Las cronicas del olvido. 


Antes del Olvido

Antes de que los nombres separaran a los dioses, antes de que los mapas dividieran los mundos y antes de que las historias aprendieran a esconderse en libros, existía un solo latido. No había panteones ni fronteras, no había culturas ni banderas del cielo. Existían funciones: la memoria, el tiempo, la vida, el equilibrio, el cambio. Cada una era un hilo del mismo tejido, y todas convivían sin disputarse el centro del telar.

A esa fuerza que dio origen a todo no se le rezaba ni se le levantaban templos. No tenía rostro, ni voz, ni trono. Algunos la llamarían más tarde El Inicio, aunque ni siquiera ese nombre le pertenecía del todo. No creó para gobernar, ni para ser recordada. Creó porque existir era mejor que el silencio, y porque incluso el vacío merecía una oportunidad de llenarse de historias.

Con el paso de eras que aún no sabían contarse en años, aquellas funciones comenzaron a tomar forma. Donde antes solo había principios, nacieron rostros. Donde antes solo había corrientes, surgieron nombres. Así aparecieron los primeros dioses, no como rivales, sino como reflejos distintos de una misma verdad. Cada pueblo los vería con otros ojos, cada cultura los nombraría de otra manera, pero todos provenían del mismo origen.

Durante mucho tiempo, aquello fue suficiente.

Hasta que uno de ellos sintió miedo.

No fue un miedo a perder una guerra, ni a ser vencido por otro. Fue un miedo más antiguo y más silencioso: el miedo a desaparecer, a no ser recordado, a volverse un susurro sin eco en la memoria del mundo. Y de ese temor nació el deseo de controlar, de fijar el tiempo, de imponer un orden que no dependiera del recuerdo de nadie más.

Ese fue el primer error.

Porque el mundo no se rompe con odio. Se rompe con miedo.

De ese deseo torcido no nació un arma, ni un ejército, ni un dios nuevo. Nació algo peor: la Niebla del Olvido. No destruía ciudades ni quemaba templos. No necesitaba hacerlo. Bastaba con borrar nombres, confundir recuerdos, apagar historias. Donde pasaba, los caminos seguían allí… pero nadie recordaba a dónde llevaban.

Algunos comprendieron demasiado tarde que la Niebla no era un enemigo externo, sino una consecuencia. El precio de olvidar quiénes eran y por qué existían. Y aun así, hubo quienes se negaron a rendirse. No levantaron muros ni forjaron espadas. Decidieron dejar huellas: símbolos, promesas, reliquias. No para dominar el mundo, sino para recordarle al mundo que aún tenía algo que proteger.

Fue entonces cuando los dioses y los pueblos aceptaron una verdad dolorosa: para sobrevivir, debían separarse. Así nacieron los reinos, las mitologías, las tierras con nombres distintos para los mismos misterios. No como castigo, sino como refugio. El equilibrio se volvió frágil… pero posible.

Con el tiempo, la Niebla pareció dormir.

Las historias se convirtieron en leyendas. Las leyendas en cuentos. Y los cuentos en simples susurros para hacer dormir a los niños. Las reliquias quedaron guardadas, los pactos se olvidaron, y el mundo creyó que la paz era algo eterno.

Pero la paz nunca es eterna.

Solo es prestada.

Y ahora, en algún lugar, una página vuelve a abrirse.
Una estrella vuelve a brillar.
Un recuerdo se resiste a desaparecer.

Porque mientras exista alguien capaz de decir yo recuerdo,
el Olvido nunca habrá ganado del todo.

Y así comienza la historia que no debía ser olvidada.


El Origen del Libro del Dragón


Hace miles de años, en la cima de la montaña Kunlun, vivía una mujer sabia llamada Jing Xiuying. Ella no era guerrera, ni reina, ni hechicera: era la primera bibliotecaria, una guardiana del conocimiento y la memoria del mundo antiguo.
Cada día, Jing recorría los pasillos infinitos de su biblioteca, acariciando con devoción los pergaminos y libros que contenían la historia de la humanidad. Su sabiduría era tranquila, humilde, sin pretensiones.
Y eso la hacía aún más poderosa.

El ente creador de todo —El Inicio— la observaba en silencio.
Vio en ella una llama tan pura que decidió protegerla con una criatura sin igual:
un dragón celestial de escamas brillantes y alma eterna, al que llamó Longyan.
Desde entonces, el dragón rodeaba la montaña con su cuerpo como un anillo viviente, custodiando la sabiduría que Jing protegía con tanto amor.

Pero la oscuridad también quería memoria.

Desde los confines de un imperio cruel surgió un emperador sediento de poder.
Un hombre que lideraba una dinastía tan malvada que, siglos después, su nombre sería borrado del tiempo por la propia Jing, como castigo eterno.
El emperador marchó hacia la montaña Kunlun con su ejército de youxias corrompidos y hechiceros sombríos, dispuestos a saquear los secretos de la humanidad y reescribir la historia a su antojo.

Al verlos acercarse, Jing supo que no tenían oportunidad.
El conocimiento que tanto amaba… caería en manos equivocadas.
Y ese conocimiento, mal usado, podría destruir el mundo en lugar de salvarlo.

Con lágrimas en los ojos y valor en el corazón, Jing Xiuying alzó la voz al cielo y pidió ayuda al Inicio:

—No quiero huir. No quiero pelear. Quiero que la memoria sobreviva, aunque yo no lo haga.

El Inicio respondió.
Con un solo soplo divino, transformó a Jing Xiuying en un libro viviente, sellando en sus páginas todo lo que ella había amado y aprendido.
Las historias. Las culturas. Las preguntas sin respuesta.
Todo quedó resguardado en ese objeto sagrado.
Y en su portada, como guardián eterno, Longyan se durmió, transformado en una talla de jade…
silencioso, inmóvil, vigilante.

El ejército enemigo llegó… y no encontró nada.
Ni libros, ni mujer, ni dragón. Solo piedra, viento y silencio.

Y funcionó.

El tiempo pasó.
El mundo siguió olvidando.
Pero un día, muchos siglos después, una mirada pura y valiente tocó el libro.

Y en ese instante, Longyan abrió los ojos.


El Guardián de Luz Azul.


El llamado

El regalo mágico, el mensaje que despierta la Llama Azul.
En el corazón de Bogotá, donde las montañas saludan cada mañana y el viento cuenta historias a quien se detiene a escucharlas, vivía un niño extraordinario llamado Ignacio.
Tenía 12 años y le encantaban los libros — especialmente los de magia— y era un apasionado de las artes marciales, porque decía que los verdaderos magos debían ser valientes por fuera y por dentro.
Amaba tanto su ciudad como los libros que devoraba uno tras otro en su biblioteca favorita.
De lunes a viernes era el estudiante estrella de su colegio. Sus maestros lo admiraban, y sus compañeros lo buscaban para pedirle consejos antes de los exámenes. Pero cuando llegaba el fin de semana, Ignacio se transformaba: vestía su uniforme blanco de taewkondo, se ajustaba el cinturón con firmeza, y entrenaba con pasión, como si cada movimiento fuera parte de una danza ancestral.
Lo que Ignacio no sabía, era que ese equilibrio perfecto entre mente y cuerpo lo convertía en el candidato ideal para una misión mágica, una que solo se revelaría el día en que cumpliera trece años.
Ese día, entre abrazos, libros nuevos y torta de chocolate, recibió un paquete especial. Venía desde muy lejos: de Holanda. En la etiqueta se leía claramente el nombre de quien lo enviaba: “Para mi ahijado favorito, de parte de tu padrino.”
El paquete era extraño: no tenía cinta ni papel. Solo un sello con la figura de un dragón dormido… y cuando Ignacio lo tocó, algo increíble sucedió.
El dragón abrió un ojo brillante, rugió suavemente, y el paquete se desdobló como por arte de magia. Dentro había un libro antiguo con tapas azules y una carta escrita en tinta dorada que decía: Ignacio, el Guardián de Luz Azul te llama. 

Tu amor por el conocimiento, tu fuerza interior y tu corazón noble han despertado la llama.
Abre este libro solo si estás listo para descubrir que la magia existe, y que está más cerca de ti de lo que imaginas.”

La decisión

Ignacio observó el libro azul con asombro. Tenía el tamaño de un diccionario antiguo, pero no pesaba nada al levantarlo. Su cubierta estaba hecha de un material que no podía reconocer: parecía cuero, pero a la vez emitía un brillo suave, como si respirara.
Abrió la primera página y allí no había palabras… solo un reflejo: el suyo.
Pero no era cualquier reflejo. En el espejo de tinta vio una versión de sí mismo, de pie en una montaña desconocida, con una capa ondeando al viento y un cinturón de taewkondo que brillaba con luz propia. A sus pies, una ciudad parecía formarse con letras flotantes que giraban en el aire.
—¿Qué es esto? —susurró.
En ese instante, la voz de su padrino sonó como un eco suave, como si viniera desde las nubes.
—“Ignacio, cuando abras este libro, cruzarás el umbral entre el mundo que conoces y el mundo que te espera. Pero debes decidir tú mismo: ¿estás listo para la aventura?”
Ignacio miró a su alrededor. En la sala aún estaban los globos del cumpleaños, las risas de su familia sonaban desde la cocina, y afuera se veía el cielo de Bogotá teñido de naranja por el atardecer.
Cerró los ojos, pensó en sus libros favoritos, en sus entrenamientos, en lo mucho que soñaba con un mundo donde todo lo que leía fuera real. Y entonces, con una sonrisa decidida, dijo en voz baja:
—Estoy listo.
Al pronunciar esas palabras, las letras comenzaron a flotar desde las páginas del libro. Lo rodearon como un remolino brillante y suave, y el aire se llenó de una energía tan antigua como los mitos. En un parpadeo, Ignacio ya no estaba en su sala…
…estaba en otro lugar.
Un bosque inmenso se extendía ante él, hecho de árboles cuyas hojas eran páginas de libros. Un río de tinta fluía a lo lejos. Y en el cielo, flotaban islas con castillos, puentes dorados y criaturas hechas de palabras.
Una llama azul titilaba en lo alto de una torre lejana. La aventura había comenzado.

La Biblioteca del Conocimiento


El Desafío de la Mente
Ignacio avanzó por el bosque de hojas susurrantes. Cada árbol parecía recitar poemas en voz baja, y las raíces se entrelazaban como frases en un párrafo. En su mano aún sostenía el libro azul, que ahora brillaba tenuemente como una brújula, guiándolo con pulsos de luz.
Después de un largo sendero cubierto de palabras flotantes, llegó a una puerta de mármol blanco en medio del bosque. Sobre ella, tallada en piedra, se leía:
“Biblioteca de la Razón. Solo quien piense más allá de lo obvio podrá entrar.”
Ignacio, sin dudar, colocó su mano sobre la puerta. Esta se abrió lentamente con un crujido que parecía el pasar de una página antigua.
Dentro, la biblioteca era inmensa. Estanterías flotaban en el aire, formando laberintos imposibles. Libros volaban de un lado a otro como aves sabias, y una gran lámpara hecha de palabras encendidas colgaba del techo.
En el centro, lo esperaba una figura de un hombre con mirada sabía que le recordaba a su abuelito Luis, si no fuera por un sombrero de hechicero y atuendo mistico. Era el bibliotecario de la Razón, guardián del conocimiento puro.
—Bienvenido, Ignacio —dijo con una voz profunda—. Para despertar la primera llama del Guardián Azul, deberás resolver tres desafíos mentales. No es fuerza lo que necesitas aquí, sino lógica, memoria y creatividad.
Ignacio asintió. Había venido preparado.
El bibliotecario chasqueó los dedos y apareció la Primera Prueba: una mesa flotante con piezas de ajedrez que formaban un enigma.
Ignacio debía moverlas en cierto orden para revelar una frase escondida en el tablero. Recordó un juego similar en uno de sus libros favoritos… y con concentración, lo resolvió.
La Segunda Prueba fue un acertijo visual: debía encontrar, en una pintura animada, la figura que no pertenecía. Observó con paciencia. La pintura era un caos, pero en medio del movimiento, Ignacio notó algo curioso: una letra griega giraba al revés. Señaló con decisión. ¡Correcto!
Entonces, el bibliotecario levantó una mano y dijo:
—La última prueba no será de lógica… sino de imaginación.
Del techo bajó una hoja en blanco.
—Escribe el inicio de una historia que nunca haya sido contada, pero que todos quisieran leer.
Ignacio pensó. Cerró los ojos. Y con la misma mano con la que solía escribir palabras en sus concursos de ortografía, escribió:
“Había una vez un niño en Bogotá que podía ver el alma de los libros…”
La hoja se encendió en azul. Las palabras flotaron al aire, giraron alrededor de Ignacio, y luego se fundieron en una esfera luminosa que flotó hasta el centro de la sala. Allí, con un estallido suave, nació la Primera Llama Azul.
—Has pasado la prueba, Ignacio —dijo el Bibliotecario, sonriendo—. Tu mente es clara, curiosa y poderosa. Llévate la llama contigo. La próxima biblioteca pondrá a prueba tu corazón.
Ignacio tomó la llama, que se transformó en un pequeño talismán que guardó junto a su libro.
Y así, con paso firme y los ojos brillando de emoción, salió de la Biblioteca de la Razón, rumbo a la segunda etapa de su aventura.


La Biblioteca del Corazón 


El Eco de los Recuerdos
Ignacio caminó durante horas, cruzando puentes de palabras rotas, ríos que cantaban en susurros y campos donde las emociones flotaban como globos transparentes. La primera llama azul, ahora colgando de su cinturón como un amuleto, le daba calor. Pero no era un calor físico, sino uno que lo hacía sentir valiente y acompañado.
Finalmente, llegó a un claro bañado en una luz cálida. En el centro se alzaba un edificio hecho de madera, pétalos y cristal: era la Biblioteca del Corazón. No tenía puertas. En su lugar, una cortina de hilos de oro bloqueaba el paso, y una inscripción flotaba frente a ella:
“Solo entra quien recuerde con amor, perdone con sabiduría y sienta sin miedo.”
Ignacio respiró profundo y cruzó.
El interior no era como una biblioteca tradicional. No había estanterías ni libros visibles. En su lugar, cientos de burbujas flotaban en el aire, y dentro de cada una se veían escenas, como pequeños recuerdos suspendidos: abrazos, cumpleaños, despedidas, lágrimas, risas.
Una figura apareció entre las burbujas: una mujer con ojos amables y una túnica tejida con hilos de emociones. Era la Guardiana del Corazón.
Por un segundo pensó que era su abuela Flor ya que le transmitia ese amor y cariño que solo su abuela le hacía sentir
—Ignacio, la segunda llama solo se enciende con la verdad de tus sentimientos. Aquí no se trata de resolver acertijos… sino de escucharte a ti mismo.
Ignacio se quedó en silencio. La guardiana hizo un gesto, y una burbuja bajó frente a él. Dentro, se vio a sí mismo el día en que se despidió de alguien especial. Era una escena real: el momento en que su padrino se fue se fue la última vez a su casa en Holanda  hace más de un año, y aunque había sonreído en el aeropuerto, ahora se daba cuenta de cuánto había dolido aquella despedida.
—A veces, el corazón esconde lo que la mente prefiere ignorar —dijo la guardiana—. Pero nada es más valiente que un corazón que acepta lo que siente.
Ignacio tocó la burbuja. No lloró. Solo la sostuvo entre sus manos y dijo:
—Extraño a mi padrino. Pero sé que su cariño viaja más rápido que los aviones.
La burbuja se deshizo en una lluvia de luz suave.
La segunda prueba fue aún más íntima: una serie de burbujas mostraron momentos en los que se había equivocado, cuando había lastimado sin querer, o cuando no se había perdonado a sí mismo. Ignacio, con madurez, miró cada uno de esos recuerdos a los ojos. Y en cada uno, pidió perdón o se lo dio a sí mismo.
Finalmente, la última prueba apareció: una burbuja vacía.
—¿Qué ves? —preguntó la guardiana.
—Nada… pero siento algo —respondió Ignacio—. Siento que ahí va un recuerdo que aún no ha ocurrido… algo que estoy esperando.
La guardiana asintió.
—Llénalo con lo que más deseas.
Ignacio cerró los ojos, y en su mente vio una escena: él y su padrino caminando por Bogotá, riendo, hablando de libros, yendo a entrenar taekwondo juntos por un día. Una visita. Un reencuentro.
La burbuja se llenó con esa imagen. Y entonces, en el centro de la sala, apareció la Segunda Llama Azul, flotando en el aire con una luz cálida y vibrante, como un abrazo.
Ignacio la tomó. Su pecho se llenó de una fuerza distinta. No era conocimiento, era compasión. No era destreza, era conexión.
La guardiana sonrió.
—Ahora estás más cerca. La próxima biblioteca no leerá tu mente ni tu corazón… leerá tus acciones.
Ignacio salió de la Biblioteca del Corazón con paso firme y los ojos húmedos, pero con el alma más fuerte que nunca.


La Biblioteca del Cuerpo 


La segunda llama brillaba en el cinturón de Ignacio como una estrella firme. Mientras salía del bosque emocional de la Biblioteca del Corazón, notó que el paisaje cambiaba: los árboles se tornaban en columnas de piedra, el suelo vibraba bajo sus pies y el aire olía a tierra recién golpeada por pasos firmes.
Justo al borde del camino, le esperaba un vehículo extraño: parecía un jeep clásico, pero con ruedas de fuego y una carrocería hecha de metal antiguo cubierto de runas. Sentada al volante, con gafas de sol encantadas y una capa que ondeaba sin viento, había una mujer de cabello recogido. Su sonrisa era pícara, su energía intensa.
—¡Al fin! ¿Ignacio, verdad? Yo soy Mónica, tu mística chofer. Súbete rápido, que los músculos también tienen reloj.
Ignacio se rió y subió sin pensarlo. Apenas tocó el asiento, el jeep arrancó a toda velocidad, atravesando montañas, nubes y un campo de entrenamiento que parecía sacado de una leyenda.


—¿A dónde vamos? —gritó Ignacio, sujetándose con fuerza.
—A donde las palabras no bastan —respondió Mónica—. A donde el cuerpo habla por ti.
El jeep aterrizó suavemente en una gran explanada de piedra blanca. Allí, en el centro de un dojo abierto al cielo, lo esperaba un hombre alto, de brazos fuertes y mirada serena. Sus ojos eran grises como la ceniza de volcán y su presencia imponía respeto sin necesidad de levantar la voz.
—Ignacio… Bienvenido. Yo soy Billy, guardián del equilibrio físico. No busco fuerza bruta. Aquí entrenamos el alma a través del cuerpo. Hoy, tú y tu cinturón de taekwondo, deben demostrar que son uno solo. 

El entrenamiento comenzó. 



Ignacio repasó katas, técnicas, respiración. Pero las pruebas no eran solo físicas: debía mantener el equilibrio sobre plataformas flotantes mientras recitaba palabras de enfoque, esquivar golpes de viento sin perder la calma, y romper bloques de piedra hechos con sus propios miedos, proyectados desde su mente.
—Controlar el cuerpo sin dominar el miedo es como caminar sin suelo —decía Billy mientras observaba con sabiduría—.
—No luches contra el miedo… conócelo.
Durante un descanso, Mónica apareció con una cantimplora mágica y un consejo:
—Te mueves bien, Igna. Pero tu cuerpo guarda emociones que aún no has liberado. 

…No lo fuerces. Baila con ellas.
La última prueba llegó con el atardecer: Ignacio debía realizar una secuencia de movimientos frente a un espejo encantado. Cada movimiento incorrecto mostraba un reflejo distorsionado. Solo cuando logró unir la mente, el corazón y el cuerpo, su reflejo lo imitó con perfección.
Entonces, del cielo descendió la Tercera Llama Azul, girando lentamente como un cometa de energía pura.
Billy se inclinó y dijo: —Has comprendido la armonía. La disciplina no es rigidez… es respeto por tu propio poder.
Ignacio sostuvo la llama. Esta se fundió con las otras dos, creando un círculo completo de energía brillante.
Mónica silbó, se apoyó en su jeep y sonrió:
—Listo, campeón. La Niebla del Olvido no tiene idea de lo que se le viene.
Ignacio los miró a ambos con una mezcla de orgullo y gratitud. Había recorrido la mente, el corazón y ahora su cuerpo.
Estaba listo.
La batalla final lo esperaba

El Enfrentamiento con la Niebla del Olvido


La Fuerza de los Vínculos.
Con las tres llamas azules girando en su cinturón, Ignacio avanzó hacia la cima de una montaña donde el cielo parecía haberse apagado. Allí, la Niebla del Olvido se extendía como una sombra viva: densa, silenciosa, y peligrosa.
Todo lo que tocaba comenzaba a desaparecer.
Libros flotaban a su alrededor desvaneciéndose, criaturas del conocimiento se esfumaban en el aire, y en el viento solo se oían susurros confusos: nombres que se olvidaban, historias que se borraban, ideas que ya nadie recordaba.
Ignacio sintió un escalofrío. Por primera vez, dudó.
—¿Y si no puedo? ¿Y si todo lo que he aprendido no basta…?
Fue entonces cuando una luz suave emergió entre la niebla. No era una llama. Era una voz.
—Ignacio… tú no estás solo. 


De la niebla surgió una figura radiante, vestida con una capa tejida con letras, recuerdos y abrazos invisibles. Era una mujer joven, con la mirada firme y dulce a la vez. Era su hermana mayor: Mariana, la Guardiana de la Memoria Viva.
—¿Mariana? —preguntó Ignacio, con la voz entrecortada.
—Sí, pero no solo como la conoces. Aquí soy tu vínculo con lo que nunca debe olvidarse: los afectos, la familia, los orígenes. Estoy aquí para recordarte quién eres, incluso si todo lo demás se apaga.
La niebla gruñó, como si sintiera la presencia de algo que no podía vencer.
—La Niebla del Olvido se alimenta de duda, de soledad, de desarraigo —dijo Mariana—. Pero tú tienes algo que ella no puede borrar: amor, propósito y legado.
Ignacio cerró los ojos y recordó todo: su colegio, sus libros, sus entrenamientos, su padrino, su familia, Bogotá, cada momento de alegría, incluso sus lágrimas… Todo vibraba dentro de él como una sinfonía.
Las tres llamas azules comenzaron a girar alrededor suyo. Mariana levantó los brazos, creando un escudo de recuerdos. Y entonces, Ignacio dio un grito que no era solo suyo: era el eco de todas las historias que habían vivido en él.
—¡No voy a olvidar quién soy!
Saltó hacia la Niebla, y al caer sobre ella, las llamas estallaron en una explosión de luz pura. No destructiva, sino reveladora.
La niebla se contrajo. No podía borrar a Ignacio. No podía borrar a alguien cuya mente, corazón y cuerpo estaban en armonía… y cuyo lazo con su gente era más fuerte que cualquier sombra.
Cuando el resplandor se apagó, Ignacio se encontraba de pie en una llanura clara, con los ojos abiertos y el alma en paz.
A su lado, Mariana le sonrió y le dijo:
—Lo lograste, Guardián Azul. El conocimiento está a salvo.
Ignacio sonrió, con lágrimas en los ojos.
—Gracias por estar aquí.
—Siempre —dijo ella, tocando su frente con ternura—. Nunca lo olvides.

El Regreso


Un Guardián Despierta
El sol entraba por la ventana, tibio y suave como una caricia de cumpleaños. Las montañas de Bogotá seguían en su sitio, firmes, majestuosas. En la casa, el olor a chocolate caliente flotaba en el aire, y en la cocina sonaban las voces familiares preparando el desayuno.
Ignacio abrió los ojos lentamente. 


Estaba en su cama. Su uniforme de taekwondo colgaba en la silla. Su mochila escolar junto a la puerta. Y entre sus brazos…
…el libro azul.
No era un sueño. Aún sentía el calor de las llamas en su pecho, el eco de Mariana a su lado, la risa de Monica, la sabiduría de Billy, la voz de su padrino resonando en cada rincón de su corazón.
—Ignacio —dijo su mamá, Mónica, la del mundo terrenal, entrando con una sonrisa—. ¡Feliz cumpleaños, amor! Mira quién te llama desde Holanda…
Le tendió el teléfono. En la pantalla aparecía el nombre: Tío Chris.
Ignacio se incorporó rápidamente, aún abrazando el libro.
—¿Aló?
—¡Feliz cumpleaños, mi Guardián Azul!
—dijo la voz de Chris con alegría.
Ignacio se quedó en silencio un segundo… y sonrió con los ojos muy abiertos.
—¿Tú sabes de la llama?
Del otro lado de la línea, Chris bajó la voz como si compartiera un secreto:
—Claro que sí. No todos la ven, pero yo la vi en ti desde siempre.
Ignacio miró el libro. Lo sostuvo con más fuerza. Y entonces susurró:
—Entonces… no fue un sueño.
Chris rió suavemente.
—No, Ignacio. Fue una aventura. Y la mejor parte es que apenas comienza.
Ignacio se rió también. Y mientras su mamá lo abrazaba por detrás y le daba un beso en la cabeza, el libro azul brilló levemente entre sus brazos… como si estuviera escuchando.
Porque tal vez lo estaba. 



El Origen de los Amuletos del Guardián


Antes de las mitologías.
Antes de que el cielo se llenara de estrellas.
Cuando los universos aún estaban tiernos como la luz de un amanecer…
existía un mundo donde los humanos vivían con pureza y bondad.

No había maldad.
No había competencia.
Solo cooperación, sencillez… y amor.

Pero incluso en un mundo así, había un límite:
un bosque.
Oscuro. Silencioso. Lleno de caminos que se cerraban con espinas y sombras que nadie se atrevía a cruzar.

Junto a ese bosque, en una pequeña aldea de personas amables, vivía un anciano sabio.
Era el corazón de su comunidad.
Y su mayor orgullo eran sus tres hijos:

El primero, un hombre de mente aguda y palabras justas,
que resolvía problemas con sabiduría y paciencia.

El segundo, amable y sereno,
un alma compasiva que hacía florecer la bondad en los demás.

Y el tercero, joven, fuerte y decidido,
cuyo cuerpo y mente eran uno solo, entrenado no para pelear, sino para proteger.

Una noche, algo cambió.
Por primera vez, en el cielo comenzaron a encenderse pequeñas luces:
las primeras estrellas.

Y del bosque…
emergió una sombra.
Sin rostro. Sin nombre.
Una criatura del olvido y el miedo.

Los aldeanos acudieron al sabio anciano en busca de ayuda.
Él salió de su casa, miró las estrellas nuevas en el cielo…
y supo que algo grande se avecinaba.

Esa noche, tras meditar y contar estrellas como quien repasa batallas,
tomó una decisión:
enviar a sus tres hijos a capturar la sombra antes de que el mundo cambiara para siempre.

Los tres partieron sin miedo.
Con esperanza en el corazón y luz en la mirada.

Y lo lograron.
Juntos, capturaron la sombra y la encerraron.
Pero sabían que no bastaba con atraparla: había que devolverla al corazón del bosque oscuro.

Así que emprendieron su último viaje.
Un viaje sin regreso.

Pasaron los días.
Luego los meses.
Luego los años.

La paz volvió a la aldea,
pero los tres hermanos… no.

El anciano envejeció esperando.
Cada noche, se asomaba por su ventana y contaba estrellas,
rogando que sus hijos no fueran una de esas luces lejanas.

Y entonces, cuando su cuerpo ya no pudo resistir el peso del tiempo,
el ser que lo creó todo —el Inicio— se apareció ante él.

—Has sido bueno, sabio, y justo —dijo el Inicio—. Tienes derecho a un último deseo.

El anciano no dudó.

—Quiero ver a mis hijos.

El Inicio sonrió con tristeza.

—Cada noche los has visto…
Son esas tres estrellas que más brillan.
Dieron su vida para que el mundo siguiera en paz.
Su sabiduría, su amor y su fuerza detuvieron la oscuridad.

El anciano dejó escapar una lágrima…
de orgullo.
De amor.

—Entonces —susurró—, que sus virtudes no se pierdan.
Que su esencia siga ayudando a los que vendrán.
Que su luz viva… en algo eterno.

Y así, el Inicio tomó polvo de estrella y roca ancestral,
y forjó tres amuletos:
uno por cada hijo.

Uno con el símbolo del conocimiento.
Otro con la fuerza del corazón.
Y el último con el poder del cuerpo.

Desde entonces, esos tres amuletos han sido la herencia secreta de los guardianes.
Nadie sabe cuántos años han pasado.
Pero yo sí sé quién los tiene ahora…

Mi ahijado, Ignacio.
Sí, ese mismo.

¿Cómo llegaron a sus manos?
Esa es otra historia…

Pero una cosa les puedo decir:
Mientras esos amuletos brillen…
la oscuridad no tendrá la última palabra.



La Escuela de las Estrellas

La rutina perfecta


Mariajose podía volar.

Bueno… no con alas, claro.
Pero cuando saltaba en el aire, con sus pompones brillantes, sus coletas al viento y una sonrisa que parecía sacada del sol, todos pensaban lo mismo:
esa niña parecía hecha de luz.

Cada tarde, en el gimnasio de su colegio, Mariajose practicaba saltos, giros, gritos de ánimo y acrobacias con su equipo de cheerleaders.
Era la más pequeña… pero también la más fuerte.
Sus compañeras la llamaban “la estrella saltarina”.

—¡Vamos, Majo! ¡Una vez más! —decía su entrenadora.
Y ahí iba ella, ¡arriba!, como si tocara el cielo.

Pero cuando las luces del gimnasio se apagaban y las mochilas se cerraban, Mariajose sentía algo distinto.

