Acto 1

El Despertar de los Guardianes


Capítulo 1

El Peso del Tiempo



El taller de confección en Holanda siempre olía a lo mismo: vapor de plancha, hilos de algodón y el aroma amargo del café que Chris acostumbraba dejar enfriándose junto a la computadora. Aquel desorden organizado de telas, tijeras, alfileres y patrones colgados de las paredes era su refugio; un oficio minucioso en el que cada línea debía encontrar su lugar y cada costura responder a una lógica que él podía comprender. Aquella tarde, sin embargo, algo comenzó a desdibujarse.

Al detenerse frente al gran espejo de cuerpo entero donde sus clientes solían probarse los trajes, creyó por un instante que el vapor había empañado el cristal, pero la superficie estaba completamente seca. La luz del ventanal, los maniquíes y las mesas aparecían con total claridad, mientras los contornos de su propio rostro lucían ligeramente difusos, como si una neblina tenue hubiera quedado atrapada únicamente alrededor de su reflejo. Pasó la yema de los dedos sobre el vidrio frío y murmuró, apartándose:

—Necesito otro café.

En ese momento, un destello dorado cruzó entre los percheros. Se trataba de una pequeña mariposa de filigrana que revoloteaba sobre las telas, con alas formadas por delicados hilos metálicos que atrapaban la luz a cada aleteo y producían un zumbido tan leve que bien podía confundirse con el rumor de las máquinas. Chris la siguió con la mirada mientras trazaba un círculo alrededor de la lámpara de corte y descendía hasta posarse sobre un cajón casi oculto, bajo una vieja máquina de coser que conservaba en el rincón de los retazos. Cuando se acercó y tiró del borde de madera, la mariposa levantó el vuelo y desapareció en el aire sin dejar rastro, como un destello que jamás hubiera existido.

—Claro —dijo Chris, mirando el vacío—. Completamente normal.

En el fondo del cajón, entre carretes de hilo, botones antiguos y una cinta métrica amarillenta, descansaban dos objetos que no recordaba haber guardado allí. El primero era un libro grueso, encuadernado en cuero oscuro y marcado en el centro por una pieza de jade verde donde un dragón aparecía replegado sobre sí mismo; el segundo, un pequeño espejo en forma de estrella de cinco puntas, rodeado por cristales de un púrpura profundo que parecían retener luz aun en la sombra. Apenas tomó el libro, el jade se entibió bajo sus dedos y una pulsación azul recorrió fugazmente el relieve del dragón, a lo que el espejo reaccionó enseguida con un destello violeta tan breve que apenas alcanzó a iluminarle las manos.

Aquello despertó algo en su memoria: no un recuerdo nítido, sino una vaga sensación de habitación distante, voces familiares y el olor a tierra húmeda tras la lluvia. Intentó aferrarse a la imagen, pero se deshizo antes de tomar forma. Permaneció inmóvil unos segundos, con la certeza absoluta de haber visto esos objetos antes y la frustración de no poder recordar cuándo.

El tono de llamada de la computadora interrumpió sus pensamientos al iluminarse la pantalla con la videollamada programada. Chris dejó los objetos sobre la mesa de corte antes de contestar y, al otro lado del Atlántico, la sala de una casa en Bogotá apareció llena de movimiento. Majo fue la primera en acercarse demasiado a la cámara, entre un fondo de voces superpuestas, preguntas al aire sobre llaves perdidas y los intentos de Rubén por conseguir que todos cupieran en el encuadre.

—¡Al fin! —dijo Chris—. Pensé que hoy necesitábamos una reunión familiar, no una transmisión de emergencia.

—Tú fuiste el que puso la hora —respondió Mónica desde algún lugar fuera de foco.

—Y ustedes los que decidieron aparecer todos al mismo tiempo.

—Así funcionan las familias —contestó Rubén, acomodándose frente a la pantalla.

Sonriendo, Chris tomó el pequeño maniquí que tenía preparado sobre la mesa.

—Bueno, entonces miren esto.

Al levantarlo, reveló el uniforme de cheerleader: una falda negra con detalles en púrpura y pequeños brillos que capturaban la luz al balancearse.

Majo abrió los ojos desmesuradamente:

—¡Tío Chris!

—¿Eso significa que te gusta?

—¡Está hermoso!

—Eso no responde mi pregunta.

—¡Sí! ¡Me encanta! —exclamó, dando un salto tan brusco que desapareció momentáneamente de cuadro antes de volver a asomarse entre risas.

—Te quedó espectacular, hermano —comentó Rubén.

—Quedó bien porque la clienta es exigente.

—Obvio —sentenció la niña—. Negro y púrpura. No me vayas a cambiar los colores.

—Jamás me atrevería.

Al devolver el maniquí a la mesa, Chris miró de reojo los objetos recién descubiertos y aprovechó la pausa:

—Oigan, hablando de cosas raras... ¿alguno reconoce esto?

Mostró primero el libro y luego el espejo. Rubén frunció el ceño mientras Mónica se inclinaba con curiosidad.

—Ni idea —dijo Rubén.

—Yo tampoco. ¿De dónde los sacaste?

—Del cajón de la máquina de coser.

—Eso ya suena sospechoso.

—Tú eras el sospechoso —replicó Mónica—. Yo todavía recuerdo cuando casi quemas mis tareas con una lupa.

Chris soltó una carcajada:

—Eso fue un experimento científico.

—Fue un incendio pequeño.

—Controlado.

—Casi quemas mi cuaderno.

—El conocimiento exige sacrificios.

Rubén rio con ganas:

—También eras el que juraba que el imán de la nevera interfería con Dragon Ball Z.

—Eso tenía fundamento.

—No tenía ninguno.

—Ustedes no estaban preparados para la ciencia.

Mientras tanto, Majo contemplaba fascinada la estrella púrpura:

—Tío Chris, ¿y esa estrella?

—Eso quisiera saber yo —respondió él, levantándola.

—Combina con mi uniforme.

—Convenientemente.

—Entonces también es mía.

—Ah, claro. Así funciona la propiedad ahora.

—Sí.

Chris rio y volvió a posarla en la mesa antes de cambiar de tema:

—Oigan, ¿y dónde está Igna?

Mónica giró la cabeza:

—Míralo, lleva más de una hora perdido en ese libro de mitología griega. ¡Igna! Ven a saludar y después vas a lavar la loza.

—¡Hoy le toca a Mariana! —se escuchó gritar desde el fondo.

Desde otra habitación, la protesta no tardó en llegar:

—¡No es cierto! ¡Yo lavé la loza ayer, te toca a ti!

—¡Ignacio! —insistió Mónica—. Primero saluda a tu padrino y después discuten el tratado internacional de los platos.

Segundos después, Ignacio apareció con el libro abierto en las manos.

—Hola, padrino.

—Hola, señor ocupado.

El chico sonrió y, al reparar de pronto en el volumen que Chris aún sostenía, abrió los ojos con asombro:

—Wow, ¿y ese libro?

—Lo encontré hoy. Es muy antiguo y todavía ni siquiera lo he abierto.

Ignacio se acercó más a la pantalla y, justo en ese instante, el dragón de jade emitió una pulsación azul apenas perceptible bajo los dedos de Chris. Cuando bajó la mirada, el brillo ya se había extinguido.

—Cuando lo abras me cuentas de qué trata —le pidió Ignacio—. Se ve genial.

—Pensaba hacer exactamente eso.

—Nos vemos pronto.

Chris enarcó una ceja:

—¿Ah, sí?

—Ya sé que vienes —repuso su sobrino con expresión triunfal.

Mónica lo increpó al instante:

—¿Cómo que sabes? ¡Era una sorpresa!

—La abuelita Flor es malísima guardando secretos.

Al fondo, la risa de Flor no tardó en oírse:

—¡Yo no dije nada!

—Me dijiste que preparara ropa bonita porque alguien venía desde muy lejos.

—Eso podía significar cualquier cosa.

—Claro, abuelita.

Ignacio volvió a mirar el libro antes de despedirse:

—Adiós, padrino. No olvides contarme qué tiene adentro.

—Primero ve a lavar la loza.

—Traición.

—Es formación de carácter.

El niño salió del cuadro mientras Mariana insistía a lo lejos en que nadie respetaba los turnos. Chris continuaba riendo cuando notó que Flor se había aproximado con calma por detrás de sus hermanos. Se quedó observando el Libro del Dragón en silencio, y la calidez festiva de su rostro mudó en un matiz tan sutil que solo Chris fue capaz de advertirlo.

—Mamá —preguntó él—, ¿tú lo conoces?

—Sí, mi amor —respondió tras una breve pausa.

Intrigado, volvió a acercar el tomo a la cámara:

—¿Era tuyo?

—Durante mucho tiempo.

Rubén y Mónica cruzaron una mirada desconcertada.

—¿Y cómo terminó conmigo?

—Lo encontraste hace muchos años —dijo ella sin apartar los ojos del jade.

—¿Dónde?

—En la vieja máquina de coser.

Una extraña incomodidad le erizó la piel.

—No recuerdo eso.

—Lo sé.

Chris guardó silencio un instante antes de continuar:

—¿Y nunca me dijiste qué era?

—Porque entonces tampoco habrías entendido —sonrió ella con ternura.

—¿Y ahora sí?

Flor bajó la vista un segundo y suspiró:

—Eso tendrás que descubrirlo tú. Hay cosas que llegan a nuestras manos antes de que sepamos para qué sirven, pero eso no significa que estén en el lugar equivocado.

Aquellas palabras quedaron flotando en el aire. Chris acarició distraídamente el relieve de la piedra con el pulgar y preguntó:

—¿Y qué hago con él?

Flor sostuvo su mirada más de lo habitual:

—Cuando llegue el momento, lo sabrás.

La imagen de la videollamada tembló bruscamente: primero una ligera interferencia, luego una cascada de píxeles distorsionando las caras y, finalmente, un chillido agudo que obligó a Chris a apartarse del altavoz.

—¿Me escuchan?

Los rostros se congelaron por completo y la transmisión se cortó.

—Perfecto —soltó frente a la pantalla en negro.

Bajó la tapa de la computadora y, al girarse, su mirada chocó una vez más con el gran espejo del taller. Creyó notar un cambio: los maniquíes seguían en su sitio, igual que la mesa de corte y la luz grisácea que entraba por el ventanal, pero su reflejo parecía más desvaído, como si a los bordes de su figura les costara decidir exactamente dónde terminaban. Se acercó un paso, parpadeó y todo volvió a encajar.

—Definitivamente necesito vacaciones.

Tomó una caja de cartón del estante superior y cruzó al pequeño almacén contiguo para buscar cinta adhesiva. Apenas la puerta se cerró tras él, el espejo dejó de reflejar el taller durante una fracción de segundo, cubriéndose de una oscuridad densa que parecía desvincularlo por completo de la habitación. Desde algún punto al otro lado, brotaron voces susurradas:

—La Niebla del Olvido ha regresado.

—Entonces ya no podemos esperar.

—¿Y si los nuevos guardianes todavía no están preparados?

—Tendrán que demostrarlo.

Tras una pausa tensa, otra voz intervino:

—¿Las Bibliotecas del Guardián y la Escuela de las Estrellas?

—No hay otra manera.

—Pero son solo niños —murmuró la última con pesar.

Tan rápido como llegó, la negrura se disipó y el espejo volvió a mostrar el taller en calma.

Chris regresó con la cinta bajo el brazo sin notar nada extraño. Extendió el uniforme de Majo sobre la mesa, repasó las costuras por última vez y comenzó a doblarlo con esmero. Al acomodar la falda entre pliegues de papel de seda, vio la estrella púrpura junto al ordenador y la levantó; sus cristales reaccionaron de inmediato a la tela oscura.

—Tenías razón, combina —murmuró con una sonrisa.

Pero al mirar la superficie pulida ocurrió algo insólito: por un instante, en vez de su rostro, creyó distinguir a su sobrina sonriéndole desde el otro lado. Parpadeó perplejo y su propia imagen regresó intacta. Negó con la cabeza y suspiró:

—Demasiado café.

Buscó una tarjeta entre sus materiales de papelería, tomó un bolígrafo y trazó: «Para Majo: para que nunca olvides quién eres». Leyó la línea una vez; no sabía de dónde provenía la urgencia de esa frase, pero le pareció perfecta. Guardó la tarjeta junto a la estrella y protegió ambos objetos entre las capas del traje.

Sus ojos recayeron entonces sobre el Libro del Dragón, trayendo consigo las palabras de su sobrino: «Cuando lo abras me cuentas de qué trata. Se ve genial». Pasó la mano sobre la cubierta y el jade volvió a templarse bajo su piel. Pensó en llevarlo en su propio equipaje cuando viajara a Bogotá; todavía tenía tiempo de abrirlo con calma, descifrarlo y entregárselo en persona. Sin embargo, al intentar apoyarlo de nuevo sobre la mesa, un impulso lo contuvo en seco. No fue una voz ni una visión, sino una certeza absoluta: el libro debía viajar en ese mismo instante.

Inmóvil durante un instante, dejó escapar una risa suave:

—Está bien.

Acomodó el pesado volumen dentro de la caja sin comprender del todo por qué aquella decisión le resultaba tan inapelable, confiando en lo que su madre le acababa de decir: «Cuando llegue el momento, lo sabrás». Selló las solapas con cinta adhesiva y escribió la dirección de Bogotá sobre la etiqueta exterior. El uniforme, la estrella y el antiguo libro quedaron resguardados juntos, preparados para cruzar el océano.

Chris dejó el paquete listo junto a la salida y apagó las luces. A sus espaldas, el gran espejo devolvió por última vez el reflejo de la estancia en penumbra, donde, apenas por una fracción de segundo, la silueta de Chris tardó un instante más en desaparecer.

Capítulo 2

La Sombra del Dragón de Jade


El viento que bajaba de los cerros orientales comenzaba a enfriar la tarde en Bogotá. A través de la ventana de su habitación, Ignacio veía cómo el cielo se teñía de un naranja oscuro mientras las primeras luces se encendían en las calles. Desde la cocina llegaban el olor a chocolate caliente y el sonido de la televisión prendida, mezclados con los ruidos habituales de una casa que seguía su rutina sin sospechar que algo extraño acababa de cruzar el océano.

Faltaban apenas 7 días para su cumpleaños número trece.

En la pared de su cuarto, entre afiches de atletas de taekwondo y un antiguo mapa de Grecia, el escritorio estaba cubierto por cuadernos del colegio y un volumen abierto sobre mitología nórdica. Ignacio había dejado de prestarles atención hacía rato. Desde que Mónica, su mamá, regresó del trabajo y dejó un paquete sobre la mesa, sus ojos volvían una y otra vez hacia lo que había encontrado dentro.

—Igna, en tu escritorio te dejé la caja que mandó tu tío Chris desde Holanda —le había dicho desde el pasillo mientras guardaba las llaves—. Cuando tu padrino venga en unas semanas, tienes que fingir sorpresa, ¿oíste? No vayas a arruinar la gracia.

Ignacio se había reído entonces, pero una vez solo en su habitación la broma perdió importancia. Frente a él descansaba el mismo volumen que había visto unos días atrás durante la videollamada familiar. A través de la pantalla parecía simplemente viejo; tenerlo allí resultaba distinto. Pesaba bastante y su cubierta de cuero oscuro estaba áspera y desgastada en los bordes, sin título ni nombre de autor. En el centro, una pieza de jade verde mostraba un dragón enrollado sobre sí mismo, atrapando apenas la luz de la lámpara.

Ignacio acomodó la silla frente al escritorio y estudió el relieve durante unos segundos. Extendió un dedo con cierta cautela hasta rozar la piedra y descubrió que el jade estaba tibio. Apenas la yema tocó la figura del dragón, un chispazo azul recorrió el relieve.

El destello duró menos de un segundo.

Ignacio dio un brinco hacia atrás y la silla raspó con fuerza contra el piso.

—¡Auch! —exclamó, llevándose una mano al pecho mientras sentía el corazón golpeándole en la garganta.

Quedó a mitad de la habitación observando el volumen sobre la mesa, esperando algún movimiento que nunca llegó. El dragón permanecía inmóvil bajo la lámpara y el jade había recuperado su apariencia opaca. Ignacio respiró hondo y trató de ordenar lo que acababa de ver. En taekwondo, su profesor insistía en que una reacción precipitada podía ser más peligrosa que el golpe mismo: cuando algo sorprendía durante un combate, había que exhalar, observar y decidir.

—Tranquilo... fue la lámpara —murmuró, intentando creérselo—. Un reflejo del foco y ya.

Regresó al escritorio con dos pasos cautelosos y volvió a tocar la piedra. Esta vez solo encontró la superficie lisa del jade y el cuero firme bajo sus dedos. Soltó el aire que había retenido, ligeramente avergonzado de haberse asustado solo en su cuarto, sujetó el volumen por los bordes y levantó la pesada cubierta.

Las hojas crujieron al separarse. Eran gruesas, de un color crema amarillento, y despedían un olor a madera vieja y años de encierro. Ignacio pasó las primeras dos páginas, ambas completamente vacías. Al llegar a la tercera, su mano se detuvo.

Una mancha de tinta negra ocupaba el centro.

La observó durante un segundo antes de darse cuenta de que estaba moviéndose.

La tinta ascendió sobre la fibra del papel en pequeños hilos oscuros que comenzaron a cruzarse a gran velocidad. Ignacio se inclinó involuntariamente, fascinado y alarmado al mismo tiempo, mientras aquellas líneas trazaban el contorno de un rostro, unos ojos, el cuello de un uniforme blanco y finalmente un cinturón atado alrededor de la cintura.

Reconoció su propia cara.

—¡No, no, no!

Cerró la cubierta de golpe. El sonido retumbó en la habitación mientras Ignacio retrocedía, tropezaba con el borde de la cama y terminaba sentado sobre el colchón.

—¡Mamá! —llamó, con la voz más quebrada de lo que habría querido.

Desde la cocina llegó la respuesta de Mónica entre el ruido de unos platos.

—¿Qué pasó, Igna? ¿Todo bien allá adentro?

Ignacio siguió mirando hacia el escritorio. El volumen permanecía exactamente donde lo había dejado, cerrado junto a sus cuadernos, con el dragón verde atrapado bajo la luz amarillenta de la lámpara. Podía levantarse, correr a la cocina y llevar a su mamá hasta allí, pero la explicación comenzó a sonar absurda incluso antes de formularla. ¿Qué iba a decirle? ¿Que la tinta de un libro viejo acababa de dibujar su cara? Mónica probablemente culparía a las horas de lectura, al cansancio del colegio o a su costumbre de llenar la cabeza con mitología antes de dormir.

—¡Sí, ma! —respondió, procurando sonar normal—. Se... se me cayó un cuaderno.

—¡Cuidado con las cosas! ¡Acuérdate de juntar la ropa limpia!

Ignacio permaneció sentado unos segundos y se secó las palmas húmedas contra el pantalón. Al mirar el celular comprobó que eran casi las siete de la noche.

—Holanda...

Calculó mentalmente la diferencia horaria. Allí ya debía ser pasada la medianoche y Chris seguramente estaba dormido. Despertarlo para preguntarle por qué el regalo que acababa de enviar parecía dibujar personas por cuenta propia tampoco sonaba como un gran plan.

Se puso de pie y regresó hasta quedar a cierta distancia del escritorio, con las manos metidas en los bolsillos. Una parte de él quería guardar aquel objeto dentro de la misma caja en la que había llegado, esconderlo en el fondo del armario e irse a ver televisión con Mariana. La otra era mucho más difícil de ignorar. Era la misma que podía mantenerlo horas leyendo relatos sobre héroes antiguos, que lo hacía repetir una postura de taekwondo hasta dominarla y que siempre sospechaba que el mundo debía esconder algo más interesante que aquello explicado en los libros del colegio.

La curiosidad terminó ganando terreno.

—Solo una página más —se prometió—. Miro y lo cierro.

Se inclinó sobre la mesa y abrió nuevamente la cubierta, manteniendo una mano apoyada en el borde del escritorio. La tercera página seguía allí, aunque la tinta se había fijado por completo. Ignacio volvió a encontrar su rostro, su uniforme y el cinturón alrededor de la cintura, pero ahora el dibujo continuaba mucho más allá de su figura.

A su alrededor se elevaban muros de piedra atravesados por arcos monumentales. Estanterías repletas de tomos antiguos ascendían hasta perderse en las sombras del techo, y entre ellas se abrían corredores que parecían extenderse mucho más allá de los límites de la página.

Debajo de la ilustración había aparecido una frase escrita con trazos firmes:

«Para el que busca saber, las puertas nunca están cerradas.»

Ignacio la leyó varias veces. El susto seguía instalado en alguna parte del pecho, aunque ahora una curiosidad incómoda le recorría los brazos. Deslizó la yema del dedo sobre las palabras y se detuvo justo encima de puertas.

El papel estaba helado.

Una corriente fría le envolvió la punta de los dedos y subió por la mano. Ignacio intentó apartarla, pero un murmullo comenzó a brotar desde las páginas abiertas: miles de hojas pasando a gran velocidad en algún lugar enorme y distante.

Los cuadernos esparcidos sobre el escritorio empezaron a moverse. Primero temblaron ligeramente; después varias hojas se levantaron bajo una brisa que parecía nacer en el centro mismo del volumen. Ignacio sostuvo el borde de la mesa con la otra mano mientras la lámpara parpadeaba sobre su cabeza.

La habitación comenzó a oscurecerse.

El mapa de Grecia perdió definición sobre la pared. Los afiches junto a la cama se hundieron lentamente en la penumbra y el resplandor de las calles que entraba por la ventana se volvió cada vez más distante. Ignacio tiró del brazo para separarse de la página, pero sus dedos seguían pegados al papel mientras el murmullo crecía alrededor de él.

—¿Qué... qué es esto? —alcanzó a decir.

El suelo pareció ceder bajo sus pies.

Ignacio flexionó las rodillas instintivamente y aferró con fuerza el borde del escritorio, buscando estabilidad mientras las páginas comenzaban a agitarse por sí solas. Desde la cocina, la voz de Mónica lo llamó para comer, amortiguada ahora por una distancia imposible.

—¡Igna!

Quiso responder, pero el aire frío le arrebató la voz.

La mesa seguía bajo sus manos. El volumen permanecía abierto frente a él y sus hojas se agitaban cada vez con mayor violencia, arrastradas por aquella corriente que ya llenaba toda la habitación. Ignacio apretó los dientes y trató de mantenerse en pie mientras el último resplandor de la lámpara se extinguía sobre el jade.

La oscuridad terminó de tragarse su cuarto.

