Batalla IV
El despertar de la Centinela de la Flama Rosa

En alguna taberna perdida entre constelaciones y leyendas antiguas, tres dioses se encontraron para celebrar el fin de una amenaza…
Loki, el viajero del caos; Dionisio, el eterno anfitrión del delirio; y Ragutis, el tejedor de espuma y cuentos de cebada.
—Y cuando yo pensé que la Niebla del Olvido había ganado y que el Eje del Norte se había perdido… ¡pum! Aparece el Guardián de la Luz Azul, volando sobre un ser increíble: mitad halcón, mitad tigre. Yo pude haber derrotado a Surtr solo, por supuesto… pero ya saben que a mí el protagonismo me da flojera
—contaba el buen Loki, sin notar que una sombra extraña aún lo seguía desde aquella última batalla.
—¡Por el trueno de Odín y la locura del Olimpo! ¡Brindemos por la victoria! —gritó Dionisio, agitando su copa llena de estrellas líquidas—. Te lo dije, los guardianes de la Llama Eterna no defraudan. Ese joven de la luz azul tiene más valor que muchos dioses juntos.
Ragutis rió.
—Si algún día la Niebla del Olvido llega a los bosques bálticos… y se atreve a tocar a Zemyna… el mundo entero se marchitaría. ¿Se imaginan eso? Un mundo sin semillas, sin primaveras, ¡sin avena para hacer cerveza! ¡No, no, no! Pero bah… eso nunca pasará.
Un susurro recorrió el aire.
La sombra detrás de Loki se separó de su cuerpo.
La Niebla no siempre entra derribando puertas.
A veces entra escondida detrás de aquello que creemos haber dejado atrás.
Las burbujas dejaron de bailar.
Y entre el vapor de la cerveza y el humo del vino…
la Niebla escuchó.
Entonces, una sombra cruzó la puerta, cerrándola con un chasquido ancestral.
Los tres dioses fiesteros quedaron atrapados en su propia celebración.
La Niebla ya sabía a dónde ir.
Y muy lejos de aquella taberna, entre raíces antiguas y semillas dormidas, un bosque entero acababa de convertirse en su próximo objetivo.
La Centinela y el Corazón del Bosque
Capítulo 1
El Murmullo del Olvido
Ese día, Mariana había regresado temprano a casa. No entendía bien por qué.
El sol y la luna parecían haberse peleado en el cielo: uno no sabía cuándo salir, el otro no quería irse.
Las personas confundían el norte con el sur, como si el mundo caminara desorientado.
Y además… ese tic-toc extraño.
Un sonido metálico, persistente, que retumbaba en su cabeza,
como si su mente escondiera un reloj oculto, marcando algo que aún no comprendía.
—¿Qué haces aquí tan temprano? —preguntó Ignacio—. ¿No tenías clase en la universidad?
—No sé —dijo Mariana, llevándose la mano a la frente—.
Me confundí. No recordaba si tenía clase en la sede del norte o en la del sur…
Y tengo un tic-toc raro en la cabeza. Como un pitido que no se va.
La gente en la calle también está rara.
Ignacio se quedó quieto.
—¿Tú también lo escuchas?
—Sí —respondió Mariana, como si de pronto se sintiera un poco menos sola—.
Pero ya me tomé un analgésico. Seguro se me pasa…
Al cerrar los ojos, no encontró sueño.
Encontró… un remolino. Un torbellino de imágenes comenzó a girar en su mente:
árboles que respiraban, raíces que cantaban, flores hechas de cristal, serpientes doradas escondidas entre las hojas…
¿Eran recuerdos?
¿Sueños?
¿O señales?
Cuando despertó, el brillo del sol atravesaba la ventana de su habitación.
Y por primera vez en días, el cielo parecía… normal.
La luna ya no danzaba con el sol en aquel baile confuso y desordenado.
El mundo, al menos desde su ventana, parecía haber recordado cómo funcionar.
Mariana se acercó al vidrio y fijó la mirada en el árbol del parque frente a casa.
Ese árbol que siempre brindaba sombra en los días más calurosos.
Y allí estaba.
Una silueta.
Delgada, ondulante.
Como una serpiente... o quizás algo imposible de nombrar.
—Mari, el desayuno está en la mesa. Te estamos esperando —dijo Ignacio, abriendo la puerta.
—¿Has notado que la luna ya no está junto al sol? —respondió Mariana, sin quitar la mirada del árbol—. Al parecer, recordó en qué dirección debía esconderse.
Ignacio sonrió con esa calma extraña de quien sabe más de lo que aparenta.
—Sí que lo noté. Parece que alguien logró devolver la Estrella del Norte a las brújulas del universo... jejeje.
—¿Pero qué miras tan concentrada?
—¿La ves? —preguntó Mariana, sin moverse.
—¿Qué cosa? —respondió Ignacio.
—La serpiente. Siento que me sigue… noche y día.
Ignacio entornó los ojos.
—No veo ninguna serpiente. Bueno… veo que ese pobre árbol ya entró en su otoño. Cada día lo noto más seco.
Tomó su mano con ternura.
Pero en sus ojos, por un segundo breve y mágico…
una chispa rosa brilló.
Ese día, Mariana tenía una salida de campo con su clase de la universidad.
Visitarían un proyecto ecológico a las afueras de Bogotá.
Pero por más que intentaba concentrarse, algo no la dejaba en paz.
Ese tic-toc extraño aún retumbaba en su cabeza.
Y entre las hojas secas y los arbustos espesos del camino… esa figura.
La misma silueta serpenteante, como un eco dorado que la seguía a donde fuera.
—Mari… ¿ves esa cosita que vuela entre las flores? —preguntó Mora, su mejor amigo, señalando unas plantas bajas.
—¿Qué? ¿La mariposa? —respondió Mariana, sin apartar la vista.
—¿La qué...? ¿Qué es una mariposa? No, no… hablo de esa cosita que vuela entre las flores rosadas —dijo Mora, rascándose la cabeza.
Mariana lo miró extrañada.
—Eso mismo, la mariposa… que vuela entre las rosas.
Hizo una pausa.
—Aunque… ahora que lo dices… llevo días sin ver mariposas. Ni rosas.
Y allí estaba otra vez.
La serpiente.
Entre los arbustos.
Observándola en silencio.
—Dime que la ves… por favor, Mora. Dime que la ves. Esa serpiente no deja de seguirme…
—¿La qué? Mari, ¿de qué hablas? ¿Maricosas… cosas rosas… serpientes? Estás muy rara últimamente —dijo Mora con una risa nerviosa—.
Pero ven, que el profe va a dar la explicación de este lugar.
—Sigue tú… ya los alcanzo —susurró Mariana.
Mientras sus compañeros se alejaban entre murmullos y carpetas, Mariana decidió acercarse al arbusto.
La mariposa se evaporó en el aire.
Las rosas… perdieron su color.
De rosa pasaron a verde, como si hubieran olvidado que alguna vez fueron flores.
El tic-toc en su cabeza retumbó con más fuerza.
Pero ahora… se combinaba con un nuevo sonido: un silbido.
Un siseo.
Al principio era incomprensible.
Pero a medida que se acercaba a la criatura, y se perdía en sus ojos dorados…

Capitulo 2
La voz entre las hojas
El siseo comenzó a ordenarse en palabras, como si el viento aprendiera a hablar.