Ese día, al llegar a casa, Ale —su mamá— la esperaba en la sala con una hoja blanca entre las manos. Eran las calificaciones del colegio.

—Majo… tenemos que hablar —dijo con voz suave—. Eres una niña increíble, pero no puedes dejar que los estudios se queden atrás.

Mariajose bajó la mirada. Sabía que no le había ido bien en las tareas. A veces, mientras los demás leían, ella pensaba en nuevas piruetas o en la próxima competencia.

—Tienes un talento precioso —continuó su mamá—, pero también necesitas cuidar tu mente como cuidas tu cuerpo. Ser una estrella no es solo brillar en el aire… también es brillar aquí —y le tocó la frente con cariño.

Mariajose no respondió.
Se fue a su cuarto, con el corazón un poco triste, y se dejó caer sobre su cama llena de peluches y moños rosados.

Entonces lo vio.

Sobre su escritorio, al lado del portarretratos con una foto de su tío Chris desde Holanda, estaba un espejo en forma de estrella.
Un regalo que él le había enviado en su último cumpleaños.

“Para que nunca olvides lo que eres”, decía la nota.

Mariajose se acercó y lo tomó entre sus manos. El borde era dorado y tenía pequeños destellos, como si algo viviera dentro.

—Ojalá pudiera ser mejor… —susurró.

Y entonces ocurrió.

El espejo brilló. No con una luz normal, sino con una luz cálida, suave… como una caricia desde lejos.
Y antes de que pudiera decir una sola palabra más…

…todo desapareció.

Lo único que quedó fue la luz.
Y un eco que parecía susurrar su nombre.


El espejo de las decisiones

La encrucijada

Mariajose no sabía si estaba soñando.

Estaba de pie en medio de un lugar completamente distinto. No era su habitación, ni el gimnasio, ni el colegio.
El cielo era morado con nubes suaves como algodón de azúcar, y a su alrededor flotaban libros, lápices, moños y pelotas de gimnasia… ¡todo mezclado!

El espejo en forma de estrella flotaba frente a ella, como una brújula brillante.

—¿Dónde estoy? —preguntó en voz baja.

Entonces, una voz suave —casi como un susurro de viento cariñoso— le respondió:
—Estás en la Encrucijada de las Estrellas, donde vienen los que tienen talentos grandes y corazones aún más grandes.

Mariajose giró y vio a una figura luminosa, vestida con una túnica de destellos dorados. Su rostro era dulce… y por un momento, Majo pensó que se parecía a su abuela Flor, con esa misma mirada tierna que la arropaba cada tarde cuando llegaba del colegio.

—¿Abuela? —preguntó, confundida.
—No exactamente —dijo la figura—. Pero digamos que soy parte de ella. Estoy aquí para recordarte algo: el brillo no viene solo del talento, sino de las decisiones que tomamos.

La figura extendió su mano y el aire frente a Majo se abrió en imágenes.

Primero apareció su mamá, Alejandra, preparando su comida favorita con una sonrisa agotada pero feliz.
Luego su papá, Rubén, serio pero con los ojos llenos de cariño mientras doblaba su uniforme de gimnasia.
Después, su abuela Flor, peinándole el cabello con cuidado.

Y entonces, Mariana e Ignacio.
Pero esta vez no estaban como ejemplos lejanos, sino como cómplices. Mariana abrazaba a Majo después de un ensayo difícil. Ignacio, en una videollamada, la hacía reír con una broma tonta.

Los dos sonreían. Ninguno decía nada de notas ni de tareas. Solo estaban ahí. Para ella.

—¿Por qué me trajiste aquí? —preguntó Majo.

—Porque hay algo que debes decidir —respondió la figura—. Puedes seguir volando alto con tu pasión, o puedes aprender a combinar esa pasión con esfuerzo, con amor por ti misma. Y no estás sola para lograrlo.

—¿Y si me equivoco?

—Todos nos equivocamos —dijo la figura, acercándose—. Pero cada vez que lo intentes, esa estrella en tu corazón brillará más fuerte.

Mariajose miró el espejo.
Su reflejo parecía distinto… más valiente.

Pensó en su mamá, en su papá, en su abuela, en Mariana, en Ignacio… y en su tío Chris, tan lejos, pero tan cerca en ese regalo brillante.

Cerró los ojos, apretó el espejo contra su pecho y susurró:
—Quiero aprender a brillar, no solo en el aire… también por dentro.

El cielo se llenó de luz. La figura asintió. Y antes de que pudiera decir una sola palabra más, el mundo mágico comenzó a desvanecerse…

…y Majo despertó, sentada en su cama, con el espejo entre las manos.

Y esta vez, sonrió.


La escuela de las estrellas


Cuando Mariajose volvió a abrir los ojos, no estaba en su cama.
Ni en el cielo morado de antes.

Esta vez, estaba parada frente a una puerta inmensa hecha de cristal brillante.
En el marco, tallado en letras doradas, se leía:

ESCUELA DE LAS ESTRELLAS

La puerta se abrió sola con un sonido suave, como si la estuvieran esperando.

Al entrar, Majo se quedó sin palabras.

Niños y niñas de todas las edades corrían, bailaban, pintaban, resolvían acertijos y volaban en aros dorados por los techos.
Cada uno tenía un talento distinto: unos eran acróbatas, otros dibujaban con luz, otros cantaban con animales… y otros ¡hacían piruetas como ella!

No era un simple lugar de juegos. Había pizarras flotantes, libros vivos que hablaban, relojes que marcaban el “tiempo de esfuerzo” y maestros con alas, barbas brillantes o gafas que leían pensamientos.

Una profesora alta y elegante, con un moño de estrella en el cabello, se acercó con una sonrisa cálida.

—Bienvenida, Mariajose. Te estábamos esperando.
—¿Cómo saben mi nombre?
—Porque sólo las verdaderas estrellas que aún no saben cuánto valen llegan hasta aquí —dijo la profesora—. Aquí los talentos se celebran, pero también se entrenan. ¿Estás lista para aprender lo que significa brillar de verdad?

Majo asintió, algo nerviosa.


Antes de brillar


La profesora la condujo a una gran sala con una pista redonda en el centro.

Alrededor, había gradas llenas de otros estudiantes. Y en lo más alto colgaba un cartel enorme:

GALA ESTELAR – FALTAN 7 DÍAS

—Es el evento más importante de la escuela —explicó la profesora—. Todos los alumnos presentan su talento.
Pero para poder subir al escenario… deben haber aprobado tres pruebas: Disciplina, Respeto y Estudio.

—¿Estudio? —repitió Majo con una mueca.
—Sí —rió la profesora—. Porque hasta las estrellas más hermosas deben aprender a brillar por dentro y por fuera.

Majo se quedó pensativa. Nunca había mezclado tareas con gimnasia. ¿Cómo iba a lograrlo? ¿Y si fallaba?

—No te preocupes —dijo una voz familiar detrás de ella.

¡Era Ignacio! Vestía un uniforme estelar y sostenía un libro mágico bajo el brazo.
—¿Tú también estás aquí?
—Claro, ¡y Mariana también! —dijo.

De una cortina de luz apareció Mariana, con una capa brillante y una libreta llena de ideas creativas.

—No estamos aquí para competir contigo, Majo —dijo Mariana, tomándola de la mano—. Estamos aquí para ayudarte.
—Los que más brillan no son los que lo hacen solos —añadió Ignacio—. Son los que aprenden a pedir ayuda cuando lo necesitan.

Mariajose los miró.
Y por primera vez, sintió que su talento era importante, sí… pero que su esfuerzo también podía serlo.

—¿Y si no logro las tres pruebas? —preguntó.
—Entonces —dijo la profesora—, tu estrella no se apaga… solo se esconde un poco más, esperando a que la despiertes.
Aquí nadie fracasa. Solo aprendemos.

Mariajose sonrió.
Tal vez… solo tal vez… estudiar no era tan malo si lo hacía con la gente correcta. Y con un poco de magia.


La estrella caída

Los primeros días en la Escuela de las Estrellas fueron emocionantes… pero también muy difíciles.

Mariajose aprendió a usar libros que volaban, a responder preguntas mágicas que aparecían en burbujas, y a entrenar su cuerpo y su mente al mismo tiempo.
Cada noche se acostaba agotada, con los músculos adoloridos y la cabeza llena de cosas nuevas.

Un día llegó la primera prueba: Disciplina.

Tenían que aprender una rutina mágica de ejercicios y ejecutarla sin equivocarse.
Si se distraían, los objetos flotantes se caían.
Si se rendían, la música se apagaba.

Majo lo intentó. De verdad lo intentó.

Pero justo cuando le tocaba su turno, se tropezó.
Uno de los aros brillantes cayó al suelo, y la música se detuvo con un ruido seco.

Todos guardaron silencio.
Algunos niños la miraron con sorpresa.
Otros, con pena.

Ella bajó la cabeza, sintiendo cómo se le encogía el corazón.

—No sirvo para esto —murmuró.

Corrió fuera de la sala y se sentó en un rincón del jardín estelar.
Estaba rodeada de árboles luminosos, pero todo le parecía apagado.

Las lágrimas le rodaban por las mejillas.


Una voz que levanta

Entonces, algo parpadeó en su bolsillo.

Era el espejo.
Y con él… una voz.

No era una voz mágica ni desconocida.
Era su voz favorita: la de su tío Chris.

El espejo proyectó una pequeña imagen de él, como si fuera una videollamada estelar.

—Hola, mi Majo… ¿me ves?

Ella se limpió las lágrimas rápidamente.
—Sí… pero estoy triste. Fallé.

Chris sonrió, con ese brillo que tenía hasta por la pantalla.
—¿Y qué? Las estrellas también caen, Majo. Lo importante es que vuelvan a levantarse.

—¿Y si nunca paso las pruebas? —preguntó con la voz temblorosa.
—Tú ya tienes lo más difícil: el corazón —dijo su tío—. Eso no se entrena, se nace con él.

Pero aprender lleva tiempo, y está bien equivocarse.
Incluso cuando entreno en el gimnasio, a veces fallo.
Pero sigo. Porque sé lo que valgo.
Y tú también debes recordarlo.

Mariajose lo miró en silencio.

—Además… —añadió Chris guiñando un ojo—, esa estrella que llevas en el pecho no se rinde tan fácil. Yo la conozco bien. Es mi sobrina favorita, y la más valiente.

—¿Aunque a veces me cueste leer?
—Sobre todo por eso. Porque sigues intentando.

Mariajose respiró profundo.
Miró el cielo estelar, tan alto como sus sueños, y por primera vez en mucho tiempo, creyó que podía llegar.

Y así, con el espejo en las manos, se puso de pie.

No como una niña que falló.
Sino como una estrella… que solo había resbalado un poquito.


El salto perfecto

La Escuela de las Estrellas estaba más brillante que nunca.

Faroles flotantes iluminaban los pasillos, y en el aire se sentía la emoción de todos los estudiantes. Esa noche sería la Gala Estelar, donde cada uno mostraría su talento al mundo mágico… si habían pasado las pruebas.

Mariajose, con su uniforme especial de gala —una mezcla entre traje de gimnasia y vestido de luces—, miraba su reflejo en el espejo mientras respiraba hondo.

Ya había pasado las otras dos pruebas:

  • Respeto: cuando ayudó a una compañera que no lograba hacer un salto.

  • Estudio: cuando respondió con valentía una pregunta difícil usando su propio ejemplo en vez de copiar a otros.

Ahora le tocaba la parte más difícil: creer en sí misma.

Ignacio y Mariana se acercaron antes del show, cada uno con una sonrisa cómplice.

—¿Lista, estrella? —dijo Ignacio, dándole una piedra brillante como amuleto.
—Siempre fuiste mágica. Solo necesitabas verlo tú —añadió Mariana, ajustándole el lazo del cabello.


El escenario era inmenso.

Había estrellas flotando como luces, música suave de fondo, y cientos de estudiantes y maestros mirándola desde las gradas.

Mariajose dio un paso adelante, luego otro… y comenzó su presentación.

Primero, movimientos suaves, como si volara entre estrellas.
Luego, un salto con giro, seguido de una pirueta que formaba una figura luminosa en el aire.

Cada paso llevaba una palabra que había aprendido:
esfuerzo, corazón, disciplina.

Pero lo mejor vino al final.

Mariajose, con los brazos extendidos, se elevó en un salto tan perfecto que por un segundo —solo uno— todos creyeron que realmente podía volar.

Y cuando cayó al suelo con gracia, el escenario estalló en luces doradas.

El público guardó silencio por un instante, maravillado.
Y luego… ¡aplausos!
Aplausos verdaderos, largos, llenos de alegría.

La profesora con moño de estrella la abrazó en cuanto bajó del escenario.
—No solo pasaste las pruebas, Mariajose. Acabas de enseñarnos algo más importante: cómo se ve el valor cuando se mezcla con amor propio.

Mariajose miró a Ignacio y a Mariana, que aplaudían emocionados.
Miró el espejo en sus manos, que ahora brillaba más fuerte que nunca.

Y supo que, por primera vez, no era solo una niña con talento.
Era una niña que había crecido.


De regreso al mundo real

(con una estrella encendida)

Mariajose despertó con los rayos del sol entrando por su ventana.

Estaba en su cama. En su cuarto. Con sus peluches, sus pompones y su mochila del colegio colgada detrás de la puerta.

Pero algo era distinto.
Ella era distinta.

Sobre su escritorio, el espejo en forma de estrella brillaba con suavidad, como si le guiñara el ojo.
Y a su lado… había algo nuevo: una pequeña carta doblada con papel estelar.

Era del tío Chris.

“Mi Majo hermosa,

No importa si estás en una escuela mágica o en tu salón de clase.
Lo que importa es lo que llevas en tu corazón.
Y yo siempre supe que el tuyo era grande, fuerte y lleno de luz.

Estoy orgulloso de ti. No solo por lo que haces en el aire, sino por lo que estás aprendiendo en la tierra.

Desde aquí, desde Holanda, te mando un abrazo gigante y todo mi amor de tío.

Sigue brillando… pero ahora con más fuerza que nunca.

Tu tío Chris”

Mariajose apretó la carta contra su pecho y sonrió.

No era un sueño.
O tal vez sí… pero uno de esos sueños que cambian algo por dentro.

Ese día fue al colegio con una sonrisa nueva.
Prestó atención, levantó la mano en clase, hizo una pregunta sin miedo.

Su profesora la miró sorprendida.
Su mamá la abrazó fuerte al llegar a casa.
Su papá le dijo que la veía distinta… más segura.
Su abuela Flor la esperaba con su merienda favorita.

Y por la tarde, cuando entrenó con su equipo de cheerleaders, sus saltos eran aún más altos.

Porque ya no volaba para impresionar.
Volaba porque sabía quién era.

Y esa noche, antes de dormir, le susurró al espejo:
—Gracias por mostrarme mi luz.

El espejo no respondió.
Pero en su reflejo, la estrella seguía brillando.
Y esta vez… brillaba desde adentro.


Este fue solo el comienzo. 

 El despertar de una estrella que aprendió a brillar no solo en el aire, sino también en su corazón.


El origen del Espejo de Estrella


Dicen que hubo un tiempo…
antes del Olvido.

Un tiempo en que no existía la oscuridad, ni el ego, ni la competencia.
Solo luz.

Los seres que habitaban la Tierra eran criaturas puras:
hechas de amor, de compasión, de alegría compartida.

Y cada noche, cuando el cielo se vestía de infinito,
se sentaban juntos a contar historias,
a reír,
a soñar en voz alta.

Pero un día, uno de esos seres —nadie recuerda su nombre— miró el jardín de su vecino… y sintió algo nuevo.
No era admiración.
Era deseo.

Quería que sus flores fueran más grandes, más hermosas… mejores.

Con ese pensamiento, sin saberlo, algo dentro de él comenzó a desprenderse.
Una chispa.
Una luz.

Se elevó por su mirada y se fue… al cielo.

Los demás lo vieron.
Y supieron que algo había cambiado.

Ese ser empezó a hablar distinto.
A caminar con arrogancia.
A vestirse con ostentación.
Ya no compartía… competía.

Poco a poco, su actitud sembró duda y sombra entre sus vecinos.
La cooperación se volvió comparación.
La armonía, ego.

Y cada noche… más luces subían al cielo.

Pronto, aquella comunidad brillante quedó vacía por dentro.
Hermosa por fuera, sí…
pero hecha de reflejos falsos y recuerdos perdidos.

Hasta que… llegó una mujer.

Pequeña.
Sencilla.
Que todavía sonreía al oír la lluvia,
se detenía a oler las flores,
ayudaba, escuchaba…
recordaba quién era.

Ella no necesitaba espejos.
Ella no había olvidado.

Y cuando su tiempo en la Tierra llegó a su fin,
el ser que lo había creado todo —el Inicio— descendió ante ella
y le ofreció un deseo.

Ella no pidió estrellas.
Ni estatuas.
Ni memoria eterna.

Pidió esto:
“Que mi alma no se eleve.
Que no sea una estrella más entre tantas.
Que se quede aquí.
En la Tierra.
Dentro de un espejo.
Uno que le recuerde a cada alma… quién es en realidad.”

Y así fue.

Con el polvo de su espíritu,
la luz de todas las estrellas que aún brillaban por dentro,
y los metales nacidos de deseos jamás pronunciados,
nació el Espejo de Estrella.

Un objeto único.
No para mirarse…
sino para recordarse.


El Mapa Viviente de los Dioses Perdidos

 

Cuando los dioses del Olimpo vencieron a los titanes y tomaron el cielo como su morada, la victoria no trajo paz absoluta. Entre los templos nuevos y los rayos aún calientes, el ego, la desconfianza y las viejas rivalidades amenazaban con deshacer todo lo que habían logrado.

Zeus, sabio por experiencia, comprendió que el verdadero poder no era el del rayo ni del trono… sino el que unía lo invisible: el arte, el conocimiento y el corazón.

Con ayuda de Atenea, su aliada más sabia, y de Hefesto, el dios herrero, crearon en secreto tres pequeños seres de luz eternos que portarían la esencia de ese poder. 

Cada uno de los doce dioses del Olimpo entregó una chispa de su esencia a los tres amuletos sagrados. Unidos, sus poderes transformaron estos pequeños relicarios en la verdadera fuente de la fuerza olímpica: invencibles, imborrables…

Una vez forjados los relicarios celestiales, hermosos y llenos de poder, Zeus —con la única ayuda de su fiel mensajero y confidente— enfrentó una decisión delicada: elegir a solo tres dioses dignos de custodiar estos amuletos. Sabía que hablarlo con los demás provocaría rivalidad entre deidades, así que, en silencio y sin consultar a nadie, confió cada uno de los tres relicarios a una divinidad distinta. No los eligió por su fuerza… sino por su equilibrio:


  • Poseidón, guardián del cuerpo, la voluntad y la resistencia.

  • Afrodita, protectora del amor, la empatía y el lazo invisible entre las almas.

  • Apolo, defensor del arte, la sabiduría y la luz interior.

Zeus, para protegerlos, borró todo rastro de este acto. Lo hizo con ayuda del río Lete —sí, ese que borra la memoria— pero esta vez no para castigar, sino para proteger. Solo él y Hermes, su mensajero más fiel, conservaron el secreto… no en la mente, sino en algo más poderoso:

Un mapa viviente.
Creado con tela de estrella y sellado con la promesa de los dioses, ese mapa no muestra direcciones… muestra posibilidades.
Se transforma, late, respira. Solo revela sus caminos a quien haya despertado el equilibrio entre cuerpo, corazón y conocimiento.

Y ahora, siglos después…
Bueno… ya sabemos en manos de quién terminó ese mapa.
Y vaya que si le dio el uso que merecía a ese poder.

Porque los secretos del Olimpo… aún están a salvo.


El Olvido del Olimpo

Antes del Olvido, fue la Voz.

Dicen que en lo alto del mundo, más allá de las nubes, donde los relámpagos no asustan y los suspiros danzan en forma de estrellas, existe un lugar olvidado por muchos… pero recordado por unos pocos.

Un lugar donde los nombres tienen poder.
Donde el amor se convierte en arma.
Y donde el silencio puede borrar civilizaciones enteras.

Algunos lo llaman mito.
Otros, historia enterrada.
Pero los que aún sienten el temblor del trueno en el pecho… lo llaman verdad.

Esta es la historia de un Guardián que desafió la niebla.
De un mapa que solo respondía al equilibrio del alma.
De un tridente que no partía montañas, sino corazones cerrados.
 

Si has olvidado algo que amabas…
Si alguna vez sentiste que el mundo se apaga en tus recuerdos…
Entonces este libro es para ti.

Porque solo quien recuerda… puede salvarnos del Olvido.


El templo que nadie recuerda


Habían pasado varios meses desde que Ignacio había vencido por primera vez a la Niebla del Olvido. 

El libro del Dragón dormía sobre su escritorio, siempre abierto en la misma página: aquella donde se dibujaba una estrella con alas, y debajo, una nota escrita con tinta dorada decía:
  “La luz en ti es el comienzo, pero no el final.”

Luego de una semana larga y un fuerte día entrenando, Ignacio creía que lo más raro de esa jornada sería el nuevo cinturón para el que su entrenador lo estaba entrenando. Había practicado fuertemente, concentrado… como siempre. Pero algo en el aire del dojo olía distinto. Como si la tarde llevará un perfume suave y nostálgico, uno que le recordaba al de los dulces de su abuela Flor. Un aroma que no sabía si esta vez le daba paz… o le advertía algo.

Esa noche, después de la cena, sus padres encendieron el televisor como de costumbre. Pero en lugar del noticiero habitual, una transmisión en vivo interrumpía todo:

—Última hora—

Las cámaras enfocaban una colina vacía en Atenas. La voz de la periodista temblaba:

—Lo que hasta hoy era un símbolo eterno… ha desaparecido.

—El templo de… —intentó decir el periodista, pero se detuvo. Parecía no recordar de qué templo se trataba… ni de qué diosa.

Ignacio frunció el ceño. En la pantalla, había una estructura ausente. No quedaba nada más que algunas columnas rotas, como si alguien hubiera arrancado un edificio entero sin dejar escombros. Su padre, Billy, comentó, confundido:

—¿Ese lugar no tenía un nombre? Algo de una diosa griega…

Su madre intentó recordar, pero su mirada se volvió vidriosa.

—¿Era… Afrodita? ¿No…? No sé. Qué extraño…

—Era el templo de Atenea… la diosa de la sabiduría… —susurró Ignacio, casi sin darse cuenta.
  ¿Por qué nadie la recuerda? se preguntó.

Se levantó lentamente del sofá. Una presión le apretaba el pecho, como si su propia memoria también intentara escaparse. Pero entonces, desde su habitación, algo brilló. La llama azul palpitaba.

Corrió a su cuarto. El fuego flotaba sobre su escritorio, justo encima del libro del dragón. No había viento, pero las páginas se movían solas. Una ráfaga de aire entró por la ventana, aunque no había tormenta. Y en la contraportada del libro, una grieta apareció… como si algo dentro quisiera salir.

De pronto, un portal se abrió ante él, como si los límites del mundo hubieran decidido romperse.

Del otro lado, un cielo roto. Nubes pesadas caían como ceniza. Y en el centro, una figura arrodillada. Un hombre tan antiguo como el trueno, con cabellos blancos como nubes desgarradas, barba de relámpagos apagados y una túnica que parecía tejida con noche.

La figura susurraba con poco aliento:

—Guardianes de la llama… por favor… recuerden quiénes son… Los necesitamos…

Lo repetía una y otra vez, como si esa súplica fuera lo único que lo mantenía de pie. Sus ojos eran tormentas que alguna vez brillaron, pero ahora apenas chispeaban. Era Zeus… aunque su poder parecía consumido.

—Ignacio… —susurró al otro lado del portal, aún visible desde la habitación—. La sabiduría… junto al recuerdo de Atenea… ya se han ido.

—El templo… el Partenón… y su diosa, Atenea, diosa del conocimiento y la sabiduría… han sido olvidados.
Tú eres el único Guardián de la Llama que ha respondido a mi llamado… Me quedan pocas energías y no sé cuánto más podré contener el poder del Olvido…

Y antes de que pudiera decir algo más, el portal se cerró de golpe.

Ignacio cayó de rodillas frente al libro. Todo era silencio. Pero dentro de él, algo se había encendido. No era miedo.
Era memoria.
Y sabía que ese era solo el comienzo.

Se levantó del piso. Se vistió con su bata de taekwondo, se ajustó el cinturón y colgó de él sus tres amuletos. Con voz firme, encendida por una luz interior que ya no temía, dijo:

—Estoy listo.

Ignacio abrió el libro del dragón con decisión. Una luz cegadora estalló entre las páginas.
Y en un destello, fue transportado a la cima del Monte Olimpo.

La aventura había comenzado.

El mapa de los dioses olvidados

El viento en la cima del Monte Olimpo no era como ningún otro. No soplaba: susurraba. Murmuraba nombres que ya nadie recordaba, fechas que habían desaparecido de los libros, historias que alguna vez fueron contadas al calor de un fuego… y que ahora no vivían ni en los sueños.

Ignacio abrió los ojos entre la niebla espesa y un cielo deshilachado. El Olimpo, aquel monte sagrado que alguna vez fue la cuna del conocimiento, el arte, la sabiduría y la historia, ahora yacía en ruinas. Las columnas flotaban quebradas sobre nubes grises. Los jardines colgantes estaban marchitos. Las estatuas lloraban polvo.

—¿Dónde… estoy? —murmuró Ignacio, tocando el suelo. Era mármol agrietado, pero aún cálido, como si el corazón del Olimpo siguiera latiendo.

Una figura se aproximó entre la niebla, caminando a una velocidad imposible. Sus sandalias no tocaban del todo el suelo, y su capa ondeaba como si estuviera hecha de pergaminos escritos con viento. Llevaba un casco alado y una mirada astuta.

—Al fin llegas, Guardián —dijo con voz ágil—. No queda mucho tiempo.

Ignacio reconoció la figura por los libros antiguos que solia leer: Hermes, el mensajero de los dioses.

—Zeus… te esperaba. Está cada vez más débil. Ven.

Juntos cruzaron lo que quedaba del templo principal. En el centro, bajo una cúpula resquebrajada, yacía Zeus, tendido sobre un trono de piedra. Su cuerpo ya no brillaba. Estaba pálido, desvaneciéndose en humo. Solo sus ojos conservaban la tormenta.

—Ignacio… la sabiduría se ha ido con Atenea. Sin ella, el equilibrio se rompe. Y Hades… ha regresado.

El nombre pesó en el aire como una roca en el mar.

—Después de que venciste a la Niebla del Olvido en la Batalla de las Tres Bibliotecas, creímos que estaba condenada a extinguirse. Pero Hades, que siempre envidió el poder de los demás dioses, ha hecho un pacto con ella. Juntos quieren borrar el legado de todo lo que fuimos. Y si el Olimpo desaparece, el mundo olvidará su historia. Y sin historia… no habrá futuro.

Ignacio sintió el vacío en su estómago. Atenea, la diosa del conocimiento, ya había sido olvidada. El Partenón había desaparecido. Nadie recordaba su nombre. Y ahora, Hades y la Niebla iban por más.

—¿Qué puedo hacer yo?

Zeus le miró con un destello de esperanza.

—Tres deidades aún resisten, aunque su memoria se debilita: Poseidón, Afrodita y Apolo. Si los encuentras y restauras su esencia, su recuerdo mantendrá vivo al Olimpo… y a nosotros.

Hermes sacó entonces un objeto envuelto en tela de estrella. Al abrirlo, se desplegó ante Ignacio un pergamino brillante, que latía como un corazón. Las rutas en él no eran líneas: eran caminos hechos de luz, que se movían, cambiaban, se borraban y reaparecían.

—Es un mapa viviente —explicó Hermes—. Se adapta a ti. No muestra direcciones… muestra posibilidades. Solo podrás avanzar si tu cuerpo, tu corazón y tu conocimiento están en equilibrio. Sin eso, el mapa se cerrará.

Ignacio tragó saliva. En el centro del mapa apareció un símbolo: una llama azul rodeada de olas, espejos y rayos de sol.
La búsqueda comenzaba.

—Solo tú puedes hacerlo —dijo Zeus, su voz desvaneciéndose como un último trueno—. Porque tú… eres quien recuerda.

Ignacio apretó el mapa contra su pecho. Sentía miedo, sí. Pero también fuego.
La historia aún podía salvarse.
  Y él era el Guardián de su luz.

El océano sin nombre

El mapa temblaba en las manos de Ignacio, como si respirara. Los caminos brillaban, desaparecían y regresaban según los latidos de su corazón. Hermes flotaba a su lado, cada vez más inestable. Sus sandalias aladas parpadeaban, como si también fueran víctimas del olvido.

—¿Qué está pasando? —preguntó Ignacio.

Hermes no respondió de inmediato. Su rostro, antes lleno de picardía divina, ahora mostraba agotamiento.

—El Olvido nos alcanza más rápido de lo que esperábamos —dijo finalmente—. Mis alas… están desapareciendo.

Ignacio miró hacia sus pies. Las sandalias ya no volaban: caían.

—Guardián, espero que sepas nadar —dijo Hermes con una sonrisa triste—, porque no puedo llevarte más lejos.

Y con un destello final, se desvaneció en un remolino de letras que se borraron al tocar el aire.

Ignacio no tuvo tiempo de gritar. El mapa se aferró a su pecho como un escudo, y su cuerpo atravesó las nubes a toda velocidad hasta caer con un estruendo en el corazón del océano.

Pero no era un océano normal.