Capítulo 3

Donde los Libros Olvidan


El golpe no llegó contra el suelo de madera de su habitación. Ignacio cayó sobre unas losas heladas, tan oscuras y pulidas que apenas devolvían el reflejo de su cuerpo. Soltó un quejido y se incorporó apoyándose sobre las palmas mientras intentaba recuperar el aire. El olor a chocolate caliente, la estufa de su casa y el ruido lejano de la televisión habían desaparecido; a su alrededor solo quedaban piedra húmeda, cera apagada y un polvo fino que le raspó la garganta al respirar.

—¿Mamá? —llamó.

Su voz se perdió en un espacio demasiado grande para devolverle siquiera un eco. Ignacio se puso de pie con lentitud. Sus piernas temblaban y necesitó unos segundos para comprobar que seguía llevando la misma ropa con la que había estado en su cuarto. Frente a él se extendía una amplia calzada de piedra negra flanqueada por columnas gigantescas que desaparecían hacia lo alto. Sobre sus bloques de basalto se acumulaban miles de figuras diminutas: guerreros sosteniendo lanzas de bronce, mujeres llevando cántaros bajo cielos extraños, animales que no reconocía y criaturas aladas cuyas siluetas parecían cambiar cada vez que la luz vacilaba. Más allá de la calzada se abría un vacío cubierto por jirones de neblina pálida, sin fondo visible.

A pocos pasos de donde había caído yacía el volumen que lo había arrastrado desde Bogotá. La cubierta estaba cerrada y el dragón de jade permanecía opaco sobre el cuero, ajeno a todo lo ocurrido. Ignacio se agachó, lo recogió con ambas manos y lo sostuvo contra el pecho. Su peso resultaba extrañamente tranquilizador; hacía apenas unos instantes había estado abierto sobre su escritorio mientras su mamá lo llamaba a comer.

Respiró despacio por la nariz.

—Cálmate... solo camina en línea recta.

Aseguró el tomo bajo el brazo izquierdo y avanzó. Sus pasos golpeaban la piedra con una claridad inquietante y, después de varios metros, la calzada comenzó a estrecharse hasta desembocar en un arco monumental custodiado por dos leones alados tallados en roca oscura. Ignacio pasó bajo ellos y se detuvo.

Del otro lado se extendía una biblioteca imposible.

Muros enteros de estanterías ascendían hasta perderse en la oscuridad. Había volúmenes encuadernados en piel, rollos de papiro sujetos con sellos quebrados, tablillas de arcilla, mapas enrollados y cajas de madera marcadas con símbolos que Ignacio jamás había visto. Aquella inmensidad, sin embargo, distaba mucho de resultar acogedora. Muchos lomos estaban cubiertos por un moho grisáceo y algunas páginas se deshacían lentamente, soltando ceniza pálida que caía hacia los niveles inferiores.

En el centro del cruce principal había una mesa maciza de nogal iluminada por una única lámpara de aceite. Un anciano trabajaba detrás de ella, de espaldas a Ignacio, inclinado sobre un volumen tan ancho como su torso. Vestía una túnica pesada de lana ceniza, desgastada en los codos, y una capa corta de paño azul oscuro sujeta por un broche de hierro sin adornos. Sus manos, manchadas por la edad, pasaban las páginas con una delicadeza que contrastaba con la severidad del lugar.

Ignacio se detuvo a varios pasos de distancia. Tenía la boca seca y el impulso de quedarse callado, pero la necesidad de escuchar una voz humana pudo más.

—Señor... buenas tardes. Perdón.

El anciano cerró el volumen con calma y se volvió hacia él. Su rostro era alargado y estaba surcado por arrugas profundas; llevaba el cabello blanco recogido hacia atrás y una barba corta, algo descuidada. Sus ojos grises, casi transparentes, recorrieron a Ignacio apenas un instante antes de fijarse en lo que sostenía bajo el brazo.

Frunció el ceño.

—Alguien en la superficie ha perdido el juicio —dijo con una voz seca y rasposa—. O las líneas han terminado de romperse y el umbral ya no sabe a quién convocar.

Ignacio apretó más el volumen contra el cuerpo.

—Yo no quería entrar aquí. Estaba en mi casa, en Bogotá. Mi mamá estaba cocinando y mi tío me mandó esto desde Holanda. Toqué la piedra verde, la tinta empezó a moverse y después... aparecí aquí. Yo no rompí nada.

El anciano lo observó durante un largo momento. El gesto severo no desapareció, aunque detrás de aquella mirada había algo más difícil de nombrar: cansancio.

—Nadie entra a la primera Biblioteca por accidente —respondió finalmente—. Mucho menos cargando la piel de Longyan entre los brazos.

Ignacio bajó la mirada hacia la cubierta.

—¿Longyan?

—Ya habrá tiempo para nombres, si consigues conservar el tuyo. Aluisio —añadió, apoyándose en la mesa—. Custodio de este archivo.

Ignacio volvió la vista hacia los estantes deteriorados.

—¿Qué lugar es este?

Aluisio caminó hasta uno de los anaqueles cercanos y pasó los nudillos sobre el lomo de un tomo cubierto por letras doradas. Bajo su contacto, una de aquellas letras perdió color y se deshizo lentamente hasta desaparecer.

—La Biblioteca del Conocimiento. O lo que todavía queda de ella.

Ignacio siguió con la mirada la ceniza que había quedado sobre la madera.

—¿Por qué se están borrando?

Aluisio guardó silencio unos segundos antes de mirar hacia la neblina que se arrastraba bajo los niveles inferiores.

—La Niebla del Olvido ha vuelto a alcanzar los cimientos del mundo. Donde entra, las historias comienzan a perder nombres, los caminos dejan de conducir a lugares que alguien recuerde y las canciones sobreviven sin que nadie sepa por qué fueron escritas. Aquí hace algo más sencillo: vacía las páginas.

Ignacio sintió que el estómago se le cerraba.

—¿Y por qué me trajo a mí?

—Pregúntaselo al libro.

—Tengo doce años. Cumplo trece el sábado. Voy al colegio, entreno taekwondo los fines de semana y mi mamá debe estar preguntándose por qué no he ido a comer. Si esto es peligroso, quiero volver.

Aluisio clavó sus ojos grises en él.

—¿Crees que yo pedí que vinieras tú?

La pregunta lo dejó quieto. El anciano dio un paso hacia él.

—Hace demasiado tiempo que nadie atraviesa este umbral. Los que alguna vez debieron hacerlo envejecieron, olvidaron o decidieron que el mundo podía sostenerse sin ellos. Ahora la Biblioteca ha vuelto a abrir sus puertas y te ha dejado caer frente a mi mesa cargando ese volumen. Eso no significa que seas quien estamos esperando.

Ignacio tragó saliva.

—¿Entonces qué significa?

—Que tendrás que demostrarlo.

Aluisio llevó una mano al cinto de su túnica y mostró un pequeño amuleto de piedra, redondo, de bordes pulidos y con la figura de un libro abierto tallada en el centro. Una tenue pulsación azul recorrió el relieve antes de apagarse.

—Los Amuletos del Guardián no se entregan por herencia ni porque alguien tenga buenas intenciones. Cada Biblioteca custodia uno. Este responde a la razón, y la razón tiene poco valor cuando desaparece en cuanto llega el miedo.

Ignacio sostuvo su mirada.

—¿Qué tengo que hacer?

Aluisio golpeó una vez la mesa con la palma. El suelo tembló y, a pocos metros, las losas se abrieron con un crujido profundo. Una plataforma circular emergió desde el abismo hasta quedar suspendida sobre la neblina.

Aluisio la señaló.

—Sube.

Ignacio miró la distancia entre la calzada y aquella piedra flotante.

—¿Qué pasa si me caigo?

—Depende de cuánto recuerdes mientras caes.

—Eso no responde la pregunta.

Aluisio alzó apenas una ceja.

—La Niebla debajo de ti no necesita romperte los huesos. Le basta con borrar aquello que te dice quién eres. Si pierdes el control, puedes olvidar tu casa, el rostro de tu madre o incluso el nombre con el que llegaste aquí.

Ignacio miró el abismo.

—¿Y usted quiere que me suba ahí?

—Yo no quiero nada de ti. La Biblioteca sí.

El silencio entre ambos duró apenas unos segundos. Ignacio acomodó el volumen bajo el brazo izquierdo y avanzó hasta el borde. Ajustó los pies como lo hacía antes de una práctica, tomó aire y dio el paso necesario para alcanzar la plataforma. En cuanto quedó en el centro, la piedra se separó de la calzada y comenzó a desplazarse lentamente hacia el vacío.

Una ráfaga helada atravesó la oscuridad y con ella llegaron las voces. No entraron por sus oídos; aparecieron directamente entre sus pensamientos, superpuestas unas sobre otras hasta formar un ruido insoportable.

Tu casa ya no existe. Tu padrino te envió esto para deshacerse de una carga. Nadie te está esperando. Bogotá nunca estuvo allí.

Ignacio apretó el volumen contra las costillas. La presión en su cabeza aumentó y la plataforma comenzó a cubrirse de pequeñas grietas. Cerró los ojos, pero las voces respondieron llenando la oscuridad con imágenes: su habitación cubierta de polvo, la sala vacía, la mesa de la cocina abandonada, fotografías sin rostros.

—¡Basta!

Se tapó los oídos con una mano, aunque aquello no modificó nada.

Suéltalo. Deja de recordar. Todo será más fácil.

El nombre de Majo cruzó por su mente y se desdibujó casi al instante. Ignacio abrió los ojos sobresaltado, intentando recuperarlo. Sabía que era importante. Sabía que pertenecía a alguien cercano. La sensación de no poder aferrarse al recuerdo le disparó el pulso mientras la plataforma crujía bajo sus pies.

Entonces recordó una voz distinta: la de su profesor de taekwondo durante los entrenamientos más duros, cuando el cansancio empezaba a desordenar cada movimiento.

Cuando la cabeza se llena de ruido, vuelve al primer movimiento. Siente el suelo.

Ignacio dejó de mirar la neblina. Flexionó las rodillas, bajó el centro de gravedad y clavó los pies sobre la piedra. Inspiró profundamente, contuvo el aire durante un instante y lo expulsó entre los dientes hasta sentir que los hombros comenzaban a relajarse.

—Mi mamá se llama Mónica.

Las voces aumentaron, pero Ignacio mantuvo la postura.

—Mi padrino se llama Chris. Vive en Holanda y me mandó este libro. Mariana pelea conmigo por quién lava la loza.

Algo dentro de su memoria se acomodó.

—Majo habla demasiado.

Casi pudo escucharla protestar.

Apretó el puño derecho.

—Y yo soy Ignacio.

Lanzó un golpe frontal al aire. Su puño no encontró ningún cuerpo, pero el movimiento salió limpio, firme y completo. El grito que acompañó la técnica atravesó la biblioteca y las voces se quebraron de golpe, dispersándose en la penumbra. La plataforma dejó de agrietarse.

Ignacio permaneció inmóvil mientras el bloque comenzaba a regresar hacia la calzada. Cuando encajó de nuevo contra el borde, soltó el aire y cayó sobre una rodilla, todavía abrazando el volumen contra el costado. Su cabeza palpitaba, pero los recuerdos habían recuperado su forma.

Aluisio se acercó sin apresurarse.

—Levántate.

Ignacio alzó la vista.

—¿Eso fue todo?

—Eso fue suficiente para saber que puedes pensar mientras tienes miedo.

El anciano le tendió una mano. Ignacio la aceptó y se puso de pie.

—Todavía falta saber qué haces con aquello que piensas.

Lo condujo nuevamente hacia la mesa. Sobre la madera aparecieron tres cuencos de piedra oscura y, cuando Aluisio levantó una mano, desde las sombras superiores descendieron tres pergaminos que quedaron suspendidos sobre ellos. El primero emitía un resplandor dorado, el segundo uno escarlata y el tercero una luz azul profunda.

—La última prueba de esta Biblioteca exige una elección.

Ignacio observó los tres rollos.

—¿Qué tienen?

Aluisio señaló el primero.

—Este muestra los acontecimientos que podrían conducir a una victoria: caminos, errores, peligros, posibilidades. Con suficiente información, podrías anticiparte a muchos de ellos.

Después señaló el pergamino escarlata.

—Este contiene métodos capaces de destruir aquello que amenace tu camino. Conocimiento antiguo sobre criaturas, debilidades y armas que alguien decidió esconder.

Finalmente miró el tercero.

—Y este conserva historias de aquellos que ya fueron alcanzados por el Olvido. Nombres incompletos, derrotas, decisiones equivocadas y recuerdos que nadie más conserva.

Ignacio frunció el ceño.

—¿Solo puedo escoger uno?

—Solo uno.

Volvió a mirar las tres opciones. La primera tenía sentido: saber lo que podía ocurrir le permitiría prepararse. La segunda también; si aquello que Aluisio llamaba Niebla era realmente peligroso, conocer la forma de detener a sus aliados podía salvar vidas. El tercero parecía mucho menos útil.

Ignacio acercó la mano al pergamino dorado, pero se detuvo antes de tocarlo.

—Si veo todo lo que puede pasar... ¿voy a saber cuál decisión es correcta?

—No.

—¿Y si uso el segundo voy a poder ganar?

—Tampoco.

Ignacio miró a Aluisio con cierta frustración.

—Entonces ninguno sirve para asegurar nada.

—Ahora estás razonando.

Ignacio regresó la vista hacia los pergaminos y guardó silencio durante varios segundos.

—El primero me diría qué podría pasar. El segundo me enseñaría cómo atacar algo.

Aluisio no respondió.

Ignacio señaló lentamente el tercero.

—Pero esos ya perdieron.

—Así es.

—Entonces saben cosas que los otros no.

El anciano entrecerró los ojos. Ignacio extendió la mano hacia la luz azul.

—Si alguien se equivocó y nadie recuerda cómo, otra persona puede cometer exactamente el mismo error.

Rozó el pergamino.

Los tres rollos se deshicieron inmediatamente en una corriente de chispas que giró alrededor de la mesa. Los cuencos dorado y escarlata se resquebrajaron hasta convertirse en polvo, mientras el tercero se llenaba de una llama azul, silenciosa y estable. Desde el centro del fuego emergió el amuleto.

Ignacio reconoció la figura del libro abierto.

Aluisio dejó escapar un suspiro apenas audible.

—Buena elección.

Aquellas dos palabras parecieron pesar más que cualquier felicitación.

La pieza descendió hasta la palma de Ignacio. La piedra estaba tibia y una pulsación azul recorrió el relieve hasta extenderse por sus dedos. La presión en su cabeza disminuyó poco a poco y los pensamientos recuperaron claridad.

Ignacio giró el amuleto entre los dedos.

—¿Qué hace?

—Te ayudará a sostener la lucidez cuando algo intente arrebatártela. No esperes que piense por ti.

Sin soltar el volumen que seguía sujeto bajo su brazo, Ignacio buscó un lugar seguro en el cinturón y deslizó la pieza bajo uno de los pliegues firmes hasta comprobar que no podía caer.

Aluisio observó el gesto.

—El Amuleto del Conocimiento. Uno de los tres Amuletos del Guardián.

Ignacio levantó la mirada.

—¿Del Guardián de qué?

—Eso todavía no te corresponde saberlo.

Ignacio abrió la boca para insistir, pero el anciano ya se había girado hacia los estantes.

—¿Ahora puedo volver a mi casa?

Aluisio se quedó quieto.

—Todavía no.

—Mi mamá va a estar buscándome.

—Para ella habrá pasado menos tiempo del que imaginas. Aquí, en cambio, el camino de regreso está bloqueado.

Ignacio miró hacia el arco por donde había llegado.

—¿Por la Niebla?

—Sí.

Aluisio levantó su vara y señaló el fondo de la nave. Las enormes estanterías comenzaron a desplazarse con un estruendo de madera y piedra y, entre ellas, apareció un pasadizo abovedado iluminado por antorchas carmesí. Desde el túnel llegó una ráfaga tibia acompañada por un sonido profundo y regular que hizo vibrar las losas.

PUM-PUM... PUM-PUM...

Ignacio sintió el ritmo bajo las plantas de los pies.

—¿Qué hay ahí?

—La siguiente Biblioteca.

Aluisio volvió hacia su mesa.

—La razón puede mantenerte de pie cuando todo intenta confundirte. Ahora tendrás que descubrir qué ocurre cuando aquello que conoces deja de ser suficiente.

Ignacio miró el túnel y luego el volumen bajo su brazo.

—¿Y usted no viene?

—Mi lugar está aquí.

—Eso no me tranquiliza mucho.

Una sombra de sonrisa apareció apenas en el rostro de Aluisio.

—No era mi intención.

Ignacio resopló, aseguró el Libro del Dragón contra el costado y comprobó con la otra mano que el amuleto seguía firme en su cinturón antes de avanzar hacia el pasadizo. Ya estaba a punto de cruzar cuando la voz de Aluisio lo detuvo.

—Ignacio.

El niño miró atrás. El bibliotecario había regresado a su mesa.

—No pierdas el libro.

Ignacio bajó la vista hacia la cubierta de cuero y la pieza de jade.

—Créame, después de hoy no pienso soltarlo.

El latido volvió a sacudir el túnel.

PUM-PUM.

Ignacio respiró hondo y siguió caminando hacia la luz carmesí.


Capítulo 4

La Biblioteca de la Memoria Viva


El túnel parecía no tener fin, pero sí un compás. Con cada paso que Ignacio daba, las losas bajo sus pies vibraban al ritmo de un impacto sordo que subía por las piernas y terminaba golpeándole el pecho.

PUM-PUM... PUM-PUM...

Llevaba el Libro del Dragón firmemente sujeto bajo el brazo izquierdo. En el costado derecho, asegurado entre los pliegues del cinturón azul de taekwondo, el Amuleto del Conocimiento emitía una pulsación tibia y constante que parecía ordenar sus pensamientos cada vez que la oscuridad del corredor amenazaba con llenarlos de miedo.

Al doblar un recodo, el aire cambió. El olor a polvo y pergamino quedó atrás y fue sustituido por un calor seco, cargado de hierro y resina dulce. El pasadizo desembocó en una bóveda gigantesca excavada en roca volcánica, con muros tan altos que se perdían en una penumbra rojiza. En lugar de estanterías había miles de nichos abiertos en la piedra, cada uno protegiendo un cilindro de cristal translúcido o ámbar oscuro. Dentro flotaba una brasa encendida que latía al mismo ritmo que el sonido de la caverna. Algunas brillaban con tonos dorados, otras ardían en rojo intenso y muchas palidecían lentamente hasta adquirir un gris ceniciento.

En el centro del salón, sobre una plataforma circular de jaspe rojo, esperaba una mujer.

Era alta, de hombros rectos y porte severo. Llevaba un manto de lino carmesí bordado con finos hilos de cobre que tintineaban con cada movimiento, y el cabello entrecano estaba recogido en trenzas firmes. Sus ojos, de un marrón profundo con reflejos rojizos, recorrieron a Ignacio con una atención tan directa que él enderezó la espalda casi por reflejo.

La mujer observó el Libro del Dragón, luego el amuleto sujeto a su cinturón.

—Aluisio se vuelve blando con los años —dijo—. Dejar que un niño cruce hasta aquí cargando eso... como si la inocencia pudiera detener a la niebla.

Ignacio apretó el libro contra el costado.

—Pasé su prueba. Mi nombre es Ignacio.

—Tu nombre me sirve de poco si se te hiela el pecho.

La mujer descendió los tres peldaños de la plataforma con paso firme.

—Marenis. Custodia de los vínculos y de la memoria viva.

Ignacio miró las brasas encerradas en los cilindros.

—¿Qué guardan?

—Aquello que todavía se niega a desaparecer.

Marenis pasó junto a uno de los nichos y apoyó dos dedos sobre el cristal. La brasa del interior respondió con un destello escarlata.

—Aluisio guarda palabras, decisiones, mapas, nombres. Aquí custodiamos aquello que hace que esos nombres importen.

Ignacio sostuvo la mirada sobre aquella luz.

—¿Recuerdos?

—Vínculos.

Antes de que pudiera preguntar algo más, una corriente helada descendió desde las grietas del techo.

La temperatura se desplomó.

Una escarcha gris comenzó a extenderse por los muros, trepando alrededor de los nichos. Cuando alcanzó los primeros cilindros, las brasas del interior perdieron intensidad y el cristal se cubrió de una película opaca. El vapor escapó de la boca de Ignacio al respirar y una capa blanca empezó a extenderse sobre el suelo de jaspe.

Marenis no se movió.

—La herida vuelve a abrirse.

Ignacio miró alrededor.

—¿Es la Niebla?

—Una parte de ella.

La escarcha avanzó un poco más.

Marenis señaló el centro de la plataforma, donde un pebetero de piedra negra emergía entre las grietas. En su interior ardía una pequeña llama carmesí.

—Mantén vivo ese fuego.

—¿Cómo?

—Eso tendrás que descubrirlo.

Ignacio miró la brasa y luego la escarcha que ya empezaba a rodearla.

—¿Y si se apaga?

Marenis sostuvo su mirada.

—Entonces algo dentro de ti se apagará con ella.

El frío se intensificó. Ignacio sintió un temblor involuntario en las piernas y apretó los dedos alrededor de la cubierta del Libro del Dragón.

—¿Y usted no va a ayudarme?

—No.

La respuesta fue tan rápida que Ignacio frunció el ceño.

—Aluisio por lo menos explicaba un poco más.

—Por eso dije que se está volviendo blando.

A Ignacio casi se le escapó una risa, pero el frío le cortó el impulso.

La llama del pebetero se redujo hasta quedar apenas del tamaño de una vela.

Marenis levantó el mentón.

—Muévete.

Ignacio avanzó hacia la plataforma. Con cada paso, el hielo crujía bajo sus pies descalzos y el frío se filtraba a través del uniforme, endureciéndole los dedos. Cuando llegó frente al pebetero, el humo carmesí se elevó de golpe y se extendió alrededor de él.

La caverna desapareció.

Ignacio se encontró en medio del aeropuerto El Dorado.

Reconoció el lugar inmediatamente: las luces blancas del techo, los anuncios de vuelos internacionales, las maletas rodando sobre el piso y la multitud moviéndose entre filas y puertas de embarque. Frente a él estaba su tío Chris, con un abrigo colgado del hombro, inclinándose para abrazarlo antes de marcharse hacia Holanda.

Ignacio conocía aquel recuerdo.

Siempre lo había contado como una despedida normal. Había sonreído, había prometido seguir entrenando y había repetido varias veces que se verían pronto. Pero al ver la escena otra vez sintió lo que había guardado detrás de aquella sonrisa: el nudo en la garganta, la distancia inmensa que empezaba justo después de aquella puerta y la sensación de que alguien importante estaba alejándose mucho más de lo que él quería admitir.

La escarcha reapareció sobre sus mangas.

Déjalo ir.

La voz no venía de ninguna persona del aeropuerto.

Si dejas de extrañarlo, dejará de doler.

