríos, el espacio había sido obligado a torcerse, las estrellas habían abandonado por instantes el orden que les correspondía y un eclipse había cubierto el cielo. Aunque la distancia separaba Babilonia de los Andes por mares y continentes, las heridas abiertas en un extremo del mundo habían encontrado la forma de hacer vibrar las cicatrices del otro.

A orillas de la laguna sagrada, la neblina descendía tan espesa que apenas permitía distinguir la silueta de las montañas. Tayro avanzó hasta el agua y hundió las patas en el suelo húmedo. Ya no quedaba casi nada de aquel cachorro que alguna vez había perseguido los pasos de una niña por los cafetales. El jaguar había crecido hasta convertirse en una criatura imponente, de músculos firmes, garras poderosas y una mirada que parecía haber aprendido a escuchar cosas que ocurrían mucho más allá de sus oídos. Inclinó la cabeza, tensó el lomo y dejó escapar un gruñido profundo cuando otro estremecimiento atravesó la tierra bajo sus patas.

Huitaca, a pocos pasos de él, contemplaba la laguna con los brazos cruzados. La superficie había estado completamente quieta hasta hacía unos instantes, pero ahora pequeñas espirales comenzaban a formarse sin viento que las provocara.

—Eso no lo hiciste tú, ¿cierto? —preguntó, mirando de reojo al jaguar.

Tayro respondió con un resoplido que dejó bastante clara su opinión sobre la pregunta.

Huitaca iba a replicarle cuando una luz atravesó las nubes.

Una estela carmesí cruzó el cielo andino durante apenas unos segundos, limpia y brillante contra la oscuridad, como si una estrella hubiera trazado una herida de fuego entre las montañas antes de desaparecer hacia el horizonte.

Bachué alzó la mirada.

Reconoció aquel resplandor.

El Vórtice Estelar había encontrado a su guardiana.

—Ha despertado —murmuró.

Huitaca siguió con los ojos el último rastro rojizo que permanecía entre las nubes y sonrió de lado.

—Te lo dije. Flor podrá haberse ido a la ciudad, andar metida entre edificios, buses y todas esas tragedias que los mortales llaman vida diaria, pero esa muchachita no iba a dejar su legado tirado por ahí.

Bachué la observó con una expresión serena.

—Hay cosas que no necesitan permanecer en la memoria para seguir formando parte de nosotros.

La sonrisa de Huitaca se apagó apenas un poco.

—Siempre encuentras una manera elegante de decir las cosas preocupantes.

—Y tú siempre encuentras una manera preocupante de decir las cosas sencillas.

Huitaca soltó una risa corta, y hasta Tayro giró una oreja hacia ellas. Bachué volvió entonces la vista hacia el cielo.

—La Centinela está donde debe estar.

No dijo nada más.

Tampoco hubo tiempo para hacerlo.

Desde las profundidades de la montaña llegó un crujido seco.

La piedra vibró.

En la oscuridad de la gruta sepultada, sobre la superficie cristalina del Sello del Equilibrio, una grieta delgada avanzó entre los antiguos relieves. No era todavía una ruptura, apenas una línea oscura que se extendía lentamente allí donde antes no había existido ninguna.

El eco alcanzó la laguna.

Tayro clavó las garras en el barro.

Entonces llegó otro sonido.

Al principio fue tan débil que Huitaca creyó que se trataba del viento colándose entre las montañas. Pero aquel rumor no se dispersó. Creció.

Un golpe.

Luego otro.

Y otro.

Un ritmo lejano comenzó a viajar sobre las corrientes de aire, grave y acompasado, acompañado por tintineos metálicos que parecían nacer al otro lado del horizonte. No eran truenos. Tampoco eran los sonidos de aquellas montañas.

Eran tambores.

Huitaca inclinó la cabeza mientras el extraño retumbo se mezclaba con un eco de cuernos, campanas y placas de metal golpeadas en algún lugar imposible de localizar.

—Bueno… eso definitivamente no es una de mis fiestas.

Tayro enseñó los colmillos.

Bachué se acercó lentamente a la orilla de la laguna. Se arrodilló y hundió las yemas de los dedos en el agua. Las espirales se abrieron alrededor de su mano y durante unos instantes el murmullo de los tambores pareció surgir directamente desde las profundidades.

Cerró los ojos.

Había escuchado aquel llamado mucho tiempo atrás.

—Viene de muy lejos —dijo.

Huitaca dejó de sonreír.

Bachué permaneció con la mano sumergida mientras su voz adoptaba aquella cadencia que aparecía cuando recordaba historias demasiado antiguas para pertenecer a una sola generación.

—Más allá del océano, donde los viejos mapas alguna vez imaginaron el fin del mundo, existen islas que despiertan antes que nosotros porque allí el sol encuentra primero la tierra. Hace siglos, cuando el cielo todavía guardaba recuerdos de siete lunas, una criatura de las profundidades levantó la mirada hacia ellas y sintió hambre.

Los tambores continuaban resonando.

—Bakunawa —susurró Huitaca.

Bachué asintió.

—Intentó devorarlas una tras otra. Su amenaza llegó tan lejos que incluso otros panteones escucharon hablar de la serpiente que mordía el cielo. Los dioses prepararon entonces una defensa para detenerla: pequeña para atravesar el mundo sin llamar la atención, pero capaz de convertirse en un escudo cuando llegara el momento.

Huitaca miró hacia ella.

—¿Y funcionó?

—Nunca tuvo oportunidad.

Bachué abrió los ojos.

—Antes de que la reliquia alcanzara aquellas islas, sus habitantes encontraron su propia respuesta. Cuando Bakunawa volvió a elevarse desde el mar, pueblos enteros salieron bajo la oscuridad y golpearon tambores, campanas, vasijas, placas de metal y cuanto pudiera hacer ruido. El estruendo fue tan grande que la criatura abandonó la luna y regresó a las profundidades.

Huitaca sonrió con auténtica aprobación.

—Me caen bien.

—Eso imaginé.

—¿Y qué pasó con la reliquia?

Bachué dejó que el agua corriera entre sus dedos.

—Continuó viajando. Sin una batalla que librar, pasó de unas manos a otras, cruzó puertos, mercados y océanos, y terminó perdiéndose entre las rutas de los hombres. Tal vez alguien la conservó sin comprender lo que llevaba consigo. Tal vez hoy duerma en algún lugar mientras cientos de personas pasan frente a ella sin verla realmente.

Huitaca frunció el ceño.

—No me gusta ese “tal vez”.

—A mí tampoco.

Los tambores se hicieron más fuertes.

No sonaban como una celebración ni como una advertencia nacida aquella noche. Eran antiguos. Demasiado antiguos. Un recuerdo repitiéndose sobre el agua, como si el océano mismo hubiera conservado durante siglos el ruido de los hombres que una vez protegieron la luna y ahora intentara recordarles cómo hacerlo de nuevo.

Tayro retrocedió un paso.

Bachué miró la laguna.

Las espirales habían desaparecido.

En su lugar, pequeñas ondas comenzaron a golpear la orilla una detrás de otra, demasiado regulares para pertenecer a aquel cuerpo de agua tranquilo. Bachué retiró lentamente la mano y observó las gotas acumuladas sobre sus dedos.

Huitaca notó el cambio en su expresión.

—¿Qué pasa?

Bachué acercó los dedos a sus labios.

Sal.

Una laguna escondida entre montañas acababa de saber a océano.

El jaguar soltó un rugido.

Muy debajo de ellos, otra fractura recorrió el Sello del Equilibrio. La nueva grieta se encontró con la anterior y una pulsación invisible atravesó el Arca, escapó de la montaña y descendió por los valles como una onda silenciosa. Cruzó los cafetales, siguió los ríos hacia las tierras bajas y continuó hacia el occidente hasta alcanzar las aguas del Pacífico.

Bachué se puso de pie.

Ahora entendía lo que estaba escuchando.

Los tambores no anunciaban el regreso de una vieja celebración. Tampoco eran únicamente el eco de un pueblo que alguna vez había defendido su cielo.

Eran una advertencia.

—Bakunawa ha despertado.

 

Capítulo 2

La voz que no venía del mar


A cientos de kilómetros de las montañas sagradas, en una casa de Bogotá iluminada por el resplandor azulado y parpadeante de un televisor, los tres hermanos permanecían frente a la pantalla.

El ambiente todavía olía a cena caliente y tierra húmeda. Mónica estaba de pie junto al corredor, con una mano cerrada alrededor del Vórtice Estelar que colgaba de su cuello y la mirada fija en las imágenes del noticiero. Apenas habían pasado unos minutos desde su regreso de Mesopotamia, pero el metal frío del dije bastaba para recordarle que las horas vividas en el Ekur, entre dioses, fracturas imposibles y el pequeño Kakkab, no habían sido un sueño.

Nadie más lo sabía.

No había encontrado la manera de explicárselo a sus hermanos ni a su madre. ¿Cómo decirles que la gravedad del universo había estado a punto de colapsar mientras ellos creían que simplemente se había quedado en su habitación durante el temblor?

La voz del presentador volvió a llenar la sala.

—…repetimos el informe de la Dirección Marítima. Se registran alteraciones inexplicables en las mareas a lo largo de toda la costa del Pacífico. Centenares de embarcaciones han sido obligadas a regresar a puerto debido a marejadas que superan cualquier predicción meteorológica. Las autoridades piden a la población costera mantenerse alejada de las playas ante la llegada de olas de dimensiones inusuales…

Chris, tirado en el suelo con la barbilla apoyada sobre un cojín, soltó un bufido.

—Seguro fue un ballenato gigante haciendo una voltereta cerca de la playa. Los noticieros siempre exageran para que uno se quede viendo esto en vez de Dragon Ball o Los Simpson.

Rubén, sentado al otro extremo del sofá, no se rio.

Desde el eclipse de aquella tarde había algo que no conseguía acomodar dentro de su cabeza: los objetos flotando unos segundos en el patio, la extraña lentitud de los saltos en el parque, el suelo temblando sin que los reportes sísmicos ofrecieran una explicación convincente… y ahora el océano comportándose como si hubiera olvidado sus propias reglas.

—Eso no lo hizo una ballena, Chris —murmuró sin apartar los ojos del televisor—. Mira las olas. No hay suficiente viento en el mapa para mover semejante cantidad de agua.

Chris giró sobre la alfombra para mirarlo.

—Ay, ya comenzó el físico del vecindario. Tranquilo, profesor Rubén. Si el agua llega hasta Bogotá, buscamos los flotadores de la piscina.

Mónica tocó discretamente el cristal rojo de su collar. Sabía que aquello no era una exageración del noticiero.

Algo seguía ocurriendo.

Algo que no había terminado cuando ella abandonó Mesopotamia.

Desde la cocina llegó la voz tranquila de su madre, acompañada por el choque de algunos platos.

—¡Niños! El viento está soplando fuertísimo y ya huele a lluvia. Salgan al patio y entren la ropa antes de que se moje.

Chris se incorporó de un salto.

—¡Voy! ¡El último que llegue al cordel dobla todas las medias del cajón!

Salió disparado por el pasillo.

—¡Eso es trampa! ¡Empezaste a correr antes de avisar! —protestó Rubén, levantándose para seguirlo.

Mónica suspiró y caminó detrás de ellos. Rubén avanzaba deprisa, aunque la tensión continuaba marcándole los hombros; Chris, en cambio, esquivaba los muebles como si acabara de comenzar una carrera de obstáculos y no una tarea doméstica.

Al abrir la puerta trasera, una corriente de aire frío los golpeó de frente. Sobre Bogotá se extendía un manto de nubes densas, de un gris tan oscuro que por momentos parecía violeta.

—¡Gané! —anunció Chris, agarrando los primeros pantalones del cordel.

En ese instante comenzaron a caer las primeras gotas.

No fue una llovizna. El aguacero apareció de golpe, pesado y abundante, repiqueteando contra las baldosas, las hojas de las plantas y el techo del patio. Una gota alcanzó directamente los labios de Chris. Él parpadeó, arrugó la cara y se pasó la lengua por la boca.

—¡Puaj! ¡Guácala! ¿Qué le pasa al agua?

Mónica y Rubén se detuvieron.

Varias gotas resbalaron por el rostro de Mónica y una alcanzó la comisura de sus labios. El sabor la sorprendió de inmediato. Aquello no era el gusto limpio de la lluvia.

Era sal.

Intensa, amarga, concentrada.

—Es agua de mar —dijo.

Chris se limpió la boca con la manga y miró al cielo como si acabara de descubrir al responsable.

—¡Con razón! El cielo está lloviendo caldo de pescado. O peor… caldo de pollo con demasiada sal. Yo le dije a mamá que no dejara la sopa destapada cerca de la ventana porque el vapor iba a subir hasta las nubes.

Mónica levantó una ceja.

—Chris, la evaporación no funciona así. El agua se evapora, la sal permanece abajo. Y definitivamente el caldo de pollo no llega a las nubes.

—Bueno, señorita Matemáticas, entonces explícale eso al cielo.

Mónica estuvo a punto de responder, pero no hizo falta probar otra gota. El olor a mar ya se extendía por el patio, denso e imposible a más de dos mil metros de altura y a cientos de kilómetros del océano.

Rubén no estaba escuchándolos.

Permanecía inmóvil bajo la lluvia, con el cabello pegado a la frente y los ojos fijos en una abertura entre las nubes.

Una franja de la Luna acababa de aparecer.

Durante un instante pensó que aquello era todo: el satélite atravesando la tormenta después del extraño eclipse de la tarde. Entonces algo se movió frente a él.

Una forma inmensa y translúcida comenzó a dibujarse en el firmamento, hecha de sombras marinas y escamas oscuras. Se curvó alrededor de la Luna hasta revelar dos mandíbulas descomunales, tan enormes que parecían capaces de cerrarse sobre el cielo entero.

Rubén dejó de respirar.

Las mandíbulas descendieron.

Un chasquido sin sonido pareció atravesarle los huesos.

Y la Luna desapareció.

No quedó una franja, un reflejo ni una sombra luminosa detrás de las nubes. Solo una penumbra profunda extendiéndose sobre la ciudad.

Aquello no había sido un eclipse.

Había parecido una ejecución cósmica.

—¿Lo… lo vieron? —preguntó Rubén, retrocediendo hasta chocar contra el cordel—. Algo se comió la Luna.

Chris se giró hacia él.

—Claro. Era un ratón galáctico. Todo el mundo sabe que la Luna está hecha de queso.

—¡No estoy jugando, Chris!

La fuerza del grito borró la sonrisa del rostro de su hermano.

Rubén levantó el brazo hacia el cielo, temblando.

—¡Vi unas mandíbulas! Era enorme… como una serpiente. Se cerraron sobre la Luna y se la tragaron. ¡Yo lo vi!

Mónica alzó la mirada. Ella solo distinguía nubes negras y una oscuridad que no debería haber estado allí, pero las palabras de Rubén le provocaron un vacío en el estómago.

Una serpiente.

Quiso decirle que le creía. Estuvo a punto.

Pero Chris lo observaba desconcertado y Rubén parecía a un paso de entrar en pánico. Si ella confirmaba que una criatura gigantesca acababa de devorar la Luna, no sabía qué ocurriría después.

—Puede ser un efecto del eclipse de esta tarde —dijo, esforzándose por mantener firme la voz—. Las nubes están muy bajas y todavía hay demasiadas alteraciones en la atmósfera. Tal vez viste una sombra.

—No fue una sombra, Mónica.

Rubén la miró con una mezcla de miedo y frustración.

—Sé lo que vi.

Antes de que alguien pudiera responder, un sonido atravesó la lluvia.

Comenzó como el retumbo distante de un trueno, pero pronto apareció un ritmo dentro de él: tambores graves acompañados por un tintineo metálico, dulce y constante, semejante a pequeños cascabeles de bronce agitándose en el viento.

Mónica se quedó inmóvil.

Ese ritmo…

—¿Escucharon eso? —preguntó.

Chris inclinó la cabeza.

—Parece una fiesta. ¿Los vecinos están tocando tambores con este aguacero?

Mónica apenas lo oyó.

Chris también podía percibirlos.

Con una mano sujetó el Vórtice Estelar y cerró los ojos.

Kakkab.

Intentó concentrarse en aquella conexión que apenas comenzaba a comprender.

¿Me escuchas? ¿Qué está pasando?

Esperó.

Nada.

No llegó una voz, una imagen ni aquella presencia pequeña que había aprendido a reconocer en Mesopotamia. Solo encontró un silencio helado al otro lado del vínculo.

Cuando abrió los ojos, Chris ya golpeaba suavemente una de las baldosas con la punta del zapato, intentando seguir el ritmo.

—Pues está bueno —dijo—. Al menos combina con la lluvia de sopa.

Mónica habría respondido cualquier cosa en otro momento.

Pero entonces miró a Rubén.

Él tampoco estaba prestando atención a Chris.

Había empalidecido.

Los tambores y los cascabeles continuaban sonando, pero Rubén percibía algo por encima de ellos. Un murmullo profundo avanzaba desde algún lugar que no conseguía identificar, formado por palabras pausadas, ásperas y antiguas.

No seguía el ritmo de los tambores.