Las olas estaban congeladas en el aire, atrapadas en medio de sus propios movimientos. Algunas rompían en espuma suspendida. Otras parecían sostenerse como estatuas de agua. Los peces nadaban en círculos interminables, como si hubieran olvidado el camino.

El cielo, arriba, era gris sin fin. La brújula que colgaba de uno de sus amuletos giraba sin sentido, sin norte, sin rumbo.

Ignacio flotó por unos segundos. Luego, el agua comenzó a tirar de él hacia abajo.

Debo llegar al templo… al fondo.

A medida que descendía, la temperatura bajaba. La luz se apagaba. La niebla del Olvido envolvía las profundidades como un abrazo pesado. El cuerpo de Ignacio temblaba, pero no se detenía.

Entonces lo vio.

Un palacio sumergido, majestuoso incluso en ruinas. Columnas cubiertas de corales grises, puertas resquebrajadas por la presión del mar y estatuas de tritones con los ojos borrados.
En el centro, una figura de piedra encadenada a su propio trono: Poseidón, sin rostro, sin tridente, sin nombre.

Ignacio nadó hasta él. Pero antes de tocarlo, el agua se transformó en un torbellino. Una criatura hecha de olas y sombras emergió. Un guardián del Olvido. No hablaba, pero su fuerza hablaba por él.

La batalla fue cuerpo a cuerpo. Ignacio no tenía armas, solo su entrenamiento, su instinto y su valentía. Cada golpe lo alejaba de la superficie. Cada movimiento era una lucha contra la pérdida de sí mismo.

Y justo cuando creía que no podría más, recordó.

El dojo.
La disciplina.
La llama.
Su abuela.
La historia.
El tio Chris

Ignacio gritó bajo el agua, y de su pecho brotó un rayo de luz azul que atravesó la niebla. El guardián se desintegró en espuma. Las cadenas de Poseidón se rompieron.

El dios despertó.

Sus ojos se encendieron como mares en tormenta. El trono tembló. Y su voz, aunque rota, retumbó en las profundidades:

—Mi nombre… es Poseidón.
Gracias, Guardián. Me has devuelto el recuerdo de lo que soy.

El templo vibró. Una corriente poderosa elevó a Ignacio hacia la superficie, donde por fin, el océano comenzó a moverse de nuevo.

En su cinturón, el primer símbolo del mapa brilló con intensidad. Una Gota azul que brillaba.

La primera parte del Olimpo había sido restaurada.



La isla del amor perdido


Ignacio emergió del océano como un cometa azul, impulsado por la corriente final del poder de Poseidón. El agua se abrió a su paso y lo depositó con suavidad en una balsa luminosa que no estaba allí antes. Su mapa brilló, y el símbolo del océano resplandeció con fuerza: el recuerdo del mar estaba restaurado.

Mientras tomaba aire, sintió un cosquilleo en el cielo.

—¡Te lo dije! ¡Te dije que era real el rumor! —exclamó una vocecita aguda desde las alturas.

—¡Yo sabía que la profecía era cierta! ¡Tú eras quien decía que hablaba de La Centinela de la Flama Rosa ! —contestó otra vocecita, aún más chillona.

Ignacio levantó la vista y vio a dos pequeños querubines alados revoloteando sobre él. Eran casi gemelos: uno tenía rizos dorados y una túnica desordenada; el otro, rizos castaños y un arco torcido colgado del hombro. Ambos discutían como si llevaran siglos peleando… y probablemente era cierto.

—¡Yo dije que la profecía hablaba del guardian! —gritó uno.

—¡No! Dijiste que la elegida era la Centinela de la Flama Rosa,  pero que nunca despertaría —replicó el otro—. ¡Y ahora está volviendo! ¡Yo lo dije primero!

—¡Lo dijiste mal!

—¡Lo dije mejor!

Ignacio, empapado y confundido, levantó una ceja.

—¡Ya basta, chicos! ¿Quiénes son ustedes?

Los querubines se detuvieron en seco, como si acabaran de notar que él podía escucharlos.

—Somos Liros y Leros —dijo el de rizos dorados, posando dramáticamente en el aire.

—¡Yo soy Leros y él es Liros! —corrigió el de rizos castaños con fastidio.

—Fuimos enviados por el susurro final de Hermes —explicó Liros (¿o Leros?)—. Justo antes de desaparecer, su esencia nos buscó. Nos pidió que guiáramos al Guardián hacia la siguiente prueba.

Ignacio apenas alcanzó a asentir cuando, a lo lejos, un trueno rosado atravesó el cielo. Parecía líquido, como una cicatriz en el aire. Una ráfaga de viento tibio rozó su rostro, y el mapa en su cinturón comenzó a moverse de nuevo.

—Bueno… creo que ya tendremos tiempo para conocernos mejor.
Esa batalla nos espera.

La isla se alzaba en medio de un mar calmo, flotando como una joya olvidada. Era hermosa, sí. Llena de flores, espejos rotos, árboles de pétalos cristalinos… pero desierta. Totalmente vacía. Como si nadie hubiera pisado allí en siglos.

Ignacio puso un pie en la arena dorada y algo en su pecho se estremeció.

—¿Dónde estoy? —murmuró

Los cupidos aterrizaron detrás de él, más callados esta vez.

—Esta es la Isla del Amor Perdido —susurró uno.

—Aquí no hay nadie que recuerde a nadie —dijo el otro.

Y era cierto. A medida que avanzaba, Ignacio empezó a sentirse más ligero… demasiado ligero. Como si perdiera el peso de sus propios recuerdos. Su mente comenzó a borronearse.

¿Cómo era la voz de mi mamá? ¿Cuál era la risa de Mariana?
  ¿Mi papá… tenía barba como el tío Chris? ¿O era liso como un espejo?

El olvido comenzaba a hacer efecto.

Pero entonces, una imagen resistió. La de su abuela Flor, acariciándole el cabello en el auto camino a clases de taekwondo.
Y otra más. Su madre, abrazándolo fuerte antes de ir al colegio.
Ese amor no se borraba. Ese amor encendía.

Ignacio cayó de rodillas sobre la hierba azulada de la isla. Cerró los ojos. Apoyó la frente en el suelo.

—Recuerdo… lo que se siente amar.

Una llama cálida, de color rosa brillante, brotó de su pecho. Rodeó el terreno. Encendió los espejos rotos. Iluminó los árboles.
Y entonces, entre la niebla, apareció ella.

Afrodita. Pálida, transparente, como una estatua hecha de perfume. Su cuerpo temblaba. Sus ojos estaban vacíos.

Pero al acercarse a Ignacio, y tocar su corazón encendido, algo en ella volvió a brillar.

—¿Esto… esto es amor? —preguntó, como si la palabra le resultara nueva.

Ignacio no respondió. Solo le ofreció la llama. Y con ella, el recuerdo del amor.

Afrodita sonrió. El color volvió a su piel.  Y con un suspiro, la isla comenzó a cantar.

Los espejos reflejaron rostros. Los árboles susurraron nombres. El mapa del Guardián brilló con un nuevo símbolo: un corazón rosado envuelto en luz.

El segundo recuerdo había sido restaurado.

El canto que se apaga


—¡Yo te dije que la profecía era cierta! ¡El Guardián nos salvaría del Olvido! —gritó uno de los querubines, tropezando con la bata del otro.

—¡No es cierto! ¡Tú decías que la profecía traería a la Centinela de la Flama Rosa! —replicó el segundo.

—¡Tú fuiste el que inventó ese nombre!

—¡No, tú lo dijiste primero!

—¡No, yo dije "Rosa Guardiana del Fuego del Amor" y tú lo cambiaste!

Ignacio los observaba con los brazos cruzados, empapado aún de la energía de Afrodita. No sabía si reírse o pedir silencio.

Pero no fue él quien puso orden.

Fue Afrodita.

Con una risa dulce, musical, que brotó como una flor en primavera, dijo:

—En el nombre de Zeus, niños, dejen de discutir.
Los dos tenían razón.
La profecía es real… y hoy hemos sido salvados del Olvido.

Los cupidos se quedaron quietos como estatuas por un segundo, luego se abrazaron sin admitir quién había ganado. Afrodita se acercó a Ignacio, su luz ya restaurada.

—Gracias por recordarme quién era —dijo—. Y por enseñarme que el amor que no se olvida… es el más poderoso.

Ignacio la miró con respeto.

—¿Pero quién es… la Centinela de la Flama Rosa?

Afrodita bajó la vista. Su sonrisa se volvió triste.

—Me encantaría poder hablarte de ella… de su belleza, de su poder. Pero creo que ella nos ha olvidado. O tal vez aún no ha despertado.

Y entonces, el aire cambió.

Una risa quebrada, con olor a vino dulce y pétalos marchitos, flotó por el ambiente. De entre una nube de burbujas y humo púrpura, apareció Dionisio. Su corona de hiedra estaba torcida. Su túnica manchada. Y sus ojos… tristes, aunque aún chispeaban.

—¡¿Alguien dijo fiesta?! —preguntó, arrastrando una copa vacía—. O… ¿acaso la música también ha muerto?

Afrodita suspiró.

—Las cosas en el templo de Apolo no están mejor.
Dionisio… llévalo contigo.
 

Es hora.

Dionisio no caminaba: danzaba, tambaleante. Llevó a Ignacio por senderos que no existían. A veces pisaban nubes, a veces estrellas. El mapa en el cinturón del Guardián no brillaba. Solo lo guiaba el eco de una melodía que ya no sonaba.

—¿Dónde estamos? —preguntó Ignacio.

—En lo que queda del templo de mi viejo amigo —respondió Dionisio—. Apolo.
El dios del arte. La música. La verdad.
Sin él… nada tiene sentido.
Ni siquiera mi risa.

El mundo se abrió en un abismo. Flotando sobre la nada, una torre suspendida como hecha de pentagramas rotos, cuerdas de lira y versos que se borraban. A cada paso, Ignacio veía símbolos desvanecerse: fórmulas, poemas, canciones.

La torre era el último vestigio del conocimiento humano.

Ignacio comenzó a escalar. Cada peldaño era un recuerdo. Cada nivel, un vacío.

Al llegar a la cima, encontró un salón abierto, donde una figura dormía bajo una luz apagada. Apolo, hermoso, inmóvil. Su lira rota a un lado. Su voz, silenciada por completo.

Ignacio se arrodilló. Cerró los ojos.

¿Cómo se revive la inspiración?

Y entonces, recordó.

La voz de su abuela leyéndole cuentos.
Su madre cantando mientras cocinaba.
Mariana dibujando soles en un extraño vapor de color rosa que salia de su aliento sobre espejo del baño.

Ignacio colocó las manos sobre el suelo y recitó. No un hechizo.
Un verso.

“Donde la luz se pierde, la memoria canta.
Y donde el canto muere, la verdad despierta.”

La lira brilló. La torre vibró. El sol —invisible hasta entonces— comenzó a salir.

Apolo abrió los ojos.

Su voz, al hablar, fue música pura.

—Gracias, Guardián. Me has recordado la canción más antigua… la que da sentido al mundo.

Del centro de su pecho, Apolo extrajo una pequeña esfera dorada:
el Verso Solar.

—Llévalo contigo. Es la clave para restaurar la conciencia de Zeus.
La luz… está en ti.

Ignacio lo tomó con ambas manos. Y el tercer símbolo del mapa se encendió:
una nota musciall brillante.

La última pieza estaba completa.

El Guardián de la Luz Azul estaba listo para la batalla final.



El laberinto y la criatura del Olvido


Cuando Apolo despertó, el Olimpo cantó. Las cuerdas de su lira se reconstruyeron solas. Poemas antiguos comenzaron a recitarse desde las nubes. Las notas musicales, dormidas durante siglos, danzaban ahora sobre pentagramas invisibles, como mariposas de luz dorada.

—¡Ahora sí que comience la fiesta! —gritó Dionisio, girando sobre sí mismo con una copa en la mano—. ¡Que venga la hermosa Centinela de la Flama Rosa! ¡Quiero enseñarle a bailar como una diosa!

Ignacio entrecerró los ojos, desconcertado.

—¿Pero… quién es la Centinela de la Flama Rosa? —susurró, casi para sí.

Apolo alzó una mano, y el teatro celestial se detuvo en un instante.

—Aún no podemos celebrar.

Ignacio volvió su atención al dios del sol. Su rostro, antes apagado, brillaba ahora como un amanecer nuevo. Se acercó con solemnidad.

—Guardián —dijo Apolo—, me has salvado de ser olvidado… y has protegido la melodía del conocimiento.
Pero tu viaje aún no ha terminado.
Ahora que los tres símbolos han despertado —el agua de Poseidón, el corazón de Afrodita y la nota solar— debes ir al núcleo del Olimpo colapsado, donde Hades y la Niebla del Olvido te esperan.
Pero hay algo que aún no tienes.
Algo que necesitarás para esa batalla final.

Ignacio frunció el ceño.

—¿Qué es?

—Una criatura que también fue olvidada.
Una que solo puede domarse con lo que tú ya has aprendido.
Pero para alcanzarla… deberás atravesar el Laberinto del Minotauro, ahora convertido en un lugar donde las sombras caminan y el eco se traga los pensamientos.

Dionisio alzó su copa con entusiasmo:

—¡Yo lo llevo! ¡Déjenme tomar otra copa de vino y arrancamos!

—No —interrumpió Apolo con una sonrisa paciente—. Tú te quedas conmigo, viejo amigo.
Para esta misión, necesitamos al arquitecto del laberinto.

El cielo se tornó marino. Las nubes se abrieron. Y entonces se escuchó un suspiro.

—Dédalos, sé que me escuchas.

A lo lejos, sobre un risco suspendido en la memoria, Dédalos miraba el mar. Sus ojos seguían las olas como si esperara ver volar a su hijo Ícaro una vez más.

—Aquí estoy —respondió, con voz de viento y nostalgia.

Al ver a Ignacio, su rostro cambió.

—La profecía… es cierta.

Apolo bajó la mirada. Todos lo sabían: si el Olvido tomaba el control absoluto, Dédalos corría el riesgo de olvidar a su hijo.
Y entonces, el dolor se borraría… pero también el amor.

—Ayúdalo —pidió Apolo—. Llévalo al laberinto. Enséñale lo que necesita para llegar.

Dédalos asintió. De su bastón surgieron notas musicales flotantes. Las ordenó como un compositor ciego y, con ellas, construyó unas alas vivas, hechas de plumas encantadas, hilos de armonía y cera dorada.

—Tendrás que aprender a volar.
No te acerques demasiado al sol… y tampoco al mar.
El equilibrio es lo que te sostiene.

Ignacio sonrió. No había tiempo para miedo.

—Gracias, Dédalos.

Y sin esperar más, se lanzó al cielo.

El vuelo fue todo menos suave.

El sol derretía la cera. El rocío del mar empapaba las plumas. El viento se reía. Ignacio volaba no con fuerza, sino con fe.
Y al final, llegó.

El Laberinto del Minotauro no era como lo imaginaba.
Era un lugar donde las paredes cambiaban. Donde los susurros intentaban borrar sus recuerdos.
Pero él no se detuvo.

Avanzó hasta el centro. Y allí lo encontró.

Grýphos.
Mitad halcón, mitad tigre.
Mitad luz, mitad sombra.

Los ojos de la criatura eran fuego sin nombre. Rugió. Atacó. Ignacio no contraatacó.
Se mantuvo firme. Cerró los ojos.
Tocó sus tres amuletos: cuerpo, corazón, conocimiento.

El mapa brilló.
La criatura frenó.
Una chispa de reconocimiento cruzó sus pupilas.

Ignacio tendió la mano.

—No vine a pelear. Vine a recordarte.

Grýphos bajó la cabeza.

La alianza estaba sellada.

Ignacio montó sobre su lomo. El cielo se abrió.
El Olimpo temblaba.

Y así comenzó el vuelo hacia la batalla final.

El tridente del trueno y el triunfo del Guardián


Ignacio volaba en lo alto, montado sobre el lomo de Grýphos, la criatura que ahora rugía con fuerza y libertad. Bajo ellos, el cielo se quebraba en grietas negras. El centro del Olimpo —antes sagrado— se había convertido en una grieta profunda: una cueva abierta al inframundo, expandida por la alianza maldita entre Hades y la Niebla del Olvido.

Allí descendieron.

Una nube oscura flotaba en el centro del abismo, y sobre ella, Hades, imponente, con una túnica que parecía hecha de sombra y un trono que se transformaba en altar.

—¡Qué honor tener por fin al pequeño Guardián en mi dominio! —dijo Hades con una sonrisa torcida—. Y montando a Grýphos… qué valiente. Qué ingenuo.

La Niebla del Olvido giraba a su alrededor como una serpiente viva.

Ignacio observó horrorizado las jaulas colgantes que emergían de la oscuridad: una contenía a Hermes, otra a Eros y Leros, y una más encerraba a Dionisio y Dédalos. Todas hechas de la misma niebla, vibraban con el poder de la pérdida.

—¡Libéralos ahora! —gritó Ignacio—. ¡Ellos no te pertenecen!

—¿Liberarlos? —rió Hades—. Traicionaron al nuevo dios supremo. El Olimpo es mío. Yo lo reconstruiré a mi manera, sin memoria, sin pasado, sin límites.

Ignacio apretó los puños.

—¡Zeus sigue siendo el verdadero rey del Olimpo!

—¿Ese pobre viejo? —replicó Hades, y con un gesto, hizo aparecer a Zeus, derrumbado, casi invisible, su cuerpo deshecho en polvo de estrellas apagadas.

Ignacio dio un paso atrás.

—Es tu hermano… ¡ellos son tu familia! ¡No harías eso!

Hades levantó una ceja.

—¿Me estás retando?

Giró lentamente hacia una jaula.

—Veamos cuánta memoria puedes soportar perder.

La niebla subió con lentitud hacia la jaula de Liros y Leros. Uno de los querubines comenzó a desvanecerse. Leros. Su cuerpo vibraba como una estrella muriendo.

—¡NOOO! —gritó Liros— ¡NO, POR FAVOR!

Ignacio sintió que algo se rompía dentro de él.

Fue entonces cuando una chispa dorada iluminó el suelo.

Zeus, con sus últimos alientos, levantó el brazo y le entregó a Ignacio un artefacto celestial:
el Tridente del Trueno.

En ese instante, tres figuras aparecieron detrás del Guardián.

Poseidón, con su tridente del océano.
Afrodita, con un arco de corazones brillantes.
Apolo, levitando sobre notas vivas de luz.

Apolo habló con voz clara:

—Cuando el valor y el amor, el conocimiento y el respeto se unen…
nadie puede contra nosotros.

Ignacio, con el Tridente en alto, sintió la fuerza de los tres símbolos en su cinturón.
Los dioses dispararon su luz.

Pero no fue un rayo de destrucción.

Fue memoria.

Un torrente de recuerdos, amor, poemas, canciones, olas, miradas.
Una ola de todo lo que el Olvido no pudo destruir.

La Niebla gritó.
Se contrajo.
Y luego… se disolvió.
No por violencia, sino por el poder de lo recordado.

Hades cayó de rodillas. Pequeño. Humano.
Derrotado no por ira, sino por lo que había querido borrar.

Ignacio se acercó, respirando con fuerza.

—No necesitamos olvidar para avanzar.
Recordar es lo que nos hace eternos.

Zeus se levantó. No con poder, sino con presencia.

Sopló suavemente hacia las jaulas… y una a una se disolvieron.
Hermes.
Dionisio.
Dédalos.

Y Leros.

Liros lo miró, con los ojos llenos de lágrimas.

—¿Ibas a llorar por mí? —preguntó Leros con una sonrisa—. ¿Me amas, eh?

—¡Claro que no! Solo fue un mugre que me entró en el ojo… ¡y cuando traté de limpiarlo se me metió en el otro!

—¡Tú me amas! ¡Tú me amas! dijo con risa burlona Leros.

Ignacio no pudo evitar reír.
Todos lo hicieron.


Desde lo alto del cielo, una nube de luz descendió como un suspiro eterno. Sobre ella, la energía del amor, los recuerdos y el conocimiento tomó forma, entrelazándose como hilos dorados. Así renació Atenea, más luminosa y poderosa que nunca.

Entonces, una voz jubilosa estalló en el aire como un relámpago de alegría:

—¡Que comience, ahora sí, la verdadera celebración!

Y el Olimpo… volvió a recordar quién era.


Dicen que los héroes vencen con espadas.
Pero el Guardián de la Luz Azul venció con algo más poderoso: el recuerdo.

Porque en su viaje no solo despertó a dioses olvidados, sino que también aprendió que la memoria es un puente entre el pasado y lo que aún podemos ser.
Que el dolor, cuando se recuerda con amor, no destruye: transforma.
Que reír con amigos —incluso si son querubines testarudos— es una forma de resistir.
Que danzar como Dionisio, aunque el mundo se esté cayendo, es un acto de esperanza.
Y que volar con alas prestadas por Dédalo no es un escape, sino una forma de aprender que el equilibrio no se enseña… se vive.

Hoy, el Olimpo brilla de nuevo.
No porque se haya ganado una guerra, sino porque alguien recordó a tiempo.
Recordó que el conocimiento no es solo estudiar. Que el arte no es solo belleza. Que el amor no es solo un sentimiento.

Recordó que lo que somos… vive en lo que no olvidamos.

Y mientras exista alguien capaz de cerrar los ojos, respirar hondo y decir yo recuerdo,
entonces la Luz Azul seguirá encendida.


El origen secreto de Gryphos

Hoy quiero contarles una historia que casi nadie recuerda.
Una historia que el Olimpo prefiere ocultar bajo mármol y silencio.


Una verdad que, como tantas en los dominios de los dioses, nació del amor… y del miedo.

No es una fábula.
Es una leyenda escrita en rugidos y viento.
La historia del origen de una criatura tan majestuosa como feroz:

 Gryphos.

Dicen que Zeus, en uno de sus arrebatos más humanos, se enamoró de una mujer mortal.
Su belleza no era solo la de su rostro, sino la de su espíritu.
Y como hacen los dioses cuando no quieren ser descubiertos, se transformó.
Esta vez no en lluvia de oro ni en toro blanco, sino en un tigre: fuerte, silencioso, vigilante.
No para atraparla… sino para amarla sin herirla.

Pero los secretos de los dioses jamás permanecen ocultos.
Hera, su esposa, la diosa del orden y de la furia elegante, lo descubrió.
Y como tantas veces, el castigo no cayó sobre Zeus… sino sobre la mujer.

Con ayuda de Ares, su hijo guerrero, la condenó.
No la destruyó, pero sí la marcó con un destino cruel:
la transformó en un halcón y la encerró en la cima de una montaña solitaria,
donde ningún dios, hombre o criatura pudiera alcanzarla jamás.

Lo que Hera no sabía…
es que aquella mujer ya llevaba en su vientre la semilla de un ser imposible.
Un hijo.
Un heredero nacido del amor y de la condena.

Zeus tampoco lo sabía.
Cada noche recorría los cielos y los bosques, aún en forma de tigre,
rugiendo al viento, buscando aquella mirada que lo había marcado más allá del deseo.
Fue Afrodita quien, conmovida por su desesperación, le reveló el secreto:
—“La mujer que amaste… aún vive. Pero ya no camina: ahora vuela.”

Entonces Zeus trepó montañas, cruzó nubes, escaló riscos afilados.
Hasta llegar al borde del mundo, donde brumas eternas guardaban la prisión del halcón.
No podía volver a su forma divina, Hera lo observaba todo.
Lo único que podía hacer… era rugir.

Y rugió.
Un rugido de amor, de esperanza, de culpa.
Un rugido que era oración y promesa.
El halcón abrió las alas en la cima; cada nota salvaje estremecía su cuerpo.
Y dentro de ella, aquel hijo aún no nacido comenzó a despertar.

Cuando al fin sus miradas se encontraron, ella empezó a desvanecerse,
como polvo de estrella llevado por el viento.
Zeus rugió una última vez.
Y en medio del nido, envuelto en plumas y ramas doradas,
yacía un bebé.

Tenía la mirada dorada y firme del halcón…
y el cuerpo poderoso de un tigre.

Zeus lo contempló.
Podía haberlo transformado en humano, pero no se atrevió.
El Olimpo era cruel con lo que no comprendía.
Y Hera jamás le perdonaría esa descendencia.

Así que lo escondió.
Lo envolvió en un manto de viento
y lo dejó en el único lugar del mundo del que nadie escapaba:
el Laberinto del Minotauro.

Allí creció, olvidado.
Pero no débil.
Llevaba en su rugido la fuerza del padre,
y en su mirada la valentía silenciosa de la madre.

Ese ser imposible, nacido del amor y del castigo…
es Gryphos.


Pero aquel ser de rugido indomable, condenado a la soledad y al olvido, llevaba en su esencia una misión mucho más grande.
Ni los celos de Hera, ni las cadenas del Olimpo, ni siquiera la Niebla del Olvido podían apagar la llama que lo habitaba.

Y fue entonces, al cruzarse con la mirada del Guardián de la Luz Azul,
que Gryphos recordó quién era.
Descubrió que su verdadero poder no nacía de la furia,
sino del amor y del sacrificio que le dieron vida.

Desde ese instante, su rugido ya no fue de soledad…
sino de esperanza.

Majo y el Espejo de la Estrella


Majo había estudiado. ¡Y mucho!
Durante tres tardes enteras, se sentó en la mesa del comedor con su cuaderno de matemáticas, repasando una y otra vez los ejercicios más difíciles.

Su mamá, Alejandra, le explicaba con paciencia cada paso, y su primo Ignacio incluso había hecho dibujos de colores para que pudiera entender mejor las fracciones.

—¡Tú puedes, Majo! —le dijo él con una sonrisa, mientras le pasaba una hoja llena de números y estrellas.

Y ella, con el corazón lleno de ganas, creyó que sí podía.

Pero al día siguiente, cuando la profesora entregó los exámenes corregidos, Majo sintió un frío en la barriga.
La hoja temblaba en sus manos.

Un número rojo, encerrado en un círculo como una señal de alerta, brillaba en la esquina.
Había sacado una mala nota.

El salón se llenó de murmullos. Algunos niños celebraban. Otros suspiraban.
Majo solo quería desaparecer.

Guardó el examen sin decir una palabra.
Pasó el resto del día con los hombros caídos, sintiendo que algo dentro de ella se apagaba.

Esa tarde, en casa, trató de disimular.
Pero su mamá la conocía demasiado bien.

—¿Cómo te fue, amor? —preguntó mientras preparaba chocolate caliente.

Majo bajó la cabeza.
—Mal. Estudié mucho, pero no fue suficiente.

Su papá, Rubén, que leía el periódico en la sala, levantó la mirada.
—Fallar no significa que no sirvas para eso —dijo con voz firme pero cálida—. A veces aprendemos más cuando algo no nos sale.

Alejandra se acercó y la abrazó.
—Estamos orgullosos de ti, no por la nota… sino porque lo intentaste con todo tu corazón.

Pero a Majo no le bastaba.
No cuando sentía que había fallado.

Esa noche, después de cenar, se fue a su habitación sin muchas palabras.
Milu, su pequeña perrita french poodle, la siguió dando saltitos.

Majo se puso la pijama de estrellas, se metió bajo las cobijas y suspiró con tristeza.
—Tal vez nunca seré buena en eso… —murmuró.

Milu, como si entendiera cada palabra, corrió hacia el rincón donde Majo guardaba sus tesoros.
Revolvió entre peluches y cuadernos hasta que sacó algo con su boquita: un espejo en forma de estrella.

Majo lo tomó con cuidado.
Era pequeño, con bordes dorados y suaves.
Brillaba apenas, como si guardara un secreto.

No recordaba haberlo visto antes…
pero algo en él se sentía extrañamente familiar.

Se miró en él…
y el mundo empezó a girar. 


El reflejo que no brilla

La luz del espejo creció en un susurro de estrellas.
Era suave, como si la noche entera respirara.

Majo sintió que sus pies flotaban, y aunque cerró los ojos con fuerza, no sintió miedo.
A su lado, Milu la miraba con orejas erguidas, sin ladrar, como si supiera que algo importante iba a suceder. 

Cuando abrió los ojos, ya no estaba en su habitación.

Todo a su alrededor era… distinto.
Un espacio flotante, sin paredes, sin techo.

El cielo tenía tonos morados y dorados, como un atardecer dentro de una burbuja.
A su alrededor flotaban cientos de espejos de diferentes formas: redondos, alargados, con marcos de hojas, otros con marcos de nubes.
Se movían lentamente, como si nadaran en el aire.

—¿Dónde estamos? —susurró Majo.
Pero no hubo respuesta.

🐾 Milu dio un par de pasos y rozó con la nariz uno de los espejos más cercanos.
En él, Majo vio un recuerdo: estaba practicando un salto con Mariana, su prima.
Ambas reían, llenas de energía, con moños en el cabello y zapatillas brillantes.

Otro espejo se acercó, y esta vez la mostró a ella ayudando a su abuela Flor a preparar una limonada en un día caluroso.

Uno más la reflejó abrazando a Ignacio, mientras él le mostraba su cuaderno con dibujos de planetas y guardianes.

Majo dio un paso hacia adelante.
Cada espejo parecía contar una historia de ella misma.

—Son mis recuerdos… —susurró. 

Pero entonces lo vio.

Flotando más allá de todos, como escondido, había un espejo completamente negro.
No tenía marco dorado ni luces a su alrededor.
Era más grande, más alto… y no reflejaba nada.

Majo sintió un nudo en el estómago.
Se acercó despacio.

Milu la siguió con pasos cuidadosos, rozando su pierna como diciendo aquí estoy. 

Majo se paró frente al espejo oscuro y esperó ver algo.
Su cara, su sombra… algo.