Ignacio observó a Chris alejándose entre la gente. Su figura comenzó a perder definición; primero el rostro, después su gorra, luego la forma de caminar que Ignacio reconocería en cualquier parte.

—No...

El hielo subió por sus muñecas.

No tienes que recordar.

Ignacio quiso avanzar hacia él, pero las piernas le pesaban demasiado.

Olvidar también puede ser descanso.

Durante un instante, la idea sonó peligrosamente sencilla.

Si dejaba que aquella imagen se borrara, el dolor desaparecería con ella.

La figura de su tío perdió el rostro por completo.

Ignacio apretó el Libro del Dragón contra el pecho.

El cuero frío bajo sus dedos lo devolvió por un segundo a su habitación en Bogotá. Recordó el escritorio, la lámpara, la voz de su mamá llamándolo a comer. Aquello era lo único que había viajado con él desde casa.

Miró el pebetero.

La llama estaba a punto de apagarse.

Ignacio entendió que no podía alcanzarla mientras siguiera abrazando el libro.

Sus dedos se cerraron con más fuerza alrededor de la cubierta.

—No...

No quería soltarlo.

El fuego disminuyó otro poco.

Ignacio tragó saliva y se arrodilló junto al pebetero. Con cuidado, dejó el Libro del Dragón sobre la piedra, pegado a su rodilla, con la cubierta de jade hacia arriba. Mantuvo una mano sobre él durante un instante más antes de retirarla.

—Quédate ahí.

La frase salió casi en un susurro.

Entonces extendió las dos manos hacia la llama.

El frío mordió sus dedos antes de que alcanzaran el fuego, pero Ignacio continuó hasta hundir las palmas dentro del resplandor carmesí.

El calor lo atravesó.

La imagen del aeropuerto tembló.

Ignacio vio otra vez a Chris alejándose y sintió el mismo dolor que había intentado esconder aquel día.

—Sí, lo extraño —dijo entre dientes.

La escarcha siguió avanzando.

—Sí, me dolió que se fuera.

La figura de su padrino volvió a adquirir forma.

Ignacio cerró los dedos dentro de la llama.

—Pero no quiero olvidarlo.

El fuego creció entre sus manos.

—Aunque duela.

La llamarada estalló.

El aeropuerto se quebró en cientos de fragmentos luminosos y la caverna regresó de golpe alrededor de Ignacio. Una onda de calor recorrió las paredes, arrancando la escarcha de los nichos y devolviendo brillo a las brasas encerradas en los cilindros. El gris desapareció de los cristales mientras el pulso profundo de la sala recuperaba fuerza.

PUM-PUM.

Ignacio cayó de rodillas frente al pebetero, respirando con dificultad. Sus manos estaban intactas y conservaban un calor profundo que le devolvía sensibilidad a los dedos.

El Libro del Dragón seguía junto a su rodilla.

Ignacio lo miró enseguida y apoyó una mano sobre la cubierta, comprobando que seguía allí antes de volver la atención hacia el pebetero.

En el fondo reposaba un segundo amuleto.

Tenía el mismo tamaño y forma que el primero. La piedra oscura estaba salpicada por pequeños destellos minerales, semejantes a puntos de luz atrapados dentro de la superficie. En el centro destacaba un corazón rodeado por llamas talladas con una precisión diminuta.

Ignacio lo tomó.

Una pulsación cálida recorrió sus dedos y se extendió hasta el pecho, sincronizándose con su propio latido.

Marenis se acercó.

Esta vez su expresión seguía siendo seria, aunque algo en la rigidez de su rostro había cambiado.

—Levántate.

Ignacio recogió primero el Libro del Dragón y lo aseguró otra vez bajo el brazo izquierdo antes de ponerse de pie. Luego observó el nuevo amuleto.

—¿También es uno de los Amuletos del Guardián?

—El Amuleto del Corazón.

Ignacio lo colocó junto al del Conocimiento, asegurándolo entre los pliegues del cinturón azul. Las dos piezas chocaron suavemente entre sí y respondieron con pulsaciones distintas: una fría y clara, la otra cálida y profunda.

—Entonces ya tengo dos.

—Tienes dos amuletos —corrigió Marenis—. No confundas llevarlos con comprenderlos.

Ignacio levantó una ceja.

—Usted y Aluisio se llevan muy bien, ¿cierto?

Marenis lo miró durante un segundo.

—Sigue caminando.

Ignacio tuvo que morderse el labio para no sonreír.

—¿Qué sigue?

Marenis señaló hacia el fondo del salón. La pared de jaspe se abrió con un estruendo y dejó al descubierto una escalinata que descendía hacia una oscuridad profunda. Desde abajo llegaba el aullido constante del viento y una vibración que hacía temblar los peldaños.

—La última Biblioteca.

Ignacio miró hacia la escalera.

—¿También se está llenando de niebla?

—Si tienes suerte, ese será el menor de tus problemas.

Ignacio volvió la cabeza.

Marenis ya se alejaba hacia los nichos.

—¿Eso era una broma?

—No.

—Ah.

La mujer se detuvo apenas.

—Ignacio.

Él esperó.

—No vuelvas a soltar ese libro salvo que estés seguro de poder recogerlo.

Ignacio bajó la vista hacia la cubierta de jade bajo su brazo.

—Créame, ya aprendí.

Marenis asintió una sola vez.

Ignacio comprobó que ambos amuletos seguían firmes en el cinturón y comenzó a descender hacia la oscuridad mientras el viento aumentaba con cada peldaño.

Capítulo 5

La Biblioteca del Cuerpo


El calor de la bóveda de jaspe quedó atrás, pero el latido carmesí continuaba retumbando en el pecho de Ignacio.

Caminaba descalzo. Las plantas de sus pies sentían la textura irregular de un sendero de roca viva que ascendía en espiral sobre un abismo blanco, suspendido en una altitud donde el aire se volvía tan delgado que quemaba al respirar. Con el brazo izquierdo apretaba el Libro del Dragón contra sus costillas; en su cadera derecha, anudados firmemente a su cinturón azul de taekwondo, los dos primeros amuletos de piedra cósmica tintineaban con un compás metálico y seco: uno pulsando en azul cobalto, el otro latiendo en un rojo granate templado.

El sendero se cortaba de golpe ante un precipicio de nubes densas. No había puente ni escaleras.

¡BRRRR-RUMMMM!

Un estruendo mecánico rasgó el silencio de las alturas. No era un trueno ni el rugido de una bestia: era el rugido gutural de un motor de combustión pesada forzado al límite.

Desde el mar de nubes emergió un vehículo blindado, un jeep de chasis ancho y acero remachado que parecía haber cruzado mil tormentas. Sus cuatro ruedas giraban envueltas en una llamarada de fricción azulada, dejando surcos incandescentes sobre el aire vacío. Sobre el capó metálico, varias runas talladas a golpe de cincel ardían al rojo vivo, y de la antena delantera colgaba una pequeña figura de bronce con la silueta de una alondra con las alas desplegadas, como si guiara el rumbo entre la niebla.

El jeep derrapó sobre el borde del risco, frenando a escasos centímetros de los pies desnudos de Ignacio en una nube de grava y vapor caliente.

La portezuela del conductor se abrió de golpe. Al volante estaba una mujer de hombros ágiles y mirada afilada oculta tras unas gafas de aviador con cristales oscuros. Llevaba el cabello castaño suelto, una chaqueta de cuero llena de bolsillos desgastados y una bufanda larga que ondeaba con furia contra el viento. En su rostro se dibujaba una sonrisa desafiante, de esas que solo tienen los que han aprendido a reírse del peligro.

—¡Hey, pies descalzos! —gritó Monikaia por encima del rugido del motor, apoyando un codo en la puerta metálica—. Tienes cara de haber visto fantasmas en el archivo de Aluisio y de haber llorado en la forja de Marenis. Sube antes de que la corriente nos mande al fondo del pozo.

Ignacio se quedó paralizado un segundo por el estrépito.

—¿Quién... quién eres? —alcanzó a decir.

—La única conductora con licencia para cruzar el vacío entre santuarios —respondió ella con un guiño rápido—. Me llaman Monikaia. Y si no te montas en tres segundos, el peso de esos dos amuletos te va a quebrar los tobillos cuando el risco ceda. ¡Muévete!

Ignacio saltó al asiento del copiloto, acomodando el Libro del Dragón sobre sus piernas. Apenas cerró la puerta de metal oxidado, Monikaia pisó el acelerador a fondo.

El vehículo no cayó: voló. Los neumáticos mordieron el aire como si fuera asfalto sólido, cruzando puentes invisibles suspendidos entre montañas flotantes de basalto y ruinas. El viento le azotó la cara a Ignacio con una violencia salvaje.

—¡Sujétate del tablero si no quieres salir volando! —le gritó Monikaia mientras maniobraba con una sola mano, esquivando enormes bloques de piedra que flotaban a la deriva—. No hay tiempo para paseos turísticos, muchacho.

—¿Qué es este lugar? —preguntó Ignacio con la voz entrecortada, mirando las grietas oscuras que se abrían entre las nubes inferiores—. ¿Y por qué todo parece estar rompiéndose?

La sonrisa de Monikaia se endureció por un instante. Ajustó las gafas sobre el puente de su nariz y miró de reojo la pequeña alondra de bronce que vibraba en el capó.

—Porque los guardianes de arriba se durmieron en sus laureles —dijo con una sequedad que contrastaba con su energía habitual—. Durante años creyeron que la Niebla del Olvido había sido derrotada. ¡Qué ilusos! El olvido no muere mientras exista algo vivo en el universo; solo estaba esperando, juntando hambre en las sombras. Y ahora ha vuelto. Todavía no tiene la fuerza para devorar reinos enteros de un solo bocado, pero ya está pudriendo los bordes del mundo.

Ignacio abrió los ojos con espanto, recordando el frío que amenazó con borrar el rostro de su madre en la primera biblioteca.

—¿Y por qué yo? —preguntó—. Solo soy un niño que practica taekwondo en Bogotá...

—¡Porque los adultos ya no tienen el cuerpo para pelear contra la sombra! —escupió Monikaia, metiendo un cambio brusco de palanca mientras el jeep saltaba sobre una falla abismal—. A tu edad, los huesos todavía tienen memoria limpia. Pero si no logras que tus músculos respondan cuando el miedo te paralice, ni tu mente ni tus ganas de llorar por tu casa van a servirte de nada allá afuera.

El jeep se lanzó en picada hacia una meseta colosal de granito blanco que se recortaba contra un cielo plomizo. En el centro de la explanada se alzaba una estructura imponente: un dojo monumental sin muros ni techo, delimitado únicamente por doce columnas de piedra tallada y estandartes azul oscuro que restallaban como latigazos contra el viento helado.

Monikaia tiró del freno de mano. El vehículo derrapó trescientos sesenta grados sobre el granito liso, levantando chispas antes de detenerse en seco frente a la entrada del santuario.

—Llegamos —anunció ella, apagando el motor pero dejando las luces encendidas—. La Biblioteca del Cuerpo. Si sales vivo de aquí, te guardo un asiento en primera fila.

Ignacio bajó del jeep. La piedra bajo la piel desnuda de sus pies estaba helada, pero ofrecía un agarre perfecto y sólido. Respiró hondo, ajustó el nudo de su cinturón azul sobre el dobok y avanzó hacia el centro del tatami de piedra.

Allí lo esperaba el custodio.

No era un anciano encorvado ni una sacerdotisa mística. Era un hombre macizo, con hombros anchos como vigas de cedro y la piel curtida por el sol y la intemperie. Vestía unos pantalones de lino negro sujetos con fajas de cuero y el torso cubierto por una túnica corta sin mangas que dejaba al descubierto unos brazos llenos de cicatrices antiguas. Su presencia irradiaba una gravedad silenciosa; sus ojos, de un gris acero implacable, parecían medir la densidad ósea de Ignacio con una sola mirada.

—Soy Bilor —dijo el maestro, sin preámbulos, y su voz sonó como dos losas de granito moliéndose—. El custodio de la forma y la acción.

Ignacio dio un paso al frente y ejecutó la reverencia formal de las artes marciales, inclinando el torso con los ojos fijos en el suelo antes de incorporarse.

—Soy Ignacio. Portador del libro.

Bilor no devolvió el saludo. Caminó lentamente en círculo alrededor del muchacho, examinando la caída de sus hombros, el peso de sus pasos descalzos y los dos amuletos que tintineaban en su cinto.

—La mente de Aluisio te dio el discernimiento. El fuego de Marenis te dio la convicción —dijo Bilor, deteniéndose frente a él—. Pero la mente se marea cuando la sangre hierve, y el corazón se quiebra cuando el impacto te rompe una costilla. Si tu cuerpo no sabe ejecutar lo que tu alma decide en una fracción de segundo, la Niebla te arrancará el libro de las manos antes de que puedas pestañear.

El maestro golpeó el suelo con el talón descalzo.

¡CRAC!

Las doce columnas que rodeaban el dojo comenzaron a vibrar. El suelo bajo los pies de Ignacio se fracturó en decenas de bloques independientes que comenzaron a elevarse y descender a distintas velocidades sobre el abismo.

—Tu prueba no es golpear un muñeco de paja, muchacho —advirtió Bilor, retrocediendo hacia el borde del dojo mientras Monikaia observaba apoyada en el guardabarros del jeep—. La Niebla ataca con el peso de la fatiga. Haz tu primera forma. Si dudas, la gravedad te juzgará.

Una ráfaga de aire negro y viscoso emergió desde las grietas entre las piedras flotantes. No era una ilusión mental; era una fuerza física aplastante, como si la gravedad se hubiera multiplicado por cuatro.

Ignacio sintió que las piernas se le doblaban. El Libro del Dragón pesaba como plomo sólido entre sus dedos. La presión atmosférica amenazaba con aplastarlo de rodillas contra el granito; el aire le faltaba y las pantorrillas comenzaron a temblar con calambres violentos.

«No puedo sostenerme... esto no es un tatami...»

—¡Levanta la guardia! —bramó Bilor desde la distancia—. ¡El suelo no es tu enemigo! ¡Si no aprendes a enraizar tus pies, el mundo te barrerá!

Ignacio apretó los dientes con tanta fuerza que le dolió la mandíbula. Miró sus pies descalzos sobre la roca. Recordó las horas interminables de entrenamiento en Bogotá, las repeticiones mecánicas hasta que el sudor empapaba el uniforme, la voz de su entrenador exigiéndole postura baja y centro de gravedad firme.

«El cuerpo recuerda.»

Ignacio flexionó las rodillas, bajando las caderas en una postura de jinete perfecta. Hundió las plantas de sus pies contra la textura áspera de la piedra, sintiendo cada poro del mineral. Exhaló con un grito gutural desde el diafragma.

La onda expansiva de su propia respiración rompió la presión que le aplastaba la espalda.

Avanzó sobre los bloques flotantes. Descalzo, su adherencia al granito era absoluta. Ejecutó una secuencia marcial limpia: bloqueo bajo, golpe de puño directo al vacío, giro sobre el talón y una patada lateral ascendente que cortó la ráfaga de niebla negra en dos como si fuera una cuchilla de acero.

Cada movimiento era exacto. Ya no estaba pensando en la técnica; su cuerpo se movía con la memoria muscular de años de disciplina.

Bilor observó la secuencia sin pestañear. Cuando Ignacio terminó el último movimiento y recuperó la guardia, el maestro extendió una mano hacia las columnas que rodeaban el dojo.

La piedra respondió con un crujido profundo y uno de los enormes pilares se desprendió desde su base.

Ignacio levantó la cabeza apenas a tiempo para verlo inclinarse. La columna de granito cayó atravesando una de las plataformas y golpeó el suelo con tal fuerza que varias losas se quebraron en una nube de polvo. El impacto recorrió el tatami bajo sus pies como una sacudida.

—¡El último juicio! —rugió Bilor desde el extremo del dojo—. ¡Muévete!

Otro pilar comenzó a ceder.

Ignacio reaccionó por instinto y echó a correr. La columna golpeó detrás de él y reventó parte del camino que acababa de cruzar. Fragmentos de granito pasaron silbando junto a sus piernas y uno le rozó la manga antes de desaparecer en el abismo.

Frenó sobre una losa inclinada y buscó una salida. Las plataformas cercanas estaban destrozadas. A su izquierda quedaba una franja angosta de piedra; a la derecha, la base quebrada de una columna sobresalía apenas medio metro por encima del suelo.

Un tercer crujido estremeció el dojo.

Ignacio miró hacia arriba.

Otro pilar comenzaba a caer.

Esta vez no tenía espacio suficiente para correr. Calculó la distancia hasta el borde, la inclinación de la columna y el lugar donde impactaría. Podía saltar hacia la siguiente plataforma, pero si lo hacía demasiado pronto quedaría bajo la trayectoria del pilar; si esperaba demasiado, el golpe barrería la piedra antes de que sus pies abandonaran el suelo.

El estruendo creció y el polvo empezó a cubrirlo todo. Ignacio respiró hondo. Mirar la columna ya no le ayudaba; el tamaño, la velocidad y el ruido desordenaban demasiado la escena.

Entonces recordó el entrenamiento.

Siente el suelo.

Cerró los ojos y dejó que las plantas de sus pies le contaran lo que la vista ya no podía ordenar. Las vibraciones de los pilares anteriores todavía viajaban por el granito, primero débiles y dispersas, luego cada vez más claras a medida que la nueva columna descendía.

Ignacio flexionó las rodillas y esperó.

El aire silbó sobre su cabeza. Una sacudida atravesó el tatami, después otra más intensa que subió por sus tobillos hasta las rodillas. La base quebrada de la columna seguía justo a su derecha y, cuando el suelo tembló con la fuerza suficiente para anunciar que el impacto estaba encima, abrió los ojos.

Apoyó el pie derecho sobre la piedra elevada y se impulsó con toda la fuerza de las piernas.

El pilar cayó mientras Ignacio pasaba por encima de su parte más baja, tan cerca que el aire desplazado por la roca le azotó el dobok contra el cuerpo. Extendió los brazos para equilibrarse y alcanzó la plataforma siguiente con el pie izquierdo.

El aterrizaje fue torpe. La planta resbaló sobre el granito cubierto de polvo y su cuerpo se inclinó peligrosamente hacia el vacío, pero Ignacio bajó el centro de gravedad, apoyó una mano en el suelo y dejó que la inercia lo llevara a una rodilla antes de recuperar el equilibrio.

Detrás de él, el pilar terminó de caer con un impacto que hizo temblar todo el dojo.

Ignacio permaneció agachado unos segundos, respirando con dificultad mientras pequeñas piedras rodaban alrededor de sus pies y desaparecían por el borde. Tenía las piernas temblando, una mano raspada y el corazón golpeándole con tanta fuerza que podía sentirlo en la garganta, pero seguía sobre la plataforma.

Bilor guardó silencio.

Ignacio levantó lentamente la mirada hacia él.

Monikaia fue quien rompió la tensión desde el jeep con un silbido largo y una palmada contra el volante.

—¡Eso sí estuvo bonito, pies descalzos!

Ignacio dejó escapar el aire que llevaba conteniendo y se puso de pie con cuidado mientras Bilor comenzaba a caminar hacia él.

Bilor avanzó hacia él con pasos lentos y pesados. Se detuvo a medio metro de Ignacio y, por primera vez, juntó los puños a la altura del pecho e inclinó profundamente la cabeza en una reverencia marcial de respeto absoluto.

—La mente comprende. El corazón resiste. Pero solo el cuerpo prevalece en la tormenta —dijo el maestro con una solemnidad pétrea—. Te has ganado el derecho a sostener la tierra, Ignacio de Bogotá.

Bilor abrió su mano derecha.

Sobre su palma callosa descansaba el tercer amuleto.

Era exactamente hermano de los otros dos: una moneda del tamaño de una pieza antigua, forjada en piedra cósmica oscura salpicada de esquirlas de luz estelar. Pero en su centro, esculpido con un relieve impecable, destacaba la silueta de un hombre envuelto en una espiral de viento.

Al tomarlo Ignacio entre sus dedos, el amuleto emitió una pulsación dorada y cálida, como el primer rayo de sol del amanecer. La fatiga de sus músculos se disipó como humo; el dolor de los calambres se evaporó y una firmeza inquebrantable recorrió sus tendones.

Ignacio lo aseguró en el nudo de su cinturón azul, completando la tríada sagrada.

Las tres monedas de piedra cósmica tintinearon juntas en su cintura: la luz azul del Conocimiento, la luz carmesí del Corazón y el destello dorado del Cuerpo. Un pulso armónico de energía lo envolvió en una fracción de segundo, afinando sus sentidos hasta un nivel que jamás creyó posible.

Recogió el Libro del Dragón del suelo y lo abrazó contra el pecho.

—Has completado las Bibliotecas del Guardián —dijo Bilor, dando un paso al costado para abrir el paso hacia el jeep—. Pero tu viaje apenas empieza. El mundo de donde vienes ya no es seguro. La Niebla sabe que las tres reliquias han despertado en el mismo cinto.

Monikaia tocó la bocina del jeep dos veces, haciendo vibrar los cristales.

—¡Arriba, campeón! —gritó la conductora con una sonrisa feroz—. ¡Los dioses ya saben que existes, y ahora nos toca demostrarles que no se equivocaron de muchacho!

Ignacio miró a Bilor, asintió con una reverencia firme y corrió descalzo hacia el vehículo. Subió al asiento, cerró la puerta de golpe y miró hacia adelante, donde la carretera de luz se abría hacia lo desconocido.

Capítulo 6

La Frontera del Silencio


El jeep rugía sobre una calzada de basalto suspendida en el aire, aunque algo había cambiado desde que dejaron atrás la Biblioteca del Cuerpo. Las ruedas ya no arrancaban destellos azules al rozar la piedra y el motor trabajaba con un esfuerzo cada vez más pesado, como si el vehículo avanzara sobre un fango invisible.

A lo lejos, el horizonte desaparecía detrás de una masa cenicienta tan espesa que parecía haber borrado el cielo. Allí donde aquella bruma tocaba las columnas antiguas que flanqueaban el camino, la roca perdía sus relieves, luego el color y finalmente la forma, deshaciéndose en un polvo gris que quedaba suspendido en el aire sin caer.

Monikaia dejó de sonreír.

—Eso no estaba tan cerca la última vez.

Ignacio levantó la vista del Libro del Dragón, que llevaba sobre las piernas.

—¿La Niebla?

—Sí.

La respuesta llegó seca.

Monikaia redujo la velocidad, pero el jeep empezó a vibrar de todos modos. Las runas del tablero parpadearon y la alondra de bronce del capó tintineó con una insistencia nerviosa.

—Sujétate.

Ignacio apenas alcanzó a aferrarse al borde del asiento cuando Monikaia clavó los pies en los pedales y tiró de la palanca. El jeep derrapó de costado, levantó una nube de grava y terminó detenido a pocos metros del punto donde la calzada desaparecía bajo una pared inmóvil de niebla gris.