No parecía surgir de la tormenta.

Y, a diferencia de todo lo demás, no le recordaba al océano.

Rubén frunció el ceño, tratando de separar las sílabas. Nunca había estudiado aquel idioma de manera formal, pero reconocía su cadencia por los libros de historia que tantas veces había hojeado, por documentales, nombres, inscripciones y fragmentos que había buscado solo porque le daba curiosidad.

Griego antiguo.

Alguien estaba hablando en griego antiguo bajo la lluvia de Bogotá.

—¿Ustedes escuchan lo que está diciendo? —preguntó, mirando hacia la verja.

Mónica volvió la cabeza.

—¿Diciendo qué?

—La voz. Hay alguien hablando afuera.

Chris dejó de marcar el ritmo con el pie.

Rubén se acercó unos pasos a la puerta del patio.

—Está hablando en griego. Es antiguo… o algo muy parecido. ¿En serio no lo oyen?

Mónica intercambió una mirada con Chris.

Ellos escuchaban los tambores.

Nada más.

Chris abrió la boca, dispuesto a decir algo, pero Rubén lo miró antes de que pudiera hacerlo.

—Ni se te ocurra.

Por una vez, Chris obedeció.

Entonces la voz de su madre llegó desde la cocina.

—¿Qué hacen todavía ahí afuera? ¡Entren la ropa de una vez, que van a terminar enfermos!

Los tres recogieron lo que pudieron y regresaron a la casa. Chris entró primero, sacudiendo el agua de su gorra.; Mónica cerró la puerta detrás de ellos mientras observaba de reojo a Rubén, que avanzaba en silencio con la cabeza baja.

En la cocina, su madre estaba frente al lavaplatos.

—Mamá, no vas a creer lo que pasó afuera —comenzó Chris mientras dejaba la ropa húmeda sobre una silla—. Rubén dice que algo se comió la Luna y que hay un fantasma griego hablando en la calle.

Rubén se detuvo.

—¿De verdad no puedes cerrar la boca cinco minutos?

—Solo estoy contando lo que dijiste.

—No. Te estás burlando.

Chris se encogió de hombros.

—Era un chiste.

—Pues no fue gracioso.

Rubén sostuvo su mirada unos segundos y después negó con la cabeza.

—Déjalo así.

Se dio la vuelta y salió de la cocina antes de que Chris pudiera responder.

Mónica observó cómo desaparecía por el corredor. Conocía aquella expresión: Rubén estaba molesto, sí, pero debajo de la rabia había algo mucho más difícil de admitir.

Estaba asustado.

Su atención regresó a la cocina cuando notó que su madre no parecía haber escuchado la discusión. Estaba mirando la pared junto al grifo con una ligera expresión de desconcierto.

Pequeñas gotas transparentes brotaban entre las junturas de los baldosines.

No descendían.

Ascendían.

Se reunían en hilos finísimos que trepaban lentamente hacia el techo hasta desaparecer, dejando tras de sí un olor tenue a sal. Era una manifestación pequeña, casi discreta, como si la casa comenzara a sudar agua de mar.

—Qué cosa tan rara con las tuberías hoy… —murmuró su madre—. Me recuerda a…

Se quedó callada.

Mónica la observó.

—¿A qué, mamá?

La mujer parpadeó varias veces, intentando alcanzar un recuerdo que parecía alejarse cuanto más trataba de mirarlo.

—No sé. A un día de hace muchos años, cuando yo era pequeña. Recuerdo que el sol pareció apagarse entre las montañas… aunque tal vez fue una nube muy grande. Ya ni sé si pasó así.

Sonrió con cansancio y acarició la cabeza de Mónica.

—Vayan a cambiarse. Mañana tienen colegio.

Mónica asintió, pero permaneció unos segundos frente a las gotas que continuaban ascendiendo por la pared.

Su madre ya había vuelto a los platos.

Como si no hubiera dicho nada extraño.

Como si aquel recuerdo no hubiera intentado regresar.

La medianoche encontró la casa sumida en una oscuridad pesada. La lluvia salada había cesado y los tambores ya no se escuchaban, pero el cielo continuaba despojado de su Luna.

Rubén seguía despierto.

Miraba el techo desde su cama, tratando de convencerse de que Mónica había tenido razón. Tal vez la sombra entre las nubes había engañado a sus ojos. Tal vez el eclipse había alterado su percepción. Tal vez Chris había conseguido irritarlo porque, en el fondo, una parte de él también quería creer que todo podía reducirse a un chiste absurdo.

Cerró los ojos.

Entonces regresó el murmullo.

Rubén volvió a abrirlos.

No venía del patio.

Tampoco de la calle.

Los tambores habían desaparecido hacía horas y no quedaba rastro de la lluvia, pero aquella voz continuaba allí, pronunciando lentamente las mismas sílabas antiguas.

Solo que ahora podía escucharla con absoluta claridad.

No estaba llegando desde el mar.

Estaba llamándolo a él.

Rubén se incorporó en medio de la oscuridad mientras un escalofrío le recorría la espalda.

El llamado había comenzado. 

Un niño y un hombre barbudo en una biblioteca frente a un portal rosa brillante entre las estanterías.

Capítulo 3

El peso del honor y la reliquia del mar


El amanecer en Bogotá no trajo el sol. Una neblina espesa cubría los tejados y parecía haber descendido hasta las calles para quedarse entre las casas. La tormenta de la noche anterior había terminado, pero dejó tras de sí una ciudad húmeda, silenciosa y llena de pequeños problemas que nadie conseguía explicar.

En casa, el primero fue bastante sencillo de comprobar: no había agua.

El golpeteo de los baldes plásticos contra las baldosas del patio se convirtió en el despertador de la mañana.

—¡Rubén! ¡Mónica! —llamó su madre desde el lavadero mientras escurría una camisa con fuerza—. Ayúdenme con estos dos baldes para la cocina y el baño. La tubería amaneció seca, pero el tanque del patio todavía tiene agua.

Rubén salió de la habitación con la sensación de no haber dormido en toda la noche. El cuerpo le pesaba, pero su cabeza seguía atrapada en lo ocurrido horas antes: la lluvia con sabor a sal, los tambores que parecían sonar donde no había nadie y aquella voz imposible que había repetido una misma frase una y otra vez hasta obligarlo a levantarse de la cama.

Mientras atravesaba el pasillo, algo en la pared lo hizo detenerse.

Los bordes en las paredes seguían húmedos.

Rubén se acercó y observó una gota transparente que se había formado casi a la altura de su cintura. Esperó verla descender, pero la gota hizo exactamente lo contrario: avanzó lentamente hacia arriba, siguió la línea del cemento y desapareció al alcanzar el techo.

Parpadeó.

Otra gota comenzó a ascender.

—Rubén, ¿me escuchaste? —volvió a llamar su madre.

—¡Ya voy!

Apartó la mirada y entró al patio. Tomó uno de los baldes y, al inclinarse sobre el tanque para llenarlo con una jarra, vio que la superficie del agua se estremecía ligeramente aunque nada la había tocado.

Entonces la voz regresó.

Fylax ton ourano... Hyperaspisou to asteri...

Rubén cerró los ojos.

No venía del tanque. Tampoco del patio. Retumbaba dentro de sus propios oídos con aquella cadencia antigua y áspera que lo había perseguido durante horas.

La repetición constante de las palabras lo había obligado a buscar respuestas. Durante la madrugada, mientras todos dormían, había revisado los viejos tomos de Historia Universal y Lingüística Antigua del estante de la sala con una linterna entre los dientes, copiando sonidos, comparando alfabetos y descartando posibilidades con la misma minuciosidad con la que resolvía sus tareas escolares.

Había conseguido una traducción.

Protege el cielo. Defiende la estrella.

—¿Qué buscabas anoche en los libros?

Rubén dio un leve salto. Mónica estaba detrás de él con una toalla sobre el hombro y los ojos entrecerrados, observándolo con demasiada atención.

—Nada —respondió mientras cerraba el balde con la tapa—. Estaba revisando un tema de la excursión.

Mónica no pareció convencida. Desde su regreso de Mesopotamia había aprendido que algunas cosas comenzaban de maneras aparentemente insignificantes: una estrella fuera de lugar, una grieta que no debería existir, una medición imposible. Después de haber visto jardines desmoronarse y constelaciones alterarse frente a sus ojos, sabía que cuando el mundo empezaba a comportarse de manera extraña también las personas lo hacían.

El problema era que no sabía qué le ocurría a Rubén.

Y tampoco estaba preparada para contarle lo que le había ocurrido a ella.

—Ayer estabas muy alterado con lo de la tormenta —dijo finalmente, bajando la voz—. Si todavía te sientes mal, dile a mamá. No tienes que ir al museo.

—Estoy bien —mintió Rubén mientras levantaba el balde—. Fue el susto, nada más. Además, el profesor de Ciencias Sociales dijo que la asistencia es obligatoria para la nota del periodo.

Desde la cocina, su madre los llamó para desayunar antes de que cada uno saliera hacia su colegio. Sobre la mesa había café caliente, pan y una cantidad de instrucciones que parecían competir entre sí.

—Mónica, el permiso para las pruebas interescolares está firmado. Lo dejé junto a tu maleta. Y Chris amaneció con fiebre y la garganta congestionada; seguro la lluvia de ayer le sentó pésimo. Yo no puedo quedarme porque hoy entregan producción en la fábrica, así que tú regresas apenas termines los exámenes.

Desde el sofá llegó un gemido ofendido.

Chris, envuelto en una cobija casi hasta los ojos, levantó la cabeza. Tenía la nariz roja y el cabello aplastado hacia un lado.

—No fue la lluvia —protestó con voz nasal—. La lluvia sabía a sal. Nadie me cree, pero eso era sopa cósmica.

Su madre le puso una mano en la frente.

—Tú te quedas en cama y no me vayas a incendiar la casa intentando hacer inventos.

—No fue un invento. Fue un experimento de combustión guiada.

—Te quedas quieto.

—Perfectamente quieto —aceptó Chris, hundiéndose otra vez bajo la manta—. Como un científico injustamente censurado.

Mónica soltó una pequeña risa.

—Yo vuelvo temprano. Y tú no te muevas del sofá.

Chris levantó una mano desde debajo de la cobija a manera de juramento.

Poco después, Rubén salió solo hacia la parada. Mónica había partido unos minutos antes hacia la sede norte de su colegio y Chris continuaba condenado al sofá, a la fiebre y, probablemente, a varias horas de televisión.

La ciudad olía a tierra mojada, pero había otro olor debajo, tenue e incómodo, que Rubén reconoció enseguida.

Sal.

Aunque ya no llovía, los charcos permanecían sobre las aceras como si el agua se negara a desaparecer. Cerca de la avenida, Rubén se detuvo frente a un desagüe. El agua debería haber corrido hacia la alcantarilla, pero estaba inmóvil, limpia y extrañamente densa.

Se inclinó un poco.

Tres ondas concéntricas atravesaron la superficie.

No había viento. No había caído ninguna gota.

Rubén permaneció quieto y, lentamente, el reflejo de las nubes desapareció.

Dos ojos verdes lo observaban desde el fondo.

No eran humanos. Tampoco parecían amenazantes. Había algo extraño en ellos, una urgencia contenida que Rubén no supo interpretar. Bajo aquellos ojos alcanzó a distinguir una silueta imprecisa y, alrededor de lo que debía ser su cuello, un collar del que colgaba una gran perla de brillo pálido.

Entonces escuchó los tambores.

Bum... bum... bum...

El sonido parecía golpear desde el interior de su cabeza. Entre cada impacto apareció también el tintineo seco de pequeños cascabeles de bronce, exactamente igual que la noche anterior.

—¡Rubén! ¡Apúrate, que el bus se va!

La voz de uno de sus compañeros rompió el trance. El autobús escolar esperaba a media cuadra, con el motor encendido y varios niños asomados por las ventanas.

Rubén pestañeó.

Los ojos habían desaparecido. El charco volvía a mostrar únicamente un cielo gris y algunos cables eléctricos.

—¡Ya voy!

Echó a correr mientras se acomodaba la maleta sobre el hombro.

El trayecto hacia el centro de Bogotá transcurrió entre dos mundos que parecían no tener nada que ver entre sí. Dentro del bus, los niños intercambiaban láminas brillantes de la saga de Namekusei de Dragon Ball Z, discutían cuál personaje era el más fuerte y celebraban cada vez que alguno completaba una página del álbum. Afuera, Rubén observaba calles todavía húmedas, gotas que parecían demorarse demasiado en caer y charcos completamente inmóviles.

En los asientos delanteros, las profesoras hablaban en voz baja.

—Es que no hay explicación oficial —decía una de ellas mientras se acomodaba las gafas—. En la radio dijeron que la Luna no se vio anoche en buena parte del hemisferio. Los observatorios hablan de un fenómeno de refracción por la humedad, pero la gente está asustada.

Rubén apoyó la frente contra el vidrio.

Mientras sus compañeros discutían si Freezer podía derrotar a todos los personajes del álbum, él siguió buscando aquellos ojos entre los reflejos de las tiendas.

Los encontró dos veces.

En ambas ocasiones desaparecieron apenas intentó mirarlos directamente.

Cuando la delegación escolar entró al Museo del Oro, las luces cálidas de las vitrinas y el silencio de las salas ofrecieron durante unos minutos una normalidad casi tranquilizadora. Pectorales, figuras, recipientes ceremoniales y pequeñas piezas de metal descansaban detrás de gruesos cristales mientras la profesora intentaba mantener a sus estudiantes en una sola fila.

La guía los condujo hasta una exposición temporal instalada en el segundo piso.

En el centro de la primera sala había una gran maqueta de un navío antiguo rodeada de monedas, vajillas, piezas religiosas y objetos cubiertos por siglos de pátina marina.

—Esta exposición reúne parte del cargamento recuperado de un naufragio relacionado con las rutas del llamado Galeón de Manila —explicó la guía—. Es un hallazgo especialmente extraño porque el barco transportaba objetos de procedencias muy distintas. Algunos llegaron a sus bodegas por rutas comerciales conocidas y otros, según los investigadores, probablemente a través del contrabando.

Rubén se acercó un poco más.

—En aquella época —continuó la mujer—, un objeto podía pasar por muchas manos antes de cruzar el océano. Algunas de las piezas recuperadas tienen origen asiático, otras europeo y unas pocas parecen proceder del Mediterráneo oriental. Todavía hay objetos cuyo recorrido exacto sigue siendo un misterio.

Eso consiguió captar la atención de Rubén mucho más que las monedas.

Siguió al grupo hasta otra vitrina, pero cuando miró el cristal su reflejo desapareció.

Los ojos verdes estaban allí.

Esta vez parecían mucho más cerca.

La figura seguía siendo imposible de distinguir, pero Rubén pudo ver con claridad el collar y aquella gran perla que descansaba sobre su pecho. Los ojos lo observaban con la misma severa urgencia de antes.

La voz atravesó su mente.

Fylax ton ourano... Hyperaspisou to asteri...

Protege el cielo. Defiende la estrella.

Rubén retrocedió un paso.

Sus compañeros continuaban caminando. Nadie parecía escuchar los tambores que empezaban a golpear suavemente en algún lugar detrás de sus pensamientos.

Bum... bum... bum...

La mirada del reflejo se desplazó.

Rubén siguió su dirección.

Al final de un corredor lateral había una vitrina independiente.

No supo por qué comenzó a caminar hacia ella. Quizá porque los tambores aumentaban a cada paso. Quizá porque la voz parecía provenir de allí. O quizá porque, después de una noche entera intentando comprender qué estaba ocurriendo, necesitaba encontrar algo que por fin tuviera sentido.

Dentro de la vitrina descansaba un único objeto.

Era un anillo grueso de metal oscuro, casi negro, perfectamente pulido. En el centro llevaba una piedra verde tallada en facetas geométricas tan precisas que cada movimiento de la luz parecía despertar una figura diferente en su interior.

Rubén leyó el pequeño rótulo colocado junto a la pieza.

ANILLO ÉGIDA
Denominación conservada en los registros asociados al cargamento.
Procedencia estimada: Mediterráneo oriental.
Datación aproximada: 800 a. C.

Debajo, una última línea indicaba que su ruta hasta el naufragio seguía siendo desconocida.

Rubén olvidó respirar durante unos segundos.

La piedra comenzó a pulsar.

No era un reflejo de las lámparas. El brillo aparecía y desaparecía desde su interior siguiendo exactamente el ritmo de su corazón.

Entonces la voz dejó de sonar distante.

Te he encontrado, Protector.

Rubén giró bruscamente la cabeza.

Los otros niños estaban al fondo de la sala escuchando a la profesora. Nadie lo observaba.

Un chasquido agudo sonó sobre él.

Rubén levantó la mirada.

Una luz roja comenzó a parpadear en el techo.

—¿Qué pasa? —preguntó alguien al otro lado de la sala.

La alarma de humedad emitió un segundo pitido. Una de las empleadas del museo miró hacia un panel de control y frunció el ceño.

Una gota apareció entre dos bloques de piedra de la pared.

Después otra.