Pero no había nada.
Solo un fondo negro, profundo, silencioso.
Como si el espejo estuviera vacío.

—¿Por qué no me veo? —preguntó.
Su voz sonó más pequeña de lo que esperaba.

De pronto, una brisa leve acarició su cabello y una voz, suave como una canción que casi se olvida, susurró:
—Este espejo no muestra lo que otros ven… sino lo que tú has olvidado ver en ti. 

Majo retrocedió un poco.
—Pero yo… yo me esfuerzo. Yo intento…

Milu se sentó a su lado.
No ladró.
Solo la miró con esos ojos redondos que parecían abrazar.

Entonces, sin pensarlo, Majo le puso la mano en la cabeza.
—¿Y si no soy suficiente? —dijo bajito, con un nudo en la garganta.

Milu ladeó la cabeza y empujó con su nariz la pierna de Majo, como animándola a seguir. 

Y así, frente al espejo oscuro, Majo decidió quedarse un momento más.
No tenía respuestas, pero tenía algo mejor:
a Milu, a los recuerdos de su familia…
y la pequeña chispa de una nueva pregunta encendiéndose en su corazón. 

Estrellas en el corazón

El espejo seguía en silencio.

Pero dentro de Majo, algo empezaba a moverse.
No era miedo.
Tampoco tristeza.

Era como si una estrella pequeñita —de esas que casi no se ven en el cielo— estuviera latiendo suave, justo en su pecho. 

—¿Qué he olvidado ver en mí? —preguntó de nuevo, esta vez en voz baja, con la mano aún sobre la cabeza tibia de Milu. 🐾

Entonces el cielo cambió.

Los colores morados y dorados giraron lentamente, y los espejos alrededor comenzaron a alejarse, dejando espacio.

Una luz blanca, cálida, como la de una linterna envuelta en algodón, bajó desde lo alto y envolvió a Majo.
No quemaba.
No asustaba.
Era como si la abrazara. 

Y con esa luz… vinieron las memorias.

Primero, se vio de pie en la biblioteca del colegio, sola, con un libro de matemáticas en las manos.
Recordó cómo, a pesar de no entenderlo al principio, siguió leyendo y subrayando con marcadores de colores.

—Eso también es valentía… —dijo la voz, suave como antes.

Después, se vio defendiendo a una compañera que los demás estaban molestando.
Su corazón temblaba, pero igual habló.

—Ese es el brillo de tu justicia —susurró la voz.

Apareció otro momento: la noche anterior al examen.
Majo estaba cansada, con sueño, pero decidió repasar una vez más.
Se hizo una trenza apretada y siguió intentando.

—Eso fue amor propio.
Tu estrella no se apaga cuando fallas.
Solo a veces se esconde… para enseñarte a buscarla. 

Majo parpadeó.
El espejo oscuro ya no era completamente negro.

En su centro, una luz tenue, redonda como la luna, comenzaba a aparecer.
Era pequeña… pero crecía. 

Milu se acercó y dio una vuelta antes de acostarse a su lado.
Con un suspiro, apoyó su cabeza en las piernas de Majo.

Y por primera vez desde que llegó a ese lugar, Majo sonrió.
—Tal vez… no soy tan invisible como creía.

La voz no respondió.
No hacía falta.

Ahora, las estrellas estaban encendiéndose dentro de su corazón. 


Los que creen en mí

El reflejo de luz en el espejo oscuro seguía creciendo, como una estrella tímida aprendiendo a brillar. 

Y entonces, sin que Majo lo pidiera, nuevos espejos comenzaron a acercarse flotando.
Esta vez, no eran solo recuerdos suyos… eran reflejos de quienes la amaban.
Como si el mundo mágico quisiera mostrarle que no estaba sola.

Voces de quienes guían

El primero en llegar fue Ignacio.
Majo lo vio tal y como lo recordaba esa tarde en que le ayudó a estudiar, dibujando planetas en su cuaderno.

En el espejo, él sonreía y le entregaba un lápiz con una estrellita en la punta.
—Nunca dejes de preguntar, Majo.
La curiosidad es un superpoder —decía. 

Otro espejo se acercó.
Esta vez mostraba a Mariana, su prima mayor, con una cola alta y una libreta en la mano.

Estaban juntas en el parque, practicando saltos.
Majo tropezaba una y otra vez, pero Mariana seguía animándola.

—Tú no necesitas ser como nadie más —le decía—.
Tu estilo es único.
Y eso es lo que más brilla. 

Majo sintió los ojos húmedos.
Milu se acercó más y apoyó su cabeza en su muslo, como si también recordara ese día. 

Después, un espejo más pequeño apareció frente a ella.
Dentro estaba la abuela Flor, sentada en su sillón, contándole un cuento.

Pero esta vez, Flor no hablaba.
Solo la miraba con ternura infinita, como si dijera:
Eres más fuerte de lo que piensas, mi niña. 

El amor que sostiene

Y por último, dos espejos más grandes flotaron juntos.
En uno estaba su papá, Rubén, leyéndole un libro con cara seria pero con voz suave.

En el otro, su mamá, Alejandra, peinándola con delicadeza mientras le cantaba bajito. 🎶

Las palabras que le habían dicho esa misma noche, en la cocina, flotaron alrededor de ella como notas de música:
—Fallar no significa que no sirvas para eso.
—Estamos orgullosos de ti porque lo intentaste con todo tu corazón.

Las lágrimas de Majo cayeron, lentas, cálidas.
No eran de tristeza.
Eran como lluvia en verano. 

Y justo en ese momento, desde el fondo del espacio mágico, un nuevo espejo comenzó a subir.
Era distinto.
Su marco tenía forma de estrella…

Y en su interior, apareció un rostro muy querido:

—¡Tío Chris! —susurró Majo, con el corazón desbordado.

Él estaba sonriendo, con su delantal de cocina, brillando como constelaciones.
Desde el espejo-estrella, levantó una cuchara y le guiñó el ojo.

—¡Hey, estrella! Ya sabes lo que te digo siempre…
—No importa cuánto brilles.
Lo que importa es que nunca dejes de intentarlo. 

Majo rió bajito.

En ese instante, el espejo oscuro brilló con tanta fuerza que todo el cielo del salón se iluminó. 

Ya no estaba sola.
Nunca lo había estado.


El reflejo verdadero


La luz que brotaba del espejo oscuro ya no era tenue.
Ahora brillaba como un sol sereno, rodeado por las memorias vivas de quienes creían en ella. 

Majo lo miraba con los ojos muy abiertos, sintiendo que ese calor que nacía desde el centro… no era del espejo, sino de su propio pecho.

El aire a su alrededor vibró, y los otros espejos comenzaron a alejarse, como dejando el escenario libre para algo importante.

Majo se acercó.
Milu, siempre atenta, caminó junto a ella con paso firme. 🐾

Y entonces ocurrió.

Por primera vez desde que llegó a ese mundo, el espejo oscuro mostró un reflejo.

Pero no era como los demás.
No era una imagen perfecta, ni como las fotos donde posaba con uniforme.

Era ella, sí… pero con los ojos brillantes, el cabello algo despeinado, un poco cansada, un poco valiente, un poco confundida… y completamente real.

En el reflejo, su corazón latía.
Y en su pecho, justo sobre el pijama de estrellas, se veía una luz azul suave.
Una chispa.
Una llama.

Como si algo muy poderoso viviera ahí, dentro de ella, esperando ser recordado. 

Majo se acercó aún más, y en el espejo su reflejo también avanzó.
—Hola —dijo en voz bajita, como si se saludara a sí misma.

La voz suave, la que la había guiado desde el principio, volvió a hablar:
—Este es tu reflejo verdadero.

—¿Y por qué no lo podía ver antes? —preguntó Majo.

La voz respondió con ternura:
—Porque estabas buscando la estrella en los lugares equivocados…
y la tenías justo ahí, en tu corazón.

Majo cerró los ojos.
Sintió a Milu recostarse contra su pierna, cálida y fiel.

—Entonces, ¿sí puedo hacerlo?
¿Sí puedo aprender, aunque me equivoque?

La respuesta no fue una palabra.
Fue un abrazo invisible.
Un silencio que abrigaba.
Una certeza que no necesitaba explicación. 

Cuando volvió a abrir los ojos, el espejo se había desvanecido en luz…
y su estrella brillaba. 


El regreso de la estrella

Majo despertó con la luz suave del amanecer filtrándose por la ventana.
A su lado, Milu dormía hecha un ovillo, como si también hubiera viajado por sueños y estrellas. 

Tenía el corazón tranquilo… y valiente.

En su mano, aún apretaba el pequeño espejo en forma de estrella.
No brillaba, no temblaba, no giraba.

Era solo un espejo.
Y al mismo tiempo, era todo lo que necesitaba. 

Se levantó despacito, se cambió de ropa y bajó a desayunar.

Su mamá la miró sorprendida.
—¿Dormiste bien, mi amor?

Majo asintió.
—Sí… y soñé cosas importantes.

Su papá, Rubén, le dio un beso en la cabeza mientras le entregaba una manzana.
—Hoy tienes otra oportunidad. Y yo sé que vas a aprovecharla.

Ese día, en el colegio, Majo volvió a sentarse frente a un examen de matemáticas.

El mismo salón, las mismas sillas, la misma profesora…
pero ella no era la misma.

Respiró profundo.
Pensó en su abuela Flor.
En Mariana.
En Ignacio.
En el Tío Chris cocinando con su delantal lleno de estrellas.
Pensó en Milu, en sus padres, en sí misma.

No era magia.
No era suerte.

Era concentración.
Era memoria.
Era confianza.

Mientras resolvía los ejercicios, sintió que cada número encontraba su lugar, como si ya hubieran estado en su mente, solo esperando a que ella creyera.

Cuando terminó, sonrió.
No porque supiera si había sacado la mejor nota, sino porque esta vez, había respondido con todo su corazón. 

Esa noche, de regreso a casa, abrió su diario de estrellas y escribió con su lápiz favorito:

"Hoy entendí que la estrella siempre estuvo dentro de mí.
Solo tenía que cerrar los ojos… y creer."

Milu ladró bajito, como si dijera lo sabía, y Majo la abrazó. 

El espejo en forma de estrella descansaba sobre su mesa de noche.
Quieto.
Brillante.

Esperando la próxima aventura. 

Lo que viene… aún no ha sido contado.


"Cada estrella guarda una lección.
La de Majo brilló cuando entendió que fallar no significa perder, sino aprender a creer en sí misma.
Y así, con cada reflejo, las Crónicas del Olvido nos recuerdan que la magia más poderosa siempre nace en el corazón."


El Despertar de la Protectora de la Estrella y el Guardián

La señal en el espejo


Últimamente, todo le estaba saliendo bien a Majo. Sus notas en el colegio mejoraban cada semana, y sus entrenamientos de cheerleader eran más emocionantes que nunca. Había aprendido a confiar en sí misma, a no rendirse tan fácil, y a encontrar en su corazón una luz que nadie podía apagar. Su mamá Alejandra y su papá Rubén no podían disimular el orgullo; la abuela Flor la llenaba de abrazos y postres especiales, e incluso el tío Chris, desde Holanda, le mandaba mensajes con dibujos divertidos y frases como:
“¡Esa estrella brilla más que nunca!” 

Milu parecía entenderlo todo. Iba a su lado a todas partes, dormía junto a ella y, en los días nublados, le lamía las manos como diciendo: “No olvides tu luz.”


Un sábado por la mañana, Majo fue con su familia a apoyar a Ignacio en una competencia interescolar de ortografía. A ella le encantaba ver a su primo brillar, especialmente porque siempre había sido su héroe de las palabras. Pero ese día, algo era distinto. Ignacio no parecía el mismo. Se veía distraído, como si su mente estuviera atrapada en otro lugar. En una de las rondas, incluso deletreó mal una palabra sencilla… algo impensable para el campeón cinco veces seguidas. 

Majo frunció el ceño. Su corazón le dijo que algo no estaba bien.

Camino a casa, siguió notando cosas raras: el espejo del carro de su papá no reflejaba nada, como si la imagen estuviera dormida. En casa, el espejo del baño se negó a mostrarle el rostro. Y cuando se miró en el espejo del pasillo, lo único que vio fue una sombra donde debería estar su cara.

Esa noche, mientras Milu roncaba suavemente a los pies de su cama, Majo se sentó a repasar unas tareas. Pero algo en el ambiente cambió. Una brisa imposible, como si el armario respirara, acarició su cuello. Entonces Milu se levantó de golpe, con las orejas erguidas. Miró hacia el escritorio y empezó a ladrar bajito. 🐾

El espejo en forma de estrella, ese que su tío Chris le había regalado, parpadeaba con una luz extraña. No era la luz cálida de siempre, sino un resplandor intermitente, como un llamado urgente. Majo se acercó lentamente. Al tocarlo, sintió un pequeño pulso, como el latido de un corazón.

Y justo en ese momento, escuchó un susurro que parecía venir desde dentro del espejo. Era una voz rota, como si hablara desde un lugar muy lejano:
—La luz está en peligro… y no todos los reflejos regresan.

Majo tragó saliva. Miró a Milu, que ahora movía la cola con nerviosismo.
—¿Estás lista para otra aventura? —preguntó Majo.

Milu dio un saltito.

Y entonces, la estrella brilló por completo… y el mundo cambió otra vez.


El descenso a la sombra


Al atravesar el espejo estrella, Majo y Milu llegaron flotando suavemente sobre un campo de nubes doradas. El cielo tenía tonos rosados y azules, y los árboles que crecían desde las nubes eran como esculturas vivas: altos, curvos, con ramas que colgaban cristales en forma de frutas brillantes. En cada uno se veían escenas distintas: niños jugando con sus padres en la playa, niñas abrazando a sus abuelas, hermanos construyendo castillos de arena o corriendo bajo la lluvia. Era un jardín de reflejos felices. 

Majo se quedó sin aliento.
—Este mundo mágico me encanta, Milu —dijo sonriendo, mientras su perrita daba saltitos entre las flores con pétalos como cristales.

Las ramas de los árboles parecían susurrar canciones, y el viento llevaba aromas dulces, como limonada de flores y chocolate caliente. Un camino de arcoíris atravesaba el jardín flotante, marcando la ruta entre las nubes.

Pero, a medida que avanzaban, algo cambió.
Primero fue una flor que perdió su brillo. Luego, un cristal en una rama tembló… y se quebró solo. El reflejo feliz de una familia desapareció, absorbido por la nada. Las hojas comenzaron a marchitarse. El cielo se volvió más gris.
Y los espejos, uno por uno, se oscurecieron.

—Oh-oh, Milu… algo está pasando —dijo Majo, deteniéndose.
Milu gimió bajito, su cuerpo tensado, con las orejitas hacia atrás.

El camino de arcoíris también se transformaba. Los colores desaparecían, como si una sombra se los estuviera bebiendo. Donde antes había luz y risa, ahora solo quedaban charcos de oscuridad. El aire se volvió pesado, y el canto de los árboles cesó por completo.

Al final del sendero, donde debería haber una cascada de estrellas, se abría ahora un camino nuevo: un sendero negro y roto, cubierto de espejos oscuros. Pero esos cristales no reflejaban nada… los bordes vibraban como si estuvieran respirando, y desde cada uno salía un humo sutil que se deslizaba por el suelo como tentáculos. El humo trepaba hacia los árboles, envolvía las ramas y arrancaba los reflejos de los frutos brillantes, devorando cada recuerdo feliz y robando sus colores. 

Majo dio un paso atrás.
—¿Pero cómo es posible…? Ya habíamos destruido el Espejo del Olvido…

Se quedó mirando el humo. Algo familiar se escondía ahí. No era solo olvido. Era… algo más profundo.
—Esto es distinto, Milu. Esto no quiere que olvidemos… esto quiere apagar lo que somos.

Milu se acercó a ella, temblando. Pero en sus ojos había también algo más: coraje.

Majo apretó los puños. Sintió un leve latido en el espejo estrella que llevaba colgado al cuello, como recordándole que no estaba sola. Miró el camino oscuro, respiró profundo y dio el primer paso.
—Vamos. Si los reflejos están siendo robados… es hora de recuperarlos.

El salto perfecto no es suficiente


El aire se volvía más denso con cada paso. Las sombras del camino negro se enroscaban como serpientes entre los pies de Majo, pero ella no se detenía. Apretó el puño, respiró hondo y alzó la vista hacia ese espejo enorme que absorbía los recuerdos felices como si fuera un monstruo hambriento.
—Tú no vas a ganar —susurró.

El primer tramo del camino se agrietaba a su paso. Majo saltó con agilidad, usando un salto de media luna, girando en el aire como había aprendido en la Escuela de las Estrellas.
Luego vino un tramo de barras flotantes sobre la nada; sin dudarlo, Majo se impulsó como si fueran barras paralelas, girando y lanzándose al siguiente punto.

Las sombras intentaban engañarla: voces falsas, reflejos que mostraban escenas distorsionadas. En uno, veía a su mamá enojada por una mala nota; en otro, a su papá decepcionado. Majo parpadeó, sacudió la cabeza y siguió avanzando.

Milu iba a su lado, ágil como una pluma, saltando entre fragmentos y bordes que desaparecían. A veces le ladraba a las sombras, como queriendo espantarlas con su luz.

Más adelante, las ramas oscuras se alzaban como torres, y para continuar, Majo tuvo que trepar y realizar un salto de pirámide —uno de los más difíciles del cheer— con precisión. Usó su fuerza, su equilibrio y la confianza que había ganado… pero el camino no se rendía.

Cintas negras flotaban en el aire como serpientes. Majo, con movimientos gráciles, usó una rutina de gimnasia rítmica para atravesarlas, girando sobre sí misma, lanzando su cuerpo hacia adelante, esquivando cada obstáculo como si la música aún sonara dentro de ella. 🎶
Y entonces, llegó al final del sendero.

Frente a ella, solo había un abismo. Un salto enorme separaba el borde en el que estaba del pedestal oscuro donde descansaba el Espejo Absorbente, ahora más grande que nunca. Parecía latir como un corazón malvado, y cada pulso arrancaba un recuerdo más del aire.

Majo retrocedió. Miró el vacío. Midió la distancia.
—No puedo… —susurró—. Es demasiado lejos…

Cerró los ojos para recordar cómo lo había hecho antes. El salto perfecto, el que había dominado… pero algo extraño ocurría. El recuerdo no estaba. Las sombras le robaban también eso.

Se arrodilló, temblando.
—No recuerdo cómo hacerlo… lo estoy olvidando… como si nunca lo hubiera sabido…

Entonces, Milu se acercó. Con sus dientecitos, jaló suavemente la cinta que Majo llevaba atada a la cintura. El espejo en forma de estrella cayó al suelo y comenzó a brillar tenuemente.

Majo lo tomó con manos temblorosas. Dentro del reflejo, una escena surgió como una burbuja:
Ella, en la Escuela de las Estrellas. Llora después de fallar un salto. Mariana, su prima, le hace un moño en el cabello con una moña brillante, le limpia las lágrimas y le dice con ternura:
—Tú puedes, Majo. Lo llevas en el corazón. Solo salta… y confía.

Una lágrima cayó por la mejilla de Majo. El recuerdo encendió algo dentro de ella. No era la técnica. Era la certeza.

Se puso de pie. Respiró. Apretó el espejo en una mano y, con la otra, tomó impulso.
Milu ladró una vez. Y Majo… saltó.

El rayo del corazón


Majo aterrizó al otro lado del precipicio con firmeza. Esta vez no había duda en sus ojos, solo una luz decidida. Milu cayó justo detrás de ella, rodando sobre sus patitas y sacudiéndose el polvo oscuro que cubría el suelo. 🐾
Frente a ellas, el camino se estrechaba aún más. Los árboles estaban completamente marchitos, sus ramas retorcidas como si lloraran. Los espejos colgantes eran ahora manchas negras sin fondo, y el cielo ya no tenía nubes rosas ni estrellas… solo truenos lejanos que sacudían el aire cada vez que Majo daba un paso.

Pero ella no se detenía.
—Vamos, Milu —dijo en voz baja—. Ya casi llegamos.

De repente, un temblor sacudió el suelo. Desde los lados del camino, decenas de espejos oscuros comenzaron a flotar y girar a gran velocidad. Se formó un remolino que las rodeó por completo. Milu ladró y se puso frente a Majo, pero la presión del aire era tan fuerte que tuvo que agacharse.

Los espejos giraban tan rápido que formaban una pared negra. No se veía el camino. No se veía el cielo. Solo esa danza sin reflejo, como si el mundo entero estuviera tratando de tragarlas.

Majo sintió miedo.
Pero esta vez, no huyó.

Puso una mano sobre su pecho. Sentía los latidos. El corazón. Su luz.
—Los niños del mundo necesitan verse… —susurró—. Necesitan recordar quiénes son… lo valientes, lo hermosos, lo llenos de amor que son…

Cerró los ojos. Abrió los brazos. Y entonces… empezó a flotar.
Milímetro a milímetro, su cuerpo se elevó. Su cabello se agitó como si el viento viniera desde dentro de ella. Y desde su pecho, desde lo más profundo, estalló un rayo de luz cálida y dorada.

La luz tocó uno de los espejos… y este se iluminó. Dentro apareció el reflejo de una niña abrazando a su abuelita. Otro espejo brilló con un niño montando bicicleta. Otro, con un bebé riendo entre los brazos de su madre.
Uno a uno, los espejos del remolino comenzaron a recuperar sus recuerdos. Y con ellos, el camino del arcoíris, antes apagado, comenzó a recuperar su color a lo lejos.

Majo sonrió. La luz se expandía. El mundo volvía a brillar.
Pero entonces…

Un eco seco, grave, se escuchó entre los árboles caídos. Era una voz que no venía de ningún lado, pero que se sentía en todas partes. Como un susurro dentro del alma.
—No tan rápido… estrellita…

El viento se detuvo. La luz parpadeó. Y desde el espejo más grande, una sombra se alzó como una figura sin forma, hecha de humo que se retorcía, de miedo, de duda y de olvido.

Majo descendió lentamente al suelo. Milu se puso a su lado.
Sabía que no había terminado. Lo más oscuro… apenas comenzaba.

La llegada del Guardián


La sombra frente a Majo no tenía rostro, pero su presencia llenaba todo el bosque de miedo. Su cuerpo era humo, su voz era eco, y donde pasaba… los colores se desvanecían. Era la Voz del Olvido.

Majo intentó avanzar, pero sus piernas se sentían pesadas. Extendió la mano para lanzar un rayo desde su corazón… pero la luz no salía. La sombra se reía.
—Tú sola no puedes —dijo la Voz, susurrando directamente dentro de su cabeza—. El olvido siempre gana. El miedo siempre encuentra un lugar. 

Majo apretó los puños. Milu se puso en guardia. Pero la oscuridad los envolvía más y más, y entonces…

Una luz azul cortó el cielo como un rayo. Un torbellino de energía descendió desde las nubes, y con él, un rugido mágico que hizo temblar a los árboles muertos. 

La criatura que bajaba era majestuosa: mitad halcón, mitad tigre, con alas que brillaban como constelaciones y patas poderosas que tocaban el suelo con gracia. Sobre su lomo, firme y decidido, venía Ignacio.

Su traje de taekwondo. Sus ojos brillaban, y en su cinturón colgaban tres pequeños símbolos: un libro, un corazón y una estrella. Las tres bibliotecas vivían en él.

La Voz del Olvido retrocedió un paso.
—Oh no… el Guardián de la Luz Azul —gruñó—. ¿Acaso crees que tú y la Protectora de la Estrella pueden detenerme?

Majo alzó la vista, sorprendida.
—¿Igna…? ¿Eres tú?

Ignacio sonrió. Bajó de un salto de su criatura mágica —que rugió con fuerza, sacudiendo las ramas marchitas— y extendió la mano hacia Majo.
—Ya tendremos tiempo de hablar de eso, Protectora de la Estrella… —dijo guiñándole un ojo—. Por ahora, tenemos una sombrita juguetona que derrotar.

La Voz del Olvido se estremeció de rabia.

Majo tomó su mano.
Sintió una corriente de energía recorrer su cuerpo.

Y juntos, se prepararon para luchar.


Luz compartida


El Guardián de la Luz Azul y la Protectora de la Estrella se lanzaron juntos hacia la sombra. Ignacio giraba con velocidad y precisión, sus movimientos de taekwondo eran tan poderosos como una tormenta de luz. Majo, por su parte, giraba, saltaba, flotaba. Su cuerpo fluía como una melodía y su luz se unía a la de Ignacio en ráfagas que partían el aire.

La Voz del Olvido se defendía con espejos rotos, ilusiones y vientos oscuros. Pero ellos no se detenían.
Ignacio liberó una ráfaga de energía azul desde su palma.
Majo giró en el aire y lanzó una espiral de luz desde su corazón.
Y juntos, las dos energías chocaron con la sombra en un estallido de estrellas. ✨

La Voz del Olvido gritó de rabia, envuelta en grietas de luz.
—¡Esto no termina aquí! —rugió, mientras su forma comenzaba a deshacerse en el aire—. ¡Reviviré la Niebla del Olvido… y volveré por ustedes!
Y con un último destello, desapareció.

El bosque quedó en silencio. Los espejos dejaron de temblar. Las flores apagadas comenzaron a abrirse. Los colores del cielo regresaron. 🌈
Majo y Ignacio cayeron de rodillas sobre la tierra, exhaustos pero sonrientes. Milu corrió a su lado, moviendo la cola con emoción. La criatura mágica de Ignacio se acercó, orgullosa.

Pero no estaba sola.
Desde una nube dorada descendió una nueva criatura. Era esbelta, brillante, con patas delicadas, alas suaves como pétalos y un cuerno espiralado en su frente. Sus ojos reflejaban la luz de las estrellas. 🦄
Majo se quedó sin palabras.
—¿Un… unicornio?

—Un corcel alado de luz pura —dijo Ignacio, ayudándola a ponerse de pie—. Tú lo hiciste aparecer. Este tipo de criatura solo responde a quienes han demostrado verdadera valentía del corazón.

El unicornio se inclinó levemente ante Majo, como reconociéndola.

Ignacio continuó:
—El olvido siempre intenta regresar. Pero hoy has probado quién eres, Majo. Has dominado el salto, has liberado tu luz… y ahora necesitas esta criatura para lo que viene.

Majo acarició el cuello del unicornio, mientras Milu se subía con cuidado sobre su lomo.
—¿Crees que… este no es el final?

Ignacio la miró con seriedad, pero con cariño.
—No lo es. A veces, lo más difícil llega después de la victoria. Pero no estarás sola.

Ambos subieron a sus criaturas mágicas. Y mientras el sol regresaba al cielo del mundo mágico, las nubes los envolvieron suavemente para llevarlos de vuelta a casa.

Antes de cruzar el umbral del espejo, Majo volvió la vista atrás.
Y en lo más profundo del bosque, un espejo negro, agrietado pero aún vivo… respiraba, como si esperara su momento.

Dicen que cuando una estrella brilla, no lo hace sola.
Majo, la Protectora de la Estrella, descubrió que su luz podía atravesar la oscuridad.
Ignacio, el Guardián de la Luz Azul, reveló que hasta las palabras olvidadas pueden renacer en batalla.

Juntos, enfrentaron a la Voz del Olvido… y juntos vencieron.
Pero la victoria no es el final.
En lo profundo del bosque, un espejo negro aún respira. La Niebla del Olvido no ha desaparecido… solo espera.

Ahora, Majo no está sola.
Ignacio cabalga a su lado. Milu nunca abandona su paso. Nuevas criaturas de luz se alzan para acompañarlos.
Y mientras queden niños que sueñen, mientras quede un corazón que recuerde… la magia no terminará jamás. 

El mensaje a través del espejo 


Mariajose despertó sobresaltada. Su habitación estaba en silencio, pero algo había cambiado. El espejo con forma de estrella brillaba suavemente a su lado, como si aún guardara la luz del mundo mágico. A sus pies, Milu ladraba suave, mirando con insistencia por la ventana.

Majo se acercó al vidrio… y lo vio. El cielo, normalmente azul y claro a esa hora, se tornaba de un gris extraño, como si una sombra lo estuviera cubriendo lentamente.


—¡Mamá! —gritó mientras corría por el pasillo—. ¡Mamá, tenemos que ir donde la tía Mónica! ¡Tengo que hablar con Ignacio!

Alejandra, al ver la urgencia en su hija, no hizo preguntas. Tomó sus llaves, le acarició el cabello con ternura y dijo simplemente:
—Vamos, mi amor.

 El secreto de Ignacio 


Al llegar a casa de la tía Mónica, encontraron a Ignacio de pie en el jardín, con la mirada clavada en el cielo que ya parecía teñido de ceniza. Majo bajó corriendo del carro. Milu la siguió con su energía de siempre.

—Igna… —dijo al acercarse—. ¿Tú? ¿El Guardián de la Luz Azul?

Ignacio volteó lentamente, con los ojos encendidos por una luz suave y firme. Asintió.

—Tienes que contarme todo, Ignacio. ¿Cómo empezó esto?

Ignacio suspiró, y con voz tranquila pero profunda, comenzó a hablar:
—Todo comenzó el día que cumplí 13 años. El tío Chris me regaló un libro... El libro del dragón dormido. Pensé que era solo eso: un regalo bonito. Pero ese libro no solo me invitó a leer, me retó a creer.

Contó cómo las páginas comenzaron a revelarle secretos, desafíos y verdades antiguas. Cómo aprendió que los guardianes no se eligen, sino que despiertan cuando el mundo más los necesita. Y que dentro de él nació una luz: la Luz Azul.