El motor tosió dos veces y se apagó.

—Perfecto —murmuró Monikaia mientras golpeaba el volante con el puño—. Justo lo que necesitaba.

Ignacio miró hacia adelante. La bruma ocupaba todo el ancho del camino y se alzaba mucho más arriba de lo que alcanzaba a ver. El silencio alrededor resultaba más inquietante que cualquier rugido: ni viento, ni piedras cayendo al abismo, ni siquiera el eco lejano del motor que acababa de apagarse.

—¿Por qué no seguimos?

Monikaia se quitó las gafas de aviador.

—Porque quiero conservar el jeep.

Ignacio la miró sin entender.

Ella señaló la pared gris.

—El Olvido no se limita a meterse en la cabeza de la gente. Cuando se acumula así, empieza a deshacer aquello que encuentra. Piedra, metal, tinta, nombres... depende de cuánto tiempo lleve tocándolo. Si entro con el jeep, primero morirán las runas, luego los engranajes y después probablemente yo olvide por qué estaba intentando conducir una montaña de chatarra.

Ignacio bajó la vista hacia los tres amuletos sujetos a su cinturón.

—¿Y yo sí puedo entrar?

—Tú puedes intentarlo.

—Eso no ayuda mucho.

—No era para ayudarte.

Monikaia señaló la bruma con el pulgar.

—Tu casa está al otro lado. Los caminos que conectan las Bibliotecas con la superficie atraviesan esa garganta, y ahora está bloqueada.

Ignacio apretó el Libro del Dragón entre las manos.

—¿No hay otro camino?

—Si lo hubiera, ya estaría conduciendo por él.

La respuesta le cayó en el estómago con más peso del que quería admitir. Miró otra vez hacia aquella pared gris y sintió que todo lo ocurrido durante las Bibliotecas regresaba de golpe: Aluisio, las voces intentando borrar su nombre, la escarcha de Marenis, la roca sobre sus hombros.

—Monikaia... ¿y si no puedo?

La conductora lo observó durante un momento. Después extendió una mano y le dio un golpe firme en el hombro.

—Entonces no podrás. Pero todavía no estamos ahí.

Ignacio frunció el ceño.

Monikaia volvió a ponerse las gafas.

—No necesitas ser más fuerte que la Niebla. Solo más terco. Mantén la cabeza limpia, no dejes que te apague por dentro y confía en tus piernas. Para eso te hicieron sudar tanto.

Ignacio respiró hondo.

—¿Eso fue una charla motivacional?

—Baja del coche antes de que cambie de opinión.

Abrió la portezuela, acomodó el Libro del Dragón bajo el brazo izquierdo y descendió. La piedra bajo sus pies desnudos tenía una textura extraña: lisa, rígida, sin una sola grieta ni rugosidad, como si todo lo que alguna vez hubiera distinguido aquel basalto hubiese sido borrado.

Dio un paso hacia adelante y miró atrás.

Monikaia ya había encendido nuevamente el motor.

—¿Te vas?

—Voy a alejar esta belleza antes de que la Niebla decida convertirla en polvo. No significa que no esté mirando.

Ignacio asintió.

—Gracias.

—Ve.

Aseguró los tres amuletos en el cinturón, apretó el Libro del Dragón contra las costillas y entró en la bruma.

El mundo desapareció.

El aire perdió olor y temperatura. El sonido de sus pasos se extinguió bajo sus propios pies y la respiración dejó de producir eco. Incluso la presión del libro contra su costado parecía menos definida, como si la Niebla estuviera intentando convencer a su cuerpo de que aquello tampoco existía.

Ignacio avanzó varios metros.

Una pesadez comenzó a instalarse en la nuca.

Después llegaron las figuras.

Primero fueron apenas manchas oscuras dentro del gris. Luego adquirieron brazos demasiado largos, torsos inclinados y extremidades que se arrastraban sin un ritmo humano. No tenían ojos ni boca, pero sus superficies parecían húmedas, densas, hechas de capas de niebla compactada alrededor de algo enfermo.

Una de ellas se abalanzó hacia Ignacio.

El Amuleto del Conocimiento reaccionó con una pulsación azul.

La presión dentro de su cabeza se despejó justo a tiempo.

Ignacio giró sobre el pie izquierdo y apartó el rostro del zarpazo. El brazo de la criatura pasó a centímetros de su mejilla. Respondió con un bloqueo de antebrazo que chocó contra algo inesperadamente sólido.

El impacto le sacudió el hombro.

La criatura se abrió por el centro.

De la grieta salió un olor agrio, semejante a carne húmeda abandonada demasiado tiempo al calor. Ignacio contuvo una arcada mientras la figura se deshacía en ceniza gris.

—Eso sí que no era humo...

No tuvo tiempo de pensar mucho más.

Tres siluetas surgieron de la bruma.

Ignacio retrocedió un paso, bajó la guardia y lanzó una patada lateral contra la primera. El talón impactó en el torso blando y compacto de la criatura, doblándola antes de hacerla estallar en jirones oscuros. La segunda intentó alcanzarlo desde un costado; Ignacio levantó el antebrazo, desvió el golpe y respondió con un puño directo que atravesó su pecho.

La tercera no atacó desde arriba.

Salió del suelo.

Dos manos grises se cerraron alrededor de sus tobillos.

Ignacio perdió equilibrio y cayó sobre una rodilla.

Olvida.

La palabra apareció dentro de su cabeza.

Más voces se sumaron de inmediato.

Deja el libro.

No hay casa.

Nadie te espera.

La presión regresó.

Los dedos alrededor de sus piernas se cerraron con más fuerza y una sensación helada comenzó a subirle por las pantorrillas. Ignacio intentó recordar la cocina de su casa y durante un instante solo encontró una habitación sin rostro.

Entonces el Amuleto del Corazón ardió en su cintura.

La memoria regresó como un golpe.

Mariana protestando por los platos.

Majo invadiendo la cámara durante la videollamada.

La voz de Mónica llamándolo a comer.

Ignacio apretó los dientes.

—Sí me esperan.

Flexionó la pierna derecha y arrancó el tobillo de uno de los agarres. Giró la cadera y descargó una patada circular contra la sombra más cercana. El Amuleto del Cuerpo respondió con una pulsación dorada que recorrió los músculos de la pierna, ayudándolo a mantener la técnica pese al peso que intentaba arrastrarlo hacia abajo.

El golpe conectó.

La criatura se partió y el movimiento liberó suficiente espacio para que Ignacio recuperara el otro pie.

Se levantó.

Más figuras emergían por todas partes.

Ignacio avanzó.

Protegía el Libro del Dragón con el brazo izquierdo mientras usaba el derecho para bloquear, desviar y golpear. Sus piernas hacían el resto: pasos cortos para no perder equilibrio, giros rápidos cuando una criatura intentaba rodearlo, patadas precisas cuando encontraba una abertura. Cada contacto dejaba en la piel una sensación húmeda y desagradable, seguida de aquel olor podrido que parecía quedarse pegado en la garganta.

La Niebla seguía llegando.

Una sombra cayó desde arriba y lo golpeó en el hombro.

Ignacio trastabilló, recuperó la postura y respondió con una patada descendente. Otra figura intentó sujetar el libro. Ignacio giró el cuerpo, protegió la cubierta contra el pecho y descargó el codo contra la masa gris que se aferraba a ella.

—¡Eso no!

La criatura se quebró entre sus brazos.

Ignacio siguió avanzando.

No sabía cuánto tiempo llevaba luchando. El aire seguía mudo, las piernas empezaban a pesarle y el sudor le corría por la frente pese a que la Niebla no tenía temperatura. Los tres amuletos pulsaban de manera irregular en su cintura, respondiendo cada vez que el Olvido intentaba entrar por un camino distinto.

Entonces el suelo terminó.

Ignacio frenó a centímetros del borde.

Frente a él se abría un precipicio cubierto por la misma bruma, demasiado ancho para saltarlo. Del otro lado distinguía apenas la continuación de la calzada.

Detrás, las sombras dejaron de atacarlo por separado.

Comenzaron a reunirse.

Una tras otra se fundieron en una masa espesa que creció sobre el camino hasta convertirse en una pared móvil de carne gris y humo. Brazos incompletos, rostros sin facciones y formas que desaparecían antes de terminar de existir se mezclaban dentro de aquella ola que avanzaba hacia él.

Ignacio miró el abismo.

Después la masa.

No había espacio para correr.

El Libro del Dragón vibró contra sus costillas.

Ignacio bajó la vista.

El jade brillaba.

Una pulsación azul recorrió la figura del dragón.

Los tres amuletos respondieron.

Conocimiento.

Corazón.

Cuerpo.

Las luces comenzaron a alternarse sobre su cinturón y el relieve de jade reaccionó a cada una.

Ignacio sostuvo el volumen frente a él con ambas manos.

—¿Qué quieres que haga?

El dragón volvió a pulsar.

La ola de Niebla se acercaba.

Ignacio llevó el libro más cerca de los amuletos.

El efecto fue inmediato.

Las tres luces se extendieron hacia la cubierta en delgados hilos que recorrieron el cuero hasta alcanzar el jade. El dragón abrió un ojo.

Ignacio contuvo la respiración.

El rugido surgió desde dentro del volumen.

La fuerza del sonido sacudió el precipicio y abrió ondas visibles en la bruma. Las páginas se separaron por sí solas y una llamarada azul brotó desde el centro del libro, creciendo hasta convertirse en un abanico de luz que golpeó de frente la masa gris.

La Niebla se retorció.

El olor a podredumbre se volvió insoportable.

Las figuras atrapadas dentro de la ola comenzaron a deshacerse una tras otra mientras la luz atravesaba la corrupción y la empujaba hacia atrás. Ignacio tuvo que plantar los pies para soportar la fuerza que salía del libro.

El jade ardía entre sus manos.

La llamarada creció.

La masa cedió.

El último golpe de luz atravesó la bruma y rasgó el aire frente al precipicio, abriendo una grieta vertical de claridad amarilla.

Ignacio vio su habitación.

La lámpara seguía encendida.

El escritorio continuaba allí.

Y desde algún lugar de la casa llegó la voz de Mónica:

—¡Igna! ¡La comida se va a enfriar!

Ignacio abrió los ojos de par en par.

La grieta comenzó a cerrarse.

Apretó el Libro del Dragón contra el pecho, retrocedió dos pasos para tomar impulso y corrió.

Saltó.

La luz lo tragó antes de que la Niebla pudiera tocarlo otra vez.

Capítulo 7

El Umbral de la Memoria


El impacto contra el suelo de madera le sacó el aire de los pulmones.

Ignacio abrió los ojos tosiendo, apoyado sobre las rodillas. Bajo sus pies descalzos reconoció inmediatamente el tacto frío del piso barnizado y el crujido familiar de las tablas. La lámpara del escritorio seguía encendida sobre sus cuadernos escolares, el mapa de Grecia continuaba colgado en la pared y, detrás de la cortina entreabierta, Bogotá seguía allí, cubierta por la noche.

Durante unos segundos no se movió. Después de la ausencia absoluta de sonido dentro de la Niebla, podía escuchar el tráfico distante, una tubería vibrando en alguna parte del edificio y el murmullo apagado de un televisor desde otra habitación. No había precipicios ni caminos suspendidos, tampoco criaturas grises arrastrándose entre la bruma. Solo quedaba en su garganta un rastro imaginario de aquel olor agrio y podrido que prefería no recordar.

Ignacio bajó la mirada para comprobar que había regresado entero. El dobok estaba empapado de sudor en la espalda y los hombros; tenía los nudillos enrojecidos, las piernas pesadas y las plantas de los pies adoloridas. Apretado contra su pecho seguía el Libro del Dragón. La cubierta de cuero estaba tibia y la figura de jade permanecía completamente inmóvil, como si el rugido capaz de abrir un camino a través de la Niebla jamás hubiera salido de aquellas páginas.

Los tres amuletos continuaban sujetos a su cinturón.

Ignacio los tocó uno por uno. Eran sólidos, pesados, fabricados con aquella piedra oscura salpicada de pequeños destellos que parecían atrapados dentro del material. El primero conservaba una pulsación fría y tranquila; el segundo, un calor suave; el tercero parecía responder a la presión de sus dedos con una firmeza que todavía sentía también en los músculos.

Había vuelto con todo.

Dos golpes contra la puerta lo hicieron sobresaltarse.

—¡Igna! —llamó Mónica desde el pasillo—. Te dije hace dos minutos que la comida estaba lista. ¿Por qué sigues encerrado? ¿Y por qué te pusiste el uniforme de entrenamiento a esta hora?

Ignacio miró la puerta.

— ¿Dos minutos?

—¿Qué?

—¡Nada! Ya voy.

Se quedó inmóvil un instante más.

Dos minutos.

Había atravesado tres Bibliotecas, cruzado abismos dentro de un jeep imposible, sostenido una roca enorme sobre los brazos y peleado contra algo que todavía no sabía cómo nombrar sin sentir frío en el estómago.

En su casa habían pasado dos minutos.

—¡Igna!

—¡Ya voy, ma!

Se levantó con cuidado y tuvo que apoyar una mano en el escritorio cuando las piernas protestaron. Guardó el Libro del Dragón en el fondo del morral, debajo de varios cuadernos, y después retiró los amuletos del cinturón. Dudó antes de soltarlos, así que los dejó juntos sobre la cama mientras se quitaba el dobok húmedo y se cambiaba rápidamente por la pijama. Solo entonces guardó las tres piezas en uno de los bolsillos, comprobando con la mano que no pudieran salirse.

Antes de abandonar la habitación miró el morral.

—No hagas nada raro.

El dragón de jade no respondió.

—Perfecto.

Salió.

En el baño se lavó la cara y el cuello, intentando borrar el sudor y el polvo que todavía llevaba pegados a la piel. El espejo sobre el lavamanos le devolvió el rostro cansado de un niño a punto de cumplir trece años, con el cabello revuelto y unas ojeras que probablemente requerirían una explicación si su madre las miraba demasiado tiempo.

Ignacio acercó la cara al cristal.

Todo parecía normal.

Se secó con la toalla y siguió hacia la cocina.

El aroma de carne asada, arroz caliente y plátano maduro lo recibió antes de entrar. Mónica estaba terminando de acomodar los platos sobre la mesa y el teléfono descansaba junto a la jarra de jugo con una llamada de voz activa.

—Al fin apareció el hombre invisible —dijo ella, señalando el celular con la cuchara de palo—. Habla con tu tío antes de que se quede dormido. Allá es casi la una de la mañana y lleva cinco minutos diciendo que ya se va a acostar.

Desde el altavoz llegó inmediatamente una protesta.

—¡Tres minutos!

Mónica negó con la cabeza.

—Cinco.

Ignacio sonrió y se acercó al teléfono.

—¿Tío?

Del otro lado se escuchó un bostezo largo, seguido por el roce de telas o papeles.

—¡Igna! Al fin. Tu mamá me dijo que ya te había dado la caja y no quería acostarme sin preguntarte si la abriste.

Ignacio apoyó las manos sobre el borde de la mesa.

La voz era exactamente la de siempre.

—Sí. Ya la abrí.

—¿Y?

—¿Y qué?

—¡El libro! —Chris soltó una risa cansada—. No me hagas interrogarte a esta hora. Es rarísimo, ¿cierto?

Ignacio miró hacia el pasillo que conducía a su habitación.

—Bastante.

—Lo encontré metido entre unas cosas viejas y pensé en llevártelo cuando viaje a Bogotá, pero después... no sé. Me dio por mandarlo con la caja de Majo. Una de esas ideas que llegan y uno hace caso antes de preguntarse por qué.

Ignacio frunció ligeramente el ceño.

—¿No sabes por qué me lo mandaste?

Hubo una pequeña pausa al otro lado.

—Porque te gustan esas cosas.

Chris se rio.

—Dragones, libros viejos, mitología... Tú eres el público objetivo perfecto para una cosa que parece sacada de una película. ¿Pudiste abrirlo? ¿Tiene algo escrito?

Ignacio llevó una mano al bolsillo de la pijama y sintió las tres piezas bajo la tela.

Miró a Mónica, que estaba concentrada colocando ensalada en un plato.

Luego volvió a mirar el teléfono.

—Casi nada.

—¿Casi?

—Las páginas están... prácticamente en blanco.

La mentira salió más fácilmente de lo que esperaba.

—Qué decepción —respondió Chris—. Bueno, por lo menos la portada está increíble.

Ignacio no pudo evitar sonreír.

—Sí. El dragón de jade es lo mejor.

—Entonces úsalo para escribir tus técnicas de taekwondo, tus monstruos o una novela terrible que después yo pueda presumir que descubrí antes de que fueras famoso.

—No escribo novelas.

—Todavía.

Mónica intervino desde la cocina.

—Christian, vete a dormir.

—¡Sí, señora!

Ignacio soltó una risa.

La normalidad de aquella conversación resultaba extraña después de todo lo que acababa de vivir. Chris seguía hablando del libro como si fuera simplemente un objeto curioso encontrado entre cosas viejas y, sin embargo, había sentido la necesidad de enviarlo antes de viajar. Ignacio pensó en preguntarle algo más, pero no sabía qué pregunta podía hacer sin terminar contando absolutamente todo.

—Gracias por el libro, tío.

La respuesta llegó más tranquila.

—De nada, Igna. Me alegra que te guste. Ahora sí me voy porque mañana tengo que trabajar y ya estoy viendo doble. Te mando un abrazo gigante.

—Otro para ti.

—Y dile a tu mamá que no la estoy ignorando, estoy obedeciendo.

—Te estoy escuchando —respondió Mónica.

Chris rio.

—Buenas noches.

La llamada terminó con un pitido.

Mónica dejó un plato frente a Ignacio y le revolvió el cabello al pasar.

—Come, señor pensativo. Y mañana ese uniforme que tenías puesto va directo a lavar. Huele como si hubieras corrido una maratón.

Ignacio bajó la vista hacia la pijama.

—Sí... sudé un poco.

—¿Un poco?

—Bastante.

—Ajá.

Mónica regresó a la cocina sin darle más importancia.

Ignacio comenzó a comer. El primer bocado estaba demasiado caliente y tuvo que soplar antes de continuar, pero no le importó. Escuchó a su madre hablar del tráfico, de una cuenta que había llegado más alta de lo esperado y de algo que Mariana había dejado sin guardar. Después de las Bibliotecas, aquella sucesión de problemas ordinarios resultaba extrañamente reconfortante.

En algún momento llevó la mano al bolsillo.

Los tres amuletos seguían allí.

Terminó de cenar, ayudó a llevar el plato hasta el fregadero y regresó a su habitación. Cerró la puerta, sacó el Libro del Dragón del morral y lo colocó sobre el escritorio. Durante varios segundos se quedó observando la cubierta, esperando que el jade volviera a iluminarse.

No ocurrió nada.

—Está bien —murmuró—. Puedes seguir fingiendo.

Guardó los amuletos en el cajón superior del escritorio, uno junto al otro, y estaba a punto de cerrarlo cuando levantó la mirada hacia el espejo de cuerpo entero junto al armario.

Su reflejo estaba allí.

Ignacio se quedó quieto.

La habitación se veía exactamente como debía: la cama, el escritorio, el mapa de Grecia, la lámpara encendida y él frente al espejo.

Entonces levantó una mano.

El reflejo tardó una fracción de segundo en imitarlo.

Ignacio bajó el brazo lentamente.

La imagen hizo lo mismo.

—No...

Se acercó.

Durante un instante creyó que había sido el cansancio, pero algo comenzó a cambiar en el cristal. No en su rostro ni en su cuerpo, sino detrás de él. El escritorio perdió definición. El mapa de Grecia se volvió pálido. Las esquinas de la habitación reflejada empezaron a disolverse bajo una neblina oscura que no existía a sus espaldas.

Ignacio se volvió.

La habitación estaba intacta.

Miró otra vez el espejo.

La niebla seguía allí.

Y por un instante, donde debería haber estado su propio reflejo, solo quedó una silueta borrosa rodeada de oscuridad.

Ignacio dio un paso atrás.

La imagen regresó.

El escritorio recuperó sus líneas, el mapa volvió a aparecer y su rostro ocupó nuevamente el lugar que le correspondía.

Desde el pasillo llegó la voz de Mónica:

—¡Igna! ¡A dormir!

Ignacio no apartó la mirada del espejo.

—¡Ya voy!

El Libro del Dragón emitió un único pulso azul sobre el escritorio.

Ignacio lo vio reflejado en el cristal.

Pero en el espejo, la luz no era azul.

Era negra.

Capítulo 8

El Espejo de las Decisiones


En el aire, los segundos duraban el doble.

Cuando Mariajose saltaba impulsada por sus compañeras en el gimnasio del colegio, la gravedad parecía olvidarse de ella. Con ocho años recién cumplidos, era la más chiquita de todo el equipo de animación, pero también la que se lanzaba sin cerrar los ojos, confiando ciegamente en que sus brazos y sus piernas sabían exactamente qué forma tomar antes de tocar el suelo.

—¡Arriba, Majo! ¡Firme esa punta de pies! —gritaba la entrenadora.

En la colchoneta era invencible. Pero en cuanto terminaba la práctica, las luces se apagaban y tocaba guardar los cuadernos en la maleta, aquel nudo en la panza volvía a aparecer.

Esa tarde en Bogotá, la lluvia golpeaba con insistencia los vidrios de la sala. Sobre el mesón del comedor, Alejandra sostenía una hoja doblada en dos: el informe de mitad de período. Rubén, su papá, acababa de dejar el maletín de cuero junto al perchero y se quitaba la gabardina mojada con un gesto de cansancio evidente.

—Majo, siéntate un momento con nosotros, mi amor —pidió Alejandra con voz tranquila, aunque con esa seriedad que Majo ya conocía de sobra.

Majo arrastró los pies hasta ellos. A su lado caminaba Milú, su french poodle blanca, moviendo la cola con timidez y luciendo un moño rosado en la cabeza y un collar azul con un dije de estrella plateada que tintineaba a cada paso. La perrita se echó junto a las zapatillas de la niña y apoyó el hocico sobre sus empeines.

—Nos llamó la profesora hoy —dijo Rubén, agachándose frente a ella para mirarla a los ojos—. Nos contó que en matemáticas te quedaste en blanco en la evaluación y que te pusiste a llorar en el recreo porque no entendiste la tarea de sociales.

Majo bajó la cabeza tan rápido que un mechón de su coleta le cayó sobre la cara. El labio inferior comenzó a temblarle.

—Es que... los números no me caben en la cabeza, papi —dijo entre un sollozo, apretando las manos contra la falda del colegio—. Yo leo la página y no entiendo nada. Los otros niños terminan rápido y yo... yo solo quiero salir al patio a saltar.

Milú gimió bajito y le pasó la lengua por un tobillo.