Rubén vio cómo ambas descendían hasta el suelo y avanzaban por las baldosas, pero no hacia el punto más bajo de la sala. El agua se deslizó directamente hacia la vitrina del anillo.

Una nueva filtración apareció detrás de él.

Luego otra.

En cuestión de segundos, delgadas líneas de agua comenzaron a surgir de las junturas de los muros como si algo enorme presionara desde el otro lado de la piedra.

La sirena estalló.

—¡Atención! ¡Evacuación inmediata! —gritó el personal de seguridad.

El murmullo se convirtió en gritos. Las profesoras reunieron a los estudiantes mientras el agua se extendía por el piso cada vez más rápido.

—¡En fila! ¡Agarren a su compañero y salgan ya!

Rubén seguía frente a la vitrina.

El agua le alcanzó los zapatos.

Los tambores retumbaron con tanta fuerza que durante un instante dejaron de parecer imaginarios. Algunos cristales de la exposición vibraron con cada golpe.

Bum. Bum. Bum.

—¡Rubén!

El profesor de Ciencias Sociales apareció entre dos vitrinas y lo tomó con fuerza del brazo.

—¿Qué haces ahí? ¡Vamos!

Rubén intentó mirar una última vez el anillo, pero el profesor ya lo arrastraba hacia la salida junto con el resto del grupo. Atravesó los pasillos entre alarmas, pasos apresurados y voces que se repetían unas sobre otras hasta que el aire frío de la calle le golpeó el rostro.

Solo entonces comprendió que afuera estaba lloviendo otra vez.

Y la lluvia volvía a saber a sal.

El regreso a casa fue un borrón de ventanas empañadas y pensamientos que Rubén no conseguía ordenar. Apenas escuchó las quejas por la excursión cancelada ni las especulaciones de sus compañeros sobre la inundación. En su cabeza continuaban apareciendo tres cosas: los ojos verdes, el Anillo Égida y aquella frase que ya conocía demasiado bien.

Protege el cielo. Defiende la estrella.

Cuando abrió la puerta de su casa, Chris apareció corriendo desde la sala, todavía envuelto en la cobija.

—¡Hermanito!

Antes de que Rubén pudiera reaccionar, Chris lo abrazó con tanta fuerza que casi le hizo perder el equilibrio.

—¿Estás bien? Vi las noticias. Dijeron que el Museo del Oro se inundó y que tuvieron que sacar a todo el mundo. ¡Pensé que te habías ahogado!

Rubén lo miró, todavía sorprendido por el abrazo.

—No me digas que te preocupaste por mí.

Chris aflojó los brazos y bajó la cabeza. Su actitud cambió de inmediato.

—¿Todavía estás bravo por lo del ratón galáctico de anoche?

Rubén no respondió.

Chris se frotó la nariz.

—Perdóname, hermanito. Fue una broma tonta. Yo no quería que te asustaras así.

La culpa en la cara de Chris terminó por romper algo de la tensión que Rubén llevaba acumulando desde la mañana. Soltó el aire lentamente.

—Está bien. Ya pasó.

—¿Seguro?

—Seguro. Solo quiero quitarme esta ropa mojada.

Chris sonrió un poco.

—Te voy a preparar una aguapanela bien caliente en son de paz.

Rubén arqueó una ceja.

—¿Tú?

—Estoy enfermo, no incapacitado. Además, le voy a poner queso y todo.

—Gracias.

Rubén entró a su habitación y cerró la puerta. Dejó la maleta sobre la cama, se quitó la chaqueta húmeda y se pasó ambas manos por el rostro.

Por unos segundos no hubo tambores.

No hubo voces.

No hubo agua moviéndose en direcciones imposibles.

Entonces algo vibró dentro de su maleta.

Rubén bajó lentamente las manos.

Protector Esmeralda... se hace tarde.

Se quedó inmóvil.

La voz no venía de la calle ni de las tuberías.

Venía de su maleta.

Protege el cielo. Defiende la estrella.

Rubén se acercó a la cama. Abrió primero el compartimento grande. Cuadernos, cartuchera, libros. Nada fuera de lugar.

La vibración volvió a sentirse.

Venía del bolsillo delantero.

Deslizó la cremallera con cuidado.

Sobre sus cuadernos de Matemáticas e Historia descansaba el Anillo Égida.

Rubén retrocedió.

Miró la puerta.

Volvió a mirar la maleta.

El metal oscuro reflejaba la luz gris que entraba por la ventana y la piedra verde emitía un pulso tranquilo, casi como si llevara siglos esperando exactamente ese momento.

—No.

Rubén dio otro paso hacia atrás.

Él no había tocado la vitrina.

Ni siquiera había estado cerca de abrirla.

Pero aquello no cambiaba lo que tenía delante.

Una pieza perteneciente al Museo del Oro estaba dentro de su habitación.

Su mente comenzó a ordenar las posibilidades con desesperación. Robo. Patrimonio histórico. Policía. Museo. Profesores. Su mamá.

Jamás había roto deliberadamente una regla importante. Si encontraba un lápiz que no era suyo, preguntaba a quién pertenecía antes de guardarlo. En Educación Cívica podía recitar normas que la mitad de su curso ni siquiera recordaba haber estudiado.

Y ahora tenía una pieza arqueológica robada encima de sus cuadernos.

—No, no, no...

Tenía que devolverla.

Esa era la única opción razonable.

Podía contar que había aparecido en su maleta.

Rubén imaginó por un instante la cara de un policía escuchando aquella explicación y sintió que el estómago se le hundía.

El portón de la casa se abrió.

—¡Chicos, ya llegué! —anunció su madre desde la entrada.

Rubén cerró la maleta de golpe.

El corazón comenzó a latirle con violencia.

Escuchó pasos en el pasillo y, al mismo tiempo, los tambores regresaron.

Bum. Bum. Bum.

La lluvia golpeó las ventanas.

Primero suavemente.

Después con una fuerza repentina que hizo vibrar los vidrios.

—¡Chris! —llamó su madre desde el pasillo—. ¿Qué estás haciendo?

Un ruido de agua corriendo respondió desde la cocina.

—¡Solo abrí la llave para la aguapanela! —gritó Chris—. ¡Pero no quiere cerrar!

Rubén miró la maleta.

La voz volvió a atravesarlo.

Protector Esmeralda... se hace tarde.

Sacó el anillo y lo escondió en el bolsillo del pantalón antes de salir de la habitación.

La cocina era un caos.

El agua brotaba de la llave con una fuerza absurda, rebotaba contra el lavaplatos y salpicaba las paredes. Chris tenía ambas manos sobre el grifo intentando cerrarlo mientras su madre buscaba la llave de paso debajo del fregadero.

—¡Yo no hice nada! —decía Chris, cada vez más angustiado—. Solo la abrí. ¡Mami, te juro que solo la abrí!

—Ya sé, tranquilo. Aléjate de ahí.

La madre consiguió girar la llave de paso.

Nada ocurrió.

El agua siguió brotando.

Rubén sintió un calor repentino contra la pierna. El Anillo Égida ardía dentro de su bolsillo.

Un estruendo llegó desde el patio.

Los tres miraron hacia la puerta.

El agua de lluvia ya cubría las primeras baldosas y seguía aumentando. No drenaba. Entraba desde el cielo, desde las canaletas y desde las junturas del suelo al mismo tiempo.

Chris dejó de disculparse.

—Mami...

Su voz había cambiado.

Ya no había travesura en ella.

Solo miedo.

La madre reaccionó de inmediato.

—Rubén, ve al baño y trae todas las toallas que encuentres. Chris, súbete a una silla y no pises donde haya enchufes. ¡Rápido!

Rubén obedeció y salió de la cocina casi corriendo. Atravesó el corredor mientras detrás de él continuaban el estruendo del agua, las instrucciones de su madre y la voz angustiada de Chris.

Bum.

Llegó hasta el baño y abrió el armario donde guardaban las toallas.

Bum.

Sacó dos, luego tres, apretándolas contra el pecho mientras el agua comenzaba a deslizarse por el corredor desde la cocina.

Bum.

—¡Rubén, rápido! —gritó su madre desde el otro extremo de la casa.

El metal ardió contra su pierna.

Protege el cielo.

Rubén se quedó inmóvil frente al espejo del baño.

Metió una mano en el bolsillo.

Defiende la estrella.

Sus dedos rodearon el Anillo Égida.

No sabía qué era realmente aquella reliquia. No sabía quién le hablaba, cómo había llegado hasta su maleta ni por qué una criatura de ojos verdes lo observaba desde el agua.

Desde la cocina escuchó a Chris gritar.

—¡Mami, está entrando más agua!

Rubén apretó las toallas contra el pecho.

Su familia estaba en peligro.

Podía regresar con ellas, intentar contener una inundación que ya no obedecía a ninguna tubería y seguir buscando una explicación razonable mientras el agua continuaba subiendo.

O podía hacer algo que no entendía.

Bajó la mirada hacia su bolsillo.

Había pensado que aquel anillo no le pertenecía, que debía devolverlo, que tocarlo sería aceptar una situación que iba contra todo lo que consideraba correcto.

Pero dejar a su familia sola frente a aquel peligro tampoco podía ser correcto.

Rubén dejó caer las toallas sobre el lavamanos.

Sacó el Anillo Égida.

Durante un instante lo sostuvo entre los dedos, contemplando la piedra verde que pulsaba con una calma imposible mientras toda la casa parecía desmoronarse a su alrededor.

—¡Rubén! —volvió a llamarlo su madre.

Cerró los ojos.

Y deslizó el anillo en su dedo.

El tiempo se detuvo.

El rugido de la lluvia desapareció. Las voces procedentes de la cocina se extinguieron y hasta los tambores quedaron suspendidos en un silencio tan absoluto que Rubén pudo escuchar su propia respiración.

Abrió los ojos.

Las gotas que habían alcanzado el corredor permanecían inmóviles en el aire. Algunas flotaban frente a la puerta del baño como diminutas esferas de cristal; otras habían quedado suspendidas a pocos centímetros del suelo. Las corrientes detenidas comenzaron a llenarse de líneas luminosas que recorrieron las baldosas, treparon por las paredes y se extendieron por las tuberías como una inmensa red geométrica.

Rubén levantó lentamente la mano.

El anillo brilló.

Muy lejos de allí, en uno de los corredores de la sede norte de su colegio, Mónica se detuvo en seco.

Un calor repentino le atravesó el pecho.

Llevó la mano hacia el cuello y sujetó el Vórtice Estelar oculto bajo el uniforme. Los cristales rojos del dije pulsaban con tanta fuerza que podía sentir cada latido contra los dedos.

Mónica miró hacia las ventanas.

Después, sin saber por qué, giró hacia la dirección de su casa.

Algo había respondido.

En la cocina, Rubén permanecía inmóvil mientras aquellas líneas de luz crecían a su alrededor. No comprendía las palabras que estaba a punto de pronunciar, pero sintió que habían estado esperándolo desde mucho antes de aquella noche, desde mucho antes de que él escuchara los primeros tambores.

—Protege el cielo. Defiende la estrella.

El silencio se quebró.

Una fuerza colosal envolvió su cuerpo y el suelo desapareció bajo sus pies. Corrientes cálidas y frías comenzaron a girar a su alrededor mientras la casa se deshacía entre destellos verdes. Rubén intentó extender una mano hacia el corredor que lo llevaba a su familia, pero ya no pudo alcanzarla.

Lo último que vio de Bogotá fueron miles de gotas suspendidas en el aire.

Y en cada una de ellas brillaba un pequeño reflejo verde.

 

Capítulo 4

Las Islas Flotantes y la Guardiana del Arrecife


Las paredes a su alrededor no desaparecieron de golpe. Se deformaron dentro de un remolino de destellos verdes que envolvió a Rubén con la fuerza de un huracán silencioso. Durante unos segundos todavía escuchó los baldes golpeando contra el suelo del patio, las órdenes angustiadas de su madre, la voz de Chris cerca del fregadero y el repiqueteo de aquella lluvia salada contra los vidrios. Después, todos los sonidos se apagaron a la vez, como si una enorme puerta de piedra acabara de cerrarse entre él y el resto del mundo.

El suelo desapareció bajo sus pies.

Rubén sintió primero una ráfaga helada en el rostro y, un instante después, cayó bruscamente sobre una superficie áspera y húmeda. Rodó varias veces antes de quedar boca abajo, con arena pegada a los labios, las mejillas y el uniforme de fútbol que se había puesto al regresar del museo.

Permaneció tendido unos segundos, tratando de recuperar el aire.

—Mamá... —murmuró mientras se apoyaba sobre los codos.

Nadie respondió.

Rubén levantó lentamente la cabeza. No estaba en el baño. Tampoco en el pasillo de su casa y, a juzgar por el paisaje que se extendía frente a él, definitivamente ya no estaba en Bogotá.

La playa era distinta a cualquier costa que hubiera visto. Entre la arena húmeda flotaban pequeños fragmentos de madera tallada, raíces cubiertas de musgo y caracoles de tamaños imposibles que se mantenían suspendidos a pocos centímetros del suelo, balanceándose suavemente como si el aire se hubiera convertido en agua. Más allá crecían palmeras de hojas anchas y oscuras, retorcidas por un viento que Rubén apenas podía sentir.

Alzó la vista buscando el Sol.

No lo encontró.

Tampoco había Luna.

El cielo entero estaba cubierto por nubes bajas y violáceas que parecían girar sobre sí mismas, iluminadas de vez en cuando por destellos rojizos procedentes del horizonte.

Entonces escuchó los tambores.

Ya no era aquel retumbo distante que le había impedido dormir la noche anterior ni un sonido que parecía golpear dentro de su cabeza. Los golpes estaban allí, a pocas decenas de metros, acompañados por campanas, platos de bronce y grandes piezas de metal que chocaban unas contra otras.

Bum... bum... bum...

Rubén se puso de pie con dificultad. A lo largo de la costa, varias decenas de personas vestidas con fibras vegetales, telas tejidas y adornos de conchas golpeaban tambores de madera, calderos y campanas mientras entonaban cánticos que el viento arrastraba sobre las olas. Algunos miraban hacia el cielo sin Sol ni Luna; otros fijaban la vista en el océano que rugía más allá de la playa.

Rubén quiso acercarse, pero algo bajo sus pies llamó su atención.

La arena terminaba abruptamente unos metros más adelante.

Frunció el ceño y avanzó con cautela hasta que comprendió lo que estaba viendo. Debajo de la playa no continuaba el suelo marino. No había arrecife, rocas ni pendiente alguna que descendiera hacia el agua.

Había vacío.

La isla completa flotaba.

Rubén retrocedió de inmediato. Docenas de metros más abajo, un océano oscuro y enfurecido golpeaba contra enormes formaciones de roca suspendidas en el aire. A la distancia distinguió otras islas elevadas sobre las aguas, algunas inclinadas de manera imposible, con cascadas que caían desde sus bordes para desaparecer entre la espuma.

—¿Pero qué...?

No alcanzó a terminar.

Una masa de agua comenzó a levantarse desde el océano. La ola ascendió demasiado alto, como si la gravedad hubiera olvidado hacia dónde debía llevarla, y trepó por el aire hasta alcanzar la playa flotante.

Rubén corrió hacia las palmeras.

El agua lo golpeó por la espalda.

Cayó de rodillas y trató de aferrarse a la arena, pero la corriente lo arrastró varios metros. Sus dedos buscaron raíces, piedras, cualquier cosa que pudiera detenerlo, mientras los tambores y los gritos de los pobladores se mezclaban con el estruendo del mar.

No encontró nada.

La corriente lo empujó sobre el borde de la isla.

Rubén cayó.

El impacto contra el océano le arrancó el aire de los pulmones. Intentó nadar hacia arriba, pero sus tenis y el uniforme empapado parecían pesar el doble. Una corriente lo hizo girar bajo el agua y otra lo empujó todavía más abajo, alejándolo de la luz violácea que atravesaba la superficie.

Abrió los ojos entre la sal.

Las islas flotantes eran apenas sombras sobre él.

Rubén pataleó desesperadamente, pero el pecho comenzó a arderle y la oscuridad avanzó desde los bordes de su visión. Justo antes de perder el conocimiento creyó distinguir un resplandor pálido descendiendo hacia él.

Cuando volvió a abrir los ojos, el rugido del océano sonaba lejano.

Rubén respiró profundamente y tosió de inmediato. Se encontraba tendido sobre una roca lisa dentro de una enorme gruta iluminada por corales azulados que crecían en las paredes y el techo. Por todas partes había charcos cristalinos y restos de vegetación marina, como si aquel lugar hubiera permanecido sumergido hasta hacía muy poco tiempo.

Lo primero que vio, sin embargo, no fueron los corales.

Fue una perla.

Grande, redonda y de un blanco casi luminoso, colgaba de un collar a pocos centímetros de su rostro. Su resplandor era idéntico al que Rubén había distinguido en los reflejos de los charcos, en los objetos del museo y en aquellas extrañas imágenes que habían aparecido donde no deberían existir.

Rubén alzó la mirada.

Dos ojos verdes lo observaban fijamente.

Se incorporó de golpe y se arrastró hacia atrás hasta chocar contra la pared.