—Esa luz —explicó— es la fuerza de todos los que recuerdan, leen, escriben y cuentan historias con amor y verdad. Con esa luz vencí a la Niebla del Olvido... o eso pensé.

Mientras hablaba, una hoja de un árbol cercano se desprendió… y al tocar el suelo, desapareció en el aire. Otra más le siguió.

El cielo se estremeció suavemente. Un murmullo apenas audible se filtró por el viento:
—Despertaré la Niebla. Esta vez, nada ni nadie me detendrá...

Mariajose sintió un escalofrío. Miró a Ignacio y él ya lo sabía: la Voz del Olvido no había desaparecido. Solo se había escondido… para regresar más fuerte.

—Tenemos que avisar al tío Chris —dijo Ignacio con firmeza—. Él supo antes que nadie. Él creyó en nosotros.


Las llaves del espejo 


Mariajose e Ignacio volvieron corriendo a su habitación, donde el espejo de estrella los esperaba como si supiera que era momento de actuar.

Majo lo sostuvo entre sus manos, notando algo que antes no estaba allí: tres pequeños agujeros en la parte trasera del marco, cada uno con una forma única.

Ignacio los reconoció de inmediato.
—Son las formas de los amuletos… los que recogí en las tres bibliotecas mágicas —dijo en voz baja—. Conocimiento, corazón y cuerpo.

Los sacó de su bolso mágico, donde siempre los había guardado. Uno a uno, los amuletos encajaron perfectamente en su sitio, como si fueran llaves esperando su momento.

El espejo comenzó a palpitar suavemente, emitiendo una luz dorada. Una energía cálida se expandió por la habitación. Majo cerró los ojos, respiró profundo, y dijo con voz clara:
—Espejo de estrella… por favor… necesitamos comunicarnos con mi tío Chris. Por favor, ayúdanos.

Un brillo se encendió en el centro del cristal. Primero fue tenue… luego más intenso… hasta que, como si fuera una ventana al otro lado del mundo, apareció la imagen del tío Chris.

—¿Chicos? —dijo él, sorprendido al verlos—. ¡Lo han logrado!

Su sonrisa era una mezcla de emoción y orgullo.

—Han despertado su poder interior… Tú, Ignacio, eres el Guardián de la Luz Azul. Y tú, Mariajose… eres la Protectora de la Estrella. Pero esta no es una llamada amistosa, ¿verdad? ¿Qué está pasando?

Ignacio y Majo se miraron. El cielo, cada vez más gris, ya empezaba a filtrarse por las esquinas del mundo. La amenaza estaba creciendo, y ellos necesitaban saber cómo detenerla antes de que todo se desvaneciera.

Chris los miró con seriedad, pero con ternura.
—Si la Niebla del Olvido regresa, solo hay una cosa que puede detenerla: la Llama Eterna. Pero no es un fuego común. Es una chispa que nace solo en aquellos que se atreven a recordar incluso lo que duele… lo que temen olvidar.

El espejo titiló.
—Sigan al reflejo. Él los guiará al Bosque de los Recuerdos Perdidos. Allí… la llama los espera. Pero tengan cuidado: el bosque no perdona a quienes dudan de su luz.

La imagen comenzó a desvanecerse, pero antes de desaparecer por completo, Chris susurró:
—Estoy orgulloso de ustedes. Brillen.

El bosque de los recuerdos perdido 


Del espejo de estrella surgió un haz de luz dorada que giró lentamente en el aire, formando un portal con forma de espiral brillante.

Mariajose, esta vez sin temor, tomó la mano de Ignacio con fuerza.
—Vamos, Igna. El tío Chris tiene razón… tú y yo podemos.

Ignacio asintió, sintiendo en su pecho cómo la luz azul se encendía nuevamente. Juntos, cruzaron el portal.


Al otro lado, todo cambió.
Estaban en un bosque inmenso, lleno de árboles altos cuyos troncos parecían estar hechos de papel antiguo. De sus ramas colgaban hojas que susurraban palabras olvidadas, frases a medio escribir y nombres que ya nadie recordaba.

El aire olía a tinta, tierra húmeda y un poco de nostalgia.

Una voz flotó por el viento, suave y familiar. Era el tío Chris, hablándoles desde algún rincón del recuerdo:

—Cuando éramos muy pequeños… algo se reveló en nuestra familia. Tu papá, Majo —Rubén—, y tu mamá, Ignacio —Mónica—, eran diferentes. Tenían un brillo especial en sus ojos. Juntos vivimos muchas aventuras mágicas… luchamos contra la sombra del olvido, descubrimos el poder de los cuentos, de los reflejos, del arte y de las canciones.

La voz del tío Chris titubeó un momento, con emoción contenida.
—Pero el tiempo pasó… Rubén y Mónica crecieron. La vida de adultos es muy seria, a veces muy gris. Y el olvido… se cuela cuando dejas de imaginar. Yo intenté recordar, mantener la chispa encendida… pero era necesario algo más. Era necesario que ustedes nacieran.

Un viento cálido rodeó a Majo e Ignacio, como si los abrazara.
—Ustedes son los nuevos guerreros. Los portadores del reflejo y la luz. El olvido ha regresado, pero esta vez, no están solos. No olviden lo que son… no olviden lo que aman.

La voz se desvaneció, y el bosque suspiró.


Majo se acercó a un árbol cuyas hojas flotaban sin caer. En una de ellas vio un recuerdo borroso: ella misma haciendo una presentación en clase.

En otra, Ignacio leyendo en su cuarto con una linterna bajo las cobijas.

En una tercera… un dibujo antiguo, como hecho por un niño, donde aparecían un dragón y una estrella tomados de la mano.

El bosque susurraba dudas:
—¿Y si fallas? ¿Y si no recuerdan quién eres? ¿Y si tú también olvidas…?

Ignacio comenzó a temblar.


Pero Majo dio un paso adelante. Cerró los ojos y cantó en voz baja… una canción que su abuela Flor solía cantarle cuando era más pequeña.

Su voz temblaba al principio… pero luego, se volvió clara, como la luz.

Una chispa azul surgió del suelo. Ignacio abrió los ojos y la vio.

La Llama Eterna flotaba entre ellos. Viva. Ardiente. Pequeña… pero real.

Y sin decir nada, los dos supieron: debían llevarla hasta el corazón de la historia. Antes de que la Niebla del Olvido la apagara para siempre. 


La niebla despierta 


La Llama Eterna brillaba con fuerza, suspendida en el aire entre Mariajose e Ignacio.
Ambos se miraron, sin miedo. Confiaban.

Se acercaron lentamente… y cuando sus manos tocaron la llama, una luz cálida los envolvió.

En un instante, estaban de vuelta. En el cuarto de Ignacio. La llama no había desaparecido: ahora flotaba sobre el espejo de estrella, fundiéndose con los tres amuletos que llevaban dentro de sí el poder de las bibliotecas del conocimiento, del cuerpo y del corazón.

La estrella palpitó una vez… y luego se apagó, como si esperara su próximo momento.


Ignacio fue el primero en notar algo extraño.
—¿Dónde está mi mamá?

Majo bajó corriendo al salón… y se detuvo en seco.

Allí, en el comedor, estaba Mónica, la mamá de Ignacio. De pie, pero inmóvil. Como una estatua de tiempo detenido.

En casa de Majo, su mamá Alejandra también estaba congelada. En el radio no sonaba música. Las páginas de los libros eran blancas. Y los portarretratos… estaban vacíos.

El Olvido había comenzado.
El mundo se apagaba poco a poco. Todo lo que alguna vez tuvo historia… se borraba.


Majo e Ignacio corrieron de una casa a otra buscando algo: una foto, una canción, una palabra que los conectara.

Pero la niebla empezaba a cubrir las calles. Y los separó.

—¡Igna! —gritó Majo—. ¡Por favor, no me olvides! ¡Te necesito! ¡Ignaciooo!

Nada.
Ni un eco.
Ni una imagen.
Ni un recuerdo.
Solo silencio. Gris. Frío.

Hasta que… un ladrido.
—¿Milu?

Entre la neblina apareció la pequeña French Poodle, corriendo con todas sus fuerzas, con el espejo de estrella entre sus dientes.

—¡Milu! —gritó Majo, cayendo de rodillas mientras la abrazaba.

El espejo brilló suavemente.
Y entonces… a lo lejos, una luz azul rompió la niebla.

Majo la vio.
—¡Ignacio!

Él también corría hacia ella.
Se encontraron entre la niebla. Se abrazaron con fuerza, con lágrimas que no eran de tristeza, sino de alivio.

—Temí que me olvidaras —susurró Majo—. Temí… olvidarte.
—No, Majo —dijo Ignacio, con la luz azul ardiendo en sus ojos—. El olvido no podrá contra nosotros.


El corazón de la historia 


El mundo parecía guardar silencio… hasta que una risa estremecedora surgió de las nubes.

Jajajajaja…

Ambos voltearon.

En el centro de la ciudad —ya cubierta de niebla— se alzaba un espejo gigante, negro como la noche, flotando sobre los edificios. Del cristal oscuro emergía una figura colosal sin rostro, hecha de humo, sombras y vacío.

La Voz del Olvido.
Había regresado. Y esta vez… no estaba sola.

Frente a ellos, la figura gigantesca se alzaba como una tormenta viva: la Voz del Olvido, sin rostro, sin forma, solo humo, niebla… y un silencio que amenazaba con tragarse el mundo entero.

A su alrededor, la ciudad se desvanecía lentamente. Palabras flotaban por el aire antes de deshacerse como ceniza. Las notas de las canciones se caían de los pentagramas. Los colores se borraban de los cuadros.

La Niebla del Olvido rodeaba la figura como un ejército invisible, respirando en cada sombra.


Ignacio y Mariajose no retrocedieron.
Estaban paralizados por un instante, sí… pero no por miedo, sino por la certeza del momento.

La historia entera dependía de ellos.

Y fue Milu, con un solo ladrido agudo, quien rompió el hechizo del silencio.

—¿Estás listo? —preguntó Majo, mirando a Ignacio con decisión.
Él apretó su mano.
—Lo estoy.
—Entonces, ¡vamos!
—¡JAMÁS OLVIDARÉEEEEE! —gritaron al unísono, como si su grito fuera un conjuro.

Y el cielo… respondió.


Dos luces brillantes se encendieron entre las nubes.
Primero lejanas, como estrellas fugaces… luego más cerca, veloces, cálidas, imponentes.

Los corceles mágicos.

El de Ignacio: mitad halcón, mitad tigre, con alas majestuosas y ojos que brillaban como faros en la noche.

El de Mariajose: un unicornio dorado de crin brillante y cuerpo fuerte, con un cuerno que destellaba como un rayo de esperanza.

Descendieron en picada, listos para llevarlos al corazón de la historia, el lugar donde todo había comenzado. El único lugar donde la verdad no podía ser borrada.

Majo e Igna se montaron en sus criaturas con determinación. Las alas se desplegaron, el viento rugió.

Y justo cuando despegaban...

Milu ladró otra vez.
—¡Milu, no! —gritó Majo mientras el unicornio alzaba vuelo.

Pero ya era tarde: la pequeña perrita había mordido la cola del unicornio y ahora colgaba en el aire, con las orejitas agitándose y una mezcla de terror y valentía en sus ojitos.

—¡Aguanta, Milu! —gritó Ignacio entre risas y nervios.

Volaban juntos.
Alto.
Rápido.
Brillando.

Porque el final los esperaba.
Y el olvido… aún no había ganado. 

El viaje al pasado 


Montados en sus corceles mágicos, Ignacio y Mariajose surcaban el cielo envueltos por la bruma dorada que emergía del espejo de estrella.

Milu, fiel y temblorosa, seguía colgando de la cola del unicornio con ojos de asombro… y un poco de vértigo.

Majo sonrió y miró a Ignacio volando a su lado.
—Tenías razón, Igna. Íbamos a necesitar nuestros corceles mágicos.

Ignacio rió con fuerza.
—Siempre necesitamos lo que creemos imposible.


De pronto, el cielo se abrió frente a ellos.
Un portal en forma de estrella giraba sobre las nubes, iluminando el cielo como un sol antiguo.

Al cruzarlo, sintieron el aire cambiar. Era más fresco. Más inocente. Más lleno de memoria.

Y entonces lo vieron.

Un parque, en el pasado.
Niños corriendo, riendo, saltando charcos de agua.

Entre ellos, tres figuras pequeñas pero conocidas: el tío Chris, Rubén y Mónica… cuando eran niños.

—¡Es mi papá! —susurró Majo.
—Y mi mamá… —dijo Ignacio, boquiabierto.


El pequeño Chris estaba sentado solo, con la cabeza baja. Sus zapatos estaban rotos, uno tenía la suela despegada.

Un grupo de niños se burlaban de él, señalando y riendo:
—¡Mira sus zapatos! ¡Parecen del siglo pasado!
—¡Debe vivir en una biblioteca vieja!

Chris trató de esconderse tras un árbol, con los ojos llenos de vergüenza.

Pero entonces… llegaron Mónica y Rubén.
—¡Dejen a mi hermano en paz! —gritó Mónica, con fuerza.
—¿Qué importa si sus zapatos están rotos? —añadió Rubén—. ¡Tenemos algo que ustedes no tienen!

Los niños burlones retrocedieron, confundidos.

—Tenemos imaginación —dijo Mónica con una sonrisa desafiante—. Y el poder de proteger lo que amamos.

Rubén abrió la mochila y sacó un pequeño objeto hecho a mano: una llama dibujada en papel brillante, doblada con esmero y decorada con crayones.
—Esto es la llama eterna —dijo—. Y mientras la tengamos, nunca estaremos solos.

Chris los miró, emocionado.
—¿De verdad creen que puedo ser un guardián?

—Ya lo eres, Chris —dijeron al unísono—. Y tenemos la mejor mamá del mundo para demostrártelo.


En ese momento, una voz cantarina se acercó entre risas:
—¿Alguien quiere chocolate caliente?

Era ella.
La abuela Flor.

Joven, radiante. En sus manos, una bandeja con tazas humeantes.

Los niños corrieron hacia ella, dejando atrás a los chicos burlones. Rieron. Cantaron. Jugaron con palabras inventadas.

Pero entonces… la abuela Flor se detuvo.

Y miró directamente a Majo e Ignacio.
Sus ojos brillaban como si pudieran ver más allá del tiempo.

—Los veo —dijo con voz suave—. Mis dos luceros.

Majo e Ignacio se miraron, sin saber si llorar o hablar.

—Ustedes son la esperanza. Son quienes cuidarán la llama cuando los adultos la olviden.

Y entonces les guiñó un ojo.
—Recuerden esto:
La llama eterna vive… porque ustedes la mantienen encendida.

Y en ese instante… la luz del recuerdo comenzó a disiparse.
El portal de estrella los llamaba de regreso.

La batalla los esperaba.


El mensaje de la guardiana 


Mientras las versiones más jóvenes de Mónica, Rubén y Chris reían bajo el árbol, saboreando chocolate caliente y compartiendo cuentos secretos, la abuela Flor se acercó lentamente a donde estaban Ignacio y Mariajose, aún invisibles para los demás.

Milu la reconoció al instante. Corrió hacia ella moviendo la cola con emoción, como si la hubiera estado esperando toda la vida.

La abuela Flor se agachó, acarició a Milu y luego miró a los dos niños con una ternura que podía detener el tiempo.


Los dulces del recuerdo 


—Abue Flor —dijo Ignacio, con los ojos vidriosos—. El futuro está en peligro… el olvido se está apoderando de todo. Tenemos miedo… miedo de no poder salvarlo.

Flor no respondió de inmediato. Abrió su bolso —el mismo de siempre, el de las magias sencillas— y sacó dos pequeños dulces envueltos en papel brillante.

—No están solos —dijo con suavidad—. Tienen el reflejo, la luz… y ahora también el recuerdo.

Les entregó los dulces con manos cálidas.
—Lleven uno a tu papá, Majo, y uno a tu mamá, Ignacio. Cuando los prueben, recordarán quiénes fueron… guardianes de la llama eterna.

Y el tío Chris… bueno, él sigue siendo un niño por dentro. Solo necesitan recordárselo.

Majo tomó el dulce con cuidado.
—Abue… ¿son los mismos dulces que siempre cargabas?

La abuela sonrió co

n picardía.
—Siiiiii, los mismos. ¿Por qué creen que sigo siendo una niña por dentro? No es el dulce… es lo que uno guarda con él.

Ignacio y Mariajose se miraron.
Había magia en esa mujer. Siempre la hubo.


La abuela Flor les acarició el rostro a ambos, uno por uno.
—Ahora vuelen, mis luceros. El tiempo… no se detiene.

Majo ayudó a Milu a subirse esta vez al lomo del unicornio. La perrita se acomodó feliz, con una mirada de “¡por fin me suben como se debe!” 🐾

Ignacio montó su corcel alado.

Y juntos, con el brillo del pasado en los ojos, volaron de regreso al futuro.

El viento llevaba la voz de la abuela como un susurro que los acompañaría siempre:
“Recordar es volver a amar.”


El despertar de los guardianes 

A través del portal en forma de estrella, Ignacio, Mariajose y Milu regresaron al presente.

Pero Bogotá ya no era la misma.
La ciudad estaba completamente sumergida en la niebla del olvido: calles sin memoria, parques en silencio, libros borrados y colores apagados.

Y en lo alto, sobre los edificios más antiguos, la Voz del Olvido, enorme y sin rostro, flotaba alimentándose de los recuerdos como un vacío viviente.

Los corceles mágicos descendieron suavemente frente a la casa.

Adentro, Rubén y Mónica, los padres de Majo e Igna, estaban allí… petrificados.

—Es ahora —dijo Ignacio con decisión.

Ambos bajaron de sus corceles y se acercaron con cuidado. Sacaron los dulces que la abuela Flor les había dado y los colocaron en las manos de sus padres.

Primero, Mónica.
Sus dedos comenzaron a moverse lentamente. Un resplandor suave la recorrió desde el pecho hacia los ojos. Volvió a respirar.
—¿Qué… qué está pasando?

Ignacio se abalanzó sobre ella.
—¡Mamá! ¡Mamá! ¡Pensé que me habías olvidado!
Mónica lo abrazó con fuerza.
—Eso jamás —susurró, con lágrimas en los ojos.

Luego, Rubén comenzó a recuperar sus colores. Sus hombros se movieron, su rostro volvió a tener expresión. Abrió los ojos.
—¿Majo?
—¡Papá! ¡Estoy aquí! ¿Me recuerdas?

Rubén la miró por un segundo… y la abrazó con el alma entera.
—Jamás te olvidaría, mi niña.


El reencuentro fue breve, porque la realidad los llamaba.
—¿Qué está pasando? —preguntó Mónica, ahora de pie junto a su hermano y su hija.
—Es el olvido —respondió Majo con firmeza—. La Voz y la Niebla se han unido. Y no sabemos cómo detenerlas.

Rubén frunció el ceño.
—Necesitamos al tío Chris… pero él está en Holanda.

—No te preocupes —dijo Majo con una sonrisa—. Milu, ¡ve por el espejo de estrella!

La perrita corrió emocionada y volvió con el espejo entre los dientes. Ignacio preparó los amuletos, colocándolos uno por uno en su lugar.

El espejo brilló… y Chris apareció al otro lado.
—¡Muchachos! —exclamó, alarmado—. ¿Ven lo que está pasando? ¡No hay música ni recuerdos…!

—Lo sabemos —dijo Mónica, con fuerza—. Pero la nueva Protectora de la Estrella y el Guardián de la Luz Azul aún están aquí.

El momento… había llegado.


Majo, Ignacio, Mónica y Rubén se tomaron de las manos.
El espejo de estrella comenzó a brillar con una intensidad cegadora.

La Voz del Olvido, desde lo alto, giró su cabeza sin rostro hacia ellos.
—¡Noooooo! ¡Ustedes han recordado! ¡Esto no puede ser!

Y entonces… una figura de luz atravesó la niebla.
La abuela Flor.

Vestida con una túnica resplandeciente, flotando entre memorias como un faro del pasado.
—¡Muchachos! ¡Es ahora! —gritó—. ¡Díganlo!

Y lo dijeron.
Todos juntos, desde el alma:
—¡JAMÁS OLVIDARÉEEEEEE!

El espejo de estrella estalló en luz.
Los amuletos giraron como constelaciones.
Los corazones de todos los presentes brillaron como soles.

La figura sin rostro gritó.
Y el espejo oscuro del olvido se rompió en mil pedazos.

Una luz infinita iluminó todo.
Por un segundo, el mundo entero recordó.


Cuando la luz se desvaneció…
Majo, Ignacio y Milu estaban de nuevo en la habitación de Ignacio. El espejo descansaba tranquilo sobre la mesa.

Afuera, el mundo sonaba de nuevo.

Alejandra, la mamá de Majo, golpeó suavemente la puerta.
—Majo, Milu, tenemos que irnos.

Majo miró a Ignacio y sonrió.
—Lo logramos.
—Sí —dijo Ignacio—. Lo logramos.

En la puerta, Mónica abrazó a su sobrina.
—Nos vemos pronto… Protectora de la Estrella.

Majo sonrió.
—Chao, guardiana de la llama eterna.

Ambas se rieron. Y se dijeron adiós.

En el auto, Alejandra miró a su hija con curiosidad.
—¿Por qué te llamó así la tía Mónica?

Majo se encogió de hombros con una sonrisa pícara.
—Ah… la abuela Flor nos llama así por molestar…

Mientras el auto se alejaba por las calles de Bogotá iluminadas, Milu sacó la cabeza por la ventana.

El cielo brillaba.
Y el mundo de los recuerdos… estaba a salvo, una vez más.


Origen de los Dulces del Recuerdo


En las montañas de Colombia, cuando el viento acaricia las hojas con paciencia, se pueden escuchar recuerdos.

No voces… recuerdos.
Son historias que solo algunos logran entender: ecos de un tiempo donde todo era noche y nada existía.

Solo una laguna inmensa y silenciosa.
De esa laguna, nació la luz.
Y con ella, un ser creador llamado Chiminigagua.

Con su poder, creó el mundo. Y cuando el mundo estuvo listo, envió a una mujer sabia y luminosa: Bachué.
Ella descendió desde la sierra, envuelta en la luz de su vientre.
Con cada paso, sembró vida sobre la tierra y enseñó a sus semillas el poder del amor, el respeto y el equilibrio:
con la naturaleza, con su entorno… y, sobre todo, consigo mismos
Pobló la tierra con bondad, compartió recetas de la naturaleza, remedios que curaban cuerpo y alma… y algo aún más sagrado: el valor de la memoria.

Pero con el paso del tiempo, Bachué contempló con tristeza cómo los humanos se habían transformado en seres individualistas.
La envidia y la ambición oscurecieron sus miradas, aquellas que alguna vez brillaron con pureza mientras corrían libres por las sabanas y los bosques.
Olvidaron sus raíces, sus rituales, y el respeto por la vida que les rodeaba.
Rota por la tristeza, Bachué se retiró a lo más profundo de la sierra y allí lloró en silencio.
De sus lágrimas nacieron ríos y lagunas… pero su dolor era tan inmenso, que por días —o quizás meses— la lluvia no cesó.
Parecía como si su llanto se hubiese fundido con el cielo, transformado en una tormenta eterna.

Al ver cómo los ríos se encontraban y las lagunas se transformaban en océanos, Chiminigagua regresó.
Se acercó con ternura y le habló suavemente:

—¿Por qué lloras, mujer?
¿No ves que tu dolor está inundando al mundo con tristeza?

Bachué, con el corazón desgarrado, respondió:

—Mis hijos… lo han olvidado todo.
Incluso han olvidado quiénes son.

Entonces, Chiminigagua se sentó a su lado y le dijo con dulzura:

—Mi querida Bachué…
Tu semilla y tus enseñanzas no se han perdido… solo duermen.
Tú, que eres creadora, llevas en tu corazón la fuerza para despertar lo olvidado.
Con tu sabiduría y tu bondad, puedes devolver la luz a los corazones de quienes han perdido el camino, sus raíces y su valor.

Limpia tus lágrimas.
Sana tu tristeza.
Y dales un recuerdo…
Uno dulce.
Algo que les recuerde lo que de verdad importa:
recordar quiénes somos y de dónde venimos.

Esa noche, bajo la mirada sabia de la luna, Bachué descendió al corazón de la tierra.
Allí, guiada por la memoria de lo que una vez fue, recogió ingredientes que hoy ya no existen:
raíces de árboles milenarios, que alguna vez escucharon los secretos del viento;
pétalos de flores extintas, borradas por el olvido como si nunca hubiesen florecido;
y miel…
una miel espesa y dorada, hecha por abejas que ahora temen crear, porque han olvidado que la dulzura también es una forma de resistencia.

Con manos temblorosas, pero con el alma firme, Bachué mezcló cada elemento como si tejiera un hechizo.
No era solo un dulce.
Era un fragmento de luz.
Pequeño. Luminoso. Vivo.

los Dulces de la Memoria
Un susurro del pasado cristalizado en caramelo.

Y al probarlo, algo despierta.
No en la lengua… sino en el corazón.
Un recuerdo.
Un nombre olvidado.
Un origen.
Un llamado a regresar.

Después de fabricar el dulce, con amor paciente y manos sabias, Bachué sintió por fin una paz profunda.
Su corazón, antes herido por el olvido de sus hijos humanos, encontró consuelo.
Ya no lloraba.
Sabía que, tarde o temprano, ese pequeño dulce encontraría su camino.
Y que al probarlo… cada corazón perdido recordaría quién era.
Y por qué valía la pena volver.

Desde entonces, la receta viaja de generación en generación.
Cruza montañas, épocas, continentes.
Y aparece justo cuando un Guardián… está por olvidar quién es.

¿Cómo los consiguió la abuela Flor?
Bueno…
Esa es otra historia.
O tal vez la misma.

En las montañas de Colombia, si prestas atención cuando el viento acaricia las hojas… tal vez escuches algo.
No voces. Recuerdos.
Y si tienes suerte… el sabor de uno de ellos.


La Raíz del Desorden: El Eje del Norte

La brújula despierta


Y justo así, todo había vuelto a la normalidad… o por lo menos, eso parecía. Ignacio aún no olvidaba su última aventura. Había aprendido mucho, no solo sobre civilizaciones antiguas, sino también sobre sí mismo. Había hecho amigos olímpicos —por así decirlo— y cada noche soñaba que nadaba otra vez junto a Poseidón y sus tritones, o que surcaba el cielo con las alas de Dédalo.

A veces, al mirar el cielo, imaginaba que entre las nubes descendería su fiel Gryphos para llevarlo de nuevo a la isla de Afrodita, flotando entre las estrellas. Pero también disfrutaba de la calma. Se sentía feliz compartiendo días tranquilos con su padre Billy y su madre Mónica, y aunque su hermana Mariana a veces lo sacaba de quicio con bromas pesadas, siempre lograba contentarlo con un desayuno sorpresa.

Aquel mundo de fantasía había despertado algo nuevo en él: una pasión imparable por leer, por aprender, por descubrir los secretos de la historia —de nuestra historia. Y aunque su vida volvía a ser la de un niño normal, sabía que no estaba solo. A muchos kilómetros de distancia, tenía un cómplice: el Tío Chris. Con él había aprendido a leer el Libro del Dragón, y comprendido que ese libro no estaba completo... porque se escribía con los recuerdos que aún estaban por nacer.

Y cuando todo parecía estar normal…

-Lunes por la mañana: como todos los días, Ignacio esperaba el bus escolar en el mismo lugar de siempre. Pero ese día, el bus se detuvo en una calle diferente y casi no logra llegar a su primera clase.

-Martes por la tarde: mientras jugaba fútbol con sus amigos, notó que varios jugadores metían el gol en la portería equivocada… más de una vez.

-Miércoles por la noche: en las noticias hablaban de aviones aterrizando en ciudades equivocadas, como si los pilotos hubieran olvidado sus destinos.

-Jueves en la tarde: mientras iba en el auto con su mamá Mónica rumbo al dentista, el GPS parecía no saber cómo llegar al consultorio. Y al salir, mientras caminaban hacia el carro, Ignacio notó algo aún más extraño: un grupo de personas miraba al cielo, confundidas. El sol y la luna brillaban juntos —sin formar un eclipse— como si el sol no supiera en qué dirección esconderse, y la luna dudara si debía salir o regresar.

En ese instante, Ignacio lo sintió con fuerza: algo estaba muy mal. Una vibración le recorrió el pecho, como un tic-toc que no venía de ningún reloj. Apretó el puño con fuerza y alzó la vista hacia el cielo, completamente consternado.

Camino a casa, Ignacio intentó explicarle a su mamá ese extraño sentimiento de… ¿desorientación? Pero solo recibió una mirada confusa de Mónica, quien, con su voz dulce y serena, le respondió:

—Tranquilízate, no te estoy entendiendo. Esperemos a que lleguemos a casa, te tomas una taza de avena caliente, descansas… y verás que mañana todo estará mejor.

Ignacio respiró profundo mientras miraba por la ventana del carro. Afuera, las personas caminaban como sin rumbo, algunos carros iban en contravía… y el sol, el sol aún brillaba. Esto no es normal, pensó. Tengo que hablar con mi tío Chris. Él entenderá.

Al cruzar la puerta de su casa, lo recibió una escena aún más extraña: su hermana Mariana ya estaba allí.

—¿Qué haces tan temprano en casa? Deberías estar en la universidad —preguntó.