Alejandra se inclinó para acariciarle la mejilla y limpiar una lágrima que ya le bajaba por el rostro.

—Nadie te está pidiendo que seas perfecta, gordita. Pero no puedes rendirte apenas ves que algo es difícil. Tu papá y yo trabajamos duro para que estudies, y el esfuerzo en el colegio también cuenta. Anda a cambiarte, descansa un ratico en tu cuarto y después de la cena nos sentamos los tres a repasar las tablas, ¿bueno?

Majo asintió con la nariz mocosa, levantó a Milú en brazos y apretó aquella bola de lana blanca contra su pecho antes de subir las escaleras a toda prisa.

Al entrar en su habitación cerró la puerta con el talón, dejó a Milú sobre la alfombra y entonces vio la caja grande de cartón que había llegado desde Holanda.

Su mamá la había recibido hacía dos días, pero entre el colegio y los entrenamientos Majo apenas había mirado su contenido por encima. Dentro, doblado con una delicadeza impecable entre pliegos de papel seda, descansaba el uniforme de cheerleader que su tío Chris le había cosido con sus propias manos: tela elástica gruesa, de un negro noche elegante, ribeteada con franjas de terciopelo morado brillante, exactamente en los tonos que ella le había pedido durante sus videollamadas.

Junto a la falda había una pequeña pieza metálica envuelta en franela. Era un espejo un poco más grande que su mano, con un marco de metal claro tallado en forma de estrella de cinco puntas y diminutos cristales violetas engastados en cada extremo. Debajo del cristal descansaba una tarjeta doblada con la letra apresurada de su tío:

«Para Majo: para que nunca olvides quién eres.»

Majo apretó la tarjeta en el puño y sintió un pinchazo de rabia mezclado con tristeza.

—¿Quién soy? —susurró mientras nuevas lágrimas le corrían por las mejillas—. Una tonta que no sabe hacer divisiones. Porrista y ya.

Necesitaba escapar, aunque fuera por un momento, de las evaluaciones, las tareas y las páginas que parecían empeñadas en no dejarse entender. Se quitó el uniforme del colegio y se puso el conjunto nuevo. La tela se amoldó a su cuerpo con una suavidad perfecta y, durante unos segundos, Majo se sintió un poco más fuerte por dentro. Sin embargo, al mirarse en el espejo grande de la pared, los ojos hinchados por el llanto desentonaban con los colores brillantes.

Milú se sentó a sus pies y soltó un ladrido corto.

Majo se acercó al escritorio y tomó el pequeño espejo de estrella que le había enviado el tío Chris.

—Ojalá fuera inteligente como Ignacio... —murmuró frente al cristal—. Ojalá no fuera tan difícil todo.

La superficie del espejo se estremeció.

El vidrio dejó escapar una vibración aguda, parecida al zumbido de una cuerda de violín tensándose demasiado rápido, y los cinco cristales violetas incrustados en las puntas de la estrella se encendieron con una luz fría y punzante que le tiñó los dedos de morado.

Majo pegó un brinco.

—¡Ay!

Soltó el objeto sobre el escritorio. El espejo golpeó la madera, pero en lugar de quedarse quieto comenzó a deslizarse solo, girando sobre sí mismo mientras el zumbido aumentaba hasta hacer vibrar las paredes del cuarto.

Milú retrocedió de un salto. El pelo de su lomo se erizó por completo y empezó a ladrarle desesperadamente al espejo, con las patas delanteras temblando y el dije de estrella de su collar rebotando con violencia.

—¡Mami! —gritó Majo, ya con la voz rota por el susto—. ¡Papi!

Corrió hacia la puerta, agarró la manija plateada y la giró con ambas manos, pero la chapa no cedió. Tiró una vez, luego otra. La puerta parecía soldada al marco.

—¡Papi, ábreme! ¡Se trabó la puerta!

Cuando se dio vuelta, el terror la dejó inmóvil.

El espejo ya no estaba sobre el escritorio.

Flotaba a la altura de su cabeza, lanzando finos hilos de luz violeta que se extendían como telarañas luminosas por el techo y las paredes. El papel tapiz comenzó a perder color y se volvió transparente, deshaciéndose como humo bajo una ráfaga de viento. La alfombra se hundió bajo sus pies y, donde segundos antes había suelo, apareció una negrura absoluta salpicada por diminutos puntos de luz.

Milú chilló, corrió hacia ella y se escondió entre sus tobillos.

—¡Mamá, ayuda! —suplicó Majo mientras caía de rodillas y abrazaba a la perrita contra su pecho—. ¡Milú, ven acá! ¡No mires, no mires!

Cerró los ojos con tanta fuerza que le dolieron los párpados y enterró la cara entre el pelaje blanco y suave de Milú, esperando que en cualquier momento Rubén tirara la puerta abajo o Alejandra encendiera la luz del pasillo.

Pero lo que sintió no fue la mano de su papá.

Un viento helado y salvaje le azotó la espalda y le revolvió la coleta. El olor a lluvia de Bogotá desapareció de golpe, reemplazado por un aire seco y cortante que olía a piedra quemada y metal frío.

Los ladridos de Milú cesaron.

La perrita permaneció completamente rígida entre sus brazos.

Majo abrió un ojo.

El llanto se le secó en la garganta.

Su cuarto había desaparecido.

Seguía arrodillada, pero ya no sobre madera ni alfombra, sino sobre una losa de mármol blanco pulido que reflejaba su uniforme negro y púrpura como agua estancada. La plataforma era un círculo de apenas unos metros de diámetro, suspendido en medio de la nada más aterradora que hubiera podido imaginar.

Arriba, abajo y a ambos lados se extendía una bóveda infinita de oscuridad azul, atravesada por gigantescos ríos de estrellas. Cometas lentos dejaban largas estelas de plata mientras constelaciones colosales parecían desplazarse en la distancia como animales vivos hechos de fuego blanco.

Majo retrocedió arrastrándose, empujándose con los talones, hasta que la punta de una de sus zapatillas rozó el borde.

Una pequeña piedra de mármol se desprendió y cayó.

Majo se asomó apenas. No había suelo. No había nada.

Solo una caída infinita hacia las estrellas.

—¡Mami...! —gimió, encogiéndose sobre la losa helada mientras apretaba a Milú contra las costillas—. Quiero ir a mi casa... por favor... Diosito, quiero ir a mi casa...

El Espejo-Estrella descendió lentamente desde la oscuridad y se posó sobre la piedra, a pocos centímetros de sus rodillas. El metal seguía frío, pero los cristales violetas palpitaban ahora con una cadencia tranquila, como si reconocieran que la niña estaba al borde del desmayo.

Entonces, frente a la plataforma, el aire crujió.

Las estrellas comenzaron a condensarse a pocos metros de donde Majo temblaba hasta formar una calzada de luz tenue que avanzaba sobre el vacío y desembocaba bajo un arco colosal de piedra blanca, tallado con esferas antiguas.

Una figura apareció bajo él.

Era una mujer alta, envuelta en un manto azul oscuro bordado con constelaciones de plata que titilaban al mismo compás de su respiración. Dio un paso sobre la calzada y observó a la pequeña niña de uniforme negro y púrpura que lloraba abrazada a su perrita blanca.

—Un corazón pequeño para una noche tan inmensa —dijo. No había maldad en su voz, sino una severidad limpia y majestuosa que resonó a través del vacío—. Te encuentras en el umbral de la Escuela de las Estrellas, Mariajose. Y aquí... las lágrimas no evitan que la niebla avance.

Majo siguió la dirección de su mirada.

Muy lejos, en el horizonte de aquel cielo infinito, una masa de niebla grisácea y densa avanzaba en silencio.

Y una hilera entera de estrellas doradas desaparecía dentro de ella.

Capítulo 9

La Escuela de las Estrellas


El viento que soplaba sobre la plataforma flotante no movía el polvo; movía el frío.

Mariajose no se atrevía a soltar a Milú. La perrita blanca, con el collar azul tintineando y el moño rosado torcido sobre una oreja, mantenía las cuatro patas rígidas contra el mármol mientras escondía el hocico tibio debajo de la barbilla de su dueña.

Frente a ellas, la calzada de luz que unía la pequeña plataforma con el arco monumental brillaba como una fina lámina de escarcha suspendida sobre el vacío.

La mujer del manto azul oscuro avanzó dos pasos sobre la senda luminosa. Sus ojos claros, del color de la niebla matutina, recorrieron el uniforme negro y púrpura de Majo, la coleta desordenada y el pequeño espejo con forma de estrella que descansaba sobre la piedra, a pocos centímetros de sus zapatillas.

—Si te quedas sentada en el borde, el vacío terminará por parecerte normal —dijo con una tranquilidad firme, semejante al sonido lejano de una campana—. Levántate, niña. Y cruza.

Milú soltó un ladrido corto, todavía encogida contra Majo, quien arrugó la nariz. El miedo seguía apretándole la garganta, pero el tono de aquella desconocida despertó la misma chispa terca que aparecía durante los entrenamientos cada vez que una pirueta se negaba a salir bien.

—¡No soy «niña», me llamo Mariajose! —protestó, secándose los mocos con el dorso de la mano—. ¡Y no voy a caminar por encima de la nada! ¡Mire para abajo, no hay piso!

La mujer no sonrió, aunque algo parecido estuvo a punto de ocurrir en las comisuras de sus labios.

—El piso está allí, Mariajose. Eres tú quien no consigue dejar de mirar la caída. Si el espejo te permitió llegar hasta este umbral, la luz sostendrá tus pasos mientras avances.

Se inclinó, tomó el espejo de cinco puntas y lo sostuvo sobre la palma abierta. El metal claro respondió con un destello violeta.

Luego se dio media vuelta.

—¡Oiga! ¡Ese espejo es mío! —Majo se levantó de un salto—. ¡Me lo mandó mi tío!

La mujer continuó caminando bajo el arco.

—¡Devuélvamelo!

Verla alejarse con el único objeto que la conectaba con su casa terminó de vencer aquello que el valor todavía no había conseguido. Majo acomodó a Milú bajo el brazo izquierdo, fijó la vista en la espalda del manto azul y puso una zapatilla sobre la calzada.

Esperó caer.

La superficie recibió su peso con la solidez de un vidrio grueso templado por el sol.

Majo dejó escapar el aire que había contenido, dio otro paso y después otro. Muy pronto avanzaba casi trotando, aferrada a Milú y procurando no mirar los ríos de estrellas que cruzaban bajo sus pies hasta que alcanzó el gran arco de piedra blanca.

Apenas lo atravesó, la calzada desapareció detrás de ella.

Majo se volvió sobresaltada. Ya no había plataforma ni camino de regreso.

Frente a ella se extendía una nave gigantesca cuya bóveda parecía construida alrededor del mismo firmamento. Columnas de piedra blanca ascendían hasta perderse entre aperturas desde las cuales podían verse constelaciones enteras, mientras a ambos lados del corredor se abrían salones circulares protegidos por barandas pulidas. En algunos flotaban esferas doradas rodeadas de anillos que giraban sin tocar el suelo; en otros, largas mesas sostenían mapas celestes cuyos puntos de luz titilaban sobre el papel como pequeñas brasas.

Sin embargo, lo que más llamó su atención fueron los espejos.

Decenas de marcos plateados, altos como puertas, descansaban alineados junto a los muros frente a colchonetas de lino gris. Ninguno reflejaba la sala. Sus superficies eran oscuras y cenicientas, como cristales empañados por humo.

Milú saltó de los brazos de Majo en cuanto sintió suelo firme. Caminó hasta el espejo más cercano, olfateó el marco y comenzó a gruñirle al vidrio opaco con el lomo erizado.

—¿Por qué no se ve nada? —preguntó Majo, acercándose y buscando inútilmente su propio reflejo—. En el colegio los espejos del salón de danzas son gigantes para que podamos ver si estiramos bien los brazos.

La mujer se detuvo junto a una mesa de piedra y depositó allí el Espejo-Estrella.

—Porque estos cristales han comenzado a olvidar —respondió—. Mi nombre es Angelia. Durante siglos, este lugar fue la Escuela de las Estrellas. Aprendices de muchos mundos llegaban hasta aquí para estudiar el movimiento del firmamento, interpretar sus constelaciones y aprender a iluminar las sombras antes de convertirse en guardianes.

Majo observó nuevamente los salones circulares.

No había nadie.

Las colchonetas estaban vacías, los mapas permanecían abiertos sobre las mesas y algunas esferas seguían girando sin que hubiese una sola persona estudiándolas.

—¿Y dónde están todos?

Angelia levantó la mirada hacia los enormes ventanales del fondo.

Más allá del observatorio, una marea de niebla gris avanzaba sobre el cielo, apagando estrellas y tragándose constelaciones enteras sin producir un solo sonido.

—Los envié de regreso a sus hogares cuando la Niebla del Olvido alcanzó los primeros anillos del cielo. Cuando la bruma se acerca, los espejos pierden la memoria de aquello que reflejan. Si un aprendiz olvida quién es mientras permanece aquí, la noche termina por reclamarlo.

El corazón de Majo dio un vuelco.

—Pues entonces mándeme a mí también a mi casa —dijo, apresurándose hasta la mesa para recoger su espejo—. Mi mamá me está esperando en la sala para ayudarme con la tarea de matemáticas. Yo no soy guardiana de nada, Angelia. Solo sé bailar y saltar en las porras.

Angelia apoyó una mano sobre el marco antes de que Majo pudiera tomarlo.

—El camino por el que llegaste ya no existe. La Niebla alcanzó tu umbral y lo borró. Para volver a Bogotá tendremos que encender nuevamente el Faro Central del observatorio, y su mecanismo solo responde a la luz de este espejo.

—¿Y por qué no lo enciende usted? —Majo abrió los brazos con frustración—. ¡Usted es la grande!

—Porque el faro no responde a mí.

—Pues dígale que responda.

Angelia levantó una ceja.

Majo cruzó los brazos.

—Bueno, no sé. Usted trabaja aquí.

Por un instante, la solemnidad de la Escuela pareció tener dificultades para sobrevivir a aquella lógica.

Angelia miró el Espejo-Estrella.

—Dijiste que tu tío te lo envió.

—Sí. Es un regalo.

—Tal vez para él lo fuera. Tal vez sabía lo que enviaba o quizá no tenía idea. Eso no puedo decírtelo. —Angelia volvió a mirarla—. Lo único que sé es que el espejo llegó a tus manos, te reconoció y abrió un camino hasta este lugar. Desde ese momento dejó de ser solamente un regalo.

Majo observó los cristales violetas.

—Pues podía haberme preguntado.

—En eso estamos de acuerdo.

Majo levantó la cabeza, sorprendida.

Angelia señaló la colchoneta de lino gris colocada frente al espejo apagado más cercano.

—Pero mientras encontramos la forma de presentar una queja formal ante un objeto mágico, necesito saber por qué te escogió.

—Yo ya le dije que no sé.

—También dijiste que solo sabes bailar y saltar.

Majo frunció el ceño.

—Sí.

—Entonces empezaremos por ahí. Muéstrame cómo te sostienes en el aire.

La niña parpadeó.

—¿Cómo?

—Ponte en la colchoneta.

Majo dudó unos segundos. Milú regresó inmediatamente a su lado y olfateó el lino antes de sentarse junto a uno de los bordes, con la mirada fija en ella.

Majo ocupó el centro.

Angelia cruzó las manos frente a su túnica.

—No necesito una presentación. Ni una sonrisa. Tampoco hay jueces esperando levantar una puntuación. Quiero que saltes como lo haces cuando nadie está mirando.

Majo respiró hondo.

Cerró los ojos apenas un instante y el olor seco de la piedra se mezcló con un recuerdo mucho más familiar: el gimnasio de su colegio, el eco de las palmadas, el silbato de su entrenadora y aquella fracción de segundo en la que su cuerpo dejaba de pesar.

Abrió los ojos, flexionó las rodillas y bajó el centro de gravedad.

Entonces saltó.

Se impulsó verticalmente, recogió los brazos contra el cuerpo y completó el giro antes de aterrizar en punta de pies sobre el lino. Sus rodillas absorbieron el impacto con naturalidad y la colchoneta apenas se movió debajo de sus zapatillas.

Sobre la mesa de piedra, los cristales violetas del Espejo-Estrella parpadearon.

Majo los vio.

Angelia también.

—Otra vez —ordenó.

—¿Me quedó mal?

—Te quedó perfecta.

Majo sonrió orgullosa.

—Entonces, ¿para qué otra vez?

—Porque una vez puede ser suerte.

La sonrisa desapareció.

—No fue suerte.

—Demuéstralo.

Aquello bastó.

Majo volvió a colocarse en posición y repitió el salto con la misma precisión. El espejo respondió de nuevo, esta vez con un brillo ligeramente más fuerte.

Angelia asintió.

—Bien. Tu cuerpo ha aprendido cosas que tú insistes en tratar como si no valieran demasiado.

Majo miró de reojo el uniforme negro y púrpura.

No respondió.

Angelia tomó el Espejo-Estrella de la mesa y comenzó a caminar hacia una gran escalinata que ascendía en espiral hasta la parte superior de la Escuela.

—El Faro Central está arriba.

Majo y Milú la siguieron.

—¿Y solo hay que prenderlo?

—Solo hay que llegar hasta él.

El modo en que lo dijo hizo que Majo redujera el paso.

—Eso sonó feo.

—Porque el puente está roto.

—¡Eso sonó peor!

Angelia continuó subiendo.

Cuando alcanzaron la sala superior, Majo entendió por qué.

La cámara del Faro era colosal. El suelo terminaba abruptamente en una cornisa circular suspendida sobre el mismo abismo que rodeaba la Escuela. A unos cuatro metros de distancia flotaba una plataforma de cuarzo sobre la cual descansaba una enorme esfera de bronce apagada, rodeada por anillos inmóviles.

Entre la cornisa y el altar ya no existía ningún puente.

Solo quedaba un bloque angosto de piedra celeste suspendido sobre la nada.

Majo se quedó completamente quieta.

—No.

Angelia avanzó hasta el borde y colocó el Espejo-Estrella dentro de una cavidad tallada en la piedra. El marco encajó con exactitud y los cinco cristales violetas respondieron con un resplandor tenue.

Milú se acercó inmediatamente y se echó junto a la cavidad, apoyando las patas delanteras cerca del espejo como si hubiera decidido que nadie volvería a llevárselo mientras ella estuviera allí.

—Hasta aquí puedo acompañarte —dijo Angelia—. El espejo debe permanecer en este lado hasta que alcances el altar. Si la estrella te reconoce desde allí, el Faro podrá responder.

Majo señaló el vacío.

—¿Quiere que salte?

—Sé que puedes hacerlo.

—¡Usted acaba de conocerme!

—Y acabo de verte saltar dos veces.

—¡Sobre una colchoneta!

—Precisamente.

Majo miró el bloque flotante.

Luego el altar.

Después volvió a mirar el bloque.

El aire del abismo le golpeó las mejillas y le movió la coleta.

—En el cielo no habrá siempre una colchoneta debajo de ti, Mariajose —dijo Angelia—. Yo puedo decirte dónde poner los pies. Lo que no puedo hacer es decidir por ti cuándo dejar de mirar hacia abajo.

Majo tragó saliva.

Retrocedió tres pasos.

Sacudió las manos como hacía antes de un ejercicio difícil, tomó aire y arrancó. El primer paso salió bien. El segundo también. Pero cuando el tercero tocó el borde de la cornisa y el vacío se abrió debajo de ella, sus ojos descendieron por puro reflejo.

La inmensidad la golpeó.

Dudó.

Solo una fracción de segundo.

Pero en el aire una fracción de segundo era muchísimo tiempo.

Saltó corta.

La zapatilla derecha apenas alcanzó una esquina del bloque flotante. La piedra se inclinó violentamente y Majo cayó de rodillas contra el borde mientras la pierna izquierda quedaba colgando sobre la oscuridad.

—¡Ahhh!

Sus dedos arañaron la superficie celeste buscando dónde aferrarse.

Milú comenzó a ladrar desesperadamente desde la cornisa. Se levantó de golpe y avanzó un paso, pero enseguida regresó junto al Espejo-Estrella, indecisa entre correr hacia su dueña o permanecer junto al objeto que parecía necesitar protección.

—¡Majo! —La voz de Angelia atravesó el abismo—. ¡Tus manos!

Majo respiraba demasiado rápido.

—¡Me voy a caer!

—¡Tus manos están sujetas! ¡Apoya el codo, sube la cadera y recupera el centro!

Majo apretó los dientes. La rodilla golpeada ardía con furia, pero consiguió apoyar un antebrazo sobre la piedra, luego el otro y, haciendo fuerza con los brazos, arrastró la pierna hasta quedar a horcajadas sobre el bloque.

Permaneció allí unos segundos, jadeando.

—¡Casi me caigo! —sollozó.

—Sí.

Majo levantó la mirada, indignada.

—¿Eso es todo?

—No. También saltaste mirando exactamente aquello que te pedí que dejaras de mirar.

Majo hizo una mueca.

—No lo hice a propósito.

—El miedo casi nunca pregunta primero.

Angelia señaló la cornisa.

—Regresa.

Majo miró hacia Milú. La perrita permanecía junto al espejo, moviéndose nerviosamente de un lado a otro y soltando pequeños gemidos.

Con cuidado, Majo giró sobre el bloque y dio un salto corto hacia atrás. Aterrizó sobre la cornisa, donde Milú corrió inmediatamente a lamerle la barbilla y las manos.

Esta vez Majo no lloró.

Se frotó la rodilla dolorida, respiró varias veces y volvió a colocarse detrás de la línea de salida.

Angelia no dijo nada.

Majo tampoco.

Miró el bloque flotante y eligió un punto concreto en su superficie.

Exactamente allí.

—Como en el gimnasio —murmuró—. Punta de pies y sin dudar.

Retrocedió.Tres pasos.

Arrancó.

El ritmo apareció solo.

Uno.

Dos.

Tres.

Clavó el pie de pique junto al borde y se lanzó hacia arriba.

La parábola fue alta y limpia. Sus zapatillas aterrizaron en el centro del bloque, las rodillas absorbieron el impacto y, aprovechando el mismo movimiento, Majo impulsó el cuerpo nuevamente hacia adelante.

Voló sobre la segunda brecha.

Sus pies alcanzaron la plataforma de cuarzo y el impulso la obligó a rodar sobre un hombro antes de incorporarse frente al Faro.

Majo levantó los brazos.

Postura perfecta.

—¡Lo hice!

Su sonrisa apareció inmediatamente mientras buscaba al otro lado a Milú.

La perrita saltaba junto a la cavidad del Espejo-Estrella, moviendo la cola con tanta fuerza que el moño rosado parecía a punto de salir volando.

Majo soltó una pequeña carcajada.

Entonces el observatorio tembló.

¡BOOOM!