Frente a él había una joven de aspecto humano y, al mismo tiempo, claramente perteneciente al mar. Su cabello negro, largo y ondulado, caía sobre sus hombros como algas oscuras. La piel clara de sus brazos y su cuello estaba cubierta por escamas finísimas que capturaban la luz azul de la cueva; entre sus dedos se extendían membranas translúcidas y sus pies, alargados y estrechos, poseían la misma adaptación acuática.

Rubén la señaló instintivamente.

—¡Aléjate! ¿Quién... qué eres?

La joven ni siquiera parpadeó.

—Deberías guardar tus fuerzas, habitante de la tierra. Tragaste suficiente agua como para seguir tosiendo durante un buen rato.

Su voz era limpia y firme, pero tan fría como la roca sobre la que Rubén estaba sentado.

—¿Dónde estoy?

Rubén cerró la mano alrededor del dedo donde llevaba el anillo. Seguía allí. El metal verde permanecía inmóvil, como si después de arrancarlo de su casa hubiera decidido no ofrecer ninguna explicación.

La joven siguió la dirección de su mirada.

—Estás en los dominios de Kamariitan. Mi nombre es Tala. Custodio la entrada del arrecife desde que Magwayen desapareció.

—¿Mag... qué?

Tala exhaló lentamente por la nariz.

—Magwayen.

—Claro. Eso ayuda muchísimo.

Los ojos verdes se entrecerraron apenas.

Rubén intentó levantarse, pero una punzada le atravesó el pecho y volvió a apoyarse contra la pared. Tala descendió de la roca donde había permanecido sentada y atravesó los charcos con una agilidad silenciosa.

—Si vas a arrojarte al suelo cada vez que el mar se mueva y a gritar cuando encuentres algo que no comprendes, quizá deberías regresar por donde llegaste.

Rubén la miró con incredulidad.

—Casi me ahogo.

—Lo noté.

—¿Y eso te parece poco?

—Me parece inconveniente para alguien enviado a proteger estas islas.

Aquello consiguió que Rubén olvidara durante un segundo el frío.

—Yo no pedí venir aquí.

—Eso también lo noté.

Rubén se puso finalmente de pie, aunque las piernas todavía le temblaban.

—No sé qué son estas islas, no sé quién eres tú y ni siquiera sé cómo terminó este anillo en mi maleta. Me lo puse porque mi casa se estaba inundando, mi mamá estaba tratando de detener el agua y mi hermano estaba enfermo. Dije unas palabras y terminé cayendo del cielo sobre una playa flotante. Así que no, no pedí venir. Solo estaba intentando proteger a mi familia.

La expresión de Tala cambió tan poco que Rubén no habría podido asegurar que aquellas palabras le hubieran causado algún efecto. Sin embargo, sus dedos subieron instintivamente hasta la perla de su collar.

—Entonces quizá la antigua promesa no se equivocó por completo.

Rubén bajó la mirada hacia el anillo.

—¿Qué promesa?

Tala observó el metal verde durante unos segundos.

—Durante generaciones se habló de una reliquia tallada lejos de estas aguas. Una diosa sabia de otro reino prometió que, si Bakunawa despertaba, enviaría ayuda desde tierras distantes. Nadie sabía cuándo ocurriría ni qué forma tendría esa ayuda.

—¿Y crees que es este anillo?

—Creía que sería otra cosa.

—Qué sorpresa.

Tala ignoró el comentario y caminó hacia la abertura de la gruta.

—Ayer vi una luz carmesí atravesar el cielo. Llegó desde muy lejos y durante un instante pareció partir las nubes sobre las islas. Más tarde, cuando los temblores comenzaron a disminuir, las corrientes trajeron el eco de una Guardiana de las Tierras Andinas. Dicen que devolvió el orden a las estrellas utilizando números, medidas y lógica.

Rubén dejó de escuchar el mar.

Recordó el collar que Mónica había encontrado. Recordó las piedras rojas, el extraño brillo que había rodeado a su hermana y todo lo sucedido desde el eclipse.

—¿Números y lógica?... —murmuró—. Mónica.

Tala se volvió hacia él.

—¿Conoces ese nombre?

Rubén iba a responder cuando la gruta comenzó a vibrar.

El agua acumulada en los charcos se estremeció. Después empezó a entrar por la abertura en una corriente cada vez más rápida.

Tala observó el nivel ascendente con expresión endurecida.

—Tenemos que movernos.

—¿Mover...? ¿A dónde?

Una ola cubrió la entrada y el agua les alcanzó los tobillos. En cuestión de segundos llegó a las rodillas de Rubén.

Tala extendió hacia él una mano de dedos membranados.

—Hay una cámara superior. Si permaneces aquí, esta gruta volverá a quedar bajo el océano.

Rubén miró aquella mano y después el agua que continuaba subiendo.

—¿Y cómo se supone que...?

—Nadando.

—Acabo de explicarte que casi me ahogo.

—Entonces procura no repetirlo.

Rubén apretó la mandíbula. Durante un instante pensó en su habitación, en la cocina de su casa y en lo sencillo que sería desear que todo aquello desapareciera. Pero la imagen de Chris enfermo y de su madre intentando contener la lluvia salada regresó a su mente.

Tomó la mano de Tala.

Ella no perdió tiempo. Se lanzó al agua arrastrándolo consigo y nadó con una velocidad que Rubén apenas pudo seguir. Atravesaron un túnel cubierto de corales, después otro mucho más estrecho y finalmente ascendieron por una abertura vertical donde una corriente los empujó hacia arriba.

Rubén emergió tosiendo y se aferró al borde de piedra.

Tala salió detrás de él con una tranquilidad irritante.

—Nadas terriblemente.

Rubén se dejó caer boca arriba sobre el suelo seco.

—Estaba intentando no morir.

—También podrías intentar usar los brazos.

Él giró la cabeza para responderle, pero las palabras se le quedaron atrapadas al contemplar el lugar donde habían llegado.

La nueva gruta era enorme. Sus techos abovedados se perdían en la oscuridad y, a ambos lados, enormes relieves cubrían las paredes como páginas de un libro tallado en piedra. Algunas figuras estaban decoradas con fragmentos de concha y nácar; otras parecían iluminadas desde dentro por vetas minerales.

Rubén se acercó a la pared más próxima.

Sobre ella había siete círculos.

—¿Son lunas?

Tala se colocó a su lado.

—Lo fueron.

Rubén contó nuevamente.

—Siete.

—Mucho antes de que nuestros pueblos conocieran el cielo que tú conoces, las historias hablaban de siete lunas.

Más adelante, el relieve cambiaba. Una enorme serpiente marina aparecía rodeando uno de aquellos círculos, mientras otros cinco desaparecían dentro de una mandíbula tallada en la piedra.

—Bakunawa —dijo Tala antes de que Rubén preguntara.

Él siguió avanzando.

—¿Se las comió?

—Seis. Una tras otra.

El siguiente relieve mostraba a multitud de personas reunidas frente al océano. Algunas golpeaban tambores, otras sostenían vasijas, campanas y objetos de metal.

Rubén señaló la escena.

—Por eso hacen ruido en la playa.

—Los antiguos descubrieron que el estruendo podía desconcertarla y obligarla a regresar a las profundidades. Los habitantes de estas islas continúan haciéndolo porque recuerdan lo que ocurrió cuando nadie más pudo detenerla.

Rubén pensó en los tambores que había escuchado en Bogotá.

—También los escuché anoche.

Tala lo miró brevemente.

—Entonces Bakunawa ya estaba llamándote antes de que el anillo lo hiciera.

A Rubén no le gustó aquella idea.

En la siguiente sección del muro aparecía una figura elevada sobre el cielo. Rayos tallados en piedra surgían de sus brazos y descendían sobre una enorme serpiente que retrocedía hacia las profundidades.

—Kaptan —explicó Tala—. Señor del cielo. Su luz mantuvo a Bakunawa lejos de la última Luna durante generaciones. La criatura no soporta su resplandor; incluso acercarse demasiado le provoca dolor.

Rubén estudió la escena con atención.

—Entonces, si Kaptan podía detenerla, ¿por qué está libre?

Tala tardó un momento en responder.

Sus dedos volvieron a cerrar la perla de su collar.

—Por el eclipse.

Continuaron caminando hasta otro relieve. Allí la figura luminosa aparecía colocándose frente al último disco lunar mientras la serpiente ascendía desde las aguas con las fauces abiertas.

—Cuando el Sol quedó cubierto, la luz de Kaptan desapareció durante unos instantes. Bakunawa salió de las profundidades y atacó creyendo que finalmente podría alcanzar a Mayari, la última Luna. Kaptan se interpuso antes de que pudiera hacerlo.

Rubén miró la enorme boca tallada en la piedra.

—¿Se lo tragó?

Tala asintió.

—Vivo.

Rubén permaneció en silencio.

El siguiente relieve mostraba a una figura femenina emergiendo desde el océano, rodeada por corrientes que se elevaban a su alrededor.

—Magwayen intentó contener a Bakunawa desde las aguas cuando la criatura regresó al mar. Ella gobierna las mareas y protege el paso hacia los dominios inferiores.

—¿Y también se la tragó?

—Sí.

Rubén volvió la cabeza hacia el mundo imposible que se extendía más allá de aquellas paredes. Las islas flotando, las olas ascendiendo contra la gravedad, las cavernas marinas ahora suspendidas sobre el nivel del océano.

—Entonces esto está pasando porque Magwayen ya no controla las mareas.

—En parte.

Rubén señaló el disco que todavía aparecía intacto en los relieves.

—Pero dijiste que Bakunawa creyó que iba a devorar a Mayari. Si Kaptan se interpuso antes...

Tala lo observó.

—Mayari sigue libre.

Rubén sintió que algo encajaba.

—Entonces la Luna no fue devorada.

—No.

—¿Dónde está?

La respuesta tardó demasiado.

—Escondida.

Rubén frunció el ceño.

—¿Dónde?

—Si lo supiera, no estaría buscándola.

Había algo distinto en la voz de Tala. Seguía siendo firme, pero aquella frialdad que hasta entonces parecía natural se tensó ligeramente.

Rubén miró otra vez la perla entre sus dedos.

—La conoces.

Tala soltó el collar.

—Tenemos problemas más urgentes.

Rubén entendió que no obtendría más información y decidió guardar la pregunta. Por el momento.

Avanzaron hacia el interior del santuario. Los relieves dieron paso a un corredor flanqueado por columnas formadas con enormes conchas petrificadas y estrellas de mar fosilizadas. El suelo estaba cubierto por mosaicos que representaban corrientes oceánicas extendiéndose entre las islas como venas azules y doradas.

—Necesitamos encontrar a Luyong Baybay —explicó Tala—. Este santuario pertenece a sus dominios. Ella conoce el curso de las corrientes y puede indicarnos cómo llegar hasta los límites donde Bakunawa se refugia.

—¿Y después qué?

—Encontraremos a Mayari.

—Eso no responde mi pregunta.

—Responde la parte que necesitas saber.

Rubén la miró con fastidio.

—Empiezo a entender por qué hablas con peces.

Tala continuó caminando.

—Ellos hacen menos preguntas.

Rubén estuvo a punto de contestar cuando una columna situada en el centro de la cámara llamó su atención.

Era completamente distinta a las demás.

No estaba formada por conchas ni piedra. Su superficie parecía compuesta por capas oscuras de nácar atravesadas por líneas azuladas que se desplazaban lentamente desde la base hasta el techo, como corrientes encerradas dentro del material. Alrededor de ella, pequeñas gotas de agua permanecían suspendidas en el aire y giraban sin caer.

Rubén se acercó.

—¿Qué es eso?

Tala se detuvo de inmediato.

—No la toques.

—No iba a tocarla.

—Lo estabas pensando.

—Estaba mirando.

—Mirabas con intención.

Rubén bajó la mano que, efectivamente, había empezado a levantar.

—¿Por qué es diferente?

Tala observó la columna con una seriedad que Rubén no le había visto hasta entonces.

—Una vieja amiga me dijo que fue levantada cuando los mares todavía estaban aprendiendo sus límites. Mientras permanezca intacta, las corrientes de este santuario recuerdan dónde deben estar.

Rubén miró las gotas flotantes.

—¿Y si se rompe?

Tala se giró hacia él tan rápidamente que la respuesta quedó clara antes de que hablara.

—No se rompe.

—Eso no responde...

—No se rompe, habitante de la tierra.

Rubén decidió no insistir.

Aun así, mientras continuaban atravesando la sala, pensó en los barcos que había visto regresar a puerto en el noticiero, en los desagües incapaces de absorber el agua y en la lluvia salada cayendo sobre Bogotá. Si aquella columna tenía alguna relación con las corrientes y el océano ya estaba comportándose de forma imposible, su existencia allí no podía ser una coincidencia.

Después miró nuevamente el anillo.

—Todavía tengo preguntas.

Tala suspiró.

—Naturalmente.

—¿Qué es exactamente esto?

Le mostró la mano.

—Dijiste que esperaban una reliquia, pero no sabías cuál. Entonces ¿por qué este anillo tiene escrituras que parecen griegas si estamos en unas islas al otro lado del mundo? ¿Quién lo hizo? ¿Por qué terminó en mi maleta? ¿Y por qué me trajo precisamente aquí?

Tala dejó de caminar.

—Hay respuestas que llegan cuando son necesarias.

Rubén soltó una pequeña risa de incredulidad.

—Eso no tiene ningún sentido.

—No necesitas comprender cada pieza para seguir avanzando.

—Sí necesito entender el problema antes de intentar resolverlo. Si alguien me da información incompleta, cualquier conclusión que saque también puede estar equivocada. La lógica no funciona a ciegas.

Tala abrió la boca para responder.

El suelo tembló.

Ambos guardaron silencio.

En los charcos acumulados entre las losas aparecieron pequeñas ondas concéntricas.

Rubén miró hacia el corredor por el que habían llegado.

Otro temblor.

No.

No era el suelo.

Eran pasos.

Algo avanzaba desde la penumbra del extremo opuesto del santuario.

Rubén sintió entonces una vibración en el dedo. Bajó la mirada. El Anillo Égida emitía un tenue resplandor verde, apenas suficiente para iluminar los símbolos grabados sobre su superficie.

No apareció ningún escudo.

No ocurrió nada más.

El anillo simplemente vibraba, como si intentara advertirle de algo que Rubén todavía no sabía comprender.

—Esto no puede ser bueno —murmuró.

—¡Rubén!

La voz de Tala perdió repentinamente su frialdad.

Él levantó la cabeza.

Una masa de agua surgió de uno de los canales del suelo y comenzó a condensarse en el aire. Creció rápidamente hasta adquirir la forma de un enorme puño que descendió directamente sobre él.

Rubén se lanzó hacia un costado.

El golpe estalló contra las losas y lanzó agua, conchas y fragmentos de piedra por toda la sala. Rubén rodó hasta chocar contra una columna y se incorporó apoyándose en una rodilla.

—¡¿Eso también era información que no necesitaba saber?!

Tala no respondió.

Miraba fijamente hacia el corredor.

Rubén siguió la dirección de sus ojos.

Al principio distinguió una única silueta femenina saliendo de la oscuridad. Caminaba lentamente, con las manos extendidas a los lados y el agua deslizándose alrededor de sus pies.

Tala dio un paso hacia ella.

—Luyong Baybay...

Entonces otra figura apareció detrás de la primera.

Rubén parpadeó.

No se parecían.

Eran idénticas.

Mismo rostro. Mismo cabello. Mismas vestiduras cubiertas de pequeños símbolos marinos. Incluso la corriente que rodeaba sus pies se movía con el mismo ritmo.

Las dos se detuvieron al mismo tiempo frente al acceso que conducía hacia el corazón del santuario.

Tala permaneció inmóvil.

Rubén se puso lentamente de pie mientras el resplandor verde del Anillo Égida pulsaba sobre su mano.

Una de las dos Baybay extendió el brazo hacia ellos.

La otra hizo exactamente lo mismo.

Rubén miró a Tala.

—Supongo que tampoco ibas a contarme esta parte.

Esta vez, Tala no tuvo respuesta.

Dos viajeros en un jeep resplandeciente por un camino de piedra, con ruinas antiguas y nubes de tormenta a sus espaldas.

Capítulo 5

El Juicio de las Dos Mareas


Las dos figuras avanzaron sobre el agua que cubría el suelo del santuario con la misma calma inquietante. Sus vestidos marinos flotaban alrededor de sus piernas, sus cabellos negros estaban salpicados de sal y pequeñas conchas brillaban entre los pliegues de sus túnicas. Eran idénticas hasta en la manera de sostener la cabeza.

Tala retrocedió un paso y rozó el brazo de Rubén.

—Luyong Baybay… —murmuró.

Las dos mujeres volvieron el rostro hacia ella al mismo tiempo. Durante un instante, Rubén pensó que quizá Tala había exagerado cuando habló de una diosa de las mareas capaz de controlar las corrientes del archipiélago, pero la Baybay de la izquierda levantó una mano y el agua que inundaba la gruta se elevó formando un látigo.

—¿Qué buscas en mis aposentos, habitante de la superficie?

La otra se giró hacia ella con absoluto desprecio.