—No sé —respondió Mariana, rascándose la cabeza—. No sabía si tenía clase en la sede del norte o en la del sur… y además tengo un tic-toc en la cabeza, como un pitido que no me deja en paz. Preferí regresar. Las personas están actuando raro en la calle…

—¿Tú también escuchas ese tic-toc? —preguntó Ignacio, con los ojos muy abiertos.

—Sí, pero ya me tomé un analgésico. Ya se me pasará…

Ignacio la miró con duda, y sin perder tiempo exclamó:

—¡Mamá, voy a llamar a mi tío Chris! Quiero oírlo…

Corrió a su habitación. Al cerrar la puerta, notó que una luz comenzaba a intensificarse más allá de su ventana. Se acercó. El cielo parecía arder en movimiento, y de pronto… una estrella fugaz comenzó a descender con una velocidad impresionante.


El Libro del Dragón brillaba. La piedra de jade —donde la silueta del dragón estaba tallada— irradiaba una luz extraña, y sus páginas palpitaban… como si quisieran abrirse solas.

Con el corazón latiéndole con fuerza, Ignacio se acercó lenta pero decididamente al escritorio. Sus manos temblaban, pero eran manos valerosas. Abrió el libro… y en ese instante, una pequeña burbuja de luz salió flotando desde el interior.

Ignacio la observó con asombro. Se acercó con cautela, estiró un dedo… y al tocarla, la burbuja estalló suavemente.

Como si hubiese contenido un mensaje atrapado, una imagen borrosa —una especie de holograma oleoso— emergió sobre las páginas del libro. Era la figura de un pequeño duende, o quizás un enano diminuto, gritando desesperadamente:

—¡Ayuda! ¡Ayuda! ¡Ayudaaaaa!

Corría de un lado al otro sobre el libro, tropezando, girando, sin saber qué dirección tomar…

—¡Ignacio! ¿Qué estás haciendo? ¿Qué es todo ese ruido? —gritó su mamá Mónica desde la sala.

—¡Nada, mamá! Es el tío Chris en altavoz… ya sabes que está como loco —respondió Ignacio, mientras le hacía señas al pequeño enano para que no hiciera ruido.

—Cálmate —le dijo a la criatura—, tranquilo…

El diminuto ser se llevó ambas manos a la cabeza y exclamó:

—¡Dime, por favor, que tú eres el Guardián de la Luz Azul! ¡Siento que llevo eternidades buscándote! Me subí a la estrella del norte… o tal vez era la del sur… o quizá no era una estrella, porque las estrellas normalmente saben a dónde van… ¡y esta claramente no tenía ni idea! Creo que era de otra galaxia. O una piedra con fiebre… ¡no sé!

—Sí, sí, soy yo… pero ¡cálmate! —respondió Ignacio, intentando contener al pequeño hombrecillo que parecía más confundido que él mismo—. Para empezar, dime quién eres.

—¡Soy Suðri! Bueno… o Suori… ¡ya ni sé! Vengo desde el sur… ¿o era el norte? Bueno, soy el Guardián del Sur. Mis tres hermanos y yo cuidamos los puntos cardinales. Somos los que le decimos al sol en qué dirección debe salir… ¡y también en cuál esconderse!

Hizo una pausa, con los ojos llenos de angustia.

—Pero… se los han llevado. ¡Se los han llevado!
Y yo… yo… ¡he perdido mi norte!

Ahora lo entiendo todo, pensó Ignacio en voz baja…
¿Quién se los llevó? ¿Cómo llegaste hasta mí? ¿Qué puedo hacer? ¡El mundo está hecho un caos…!

El pequeño enano se rascó la barba con fuerza.

—Pues, ¿cómo empiezo…? Estaba con mis hermanos, jugando con el viento y cantando:
—“Norte, sur, este, oeste, ¡tendremos una fiesta! Norte, sur, este, oeste, el cuerpo debes mover… Norte, sur, este, oeste, hazlo así como yo… ¡Uoooooo! Ya tú sabes.”

—Y entonces —continuó— un ventarrón me sopló en la cara y cuando abrí los ojos… ¡ya no estaban! ¿Me escuchas? ¡Ya no estaaaaaban!
Así que corrí por el puente Bifröst para buscar a Odín y pedir ayuda, pero los colores del arcoíris estaban todos cambiados… ¡casi ni logro llegar!

Cuando al fin puse un pie en Asgard… era un caos. Odín estaba casi ciego, y Frigg no paraba de llorar.
Fue Loki quien me lo dijo. Y aunque no siempre se le puede confiar nada a ese dios tan travieso… sus palabras tenían sentido.

—"¿Sabes qué me dijo?" —preguntó el enano, abriendo los ojos como platos—. ‘Si alguien puede ayudar cuando el orden se borra y los caminos se tuercen… es ese Guardián de Luz Azul. Lo conocí por mi amigo Dionisio —un dios griego con el que hago fiestas eternas—. Él me contó que el muchachito los salvó del Olvido en el Olimpo. ¡Un verdadero campeón, aunque un poco serio!’

—Así que… —dijo el enano con tono decidido— tomé la primera estrella que vi pasar. ¿La del norte? ¿O era del sur? ¿O un cometa? ¿O un asteroide? ¿O un taxi galáctico con luces de feria? No sé, pero me subí.

—¡Por favor, concéntrate! —dijo Ignacio, tapándose la cara con la mano.

El enano se irguió, respiró profundo y preguntó con tono solemne:

—Entonces… ¿vienes o no?

Antes de que Ignacio pudiera responder, el pequeño sujeto su dedo pulgar con fuerza, y en ese instante, una luz azul y dorada envolvió toda la habitación…

Una nueva aventura había comenzado.
Esta vez en el norte.
¿O era el sur?


El puente helado


Cuando la luz azul y dorada se desvaneció, Ignacio ya no estaba en su habitación.

Sus pies tocaron con suavidad una superficie firme, blanca y crujiente. Abrió los ojos. Estaba de pie sobre un puente congelado, suspendido entre dos abismos de nubes, y a su alrededor, el viento silbaba con una melodía que no pertenecía a ningún lugar conocido.

El aire era denso, antiguo, lleno de una magia que parecía más vieja que la memoria.

El frío no era solo físico. Era un frío que se colaba en los pensamientos, en los recuerdos, en la brújula misma de su alma.

Frente a él, a lo lejos, se alzaban las murallas de una ciudad dorada. Las torres se extendían hacia un cielo herido, y los techos puntiagudos de Asgard brillaban con un resplandor apagado, como si el mismísimo sol dudara en alumbrarla.

Ignacio bajó la vista y notó que Suðri aún sujetaba su dedo. El contacto seguía firme, como si la transición entre mundos no hubiera roto ese lazo.
Por un instante, sintió que no estaba solo.
—¿Suðri? —susurró, sin esperar respuesta.

Entonces, justo cuando lo dijo, un leve resplandor se encendió en el dedo que aún lo unía al enano. La luz creció en intensidad hasta formar, frente a él, una figura diminuta: un eco de Suðri, hecho de luz azul entrelazada con grietas doradas.
No era un cuerpo, sino una proyección… un último mensaje.

—Ignacio —dijo la voz del enano, casi con tristeza—. No queda mucho tiempo… Pero antes de irme, hay algo que debes tener.

La figura extendió su mano etérea y de ella surgió una pequeña brújula, redonda y antigua, con grabados rúnicos en los bordes y una aguja que giraba perezosamente en espirales de luz azul.

—Esta brújula me llevó a ti. Fue la única forma de encontrarte entre la niebla, el caos… y el Olvido. Es más antigua que los mapas. Más vieja que los nombres del viento.
Guárdala bien. Donde tus ojos fallen, ella te recordará el camino.

Ignacio la recibió con asombro. Apenas la sostuvo, la aguja se alineó con un leve pulso de energía.

La figura de Suori titubeó, casi con vergüenza.
—Guardián… no puedo quedarme aquí. Es más, no sé ni qué hago aquí…
—Bueno sí sé, pero no mucho. ¡Ay! —se jaló la barba con desesperación.
—Ahora tengo que hacer el trabajo de todos, ¿entiendes? ¡De todos! Y yo ni siquiera sé cómo hacer el mío.
Hizo una pausa. Sus ojos se abrieron de par en par.
—Y ahora que el equilibrio está perdido… creo que el más perdido soy yo.
—Pero calma… calma, Suori… tú puedes —se dijo a sí mismo, dándose golpecitos en el pecho como si eso ayudara.
—¡Claro que puedes! Tú eres Suðri, el… el… bueno, el que hace cosas.
Levantó un dedo en el aire, como si estuviera a punto de declarar una gran verdad.
—Esto no es un adiós, Guardián. Es un “nos vemos luego”. ¿O me verás tú? ¿O nos veremos allá?
Se encogió de hombros.
—No importa. Confío en ti.

Y con una pequeña reverencia mal hecha, la figura de Suori se desvaneció en un rayo de luz azul temblorosa, dejando a Ignacio con una brújula en la mano… y una sonrisa extraña en el corazón.

Ignacio se quedó solo en el puente helado, con el dedo en una mano y la brújula en la otra.

No sabía exactamente qué vendría después. Pero ahora, al menos, tenía una guía.

Avanzó. Cada paso sobre el puente helado crujía como una palabra antigua rompiéndose.
No sabía quién lo esperaba del otro lado, pero sí sabía una cosa: el mundo había perdido el norte, y ahora… él tenía que encontrarlo.

Descendió del puente helado con el corazón latiendo fuerte, no de miedo… sino de certeza. Algo estaba mal. Muy mal.

A cada paso que daba, el paisaje parecía cambiar sutilmente. Las montañas se curvaban hacia el cielo, como si el horizonte hubiese olvidado su forma. El viento soplaba en círculos, y la nieve no caía… subía. Las constelaciones no permanecían fijas: danzaban como si buscaran un lugar que ya no existía.

En lo alto del cielo, dos figuras colosales trazaban espirales infinitas. Lobos. Uno negro como una noche sin estrellas. El otro, plateado como la luna llena.

Sköll y Hati.

Eran los antiguos perseguidores del sol y la luna. Su carrera eterna mantenía el equilibrio del cielo. El día nacía cuando uno mordía el borde del amanecer. La noche caía cuando el otro tocaba la sombra del ocaso.

Pero ya no corrían con dirección. Ni con propósito.

Ahora giraban en círculos perfectos, como atrapados en una danza sin sentido.
El sol y la luna no huían. Los lobos no cazaban.
Solo giraban.

Ignacio alzó la vista y sintió un nudo en la garganta. Nunca había visto tristeza en una criatura tan enorme. Pero ahí estaba: el lobo negro, Sköll, aullaba sin sonido, como si rogara por instrucciones que el cielo había olvidado.
Y Hati, el plateado, giraba con la mirada perdida, su aliento helado trazando figuras desordenadas entre las nubes, como si buscara un camino que se había borrado de los mapas del universo.

El Guardián cerró los ojos. No era solo que el cielo estuviera roto.

Era que sus guardianes también estaban olvidando por qué lo sostenían.

El cielo entero era un reloj roto.

Ignacio sintió un pinchazo en el pecho. La brújula azul colgada de su cuello comenzó a temblar. No giraba. No apuntaba. Solo latía.

Cerró los ojos un segundo. Imaginó a su familia. A Mariana, que seguramente estaría preocupada. A su madre, a su padre… al tío Chris, que quizá en ese mismo momento también sentía el desequilibrio desde el otro lado del mundo.

El mundo está enfermo, pensó Ignacio.
Y ni los dioses saben cómo curarlo.

Las puertas de Asgard se abrieron solas.

Entró en silencio, cruzando un salón largo como una historia sin final. Los pilares eran de piedra blanca, tallados con runas que ya no brillaban. Las antorchas no ardían con fuego: solo chispeaban, como si hasta la llama estuviera confundida.

Al fondo, sobre un trono tallado en la misma raíz del tiempo, un anciano encorvado reposaba con los ojos cerrados.

O mejor dicho: con el ojo cerrado.

El otro, el izquierdo, era un abismo cubierto por un vendaje antiguo, cargado de visiones que ya no encontraba sentido.
Odín.

A su lado, erguida con la elegancia de una diosa y la tristeza contenida de una madre, una mujer de vestido azul profundo sostenía la escena como si su sola presencia impidiera que el mundo se desmoronara.
Frigg.

Por un momento, nadie habló.

Solo el eco del viento helado entrando por los muros le recordaba que el tiempo aún existía.

Frigg fue la primera en moverse. Bajó lentamente los escalones del trono, mirándolo con cautela… y con duda.

—Eres… ¿el Guardián de la Luz Azul? —preguntó con una voz como agua derramada sobre hielo.

Ignacio asintió en silencio.

Frigg miró a Odín, luego de nuevo al niño frente a ella.
—Eres muy joven…

Odín abrió su único ojo. Su mirada era profunda, pero cansada, como si arrastrara siglos sin dormir.

—¿Y dijiste que fue… Suðri quien te encontró? —murmuró, con una ceja arqueada de forma casi divertida—. Ese enano apenas sabe atarse los cordones del zapato izquierdo.

Frigg suspiró.
—Loki mencionó que uno de sus antiguos aliados en el Olimpo habló de ti. Dijo que habías salvado a su mundo cuando la niebla intentó devorarlo todo.
—Dionisio —añadió Odín—. Entre fiesta y fiesta, dice cosas que parecen tonterías… pero no siempre lo son.

El Guardián dio un paso al frente.


—Yo no sé si soy lo que esperan. Pero si el mundo está perdido, quiero ayudar a encontrarlo.

Odín lo miró largo rato. Entonces, lentamente, levantó una mano temblorosa, no como un dios que da órdenes, sino como un sabio que aún guarda una chispa de fe.

—Entonces escúchanos, Guardián… porque el mundo ha dejado de girar… y los que aún lo recuerdan… están olvidando por qué.

El silencio se extendió como un velo tras las palabras de Odín.

Entonces, sin que nadie lo anunciara, una figura apareció al fondo del salón. No caminó: avanzó como si siempre hubiera estado allí, entre las sombras. Su armadura era negra y plateada, gastada por el tiempo y la memoria. No llevaba capa. No necesitaba una.

Sus pasos no hacían eco. Como si el suelo reconociera su andar.

Ignacio lo miró con asombro. No era tan imponente como los dioses que había imaginado. Pero su presencia tenía algo distinto. Algo que se había enfrentado a la muerte… y había regresado.

—Hermóðr —dijo Odín, apenas levantando la voz.

El recién llegado inclinó la cabeza. Sus ojos, grises como la ceniza, se posaron sobre Ignacio con una mezcla de reconocimiento y examen.

—El Guardián… —murmuró—. No eres como te soñé.

Ignacio parpadeó.

—¿Tú me soñaste?

Hermóðr asintió, sin sonrisa.
—Soñé que alguien vendría. Alguien que recordaría lo que el mundo está olvidando.
No sabía que sería un niño. Pero los sueños verdaderos no siempre revelan las formas… sólo la dirección.

Frigg se acercó a el guardián y puso una mano sobre su hombro.
—Él será tu guía. Si quieres entender qué ha pasado… debes ir a donde la memoria muere: Helheim.

Ignacio sintió un escalofrío.
—¿La tierra de los muertos?

—No sólo muertos —dijo Hermóðr—. Olvidados.

El aire pareció congelarse en el salón. Hasta las runas de las columnas temblaron un segundo.

Odín alzó su bastón y trazó una línea invisible en el aire.
—El Bifröst aún puede abrirse para ustedes. Pero cuidado… sus colores ya no están en orden.

Hermóðr extendió una mano hacia el guardián.

—¿Estás listo?

Ignacio tragó saliva. Miró su brújula, que ahora brillaba con un azul frío y decidido.
Asintió.
—Sí. Vámonos.

Y juntos, cruzaron hacia la niebla.

El cruce por el Bifröst no fue como Ignacio lo recordaba de los mitos.
Los colores estaban invertidos. El rojo era hielo, el azul ardía, y el verde… el verde no estaba.
Era como si el puente entre los mundos también hubiera olvidado quién era.

No supo cuánto tiempo viajaron. O si de verdad estaban viajando. Solo sabía que Hermóðr lo sujetaba del brazo, firme, como un ancla entre el presente y lo imposible.

Y entonces, ocurrió.

Una vibración le recorrió el cuerpo. La brújula azul palpitó con violencia.
El tiempo se torció.
Y la visión lo alcanzó.

Un destello blanco…
Un bosque ennegrecido…
Y una figura.

Un elfo. Hermoso y terrible a la vez. Su piel era tan pálida como la luna reflejada en hielo. Su cabello blanco flotaba como si estuviera bajo el agua.
Y sus ojos…

Uno dorado. El otro, atravesado por una fisura negra que palpitaba como una herida viva.

Ignacio quiso hablar, pero no tenía boca. Quiso correr, pero no tenía piernas. Solo flotaba en la visión, atrapado entre el miedo y la fascinación.

El elfo alzó la mirada y… lo vio.

—¿Austri? —susurró Ignacio, sin saber por qué ese nombre escapaba de sus labios.

El elfo ladeó la cabeza.

—No. Él es mío.

—¿Quién… quién eres?

La figura sonrió. Una sonrisa torcida, rota, como si se arrepintiera de existir.
Su voz era un eco doble, como si hablara desde muchos recuerdos al mismo tiempo.

—Fui luz. Ahora soy lo que arde desde adentro.

Y entonces, desapareció.

Ignacio cayó al suelo. Su respiración era agitada, y el aire en Helheim era tan espeso que parecía tener forma. Hermóðr lo ayudó a ponerse de pie, sin preguntar nada.

—¿Lo viste? —preguntó Ignacio.
Hermóðr negó con la cabeza.
—Aquí… cada quien ve lo que el Olvido le permite.

Ignacio apretó la brújula en su mano.

—Ese elfo… tiene algo que no le pertenece.

Hermóðr no respondió. Solo lo miró con gravedad.

Y Helheim los recibió con un susurro que no venía de ningún lado… pero lo escuchaban desde todos.

Los pasos de Ignacio y Hermóðr se hundían en la escarcha mientras avanzaban entre columnas quebradas, árboles sin hojas y estatuas de seres que ya nadie recordaba.

No había viento en Helheim. Solo un aire espeso, casi líquido, que se movía como si respirara.

Ignacio no decía nada, pero sentía que algo —o alguien— los seguía.

De pronto, se detuvo. Una grieta se abría en el suelo frente a él, delgada, como una cicatriz que acababa de sangrar.

Desde lo más profundo de esa grieta, una voz surgió. No era humana. No era viva.
Era… una pregunta:

—¿Y si recordar es solo otra forma de perderse?

Ignacio dio un paso atrás. La brújula en su pecho tembló con violencia. Hermóðr alzó su bastón, tenso, pero no atacó.

Las paredes de la grieta comenzaron a brillar. No con luz, sino con fragmentos de visiones. Rostros. Voces. Lugares que Ignacio no conocía… pero que de algún modo sentía suyos. Un jardín con estatuas rotas. Una biblioteca inundada. Una niña que lo llamaba por otro nombre.

—¿Qué es esto? —susurró Ignacio.

—Es el borde —respondió Hermóðr, con los ojos clavados en las imágenes—. El lugar donde la memoria se mezcla con lo que nunca ocurrió.

—¿Es real?

—No lo sé —dijo Hermóðr—. Pero ten cuidado. Hay verdades que el Olvido usa como trampas.

Una última imagen apareció ante ellos:
Una figura encapuchada, alta, de ojos completamente blancos, avanzaba por el hielo dejando a su paso huellas que se borraban al instante.
No tenía rostro. No tenía sombra. Pero en su pecho… llevaba una runa ardiente.

Ignacio la reconoció.
La había visto antes… en el Libro del Dragón.

Y entonces, la voz volvió a susurrar, desde todas partes al mismo tiempo:

—Uno de los cuatro aún recuerda. Pero no sabe quién es.

Ignacio dio un paso al frente, con la brújula vibrando como un corazón desbocado.

—¿Quién eres? —preguntó al vacío.

Y lo único que respondió…
fue el eco de su propia voz repitiendo:

—¿Quién eres?

Y Helheim los recibió con un susurro que no venía de ningún lado…
pero lo escuchaban desde todos.


Acertijos en la Penumbra


—La primera vez que pisé Helheim… no caminaba —dijo Hermóðr, rompiendo el silencio mientras avanzaban—. Cabalgaba sobre Sleipnir, el corcel de mi padre. Ocho patas, un alma, y más miedo del que cualquiera admitiría.

Ignacio lo escuchaba en silencio. A su alrededor, la bruma era tan densa que parecía tener peso. Cada paso en ese lugar era como hundirse en una idea vieja, olvidada por todos.

—Tardé nueve días en llegar —continuó Hermóðr, sin mirar atrás—. Nueve días de no saber si el tiempo avanzaba o si sólo era yo el que me deshacía. Vine a rogar por mi hermano, Baldr. Él había muerto... demasiado pronto. Ella, Nanna, su esposa, murió de pena poco después.

El viento no era viento. Era un murmullo antiguo, cargado de historias que nunca encontraron un final.

—Hela aceptó escucharme. Puso una condición para devolverlos: que todos los seres del universo lloraran por Baldr. Todos. Y así lo hicimos. Yo regresé a Asgard con su respuesta y lágrimas de medio mundo... pero bastó que uno solo no llorara.

Ignacio frunció el ceño.

—¿Quién no lloró?

Hermóðr entrecerró los ojos, como si esa herida aún respirara dentro de él.

—Dicen que fue una anciana. Otros dicen que era Loki disfrazado. Yo solo sé que no fue suficiente… y Baldr nunca regresó.

Se detuvieron ante una bifurcación entre dos columnas congeladas. El hielo no reflejaba sus figuras, sino sombras que no les pertenecían.

—No debería estar aquí otra vez —murmuró Hermóðr, en un tono que no iba dirigido a Ignacio, sino al lugar mismo—. Este reino no perdona a los que regresan.

Entonces, como surgidas del mismo vapor de los recuerdos, dos figuras se materializaron frente a ellos. Un hombre de cabello dorado y expresión serena. Una mujer de ojos dulces, pero tristes.

—Baldr… —susurró Hermóðr.

—Hermano —respondió la figura, acercándose sin tocar el suelo—. Has vuelto… pero no puedes quedarte.

La figura de Nanna tomó la mano de Baldr.

—Si cruzas esta vez, no podrás regresar. Hela ya no te recordará. No mientras el susurro la envuelva.

Hermóðr bajó la mirada. Por primera vez, Ignacio lo vio temblar.

Se arrodilló frente a Ignacio, llevando su mirada a la altura del Guardián.
Y en voz baja, casi como un susurro que tocaba el alma, dijo:

—Aquí termina mi camino contigo… pero no mi fe en ti.
A veces, el mayor acto de guía es saber cuándo hacerse a un lado.
Confía en tu luz, incluso cuando todo parezca sombra.

Ignacio asintió. Su brújula temblaba con suavidad, como si lo animara a seguir.

Hermóðr esbozó una media sonrisa. Era triste… pero llena de fe.

—No discutas con la oscuridad. Escúchala. A veces, en sus preguntas, se esconden las respuestas.

Y tras un último asentimiento, Hermóðr se quedó atrás. Ignacio cruzó solo entre las columnas, mientras el susurro de Helheim se volvía más intenso… más personal…
…como si ya supiera quién era.

Avanzó solo.

Cada paso que daba parecía resonar más adentro que afuera. El suelo bajo sus pies ya no era roca ni escarcha sólida. Era hielo. Fino, transparente, casi frágil… como si caminara sobre recuerdos cristalizados a punto de romperse.

Con cada pensamiento que cruzaba su mente —miedo, duda, rabia—, el hielo crujía.
No se rompía… pero protestaba.

A lo lejos, entre la bruma gris y la penumbra azul, una silueta comenzó a dibujarse. Un portal oscuro, gigantesco, esculpido en piedra negra y hueso antiguo. Y más allá, un trono alto, imponente, cubierto por raíces retorcidas que lo rodeaban como si lo estuvieran devorando desde adentro.

Y en ese trono, inmóvil, estaba ella.

Hela.

La mitad de su rostro era vida. La otra… era sombra. Sus ojos estaban cerrados, como si no soñara, sino que soñaran con ella.

Y detrás del trono…
Una figura colosal.

Una serpiente monstruosa, de escamas oscuras como la noche sin luna, se enroscaba sobre sí misma. Jörmungandr.
El devorador de mundos.
Su cuerpo serpenteaba alrededor del trono, y entre sus fauces, huesos. Miles. De hombres. De gigantes. De dioses. Cráneos partidos. Costillas flotando. Todo masticado con una calma espeluznante.

Ignacio contuvo el aliento.

Y entonces, una voz.

—Oh, no temas por esa pequeña mascota mía —dijo una figura que emergía del aire mismo, elegante como una sombra consciente—. Tiene mejor gusto del que aparenta.

El elfo Skarnir.

Su piel era como la piedra pulida por siglos de oscuridad. Sus ojos, vacíos de compasión, destilaban burla. Caminaba con las manos entrelazadas a la espalda, como si llevara siglos esperando a que alguien apareciera solo para entretenerse un rato.

—Así que… el famoso Guardián de la Luz Azul.
Ignacio de Bogotá —dijo arrastrando las palabras, como si saboreara cada sílaba—.
Te esperaba más alto. O con una espada. O por lo menos… con un ejército.

El  no respondió. Solo respiró hondo y apretó la brújula colgada de su cuello.

—¿Nada? ¿Ni una frase heroica? Qué decepción. Bueno… no importa. Tal vez todo esto te esté resultando un poco... intimidante —añadió, señalando a la serpiente que seguía devorando sin prisa.


Skarnir levantó una mano… y chasqueó los dedos.

El mundo se quebró.

En un segundo, la oscuridad se desvaneció.
El trono ahora estaba rodeado de pilares de hielo cristalino, hermosos y resplandecientes. Flores azules brotaban del suelo helado, y una luz blanca, serena, iluminaba todo como si el amanecer acabara de llegar. Incluso Jörmungandr había desaparecido, como si nunca hubiese estado ahí.

Pero Ignacio no se dejó engañar.

Sentía que el aire no había cambiado.
Sentía el crujir del hielo bajo sus pies.
Sentía el vacío de los huesos que ya no veía.

—Trucos —dijo, alzando la voz por primera vez—. Esto no es real.

Skarnir sonrió, sin sorpresa.

—¿Y qué lo es, Guardián? ¿Una serpiente gigante devorando huesos? ¿Un trono atrapado por raíces que nadie nota? ¿Una reina que no gobierna?
Créeme… la ilusión es un refugio más cómodo que la verdad.

Y se acercó lentamente al trono, rodeando a Hela, que seguía inmóvil, con la mirada perdida en alguna niebla interior.

Se inclinó hacia su oído y susurró algo que Ignacio no alcanzó a oír.

Luego miró de nuevo al niño.

—Ella no te ve, ¿sabes?
Porque tú… no estás aquí.
Eres solo un recuerdo confuso en su mente.
Un reflejo sin peso.
Un espejismo de lo que pudo haber sido…
Y eso, Guardián… es lo que tú representas:
la ilusión de la esperanza.

—¡Sí estoy aquí! —gritó Ignacio, con una voz que retumbó como un rayo bajo el hielo—.
¡No soy una ilusión! ¡Y no vine a soñar!

El eco de sus palabras se estrelló contra los pilares de hielo, rebotando una y otra vez hasta que el lugar entero pareció detenerse por un instante.
Hela no reaccionó.
Ni un pestañeo.
Ni un suspiro.
Era como si la reina del inframundo estuviera atrapada dentro de su propio reflejo.

Skarnir se giró lentamente, con una sonrisa torpe y perezosa, como si el grito de Ignacio hubiera sido un chiste demasiado predecible.

—Mmm… interesante.
Crees que porque gritas, existes.
Como si el volumen fuera prueba de verdad.

Ignacio apretó los puños, pero Skarnir ya se alejaba, dando pasos ligeros sobre el hielo como si no pesara nada.

—¿Sabes qué es curioso, Guardián?
Hay quienes caminan sobre este hielo sin romperlo…
…y hay quienes caminan dentro de sí mismos hasta perderse.

Se detuvo frente a un espejo congelado que emergía del suelo, como un diente de cristal. Lo miró por unos segundos y luego le dio un golpecito con los nudillos.

—Dime tú, Ignacio de Bogotá…
¿Qué es más real: lo que ves… o lo que crees haber visto?

El Guardián dio un paso al frente, firme.

—No vine a responder acertijos disfrazados de frases bonitas.
Vine a buscar a Vestri.

—¡Ahhh, el enanito! —exclamó Skarnir con una falsa sorpresa—.
Tierno, testarudo, muy gritón. Lástima que nadie lo recuerda…
Bueno, casi nadie.

Ignacio lo miró con furia contenida.

—¿Dónde está?

Skarnir no respondió. Solo empezó a caminar en círculos alrededor del trono, sin dejar de observar a Ignacio.

—Tú vienes aquí con tu brújula y tu fe…
¿Y si te dijera que la fe también se pierde?
—¿Que incluso las brújulas giran en círculos cuando el mundo olvida el Oeste? ¿Cuando ya no queda nadie para recordar hacia dónde se oculta el sol?

Se detuvo frente a él, con los ojos muy abiertos, brillando con locura controlada.

—¿Qué dirección toma un recuerdo cuando nadie lo espera?
¿Qué camino sigue un nombre cuando ya no hay quien lo pronuncie?

Ignacio apretó los dientes.

—Basta.

—Basta, dice —repitió el elfo, haciendo una reverencia exagerada—.
Muy bien. Basta de juegos.
Vamos a hacer esto a tu manera.

Skarnir extendió los brazos y chasqueó los dedos. El hielo bajo los pies de Ignacio se volvió aún más delgado, casi invisible. Se abrieron grietas microscópicas como si el suelo ya respirara con ansiedad.