El estruendo atravesó la cámara como un golpe enterrado dentro de la piedra. Las columnas vibraron y una lluvia de polvo cayó desde la bóveda.

Majo bajó los brazos.

—¿Qué fue eso?

Otro golpe sacudió el Faro.

En los ventanales de la cúpula apareció una línea gris.

La escarcha avanzó sobre el cristal como una grieta viva, extendiéndose en ramificaciones oscuras que bloquearon una estrella tras otra hasta que la sala comenzó a perder luz.

Angelia alzó la mirada.

Esta vez no había serenidad en su rostro.

—Ha llegado.

Milú se volvió hacia los ventanales y ladró con furia mientras una primera hebra de bruma atravesaba una fisura de la cúpula.

Majo retrocedió junto al altar.

La Niebla del Olvido acababa de alcanzar la Escuela de las Estrellas.

Entonces escuchó un sonido al otro lado del abismo.

Zzzzzzzmmm.

El Espejo-Estrella vibraba dentro de su cavidad.

Sus cinco cristales violetas ardían con un brillo desesperado mientras Milú permanecía junto a él, ladrando hacia la bruma que comenzaba a descender por las paredes.

Majo miró el Faro apagado detrás de ella.

Luego el espejo.

Cuatro metros de vacío los separaban.

Y esta vez, la Niebla no iba a esperar a que aprendiera a saltar.

Capítulo 10

El brillo de la estrella



El crujido de la cúpula sonó como un témpano partiéndose en dos.

Desde lo alto del observatorio comenzaron a descender jirones de bruma cenicienta, densos y lentos como aceite quemado. No traían viento ni lluvia, sino una helada absoluta que marchitaba el mármol al tocarlo. Allí donde la Niebla rozaba las columnas de piedra blanca, los grabados milenarios perdían sus líneas hasta dejar superficies lisas y pálidas, como si nadie las hubiera esculpido jamás.

Majo retrocedió sobre la plataforma del altar. La respiración se le convirtió en vaho frente a los labios y el frío atravesó la tela de su uniforme negro y púrpura, ardiéndole sobre las rodillas raspadas.

—¡Milú!

A cuatro metros de distancia, al otro lado de la brecha, la perrita blanca había quedado acorralada. La bruma descendía en espirales sobre la cornisa y comenzaba a rodear la cavidad donde permanecía el Espejo-Estrella. Milú no abandonaba su guardia: enseñaba los pequeños colmillos y ladraba con una furia desproporcionada para su tamaño, con el moño rosado temblando sobre una oreja y las patas delanteras clavadas junto al marco metálico como si realmente estuviera dispuesta a morder la sombra.

Angelia extendió un brazo y una barrera de luz azulada apareció frente a la cornisa. La Niebla chocó contra ella, pero la escarcha gris comenzó a trepar lentamente por la manga de su manto.

—¡Mariajose! —gritó por encima del estruendo—. ¡El Faro necesita la estrella! ¡La cornisa no resistirá mucho más!

Majo se volvió hacia el centro de la plataforma.

La gran máquina del Faro ocupaba casi toda la cámara: aros concéntricos de bronce y cuarzo formaban una esfera del tamaño de una casa alrededor de un cuenco de piedra oscura. Los engranajes permanecían inmóviles bajo una costra de ceniza fría y, en el centro del mecanismo, la llama que debía alimentarlos no era más que un rescoldo pálido.

En medio del cuenco había una cavidad.

Cinco puntas.

Majo miró hacia el Espejo-Estrella.

Luego hacia el bloque de piedra celeste que flotaba entre las dos plataformas.

La Niebla ya goteaba sobre él y convertía su superficie en una placa oscura y resbaladiza. Volver por el espejo significaba cruzar dos veces mientras el hielo seguía extendiéndose. No llegaría.

Milú retrocedió un paso cuando una lengua de escarcha rozó una de sus patas.

—¡No lo dejes! —gritó Majo—. ¡Milú, quédate con el espejo!

La perrita respondió con un ladrido agudo.

Algo ardió dentro del pecho de Majo. Ya no era el nudo de las calificaciones ni la vergüenza de quedarse mirando una página que los demás parecían entender. Era Milú atrapada al otro lado, era su casa esperando en Bogotá, era aquel espejo que había llegado desde Holanda junto con una tarjeta escrita de prisa.

Para que nunca olvides quién eres.

Majo plantó las zapatillas sobre el cuarzo y extendió una mano hacia la cornisa, con los dedos abiertos tal como terminaba sus rutinas frente a la entrenadora.

—¡Ven acá! —gritó con toda la fuerza que encontró en sus ocho años—. ¡Ese espejo es mío!

Durante un instante no ocurrió nada.

Después, los cinco cristales violetas se encendieron.

El zumbido atravesó la sala como el sonido de una cuerda inmensa tensándose sobre el firmamento. La cavidad que sostenía el espejo comenzó a iluminarse y el marco metálico se estremeció junto a las patas de Milú.

Majo mantuvo la mano extendida.

—Vamos...

El Espejo-Estrella se elevó.

No cayó.

No necesitó que nadie lo llevara.

Salió disparado de la cavidad envuelto en una estela violeta y cruzó la brecha como una estrella fugaz. El calor de su paso abrió un surco limpio entre la bruma y, un segundo después, el marco metálico chocó suavemente contra la palma de Majo.

Ella cerró los dedos.

El metal estaba tibio.

Y latía.

Majo apenas tuvo tiempo de mirarlo.

La cornisa se agrietó bajo Milú.

—¡Salta!

La perrita miró el vacío, después a Majo y finalmente el bloque intermedio.

Tomó impulso.

Sus pequeñas patas traseras se estiraron y Milú voló sobre la primera brecha. Cayó sobre la piedra celeste con un patinazo, recuperó el equilibrio como pudo y volvió a saltar justo cuando una franja de escarcha cubría el lugar donde había aterrizado.

—¡Ven, ven, ven!

Majo se lanzó de rodillas hacia adelante y estiró el brazo libre.

Milú llegó apenas.

La niña la atrapó en pleno salto y rodó sobre un costado, apretándola contra las costillas mientras la perrita temblaba y le llenaba la mejilla de lametazos.

—Ya, ya... estás conmigo.

No alcanzó a incorporarse.

La Niebla golpeó la plataforma.

La temperatura cayó de golpe y el aire adquirió un olor rancio, parecido al polvo de un cuarto cerrado durante años. La bruma se acumuló frente a Majo hasta formar un muro gris que ocultó el altar, las estrellas y casi toda la cámara.

Entonces comenzaron los murmullos.

No parecían venir de una sola voz.

No puedes.

Majo apretó a Milú.

Vas a caer.

El espejo vibró entre sus dedos.

No entiendes.

Otro murmullo apareció detrás del primero, después otro y otro, mezclándose hasta que Majo dejó de saber si realmente los escuchaba o si eran pensamientos que ya conocía demasiado bien.

Los demás sí pueden.

Porrista y ya.

El pecho se le cerró.

Majo intentó retroceder, pero una de sus zapatillas encontró escarcha.

Resbaló.

El cristal debajo de su pie se quebró con un chasquido seco y su cuerpo se inclinó hacia el abismo.

Milú chilló contra su pecho.

Durante una fracción de segundo, Majo vio debajo de ella la caída interminable.

Y recordó la primera vez.

No mires abajo.

Su cuerpo reaccionó antes que el miedo.

Giró el hombro para proteger a Milú y, en lugar de lanzar la mano al vacío, enganchó los dedos de la derecha —todavía cerrados alrededor del Espejo-Estrella— detrás de una saliente de bronce del mecanismo. Los músculos de sus brazos y del abdomen se tensaron con la misma fuerza que utilizaba cuando sostenía el peso de otra niña en una torre humana.

Las zapatillas patinaron una vez.

Luego encontraron apoyo.

Majo empujó con las piernas y recuperó el equilibrio.

Quedó apoyada contra la base del Faro, jadeando, con Milú apretada bajo un brazo y las rodillas temblándole.

Los susurros volvieron.

No puedes.

Majo levantó la cabeza.

—Sí puedo.

La Niebla avanzó otro palmo.

—Y aunque no pueda a la primera...

Apretó los dientes y miró el cuenco central.

—...lo vuelvo a intentar.

Se incorporó como pudo y avanzó hasta el mecanismo.

Los anillos de bronce chirriaban bajo la presión de la escarcha. La pequeña llama del centro estaba a punto de desaparecer.

Majo sostuvo el espejo frente a la cavidad.

Cinco puntas.

Exactamente cinco.

No necesitó que Angelia le explicara nada.

Encajó el Espejo-Estrella.

¡CLAC!

El sonido recorrió todo el observatorio.

Durante un segundo, el mundo quedó inmóvil.

Después, la estrella despertó.

Los cristales violetas encendidos lanzaron líneas de luz a través de cada ranura del mecanismo. El resplandor recorrió los engranajes, derritió la ceniza acumulada y alcanzó uno tras otro los enormes anillos del Faro.

El primero comenzó a girar.

Luego el segundo.

Después todos.

La maquinaria completa despertó con un zumbido profundo que hizo vibrar el cuarzo bajo los pies de Majo. La llama del cuenco se elevó hasta convertirse en fuego violeta y una columna de luz estelar atravesó la esfera de bronce, perforó la oscuridad de la cúpula y se proyectó hacia el firmamento.

La Niebla retrocedió.

No como humo empujado por el viento.

Como algo que no quería marcharse.

La masa gris se retorció alrededor de las columnas mientras la luz recuperaba las líneas que aún no habían sido borradas. La escarcha de los ventanales se quebró en cientos de fragmentos y las hebras de bruma que habían penetrado en la cámara se evaporaron antes de alcanzar el suelo.

Muy lejos, más allá de la Escuela, una estrella volvió a aparecer.

Luego otra.

Y otra más.

La Niebla se replegó hacia los confines del cielo hasta convertirse nuevamente en una mancha gris sobre el horizonte.

Pero no desapareció.

Majo permaneció frente al Faro, respirando con dificultad mientras Milú asomaba la cabeza debajo de su brazo.

—¿Se fue? —preguntó.

La voz de Angelia llegó desde la otra orilla.

—Retrocedió.

Majo miró la pequeña sombra que todavía permanecía en la distancia.

Entendió la diferencia.

Los anillos del Faro redujeron lentamente su velocidad hasta alcanzar un giro estable. El Espejo-Estrella se desprendió entonces de la cavidad y flotó frente a Majo durante un instante.

Esta vez ella no se sobresaltó.

Extendió la mano.

El espejo descendió sobre su palma como si siempre hubiera sabido dónde pertenecía.

En el centro del cristal apareció una pequeña estrella violeta.

Latía con cada respiración de la niña.

Detrás de ella, una calzada de luz comenzó a reconstruirse entre el altar y la cornisa. Angelia cruzó sin apresurarse mientras Majo acomodaba mejor a Milú contra su cuerpo.

Cuando llegó a la plataforma, la mujer se detuvo frente a ella.

Majo tenía la coleta ladeada, el moño morado torcido, una rodilla raspada y pequeñas manchas de ceniza sobre el uniforme que su tío había enviado desde Holanda.

Angelia la observó durante unos segundos.

No era la misma mirada con la que la había recibido en el umbral.

—El Faro vuelve a respirar —dijo finalmente—. Pero la Niebla del Olvido no ha sido derrotada. Solo perdió este camino.

Majo bajó la mirada hacia el Espejo-Estrella.

—Entonces puede volver.

—Puede intentarlo.

Majo abrazó un poco más fuerte a Milú.

—Yo no sé qué voy a hacer si vuelve.

Angelia asintió.

—Eso es más sensato que fingir que lo sabes.

Majo alzó la mirada.

—Pero no voy a dejar que apague mi casa.

Algo parecido a una sonrisa apareció fugazmente en el rostro de Angelia.

—Entonces recuerda eso cuando tengas miedo.

Majo observó el observatorio.

Los espejos oscuros seguían alineados junto a las paredes. Algunos continuaban sin reflejar nada, pero en uno de ellos comenzaba a aparecer una pequeña mancha de luz. Las esferas doradas volvían a girar y, a través de la cúpula, el firmamento recuperaba lentamente su brillo.

La Escuela de las Estrellas seguía herida.

Pero seguía allí.

—¿Ahora sí puedo volver con mi mamá?

—Ahora sí.

Majo dejó escapar un suspiro enorme.

—Porque además tengo que hacer divisiones.

Angelia arqueó una ceja.

—No puedo ayudarte con eso.

—Perfecto. Al fin algo que usted tampoco sabe.

Angelia abrió la boca.

Majo sonrió.

Por primera vez, la mujer dejó escapar una pequeña risa.

Luego señaló el espejo.

—Llévalo contigo, Mariajose. La Escuela abrió sus puertas para él y él decidió responderte a ti. Mientras conserve su luz, sabrá encontrar nuevamente este lugar.

Majo miró la pequeña estrella violeta que palpitaba dentro del cristal.

—¿Voy a tener que volver?

Angelia dirigió la vista hacia la mancha gris que aún permanecía muy lejos en el horizonte.

—No sé cuándo volverás a necesitar la Escuela.

Después miró a Majo.

—Pero sospecho que la Escuela volverá a necesitarte a ti.

La columna de luz del Faro comenzó a girar alrededor de Majo y Milú. El resplandor violeta se volvió cada vez más intenso hasta envolverlas en un remolino tibio que olía extrañamente a lluvia.

El mármol desapareció.

También las estrellas.

El último sonido que Majo escuchó fue el zumbido profundo del Faro.

Después cayó sobre la alfombra de su habitación.

—¡Ay!

Milú aterrizó de pie a su lado, estornudó con tanta fuerza que el moño rosado le quedó todavía más torcido y se sacudió de cabeza a cola como si acabara de salir de un aguacero.

Majo permaneció sentada, intentando comprender dónde estaba.

La lámpara seguía encendida sobre el escritorio. Afuera, la llovizna de Bogotá golpeaba suavemente la ventana y los cuadernos continuaban abiertos exactamente donde los había dejado. Desde la planta baja llegaba el ruido de una olla y el murmullo distante de la televisión.

Todo parecía igual.

Majo miró sus manos.

Seguía usando el uniforme negro y púrpura. Tenía polvo gris sobre una rodilla y una pequeña raspadura que definitivamente no estaba allí antes de entrar en la Escuela.

En su mano derecha descansaba el Espejo-Estrella.

Los cinco cristales violetas conservaban un resplandor apenas visible.

Y en el centro del cristal seguía latiendo aquella pequeña estrella.

—Entonces sí pasó —murmuró.

Milú ladró una vez.

—Tú también lo viste.

La perrita movió la cola.

Desde abajo llegó la voz de Alejandra:

—¡Majo! Ya puse a calentar la sopa. ¡Baja con los cuadernos para revisar esas divisiones antes de que tu papá se siente a ver las noticias!

Majo cerró los ojos.

Divisiones.

Por supuesto.

Miró hacia el escritorio.

Las páginas seguían allí llenas de números que no se habían vuelto mágicamente fáciles mientras ella estaba fuera. Majo todavía no sabía resolverlos todos. Probablemente se equivocaría. Tal vez tendría que pedir que se lo explicaran otra vez.

Eso tampoco había desaparecido.

Pero ya no parecía significar lo mismo.

Guardó el Espejo-Estrella dentro del primer cajón del escritorio, debajo de sus pompones, y comprobó dos veces que quedara bien cubierto. Después tomó el lápiz y el cuaderno de matemáticas.

Milú esperaba junto a la puerta.

Majo la levantó en brazos.

—Vamos. Antes de que aparezca otra niebla.

Abrió la puerta.

—¡Ya voy, mami!

Bajó las escaleras con Milú bajo un brazo y el cuaderno bajo el otro.

Detrás de ella, dentro del cajón cerrado, una pequeña luz violeta atravesó durante un instante la rendija de madera.

Muy lejos de allí, sobre otro escritorio de Bogotá, las páginas del Libro del Dragón descansaban junto a tres amuletos de piedra cósmica.

La Niebla del Olvido había retrocedido en dos lugares distintos.

Ignacio todavía no sabía lo que había ocurrido con Majo.

Majo tampoco sabía lo que Ignacio acababa de enfrentar.

Pero dos objetos enviados desde Holanda ya habían despertado.

Y sus caminos comenzaban a acercarse.

Capítulo 11
El Reflejo que no Brilla


Habían pasado cuatro días, pero nada había vuelto a ser igual.

Ignacio lo sentía cada vez que cerraba la puerta de su habitación. En su apartamento, la vida parecía seguir el compás de siempre: el aroma de la comida que preparaba Mónica, el tráfico de Bogotá colándose por la ventana y los cuadernos del colegio abiertos junto a su lámpara. Pero sobre el escritorio, el Libro del Dragón ya no era un objeto común. Había algo latente bajo la cubierta de cuero oscuro; a veces, con la luz fría de la noche, juraba que el relieve del jade respiraba con una calma viva.

En el fondo del cajón, envueltos bajo una camiseta doblada, los tres amuletos de piedra cósmica guardaban su secreto. No había sido un sueño. Las Bibliotecas habían existido, la roca sobre sus hombros había sido real y la Niebla del Olvido había intentado impedirle regresar a casa. Ignacio observó sus nudillos todavía ásperos y flexionó los dedos. Había conseguido abrirse paso entre aquella bruma y volver a Bogotá. Por ahora, eso era suficiente.

Al otro lado de la ciudad, en el apartamento de Majo, las secuelas de su propio viaje tampoco se habían borrado.

Aunque había regresado de la Escuela de las Estrellas con el Faro encendido y el Espejo-Estrella escondido bajo sus pompones, el mundo real no se había vuelto más fácil por haber saltado sobre el abismo. Durante las tres tardes siguientes, la mesa del comedor fue escenario de una batalla silenciosa contra los números. Las divisiones bailaban frente a sus ojos como símbolos de un idioma que nadie le había enseñado a leer, mientras Alejandra se sentaba a su lado con paciencia infinita.

—Mira, gordita... si divides la pizza en cuatro partes y te comes dos... —¡Pues me como las otras dos y pido otra pizza! —respondía Majo, intentando que una risa tapara la desesperación.

Pero la risa duraba poco.

Ignacio había ido de visita una de esas tardes y se sentó con ella a repasar. Con paciencia de primo mayor, llenó una hoja de estrellas, círculos y flechas para intentar desarmar las operaciones más difíciles. Ninguno de los dos mencionó lo que guardaba en su cuarto: Ignacio ignoraba por completo la plataforma de cuarzo y el Faro violeta de su prima, y Majo no sospechaba que las manos que sostenían el lápiz acababan de romper sombras con un cinturón azul de taekwondo.

Majo lo intentó. De verdad quiso entender. Pero cuando Ignacio regresó a su casa y las hojas quedaron otra vez frente a ella, los números volvieron a cerrarse como puertas con candado.

Estudió hasta que el lápiz le dejó una marca roja en el dedo, repitió ejercicios, borró tanto que casi rompió la hoja y fue al colegio esperando que esta vez el esfuerzo alcanzara.

No alcanzó.

Cuando la profesora pasó por su fila entregando las evaluaciones, el número rojo encerrado en un círculo cayó sobre su pupitre como un balde de agua helada. Majo dobló la hoja tan rápido que el papel crujió. A su alrededor, algunos compañeros festejaban y otros guardaban sus carpetas quejándose en voz baja, pero el salón entero terminó convertido en un zumbido distante mientras ella escondía la evaluación en el fondo de la mochila, con la garganta apretada por aquel viejo nudo que creyó haber dejado atrás.

Esa noche, la cena transcurrió en un silencio poco habitual. Rubén bajó el tenedor al notar que el plato de sopa de su hija apenas había sido tocado.

—¿Todo bien, mi estrellita?

Majo tragó saliva y, con los ojos clavados en el mantel, sacó la hoja doblada de su mochila y la dejó sobre la mesa. Alejandra la abrió despacio y suspiró con suavidad, sin enojo, con esa mirada comprensiva que a Majo a veces le dolía más que un regaño.

—Ay, mi amor...

—Estudié mucho, papi —murmuró Majo, con la voz quebrándosele en la última sílaba—. Hice todos los ejercicios. De verdad lo intenté.

Rubén estiró el brazo sobre la mesa y le tomó la mano con ternura.

—Escúchame bien, Majo. Una mala nota no decide quién eres. Lo difícil cuesta trabajo y, cuando algo no sale, lo único que queda es volver a intentarlo mañana. Tu mamá y yo estamos orgullosos de que no te rindas.

Majo asintió despacio. Sabía que su papá tenía razón; incluso recordaba haber pensado algo parecido cuando regresó de la Escuela de las Estrellas. Eso no consiguió, sin embargo, que el nudo de su estómago desapareciera.

Después de ayudar a recoger la mesa, fue directamente a su habitación y cerró la puerta. Necesitaba sacudirse el peso del colegio, las miradas del salón y aquella sensación amarga que insistía en acompañarla. Abrió el armario, pero no buscó la pijama. Sus dedos fueron directamente hacia la prenda que el tío Chris había confeccionado para ella en Holanda: tela elástica negro noche, ribetes de terciopelo morado y pequeños destellos que atrapaban la luz al moverse.

Se cambió con rapidez, ajustó el uniforme de porrista y caminó hasta el tocador. Allí recogió su cabello en una coleta alta y firme antes de anudar con esmero el gran moño morado.

Esa sí era ella.

Milú apareció trotando sobre la alfombra, apoyó las patas delanteras sobre sus rodillas e hizo tintinear el dije de estrella plateada de su collar azul mientras reclamaba cariño. Majo le acarició las orejas y levantó la mirada hacia el espejo del tocador para acomodarse el lazo.

Se detuvo.

El aire de la habitación pareció volverse más pesado.

Su reflejo continuaba frente a ella, pero los contornos de los hombros, los pliegues de la falda negra y los bordes de su rostro se habían vuelto lechosos y difusos, como si una capa de humo frío se extendiera lentamente detrás del cristal.

Majo levantó la mano derecha.

Su reflejo tardó una fracción de segundo en imitarla.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

Las palabras de Angelia regresaron a su memoria con una claridad aterradora:

«Primero desaparecieron los contornos de los aprendices. Luego los colores de sus ropas. Cuando un espejo pierde la memoria de lo que refleja, el umbral que sostiene se rompe.»

Milú dejó de mover la cola. Las orejas se pegaron a su cabeza, el pelaje blanco del lomo se erizó y un gruñido bajo escapó de su garganta mientras miraba fijamente el vidrio.

—¿Milú...? —susurró Majo, retrocediendo.

Su imagen tardó un instante más en acompañarla.

Entonces, desde el primer cajón del escritorio, debajo de los pompones de terciopelo donde lo había guardado, el Espejo-Estrella comenzó a vibrar. Un haz de luz violeta atravesó la rendija de madera y proyectó una estrella brillante sobre el piso mientras el zumbido del metal antiguo llenaba la habitación con la urgencia de una alarma.