—Ceeeeeentinelaaaaaaaa… te essssssstaba busssssssscandooooo…
te necessssssssssitamosssssss…
La voz se deslizaba como aire antiguo.
Un eco de urgencia.
Žaltys, la serpiente se movió.
Se enroscó en una rama seca y la volvió luminosa.
Su piel dorada palpitaba como un reflejo del sol escondido en la sombra.
Los ojos de Mariana temblaron.
—¿Me hablas a mí? —preguntó, dando un paso atrás—.
¿Quién es la Centinela? ¿Por qué me sigues?
No hubo respuesta clara.
Solo presencia.
Un aura envolvente.
Entonces, el rosal frente a ella —antes lleno de color— comenzó a marchitarse.
Los pétalos se cayeron como suspiros.
Las hojas se tornaron ceniza.
Y justo frente a Mariana…
Una hoja.
Una hoja de cristal.
Levitando en el aire.
Girando lentamente, como una pluma detenida en el tiempo.
—Poooooorrrffffffaaaaaaavooooooor… veeeeeeeeeeen… conmigooooooooo…
Los ojos de Mariana se iluminaron.
Un destello rosa brotó de su interior.
Sin entender por qué, sin cuestionarlo siquiera, extendió la mano.
Y tocó la hoja de cristal.
Al tocarla, las hojas secas del bosque —ese bosque que parecía morir entre susurros y recuerdos— se levantaron en un remolino.
Giraban como un torbellino de memorias olvidadas, atravesando el tiempo, el espacio… y algo más.
Y en un abrir y cerrar de ojos…
El bosque se transformó.
Frondoso.
Lleno de vida.
Con un aroma a tierra húmeda que parecía cantar en silencio.
Mariana cubrió sus ojos, confundida.
—No temas, Centinela… te estábamos esperando —dijo una voz cálida.
Cuando los abrió… la vio.
Una mujer de cabellos como fuego y mirada sabia, cuya sola presencia irradiaba paz.
Era Laima.
Y junto a ella, enroscado en sus hombros, Žaltys, la serpiente destellaba como si fuese un hilo vivo de luz dorada.
—¿Dónde estoy? ¿Qué está pasando? ¿Quién eres? —preguntó Mariana.
—Soy Laima, Centinela. Vieja amiga de tu abuela.
Y este es Žaltys, mi serpiente solar, antigua mensajera de esperanza. Solo tú puedes escucharlo sin miedo.
Laima suspiró con dolor.
—Creímos haber encerrado a la Niebla del Olvido para siempre, pero no fue suficiente.
El Guardián de la Luz Azul y la Protectora de la Estrella han hecho lo imposible por contenerla… pero esta vez necesitamos tu sabiduría.
—Creo que me estás confundiendo con alguien más —dijo Mariana, nerviosa—. Mi abuela Flor… es solo una abuela. Y no sé quiénes son ese guardián o esa protectora.
Laima sonrió con ternura.
—Sé bien quién eres. Solo debes recordarlo. La Llama Rosa brilla dentro de ti. Y sí… te necesitamos.
Un trueno suave descendió del cielo.
El aire vibró.
Y apareció Perkūnas, el dios del trueno, imponente y solemne.
—Centinela —dijo, inclinándose—. Por un momento pensé que habías olvidado quién eras. Gracias por atender nuestro llamado.
—No… no sé de qué Centinela hablan. Necesito regresar… mi profesor me espera… —balbuceó Mariana.
De pronto, un estruendo de ramas quebrándose sacudió el bosque.
Desde la espesura surgió un venado.
Galopaba con desesperación.
Sus ojos reflejaban un miedo imposible de describir. Corría sin rumbo, chocando contra troncos, arrancando arbustos a su paso, como si intentara escapar de algo que nadie más podía ver.
—¿Qué le pasa? —preguntó Mariana, dando un paso atrás.
El venado siguió avanzando.
Cada vez más rápido.
Cada vez más descontrolado.
Directo hacia ella.
Mariana apenas tuvo tiempo de reaccionar.
Con la solemnidad de un dios, Perkūnas alzó una mano hacia el firmamento mientras observaba a la criatura avanzar hacia Mariana.
Entonces el cielo rugió.
Un trueno descendió entre las copas de los árboles.
No fue un rayo destructor.
Fue una luz profunda.
Antigua.
Una vibración que atravesó el bosque entero.
El relámpago cayó frente al venado.
El suelo tembló.
Y el animal se detuvo de golpe.
Su respiración agitada comenzó a calmarse.
Los músculos dejaron de temblar.
El miedo abandonó lentamente sus ojos.
Perkūnas bajó la mano.
El eco del trueno aún vibraba en el aire.
—Tranquilo... ya pasó —dijo con voz serena.
El venado inclinó la cabeza.
Por un instante pareció reconocerlo.
Y entonces su cuerpo comenzó a deshacerse en pequeñas partículas de luz.
Como hojas llevadas por el viento.
Como un recuerdo que se niega a desaparecer.
Hasta que no quedó nada.
Solo silencio.
Mariana permaneció inmóvil.
No podía comprender lo que acababa de ver.
Una parte de ella quería correr.
Otra quería despertar.
Y otra, mucho más pequeña, comenzaba a preguntarse si todo aquello era real.
Perkūnas observó el lugar donde el venado había desaparecido.
Su expresión se volvió grave.
—Velnias está cerca. El bosque pierde su equilibrio. Debo contener a las criaturas antes de que el miedo las consuma por completo.
Luego miró a Mariana.
—Pero te seguiré, Centinela. No estás sola.
Y desapareció envuelto en un relámpago.
Laima cayó de rodillas, exhausta.
Sus ojos brillaban de tristeza.
—Estoy quedándome sin fuerzas… —susurró—. La Niebla del Olvido ha hecho un pacto con Velnias. Han secuestrado a Zemyna. Y están borrando todo rastro del orden natural.
—Mi energía se desgasta cada día, intentando mantener vivas las raíces… pero ya no basta. Por eso te necesitamos.
Mariana la miró, paralizada.
—Por favor… entiéndelo. No sé de qué Centinela hablas. Yo… no sé si puedo hacer algo.
Laima respiró hondo.
Una última chispa de luz danzó en sus manos.
—Debo integrarme a las raíces del bosque. Solo así podré mantener el flujo de la naturaleza un poco más.
—Pero tú… tú debes seguir este sendero. Busca a Zemyna. Y evita que la Niebla y Velnias borren el poder de la vida misma.
Mariana quiso responder algo…
pero ya era tarde.
Como un suspiro de esperanza, Laima se disolvió entre el musgo y el césped.
Mariana quedó sola.
En un bosque antiguo.
Frente a un camino que se abría paso entre ramas, hojas…
y recuerdos aún dormidos.
…esperando despertar.
Capítulo 3
El verano de la nostalgia
—Despiértate… despiértate, Mariana… —se repetía a sí misma en silencio, aún viendo los destellos de luz que dejó el cuerpo de Laima tras disolverse entre las raíces.
“¿Por qué lo hizo? ¿Por qué se sacrificó? —se preguntaba—.
¿Quién soy yo? ¿Por qué no recuerdo nada…?”
El eco de sus pensamientos fue respondido por un siseo.
Lento. Ondulante.
Como un viento antiguo que aprendía a pronunciar palabras.
—Eeeeel sssssaaaacrifffffiiiiiiciiooooo deee LAAAAImaaaaaa…
viieeeennnneeeeee deeel corazoooonnnn…
Žaltys se deslizaba entre las raíces cercanas, iluminando la tierra con destellos dorados.