—Tú cállate. Estos no son tus aposentos. Son los míos.

El látigo de agua cayó antes de que Tala pudiera responder. La segunda Baybay extendió ambas manos y levantó una muralla de espuma que detuvo el golpe a medio camino. El impacto retumbó contra las paredes de coral y arrancó varias placas de nácar del techo.

—Deja de fingir que este lugar te pertenece —espetó.

—¿Fingir?

—Tú no eres la diosa de nada.

El agua alrededor de ambas comenzó a girar. Tala apretó la perla de su collar y las observó alternativamente, intentando encontrar alguna diferencia.

—¿Cuál de ustedes es la verdadera Luyong Baybay?

Las dos la miraron.

—Yo —respondieron al mismo tiempo.

Rubén abrió la boca para decir algo, pero una corriente atravesó la sala con la fuerza de un cañón y estalló contra una columna. El santuario entero tembló. La respuesta de la otra Baybay fue inmediata: una ola se levantó desde el suelo y chocó contra la primera con tal violencia que varias grietas recorrieron las losas de piedra.

Rubén agarró a Tala del brazo.

—Creo que este sería un excelente momento para irnos.

Señaló uno de los corredores que se abrían entre las columnas del fondo, pero Tala lo detuvo antes de que pudiera avanzar.

—¡No! El templo de Baybay está construido sobre fosas volcánicas. Muchos de esos pasillos descienden hacia grietas donde el agua hierve bajo la tierra. Si escogemos el corredor equivocado, no llegaremos ni a Bakunawa ni a ninguna otra parte.

Otro impacto sacudió el techo y ambos retrocedieron para esquivar una lluvia de fragmentos de coral.

—Perfecto —dijo Rubén, mirando las entradas oscuras—. ¿Y cuál es el correcto?

Tala señaló con la mirada a las dos mujeres que acababan de levantar otra pared de agua.

—Solo Baybay lo sabe.

—Tenemos dos.

—Ese es precisamente el problema.

Una nueva explosión ahogó el resto de la conversación. Las dos deidades habían dejado de discutir con palabras: corrientes de agua salada se alzaron como serpientes alrededor de ellas y comenzaron a golpearse de un extremo al otro del santuario. El suelo vibraba bajo cada impacto, los frisos de nácar se desprendían de las paredes y pequeñas criaturas abisales salían de las grietas mientras cangrejos de caparazón oscuro trepaban desesperadamente hacia las zonas más altas.

—¡Están destruyendo su propio templo! —gritó Rubén.

Ninguna pareció escucharlo.

Una ola enorme se desplomó sobre la plataforma central. Rubén empujó a Tala detrás de una columna y recibió parte del golpe en la espalda. El agua lo lanzó de rodillas, pero consiguió aferrarse a una grieta antes de que la corriente lo arrastrara. Apenas logró incorporarse cuando una fractura atravesó el santuario de pared a pared y las losas comenzaron a separarse.

La Baybay de la izquierda quedó aislada sobre una franja de piedra junto al muro. La otra intentó acercarse, pero el suelo cedió entre ambas y abrió un abismo oscuro desde cuyo fondo ascendía un vapor caliente.

Rubén entendió entonces por qué Tala había intentado impedir que entrara en cualquiera de los corredores. Aquello no era simplemente un templo construido sobre el océano: debajo de ellos, la tierra hervía.

—¡Tala!

Un pilar secundario acababa de partirse. Ella intentó apartarse, pero una roca desprendida de la base cayó sobre su pierna y atrapó su pie contra el suelo.

—¡Habitante de la Tierra!

Rubén se lanzó hacia ella y se arrodilló en el agua.

—Tengo nombre, mucho gusto soy Rubén.

—¡Este no es el momento!

—En eso estamos de acuerdo.

Metió ambas manos bajo la piedra y tiró con todas sus fuerzas, pero el bloque apenas se movió. Tala apretó los dientes y señaló el anillo.

—La reliquia. ¡Usa el poder del anillo!

Rubén miró su mano derecha. La piedra verde permanecía inmóvil.

—¿Y cómo se supone que hago eso?

—¡Despiértalo!

—¡Gran consejo! ¿Quieres decirme cómo?

Otro estruendo interrumpió la discusión. Por encima de ellos, una sección de la bóveda comenzó a desprenderse. Tala levantó la mirada y su expresión cambió.

—Rubén…

Él también la vio.

Una masa de piedra y coral se inclinaba lentamente sobre sus cabezas mientras, desde el otro extremo del santuario, uno de los ataques desviados de las dos Baybay avanzaba hacia ellos convertido en una pared de agua. Rubén volvió a tirar de la roca que atrapaba a Tala, pero sus manos resbalaron y la piedra no cedió.

Entonces, en medio del estruendo, el sonido desapareció.

Rubén dejó de escuchar las olas, los gritos y las rocas cayendo a su alrededor. Durante una fracción de segundo solo existió aquella melodía antigua que llevaba horas apareciendo dentro de su cabeza.

Fylax ton ourano… Hyperaspisou to asteri…

Cerró los ojos.

No vio Filipinas ni el templo, sino una figura envuelta en luz. Una mujer vestida con una túnica blanca permanecía frente a él, con un casco dorado sobre la cabeza y un escudo redondo cubierto de cenefas geométricas en uno de sus brazos. En la otra mano llevaba el mismo anillo oscuro que Rubén tenía en el dedo.

La mujer no habló. No necesitaba hacerlo.

Le extendió la mano.

Rubén abrió los ojos. La roca continuaba cayendo, Tala seguía atrapada y, de pronto, comprendió que llevaba todo ese tiempo intentando obligar al anillo a hacer algo para lo que no había sido creado. No debía destruir la piedra, detener a las dos diosas ni entender todavía todos los secretos de aquella reliquia.

Solo tenía que hacer aquello para lo que había sido creada.

Cerró el puño y susurró.

—Protege el cielo. Defiende la estrella.

La esmeralda del Anillo Égida estalló en luz.

Una onda verde recorrió el agua y atravesó la plataforma. Durante un instante, las gotas quedaron suspendidas en el aire y la roca que descendía sobre ellos pareció detenerse mientras la energía envolvía el brazo de Rubén y ascendía por su cuerpo. El anillo se extendió sobre su mano formando un guantelete metálico articulado, cubierto por cristales verdes que pulsaban con cada latido de su corazón. Sobre sus hombros apareció un arnés de cuero oscuro reforzado con placas de bronce y esmeraldas, mientras una pieza del mismo metal surgía sobre su antebrazo izquierdo, crecía hacia los costados y se desplegaba hasta convertirse en un escudo redondo.

Su superficie oscura estaba cubierta de grabados antiguos y, en el centro, una gran gema esmeralda brillaba rodeada de relieves que parecían observarlo desde otra época.

Tala dejó de respirar por un instante. Sus ojos descendieron hasta el anillo, recorrieron el guantelete y se detuvieron en el escudo.

—La Égida…

Rubén apenas alcanzó a mirarla.

—¿La qué?

La expresión de Tala cambió. Todo el recelo con el que había tratado al muchacho desde que apareció en aquellas aguas se deshizo bajo un asombro mucho más antiguo.

—La promesa de Atenea.

La roca cayó.

Rubén levantó el escudo sobre ambos y el impacto estremeció la plataforma. La piedra se partió en decenas de fragmentos al golpear la superficie metálica y, un instante después, la corriente de agua chocó contra ellos. El resplandor esmeralda se expandió alrededor de Égida y desvió la fuerza hacia los costados.

Rubén apretó los dientes, pero el escudo no retrocedió ni un centímetro.

Cuando el polvo de coral comenzó a disiparse, Tala seguía mirándolo.

—Entonces eras tú —susurró—. El Protector Esmeralda de la promesa.

Rubén bajó lentamente el escudo.

—¿El qué?

—Luego.

—Todos dicen eso —murmuró él mientras sujetaba con el guantelete la roca que aprisionaba el pie de Tala. La levantó lo suficiente para que ella pudiera liberarse y, cuando volvió a ponerse en pie, descubrió que el estruendo había logrado algo que ninguno de los dos esperaba.

Las dos Baybay habían dejado de luchar.

Desde extremos opuestos de la gruta observaban a Rubén en silencio. El santuario estaba destrozado; gran parte del suelo había desaparecido dentro de las grietas y ambas deidades permanecían aisladas sobre plataformas separadas por el abismo. En el centro sobrevivía una última sección de piedra donde Rubén y Tala se encontraban junto al enorme pilar de perlas negras y nácar que se elevaba hacia la bóveda. A sus espaldas se abrían los dos corredores.

La Baybay de la izquierda habló primero.

—¿Quién eres tú?

—¿Quién eres tú? —repitió la otra con la misma expresión desconcertada.

Tala apoyó parte de su peso en el hombro de Rubén.

—Él es el Protector Esmeralda.

Rubén giró la cabeza hacia ella.

—Seguimos teniendo pendiente esa conversación.

Tala lo ignoró y dirigió su atención hacia las dos deidades.

—Necesitamos llegar a la Fosa de Kasakitan. Bakunawa se ha convertido en su propia prisión y todavía guarda en su interior a Kaptan y a Magwayen. Indíquennos el camino.

Las dos Baybay guardaron silencio. La de la izquierda fue la primera en responder.

—Es demasiado tarde.

La segunda bajó la mirada hacia las grietas del templo.

—Demasiado tarde para detener a Bakunawa.

—Eso no significa que vayamos a dejar de intentarlo —respondió Rubén.

Un movimiento junto al pilar captó entonces su atención. Los cangrejos que habían escapado por las paredes durante la batalla intentaban alcanzar una zona más alta y uno de ellos trepó sobre la base de nácar. Apenas una de sus patas tocó la superficie negra de la columna, su caparazón perdió el color y el animal se convirtió en polvo.

Rubén frunció el ceño.

Otro cangrejo alcanzó la misma zona y desapareció de idéntica manera. Después fue una pequeña criatura azul que saltó desde el agua; su cuerpo se deshizo antes de alcanzar el otro lado.

Rubén observó el pilar y recordó lo que Tala le había explicado al entrar en el santuario. Aquella columna no era un adorno ni un símbolo. Sostenía el orden de los océanos y, si caía, la vida marina comenzaría a desaparecer con ella.

La Baybay de la derecha señaló hacia los corredores.

—Uno de esos caminos desciende hacia Kasakitan. El otro atraviesa las fosas de fuego bajo el santuario.

Rubén miró las dos entradas. Desde una llegaba una corriente de aire frío que hacía tintinear los pequeños azulejos de concha incrustados en las paredes; desde la otra ascendía un vapor apenas visible.

—¿Cuál lleva a Bakunawa? —preguntó Tala.

—El de la derecha —respondió la Baybay de la izquierda.

—Miente —intervino inmediatamente la otra—. Deben tomar el de la izquierda. Ella intenta enviarlos a las fosas.

—¡Eres tú quien quiere matarlos!

Las voces comenzaron a elevarse nuevamente. Rubén miró a una y después a la otra. Las dos conocían Kasakitan, el templo y aquello que se encontraba bajo los corredores. Ambas parecían completamente convencidas de ser Baybay y nada en sus rostros delataba una mentira.

Tala dio un paso hacia ellas.

—Escúchenme. La verdadera Luyong Baybay protege las costas y las corrientes de estas islas. Miren lo que han hecho. Si continúan destruyendo el templo, el pilar caerá.

La Baybay de la derecha volvió la mirada hacia la columna y, durante un instante, su expresión cambió. La otra ni siquiera la observó.

—El corredor correcto es el de la derecha —insistió.

—¡No! Deben tomar el izquierdo —replicó la segunda.

Rubén dejó de escucharlas. Sus ojos volvieron hacia los restos de los animales convertidos en polvo y después al pilar. Finalmente miró a Tala.

Algo encajó.

—Lo romperé —dijo en voz baja.

Ella parpadeó.

—¿Qué?

—El pilar.

El rostro de Tala perdió el color.

—Rubén, ni siquiera tú puedes ser tan imprudente.

Él levantó ligeramente una ceja.

—La verdadera Baybay jamás permitiría que alguien lo destruyera.

Tala tardó un instante en comprenderlo. Cuando lo hizo, no intentó detenerlo.

Rubén avanzó hacia la columna y alzó la voz por encima del rumor del agua.

—¡BASTA!

Las dos deidades guardaron silencio.

—Voy a preguntar una última vez. ¿Cuál de esos caminos lleva a Kasakitan?

—Derecha —respondió la primera.

—Izquierda —contestó la segunda.

Rubén levantó la mano cubierta por el guantelete esmeralda y apuntó directamente hacia el pilar. La luz comenzó a concentrarse alrededor de los cristales.

—Entonces lo destruiré.

Tala contuvo el aliento.

Las dos Baybay reaccionaron de maneras completamente distintas. La de la izquierda cruzó los brazos con indiferencia.

—Hazlo.

Rubén no apartó la mirada.

—¿No te importa?

—La piedra puede reconstruirse y el templo puede levantarse otra vez. Rompe cuanto quieras.

La Baybay de la derecha retrocedió horrorizada.

—¡No!

Rubén acercó un poco más el guantelete al pilar.

—Dime el camino.

—¡No lo hagas! —suplicó ella, intentando avanzar hacia la plataforma central. La piedra bajo sus pies se quebró y la diosa cayó de rodillas al borde del abismo, extendiendo una mano desesperada hacia Rubén—. El corredor de la izquierda conduce a Kasakitan. Toma ese, toma cualquier camino, pero no destruyas el pilar.

Rubén mantuvo el puño levantado.

—¿Por qué?

—Porque no sostiene este templo —respondió Baybay con la voz temblorosa—. Sostiene las corrientes que alimentan los arrecifes, las rutas de las ballenas, los bancos de peces y las aguas donde nacen criaturas que jamás conocerán nuestros nombres. Si esa columna cae, no importa cuántas veces reconstruya estas paredes. El océano que juré proteger morirá con ellas.

Tala miró a Rubén. Ya no necesitaba decir nada.

Él bajó lentamente el brazo.

—Esa es Baybay.

La otra deidad lanzó un grito de furia y el agua comenzó a girar alrededor de su cuerpo.

—¡NO! ¡Yo soy Baybay! ¡Yo domino estas aguas! ¡Yo levanté este santuario! ¡Recuerdo cada roca, cada corriente y cada criatura que ha cruzado estas costas!

Rubén se colocó delante de Tala y levantó Égida.

—Tal vez recuerdes todo eso —respondió, sosteniendo la mirada de la deidad—, pero olvidaste por qué importaba.

Algo cambió en el rostro de la otra Baybay. La rabia se deformó y, durante un instante, pareció miedo. Luego levantó ambas manos.

—¡Entonces desaparezcan con el templo!

Una corriente gigantesca surgió de las grietas y avanzó hacia la plataforma. Rubén afirmó los pies y el escudo comenzó a brillar, pero antes de que la ola llegara hasta ellos, la verdadera Baybay extendió los brazos.

El agua se detuvo en el aire.

Sus manos temblaban por el esfuerzo.

—No volverás a destruir lo que juramos proteger.

La corriente giró bruscamente y golpeó a la otra Baybay de lleno, proyectándola contra una de las paredes. Sin embargo, la figura no cayó.

Se abrió.

Su cuerpo perdió consistencia y se convirtió en agua oscura atravesada por destellos de espuma. Durante un segundo, múltiples voces resonaron dentro de aquella masa: ira, orgullo, miedo, recuerdos fragmentados y órdenes pronunciadas siglos atrás.

La verdadera Baybay abrió los ojos con horror.

—No…

La corriente regresó hacia ella.

El agua oscura atravesó la gruta y la envolvió antes de que pudiera apartarse. Baybay lanzó un grito y cayó de rodillas mientras aquella segunda figura se deshacía sobre su cuerpo. Tala dio un paso hacia ella, pero Rubén extendió una mano para detenerla.

—Espera.

Los reflejos oscuros fueron desapareciendo lentamente. Baybay permaneció inclinada sobre la piedra, respirando con dificultad, y cuando volvió a levantar la cabeza había lágrimas en sus ojos.

—Yo hice esto.

Tala guardó silencio.

Baybay contempló las ruinas del templo.

—Las dos lo hicimos.

Rubén bajó el escudo. La diosa se tocó el pecho como si intentara reconocer algo que acababa de regresar a su interior.

—Anoche, durante el eclipse, sentí que el Sello del Equilibrio se agrietaba en montañas muy lejanas. El eco de esa fractura recorrió las corrientes hasta este santuario. Durante siglos había mantenido mis recuerdos, mi poder y mi deber unidos como una sola marea, pero algo comenzó a separarlos. No olvidé quién era. Fue peor: cada parte de mí empezó a recordar quién era como si fuera la única.

Tala comprendió antes que Rubén.

—Te dividió.

Baybay asintió lentamente.

—La Niebla aún permanece encerrada. Pero la grieta que dejó en el equilibrio fue suficiente. Una parte de mí conservó aquello que debía proteger; la otra, mi poder, mi orgullo, mi furia y suficientes recuerdos para creer que era completa.

Rubén observó el pilar.

—Pero solo una recordaba para qué servía todo eso.