Majo se quedó inmóvil apenas un segundo.

Recordó la advertencia de Angelia frente a la cúpula herida. La Niebla no había desaparecido; había retrocedido. Podía regresar.

Y ahora algo estaba ocurriendo en el espejo de su propia habitación.

El miedo intentó cerrarle la garganta, pero una rabia terca terminó empujándola hacia adelante. Cruzó el cuarto, abrió el cajón y apartó los pompones morados. El Espejo-Estrella vibraba bajo una luz viva e impaciente. En cuanto cerró los dedos alrededor del marco de cinco puntas, el metal respondió a su piel con un zumbido tibio que le templó el pulso.

Majo se volvió hacia el tocador.

El reflejo continuaba deshaciéndose.

Levantó la barbilla y sostuvo la reliquia frente al cristal.

—Aquí no —dijo con la voz apretada—. En mi casa no te vas a meter. Mi tío me cosió este uniforme y yo sé exactamente quién soy.

Los cinco cristales del Espejo-Estrella estallaron en luz.

Una oleada violeta inundó la habitación y atravesó el espejo del tocador. La superficie gris se estremeció como agua golpeada desde el otro lado y, durante un instante, la imagen de Majo desapareció por completo.

El cristal se abrió en una profundidad imposible.

Una ráfaga templada levantó el pelaje de Milú y sacudió la coleta de Majo mientras la luz comenzaba a envolverlas. Las paredes de la habitación se deformaron alrededor del espejo, el escritorio se estiró entre destellos violetas y el suelo pareció alejarse debajo de sus pies.

Majo apenas alcanzó a apretar a Milú contra sí con el brazo libre.

Entonces el cuarto entero desapareció en un remolino de luz morada.

Y el espejo del tocador se las llevó.

Capítulo 12
El Jardín de los Reflejos


El torbellino cesó de golpe.

Las zapatillas de Majo golpearon una superficie plana y fría, y el impacto le subió por los tobillos hasta la cadera. Milú aterrizó junto a sus piernas con un bufido sordo, clavando las uñas en el suelo mientras sacudía el pelaje blanco para quitarse de encima los últimos destellos de luz.

Majo tardó apenas un parpadeo en recuperar el equilibrio. Mantuvo el Espejo-Estrella bien sujeto en la mano derecha, con los nudillos apretados y el pulgar firme contra el marco metálico. El calor de los cinco cristales le templaba la piel, constante como un pulso despierto.

El aire olía a ozono y a mineral pulido.

Frente a ellas se alzaba un bosque de plata y piedra oscura. Columnas que parecían troncos de vidrio soplado ascendían en espiral hacia una penumbra azulada, abriéndose en copas inmensas cuyas ramas sostenían cientos de marcos antiguos. Algunos eran círculos de bronce gastado; otros, gotas afiladas de plata o cuadrados de hierro forjado que flotaban entre hojas translúcidas. En cada marco descansaba un espejo que respiraba con luz propia.

Bajo sus pies no había tierra. El suelo estaba formado por losas de basalto negro, surcadas por grietas delgadas por donde corría un líquido plateado y denso, semejante al mercurio. Su movimiento producía un murmullo fino, parecido al tintineo de copas al rozarse.

Milú avanzó con el lomo tenso, las orejas erguidas y el moño rosado firme sobre la cabeza. Se detuvo junto a una rama baja, estiró el cuello y rozó con el hocico un marco de madera oscura.

El cristal reaccionó.

En la superficie apareció un niño pedaleando con torpeza sobre una bicicleta descolorida. Unos pasos más atrás, una mano adulta acababa de soltar el asiento. El pequeño tambaleó, abrió la boca con un grito silencioso y, en el instante exacto en que sus pies encontraron el ritmo sobre los pedales, su postura cambió: la espalda se enderezó, la mirada se clavó al frente y algo se encendió en sus ojos.

El miedo a caer dejó de detenerlo.

La imagen se desvaneció lentamente en un resplandor dorado.

A dos pasos de distancia, otro marco de cobre comenzó a titilar. Majo se acercó con cautela, arrastrando apenas las suelas sobre el basalto. El vidrio devolvió la escena de una mujer de manos arrugadas que reía a carcajadas en medio de un comedor humilde, rodeada de rostros jóvenes que la abrazaban con cariño. Había tanta alegría en aquella escena que Majo terminó sonriendo sin darse cuenta.

Más adelante, una ventana reflejaba a una niña que contemplaba la noche con el mentón apoyado en las palmas, guardando en las pupilas el brillo de un firmamento que nadie más parecía ver.

Majo recorrió el sendero de piedra con pasos lentos.

Cada cristal guardaba algo distinto: alguien reuniendo valor para seguir adelante, otro sintiéndose orgulloso después de conseguir algo difícil, una familia abrazándose como si el mundo terminara fuera de aquella habitación, una niña levantando la cabeza después de haber llorado.

Majo bajó la mirada hacia su propio reflejo en el arroyo plateado que corría entre las grietas del suelo. La falda negra ribeteada en terciopelo morado, la coleta alta, el moño todavía firme después del viaje.

—No muestran solo cómo se ve la gente —murmuró.

Milú levantó las orejas.

Majo volvió la mirada hacia los espejos.

—Muestran lo que llevan adentro.

Una vibración seca recorrió el suelo.

El murmullo de cristal se quebró en un chasquido áspero, como hielo grueso partiéndose bajo una pisada.

En lo alto de los troncos plateados, una mancha cenicienta comenzó a gotear desde la oscuridad del techo. La bruma descendía pesada y untuosa, reptando por las ramas más altas con la lentitud de una resina podrida. Allí donde la escarcha gris envolvía un marco, la madera perdía sus relieves y el metal se volvía opaco y rugoso.

El espejo del niño sobre la bicicleta tembló.

El brillo dorado de la superficie se enturbió como agua estancada. La figura del pequeño continuó allí, pero la chispa de sus ojos desapareció. Sus hombros cayeron, los pies dejaron de empujar los pedales y el miedo volvió a ocupar todo su rostro antes de que el cristal quedara completamente ciego.

En el marco de cobre, la anciana dejó de reír. Miró a su alrededor como si ya no entendiera por qué aquellas personas la abrazaban. En la ventana, el firmamento se apagó lentamente dentro de los ojos de la niña hasta dejar únicamente un gris sin profundidad.

La Niebla avanzaba de rama en rama, apagando los cristales a su paso.

Las personas seguían allí.

Pero algo dentro de ellas dejaba de sostenerse.

Majo apretó los labios.

Pensó en la hoja doblada dentro de su mochila. En el número rojo. En aquella sensación horrible que había intentado convencerla de que todo su esfuerzo no servía para nada.

Milú soltó un gruñido profundo y se plantó junto a sus tobillos, enseñando los dientes hacia la masa gris que comenzaba a rodear los troncos.

Majo apretó el Espejo-Estrella contra el pecho.

Los cinco cristales violetas respondieron de inmediato. Haces afilados de luz descendieron alrededor de sus zapatillas y quemaron la bruma que intentaba acercarse con un siseo furioso.

Majo observó el espejo apagado del niño.

Después miró la niebla.

—Ya entendí lo que haces.

La ceniza siguió descendiendo entre las ramas.

—Haces que crean que ya no vale la pena intentarlo.

El Espejo-Estrella vibró con fuerza entre sus dedos.

Majo afirmó los pies sobre el basalto.

—Pues conmigo no.

La luz violeta se intensificó y abrió un pequeño círculo limpio alrededor de ella y Milú.

El Jardín entero crujió bajo el avance del Olvido.

Majo levantó el espejo frente a la oscuridad.

Y no retrocedió.

Capítulo 13
La Voz Detrás de los Espejos


El crujido nació en los cimientos del santuario.

Las losas de basalto se partieron con un chasquido áspero de hielo roto. Desde las grietas brotaron jirones de niebla viscosa que subieron como dedos grises, mordiendo la base de los troncos plateados. Los árboles de vidrio se estremecieron en una sacudida violenta y, en las ramas superiores, decenas de marcos chocaron entre sí con un tintineo frenético que sonaba a vajilla haciéndose pedazos contra la piedra.

—¡Milú! —gritó Majo.

Apenas a medio metro de sus zapatillas, una sección entera del sendero cedió y cayó en la penumbra.

El aire del abismo le golpeó las mejillas con la misma helada que casi la había hecho resbalar en el Faro Central. Milú soltó un aullido agudo, con las cuatro patas patinando sobre las lajas que comenzaban a inclinarse hacia el vacío.

El pánico le subió a Majo desde el estómago hasta la garganta.

Vas a caer.

La voz de la Niebla intentó colarse otra vez.

Majo mantuvo la mirada al frente. Recordó el tono seco de Angelia en la Escuela de las Estrellas:

«El miedo casi nunca pregunta primero.»

También recordó lo que había descubierto después. Su cuerpo sabía hacer cosas que ella misma olvidaba cuando empezaba a dudar.

Se agachó con un movimiento rápido, atrapó a Milú contra sus costillas con el brazo izquierdo y flexionó las rodillas sobre la última losa firme.

Tres pasos.

Uno.

Dos.

Tres.

Clavó la punta de la zapatilla en el borde del abismo y se lanzó hacia adelante con toda la fuerza de sus piernas.

La roca terminó de quebrarse bajo su impulso.

El vacío se abrió debajo de ella, pero Majo sostuvo el cuerpo en el aire con la precisión aprendida después de tantas horas de entrenamiento. La falda negra se levantó con el salto, los ribetes morados atraparon un destello de luz y la coleta se tensó detrás del gran moño.

En el punto más alto de la trayectoria, la mano derecha —cerrada alrededor del Espejo-Estrella— rozó el marco de bronce de una rama suspendida.

El contacto desató un pulso violeta.

La luz atravesó el metal, corrió por la rama y alcanzó el cristal. Durante un instante, el espejo dejó de mostrar duda y derrota. Allí estaba Majo suspendida sobre el abismo, con Milú apretada contra el pecho y los ojos fijos en el lugar donde quería aterrizar.

El resplandor prendió en cadena.

Saltó de marco en marco a lo largo de la rama. En un cristal despertó nuevamente la risa del niño que pedaleaba solo; en otro, las arrugas de la anciana volvieron a llenarse de alegría; más allá, el firmamento regresó a las pupilas de la niña junto a la ventana.

La escarcha gris siseó al retirarse de las hojas de vidrio más cercanas.

Majo aterrizó al otro lado de la brecha.

El golpe contra la plataforma de cristal le sacudió las piernas. Las zapatillas resbalaron sobre la superficie lisa y dejó caer el cuerpo hacia adelante, girando sobre un hombro para mantener a Milú protegida contra el pecho.

Terminó sobre una rodilla, jadeando, con la falda manchada de escarcha y una raspadura ardiente bajo la tela.

Milú temblaba entre sus brazos y le lamió la barbilla con un gemido corto.

Majo levantó la vista.

Esperaba encontrar el bosque recuperando su brillo.

Solo una pequeña hilera de ramas había despertado.

Alrededor de ellas, cientos de troncos continuaban cubiertos por la costra cenicienta. Los espejos permanecían muertos, ciegos y silenciosos mientras la Niebla avanzaba desde lo alto del santuario.

Majo miró la pequeña zona iluminada.

Después todo lo demás.

Había conseguido devolverle la luz a una parte diminuta.

Nada más.

El temblor de las losas se detuvo.

También el choque de los marcos.

El silencio cayó sobre el Jardín.

Una corriente helada descendió desde la oscuridad superior y convirtió el aliento de Majo en una nube blanca frente a sus labios.

Entonces habló la sombra.

La voz surgió detrás de los espejos apagados, grave y hueca, como si cada cristal muerto repitiera el mismo susurro desde un lugar distinto.

—Si dejan de verse...

A dos pasos de Majo, los espejos que acababa de despertar titilaron.

Una película gris comenzó a extenderse otra vez sobre ellos.

—...dejarán de recordarse.

El vello de sus brazos se erizó bajo las mangas del uniforme.

Milú pegó las orejas a la cabeza y soltó un gruñido sordo, rígida contra su pecho.

Entre los troncos muertos del fondo, la penumbra comenzó a abrirse.

Una estructura enorme emergió lentamente desde la niebla.

Era un marco de hierro negro, alto como el muro de un templo, carcomido en los bordes por un óxido ceniciento que derramaba sombras sobre el basalto. Su superficie permanecía completamente oscura, inmóvil, incapaz de devolver siquiera el brillo de las ramas cercanas.

Majo se puso de pie con dificultad, apoyó una mano en el suelo para recuperar el equilibrio y avanzó hacia el enorme espejo. Buscó instintivamente su reflejo: el uniforme que su tío le había cosido, el gran moño morado, Milú entre sus brazos y su propio rostro, pero la superficie negra no devolvía nada. Solo había un hueco oscuro y silencioso allí donde debería estar ella.

Apretó el Espejo-Estrella contra la palma. Los cinco cristales violetas seguían encendidos, reflejando su luz sobre el marco de hierro, pero ni siquiera ese resplandor conseguía dibujar su figura en el cristal.

Majo intentó tomar aire y sintió cómo el pecho se le cerraba.

Por más que mirara, el espejo había dejado de recordarla.

Capítulo 14
La llamada en el cristal


Muy lejos del Jardín de los Reflejos, otro espejo comenzaba a enfermarse.

En la pared del gimnasio de taekwondo, el gran espejo de entrenamiento empezó a perder el paso.

Ignacio completó un giro sobre el talón derecho y descargó una patada lateral al aire. La técnica salió limpia, con la puntera tensa y el tronco alineado, pero en el cristal su reflejo tardó una fracción de segundo en imitarlo.

Ignacio bajó la pierna despacio.

Frente a él, la superficie parecía cansada. La imagen del dobok blanco lucía desvaída y el azul del cinturón amarrado a su cintura se veía opaco, lechoso, como si alguien hubiera respirado vapor helado detrás del vidrio.

Bajo la tela doblada del cinturón, los tres amuletos de piedra cósmica vibraron al unísono: el frío agudo del Conocimiento, el pulso profundo del Corazón y el peso seco del Cuerpo.

—¿Pasa algo, Ignacio? —preguntó el entrenador desde el centro del tatami.

Ignacio tardó un instante en apartar la vista.

—El espejo... se ve raro.

El instructor se acercó, pasó la palma por el marco y arrugó la frente.

—Ese cristal viejo ya no aguanta la humedad de Bogotá. Después de la clase le digo al administrador que lo mande a revisar. ¡Diez flexiones y cambiamos de guardia!

Ignacio volvió a colocarse en posición, pero el frío en el estómago permaneció allí.

Al fondo, sentada en las bancas de madera junto a los ventanales, Mónica esperaba mirando la pantalla de su celular, ajena a la escarcha invisible que trepaba por la pared.

Ignacio volvió a mirar el cristal y vio cómo el reflejo del salón comenzaba a desmoronarse. Las luces del techo perdieron definición y los otros muchachos se convirtieron en manchas grises que se movían sin emitir sonido. Entre la bruma que se apoderaba del fondo apareció una figura pequeña, vestida con ropa oscura, acompañada por la silueta diminuta de un perro. En una de sus manos ardía un destello violeta con forma de estrella.

Ignacio dio un paso al frente, con el pulso golpeándole en la garganta.

—¿Quién...?

La imagen parpadeó entre jirones de ceniza. Frente a la niña crecía una sombra inmensa, tan oscura que parecía tragarse incluso la luz violeta que sostenía.

El cristal crujió.

Una grieta fina como un cabello atravesó la figura y la imagen desapareció bajo una capa de niebla inmóvil.

Los tres amuletos ardieron contra su cintura.

Ignacio corrió hacia las bancas antes de que terminara la clase, tomó el morral donde descansaba el Libro del Dragón envuelto entre sus cuadernos del colegio y se detuvo frente a su madre.

—Ma, préstame el celular.

Mónica levantó la vista, desconcertada por el jadeo de su hijo.

—¿Para qué, Igna?

—Necesito ver algo rápido. Porfa.

Mónica le entregó el teléfono desbloqueado. Ignacio abrió los contactos, buscó «Chris Holanda» y pulsó la llamada.

Sonó una vez. Dos veces.

Al cuarto tono, una voz pesada y ronca respondió entre bostezos y el crujido de cobijas al moverse.

—Moni... ¿pasó algo? Son como las dos de la mañana acá...

—Tío, soy yo, Igna.

Hubo una pausa del otro lado, seguida por el sonido de Chris frotándose la cara.

—¿Igna? ¿Por qué llamas desde el celular de tu mamá a esta hora? ¿Están bien?

—Sí, sí, estamos bien —dijo Ignacio, bajando la voz mientras se apartaba hacia la salida del gimnasio—. Tío, perdón por despertarte, pero necesito preguntarte algo. ¿Recuerdas el espejo de estrella morada que Majo quería tanto en la videollamada? ¿Al final se lo enviaste?

Chris soltó un suspiro adormilado mientras se acomodaba entre las almohadas.

—Ah... el espejito de cinco puntas. Sí, claro, campeón. Se lo metí en la misma caja con el uniforme de porrista que le cosí. Majo me insistió tanto con que combinaba con el terciopelo... ¿Por qué me preguntas eso a mitad de la noche?

Ignacio sintió que todas las piezas encajaban de golpe: la ropa oscura, el perro blanco y la estrella violeta que había visto ardiendo en el cristal del dojo.

Era Majo.

La niña atrapada entre la niebla era su prima, y aquel espejo que Chris le había enviado desde Holanda tenía que estar relacionado con lo que acababa de ver.

—Por nada, tío —respondió Ignacio, intentando que la voz no le temblara—. Solo quería saber si ya le había llegado. Perdón por despertarte.

—Ustedes dos me van a volver loco... —murmuró Chris entre otro bostezo—. Dale un beso a tu mamá y déjenme dormir un rato más.

—Descansa, tío.

Ignacio colgó, devolvió el celular a su madre y la miró con urgencia.

—Ma, tenemos que ir al apartamento del tío Rubén.

Mónica frunció el ceño.

—¿Ahora? Ignacio, acabas de salir de clase, estás sudado...

—Tú me dijiste que la abuelita Flor estaba allá con la tía Aleja y el tío Rubén —insistió Ignacio, sosteniéndole la mirada—. Olvidé un cuaderno allá y lo necesito hoy mismo. Vamos, ma, porfa.

Mónica suspiró, guardó el teléfono en la cartera y tomó las llaves del carro.

El trayecto por las calles del norte de Bogotá fue un suplicio mudo. Los postes de luz parecían titilar con menos fuerza y, en los ventanales de los edificios que pasaban a toda velocidad, Ignacio creyó reconocer el mismo desfase ceniciento que había visto en el gimnasio.

Apenas el carro se detuvo en el parqueadero de visitas del edificio de Rubén, bajó con el morral colgado al hombro y subió junto a su madre en el ascensor hasta el cuarto piso.

Rubén abrió la puerta con una sonrisa tranquila.

—¡Miren quién llegó! Sigan, que Aleja acaba de bajar el café.

En la sala del apartamento, el ambiente era el de cualquier tarde familiar bogotana. Alejandra servía pocillos sobre la mesa de centro y la abuelita Flor estaba sentada en el sofá con un chal sobre los hombros, conversando con calma.

—Hola, mi amor —saludó Flor al ver a su nieto—. Te ves cansado de ese entrenamiento.

—Hola, abuelita. Aleja, ¿dónde está Majo? — Pregunto Ignacio mientras se quitaba los zapatos.

Alejandra suspiró suavemente mientras le entregaba un pocillo a Mónica.

—En su cuarto, mi cielo. Llegó bajita de nota por una evaluación de matemáticas y se encerró con Milú. Ni siquiera ha querido salir a probar bocado. Pasa a ver si a ti te abre.

—Ya voy.

Mientras Mónica y Rubén se sumaban a la conversación sobre el tráfico y las noticias, Ignacio se deslizó por el pasillo del apartamento.

La puerta de la habitación de Majo estaba entreabierta.

—¿Majo?

Empujó la madera despacio.

El cuarto permanecía sumido en una penumbra fría que olía a piedra quemada y a ozono. Los cuadernos de divisiones yacían sobre el escritorio con la hoja del examen arrugada en una esquina.

Majo no estaba.

Milú tampoco.

Ignacio clavó los ojos en el tocador.

El espejo ya no devolvía la habitación. Una negrura densa y silenciosa había ocupado toda la superficie, atravesada en el centro por una grieta fina de cinco puntas que dejaba escapar un vaho gélido sobre los frascos de colonia.

Ignacio se acercó.

La forma de la grieta le recordó de inmediato el destello violeta que había visto en el dojo.

Soltó el morral en el piso, abrió la cremallera y sacó el pesado volumen de cuero oscuro. Lo apoyó sobre la madera del tocador, frente al cristal ciego.

El jade verde del centro reaccionó de inmediato.

Una pulsación azul cobalto recorrió el relieve del dragón Longyan y, bajo el cinturón, los tres amuletos respondieron al mismo tiempo.

Ignacio apoyó la palma derecha sobre el lomo tibio del libro y mantuvo la mirada fija en la oscuridad del espejo. Pensó en Majo atrapada al otro lado, en la silueta de Milú junto a ella y en la sombra que había visto crecer detrás de ambas. No sabía qué lugar era aquel ni cómo abrir un camino hasta allí, pero el Libro del Dragón ya lo había guiado antes cuando todo parecía perdido.

Apretó los dedos contra la cubierta.

—Llévame con Majo.

El jade brilló con una intensidad cegadora.

Desde las páginas cerradas brotó un rugido profundo que hizo vibrar los frascos sobre el tocador. La grieta en el espejo se encendió en azul y comenzó a extenderse por la superficie negra mientras el aire del cuarto giraba alrededor de Ignacio, levantándole el borde del dobok y sacudiendo los papeles del escritorio.

El espejo cedió.

La oscuridad se abrió frente a él y una fuerza brutal tiró de su cuerpo hacia adelante. Ignacio alcanzó a sujetar el Libro del Dragón contra el pecho antes de que el cuarto desapareciera bajo una marea de humo y luz azul.

Durante un instante solo vio el reflejo de unos ojos enormes dibujándose entre las escamas de jade.

Después, el cristal se lo llevó.

Capítulo 15
La Voz que Aún Recuerda


La caída terminó con un golpe seco.

Los pies descalzos de Ignacio chocaron contra una losa lisa y helada. El impacto le tensó los gemelos y tuvo que apoyar una rodilla en el suelo para frenar la inercia, sujetando con fuerza el Libro del Dragón contra el costado.

Tardó un instante en recuperar el aliento y, cuando levantó la vista, el dormitorio de Majo había desaparecido por completo.