Mariana lo observó acercarse, con mezcla de miedo y alivio.
—Por favor… ayúdame a despertar —dijo con la voz quebrada—.
Quiero regresar a mi casa… a donde pertenezco.
La serpiente solar inclinó la cabeza, como si comprendiera más de lo que decía.
Sus ojos brillaron como espejos del amanecer.
—Yaaaaaa essstáaaasss doooondeee peeeerteneceeeesss…
y essstáaaasss a puntoooo de dessspertarrrr…
La serpiente avanzó lentamente, como quien conoce el sendero desde antes de que existieran los caminos.
Mariana, en cambio, se quedó atrás, dudando. Miró a los lados y comprendió que no había salida: solo podía seguirla.
Notó que Žaltys avanzaba con una calma extraña, deteniéndose en cada rama caída, como si escuchara voces que ella no podía oír.
A cada paso, las raíces del bosque se enredaban más en sus zapatos.
Tropezaba, se detenía, suspiraba.
Fue entonces cuando Žaltys giró la cabeza. Sus ojos dorados la miraron con intensidad.
Esta vez no hubo siseo. No hubo palabras.
Solo una voz directa, dentro de su mente:
“Quítatelos.
Siente la tierra.
El contacto se ha perdido… y así no podrás despertar.”
Mariana dudó. Miró sus zapatillas gastadas de estudiante universitaria, como si fueran lo único “normal” que le quedaba en ese bosque imposible.
Pero al final, suspiró y se inclinó.
Se descalzó.
El frío de la tierra la sorprendió primero… pero luego sintió algo más: un pulso.
Como un corazón latiendo bajo sus pies.
El bosque respiraba.
En ese instante, un destello suave iluminó un árbol seco.
Entre sus ramas, una diminuta hada se agitaba desesperada: una de sus alas estaba atrapada en la corteza.
Mariana corrió a ayudarla.
Intentó liberarla con cuidado, pero las astillas rasgaron ropa.
Pero no le importó.
Insistió, hasta que el ala quedó libre.
El hada revoloteó frente a ella, con ojos brillantes y agradecidos.
Parecía querer decir algo… pero antes de que emitiera sonido alguno, la luz cambió.
Entre el murmullo de los árboles, una figura apareció.
No era el hada.
No era Žaltys.
Era… su abuela Flor.
O al menos, alguien idéntica a ella.
—¡Abuelita Flor! —exclamó Mariana, sintiendo un alivio que le llenó los ojos de lágrimas—. Qué bueno que estás acá. No sé qué está pasando… todo es muy confuso. Por favor… llévame a casa.
Žaltys se enroscó sutilmente en sus pies.
Esta vez, su voz no salió como siseo, sino como un pensamiento firme en la mente de Mariana:
“Ten cuidado, Centinela… las cosas no siempre son lo que parecen. La Niebla del Olvido sabe disfrazarse para confundirnos.”
Mariana apretó los labios.
—Es mi abuela, ¿no lo ves? —susurró, con la voz quebrada—. La tengo al frente…
La mujer rio.
Pero no era la risa cálida y suave que Mariana recordaba.
Era una carcajada aguda, rota, que resonaba extraña en medio del bosque.
Sus ojos… tampoco irradiaban paz ni ternura.
Brillaban con un fulgor inquietante.
—Así que tú eres la Centinela de la Llama Rosa —dijo la figura, ladeando la cabeza con burla—. Apenas entras al bosque báltico y ya tienes tu vestimenta de estudiante hecha jirones… Qué decepción.
Mariana dio un paso atrás.
Un escalofrío recorrió su cuerpo.
Algo no estaba bien.
Con un chasquido de dedos, la “abuela Flor” levantó la mano.
El hada que Mariana había liberado hace apenas un instante fue arrastrada fue arrastrada hacia la falsa anciana, atrapada por una fuerza invisible.
El pequeño ser agitó sus alas desesperada…
La falsa abuela comenzó a reír.
Su cuerpo tembló, crujió, cambió.
Plumas negras brotaron de su piel como llamas extrañas.
Sus brazos se alargaron, sus ojos se volvieron un torbellino de caos.
En segundos, la ilusión se rompió.
Ya no estaba la abuela Flor.
Frente a Mariana se erguía un ser humanoide, cubierto de plumas, con mirada ardiente y sonrisa demente.
Era Aitvaras, el espíritu del caos.
—¿A dónde fue mi abuela? ¿Quién eres? ¿Qué hiciste con ella? ¡Deja ir al hada, ella no te ha hecho nada! —gritó Mariana, sintiendo por primera vez una chispa de fuerza dentro de sí.
Aitvaras rio con una carcajada burlona.
—¿Pobre Centinela? No, no… tal vez tienes razón. Tal vez no eres la Centinela. Tal vez solo eres una niña confundida… ¿y quieres que libere al hada que acabas de salvar?
Alzó una mano cubierta de plumas.
—El Olvido reinará en el bosque báltico. Nada podrá salvarse.
Chasqueó los dedos.
El hada desapareció en un destello gris.
—¡No! —exclamó Mariana, retrocediendo—. ¿Por qué lo haces? ¿Qué te hizo ese pequeño ser?
Aitvaras ladeó la cabeza, con sonrisa torcida.
—¿Quieres ayudarla? Entonces demuéstralo.
Si de verdad crees que eres la Centinela de la Llama Rosa… da un paso al frente.
Deténme.
Mariana lo dudó.
Sus pies temblaron sobre la tierra húmeda.
Žaltys, aún enroscado en sus tobillos, se apretó con fuerza, intentando darle coraje.
“Confffffiiiiiiiiiiaaaaaaa eeeeeeennnnn tiiiiiiii,
ceeeeeeentineeeeeelaaaaaa…
el pooooodeeeeeer estaaaaa en tiiiiiii…”
Mariana cerró los ojos, contuvo la respiración.
Y aún así… dio un paso atrás.
Su mirada se cruzó con los ojos caóticos de Aitvaras.
—Lo sabía —rió el espíritu—. No estás preparada para salvar al bosque báltico.
¡El Olvido triunfará!
Chasqueó los dedos una vez más.
Žaltys se quebró en un torbellino de polvo dorado.
La serpiente solar se desvaneció entre la nada.
El bosque entero retumbó con la carcajada de Aitvaras.
Luego… silencio.
Mariana se desplomó de rodillas.
Por primera vez desde que había entrado en ese mundo, entendió que todo era real.
Que estaba perdiendo.
Extrañó a su abuela Flor.
Extrañó a Ignacio.
Y en soledad, con el corazón hecho trizas, cayó al suelo.
El tic-toc en su mente retumbó más fuerte que nunca…
como si el tiempo mismo la empujara hacia un destino del que no podía escapar.

Capítulo 4
Otoño – El brote del recuerdo
Aitvaras desplegó sus alas negras.
—Disfruta de tu soledad, falsa Centinela.
Cuando el último dios caiga, ni siquiera recordarás tu propio nombre.
El espíritu del caos lanzó una carcajada aguda y se elevó entre las ramas.
Las plumas oscuras desaparecieron poco a poco entre la niebla.
Solo entonces el silencio cayó sobre el bosque.
Mariana hundió las manos en la hierba seca.