Baybay lo miró durante varios segundos antes de inclinar la cabeza.

—Por eso Atenea te eligió.

Rubén bajó la vista hacia el escudo en su brazo.

—Todavía no estoy muy seguro de que alguien me haya preguntado.

Una sonrisa cansada apareció en el rostro de Tala. Baybay también estuvo a punto de sonreír, pero un nuevo crujido recorrió el santuario y la obligó a ponerse en pie.

—Deben marcharse ahora. El corredor de la izquierda desciende hacia la Fosa de Kasakitan. Sigan los azulejos de concha y no abandonen el sendero, aunque escuchen voces desde las galerías laterales.

Mientras hablaba, extendió las manos y del agua surgieron finos hilos de luz azul que comenzaron a recorrer las grietas del suelo.

Tala frunció el ceño.

—¿Y el otro corredor?

Baybay miró hacia la entrada de la derecha.

—Termina donde las aguas tocan el fuego bajo la tierra.

Rubén observó el vapor que ascendía desde aquella oscuridad.

—Me alegra muchísimo haber preguntado.

—Yo también —respondió Tala.

Baybay volvió a concentrarse en el santuario mientras los hilos azules unían fragmentos de piedra y cerraban algunas de las grietas más profundas.

—Debo restaurar el pilar y estabilizar las corrientes antes de que el daño se extienda más allá de estas aguas.

Rubén y Tala se dirigieron hacia el corredor indicado, pero antes de entrar él se detuvo.

—Encontraremos a Mayari.

—Y a Kaptan y Magwayen —añadió Tala.

Rubén asintió.

—Y detendremos a Bakunawa.

La diosa de las mareas contempló el escudo esmeralda.

—Entonces que la luz de la estrella encuentre el camino incluso donde la luna ya no pueda verlo.

Rubén y Tala se internaron en el corredor. La oscuridad los envolvió rápidamente, pero las esmeraldas de Égida proyectaban destellos verdes sobre los azulejos de concha que recorrían las paredes. A sus espaldas, el sonido del agua comenzó a cambiar mientras Baybay reconstruía lentamente aquello que había destruido al luchar contra sí misma.

Delante de ellos, el pasillo descendía cada vez más hacia Kasakitan, hacia Bakunawa y hacia aquello que la serpiente todavía guardaba dentro de sí.

 

Capítulo 6

El susurro de Kasakitan


El umbral del corredor de conchas y azulejos no se cruzó con un simple paso. Apenas Rubén y Tala dejaron atrás la plataforma donde la verdadera Baybay intentaba recomponer los hilos de su santuario, el aire cambió.

La humedad tibia del arrecife desapareció bajo una ráfaga helada que descendió desde las profundidades de la cueva. Era un frío extraño para un lugar rodeado por el mar, seco y pálido, que reptaba entre las losas como una bruma con voluntad propia. Detrás de ellos todavía podían escucharse, cada vez más apagados, los golpes de las conchas que Baybay colocaba nuevamente en su sitio; delante, en cambio, no había más que un túnel estrecho cubierto de nácar y oscuridad.

Rubén ajustó el arnés de cuero que la Égida había desplegado sobre sus hombros. El guantelete esmeralda permanecía encendido alrededor de su mano y el escudo, sujeto a su antebrazo, devolvía pequeños destellos verdes sobre las paredes. Miles de fragmentos de concha pulida respondían a aquella luz como ojos diminutos escondidos en la roca.

Un quejido contenido lo hizo detenerse. Tala había intentado apoyar el pie izquierdo y apenas consiguió mantener el equilibrio. La roca que la aprisionó durante el enfrentamiento en el santuario había dejado una mancha violácea sobre la piel cubierta de escamas de su tobillo, y tuvo que apoyarse contra la pared con una de sus manos membranosas mientras apretaba los dientes.

—Estoy bien —dijo antes de que Rubén pudiera preguntarle.

Él miró la pierna y después la expresión obstinadamente seria de Tala.

—Nadie que arrastre un pie está bien.

Le ofreció el hombro. Tala observó el gesto como si aceptar ayuda requiriera una negociación diplomática entre el mar y la tierra.

—Puedo caminar.

—Perfecto. Entonces camina apoyada en mí.

—Eso no tiene sentido.

—Tiene suficiente.

Por un instante pareció que Tala iba a discutir, pero finalmente pasó un brazo por encima del arnés de Rubén y descargó parte de su peso sobre él.

—No reduzcas el paso, Habitante de la Tierra.

—Sabía que iba a arrepentirme de ayudar.

Tala consiguió esbozar una mínima sonrisa antes de volver a concentrarse en el camino.

El corredor se estrechaba a medida que descendían. Los azulejos de concha que recubrían los muros no formaban dibujos reconocibles, pero sus superficies estaban tan pulidas que cualquier destello se multiplicaba en ellas. La luz de la Égida aparecía y desaparecía entre cientos de reflejos verdes, deformada por la curvatura del nácar y por la fina capa de niebla que comenzaba a extenderse alrededor de sus piernas.

Rubén intentó concentrarse únicamente en el camino. Baybay había sido clara antes de dejarlos marchar: no debían mirar a los lados, no debían escuchar y, pasara lo que pasara, tenían que seguir avanzando. En ese momento la advertencia había sonado excesiva incluso tratándose de una diosa capaz de discutir consigo misma; ahora, mientras el silencio se hacía más pesado a cada paso, Rubén empezaba a comprender por qué.

Algo susurró junto a su oído.

—¿Escuchaste eso?

—Sí.

—¿Qué fue?

—Nada que debamos escuchar.

Tala siguió caminando, pero el murmullo regresó. Esta vez Rubén distinguió palabras: fechas, nombres, una dirección conocida, fragmentos de artículos que había leído en su enciclopedia, el nombre de una avenida de Bogotá, el resultado de un partido de fútbol y una frase que su madre repetía cuando alguno de sus hermanos dejaba algo tirado en medio de la casa.

Rubén apretó la mandíbula. Los sonidos no provenían de un lugar concreto; parecían caminar junto a ellos, ocultos detrás de las paredes. A medida que la bruma aumentaba, en los pequeños charcos sobre las losas comenzaron a dibujarse manchas luminosas. Al principio fueron apenas formas sin sentido, pero poco a poco adquirieron profundidad: edificios, farolas encendidas bajo la lluvia, carros cruzando avenidas mojadas.

Bogotá.

Rubén redujo el paso sin darse cuenta. En una de las paredes apareció durante apenas un segundo la silueta de un autobús; en otra, el reflejo de una tienda que conocía. Más adelante creyó distinguir la esquina de su propia calle.

—Rubén —dijo Tala.

Él no respondió.

—Rubén.

La muchacha le clavó los dedos en el hombro y consiguió hacerlo reaccionar.

—Son imágenes de mi ciudad.

—No importa.

—Pero...

—Baybay nos advirtió.

Tala le obligó a mirar hacia adelante.

—No sabes si estás viendo Bogotá, un recuerdo o algo que este lugar tomó de tu cabeza. No le des nada más.

Rubén tragó saliva y bajó ligeramente la mirada para concentrarse en dónde pisaba. Entonces un destello llamó su atención: la luz de uno de los azulejos había caído sobre la Égida y, al mover el brazo, vio cómo el reflejo recorría el suelo varios metros por delante. Giró un poco la muñeca y la pequeña mancha luminosa cambió de lugar; al hacerlo de nuevo, saltó hasta la pared opuesta. Rubén lo observó apenas un instante antes de continuar. Había cosas bastante más urgentes que investigar cómo reaccionaba la luz contra su escudo.

El avance se hizo cada vez más pesado. La niebla alcanzó sus rodillas y después la cintura, hasta formar una cortina gris alrededor de ellos. Los susurros continuaban y Tala apretaba con más fuerza el hombro de Rubén cada vez que uno parecía acercarse demasiado, mientras él hacía lo posible por ignorar las imágenes que aparecían en los muros.

Entonces el silencio fue atravesado por un sonido completamente distinto.

Un portazo.

Rubén se detuvo. No era piedra cayendo ni una concha partiéndose. Conocía ese sonido.

Era la puerta de su casa.

—¡Señora, permanezca donde está!

Una voz masculina resonó desde la pared derecha. Rubén giró la cabeza.

—No —murmuró Tala, intentando sujetarlo—. Rubén, sigue caminando.

Pero él ya estaba mirando.

En una enorme concha incrustada entre los azulejos, la superficie opaca comenzó a aclararse hasta convertirse en una ventana. La sala de su casa apareció al otro lado: la lámpara del techo parpadeaba y su madre permanecía junto al comedor, pálida y aterrada. Detrás de ella, Chris lloraba mientras intentaba esconderse entre su espalda y una silla. Dos hombres vestidos con uniformes de policía ocupaban la entrada.

Rubén sintió que el estómago se le cerraba.

—Mamá...

—¡Nosotros no hemos robado nada! —gritó ella desde el reflejo—. ¡Mis hijos no tienen nada que ver con ningún museo!

Uno de los agentes levantó una fotografía. Aunque estaba borrosa, Rubén reconoció inmediatamente la forma circular del objeto representado.

El anillo.

La Égida.

—El artefacto desapareció del Museo del Oro esta mañana —dijo el policía—. Tenemos razones para creer que fue llevado hasta esta vivienda.

El corazón de Rubén comenzó a golpearle las costillas. La escena del museo regresó a su memoria: la vitrina, el anillo, su maleta del colegio, su mano y después aquel objeto apareciendo entre sus dedos como si siempre hubiera estado esperándolo.

Nunca lo había robado.

Lo sabía.

Pero también sabía que se había marchado con él.

—Rubén —advirtió Tala.

Él dio medio paso hacia la pared.

—Tengo que explicarles lo que pasó.

—No.

—Están acusando a mi mamá.

—Eso no es tu casa.

—¡Ella no hizo nada!

Tala intentó tirar de él.

—¡Rubén, recuerda lo que dijo Baybay!

Pero la voz de su madre volvió a quebrarse al otro lado del reflejo.

—Por favor. Mis hijos son buenos muchachos.

Rubén sintió algo hundirse dentro de su pecho. No era únicamente miedo. Era culpa: una culpa pequeña, incómoda, que llevaba acompañándolo desde que el anillo apareció en sus manos.

¿Y si realmente lo había tomado? ¿Y si las consecuencias no caían sobre él? ¿Y si, por culpa de aquel objeto, alguien tocaba la puerta de su casa?

El corredor rugió.

Tala levantó la mirada. Las paredes comenzaron a moverse, primero con un desplazamiento casi imperceptible y después con un crujido profundo, avanzando hacia ellos como las mandíbulas de una criatura gigantesca.

—Rubén, ¡muévete!

El espacio se redujo. Tala empujó al muchacho hacia el centro del pasillo mientras los muros de coral y nácar continuaban acercándose.

—¡Rompe la imagen! ¡Deja de escucharla!

—¡Es mi familia!

—¡No es tu familia!

En la concha, uno de los policías sacó unas esposas.

—Queda bajo arresto. La orden de incautación fue autorizada directamente por el Datu del distrito. Todos los bienes de esta residencia permanecerán bajo custodia hasta nueva disposición.

Rubén se quedó inmóvil.

—¿Qué dijo?

—¡No importa lo que dijo! —respondió Tala.

—Sí importa.

Algo había cambiado en su expresión. Volvió los ojos hacia el policía y escuchó de otra manera. La ilusión continuaba: su madre protestaba, Chris lloraba y las esposas brillaban bajo la lámpara del comedor, pero ahora una sola palabra resaltaba entre todas.

Datu.

Rubén frunció el ceño.

—En Bogotá no hay Datus.

Tala lo miró sin comprender.

—¿Qué? Eso es de aquí. De Filipinas.

La respiración de Rubén comenzó a estabilizarse. Miró la escena completa: su casa, su madre, Chris, policías colombianos y, en medio de todo aquello, una autoridad que no pertenecía a Colombia.

La gruta había tomado sus recuerdos, sus temores y las palabras que llevaba escuchando desde que llegó a aquellas islas. Había construido algo casi perfecto.

Casi.

—No eres mi casa —dijo Rubén.

La imagen tembló.

Levantó el guantelete.

—Y ellos no son mi familia.

Golpeó el centro de la concha y el nácar estalló. La escena se deshizo en una nube de vapor frío; la voz del policía desapareció, el llanto de Chris se apagó y la sala de Bogotá volvió a convertirse en piedra húmeda.

Las paredes se detuvieron con un estruendo, aunque no retrocedieron. El corredor permaneció peligrosamente estrecho, apenas lo suficiente para que Rubén y Tala pudieran avanzar uno junto al otro.

Durante unos segundos ninguno habló. Rubén respiró hondo.

—Tenías razón.

Tala apoyó nuevamente el brazo sobre su hombro.

—Guarda esa frase. Puede que algún día quiera escucharla otra vez.

Rubén soltó una breve risa nerviosa.

—No abuses.

Dieron apenas un par de pasos cuando una nueva voz surgió desde la niebla. No fue un murmullo como los anteriores, sino un canto suave y lejano, hermoso, como si naciera en algún lugar entre el agua y la luz de la luna.

Tala se detuvo.

Rubén sintió cómo todo su cuerpo se tensaba sobre su hombro.

—¿Qué pasa?

La joven no respondió.

El canto volvió.

—Tala... regresa...

Ella palideció.

—¿Mayari?

Rubén la miró.

—¿Quién?

Pero Tala ya se había dado la vuelta.

—Mayari.

La voz llegó nuevamente desde el fondo del corredor.

—Te estoy esperando...

Tala dio un paso. Rubén la agarró del antebrazo.

—No.

Ella intentó soltarse.

—Déjame.

—Acabas de impedir que yo hiciera exactamente esto.

—No es lo mismo.

—Es exactamente lo mismo.

—¡Suéltame!

Tala consiguió zafarse y dio otro paso hacia atrás. Las paredes crujieron.

—¡Está empezando otra vez! —advirtió Rubén.

—No me importa.

—¡Pues debería!

—¡Es ella!

Entre la bruma comenzó a formarse una silueta femenina bañada por una claridad tenue. Sus cabellos parecían flotar aunque no hubiera agua alrededor de ellos. Tala dejó escapar una respiración rota.

—Mayari...

Llevó una mano hasta la perla del collar que descansaba sobre su pecho.

—Está viva.

—No sabes eso.

—Sí lo sé.

—¿Cómo?

Tala apretó el collar.

—Porque ella me lo dio.

Rubén bajó los ojos hacia la gran perla central.

—¿La perla?

—Antes de ocultarse.

La voz de Tala perdió por un instante aquella firmeza fría con la que siempre hablaba.

—Cuando Bakunawa regresó... yo debía protegerla. No pude.

Las palabras parecieron costarle más que el dolor de la pierna.

—Mayari me entregó este collar antes de desaparecer. Me dijo que la perla respondería a su luz si alguna vez conseguía acercarme nuevamente a ella.

La silueta extendió una mano entre la niebla.

—Tala...

La muchacha dio otro paso y las paredes avanzaron.

—¡No! —Rubén se interpuso—. Mira el collar.

—¡Rubén!

—¡Míralo!

Tala bajó los ojos. La gran perla descansaba sobre las escamas de su cuello, gris y opaca, sin un solo destello.

—No...

—Dijiste que reaccionaría.

—Puede estar demasiado débil.

—O puede que Mayari no esté ahí.

—¡Está ahí!

La silueta volvió a llamarla. Tala intentó rodear a Rubén y el corredor rugió con violencia. Las paredes estaban tan cerca que él podía tocar ambos lados sin extender completamente los brazos.

—¡Nos van a aplastar!

—¡Entonces déjame pasar!

—¡No voy a dejar que vuelvas hacia una sombra!

Tala lo empujó. Su pie herido cedió y estuvo a punto de caer, pero Rubén consiguió sujetarla. La silueta continuaba esperando y el collar permanecía muerto.

Rubén miró a Mayari.

Después miró la Égida.

La pequeña mancha de luz desplazándose por las paredes regresó a su memoria.

Levantó lentamente el brazo.

—¿Qué haces? —preguntó Tala.

—Comprobándolo.

Giró la Égida. Uno de los destellos dorados de los azulejos cayó sobre la superficie pulida del escudo y rebotó hacia el techo. Rubén ajustó el brazo y la luz descendió.

—Vamos...

Movió ligeramente la muñeca. El reflejo recorrió la pared.

Había pasado años lanzándose hacia balones que parecían imposibles de alcanzar, calculando trayectorias antes incluso de saber que las estaba calculando. Su cuerpo reconoció el movimiento antes de que su cabeza terminara de pensarlo.

Flexionó las piernas y saltó hacia un costado.

—¡Rubén! —gritó Tala.

El muchacho extendió el brazo en pleno movimiento y giró la Égida. El destello golpeó el escudo y salió proyectado hacia el fondo del corredor, atravesó la bruma y alcanzó la figura de Mayari.

No encontró nada.

La silueta se deformó como humo bajo una ráfaga de viento. Durante un instante todavía conservó un rostro y, después, desapareció.

Detrás de ella solo había piedra.

Un rincón vacío, húmedo y oscuro.