—Tres pasos. Tres acertijos.
Responde mal, y el hielo se rompe.
Responde bien… y quizá, quizá, te lleves algo más que un eco.

Ignacio frunció el ceño, desconfiado.

—¿De qué hablas, elfo burlón?

Skarnir entrecerró los ojos con fingida indignación.

—¡Burlón, dice!
No, no, no. Yo soy un anfitrión generoso. Un poeta del juicio. Un… embajador del ingenio.

Dio una vuelta sobre sí mismo, haciendo que su capa invisible ondeara como si existiera.

—Verás, esto es muy sencillo, Guardián.
Estás de pie sobre una capa muy fina de hielo. Tan fina… que no se rompe por milagro, sino por lógica.

Ignacio miró hacia abajo. Las grietas temblaban como si respiraran, esperando un error.

—Tres pasos —repitió Skarnir, levantando tres dedos largos y huesudos—.
Tres acertijos.
Cada respuesta correcta… es un paso más hacia lo que buscas.
Cada error… es un paso hacia abajo.

Hizo un gesto con los dedos como si alguien se hundiera lentamente en el abismo.

—Y por cada acierto… —añadió mientras miraba de reojo a Hela— una raíz cede.
Una atadura se quiebra.
Y quién sabe… tal vez esa reina congelada por fin despierte de su dulce confusión.

Se inclinó teatralmente, como si estuviera en una función de títeres.

—¿Listo, Guardián? Aquí va el primero.

Skarnir caminó en círculos, las manos cruzadas detrás de la espalda y una sonrisa como afilada con burla.

—Muy bien, Guardián.
Aquí va el primero. Presta atención… o no, da igual. El hielo no tiene favoritos.

Se detuvo justo frente a Ignacio, tan cerca que podía ver su reflejo distorsionado en los ojos del elfo.

—¿Qué ser camina en cuatro patas al alba… en dos al mediodía… y en tres al atardecer?

El silencio cayó como un peso invisible.

El hielo bajo los pies de Ignacio crujió. No como antes. Esta vez fue un sonido profundo, amenazante, como si el mundo entero estuviera conteniendo la respiración.

Ignacio tragó saliva.

Las palabras del acertijo le daban vueltas en la cabeza. Cuatro patas. Dos. Luego tres.
No era un animal. O tal vez sí.
¿El tiempo? ¿Un dios antiguo?

Dudó.

Y al dudar… el hielo gimió bajo sus pies.

Skarnir levantó una ceja.

—Oh, oh… ¿ya es demasiado para ti? No todos los guardianes vienen con garantía de lógica.
Pero tranquilo, niño brillante, no todos nacimos para caminar sin caernos.

Ignacio entrecerró los ojos. Respiró hondo.

Y entonces lo vio.

Un bebé, gateando entre cojines.
Un joven, corriendo por los pasillos de su colegio.
Un anciano, avanzando lentamente por una calle vacía, apoyado en un bastón.

—Es… —murmuró Ignacio, con una media sonrisa—
El ser humano.

—¿Qué? —Skarnir frunció el ceño, incrédulo.

—De niños, gateamos.
De adultos, caminamos en dos piernas.
Y de viejos… nos apoyamos en una tercera: el bastón.

El hielo se congeló. Por un segundo eterno, no pasó nada.

Y entonces…

¡CRACK!

Pero no hacia abajo.

Las grietas retrocedieron, se cerraron como cicatrices sanando.

Y más allá, en el trono cubierto de raíces, una de las más gruesas se contrajo violentamente.
Hela movió levemente la cabeza.
No abrió los ojos. Pero su mano, hasta ahora rígida, tembló.

Skarnir dio un paso atrás.

—Mira tú… —murmuró con una sonrisa torcida—.
A veces, hasta los niños aciertan sin saber cómo.

Pero en sus ojos había algo distinto. Una chispa de duda.

Ignacio alzó la barbilla, apenas.

—Uno. Faltan dos.

Skarnir aplaudió una sola vez, burlón.

—Qué emocionante. Vamos con el siguiente, entonces… antes de que tu suerte se rompa.

Skarnir caminó de espaldas, con los brazos abiertos como si presentara una obra de teatro solo para sí mismo.

—Qué sorpresa, Guardián.
Una respuesta correcta. Una raíz menos.
Una chispa de esperanza…

Se acercó lentamente al trono. Hela seguía inmóvil, con los ojos cerrados y el rostro inalterable. Pero su mano seguía temblando, muy levemente, como si algo en su interior luchara por despertar.

Skarnir se inclinó junto a ella.
Con un gesto cruel y casi íntimo, tomó un mechón de su largo cabello blanco y lo enredó entre sus dedos como si jugara con el hilo de una marioneta.

—¿Sabes lo que más me divierte, niño valiente?
Esa idea absurda de que el silencio es vacío.
No lo es. El silencio lo llena todo. Es cómodo. Seguro. Silencioso.

Volvió a mirar a Ignacio, sonriendo como si compartieran un chiste secreto.

—Vamos a ver si puedes romper eso también.

Se irguió de nuevo, levantando un dedo en el aire como si estuviera dictando una lección:

—Soy lo que se rompe con solo nombrarlo.

Ignacio respiró profundo.
Esta vez no dudó.

El frío a su alrededor era distinto. Ya no solo era un hielo físico… era un hielo mental, un silencio tan profundo que parecía que Helheim entero contuviera el aliento, esperando.

Y justo en ese instante, lo entendió.

—El silencio —dijo.

Skarnir parpadeó.

—¿Ya? ¿Tan rápido?

Ignacio no respondió. Solo lo sostuvo con la mirada.

El hielo bajo sus pies no solo dejó de crujir… comenzó a solidificarse.
Se volvió más firme, más claro, como si cada palabra dicha con verdad fortaleciera el mundo mismo.

Y otra raíz.

CRAAACK.

Una más se retrajo con violencia, liberando parte del brazo de Hela. Sus dedos se abrieron apenas, como si intentaran sentir el mundo otra vez.

Skarnir bajó la mano. Soltó el mechón de cabello y chasqueó la lengua.

—Ah… qué fastidio.
Y yo que pensaba que podríamos tener una caída dramática en este segundo acto.

Ignacio no sonrió. Ya no era un juego.

—Dos pasos.
Uno más.

El elfo dio un giro, ahora sin entusiasmo fingido. Su sonrisa era más delgada. Más tensa.

—El tercero…
Ese es mi favorito.

Skarnir se detuvo. Esta vez no giró, ni fingió entusiasmo, ni teatralidad.

Caminó lentamente hasta quedar entre Ignacio y el trono.

Ya no jugaba con el hielo, ni con las raíces, ni con el cabello de Hela.
Solo lo miraba. Fijo. Como si por primera vez… lo estuviera tomando en serio.

—Este último… —dijo en voz más baja, casi íntima—


No lo entienden muchos.

Hizo una pausa. Como si dudara.
Y entonces murmuró:

—¿Qué es tan poderoso que puede guardar el recuerdo de un mundo…
…pero tan frágil que basta con no nombrarlo para que deje de existir?

Ignacio cerró los ojos.

La voz de su abuela Flor leyéndole cuentos.
El eco de la voz de su mamá llamándolo desde la cocina.
La sonrisa de Mariana.
Su tío Chris, su papá, su colegio, su taekwondo…

Y luego, los libros.
Los nombres.
Las palabras que alguna vez aprendió.
Las que casi había olvidado.

Abrió los ojos.

—La memoria —dijo, con una certeza que no necesitaba volumen.

Skarnir no se movió.
Pero el hielo sí.

No crujió. Estalló en luz.

Un pulso azul se disparó desde los pies de Ignacio, subió en espiral, y todas las grietas desaparecieron.

Y entonces, como si un trueno partiera el trono desde dentro…

¡CRAACK!

La raíz más gruesa, la que se enroscaba alrededor del pecho de Hela como una serpiente durmiente, se quebró en mil astillas negras.

Hela jadeó.

Sus ojos se abrieron, desiguales, bellísimos y trágicos.
Uno era sombra. El otro… era cielo.

—¿Dónde… estoy? —susurró, tocándose el pecho.
Su voz era como hielo derritiéndose en primavera.

Skarnir retrocedió un paso. Por primera vez, su sonrisa se desvaneció del todo.

—Oh… oh, no.
No, no, no.

El suelo tembló.

Y detrás del trono, una sombra se movió.

No era una ilusión.
No era parte del juego.

Jörmungandr había regresado.
Sus ojos se abrían como pozos eternos. Su lengua rozaba el hielo.

Y su mirada…

Estaba fija en Skarnir.

—¿Qué hiciste, niño? —escupió el elfo, retrocediendo con el rostro deformado por la ira y el miedo
¡¿QUÉ HICISTE?!

Pero ya era tarde.

La gran serpiente se alzó.
Sus anillos envolvieron al elfo oscuro.
Skarnir gritó algo… un idioma olvidado…
Y luego, fue tragado en un susurro de huesos y luz rota.

Jörmungandr desapareció. Como si nunca hubiera estado allí.

Solo quedaron el hielo.
El silencio.
Y el corazón latiendo de una reina… despierta.

Todo volvió a ser sombras.
Pero no eran las sombras del Olvido.

Eran las sombras del Reino de Hela.

Profundas. Lentas. Antiguas.
No ocultaban… envolvían.

Ignacio respiró hondo.
Ya no había grietas en el hielo.
Ya no había acertijos.
Ya no había voces burlonas ni serpientes hambrientas.

Solo el susurro pausado del reino que nunca duerme… pero nunca grita.

Hela seguía sentada en su trono, aunque ya no parecía atrapada.
Las raíces se habían disuelto como humo bajo la lluvia.
Ahora era ella misma. Entera. Presente.

Levantó la mirada hacia Ignacio, con ojos que parecían hechos de noche estrellada.

—Eres valiente —dijo sin apuro, como si cada palabra necesitara encontrar su lugar—.
Valiente… y real.

Ignacio no supo qué responder.

Ella bajó la vista por un instante, como recordando algo que había olvidado demasiado tiempo.

—No soy una enemiga, Guardián.
Nunca lo fui.
Mi deber es el tránsito.
No el castigo.

Sus dedos rozaron el brazo del trono, con ternura.

—Aquí llegan los que terminan un ciclo.
Yo no decido si se quedan. Solo… los recibo.

Ignacio la miraba en silencio, con respeto.

—Y Skarnir… —continuó Hela, más bajito—
Skarnir vino como un amigo. Con voz suave. Con palabras llenas de lógica y compasión.
Me hablaba de orden…
De equilibrio…
De lo difícil que es recordar cuando todos te temen.

Hizo una pausa.
Sus ojos se oscurecieron por un instante.

—Me convenció de que lo mejor era callar. Que mientras más me aislara, más protegía mi propósito.
Me envolvió en ilusiones.
Me hizo creer que el silencio era paz… cuando en realidad era prisión.

Ignacio bajó la cabeza. Sintió el peso de lo que acababa de romper. No era solo magia… era una idea falsa que había sido derrotada.

Hela extendió una mano hacia él.

—Y tú… me recordaste que no todo lo que se olvida, se pierde.

Gracias.

Ignacio sonrió apenas. Tomó su mano.

—Gracias por escucharme… cuando el mundo quería que no lo hicieras.

El contacto fue breve, pero suficiente.
Como una promesa silenciosa entre dos que conocen el límite de las sombras… y aún así eligen la luz.

Hela se puso de pie por primera vez.

El hielo bajo sus pies no crujió… se inclinó, como si el Reino mismo reconociera a su reina recuperada.
Con un gesto suave, extendió su mano hacia el vacío.

—Vestri…

Y la niebla respondió.

Un remolino espeso emergió del suelo como un suspiro largo y profundo.
Dentro de él, una figura encogida, cubierta de escarcha, con barba revuelta y orejas puntiagudas, empezó a temblar.

—¿Eh… qué… quién grita? ¡No estoy dormido, lo juro! —dijo Vestri, parpadeando con los ojos llenos de niebla—

—Hola, Vestri —dijo Ignacio, sonriendo—. Te estábamos esperando.

—¡Y yo a ustedes! Bueno, más o menos. Estaba soñando con sopa… ¿Alguien trajo sopa?

Ignacio soltó una risa corta, pero cálida. Vestri dio un brinco torpe hacia él, aún tambaleando.

—¡Por todos los mapas perdidos! ¡Ese elfo hablaba raro y me tenía en una raíz como si fuera un nabo!

—Estás bien —dijo Ignacio, aliviado.

—Más o menos… —murmuró el enano, —¡Ay, mis rodillas! ¿Quién diseñó este reino helado, Loki en patines? 

—¿Esa es la brújula de Suðri...? —murmuró el enano, entrecerrando los ojos mientras la observaba colgando del cuello del Guardián—.
¡¿Suori?! ¡¿Dónde está ese enano parlanchín?! ¡Tenemos que ayudarlo! Yo mismo lo rescato, dónde sea que esté.
¡Ese tontarrón no puede hacer nada sin nosotros!
—Se rascó la barba con furia—.
Pero yo lo cuido… yo lo cuido.
¿Listo, Guardián? ¡Vamos a buscar a ese enano loco!

—No te preocupes por él —dijo Ignacio, con una media sonrisa—.
Suori está bien… bueno, creo.
La última vez que lo vi, dijo que haría el trabajo de ustedes mientras regresaban.

—¿Quéeeee? —chilló Vestri, con los ojos desorbitados—.
¡Ese enano no sabe ni dónde tiene la cabeza! ¡Ni cómo abrocharse las botas!
¡Y ahora quiere hacer nuestro trabajo! ¡Por las barbas de Ymir, estamos perdidos!

De pronto, se detuvo.

Miró la brújula sobre el pecho de Ignacio… que ahora brillaba con una intensidad nueva.
El azul palpitaba como si supiera el camino antes que todos.

Vestri tragó saliva.

Ignacio lo notó.

—¿Pasa algo?

La aguja giraba con precisión, y señalaba con firmeza hacia el Este.
Un azul intenso comenzó a brillar en la esfera.

Vestri palideció.

—Oh-oh…

Ignacio alzó una ceja.

—¿“Oh-oh”? ¿Por qué “oh-oh”?

—Porque eso apunta a Niflheim…
Y lo que está ocurriendo allí… está fuera de control.

La atmósfera volvió a tensarse.
Hela bajó la mirada, y su voz sonó como un río bajo el hielo:

—No puedes ir solo, Guardián.

Ignacio asintió, como si ya lo supiera.
La reina levantó su mano, esta vez hacia el cielo gris.

—Yo no tengo poder sobre los vivos…
Pero hay uno que camina entre ambos mundos.
Uno que ya murió… pero aún no ha dejado de soñar.

Y del aire… surgió luz.
Una silueta blanca, hecha de recuerdos y auroras.
Un joven de cabello dorado, ojos serenos… y una paz que parecía envolverlo todo.

—Baldr —susurró Ignacio, impresionado.

El espíritu asintió con una sonrisa tranquila.

—He escuchado tu camino desde el otro lado.
Y si el mundo se tambalea… quiero caminar a tu lado para ayudar a sostenerlo.

Vestri tragó saliva.

—¿Tú… tú no te deshaces si te toco?

—Solo si lo haces con la intención equivocada —respondió Baldr, guiñándole un ojo.

Ignacio miró a los dos, y luego a la brújula.

La aguja latía como un corazón.
El frío era más intenso.
Pero dentro de él, algo ardía con fuerza.

—Entonces… vayamos a Niflheim.

Ignacio miró a Vestri, esperando que lo siguiera.

Pero el enano ya se acomodaba el cinturón y se sacudía la escarcha de los hombros.

—No, no… este camino no es para mí, Guardián.
Tengo que ir a buscar a ese atolondrado de Suori antes de que enrede el norte con el sur… o peor, ¡con la cocina!

Ignacio abrió la boca para hablar, pero Vestri levantó una mano.

—No te preocupes, estaré bien. Pero tú…
—levantó la vista al cielo, donde Sköll aún giraba sin rumbo—
…tú asegúrate de encontrar el rumbo que falta. Porque ese lobo no sabe hacia dónde correr… y el sol está esperando que alguien lo guíe a dormir.

Dio un paso atrás y señaló a Baldr con un gesto burlón.

—Y ten cuidado con ese fantasma guapetón. La fama de arriesgado que tiene… no terminó muy bien que digamos.

Ignacio soltó una risa, y Vestri le guiñó un ojo.

—Nos vemos luego, Guardián.

Y antes de que pudiera responderle, el enano dio media vuelta, y como una estrella fugaz se perdió entre la bruma, el hielo… y el cielo.


Ignacio bajó la mirada hacia la brújula.
Baldr ya estaba a su lado, en silencio, esperándolo.

La aguja marcaba solo una dirección.

Niflheim.

Y juntos —el Guardián y el Hijo de la Luz— emprendieron el viaje hacia el corazón del hielo.


El Oráculo del Olvido 


Baldr ya estaba a su lado, en silencio, esperándolo.

La aguja marcaba solo una dirección.

Niflheim.

Y juntos —el Guardián y el Hijo de la Luz— emprendieron el viaje hacia el corazón del hielo.

Mientras se alejaban, el reino de Hela se desvanecía entre las sombras y el viento, que se volvía cada vez más helado.

 Fue entonces cuando Baldr rompió el silencio.

—No todos los viajes comienzan con pasos —dijo con voz suave, casi nostálgica—. Algunos inician con una caída… y otros, con una pérdida.

Ignacio lo miró de reojo, atento.

—Mi caída comenzó con una flor. Una de esas pequeñas cosas que uno no nota hasta que es demasiado tarde. Loki hizo una flecha de muérdago, la única planta que mi madre no pensó en proteger… y Höðr, mi hermano ciego, la disparó sin saber lo que hacía. No lo culpé. Nunca lo hice.

Ignacio frunció el ceño, sorprendido por la calma con la que hablaba.

—¿Y… moriste?

—Morí. Caí en Helheim, y ahí habría quedado… si no fuera por Nanna.

Baldr esbozó una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

—Ella no soportó vivir en un mundo donde yo ya no estaba. Su corazón… simplemente se apagó. Y descendió conmigo. Me tomó de la mano en la oscuridad y me dijo que la muerte no nos separaría, sino que nos transformaría.

Ignacio se quedó en silencio, con un nudo en la garganta.

—Aprendí entonces —continuó Baldr— que la muerte es solo una puerta. A veces la cruzas solo… y otras, alguien la abre contigo. Pero lo importante no es lo que hay del otro lado, sino lo que haces con lo que llevas dentro.

—¿Y no te duele? —preguntó Ignacio— Saber que estás… que no estás.

Baldr lo miró con una paz inmensa.

—Lo que más duele es saber que hay tanto por vivir… y tan poco tiempo para hacerlo. Pero si algo he comprendido, Ignacio, es que el tiempo no es el enemigo. El verdadero enemigo es el olvido.
La muerte no me preocupa. Lo que me preocupa es que las personas dejen de recordar por qué vivían.

El viento se volvió aún más frío. El destino… más lejano con cada paso.
El silencio entre ambos se volvió denso, como si incluso las palabras comenzaran a congelarse.

Baldr miró al horizonte, donde la bruma parecía devorar los caminos.

—Este sendero es demasiado largo para recorrerlo a pie —murmuró finalmente—. Demasiado... antiguo.

Ignacio frunció el ceño.

—¿Demasiado antiguo?

Baldr asintió con lentitud, como si recordara algo que no le pertenecía del todo.

—Este camino no fue hecho para los vivos… ni siquiera para los muertos. Es un hilo entre los mundos, tejido antes de que el primer nombre fuera pronunciado. Solo hay un ser que aún lo recuerda.

Entonces llevó los dedos a la boca y silbó. Un sonido agudo, limpio, que pareció atravesar las capas del hielo y de la realidad.

—Sleipnir —susurró, como si nombrarlo fuera una ofrenda.

El aire se estremeció. Las nubes se partieron. Y de entre el viento y el tiempo… surgió el corcel de ocho patas.

Ignacio abrió los ojos con asombro. De entre la bruma y el hielo emergió el corcel, elegante y majestuoso. Baldr le explicó que, aunque su hermano no logró traerlo de vuelta del mundo de los vivos, este fiel corcel sí recordó el camino. Desde entonces, lo lleva de vez en cuando a recorrer las sombras entre los mundos de Yggdrasil.

Ambos subieron al lomo de Sleipnir, y cabalgaron a gran velocidad por el vacío helado. Ignacio sentía el viento en su rostro y, en silencio, recordó a Gryphos… recordó cómo era surcar los cielos del Olimpo sobre su lomo.
No dijo nada, pero Baldr lo sintió.

—Esa hermosa criatura en la que piensas —dijo con voz suave—, estoy seguro de que pronto se reencontrarán.

—Eso espero —respondió Ignacio.

El camino parecía infinito… hasta que Sleipnir se detuvo. Había llegado a un punto donde pilares de hielo cristalino se alzaban como espejos retorcidos. Irradiaban una luz gris, turbia… que no iluminaba, pero que lo detenía todo.

La brújula que colgaba del cuello de Ignacio palpitaba con fuerza, como si advirtiera algo. Las paredes distorsionaban la luz de forma tan extraña que incluso Sleipnir retrocedió, confundido.

—Detente, amigo —dijo Baldr con ternura, acariciando el cuello del corcel.

Sleipnir bufó con suavidad, pero obedeció. Se sentía su deseo de seguir, como si comprendiera que el momento era más grande que él.

Baldr bajó la mirada. Por un instante, pareció cansado. No de cuerpo… sino de alma.

Luego miró a Ignacio con una expresión tranquila, pero profunda. Como si lo viera más allá del presente.

—Me encantaría seguir contigo… pero mi esencia no está hecha para esta luz. No es sombra, aunque así se vea. Es algo peor… una luz rota. Y aún no sé caminar entre sus reflejos.

Ignacio guardó silencio. El aire entre ellos se volvió más espeso, más íntimo.

Baldr se giró hacia Sleipnir y le dio una última palmada.

—Solo la sangre de Odín puede cabalgar al corcel de Odín. Y aunque no fluye en tus venas, Ignacio… hay algo en ti que ella reconoce.

Ignacio descendió lentamente del lomo de Sleipnir. La brújula en su pecho brillaba con fuerza, como si respondiera a esas palabras.

—No te preocupes —dijo el Guardián de la Luz Azul con una sonrisa leve, pero decidida—. Ya vencí una vez a la Niebla del Olvido…
Y sé que ella me está esperando a mí.

Sleipnir no se resistió. Dio un paso atrás y se desvaneció con Baldr entre la bruma como si fueran parte del mismo resplandor.

Ignacio quedó solo.

Y frente a él, el camino de hielo se abría… esperando ser recorrido.

Ignacio no alcanzó a ver por última vez la silueta de Sleipnir y Baldr desvaneciéndose en el viento helado.
El frío se colaba en sus huesos, y la brújula palpitaba con fuerza, marcando una sola dirección.
La escarcha espesa no dejaba ver más allá de unos pocos pasos… hasta que algo lo detuvo en seco.

Era una pared. Escamosa. Fría. Viva.

Ignacio no supo de inmediato qué era lo que bloqueaba su paso.
Durante un instante soltó la brújula —esa que apretaba con las manos buscando calor y orientación— y, con duda, puso la palma sobre la superficie que lo detenía.

Entonces la pared se movió.

Primero como si algo despertara dentro de ella… luego como si toda la criatura —porque eso era— se elevara lentamente del suelo.
Ignacio dio un paso atrás. La escarcha crujió bajo sus pies. Su piel se erizó por completo.
Y fue ahí cuando una mirada penetrante y burlona lo atrapó como un anzuelo invisible.

—Vaya, vaya, vaya… —dijo una voz grave, profunda, serpenteante—. ¿Qué tenemos aquí?

Ignacio tragó saliva, pero se sostuvo firme.

—Soy Ignacio, Guardián de la Luz Azul.
El mismo Odín me encomendó esta misión… y sé que Vestri está aquí. Solo quiero encontrarlo y restaurar el orden que la niebla ha intentado borrar.

El dragón entrecerró los ojos, como si saboreara cada palabra. Luego sonrió. O algo que se le parecía.

—Oh… qué honor tan grande. El Guardián. He oído cosas fascinantes sobre ti. Las raíces de Yggdrasil murmuran tu nombre. Aunque… —se inclinó con malicia— … no esperaban que fueras un chicuelo.

Ignacio mantuvo la mirada.

—¿Y a dónde se supone que vas? —preguntó el dragón, girando su cabeza en una curva lenta, teatral—. En esa dirección no hay nada. Nada, ¿me oyes?
—Yo solo venía a visitar al buen Glam, ese pobre perro del inframundo… a veces no tiene quién le lance un hueso.
—Y mira tú, me he quedado… encantado con esta niebla gris que lo borra todo. Es tan amable. Tan… eficiente. Algunas cosas deben olvidarse, ¿no crees? De hecho, muchas ya lo estaban, incluso antes de que la niebla llegara a hacer el favor.

Ignacio intentó mantenerse firme, pero algo dentro de él titubeó. Solo un poco.

El dragón se percató.

Con un movimiento veloz lo atrapó entre sus garras. Lo levantó con facilidad, como quien sostiene una pluma. Lo acercó a su boca, y por un instante… Ignacio sintió el calor húmedo del aliento del olvido.

—No te devoraré —dijo el dragón, relamiéndose los colmillos—. Sería muy poco poético.
Prefiero dejar eso a la niebla. Ella sabrá cómo olvidarte lentamente. Un soplo… y puff.
Nadie recordará quién fuiste.

Lo bajó de nuevo, depositándolo con cuidado irónica sobre una superficie helada: un tapiz de raíces congeladas entrelazadas entre sí, como una red de dudas sin salida.

—Pero… —continuó el dragón, ahora con un tono teatral y encantado consigo mismo— … soy un ser generoso. Un oráculo. Un juez.
Así que te ofrezco una elección: dos visiones.
Si logras descifrarlas, podrás avanzar.
Y si no… bueno, dejemos que el destino haga lo que mejor sabe hacer.

—Esto se está poniendo muy divertido, ¿no crees, Guardián?

Ignacio, aún en cuclillas sobre el nudo helado, levantó la mirada. La brújula brillaba tenuemente entre sus manos.
Recordó a Suðri. Recordó por qué estaba allí.

—Acepto —dijo con voz firme.

El dragón soltó una carcajada larga y honda que hizo vibrar el hielo bajo sus pies.

—¡Valiente sí que eres!
Pues bien… —dijo, bajando el cuello hacia él— aquí viene tu primera visión.

Pero Ignacio lo interrumpió. Se puso de pie, apretó el puño con fuerza y alzó la mirada hacia el rostro inmenso del dragón.

—No le temo a la Niebla del Olvido —dijo, con voz limpia como el hielo recién quebrado—. La he visto dos veces a los ojos.
Y esas dos veces le demostré que puedo recordar quién soy.
No olvido fácil el valor.
Ni la sabiduría.
Ni el amor.

Dio un paso al frente, firme.

—Así que no le temo.
Ni a ella…
Ni a ti.
Y este teatro que quieres montar…

Ignacio alzó la brújula como si fuera un fragmento de luz viva.

—…no será más fuerte que mi llama.

El dragón entrecerró los ojos, divertido por la determinación de Ignacio.

—Veo que te sientes muy seguro de ti mismo… y de tus recuerdos —roncó Níðhöggr con voz grave—. Vamos a ver qué tanto conoces tus raíces.

—No te temo —respondió Ignacio con firmeza—. Sé quién soy. Así que estoy más que preparado para vencer tus jueguitos.

—Dejemos que el destino nos saque de la duda —musitó la bestia, alzando la vista hacia el cielo helado.

Sin mover las alas, el dragón pronunció unas palabras en un idioma que Ignacio no logró entender. Al instante, las constelaciones titilaron sobre ellos, alineándose en patrones que no existían en el mundo moderno. Una burbuja descendió desde el firmamento. Hecha de niebla y olvido, giraba sobre sí misma como si contuviera un mundo dentro.

—Aquí está tu primera visión, Guardián —anunció Níðhöggr, con una sonrisa torcida—. Veamos si logras descifrarla.

Ignacio dio un paso al frente. La burbuja flotó hacia él, y en cuanto la tocó, fue absorbido por un vórtice de imágenes.

Dentro de la burbuja, vio un mundo que no reconocía. Un único continente, vasto y antiguo, como salido de un sueño mitológico. Luego, una explosión lo dividía, separando tierras, mares, culturas.

De pronto, dos mujeres. Una de cabellos de fuego y otra de trenzas negras. Laima y Bachué, diosas de tiempos distintos, se tomaban de las manos con solemnidad. Unidas, sellaban la Niebla y encendían una llama… una llama que surgía del pecho de una bebé.

La niña crecía. Se convertía en mujer. Y luego venían tres hijos: una niña y dos niños

Ignacio frunció el ceño.

Nada de eso le resultaba familiar. No sentía conexión. Veía datos… pero no sentía verdad.

—Esto es una mentira —susurró, apartando la mano—. Una visión falsa.

El dragón soltó una carcajada profunda.

—¡Yo no miento! —rugió—. Pero es muy tarde para ti.

El hielo crujió bajo los pies de Ignacio. Luego, se rompió.

Cayó.


El abismo se lo tragó con un zumbido helado.

Mientras descendía en espiral por un pozo de niebla y oscuridad, levantó la mirada y vio al dragón alejándose.

—No te conoces tan bien como creías, ¿eh? —le gritó Níðhöggr, antes de desvanecerse—. Y ahora el mundo se perderá sin encontrar su destino…

Ignacio flotó en el vacío. Sintió que fallaba. Que no era digno. Que no podría volver.