Sintió cómo las hojas del bosque se quebraban entre sus dedos,
cómo los árboles dejaban caer sus coronas una a una…
como si el otoño hubiera llegado de golpe,
dejándola más sola que nunca.
En su mente resonaban las últimas palabras de Žaltys:
“El poder está en ti… el poder está en ti…”
Una lágrima se deslizó por su mejilla.
Al caer sobre la tierra reseca, algo sucedió.
El tiempo se detuvo.
Un destello cálido brotó desde la huella húmeda que la lágrima había dejado.
Como un latido sutil.
Como una chispa de esperanza.
Del suelo nació una plantita.
Frágil, temblorosa, iluminada por una energía rosada.
Mariana retrocedió con instinto,
pero esa luz no hería.
Al contrario: traía paz.
Las hojitas diminutas comenzaron a moverse, como si tuvieran voluntad.
Se alargaron, formando lo que parecían bracitos torpes.
De la parte superior brotó un pequeño champiñón, y debajo… dos ojitos se abrieron, brillando como estrellas húmedas.
El tallo se cubrió de musgo suave.
Ramitas formaron su cuerpecito.
Cuando el musgo llegó hasta su rostro, la criatura estornudó.
Un estornudo travieso.
Un soplido que levantó polvo y hojas secas.
Y así quedó al descubierto:
Un ser diminuto hecho de madera tierna, ramitas, hongos y musgo,
con una chispa de luz palpitando en su pecho.
La misma luz que Mariana llevaba dentro…
Aunque aún no lo sabía.
Mariana no podía creer lo que estaba viendo.
Un calor inexplicable, una ternura que no sentía desde niña, comenzó a brotar en su pecho.
Ese pequeño ser había nacido de su lágrima, justo cuando más sola se sentía.
El brotecito verde la miró directo a los ojos.
Se sacudió el polvo con sus diminutas manitos, sonrió…
y caminó torpemente hacia ella.
Era tan pequeño que apenas logró rodear con sus brazos una de las manos de Mariana.
Un abrazo diminuto.
Un abrazo que lo decía todo.
—¿Tú… quién eres? —preguntó Mariana, sin entender lo que sucedía.
Desde lo alto de un árbol, una voz grave y serena respondió:
—Es un Giruki, un niño-bosque.
Casi nunca nacen ante los ojos de los humanos… y tú lo has creado.
El bosque escuchó tu súplica.
Mariana levantó la mirada.
En la cima del árbol, envuelta en hojas y sombras, estaba ella: Medeina, diosa del bosque.
—¿Quién eres? —¿Otra diosa? ¿O también eres una ilusión?
¿Hace cuánto estás allí? —dijo Mariana con urgencia—.
Algo está pasando, lo sé… Siento que tengo una misión, pero no recuerdo… ¡no sé qué hacer!
El pequeño ser intentó trepar a una roca.
Resbaló, a punto de caer, pero Mariana lo sostuvo con rapidez.
Su corazón se agitó al pensar en perderlo.
—¿Y ahora también debo cuidar a este… bebé de plantas? —murmuró, confundida.
Medeina descendió con gracia, como si los árboles mismos la sostuvieran.
—Soy Medeina, protectora del bosque. Perdóname por no haber estado cuando enfrentaste a Aitvaras.
Pero la Niebla del Olvido y Velnias están devorando a los dioses de los bosques bálticos. Debo moverme con cautela.
La diosa suspiró y la miró con ternura.
—Aun así… no alcanzas a imaginar la paz que siento al verte aquí, Centinela.
—No soy la Centinela —replicó Mariana, con la voz rota—.
Si lo fuera, habría salvado al hada.
Y Žaltys… Žaltys aún estaría conmigo.
Mientras hablaba, el pequeño Giruki se acomodaba en su regazo, jugando con un mechón de su cabello.
Aún sin nombre, pero ya inseparable.
—Sí lo eres —dijo Medeina con firmeza, mientras tejía ramitas con la suavidad de quien conoce cada fibra del bosque—.
Cuando los Guardianes de la Llama Eterna crecen, sus vidas se llenan de responsabilidades y… olvidan.
Pero el poder nunca los abandona.
Y tú, Centinela, te has convertido en una mujer fuerte y valiente desde la última vez que te vi.
Mariana bajó la mirada, sintiendo la presión de esas palabras.
—Creo que están confiando en la persona equivocada… —susurró, mientras intentaba limpiar con cuidado la carita del pequeño ser.
Medeina terminó de tejer.
De entre sus manos brotó un marsupio hecho de hojas frescas y fibras vivas.
Lo entregó a Mariana con solemnidad.
—No podemos perder el tiempo.
Carga a tu pequeño protector cerca del corazón… y avancemos.
Esta batalla la ganaremos juntas.
Mariana sostuvo el marsupio, lo abrió con recelo.
El pequeño Giruki trepó con torpeza, se acurrucó en el interior, y bostezó como si llevara toda la vida esperando ese lugar.
Mariana lo observó, y una ternura inesperada la envolvió.
Como si en ese pequeño ser el bosque le hubiera devuelto lo que creía perdido:
compañía, esperanza… y un nuevo comienzo.
Capitulo 5
Invierno – El vacío del recuerdo
Y así, la diosa del bosque, la Centinela de la Llama Rosa y el pequeño ser verde avanzaron entre ramas desnudas.
El bosque perdía sus hojas.
El aire se tornaba frío y triste.
Medeina caminaba siempre alerta, mirando a todos lados.
Mientras tanto, el pequeño Giruki se retorcía en el marsupio, juguetón, intentando escapar de su lugar cómodo.
Mariana lo sostenía con cariño, aunque él parecía creer que todo era un juego.
El viento helado se colaba entre los árboles.
En un descuido, el brotecito logró escapar.
Al sentir la brisa invernal, tembló.
—¡Te lo dije, pequeño honguito! —rió Mariana, envolviéndolo entre sus brazos—. Quédate dentro… yo te protegeré del frío.
Medeina volteó a mirarlos.
Su sonrisa era leve, pero cargada de significado.
—Aún no lo sabes —dijo—, pero él es tu protector.
Solo que ahora es frágil, y debes cuidarlo.
No puedes llamarlo “honguito”. O sí… pero recuerda que es más que eso: es un Giruki, un hijo del bosque.
Debes darle un nombre imponente.
Un nombre que infunda respeto.
La diosa hablaba con solemnidad… pero entonces tropezó con una roca y casi se cayó.
El pequeño Giruki soltó una carcajada traviesa.
—¡Jaku, Jaku, Jaku! ¡Jaku, Jaku, Jaku!
—repitió entre risas, como si el bosque entero celebrara la broma.
Mariana sonrió de inmediato.
—Ya lo sé… se llamará Jaku.
El pequeño ser asintió con alegría.
Una chispa brillante iluminó su pecho, latiendo con fuerza.
Contento, se acomodó de nuevo en el marsupio, como si ese nombre hubiera sellado su destino.
Medeina resopló, con un enojo fingido que escondía ternura.
—No me resulta gracioso… pero me gusta.
Jakubas, el temible protector de la Centinela.
Sus labios se curvaron en una sonrisa.
—Sí… me gusta.
Una brisa helada los envolvió.
El aire se tornó más pesado.
Medeina se detuvo, con gesto serio.
—Lo siento, Centinela… —dijo con voz grave—. No puedo seguir contigo.
El invierno ha llegado demasiado pronto. Eso significa que algo está mal en las profundidades del bosque.