Tala quedó inmóvil. Miró el lugar donde había visto a su amiga y después bajó los ojos hacia la perla gris. Las paredes se detuvieron.

El silencio regresó.

Tala intentó respirar, pero el aire pareció quedarse atrapado en su garganta. Cerró la mano alrededor del collar hasta que los nudillos se le tensaron. Dio un paso hacia adelante y su pierna herida no respondió.

Cayó de rodillas.

Rubén se agachó inmediatamente a su lado.

—Tala.

Ella no levantó la cabeza.

—Yo sabía cómo funcionaba este lugar. Te advertí que no escucharas y casi nos mato haciendo exactamente lo mismo.

—Nadie sabe cómo funciona este lugar.

—Creí que era ella.

La voz de Tala se quebró. Apretó la perla entre los dedos.

—Tenía que ser ella.

Una lágrima descendió por su mejilla y desapareció entre las finas escamas antes de alcanzar el mentón.

Rubén miró hacia el corredor vacío y después volvió a mirarla. No había nada útil que pudiera decir sobre Mayari. No sabía quién era realmente, cuánto tiempo llevaba desaparecida ni qué había ocurrido entre ellas cuando Bakunawa atacó.

Pero sí sabía otra cosa.

Se colocó frente a Tala y le ofreció las manos.

—Arriba.

Ella negó.

—No puedo.

—Sí puedes.

—Mi pierna...

—No hablaba de caminar.

Tala alzó finalmente la mirada. Rubén se volvió y se agachó frente a ella.

—Sube.

—¿Qué?

—Te voy a cargar.

La muchacha lo miró como si acabara de sugerir atravesar el resto de la gruta bailando.

—No.

—Entonces podemos quedarnos aquí hasta que las paredes decidan volver a aplastarnos.

—No necesito que me cargues.

Rubén giró ligeramente la cabeza.

—Tala, hace cinco minutos yo estaba a punto de discutir leyes colombianas con una pared. Tú me detuviste. Ahora me toca a mí.

El rostro de Tala perdió parte de su resistencia.

—Para eso estamos los dos aquí —continuó Rubén—. Si tú te caes, yo te levanto. Y si yo vuelvo a dejarme engañar por policías imaginarios, me recuerdas que estamos en Filipinas.

Una sonrisa débil apareció entre las lágrimas de Tala.

—Eran policías bastante poco convincentes.

—Gracias. Eso ayuda muchísimo.

Ella soltó finalmente la perla y pasó los brazos alrededor de los hombros de Rubén. Él se incorporó con cuidado, acomodando el peso de Tala sobre el arnés de la Égida para no lastimarle la pierna.

—¿Bien?

—No.

—Perfecto. Seguimos.

Rubén avanzó. El corredor era ahora tan angosto que en algunos puntos debía girar ligeramente el cuerpo para evitar que el escudo chocara contra las paredes. Tala mantenía la cabeza apoyada cerca de su hombro, mucho más silenciosa que antes.

—Gracias... Protector —murmuró después de un rato.

—Rubén.

—¿Qué?

—Dime Rubén. Ya te lo dije.

Tala guardó silencio unos segundos.

—Gracias, Rubén.

Él sonrió.

El frío aumentó. Los susurros seguían allí, escondidos entre las paredes, pero habían perdido fuerza y aparecían apenas como fragmentos sin sentido que la niebla intentaba reconstruir alrededor de ellos.

Rubén fijó la vista al frente y continuó caminando. Un paso. Después otro.

Sin saber exactamente por qué, comenzó a repetir unas palabras en voz baja.

—Coraje para permanecer... honor para elegir a otros... lealtad hacia lo que merece sobrevivir...

Tala levantó ligeramente la cabeza.

—¿Qué dijiste?

Rubén frunció el ceño.

—No sé.

—Repítelo.

Él obedeció.

—Coraje para permanecer. Honor para elegir a otros. Lealtad hacia lo que merece sobrevivir.

Tala lo observó con una expresión distinta. Ya no había miedo en ella, sino reconocimiento.

—¿Dónde aprendiste esas palabras?

Rubén negó con la cabeza.

—En ninguna parte.

—Eso no tiene sentido.

—Finalmente estamos de acuerdo en algo.

Continuó caminando.

—Simplemente... están ahí.

—¿En tu cabeza?

Rubén tardó unos segundos en responder.

—No exactamente. Es como si las recordara sin haberlas aprendido.

Tala permaneció callada.

—Mayari me habló de ellas una vez —dijo finalmente.

Rubén redujo apenas el paso.

—¿Mayari?

—Dijo que pertenecían a un pacto muy antiguo. Mucho más antiguo que nuestras islas.

—¿Qué pacto?

—No lo sé.

Rubén giró ligeramente la cabeza.

—¿Cómo que no lo sabes?

—¿Esperabas que conociera todas las respuestas?

—Hasta hace diez minutos, sí.

Tala apoyó nuevamente la cabeza sobre su hombro.

—Entonces esta noche has aprendido mucho.

Rubén siguió avanzando y las palabras regresaron solas.

—Coraje para permanecer... honor para elegir a otros... lealtad hacia lo que merece sobrevivir.

La niebla retrocedió ligeramente y los murmullos disminuyeron. Esta vez Tala repitió la última frase con él.

No ocurrió ninguna explosión de luz ni una voz antigua respondió desde las profundidades. Pero el corredor pareció perder fuerza.

Paso a paso, Rubén continuó marchando mientras el mantra se repetía entre ambos, tranquilo y constante, como si aquellas palabras hubieran atravesado generaciones enteras para llegar hasta ese túnel.

Finalmente apareció una abertura.

Rubén aceleró y cruzó el último tramo con Tala todavía sobre la espalda. En cuanto atravesaron el umbral, una corriente de aire golpeó el corredor detrás de ellos; la niebla se arremolinó, los reflejos desaparecieron y un resplandor dorado recorrió los azulejos de concha antes de apagarse.

Después solo quedó oscuridad.

Rubén avanzó hasta una plataforma de piedra y ayudó a Tala a sentarse. Durante unos segundos ambos permanecieron respirando en silencio antes de levantar la mirada.

La Fosa de Kasakitan se extendía ante ellos.

La cúpula era tan enorme que la luz de la Égida no alcanzaba a revelar el techo. Columnas naturales de roca desaparecían en la oscuridad y una extensión de losas negras cubiertas por una fina película de agua ocupaba casi toda la gruta. No había corrientes violentas ni monstruos acechando entre las sombras.

No había dioses.

No había lunas.

No había una serpiente colosal esperándolos.

Rubén frunció el ceño. Después de todo lo que habían atravesado, la guarida de Bakunawa estaba completamente vacía.

—¿Esto es Kasakitan?

Tala observó la inmensidad frente a ellos.

—Sí.

—¿Y Bakunawa?

Ella no respondió.

Rubén dio un paso sobre las losas. El agua apenas alcanzó la suela de sus tenis. Dio otro y esperó.

Nada.

Tala se puso de pie con dificultad y lo siguió apoyándose en una de las columnas.

—Tal vez está más abajo —dijo Rubén.

Un sonido profundo recorrió la gruta.

No fue un rugido, sino algo más lento y pesado, como piedra arrastrándose contra piedra.

Rubén se detuvo.

—¿Escuchaste eso?

Tala había palidecido.

Las losas bajo sus pies comenzaron a moverse.

Rubén bajó la mirada. Una se deslizó varios centímetros sobre la siguiente; después otra, y otra. El agua tembló mientras las líneas que él había confundido con divisiones entre enormes bloques de piedra empezaban a desplazarse unas respecto a otras siguiendo un ritmo demasiado uniforme para pertenecer a un suelo.

Toda la superficie se elevó apenas unos centímetros y volvió a descender. Rubén dejó de respirar mientras la gruta se estremecía nuevamente y las enormes placas oscuras se deslizaban unas sobre otras siguiendo aquel ritmo lento y uniforme.

Entonces comprendió que no estaba sintiendo un terremoto.

Aquello respiraba.

Un niño con uniforme blanco de artes marciales se encuentra de pie en un salón de piedra resplandeciente, rodeado de libros y velas que flotan en el aire.

Capítulo 7

El Reflejo de la Última Luna



En el preciso instante en que Rubén sintió la primera vibración bajo sus tenis, las losas oscuras que cubrían la Fosa de Kasakitan dejaron de comportarse como piedra. No fue un temblor ni el movimiento brusco de una caverna a punto de derrumbarse, sino un deslizamiento profundo y acompasado, como si enormes placas superpuestas comenzaran a rozarse unas contra otras bajo sus pies. De las junturas brotó agua tibia y salada a presión, acompañada por una brisa húmeda que olía al fondo del océano.

Tala dejó de caminar y toda la frialdad que la había acompañado durante el recorrido desapareció de su rostro.

—Rubén... no son rocas.

Una de las supuestas losas se inclinó de golpe. Rubén reaccionó por instinto, sujetó a Tala por la cintura con la mano derecha y afirmó los tenis sobre la superficie resbaladiza mientras el guantelete esmeralda ardía alrededor de su antebrazo. La Égida se desplegó con un destello verde y dorado justo cuando otra placa se elevaba varios metros por encima de las demás.

—¡Agárrate de mi arnés!

Tala obedeció, aunque sus dedos temblaban mientras se aferraba al cuero de la armadura.

—¡Es la serpiente! ¡Todo este tiempo estuvimos caminando sobre Bakunawa!

Rubén bajó la mirada y comprendió que las losas no se estaban separando: se flexionaban. Cada una pertenecía a una escama gigantesca.

Una corriente hirviente salió disparada entre dos de ellas y chocó contra el aire helado de la cúpula, convirtiéndose de inmediato en una columna de vapor. Otra surgió unos metros más lejos y luego una tercera, como si un océano entero golpeara desde el interior de la criatura buscando desesperadamente una salida. Tala levantó la cabeza, empapada por la neblina salada, y por un instante pareció olvidar incluso el peligro bajo sus pies.

—La siento.

—¿A quién?

Tala cerró los ojos. Otra oleada golpeó desde abajo con tanta fuerza que varias escamas se separaron apenas unos centímetros antes de volver a cerrarse.

—A Magwayen. Sigue viva ahí dentro... y está intentando salir.

Bakunawa arqueó el lomo y la Fosa de Kasakitan entera se inclinó. Rubén cayó de rodillas y apenas alcanzó a levantar la Égida cuando una estalactita de coral se desprendió de la bóveda. El bloque chocó contra el escudo con un estruendo ensordecedor y estalló en fragmentos que salieron despedidos hacia todos lados. El impacto le recorrió los brazos hasta los hombros, pero Rubén mantuvo el escudo en alto sin soltar a Tala.

—¡Resiste!

—¡Va a romper la cueva!

Un rugido amortiguado atravesó las paredes, tan profundo que parecía surgir del centro mismo de la Tierra. El cuerpo colosal de Bakunawa comenzó a elevarse bajo ellos; sus escamas se superpusieron unas sobre otras mientras la serpiente ascendía en espiral, arrastrando consigo toneladas de roca, agua y coral. La Fosa no estaba preparada para contener algo que alguna vez había perseguido lunas por el firmamento. Las paredes se agrietaron, la bóveda se abrió y una franja de cielo nocturno apareció muy por encima de sus cabezas.

Después, todo estalló.

Bakunawa atravesó la cúpula en una explosión de roca, espuma y aire marino. Rubén sintió que el mundo desaparecía bajo sus pies y sujetó a Tala con más fuerza mientras ambos salían despedidos entre cascadas de agua y fragmentos de coral. La Égida absorbió dos impactos, luego un tercero, hasta que una ola los arrancó del lomo de la serpiente y los lanzó hacia la costa de una de las islas flotantes.

Rubén cayó de espaldas sobre la arena húmeda y el golpe le vació los pulmones. Tala aterrizó a pocos pasos y apenas tuvo tiempo de cubrirse la cabeza antes de que comenzaran a llover piedras. Rubén se arrastró hasta ella, desplegó nuevamente la Égida y cubrió a ambos mientras los restos del santuario se estrellaban alrededor.

Cuando el último fragmento cayó, levantó la vista y comprendió cuán pequeña había sido realmente la Fosa.

El archipiélago flotante se extendía bajo una noche sin Luna. Las islas aparecían y desaparecían entre enormes bancos de niebla morada suspendidos sobre un océano oscuro que parecía no tener horizonte. Algunas estaban unidas por cascadas que caían hacia el vacío; otras flotaban completamente aisladas, iluminadas apenas por estrellas pálidas que parecían extinguirse una a una.

En medio de aquel paisaje imposible, Bakunawa continuaba emergiendo.

Su cuerpo negro azabache atravesaba las ruinas del santuario y se enroscaba entre las islas como una montaña viva. Las escamas que Rubén había confundido con suelo reflejaban la luz enferma del cielo y, a lo largo del lomo, enormes espinas de nácar cortaban la bruma. Cada movimiento desplazaba suficiente aire para doblar las palmeras de la costa.

Entonces apareció la cabeza.

Bakunawa giró lentamente hacia la playa y sus ojos, enormes y sin pupila, parecieron absorber la poca luz que quedaba alrededor.

Rubén tomó a Tala del brazo.

—Detrás de las rocas. Ahora.

No alcanzaron a moverse. Bakunawa abrió las fauces y la oscuridad de su garganta se encendió desde dentro con un resplandor dorado y abrasador. Rayos de luz solar atravesaron sus dientes, proyectando líneas de fuego sobre la arena. La serpiente sacudió inmediatamente la cabeza y cerró uno de los ojos cuando parte del resplandor alcanzó su rostro, como si incluso aquella pequeña cantidad de luz le produjera dolor.

Tala reconoció la energía.

—Kaptan...

El Dios Sol seguía vivo dentro de ella.

Bakunawa intentó cerrar las fauces, pero otra llamarada dorada escapó desde sus entrañas y le iluminó brevemente el rostro. La criatura rugió con irritación y apartó la cabeza antes de conseguir contener nuevamente el resplandor en su interior.

Rubén apenas tuvo tiempo de registrar aquella reacción.

Una ráfaga de aire abrasador barrió la playa. Empujó a Tala detrás de un promontorio volcánico y levantó la Égida justo cuando el viento pasó sobre ellos, quemando las copas de varias palmeras hasta convertirlas en ceniza.

—Tenemos que movernos —dijo, jadeando—. Tu pie sigue mal y aquí no hay dónde escondernos por mucho tiempo.

Tala intentó incorporarse, pero un destello apareció sobre su pecho.

Ambos miraron el collar.

La gran perla central, apagada desde que habían descendido a la Fosa, comenzó a emitir una luz dorada y limpia. No era el resplandor irregular de la Niebla ni aquella luz enferma que habían visto en los túneles. Era suave, casi cálida, pero aumentaba con cada segundo.

Rubén miró la perla y luego a Tala.

—No está fallando.

Ella se llevó ambas manos al pecho y sus ojos verdes comenzaron a llenarse de lágrimas.

—Mayari.

—¿Está aquí?

—El collar solo despierta cuando ella está cerca.

Tala buscó desesperadamente entre las palmeras, las rocas y la playa, pero no había nadie. Sobre ellos tampoco brillaba la Luna.

—Mayari —llamó—. ¿Dónde estás?

El collar respondió con otro pulso.

Esta vez alguien más lo vio.

Bakunawa dejó de rugir. Su cabeza quedó inmóvil durante un segundo antes de girar lentamente hacia la playa. Los pozos negros de sus ojos se fijaron en el diminuto resplandor dorado que escapaba entre las rocas.

Tala palideció.

—No...

Bakunawa descendió.

No había encontrado a Mayari.

Había encontrado el collar.

La serpiente lanzó la cabeza hacia ellos y Rubén agarró a Tala justo antes de que las enormes mandíbulas golpearan la playa. La arena explotó en una nube blanca. Ambos corrieron como pudieron entre las rocas, Tala cojeando y Rubén sosteniéndola por la cintura mientras Bakunawa arrasaba palmeras y partía bloques volcánicos a su espalda.

—¡Cree que la perla es una luna! —gritó Tala.

—¡Pues dile que no lo es!

—¡Estoy segura de que eso funcionará!

Bakunawa volvió a abalanzarse sobre ellos. Rubén empujó a Tala hacia un costado y recibió con la Égida el impacto de una roca proyectada por la serpiente. El escudo vibró violentamente sobre su brazo.

—¡Escóndelo!

Tala escondió el collar bajo su ropa, pero el brillo atravesó el tejido de algas.

Rubén la miró.

—Gran escondite.

—¡Estoy haciendo lo que puedo!

La cabeza de Bakunawa surgió nuevamente entre la bruma. No conseguía determinar con precisión dónde se encontraba la falsa luna, pero cada pulso bastaba para corregir su rumbo. Golpeó la playa con la cola, abrió una grieta entre Rubén y Tala y levantó una muralla de arena que los obligó a retroceder hacia el mar.

Fue entonces cuando Rubén reparó en algo que hasta ese momento había quedado oculto entre el caos. El collar brillaba porque Mayari estaba cerca, pero Bakunawa continuaba persiguiendo únicamente la perla.

—Tala... Bakunawa tampoco puede verla.

—¿Qué?

