Tomo I

Las Crónicas del Olvido y Las Grietas de la Memoria




Antes del Olvido

 

Antes de que los nombres separaran a los dioses, antes de que los mapas dividieran los mundos y antes de que las historias aprendieran a esconderse en libros, existía un mismo latido recorriendo la creación.

Los pueblos todavía no habían trazado fronteras entre sus relatos y los grandes reinos coexistían bajo cielos distintos, unidos por misterios que cada cultura comenzaría a comprender a su manera. La memoria, el tiempo, la vida, el equilibrio y el cambio no pertenecían a un solo panteón ni respondían a una única voz; eran fuerzas antiguas que atravesaban el mundo mucho antes de que alguien intentara nombrarlas.

Por encima de todas ellas existía algo todavía más remoto.

No se le levantaron templos ni se le ofrecieron plegarias. No tenía rostro, trono ni una voz que los mortales pudieran reconocer. Mucho tiempo después, algunos intentarían llamarlo El Inicio, aunque ni siquiera ese nombre alcanzaría a explicar aquello que había estado presente antes de que existieran palabras capaces de describirlo.

No creó para gobernar ni para ser recordado. Creó porque donde antes había silencio podía existir algo más.

Durante un tiempo, eso fue suficiente.

Los dioses ocuparon sus lugares, los pueblos levantaron ciudades y las historias comenzaron a crecer alrededor de ellos. Pero también apareció el miedo: no el miedo a perder una guerra ni a caer ante un enemigo, sino uno más silencioso, nacido de la posibilidad de desaparecer de la memoria del mundo.

Porque incluso aquello que parece eterno puede temer ser olvidado.

Y en algún momento, algo comenzó a moverse entre esos temores.

No llegó con ejércitos ni reclamó un reino. No necesitaba destruir ciudades ni incendiar templos. Le bastaba con borrar nombres, alterar recuerdos y deshacer lentamente las historias que mantenían unido al mundo. Allí donde pasaba, los caminos seguían existiendo, pero alguien olvidaba hacia dónde conducían; las promesas permanecían pronunciadas, aunque quienes las hicieron dejaban de recordar por qué debían cumplirlas.

Con el tiempo recibió un nombre.

La Niebla del Olvido.

Al principio pocos comprendieron el peligro. No era sencillo combatir algo que no necesitaba una forma para atacar, algo capaz de avanzar allí donde un recuerdo se debilitaba o una historia comenzaba a desaparecer. Cuando finalmente entendieron lo que estaba ocurriendo, algunos de los antiguos reinos decidieron dejar huellas que pudieran resistir al tiempo: símbolos, pactos y reliquias destinadas no a gobernar el mundo, sino a conservar aquello que no debía perderse.

Las civilizaciones siguieron creciendo, los continentes cambiaron y los pueblos dieron nombres diferentes a los mismos grandes misterios. Los dioses encontraron nuevos templos, nuevas lenguas y nuevas formas de ser recordados, mientras las historias viajaban de generación en generación.

Entonces la Niebla pareció retirarse.

Los siglos pasaron. Las antiguas advertencias se transformaron en leyendas, las leyendas en cuentos y los cuentos en simples historias para acompañar el sueño de los niños. Las reliquias fueron ocultadas, los pactos comenzaron a desdibujarse y el mundo terminó creyendo que aquella amenaza pertenecía a un pasado demasiado lejano para regresar.

Pero la paz nunca es eterna.

Solo es prestada.

Ahora, en algún lugar del mundo, un libro espera volver a abrirse, una estrella comienza lentamente a despertar y un recuerdo se resiste a desaparecer.

Porque mientras exista alguien capaz de decir «yo recuerdo», el Olvido jamás habrá vencido por completo.

Y así comienza la historia que nunca debió ser olvidada.



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