Debo buscar a Perkūnas: el equilibrio se pierde, el trueno calla.
Mariana la sujetó de la mano con desesperación.
—¡No me dejes sola! No sé si pueda…
Medeina inclinó la cabeza con ternura.
—No estás sola.
Recuerda: el poder lo llevas en tu interior.
Nos veremos pronto.
La luz en el pecho del pequeño Jaku brilló como un faro.
Mariana lo apretó contra su corazón.
Entonces, como una ráfaga que el tiempo no podía controlar, una tormenta de nieve y hielo descendió con furia.
El bosque entero crujió bajo la helada.
Mariana corrió, buscando refugio, mientras la nevada caía con violencia.
De pronto, una voz la llamó desde lo profundo de una cueva formada por hielo y árboles congelados:
—Centinela… por acá. Ven.
Tú y tu pequeño necesitan refugio…
La voz parecía venir de todas partes y de ninguna.
Mariana dudó… pero no sintió miedo.
Con cautela, se adentró en la cueva.
Allí, entre la bruma, una silueta tomó forma:
una mujer hecha de niebla y recuerdos.
Sus ojos brillaban con amor y compasión… pero también con temor.
—¿Quién eres? —preguntó Mariana, abrazando a Jaku, que asomaba la cabecita con curiosidad.
—Soy Lauma —respondió la figura con voz suave—.
Mi reina se disolvió en las raíces para sostener el flujo de la vida.
Pero no ha desaparecido: sigue luchando por mantener el equilibrio.
Su energía me ha traído a ti… para guiarte hacia donde el malvado Velnias mantiene cautiva a Zemyna.
Mariana abrió la boca para responder, pero un eco retumbó en la cueva.
Era un sonido extraño, desgarrador:
una mezcla de llanto y risa.
Su piel se erizó.
Jaku se escondió de inmediato en lo más profundo del marsupio, temblando.
El eco se intensificó hasta quebrar el hielo.
La cueva tembló con violencia.
Y entre el estruendo, la voz resonó como un cuchillo:
—El Olvido ha triunfado.
Es demasiado tarde para heroínas que no creen en sí mismas.
El suelo crujió.
Las paredes de la cueva se derrumbaron en un alud de escarcha.
Mariana, Jaku y Lauma apenas lograron salir, jadeando, cuando frente a ellas emergió una figura imponente.
Una mujer de rostro pálido y ojos desgarrados por la tristeza.
Sus manos parecían huesos envueltos en sombra.
Su voz, un gemido de siglos.
Era Giltinė.
La diosa de la muerte.
Lauma se plantó con valor frente a la sombra.
—¿Por qué, Giltinė? ¿Por qué te has unido a Velnias y a la Niebla del Olvido?
La diosa de la muerte inclinó el rostro, con sonrisa amarga.
—¿No lo ves? Ellos, los dioses de la luz, siempre brillan. Y nosotras… los otros, las olvidadas, las que sirven en silencio.
Tú, al menos, vivías bajo las faldas de Laima.
¿Y yo? Rodeada de muerte. Nadie me entiende… nadie, excepto Velnias.
Él me ofrece compartir su trono, donde no seré sombra sino dueña.
—¡Eso no es reinar! —gritó Mariana, pero Giltinė alzó la mano.
—¿Y tú, Centinela… o humana incrédula? ¿Cómo prefieres que te llame?
Alzó la mirada al cielo helado y murmuró palabras en una lengua que ni Lauma ni Mariana entendieron.
Un vórtice de hielo descendió y envolvió el cuerpo de Lauma.
En segundos, quedó convertida en una estatua de escarcha.
—¡¿Qué has hecho?! —exclamó Mariana.

Capitulo 6
El grito que despierta la llama
“Dicen que soy la bruja de la muerte, que mi lengua lleva veneno y mi aliento trae el fin.
Pero nadie recuerda que una vez fui un hada luminosa.
Amaba las flores, los cantos, la risa de los niños. Yo confiaba en todos.
Fueron los hombres quienes me encerraron.
Siete años en un ataúd oscuro, porque temían lo que yo representaba.
Siete inviernos escuchando mis propias lágrimas.
Cuando escapé, mi reflejo ya no era mío: mi belleza se había marchitado, mi nariz tornó azul, y en mi boca creció un veneno que no pedí.
Ya no podía abrazar… solo arrebatar.
Desde entonces, mi corazón se quebró.
No confío en nadie.
Porque quienes temen a la muerte también temen el amor que yo guardaba.
Yo no elegí la sombra. La sombra me eligió a mí.
Y ahora… solo Velnias me entiende.”
Mariana sintió el peso del dolor en sus palabras.
Apretó a Jaku contra su pecho, temblando.
Pero dio un paso al frente.
—No eres cruel, Giltinė.
Eres la que da descanso a los cansados, la que cierra los ojos con ternura cuando la vida duele demasiado.
Eres puente entre lo vivido y lo eterno.
No destruyes: acompañas.
Eres necesaria… profundamente importante.
No dejes que las promesas vacías de un ambicioso te cieguen.
El equilibrio no pertenece al Olvido.
El equilibrio está en nosotras.
Giltinė la miró, bajó la mirada.
Por primera vez en siglos nadie la había descrito como un monstruo.
Por un instante, en los ojos de Mariana ardió la luz de la Llama Rosa.
La diosa tembló, y en un arrebato golpeó la estatua de Lauma.
—¿Qué… qué he hecho? —balbuceó, mientras intentaba liberar el hielo.
El bloque se quebró en mil fragmentos, cayendo como espejos rotos sobre la nieve.
Una risa burlona retumbó en el aire.
De entre la tormenta emergió Aitvaras, el espíritu del caos, con sus alas de plumas oscuras.
—Lo sabía. Velnias se equivocó al confiarte esta misión, Giltinė.
Eres débil.
—¡Déjala en paz! —gritó Mariana, con voz firme.
—¡Ustedes jamás ganarán! ¡El Olvido no triunfará!
Aitvaras ladeó la cabeza, divertido.
—Vaya, vaya… la Centinela al fin encuentra valor.
Veamos cuánto te dura.
Cruzó los brazos y chasqueó los dedos.
Giltinė se deshizo en un soplo de viento helado, arrastrada por la tormenta.
—¡No maaaaaas! —rugió Mariana, con el pecho encendido.
Pero Aitvaras sonrió.
—¿Crees que eso es todo?
Chasqueó otra vez.
El pequeño Jaku levantó su rostro desde el marsupio.
Sus ojitos buscaron a Mariana.
Extendió sus bracitos hacia ella… pero fue tarde.
En un parpadeo, Aitvaras desapareció con él.
—¡Jaku! —gritó Mariana, desgarrada—. ¡Nooooooo!
La tormenta respondió con un rugido.
Y en medio de la nieve, su voz tronó con fuerza nueva:
Y aunque el invierno la envolvía, en su pecho comenzaba a arder el fuego de un nuevo amanecer.
—¡Soy la Centinela de la Llama Rosa!
¡Y no se saldrán con la suya!
Capitulo 7
Primavera – El despertar de la Centinela
El invierno se quebró en mil pedazos.
La nieve comenzó a derretirse, y en cada gota de agua brillaba un reflejo de esperanza.
Las raíces, dormidas bajo la escarcha, susurraban un nombre.
Un nombre que resonaba en el corazón de Mariana:
Centinela.