Rubén observó el cielo oscuro, la ausencia del Sol y aquellas estrellas casi moribundas.

—Mayari es una diosa lunar. Necesita luz para mostrarse. Kaptan está atrapado dentro de Bakunawa y las estrellas apenas brillan. Ella está aquí, pero no tiene suficiente luz para que podamos verla.

El collar volvió a palpitar y Rubén levantó lentamente la Égida. La superficie curva del escudo atrapó el tenue resplandor de la perla y las últimas luces del firmamento. Giró el antebrazo unos grados, buscando un ángulo distinto, hasta que el metal dejó de reflejar una playa vacía.

Una mujer apareció sobre su superficie.

Rubén contuvo la respiración.

De pie a pocos metros de ellos, allí donde a simple vista solo existían arena y bruma, una figura observaba el océano. Su túnica parecía tejida con plata líquida y su largo cabello flotaba alrededor del rostro como si estuviera sumergida. Había tristeza en sus ojos, pero también una serenidad antigua que contrastaba con el caos que sacudía las islas.

—Tala...

La muchacha se acercó y Rubén inclinó el escudo hacia ella.

Cuando Tala vio el reflejo, todo el miedo desapareció de su rostro durante un instante.

—Mayari.

Extendió una mano y tocó la superficie metálica.

—Te encontré.

La diosa giró hacia ellos. Su voz no llegó desde la playa, sino que apareció directamente en sus pensamientos, clara y suave como la luz sobre un lago.

No debiste venir a buscarme.

Tala apretó los labios.

—Te prometí que te protegería.

Y ya has perdido demasiado intentándolo.

Bakunawa rugió a sus espaldas y volvió a golpear la costa. El collar resplandeció con mayor fuerza, obligando a Rubén a bajar el escudo y arrastrar a Tala detrás de una formación rocosa antes de que la serpiente pasara sobre ellos.

Cuando volvió a levantar la Égida, Mayari seguía allí, pero ahora miraba hacia el cielo.

Bakunawa no se detendrá mientras crea que queda una Luna en estas islas.

—No —respondió Tala inmediatamente.

Mayari comenzó a elevarse unos centímetros sobre la arena y el collar brilló todavía más.

Si regreso al firmamento podrá verme. Si me devora, dejará de perseguirlos y las islas tendrán una oportunidad.

—¡Eso no es salvarlas! —protestó Tala—. ¡Le entregarías exactamente lo que quiere!

La expresión de Mayari permaneció serena.

Es mi decisión.

Rubén observó el reflejo y después miró a Bakunawa. Algo estaba cambiando. Hasta aquel momento la serpiente había seguido el collar como un depredador persiguiendo una presa oculta, pero a medida que Mayari ascendía, un tenue contorno dorado comenzaba a dibujarse a simple vista en medio de la bruma.

Bakunawa lo sintió.

Su cabeza se elevó y, por primera vez, apartó la atención de la perla para mirar hacia el cielo.

—Tala, si sube más podrá verla.

—Lo sé.

Rubén volvió hacia ella y encontró sus dedos cerrados alrededor del collar. Conocía aquella expresión; la había visto en jugadores que se preparaban para lanzar un penal aun sabiendo que podían fallarlo. No era ausencia de miedo, sino esa calma extraña que aparecía cuando alguien ya había tomado una decisión.

—No.

Tala levantó la mirada.

—Rubén...

—Ni se te ocurra.

—Le fallé una vez.

—No le fallaste.

—Prometí protegerla.

—Y estás intentando hacerlo.

Tala negó lentamente.

—No entiendes.

—Sí entiendo.

Bakunawa abrió las fauces hacia el cielo y la luz de Kaptan volvió a escapar desde lo profundo de su garganta. Esta vez Rubén vio con claridad lo mismo que había ocurrido unos minutos antes: cuando el resplandor alcanzó su propio rostro, la serpiente cerró los ojos y sacudió violentamente la cabeza antes de intentar encerrar de nuevo aquella luz dentro de su cuerpo.

Entonces todo encajó.

En el túnel, Rubén había aprendido que la superficie curva de la Égida podía recibir una pequeña cantidad de luz, concentrarla y devolverla hacia otro punto cambiando apenas el ángulo. Ahora tenía frente a él una fuente muchísimo más poderosa. Bakunawa había devorado al Dios Sol para quedarse con su fuerza, pero aquella misma luz parecía abrasarla cuando conseguía alcanzar sus ojos.

Rubén miró el escudo, luego la garganta encendida de la serpiente y comprendió que no necesitaba producir ningún ataque nuevo. La energía que podía detener a Bakunawa ya estaba atrapada dentro de ella.

Solo necesitaba conseguir que abriera la boca el tiempo suficiente para devolvérsela.

—Tala, necesito que vuelva a atacar.

Los ojos de la muchacha recorrieron el rostro de Rubén, después la Égida y finalmente la luz que ardía en la garganta de Bakunawa. Entendió lo que intentaba hacer.

Rubén también entendió demasiado tarde lo que ella acababa de decidir.

—No.

Tala retrocedió un paso.

—Debes estar listo.

—Tala...

—Esta vez voy a cumplir mi promesa.

—¡No necesito que te sacrifiques!

Ella salió de detrás de las rocas antes de que Rubén pudiera detenerla. Su pie herido casi cedió al tocar la arena, pero consiguió mantenerse en pie. Se arrancó el collar del cuello y levantó la gran perla sobre su cabeza.

La luz dorada estalló sobre la playa.

Bakunawa giró y toda su atención abandonó inmediatamente a Mayari. Sus ojos negros se clavaron en la falsa luna que brillaba entre las manos de Tala.

—¡BAKUNAWA!

La serpiente rugió y descendió.

Tala permaneció inmóvil.

Rubén vio cómo las mandíbulas se acercaban a ella y, durante un segundo, dejó de pensar en dioses, profecías, lunas o estrategias. Vio una portería, un balón acercándose demasiado rápido y ese instante en el que un portero debía decidir hacia dónde lanzarse antes de tener tiempo para pensarlo.

Corrió.

Flexionó las piernas y se lanzó sobre la arena como si estuviera deteniendo el último penal de un partido. Con una mano arrancó el collar de los dedos de Tala y con la otra la empujó fuera de la trayectoria.

—¡RUBÉN!

Tala cayó rodando sobre la arena mientras Rubén aterrizaba de rodillas con la perla atrapada en el puño.

Bakunawa corrigió inmediatamente el rumbo.

Ahora venía por él.

Rubén levantó la mirada y vio las enormes fauces descendiendo abiertas de par en par. La garganta de la serpiente parecía un horno y, desde algún lugar imposible de sus entrañas, la luz del Dios Sol continuaba luchando por escapar.

No corrió.

Levantó la Égida y buscó el mismo ángulo que había aprendido a reconocer en el túnel. La boca de Bakunawa ocupó todo su campo de visión y el resplandor de Kaptan golpeó la superficie pulida del escudo.

La Égida respondió.

La luz dorada se extendió por el metal, recorrió las líneas verdes del guantelete y regresó concentrada hacia las fauces de la serpiente. El haz alcanzó sus ojos desde abajo.

Bakunawa lanzó un alarido.

La criatura cerró los párpados con violencia y sacudió la cabeza, pero el daño ya estaba hecho. Aquella luz que había mantenido aprisionada en sus entrañas durante tanto tiempo regresaba ahora directamente contra ella, obligándola a retroceder mientras intentaba cerrar la boca y apartarse del reflejo.

Entonces otra fuerza golpeó desde dentro.

Una corriente de agua escapó entre sus dientes.

Después otra.

Magwayen llevaba intentando abrirse paso desde la Fosa y, por primera vez, Bakunawa no consiguió contenerla. La serpiente trató de cerrar las mandíbulas, pero el torrente volvió a golpear desde sus entrañas justo cuando el resplandor de Kaptan crecía detrás de él.

El cuello de Bakunawa se arqueó.

Agua salada comenzó a filtrarse entre algunas escamas, acompañada por líneas doradas que atravesaban su cuerpo como grietas de luz.

La voz de Magwayen retumbó desde las profundidades de la criatura.

—¡Kaptan!

No era una señal preparada.

Era una oportunidad.

El Dios Sol respondió.

Su resplandor estalló desde el interior al mismo tiempo que Magwayen liberaba una nueva oleada. Fuego y océano chocaron dentro de las fauces de Bakunawa y formaron un torbellino de vapor, espuma y luz que obligó a la serpiente a abrir completamente la mandíbula.

Bakunawa se retorció entre las islas flotantes y su rugido sacudió el archipiélago. Una columna de agua marina salió disparada hacia el cielo y cayó sobre la playa acompañada por destellos solares y fragmentos de coral.

Rubén levantó la Égida.

No fue suficiente.

La ola lo golpeó de frente y lo arrancó del suelo. Perdió de vista a Tala, después la costa y finalmente el cielo. Solo consiguió cerrar el puño alrededor del collar mientras la marea de Magwayen lo arrastraba entre espuma, conchas y destellos dorados.

Durante un instante creyó escuchar la voz de Tala llamándolo.

Después no escuchó nada.

La caída no terminó en el mar.

Terminó con un golpe seco contra las baldosas del corredor de su casa en Bogotá.

Rubén abrió los ojos y aspiró una bocanada de aire que no olía a sal, azufre ni coral.

Olía a casa.

Permaneció unos segundos tumbado frente a la puerta del baño, incapaz de comprender lo que estaba viendo. A su lado estaban las toallas que su madre le había pedido buscar antes de ponerse el anillo y pronunciar el mantra que lo llevó a las islas del fin del mundo. Su uniforme de fútbol y sus tenis estaban completamente empapados, y el agua formaba un pequeño charco alrededor de su cuerpo.

Rubén se incorporó de golpe.

—¿Tala?

Nadie respondió.

Entonces reparó en su mano derecha. Seguía cerrada con fuerza y, entre sus dedos, sobresalía una cadena fina. Abrió lentamente el puño y encontró la gran perla dorada descansando sobre su palma.

No había sido un sueño.

Corrió hacia la cocina.

Su madre acababa de cerrar la llave del lavaplatos.

—Listo —dijo mientras se secaba las manos con un trapo—. Ya no sale con esa presión tan rara. El acueducto debió arreglar lo que fuera que estaba pasando allá afuera.

Llenó un vaso, bebió un poco y sonrió.

—Ya tampoco sabe salada.

Rubén tragó saliva. El agua de Bogotá podía haber recuperado su sabor, pero él todavía sentía la marea de Magwayen en el fondo de la garganta. Miró las paredes de la cocina y comprobó que las gotas que antes ascendían inexplicablemente por los azulejos ahora descendían con normalidad y comenzaban a secarse. Afuera, la tormenta también parecía haberse calmado.

—Vaya, vaya...

Rubén giró.

Chris seguía sentado sobre una silla del comedor, envuelto en una cobija hasta el cuello, observándolo con los ojos muy abiertos.

—No sabía que el baño tenía piscina olímpica. ¿Te caíste al inodoro o qué?

Rubén se quedó inmóvil. La voz de su hermano, la cocina iluminada, su madre guardando un vaso como si absolutamente nada hubiera ocurrido... Después de Bakunawa, aquella normalidad lo golpeó con una fuerza inesperada y sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

La sonrisa de Chris desapareció.

—Oye... no te pongas bravo. Era un chiste.

Rubén caminó hacia él y le revolvió el cabello.

—Te extrañé tanto, hermanito.

Chris frunció el ceño.

—¿Hermanito? ¡El menor eres tú!

Rubén soltó una risa.

—Bueno, hermano mayor.

—Así está mejor. Además, ¿cómo que me extrañaste si apenas fuiste al baño por unas toallas?

Rubén lo miró.

—¿Cuánto tiempo?

Chris levantó una ceja, como si la fiebre acabara de cambiar de dueño.

—Como tres minutos.

Rubén bajó lentamente la mirada.

Chris siguió la dirección de sus ojos y reparó entonces en la cadena que colgaba entre sus dedos.

—¿Y eso qué es?

Rubén miró la perla y, durante un instante, volvió a ver a Tala erguida sobre la playa, desafiando a Bakunawa con aquella falsa luna entre las manos.

Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

—La... compré en la tienda de recuerdos del Museo del Oro.

Chris levantó una ceja.

—Claro.

—Es verdad.

—¿Y para qué compraste un collar de perlas?

Rubén buscó desesperadamente una respuesta.

—Para una niña de mi salón.

Hubo un segundo de silencio.

La sonrisa que apareció en el rostro de Chris fue aterradora.

—No.

Rubén comprendió su error.

—Chris...

—¡MI HERMANITO ESTÁ ENAMORADO!

—¡Cállate!

—¡El genio de la casa tiene novia!

—¡Chris!

—¡Rubén tiene novia! ¡Rubén tiene novia!

—¡Chris, deja de fastidiar a tu hermano! —ordenó su madre desde la cocina, aunque tuvo que girarse para ocultar una sonrisa—. Y tú, Rubén, ve a cambiarte inmediatamente antes de que te dé gripa también.

—Sí, mamá.

Rubén escapó hacia su habitación antes de que Chris pudiera inventar el nombre de su supuesta novia. Se quitó el uniforme mojado, se secó el cabello y dejó la perla sobre el escritorio antes de acercarse a la ventana para cerrarla.

La mano quedó suspendida sobre el marco.

La neblina sobre Bogotá se había abierto y, en medio del cielo despejado, la Luna brillaba con una intensidad dorada y limpia que no había tenido durante días.

Rubén sonrió.

—Hola, Mayari.

Un ruido en la entrada de la casa lo hizo girarse.

La puerta principal se abrió con violencia y Mónica entró respirando con dificultad. Tenía el cabello desordenado y apretaba con una mano el dije del Vórtice Estelar.

—¿Están todos bien?

Chris apareció desde el comedor con la cobija arrastrando detrás de él.

—Dios mío... ¿qué les pasa hoy? ¿Por qué todo el mundo entra corriendo a esta casa?

Rubén salió de su habitación.

Mónica lo vio y él reparó inmediatamente en el dije entre sus dedos. Durante un instante ninguno habló.

Más tarde, cuando la calma finalmente regresó, cenaron juntos. El agua funcionaba con normalidad, las paredes estaban secas y no volvió a sentirse ningún temblor. Su madre hablaba de la tormenta y del extraño problema del acueducto mientras Chris intervenía constantemente para recordar que, además de casi morir de gripe según su propia versión de los hechos, acababa de descubrir que Rubén tenía novia.

Mónica y Rubén apenas hablaban. No hacía falta. De vez en cuando, bajo la camisa de ella, el Vórtice Estelar emitía un pulso rojizo y el Anillo Égida respondía desde la mano de Rubén con un pequeño destello verde.

Rubén recordó lo que Tala le había contado sobre una reliquia que había atravesado el cielo durante el eclipse. Cuando levantó la mirada, encontró los ojos de Mónica sobre él. Ninguno sabía exactamente qué había vivido el otro, pero ambos comprendieron lo suficiente para reconocer que aquella noche ocultaban el mismo tipo de secreto.

Y ninguno dijo una palabra frente a su madre.

Antes de dormir, ella entró en la habitación de Chris y le puso una mano sobre la frente.

—Te sientes mejor, pero todavía tienes fiebre. Mañana no vas al colegio.

Chris se incorporó inmediatamente.

—¡Ay, no, mamá!

—Te quedas en casa descansando.

—¡Pero estar encerrado todo el día es aburridísimo!

—Precisamente por eso debes dormir.

Le acomodó las cobijas, le dio un beso en la frente y salió de la habitación. Pocos segundos después, Mónica apareció en la puerta.

—¿Has visto a Rubén?

Chris puso los ojos en blanco.

—Seguro está en su cuarto limpiando el collar de perlas que le va a regalar a su noviecita.

Mónica dejó de moverse.

—¿Qué collar?

—Uno de perlas. Como el tuyo. Qué injusticia, ahora todo el mundo encuentra joyas misteriosas y yo estoy aquí encerrado con gripa.

Mónica no respondió. Cerró lentamente la puerta y, un instante después, su voz atravesó el corredor.

—¡Rubén!

Chris negó con la cabeza y volvió a hundirse en la almohada.

—Todos están locos...

Giró hacia la ventana y observó durante unos segundos la Luna brillando sobre el jardín delantero. Estaba a punto de apartar la mirada cuando algo junto al vidrio llamó su atención.

El gran eucalipto frente a la casa estaba temblando.

Chris se incorporó.

No había viento.

El árbol volvió a moverse, pero no se inclinaba. Descendía.

Centímetro a centímetro, el enorme tronco comenzó a hundirse verticalmente en el jardín como si algo bajo tierra estuviera tirando de sus raíces. La copa bajó frente a la ventana mientras el césped a su alrededor permanecía extrañamente quieto.

Chris apartó la cobija.

—¿Qué...?

Una línea apareció alrededor del árbol.

No era una grieta irregular, sino un círculo perfecto, limpio y geométrico.

La tierra dentro de él descendió unos centímetros más.

Chris pegó la cara al vidrio.

Una niña y un hada en un gran salón resplandeciente, extendiendo sus brazos la una hacia la otra bajo una cúpula estrellada.

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