El aire era denso, impregnado de ozono, piedra calcinada y metal frío. A su alrededor se extendía una explanada de basalto negro, atravesada por grietas donde corría un líquido plateado y espeso. Entre la bruma ascendían troncos semejantes a columnas de vidrio pulido, abiertos en ramas de plata que sostenían cientos de marcos de metal.

Ninguno devolvía un rostro.

La mayoría de los espejos colgaban ciegos, cubiertos por una costra cenicienta que apagaba los detalles del vidrio. En muchos de ellos, finas fisuras recorrían la superficie y dejaban escapar un vaho gélido hacia el suelo.

Ignacio se incorporó despacio, plantando los pies con la firmeza aprendida sobre el tatami. Bajo la faja del dobok, los tres amuletos vibraron al mismo tiempo.

Mente. Corazón. Cuerpo.

Respiró hondo y avanzó.

No entendía dónde estaba ni qué sostenía aquel lugar, pero reconocía la presencia de la Niebla. Ya había sentido ese frío en las Bibliotecas y había visto lo que podía hacer cuando empezaba a cubrirlo todo.

—Majo... —llamó en voz baja.

El eco se perdió entre las copas plateadas.

Más adelante, sobre una rama curva, un marco de cobre despidió un chispazo violeta. Ignacio aceleró el paso y encontró, al pie del tronco, marcas recientes sobre el basalto: huellas de zapatillas pequeñas, una línea de escarcha quemada y varios raspones en la piedra.

Se agachó un momento y pasó los dedos por una de las marcas.

Majo había estado allí.

Con eso le bastó.

Siguió avanzando entre los árboles de plata mientras la bruma se espesaba alrededor del sendero. Las ramas más bajas crujían bajo una costra gris que se extendía poco a poco sobre los marcos.

A su derecha, un espejo ovalado de madera oscura vibró levemente.

Ignacio se detuvo.

Una luz dorada, apenas visible, temblaba en el fondo del cristal como una brasa bajo la ceniza. El frío perdió fuerza alrededor del marco y por un instante el aire se volvió extrañamente tibio.

Desde el vidrio llegó un murmullo débil, incompleto, formado por palabras que parecían arrastrarse desde muy lejos.

«...mira...»

Ignacio se acercó.

La luz dorada titiló.

«...recuerda...»

Una capa de escarcha comenzó a trepar por la madera.

—¿Quién está ahí? —preguntó Ignacio.

El cristal respondió con otro temblor tenue.

Entre el murmullo surgieron fragmentos de voces distintas, unas graves, otras suaves, demasiado rotas para distinguir palabras completas. Ignacio alcanzó a percibir apenas una frase antes de que la ceniza cubriera casi toda la superficie.

«...no dejes que se apague...»

La luz se redujo a un punto dorado.

Y entonces, mezcladas entre aquellos ecos desconocidos, aparecieron tres palabras dichas con una ternura que Ignacio reconoció de inmediato:

«...mi amor lindo...»

Ignacio se quedó inmóvil.

Conocía esa forma de decirlo.

La había escuchado desde pequeño, en cumpleaños, noches de fiebre, despedidas y abrazos largos.

—¿Abuelita Flor...? —murmuró.

El espejo se apagó.

Ignacio esperó unos segundos, pero no volvió a escuchar nada. No sabía si aquella voz había pertenecido realmente a su abuela o si el cristal había guardado algo suyo mucho tiempo atrás. Tampoco entendía quiénes eran las otras voces ni por qué parecían intentar atravesar la Niebla.

Una detonación sorda sacudió el fondo del bosque antes de que pudiera pensarlo más.

La vibración recorrió el suelo bajo sus pies y, entre los troncos ennegrecidos, un resplandor violeta abrió una herida breve en la penumbra.

Luego llegó un aullido agudo.

Milú.

Ignacio apretó el Libro del Dragón contra el pecho y echó a correr entre los árboles plateados, siguiendo el destello violeta que todavía temblaba entre las ramas mientras la Niebla volvía a cerrarse detrás de él.

Capítulo 16
La Batalla de los Reflejos


Ignacio corrió hacia el destello violeta que atravesaba la bruma.

El Libro del Dragón pesaba bajo su brazo izquierdo, firme contra las costillas, mientras los tres amuletos vibraban al unísono bajo la faja del dobok.

Mente. Corazón. Cuerpo.

Su respiración encontró el ritmo del entrenamiento y cada paso respondió con la memoria de horas sobre el tatami, aunque las plantas de los pies ardieran contra las lajas heladas. Al doblar entre dos troncos de vidrio astillado, el claro se abrió ante él.

Majo estaba allí.

Su uniforme negro de porrista estaba cubierto de polvo gris, la coleta casi deshecha y el gran moño morado ladeado sobre una oreja. Milú ladraba furiosa junto a sus piernas, con el lomo erizado y los colmillos al aire, mientras Majo sostenía el Espejo-Estrella con ambas manos y sus cinco cristales lanzaban destellos violetas contra una masa de oscuridad.

Frente a ellas se alzaba el espejo colosal.

El marco de hierro negro y corroído se elevaba sobre los árboles como una pared. Su superficie permanecía cubierta por una ceniza inmóvil que absorbía los reflejos y debilitaba la luz a su alrededor.

Desde el fondo del cristal surgió un murmullo grave.

«Sin rostro... sin memoria... nada.»

Los brazos de Majo temblaban por el esfuerzo de mantener el Espejo-Estrella en alto, pero sus pies seguían firmes sobre el basalto.

—¡Majo! —gritó Ignacio.

Ella giró la cabeza.

—¡Igna!

El alivio le quebró la voz.

Ignacio atravesó los últimos metros del claro y el Libro del Dragón vibró contra sus costillas. El jade verde incrustado en la cubierta respondió al espejo negro con una pulsación azul intensa que recorrió el relieve del dragón y abrió momentáneamente un espacio limpio entre los jirones de bruma.

Ignacio aprovechó la abertura para llegar junto a su prima.

—Quédate cerca —dijo, colocándose a su lado—. Y no sueltes el espejo.

Majo asintió sin apartar la vista de la sombra.

El gran marco rechinó.

—Dos niños... —pronunció la voz desde las grietas—. Dos chispas que todavía creen que alguien las recordará.

La niebla se arremolinó alrededor del claro y una corriente helada se estrelló contra ellos. El basalto tembló y una fractura atravesó el suelo entre ambos, obligando a Majo a saltar hacia un lado mientras Ignacio retrocedía hacia el otro.

—¡Igna!

—¡Estoy aquí!

Una cortina de ceniza se levantó sobre la grieta y ocultó a cada uno del otro.

La superficie del espejo cambió.

Delante de Majo apareció la hoja arrugada de la evaluación de matemáticas. El número rojo ocupaba casi toda la página mientras el salón se extendía a su alrededor, silencioso y enorme. Nadie hablaba. Nadie la miraba. Ella intentaba esconderse bajo el pupitre, deseando hacerse pequeña hasta desaparecer. La imagen se deformó y la Escuela de las Estrellas ocupó su lugar: una plataforma suspendida, sus zapatillas perdiendo apoyo y el vacío abriéndose bajo sus pies.

Majo apretó el Espejo-Estrella.

A través de la grieta, Ignacio vio la sala de su apartamento en Bogotá. Mónica, su papá y su hermana estaban sentados a la mesa sirviendo la comida. Había tres platos.

El cuarto nunca aparecía.

Su madre se levantaba para cerrar una puerta al fondo del pasillo y continuaba hablando con normalidad, como si aquel cuarto jamás hubiera pertenecido a nadie. Ninguna fotografía en las paredes mostraba su rostro. Ninguna voz pronunciaba su nombre.

Ignacio sintió que el aire se detenía dentro de sus pulmones.

La niebla trepó lentamente por sus tobillos.

—Olvidar duele menos —susurró la sombra desde todas partes—. Dejen que todo desaparezca.

Entre los árboles comenzaron a escucharse voces débiles, fragmentadas por la distancia. Una pronunciaba algo que Ignacio no logró comprender; otra parecía repetir una palabra antigua. Después llegó un murmullo cálido, familiar apenas por un instante.

«...mis amores...»

La frase se perdió entre los cristales.

Otra voz, lejana y desconocida, atravesó la ceniza.

«...recuerden...»

Los amuletos se calentaron contra el cuerpo de Ignacio.

Mente. Corazón. Cuerpo.

Cerró los ojos durante un segundo.

La mesa seguía allí cuando volvió a abrirlos, con sus tres platos y aquella familia que parecía no haberlo conocido jamás. Ignacio apretó los dientes y apartó la mirada del cristal.

—¡Majo! —gritó hacia la cortina gris—. ¡No le creas! ¡Escúchame a mí!

La voz de Ignacio alcanzó a su prima.

Majo respiró con dificultad mientras la evaluación seguía ocupando el espejo. Sintió el uniforme ajustado sobre los hombros, recordó las manos de Chris cosiendo cada detalle desde Holanda, la mano de su papá sobre la suya durante la cena y las estrellas que Ignacio había dibujado para ayudarla con las divisiones.

La hoja frente a ella comenzó a temblar.

—¡Tú sabes quién eres! —volvió a gritar Ignacio.

Majo se limpió las lágrimas con el hombro sin soltar el Espejo-Estrella.

—Sí —respondió entre dientes.

El número rojo siguió brillando frente a ella.

—Sí sé.

Los cinco cristales se encendieron.

—¡Yo sé quién soy!

La luz violeta atravesó la ilusión y el salón desapareció en una explosión de reflejos rotos.

Majo vio entonces la silueta de Ignacio al otro lado de la grieta. Flexionó las piernas, tomó impulso y saltó sobre la fractura con el Espejo-Estrella sujeto entre ambas manos. El entrenamiento sostuvo su cuerpo mientras atravesaba la corriente helada y aterrizaba cerca del centro del claro.

El marco negro reaccionó.

Una lengua de niebla descendió hacia ella.

—¡Majo, abajo! —gritó Ignacio.

Ella se agachó y rodó sobre un hombro. La sombra pasó sobre su cabeza y golpeó el basalto.

Ignacio avanzó desde el otro lado. Giró sobre el pie de apoyo y lanzó una patada lateral contra una de las placas de piedra que sostenían el marco. El impacto no dañó el hierro, pero hizo vibrar la estructura lo suficiente para que la ceniza se desprendiera de una de sus grietas.

Majo lo vio.

—¡Igna, otra vez!

Ignacio comprendió.

Golpeó una segunda placa con el talón.

El marco se inclinó apenas.

Majo corrió.

Plantó una zapatilla sobre una roca elevada, impulsó el cuerpo hacia arriba y extendió el Espejo-Estrella frente a ella. Los cinco cristales encontraron la grieta que Ignacio había dejado al descubierto y descargaron allí todo su resplandor.

La luz violeta penetró en el hierro.

El espejo colosal se estremeció.

Una fisura luminosa descendió desde el borde superior hasta el centro.

—¡Sigue! —gritó Ignacio.

Majo apretó el marco con ambas manos.

—¡Estoy siguiendo!

El suelo volvió a sacudirse.

Varias losas cedieron de golpe y Milú perdió apoyo cerca de la grieta. La perrita arañó la piedra mientras el borde se desmoronaba bajo sus patas.

Majo soltó una mano del Espejo-Estrella.

—¡Milú!

Ignacio se lanzó hacia ella y alcanzó a sujetarla por el arnés justo antes de que resbalara al vacío. El tirón lo llevó de rodillas contra el basalto.

Al mismo tiempo, la roca bajo Majo comenzó a ceder.

—¡Igna!

Ignacio aseguró a Milú contra el pecho con un brazo y extendió el otro.

—¡Salta!

Majo miró la distancia.

Tomó dos pasos sobre la losa que se quebraba, impulsó el cuerpo y voló hacia él. Ignacio atrapó su antebrazo y el peso de ambos lo arrastró varios centímetros hacia la grieta.

Majo clavó una zapatilla contra el borde.

Ignacio tensó el hombro.

Por un instante quedaron suspendidos entre el peso del vacío y la piedra que seguía deshaciéndose bajo ellos.

—¡Empuja! —gritó Ignacio.

Majo encontró apoyo con la pierna libre y se impulsó hacia arriba mientras Ignacio tiraba de su brazo. Los dos cayeron juntos sobre el tramo firme, con Milú atrapada entre ellos, y rodaron lejos de la fractura mientras detrás el basalto terminaba de desplomarse.

El golpe los dejó sin aire.

Majo levantó la cabeza.

La grieta violeta del gran espejo seguía encendida.

El hierro comenzó a partirse.

Una línea de luz recorrió el marco, luego otra, y el cristal negro se quebró desde el centro con un estruendo que hizo vibrar todo el Jardín. Grandes fragmentos de ceniza y metal se desprendieron y se deshicieron antes de tocar el suelo.

La masa de niebla que rodeaba el claro perdió forma.

Retrocedió entre los árboles como una marea obligada a retirarse, arrastrándose hacia las zonas más profundas del santuario mientras la escarcha abandonaba lentamente las ramas cercanas. Algunos espejos recuperaron destellos de color. Otros permanecieron opacos, heridos por manchas grises que todavía se aferraban al vidrio.

La Niebla seguía allí.

Más lejos.

Esperando.

Majo se incorporó con dificultad y abrazó a Milú, que comenzó a lamerle la cara con desesperación. Después miró a Ignacio, todavía sentado sobre el basalto, con una mano apoyada en el hombro magullado y el Libro del Dragón junto a la pierna.

—Llegaste —dijo, y una sonrisa pequeña consiguió abrirse paso entre las lágrimas.

Ignacio respiró hondo y le devolvió la sonrisa.

—Claro que llegué.

Sobre ellos, uno de los espejos volvió a

encenderse.

Capítulo 17
El espejo que recuerda


El temblor fue desapareciendo poco a poco bajo las losas de basalto.

En el claro, la niebla que había rodeado el gran espejo perdió densidad y retrocedió entre los troncos de cristal, dejando libres las ramas más cercanas. Más allá, hacia las profundidades del Jardín, todavía quedaban zonas cubiertas por una penumbra gris que se aferraba a los marcos y ocultaba los senderos.

Algunos espejos comenzaron a despertar.

Primero apareció un destello en un marco de cobre. Después otro entre las hojas de vidrio y uno más sobre una rama plateada. En sus superficies regresaron fragmentos de risas, manos que se buscaban, primeros pasos, ojos levantándose después de una caída. Otros cristales permanecieron opacos, marcados por manchas cenicientas que no desaparecían del todo.

Milú sacudió el pelaje blanco con tanta fuerza que levantó una nube de polvo y luego correteó alrededor de Majo, haciendo tintinear el dije de estrella de su collar.

—Quietica, loca —murmuró Majo, dejándose caer contra la base de uno de los troncos.

Tenía el uniforme cubierto de ceniza, una raspadura ardiéndole en la rodilla y el moño morado inclinado sobre una oreja. A unos pasos, Ignacio seguía sentado sobre el basalto, sobándose el hombro mientras recuperaba el aliento. El Libro del Dragón descansaba junto a su pierna.

Majo miró el desastre alrededor y soltó una risa cansada.

—Nos dimos durísimo, Igna.

Ignacio levantó una ceja.

—Tú fuiste la que decidió saltarle encima a un espejo gigante.

—Funcionó.

—Casi te caes por un hueco.

Majo acomodó el moño con toda la dignidad que podía reunir cubierta de polvo.

—Angelia me enseñó que mirar abajo no ayuda.

Ignacio frunció el ceño.

—¿Quién es Angelia?

La expresión de Majo cambió. Por un instante pareció recordar que su primo no sabía nada de plataformas suspendidas, faros, aprendices ni de una escuela escondida entre las estrellas.

Miró entonces el enorme libro junto a él.

—Yo te cuento si tú me cuentas de dónde sacaste ese dragón.

Ignacio siguió su mirada hasta la cubierta de cuero oscuro.

—Creo que tenemos bastantes cosas que contarnos.

—Bastantísimas.

Milú ladró una vez, como si quisiera participar en el acuerdo.

Un tintineo suave recorrió las ramas.

Cerca del lugar donde había estado el espejo negro, uno de los marcos comenzó a moverse. Era pequeño, ovalado y de madera oscura, con las molduras desgastadas por el tiempo. Descendió lentamente hasta quedar a la altura de los niños.

Su cristal tembló.

Ignacio se puso de pie y recogió el Libro del Dragón.

—¿Eso estaba ahí?

—Yo no lo había visto.

Majo avanzó con cautela y levantó el Espejo-Estrella frente al marco. Los cinco cristales violetas respondieron con un calor tenue.

La superficie ovalada se aclaró.

Apareció una habitación conocida.

Majo abrió mucho los ojos.

—¡Mi casa!

El cristal mostraba la sala del apartamento de Rubén. Mónica estaba sentada junto a su hermano, hablando mientras sostenía una taza de café entre las manos. Alejandra cruzaba hacia la cocina y, sobre la mesa de centro, había un plato de galletas abierto junto a varios pocillos.

—Siguen ahí —dijo Ignacio.

—¿Cuánto tiempo llevamos acá?

—No sé.

—Mi mamá me va a matar.

—Primero tendría que encontrarte.

Majo lo miró.

—Eso no ayuda.

En el fondo de la imagen apareció Flor.

La abuela cruzó lentamente desde la cocina con una pequeña bandeja entre las manos y se acercó a la mesa. Llevaba el chal de lana acomodado sobre los hombros y caminaba con la tranquilidad de cualquier tarde familiar.

Ignacio contuvo el aliento.

Flor dejó la bandeja junto a los pocillos y siguió conversando con los adultos.

No miró hacia el espejo del pasillo.

Ni siquiera giró la cabeza en esa dirección.

Ignacio observó su rostro durante unos segundos, esperando encontrar alguna señal que explicara la voz que había escuchado entre los árboles.

No encontró ninguna.

Flor tomó asiento y continuó hablando como si aquella tarde no tuviera nada de extraordinario.

Majo tiró suavemente de la manga del dobok de Ignacio.

—Igna.

Él volvió a mirar el marco.

—Sí. Tenemos que salir.

Majo acercó el Espejo-Estrella al cristal.

Los cinco cristales se iluminaron al mismo tiempo.

La imagen de la sala se onduló.

Una corriente tibia recorrió el marco de madera y el reflejo del apartamento se volvió más profundo, como si la habitación se extendiera varios metros detrás de la superficie.

—Creo que sabe por dónde llegamos —dijo Majo.

Ignacio miró el Espejo-Estrella y luego el camino abierto en el cristal.

—Entonces no lo sueltes.

—Ni loca.

Milú se pegó a las piernas de Majo.

El borde violeta del espejo comenzó a brillar con más fuerza y una corriente de aire se levantó alrededor de los tres. El Libro del Dragón vibró contra el pecho de Ignacio, pero permaneció cerrado.

Majo dio un paso hacia el marco ovalado.

La superficie recibió primero la punta de su zapatilla y se abrió en ondas de luz.

—Vamos.

Ignacio la siguió.

El Jardín desapareció detrás de ellos.

El regreso terminó con un golpe contra el piso de madera.

Majo aterrizó sobre ambas zapatillas y tuvo que sujetarse del tocador para no caer. Ignacio apareció detrás de ella con los pies descalzos sobre el suelo encerado y el Libro del Dragón apretado contra el pecho. Milú salió del espejo dando un pequeño salto y comenzó a correr en círculos sobre la alfombra, agitando la cola con desesperación.

—¡Shhh! —Majo se agachó para sujetarla—. ¡Milú, cállate!

Ignacio miró hacia la puerta.

Las voces de los adultos seguían llegando desde la sala.

Frente a ellos, el espejo del tocador recuperó lentamente el reflejo de la habitación. La cama desordenada, los cuadernos sobre el escritorio y la hoja de matemáticas arrugada volvieron a ocupar el cristal.

Majo se quedó mirándolo.

Su imagen estaba allí completa: el uniforme tiznado, la coleta deshecha, el moño torcido y una mancha gris atravesándole una mejilla.

Levantó una mano.

El reflejo hizo exactamente lo mismo.

Majo sonrió.

—Me veo horrible.

Ignacio soltó una carcajada apagada.

—Parecemos salidos de una obra.

Guardó el Libro del Dragón en el morral y lo cubrió con los cuadernos mientras Majo intentaba limpiarse la cara con la manga.

—No me voy a poder lavar esto antes de que mi mamá me vea.

—Dile que estabas estudiando divisiones muy intensamente.

Majo le lanzó una mirada indignada.

—Qué chistoso.

Se inclinó hacia el espejo, se acomodó el moño morado y se pasó los dedos por la coleta hasta dejarla apenas presentable. El cristal devolvió cada movimiento sin retrasos ni sombras.

Desde el pasillo llegó la voz de Mónica:

—¡Ignacio! ¡Apúrese, que el tío Rubén ya nos despidió tres veces y mañana hay clase temprano!

Los dos primos se miraron.

—Tenemos que salir —susurró Ignacio.

—Y parecer normales.

Ignacio contempló su dobok cubierto de polvo.

—Eso va a estar difícil.

Majo reprimió una risa.

Salieron de la habitación con Milú caminando detrás.

En la sala, Rubén esperaba junto a la puerta con las llaves en la mano y Mónica terminaba de acomodarse la cartera sobre el hombro. Alejandra recogía las tazas de la mesa.

Flor permanecía sentada en el sofá.

Al verlos aparecer, recorrió con la mirada el uniforme tiznado de Majo, el dobok sucio de Ignacio y sus pies descalzos.

—¿Y ustedes qué hicieron allá encerrados tanto rato? —preguntó Rubén—. ¿Una mudanza?

—Estábamos repasando divisiones —respondió Majo con una seriedad admirable.

Ignacio bajó la cabeza para ocultar una sonrisa.

—¿Repasando divisiones vestidos así? —preguntó Mónica.

—Fue intenso —dijo Ignacio.

Majo tuvo que morderse el labio.

Flor dejó su taza sobre el plato.

—Bueno, mis amores lindos —dijo con tranquilidad—, por lo menos aprovecharon el tiempo juntos.

Ignacio levantó la mirada.

La voz de la abuela era exactamente la de siempre: cálida, familiar y cotidiana.

Flor se limitó a acomodarse el chal sobre los hombros y continuó hablando con Mónica, sin mirar hacia el pasillo ni hacia el espejo que colgaba al fondo.

Ignacio permaneció quieto un instante.

Después miró a Majo.

Ella no parecía haber notado nada.

—Vamos, Igna —dijo Mónica desde la puerta.

Ignacio ajustó el morral sobre su hombro.

—Ya voy.

Antes de salir, volvió la cabeza hacia el corredor.

Desde allí apenas alcanzaba a verse una parte del espejo.

La superficie permanecía tranquila, reflejando la pared, la lámpara y una esquina vacía de la sala.

Ignacio salió del apartamento sin decir nada.

Detrás de él, Flor tomó otro sorbo de café.

Y el espejo siguió recordando.


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