Y allí, en medio de la tormenta que se desvanecía, un resplandor descendió del cielo.
No era trueno ni relámpago.
Era la Guadaña Rosa, flotando como un amanecer que regresa.
Su curva lunar ardía con fuego rosado.
Su mango de madera vibraba con el pulso del bosque.
Esperaba…
Esperaba el despertar de la Centinela.
Esta vez, Mariana sabía lo que debía hacer.
Tomó la guadaña con ambas manos.
El contacto desató un destello de luz rosa que invadió hasta el último rincón del bosque.
Elevada en el aire por la energía que la envolvía, sintió cómo sus ropas se deshacían como ceniza.
En su lugar apareció un vestido tejido con flores que nacen bajo la luna.
La Centinela de la Llama Rosa caminaba ahora descalza, escuchando el latido de la tierra.
Un cinturón dorado ceñía su cintura, conteniendo la fuerza ardiente de su alma.
Y en su brazo brillaba un brazalete como un sol secreto, recordándole que en su sencillez habitaba la grandeza de un poder nacido para proteger con fuego y ternura.
Mariana no podía creer lo que estaba sucediendo.
Y, sin embargo, lo creía.
Su corazón latía con fuerza, no de miedo, sino de certeza.
—Bienvenida, Centinela —dijo una voz conocida.
Medeina apareció con un salto que parecía surgir del mismo corazón del bosque.
Sus ojos reflejaban alivio y determinación.
—Cuando vi el resplandor rosa, supe que el fin de la amenaza se acercaba… y que me necesitabas para la batalla contra Velnias.
—Quisiera decir que me alegra verte… —dijo Mariana, con voz firme—.
Pero en este momento tengo una misión clara: debemos detener a la Niebla del Olvido.
No pueden seguir destruyendo el orden del bosque místico… ni arriesgar el equilibrio del universo.
Medeina asintío, con un brillo de orgullo en los ojos.
—No sabes cuánto me alegra escucharte hablar así.
Esta es la Centinela que recuerdo.
Tenías que despertar tu poder por ti misma.
Mariana sonrió, con el corazón encendido.
—Yo también estoy feliz de estar de regreso.
Pero ya habrá tiempo para reencuentros.
La Centinela tomó la mano de Medeina.
Alzó la guadaña hacia el cielo.
Un relámpago rosa iluminó la bóveda invernal.
El viento se abrió en un torbellino de pétalos y luz.
Elevadas por la energía, avanzaron como centellas hacia el corazón del bosque.
Mariana lo sabía:
allí, en el centro mismo del mundo, la Niebla tramaba su plan destructivo.
Y allí sería donde la Llama Rosa brillaría con todo su poder.
En el centro del bosque, encerrada en una flor de cristal, yacía Zemyna, dormida, conteniendo el último pulso de la vida.
Alrededor, en un jardín de olvido y memorias cautivas, se alzaban otras flores de cristal: jaulas que contenían a dioses y criaturas, presas de la Niebla y de las manos de Aitvaras.
De forma sutil, pero poderosa, descendieron del cielo la Centinela de la Llama Rosa y Medeina.
—Aquí están todos… —susurró la diosa del bosque, acercándose con cautela a las prisiones cristalinas—.
Pensé que habían sido eliminados…
—No tan rápido… —rió Aitvaras, batiendo sus alas oscuras con amenaza.
Se elevó en círculos, rodeándolas.
—Pero si es Medeina… cuánto tiempo buscándote. Eres buena escondiéndote, lo admito. Pero mira: llegaste como caída del cielo.
Medeina apretó los puños.
—No tengo miedo.
—Para el miedo ya es tarde… —bufó el espíritu del caos.
Con un chasquido de dedos, un torbellino de cristales envolvió a Medeina, sellándola en una flor translúcida.
—¡Ja! Una menos… —rió Aitvaras, su voz cargada de burla.
Mariana apretó la guadaña con ira.
Pero entonces lo vio: un hilo dorado enredado al cuello de Aitvaras, tirando de él como un collar invisible.
Entendió al instante: él no era libre.
Velnias lo dominaba.
—¿Y a ti qué te pasa, niña? —dijo Aitvaras, sobrevolando sobre ella—.
¿Vienes a rescatar al pequeño honguito cansón?
¿Y cómo lo harás? ¿Vas a cortarme en dos con ese juguete rosado?
Mariana alzó la mirada, firme.
—¡No se llama honguito! Es Jaku.
Es mi protector… y es mi misión protegerlo.
Alzó la guadaña al cielo.
La hoja rosada brilló como un amanecer.
Con un movimiento firme, cortó el hilo dorado que apresaba al espíritu.
Aitvaras gritó, desgarrado, mientras su cuerpo emplumado se deshacía en destellos.
En su lugar, una paloma blanca surgió y voló libre hacia lo alto, perdiéndose en la luz.
De entre el torbellino, algo cayó.
Era Jaku.
El pequeño abrió los brazos, buscando a Mariana.
Corrió hacia él, y en ese instante los honguitos de su cabeza se abrieron como paracaídas diminutos.
Aterrizó suavemente en sus brazos, riendo.
—Bueno… no sabía que venías con paracaídas incluidos —dijo Mariana, abrazándolo fuerte.
—Jamás dejaré que nada malo te pase.
De repente, el cielo se tornó gris.
El aire se heló.
Una presencia oscura llenó el jardín.
Entre las flores de cristal apareció Velnias, su sombra proyectándose como un abismo.
—Qué escena tan… conmovedora —rió con sarcasmo—. Casi me hace llorar.
Mariana lo sostuvo con la mirada, sin soltar a Jaku.
—Tú debes ser Velnias…
No te hubiera reconocido.
Te imaginaba más grande, más poderoso.
Pero lo que veo es a un hombre triste y débil.
Con suavidad, dejó a Jaku en el suelo.
Se irguió, con la guadaña en alto.
—Yo soy la Centinela de la Llama Rosa.
Velnias rugió.

Capítulo 8
La memoria que nadie puede borrar
—¡Yo soy Velnias! ¡El nuevo dios absoluto de los bosques bálticos y del mundo! ¡Mírame y tiembla!
En ese instante, un trueno partió el cielo.
Un relámpago descendió tras Mariana y tomó forma de guerrero.
Era Perkūnas.
Velnias retrocedió con un atisbo de temor.
—¿Tú? ¿Qué haces aquí?
El dios del trueno no apartó la mirada de Mariana.
— Centinela, esta es tu misión. Libera a los dioses. Libera al bosque. Detén a la Niebla del Olvido.
Sus manos se cerraron alrededor de dos relámpagos vivientes.
—Yo me encargaré de este remedo de dios.
Mariana asintió.
Por primera vez desde que había llegado a aquel reino, no sentía dudas.
Perkūnas avanzó.
El choque de trueno y oscuridad sacudió el bosque entero.
Pero Mariana no se volvió para mirar.
Sabía que aquella no era su batalla.
Jaku caminó junto a ella mientras avanzaba entre el jardín de flores de cristal.
Los honguitos sobre su cabeza emitían una luz suave, como pequeñas estrellas nacidas de la tierra.
La niebla se espesaba.
Se deslizaba entre raíces, ramas y pétalos congelados.
Entonces Mariana comenzó a ver las flores.
Cada una contenía algo diferente.
En una reconoció a Žaltys, inmóvil entre capas de cristal.
En otra, al hada que había intentado salvar en el corazón del invierno.
Más adelante había criaturas del bosque.
Dioses.
Espíritus.
Recuerdos.
Todo aquello que la Niebla había intentado borrar.
Y entonces la vio.
La última flor.
Era distinta.
Más grande.
Más brillante.
Más dolorosa.
Mariana se acercó lentamente.
Dentro no había un dios.
No había una criatura.
No había un enemigo.
Había una niña.
Ella.
Muchos años atrás.
Frente a ella estaba el tío Chris.
Sonreía mientras colocaba una pequeña cadena alrededor de su cuello.
Al final de la cadena brillaba un dije rosado.
Pequeño.
Sencillo.
Hermoso.
La misma reliquia que guardaba la esencia de la Guadaña Rosa.
Mariana observó la escena en silencio. —Ahora lo recuerdo, se dijo a sí misma.
Escuchó una voz.
Lejana.
Como un sueño que comenzaba a desvanecerse.
—Hay cosas que el mundo intentará hacerte olvidar, Mariana.
Pero mientras exista una llama en tu corazón, siempre encontrarás el camino de regreso.
La imagen comenzó a romperse.
Primero los colores.
Luego las voces.
Luego los rostros.
La flor estaba muriendo.
Y con ella, aquel recuerdo.
Mariana sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
—No...
La Niebla apareció frente a ella.
Sin rostro.
Sin ojos.
Sin forma.
Solo vacío.
Solo silencio.
Solo olvido.
Y la flor siguió resquebrajándose.
—No... —repitió Mariana.
Por un instante sintió miedo.
Porque comprendió lo que estaba ocurriendo.
No estaba perdiendo cualquier recuerdo.
Estaba perdiendo el momento que la conectaba con la Centinela.
El instante que explicaba quién era.
El origen de todo.
La flor crujió.
Las grietas se extendieron.
La voz del tío Chris comenzó a desaparecer.
La niña que había sido se volvió borrosa.
Y entonces...
Una pequeña mano tocó la suya.
Jaku.
El pequeño Giruki la observaba desde abajo.
Sin miedo.
Sin tristeza.
Simplemente estaba allí.
Presente.
Real.
Vivo.
Mariana bajó la mirada.
Y de pronto comprendió algo.
El recuerdo era importante.
Sí.
Hermoso.
Sí.
Pero no era lo que la convertía en la Centinela.
La niña de aquella flor ya no existía.
Y aun así...
seguía siendo ella.
Las enseñanzas permanecían.
El amor permanecía.
La llama permanecía.
La Niebla podía borrar una imagen.
Una voz.
Un momento.
Pero jamás aquello que esos recuerdos habían construido dentro de ella.
Mariana sonrió.
Por primera vez, una sonrisa tranquila.
Una sonrisa libre.
Alzó la Guadaña Rosa.
La Niebla pareció retroceder.
—Ya no tengo miedo de olvidarlo.
La sombra se agitó.
—Porque no necesito una flor para recordar quién soy.
Y con un movimiento firme de la guadaña, cortó la flor de cristal.
El jardín entero se estremeció.
Durante un segundo pareció que el mundo contenía la respiración.
Y entonces ocurrió.
La flor no se marchitó.
Floreció.
Sus pétalos se abrieron como una rosa nacida de la memoria.
La luz se expandió.
Una tras otra, todas las flores del jardín comenzaron a abrirse.
Žaltys fue liberado.
El hada cayó de rodillas sobre la hierba.
Los dioses despertaron.
Las criaturas del bosque volvieron a respirar.
Miles de pétalos luminosos ascendieron hacia el cielo.
La Niebla retrocedió.
Tembló.
Porque comprendió una verdad que jamás había entendido.
Los recuerdos son poderosos.
Pero hay algo aún más fuerte.
Lo que esos recuerdos dejan en el corazón.
Mariana alzó la guadaña.
La Llama Rosa ardió con intensidad.
—¡No estoy sola!
La luz atravesó el jardín.
La oscuridad se abrió como un velo rasgado.
Y la Niebla del Olvido huyó entre los ecos del bosque.
No derrotada.
Pero incapaz de permanecer allí.
Un profundo silencio descendió sobre los bosques bálticos.
Un silencio lleno de vida.
Un silencio que olía a tierra húmeda, flores nuevas y esperanza.
Por primera vez en mucho tiempo...
el bosque recordaba quién era.

Capitulo 9
El bosque recuerda
El bosque permaneció en silencio.
Un silencio de alivio.
Las hojas volvieron a moverse con el viento.
Las flores recuperaron sus colores.
Las raíces respiraron bajo la tierra húmeda.
En mucho tiempo, los bosques bálticos recordaban quiénes eran.
Entonces una voz rompió la solemnidad.
—¡Deténganla! ¡Debemos capturarla! ¡Yo vi cómo se le escapó al Guardián de la Luz Azul y miren todo lo que pasó después!
Loki apareció corriendo entre los árboles.
Su capa estaba rasgada.
Su cabello parecía haber discutido con una tormenta.
Y aun así conservaba aquella sonrisa imposible.
—¿Quién eres tú? —preguntó Mariana.
—¿Quién soy yo? ¡La pregunta es quién eres tú! —respondió Loki, llevándose una mano al pecho—. Pero bueno, ya que insistes... déjame presentarme. Soy Loki. Dios nórdico. Héroe legendario. Estratega brillante. Y mejor amigo del Guardián de la Luz Azul.
Sonrió con orgullo.
—Le conoces. Seguro te ha hablado de mí.
Mariana frunció el ceño.
—No sé de qué guardián me hablas. Pero yo soy la Centinela de la Flama Rosa.
Loki parpadeó.
—¿En serio?
Se rascó la cabeza.
—Bueno... eso explica muchas cosas.
Luego se inclinó hacia ella con una sonrisa traviesa.
—Ya sabes cómo son los Guardianes de la Llama Eterna cuando crecen. Se vuelven un poco kuku, kuku... olvidan cosas, recuerdan otras, se les mezclan los siglos con los lunes...
Jaku bostezó desde los brazos de Mariana.
—Cobarde —gruñó una voz a sus espaldas.
Ragutis emergió entre los árboles, cubierto de tierra y hojas.
—Escuchaste el primer trueno de Perkūnas y saliste corriendo.
Loki se escondió inmediatamente detrás de Mariana.
—Eso se llama retirada estratégica.
Dionisio soltó una carcajada.
—Claro que sí.
Los tres se apartaron cuando una luz dorada descendió entre las ramas.
Laima apareció acompañada por Žaltys.
Y junto a ellos caminaban Zemyna y Lauma.
La diosa de la tierra observó el bosque renovado.
Luego miró a Mariana.
—La Centinela de la Flama Rosa...
Mariana inclinó ligeramente la cabeza.
—Zemyna.
La diosa sonrió.
—La memoria y la naturaleza se parecen más de lo que imaginas.
Se arrodilló y tomó un puñado de tierra fértil.
—Una semilla puede desaparecer bajo el invierno.
Puede quedar enterrada durante años.
Y aun así recordar cómo florecer.
Alzó la mirada.
—Tú has protegido precisamente eso. No solo los recuerdos. Has protegido aquello que permite que vuelvan a crecer.
Mariana observó a Jaku.
El pequeño Giruki dormía tranquilo.
Y por primera vez comprendió lo que Zemyna quería decir.
La tierra.
La memoria.
La esperanza.
Todo seguía el mismo ciclo.
—Gracias por devolvernos nuestro hogar —susurró Zemyna.
Antes de que Mariana pudiera responder, una voz familiar habló detrás de ella.
—¿Me recuerdas, Centinela?
Mariana giró.
Y sonrió.
Reconocía aquella voz.
—Creo que sí.
Dionisio se acercó con ternura.
—Yo sabía que no me habías olvidado.
Sus ojos brillaron con nostalgia.
—Afrodita y yo te enseñamos a usar la Guadaña Rosa por primera vez.
Mariana llevó una mano a la reliquia.
Durante un instante creyó escuchar risas antiguas.
Lecciones olvidadas.
Campos de flores.
Una voz enseñándole a mover la guadaña entre pétalos y estrellas.
No recordaba todo.
Pero recordaba lo suficiente.
Entonces la luz de la reliquia comenzó a brillar.
La guadaña se transformó lentamente en el pequeño dije rosado.
El mismo que había visto dentro de la flor de cristal.
La luz se expandió.
Un círculo luminoso apareció frente a ella.
Y comenzó a crecer.
Hasta convertirse en un portal.
A través de él llegaron voces lejanas.
Voces familiares.
Voces humanas.
—¡Mariana!
—¡Mari!
—¿Dónde te metiste?
Sus compañeros de universidad.
Buscándola.
Esperándola.
El momento de regresar había llegado.
Perkūnas apareció entonces entre relámpagos.
Detrás de él venían restos de tormenta y olor a lluvia.
Velnias había sido derrotado.
El dios del trueno inclinó la cabeza.
—Centinela.
Su voz sonó solemne.
—Me tranquiliza saber que los Guardianes de la Llama de la Memoria siguen cumpliendo su misión.
Mariana observó el portal.
Luego observó el bosque.
Los dioses.
Las criaturas.
Las flores.
Las raíces.
Y a todos aquellos que habían recuperado su libertad.
Desde que comenzó la aventura...
todo estaba en paz.
Capitulo 10
Hasta que florezcamos de nuevo
El portal brillaba frente a ella.
Al otro lado escuchaba voces.
Lejanas.
Familiares.
Sus compañeros de universidad.
La estaban buscando.
Era hora de regresar.
Pero Mariana no podía moverse.
Apretó a Jaku contra su pecho.
El pequeño Giruki dormía tranquilo, ajeno a todo.
Como si para él el universo entero siguiera siendo un lugar seguro.
—No... —susurró Mariana.
La palabra escapó sola.
—No quiero dejarlo.
Zemyna se acercó con suavidad.
—Lo sé.
Mariana bajó la mirada.
—Acabo de encontrarlo.
Su voz se quebró.
—Y ahora tengo que despedirme.
Jaku abrió un ojo.
Bostezó.
Y se acomodó mejor entre sus brazos.
Como si no entendiera por qué los adultos complicaban tanto las cosas.
Una lágrima rodó por la mejilla de Mariana.
Luego otra.
—No puedo llevármelo, ¿verdad?
Zemyna negó lentamente.
—No.
—Su lugar está aquí.
Laima colocó una mano sobre el hombro de la Centinela.
—Pero eso no significa que lo pierdas.
Žaltys levantó la cabeza.
—Las raíces del bosque ya conocen su nombre.
—Y él siempre será parte de ti —añadió Zemyna.
Mariana observó al pequeño ser.
Su pequeño protector.
Su pequeño amigo.
La primera esperanza que había encontrado cuando creyó estar completamente sola.
Loki carraspeó.
—Bueno... técnicamente podemos enviarle actualizaciones.
Todos lo miraron.
—¿Qué?
—Selfies mágicas, cartas encantadas, informes trimestrales del crecimiento del árbol... podemos organizar algo.
Dionisio soltó una carcajada.
—Ignóralo. Pero tiene razón en una cosa.
Miró a Mariana con una sonrisa cálida.
—No será un adiós.
Solo un hasta luego.
Laima tomó las manos de Mariana.
Luego apoyó una palma sobre su corazón.
—No te preocupes, Centinela.
Su voz sonó como una canción antigua.
—Tu pequeño estará en muy buenas manos.
Las raíces del bosque lo harán fuerte.
Y cuando llegue el momento en que vuelvas a necesitarlo...
sabrá encontrar el camino de regreso.
Mariana respiró hondo.
Con cuidado retiró el marsupio de sus hombros.
—Le gusta dormir con el bolsillo abierto.
Laima sonrió.
—Lo recordaremos.
—Y no le gusta la oscuridad.
—Tampoco lo olvidaremos.
—Y a veces se despierta de la nada solo para abrazar cosas.
Zemyna dejó escapar una risa suave.
—Eso también lo recordaremos.
Mariana se arrodilló.
Jaku abrió los ojos.
La observó.
Sonrió.
Y extendió sus pequeñas manos hacia ella.
El corazón de Mariana se rompió un poquito.
—Voy a volver a verte.
Jaku inclinó la cabeza.
Como si intentara comprender aquellas palabras.
Luego tomó uno de sus dedos.
Y durante un instante se negó a soltarlo.
Mariana cerró los ojos.
Respiró.
Y finalmente dejó ir su mano.
Zemyna recibió al pequeño Giruki entre sus brazos.
Jaku siguió observándola.
Confundido.
Curioso.
Pero tranquilo.
Porque todavía confiaba plenamente en ella.
—Laima... antes de irme...
¿De verdad conociste a mi abuela?
Laima sonrió.
—Mucho antes de que tú nacieras, Centinela.
Mucho antes.
Cuando llegue el momento, ella misma te contará esa historia.
Mariana dio un paso hacia el portal.
Luego otro.
Y otro más.
Hasta que la luz comenzó a envolverla.
La última imagen que vio fue a Jaku levantando una de sus pequeñas manitas para despedirse.
Y entonces el bosque se deshizo en un remolino de pétalos y cristales.

Cuando abrió los ojos, estaba de nuevo en el sendero de la excursión universitaria.
El aire olía a eucalipto, no a nieve ni a musgo antiguo.
Y allí, corriendo hacia ella, estaba Mora.
—¡Mari! ¿Dónde estabas? ¡Te perdí de vista y casi le aviso al profe!
Se detuvo, jadeando.
—Estás… ¿estás bien?
Mariana sonrió.
Se llevó la mano al pecho, como si aún pudiera sentir el calor de Jaku dormido.
—Sí, Mora. Estoy bien.
Solo… necesitaba recordar quién soy.
Las aventuras de la Centinela apenas comenzaban.
Mientras caminaba junto a Mora, Mariana llevó una mano al dije rosado que colgaba de su cuello.
Había recuperado muchas respuestas.
Pero no todas.
Aún no comprendía por qué había olvidado quién era.
Aún no entendía por qué Ignacio parecía conocer tanto sobre los guardianes.
Y sobre todo...
seguía sin saber qué relación unía a la abuela Flor con Laima y los antiguos protectores de la memoria.
El tic-toc había desaparecido.
Pero las preguntas permanecían.
Muy lejos de allí, entre raíces antiguas y bosques que comenzaban a florecer, una pequeña criatura llamada Jaku observó el cielo por primera vez.
Y en algún lugar más allá de los reinos conocidos, la Niebla del Olvido ya buscaba una nueva grieta por donde regresar.
La historia de la Centinela no había terminado.
Apenas acababa de recordar el primer capítulo.