Gritó.

—¡Yo sé quién soy! ¡Sé de dónde vengo! —gritó con la voz rota—. ¡Y no estoy solo!

Se arrodilló. Una lágrima le recorrió la mejilla.

—Perdón… no pude salvar el mundo…

Y en ese silencio, como un eco de otro tiempo, una voz susurró en su interior. Era una voz que había escuchado toda su vida, aunque nunca así.

—Tú no estás solo… jamás lo has estado.

Una luz cruzó la oscuridad.

No era una estrella.

Era Gryphos.

Con sus alas extendidas y su mirada ardiente, descendió como un cometa del recuerdo. Un guardián de la memoria, nacido del amor y del pasado que se niega a desaparecer.

—¡Gryphos! —dijo Ignacio, conteniendo el llanto que se transformaba en valor.

—Gracias, tío… —susurró, como si la voz que había escuchado pudiera oírlo también—. Mi buen Gryphos… no sabes cuánto te extrañé.

La criatura bajó su cabeza y lo dejó subir. Juntos, se alzaron desde el abismo.

Emergieron del pozo de oscuridad como una llama que se niega a apagarse.

Níðhöggr, aún en su trono de hielo, abrió los ojos con incredulidad.

—¡Esa criatura no pertenece a este mundo! ¿Cómo…? ¿Cómo llegó hasta aquí?

Ignacio alzó la mirada, con el rostro iluminado por su fuego interior.

—Te lo dije —dijo con una serenidad feroz—. Yo sé quién soy. Y sé de dónde vengo. Y no estoy solo.

Gryphos alzó las alas, dispuesto al ataque, pero Ignacio alzó una mano.

—No, amigo. No vamos a caer tan bajo como este remedo de oráculo.

Se volvió hacia el dragón.

—Dame la segunda visión.

Su voz era roca. Firme. Clara.

—Y esta vez, te demostraré por qué la Niebla del Olvido… no ha podido conmigo.

Níðhöggr clavó sus garras en el hielo con tal fuerza que todo el suelo tembló.

—¿De verdad crees que puedes derrotarme? —rugió con furia—. El hecho de que hayas salido del abismo con ayuda de tu… gatito emplumado, no cambia nada.

Sus ojos ardían como carbones encendidos. Murmuró unas palabras guturales, en un idioma imposible de descifrar. El aire se volvió denso. Las nubes se rasgaron. Y desde el infinito descendió una segunda burbuja de niebla.

—Si estás tan seguro de quién eres… veamos si puedes descubrir cuál es tu destino.

Ignacio se mantuvo firme. Gryphos, a su lado, proyectaba una calma que le envolvía como un escudo. La sola presencia de su compañero le recordaba todo lo que había logrado, y todo lo que aún quedaba por proteger.

Sin dudarlo, tocó la burbuja.

Una nueva ola de imágenes lo arrastró.

El hielo crujía. Se quebraba. Un abismo se abría frente a él, oscuro, interminable. Ignacio sentía cómo su cuerpo caía, sin poder detenerse.

¿Este es mi destino?, pensó. ¿Caer en el olvido?

Apoyó la mano sobre su pecho. La brújula colgaba allí, tibia. Palpitante. La sostuvo con fuerza.

Y al abrir los ojos… vio de nuevo al dragón.

—¿Y bien? —se burló Níðhöggr, enseñando los colmillos—. ¿Te has asustado de lo que te espera?

Ignacio no respondió de inmediato. Gryphos se acercó y, con un leve empujón en la espalda, le devolvió el equilibrio. El miedo aún le cruzaba el rostro, pero algo dentro de él se encendía de nuevo.

La brújula seguía moviéndose. Su aguja no se había detenido.

¿Si mi destino es caer… por qué la brújula aún me indica un camino?

Cerró los ojos.

Y lo entendió.

Al principio lo dijo en un susurro.

—…Este no es mi futuro. Es el tuyo.

El dragón dio un paso atrás.

—¿Qué has dicho?

Ignacio alzó la mirada, con voz firme como la roca.

—Este es tu destino, no el mío. Eres tú quien caerá en el abismo del olvido… no yo.

El dragón rugió.

—¡Mentira! ¡Mi destino es el poder, no el tuyo!

Pero el hielo bajo sus garras comenzó a quebrarse. Finas líneas lo recorrieron como cristales rotos. El suelo cedió. Y Níðhöggr cayó, gritando, arrastrado por las mismas visiones que había invocado.

Ignacio dio un paso atrás. Las grietas venían hacia él, pero Gryphos abrió sus alas a tiempo. Lo alzó en el aire y juntos volaron al otro lado de la grieta.

Allí, envuelto en escarcha, un pequeño cuerpo comenzaba a moverse.

—¿Austri? —preguntó Ignacio, descendiendo con cuidado.

El enano abrió los ojos, frotándose la cabeza.

—Ay… me duele la cabecita —murmuró con voz infantil—. ¿Tú quién eres? ¿Eres el Guardián de la Luz Azul, acaso? ¿Y esa brújula? ¿Suðri está contigo?

Ignacio sonrió.

—Sí. Soy Ignacio. Este es Gryphos. Y puedes estar tranquilo… Níðhöggr no volverá a molestarte.

Los ojos del enano brillaron.

—¡Suðri! ¡Ese tontarrón! Lo extraño tanto…

—Él está a salvo —dijo Ignacio, mirando al cielo que comenzaba a teñirse de rojo—. Por lo que veo… le han recordado al Sol cuál es el oeste.

Austri se puso de pie tambaleando.

—No puedo dejarte solo, Guardián.

—No estoy solo —respondió Ignacio—. Pero el universo necesita que ustedes estén juntos. Como debe ser.

El pequeño sabio asintió.

Con la mirada puesta en el cielo gris de Niflheim, inspiró profundo y sopló con ternura.
De sus labios emergió un viento helado… pero cálido. Un aliento antiguo, como si el mismo invierno recordara que también sabía cuidar.

El aire comenzó a girar.

Primero fueron brisas. Luego ráfagas. Luego nubes cargadas de tormenta.

Un estruendo rompió el silencio. El cielo rugió.
Y un rayo cayó como una lanza de luz, justo frente a ellos.

El hielo se partió levemente bajo sus pies.

Cuando la luz bajó su intensidad, una silueta se dibujó en medio del vapor y la escarcha. Era la figura de un hombre alto, firme, de músculos tallados por la guerra y la eternidad. Sostenía en su mano un martillo que parecía pesar más que el mundo mismo.

La energía aún chispeaba a su alrededor. Los ojos de Ignacio se entrecerraron ante el resplandor.

Y entonces, la figura habló.

—Te estaba buscando… Guardián.

La silueta seguía envuelta en luz. Ignacio entrecerró los ojos, instintivamente dio un paso atrás. Aquel ser irradiaba una fuerza descomunal… pero su presencia no le provocaba miedo, sino una extraña paz.
Y justo antes de que el resplandor se desvaneciera por completo, Austri corrió hacia él sin dudarlo un segundo.

—¡Thor! —exclamó el pequeño enano, lanzándose a sus brazos—. Sabía que podía contar contigo.

El gigante no dudó. Abrió los brazos y alzó al enano como si cargara una chispa de luz en miniatura.

—Nos tenías preocupados, viejo amigo —dijo Thor con voz profunda y cálida—. El universo necesita tu corazón… y que le recuerdes al Oeste su razón de ser.

Thor bajó la mirada y la posó sobre Ignacio.

—Y tú debes ser el Guardián de la Luz Azul. Sabía que nos ayudarías a restaurar el equilibrio. Cuando escuché el hielo romperse en Niflheim, no dudé ni un segundo en venir a buscarte.

Ignacio lo observó con asombro.

—Te conozco… aunque eres aún más poderoso de lo que imaginé.

Thor esbozó una sonrisa.

—¿Hablas tú de poder? Has cruzado los reinos del olvido, enfrentado visiones imposibles, y tu llama aún brilla. Solo puedo ofrecerte lo mejor de mí: el poder de mi martillo, a tu servicio.

Por primera vez, Ignacio no se sintió como un niño. No porque Thor lo tratara distinto, sino porque, por fin, entendía quién era.
Y las palabras del dios no hacían sino confirmar lo que ya había empezado a sentir.

La brújula brilló en su pecho. Pero esta vez no era luz… era calor.
Un fuego suave que le abrazaba desde dentro.

El silencio fue interrumpido por la voz inquieta de Austri.

—Yo creo que mis hermanos me necesitan… y si no estoy mal, la brújula apunta a Muspelheim. Y… bueno… yo no soy tan valiente como ustedes.

Thor se acercó, con una mano sobre su hombro.

—Tú ya hiciste lo necesario. Con tu soplo me guiaste hasta el Guardián. Ve ahora con tus hermanos. El universo también necesita de su pequeño sabio del Este.

Austri se giró hacia Ignacio. Lo abrazó con fuerza.

—Fue un honor conocerte, Guardián…

Luego miró a Gryphos con ternura.

—Y adiós… lindo gatito.

Y en un destello de luz, se desvaneció entre los vientos de Yggdrasil.

Ignacio y Thor cruzaron miradas. No necesitaban palabras.

Gryphos extendió sus alas.
Ignacio subió a su lomo.
Y sin más, partieron surcando el cielo hacia Muspelheim.

El reino del fuego los esperaba.


El Fuego del Fin


Surcando los cielos del Árbol del Mundo, Ignacio comenzó a sentirlo.

El aire ya no era frío. No cortaba la piel como en Niflheim, ni susurraba como en Helheim. Ahora ardía. Cada ráfaga era un aliento encendido. Abajo, el hielo había desaparecido. En su lugar, la tierra era lava viva. Respiraba. Se agitaba. Estaba a punto de estallar.

Gryphos volaba firme, pero Ignacio lo sintió tensarse.

—Estamos cerca —dijo Thor a su lado, con la mirada fija en el horizonte—. Esta es la tierra donde nace el fin.

Ignacio lo miró, confundido.

—¿El fin?

Thor asintió.

—Ragnarök. No es solo una batalla, Ignacio. Es el recuerdo más antiguo del fuego. El momento en que el universo arde no por odio… sino para renacer. Pero alguien quiere adelantarlo.

Ignacio guardó silencio.

Y entonces ocurrió.

Un rugido partió el cielo. A lo lejos, un volcán —inmenso como una montaña de dioses— estalló.
Lava y bolas de fuego fueron expulsadas hacia las alturas, como estrellas en llamas buscando su destino.

Ambos, Thor e Ignacio, contemplaron la escena con asombro. Pero fue Thor quien notó lo imposible.

—No… —murmuró, con el rostro ensombrecido—. Las llamas… están viajando hacia los otros mundos.

Ignacio abrió los ojos con espanto.

—¡Yggdrasil!

Thor lo miró con gravedad.

—Debo irme. Debo proteger el Árbol y a los que viven en él. Pero tú, Ignacio… tú eres el único que puede detener lo que se gesta aquí. Nunca he visto en nadie una mirada tan decidida.

El dios extendió su mano. En ella, el martillo resplandecía.

—Tómalo.

Ignacio lo miró… y negó suavemente con la cabeza.

—Gracias, pero no.
Tengo algo en mi corazón que la Niebla del Olvido jamás podrá entender.
Y eso… es lo que la va a destruir.

Thor sonrió. No con condescendencia, sino con respeto.

—Entonces ya no necesitas un arma. Porque tú eres la llama.

Y sin más, el dios del trueno saltó desde el lomo de Gryphos, dejando tras de sí un arco de luz que surcó el cielo, directo hacia los mundos en peligro.

Ignacio continuó.

A lo lejos, el horizonte se abría en llamas.

Un gigante avanzaba entre las rocas fundidas. Su cuerpo era magma, su andar era caos.
Desde su cráneo brotaban las mismas bolas de fuego expulsadas por el volcán.
Y danzando alrededor de su cabeza… la Niebla del Olvido.

Aunque el miedo lo seguía como una sombra, Ignacio se aferró al lomo de Gryphos con el valor de quien ya sabe quién es.
Recordó cada paso, cada enano, cada batalla, cada abrazo.
Y con el corazón firme, voló hacia la criatura que se alzaba entre las llamas como una montaña viva.

Estaban casi sobre él cuando Ignacio notó algo extraño.

Entre las rocas incandescentes, un hombre delgado saltaba de un lado a otro, agitando los brazos como si intentara llamar la atención del gigante.

Gryphos aterrizó. Ignacio bajó de su lomo. El suelo ardía, pero no tanto como el caos frente a sus ojos.

—¡Wow! —exclamó el hombre, al ver a Gryphos—. Esto sí que es lo que yo llamo un gato alado... ¿o es un ave muy “animal print”? Sea lo que sea… wow.

Ignacio frunció el ceño.

—¿Quién eres? ¿No ves lo que está pasando? ¿No le temes a ese gigante?

El hombre se alisó el cabello como si el mundo no estuviera a punto de incendiarse.

—Mucho gusto, soy Loki.
Y segundo… ese no es un monstruo.
Es Surtr. Mi amigo.
Bueno, era mi amigo, antes de que esa estúpida niebla le hiciera olvidarme.

Ignacio lo miró incrédulo.

—¿Tu amigo?

—¡Claro! —replicó Loki, señalando al gigante con el dedo—. Me iba a ir, pero luego vi el caos. Mira eso. No sé ni qué hora es: el sol no se acuesta, la luna va al revés, y esos lobos ya perdieron las llantas de sus carrozas o qué sé yo…

Ignacio apretó los puños.

—Soy Ignacio. El Guardián de la Luz Azul.

—¿¡Tú!? —Loki lo miró con asombro teatral—. ¡Tú eres el Guardián! Bueno, no te conozco personalmente, pero Dionisio, mi amigo griego, me habló maravillas de ti.
Y mírate, tal como te imaginé. Esa mirada sí que tiene poder, chiquillo.

Ignacio lo observó, con una mezcla de confusión y urgencia.

—¿De verdad no sabes lo que está pasando?

—¡Pues claro que sé lo que está pasando! —dijo Loki, cruzándose de brazos como si le ofendiera la pregunta—. Esos cuatro enanos deben estar discutiendo otra vez. Apostaría lo que quieras a que Suðri se volvió a confundir… otra vez.
Y estoy casi seguro de que vi a uno de ellos detrás de Surtr.

Ignacio se irguió.

—¿Norðri? ¿Está detrás del gigante?

—¡Que no es un gigante! —chilló Loki con voz indignada—. ¡Es Surtr! El pobre está cegado por esa estúpida niebla gris.
Nadie lo entiende, igual que a mí. Dos incomprendidos en este mundo cruel. Y míralo ahora… loco, confundido, creyendo que el Ragnarök ya comenzó.

Hizo una pausa dramática y bajó la mirada.

—Si tan solo pudiera hacer que me viera… estoy seguro de que me recordaría. Él sí es mi amigo. Él me comprende. Snif.

Ignacio lo miró con escepticismo.

—¿Estás diciendo que si lo ve, te reconocerá?

—¡Obvio! Es la niebla la que lo tiene cegado.
Y sí, sí… ya sé lo que vas a decir.
—“Loki, nadie te entiende”,
—“Loki, eres impredecible”,
—“Loki, por qué robaste los calzones de Odín”…
¡Pero él me conoce de verdad! No quiero ponerme sentimental, pero este mundo no está hecho para dioses tan peculiares como yo.

Ignacio suspiró.

—Bueno. Vamos a hacer que Surtr te vea.
Sube conmigo en Gryphos y acerquémonos lo más posible.

Pero cuando Loki intentó subir… nada.

Gryphos soltó un gruñido bajo. Ni se movió.

—¿Qué…? ¿Qué pasa? —preguntó Loki, tocando el lomo del felino alado como si fuera una puerta mágica—. ¿Está dañado?

Ignacio miró a Gryphos, luego a Loki.

—Solo quienes tienen buenas intenciones pueden subir a su lomo.

Loki puso cara de indignación.

—¡¿Buenas qué?! ¡Esto es discriminación espiritual felina!

—No es su culpa —dijo Ignacio, sonriendo apenas—. Creo que simplemente… le caíste mal.

—¡Le caí mal! —repitió Loki con teatralidad—. ¡Soy un dios! ¡Debería ser yo quien decida a quién le caigo mal!

Ignacio se rascó la cabeza, mirando al gigante que seguía lanzando fuego hacia los cielos.

Se acercó a la cabeza de Gryphos y le susurró algo. Loki no alcanzó a oír.

Luego se giró.

—Prepárate.

—¿Para qué?

—Para volar.

—¿¡QUÉ!?

En un rápido movimiento, Gryphos alzó el vuelo, atrapando a Loki por la cintura con sus patas como si fuera una pieza de equipaje mal embalada.

—¡No no no no NO! ¡¡¿Quién crees que soy?!! ¡¡Soy un dios!! ¡¡Y ESTA NO ES LA FORMA DE TRATAR A UN DIOOOOS!!

Ignacio solo sonrió.

Y Gryphos, en silencio, voló directo hacia el corazón del fuego.

—¡Gatito malo! ¡Gatito malo! ¡SUÉLTAME O TE METO UNA DEMANDA CELESTIAL!

Mientras el dios del caos pataleaba, gritaba y lanzaba amenazas cósmicas al viento, Gryphos volaba con una majestad indiscutible. Ni las quejas de Loki, ni las ráfagas ardientes del volcán parecían desviar su curso.


Y fue entonces, cuando estuvieron justo frente a Surtr, que algo cambió.

La Niebla del Olvido, que danzaba en círculos alrededor de la cabeza del gigante, se detuvo.

Ignacio sintió un escalofrío —no por frío, sino por reconocimiento.

Una voz, etérea, lo envolvió. No venía del exterior, sino de adentro.
Un eco que solo él podía oír.

—Tú otra vez… —susurró la Niebla—. ¿Acaso no tienes juegos de niños que atender?
¿O es que tu abuela Flor ya no tiene tiempo para cantarte canciones…
…y tu hermana, la Centinela de la Luz Rosa, ya decidió olvidar como tu madre?
¿O como tu tío Rubén?

Ignacio cerró los ojos. La furia subía como lava en su pecho.

—Ni sé de qué centinela hablas… —respondió con la voz tensa—.
Pero a mi abuela Flor y a mis tíos… los dejas fuera de esto.

Gryphos agitó las alas con fuerza, como si también hubiera sentido la ofensa.

—¡Ey! —interrumpió Loki—. ¡Guardiaaaan! ¡Deja de hablar solo y llévame a donde mi amigo flameante pueda verme!

Ignacio no respondió. Sus pensamientos eran un torbellino.

La visión del pasado que no logró entender.
La “Centinela de la Luz Rosa” de la que Afrodita le habló en su isla.
¿Su madre? ¿Mónica? ¿Qué tenía que ver ella en todo esto?

Pero no era momento para dudar.

Se aferró con fuerza al lomo de Gryphos y lo guió con precisión, buscando un ángulo claro donde Surtr pudiera verlos… y ver a Loki.

Y entonces lo notó.

La Niebla del Olvido se replegó. No desapareció.
Se deslizó como una sombra, serpenteando por el cuerpo del gigante hasta su espalda.

Como si tuviera algo… o a alguien que proteger allí.

Ignacio entrecerró los ojos.

—Norðri… —susurró.

Cuando estuvieron justo frente a los ojos del gigante, Loki se estiró lo más que pudo entre las patas de Gryphos y gritó con voz de trueno:

—¡¡¡STURTR!!!
¡¡¡MÍRAME, SOY YOOO!!!
¡TU AMIGO! ¡TU CÓMPLICE! ¡TU ÍCONO DEL CAOS!

Pero el gigante no respondió. Solo agitó una mano en llamas, tratando de espantar a Gryphos como si fuera una mosca brillante y molesta.

Ignacio apretó los dientes.

—Esto no está funcionando.

Y entonces…

Loki… empezó a cantar.

—Se dice de mí… se dice que soy fea… que parezco un dinosaurio…
Mi nariz es puntiaguda, la figura no me ayuda… y mi boca es un buzón…

Ignacio giró la cabeza lentamente hacia él, con cara de: ¿es en serio?

—¿Betty la fea? ¿EN SERIO?

—¡Es nuestra novela favorita! —respondió Loki, ofendido—. ¿¡Tienes algo en contra de eso!?

Ignacio no respondió. Porque en ese instante, algo increíble ocurrió.

Las manos del gigante se detuvieron.
Los ojos de fuego se entrecerraron.
Y como quien despierta de un sueño oscuro… Surtr lo miró.

—¿Loki…?

—¡Viejo amigo! —gritó Loki, con lágrimas de fuego en los ojos—. ¡Pensé que me habías olvidado!

El gigante se calmó.

Con delicadeza, tomó a Loki entre sus dedos. Las llamas ya no quemaban.
Y lo puso sobre su hombro con la ternura de un niño que recupera su juguete favorito.

Y así, sin más, Surtr comenzó a caminar como un coloso sereno… como un bebé que recordó que ya era hora de ver su programa favorito.

Ignacio lo observó, incrédulo.

—Definitivamente… este dios sí es mi estilo de dios.

Pero justo cuando pensó que todo empezaba a calmarse…

La vio.

La Niebla del Olvido.

Se había deslizado en silencio hacia la espalda del gigante.
Y allí, atrapado en una jaula de niebla gris, estaba Norðri.

Sus ojos estaban cerrados.

Y a su alrededor… el suelo comenzó a agrietarse.

Ignacio sintió cómo el aire cambiaba. El fuego volvía.
Y supo, sin lugar a dudas…

La batalla final estaba por comenzar.

Gryphos aterrizó frente a la Niebla del Olvido.
Ignacio descendió sin dudar.

Sus pies tocaron el suelo como si fueran un martillo invisible.
Su mirada era llama. Su andar, certeza.

La Niebla flotaba sobre la jaula que aprisionaba a Norðri.
Y cuando Ignacio dio un paso, la liberó.

Pero el enano no despertó. Seguía dormido, como atrapado en un sueño sin tiempo.

Una voz invisible, fría como el vacío, volvió a susurrar dentro de Ignacio.

—Nos volvemos a encontrar, Guardián.
Pero esta vez… el Olvido triunfará.

Ignacio apretó los ojos.
Sintió el calor de la brújula contra su pecho.
La sujetó con fuerza.

—No puedes borrar la memoria de quien ya ha recordado su valor —dijo en voz alta—.
No puedes apagar la llama de alguien que sabe lo importante que es crear recuerdos.
Y no puedes vencer a quien sabe que contar historias… es resistir.

La Niebla se estremeció. Pero no se detuvo.

—Déjalo ir —exigió Ignacio, señalando la jaula—.
Sé lo que quieres. Quieres apagar la Llama Eterna.
Y soy yo quien puede acceder a ella.
Así que déjalo ir…
¡Y arreglemos esto entre tú y yo!

Pero la Niebla… se rió.

—¿Por qué liberar al enano… si puedo hacer ambas cosas a la vez?

Chasqueó los dedos.

Gryphos comenzó a desvanecerse.

No gritó. No luchó. Solo lo miró… con ojos de confianza infinita.

Ignacio se giró, desesperado.

El suelo bajo la jaula comenzó a agrietarse.
Ráfagas de humo oscuro se colaban por las grietas como tentáculos invisibles.

—La decisión es tuya, Guardián —dijo la voz—.
¿Salvarás al enano del Norte…
…o a tu fiel criatura alada?

Ignacio sintió cómo se le partía el alma.

—¡DETENTE! —gritó—.
Ellos no tienen la culpa de tu obsesión, ni de tu avaricia.
¡Déjalos! ¡Déjalos ir!

La Niebla no respondió de inmediato.

Y entonces… lo dijo.

—Eso jamás.

Y en un murmullo más frío que la muerte, sentenció:

—Al terminar este día, tú… tus recuerdos… tu legado… y el de todos los Guardianes… será borrado.

Ignacio extendió la mano hacia Gryphos. Pero fue inútil.

La criatura alada lo miró por última vez… y desapareció en una ráfaga de luz.

—¡No…! —susurró Ignacio, pero ya era tarde.

Detrás de él, el suelo bajo la jaula de Norðri se quebró como cristal.
El enano cayó entre la niebla. Desapareció.

Ignacio quedó solo.

Y por un instante, creyó haber perdido.

Cayó de rodillas.
Las palabras de la Niebla se repetían en su mente como un eco venenoso:

"Tú y todos los Guardianes… serán borrados."

La brújula colgaba apagada sobre su pecho.
Su llama interior parecía a punto de extinguirse.

Y entonces…

Tres destellos.

Uno dorado.
Uno rojo.
Uno azul.

Los tres amuletos —de la mente, el corazón y el cuerpo— comenzaron a brillar como si fueran estrellas despiertas.

Ignacio alzó la mirada, envuelto en su propia luz.
Y sin saber cómo, comenzó a elevarse.

Su cuerpo no se movía…
pero su esencia sí.

Atravesó sus propios recuerdos.
No las batallas, ni los gritos, ni los nombres.

Sino lo otro.

Los detalles pequeños.

La esencia de todo lo que valía la pena.

Vio a su abuela Flor, en una cocina sencilla, moliendo raíces de árboles milenarios, que alguna vez escucharon los secretos del viento; pétalos de flores extintas, borradas por el olvido como si nunca hubiesen florecido; y miel…

—"La memoria también se cocina", decía ella—.
"Y las historias, como los dulces… llevan un ingrediente secreto."

Ignacio la observó agregar un polvo brillante.

—"Bachué me enseñó esto", sonreía su abuela—.
"Porque no hay fuego que destruya lo que fue cocinado con amor verdadero."

—Ahora lo recuerdo todo… —susurró Ignacio.

No con la mente.
Ni con el cuerpo.
Sino con el alma.

La Niebla chilló.

Un rugido de humo, furia y desesperación.
Comenzó a fragmentarse. A evaporarse.
Como si no pudiera existir en un lugar donde el recuerdo había echado raíz.

Ignacio descendió lentamente, como una hoja que vuelve a su árbol.

La brújula volvió a brillar.

Y desde el cielo, como una respuesta…

Gryphos regresó.

Reapareció en una explosión de luz suave, más grande, más majestuoso que nunca.
Sus alas resplandecían como constelaciones.
Y en su pecho… latía una nueva llama.

Ignacio sonrió con lágrimas en los ojos.

Frente a él, el suelo donde había caído Norðri comenzó a vibrar.

De entre la grieta rota, algo se alzó.

No fue una explosión.
Fue un brote.

Como una semilla que recuerda que debe florecer, el enano del Norte emergió…
…desperezándose como si hubiera despertado de un largo sueño.

Ignacio lo observó, con el corazón latiendo fuerte.

Y supo, con certeza:

La Niebla no había sido vencida por fuerza.
Sino por memoria.
Y por amor.

Mientras el enano del Norte abría los ojos, la Niebla del Olvido se disolvía poco a poco, como si supiera que, por esta vez, no podría ganar.

Ignacio alzó la voz con fuerza:

—¡No! ¡No puedes escapar otra vez!

Pero algo dentro de él ya lo sabía:
No bastaba con vencerla…
Aún faltaba algo por comprender.
Una verdad profunda que las visiones no habían revelado del todo.
El origen de la Llama Eterna… aún era un misterio a medias.

Norðri despertó despacio, como quien regresa de un sueño largo y espeso.

—Hace mucho que no dormía así… —murmuró, frotándose los ojos—.
¿Dónde estoy?

—Estás en Muspelheim —respondió Ignacio con una sonrisa cansada—. 

Hola… es un honor conocerte.
Soy Ignacio. Vengo desde muy, muy lejos… para llevarte a casa.

El enano miró a su alrededor. Vio el caos calcinado, las montañas de fuego, el cielo partido.
Y aun en calma, soltó una exclamación:

—¡Por el ojo de Odín! ¿Qué ha pasado aquí?

Ignacio rió con suavidad.

—Sube conmigo en Gryphos… te lo contaré en el camino.

Norðri miró al guardián alado. Su cuerpo de tigre. Su cabeza de halcón. Sus alas que guardaban el cielo.

—¿Subirme a eso? —dijo, con ojos brillantes—. ¡Caramba, claro que sí!
¡En el Norte todo es más tranquilo! ¡Esto es una aventura!

Ambos rieron.

Y Gryphos, como si celebrara el momento, alzó el vuelo.

Volaron juntos por última vez a través de Yggdrasil.

Y al llegar a Asgard, el cielo entero pareció sonreír.

Odín los esperaba, de pie junto a Frigg.
Hermóðr, Baldr, y hasta los otros tres enanos —Suðri, Austri y Vestri— estaban allí.
Incluso el sol parecía haberse detenido un segundo… solo para mirar.

Cuando Gryphos aterrizó en el palacio, los cuatro enanos corrieron hacia su hermano.
Lo abrazaron con alegría. Con lágrimas. Con palabras que no podían pronunciarse.

Y entonces, uno a uno, los dioses se inclinaron ante Ignacio.

Odín habló con voz profunda y clara:

—Has hecho lo que ni los más sabios podían.
Has restaurado el equilibrio del Árbol.
Has devuelto a nuestros pueblos el Norte…
Y también la memoria.

Frigg colocó una mano sobre su hombro, y le sonrió con ternura.

—Gracias, Guardián.

Ignacio se inclinó. Luego caminó hacia Suðri, quien lo observaba con ojos sabios y una sonrisa orgullosa.

Ignacio sacó la brújula, la sostuvo con ambas manos y se la ofreció.

—Gracias por confiar en mí. Esta brújula… es tuya. Te pertenece.

Pero Suðri negó con la cabeza.

—No. Yo ya recuperé mi Norte, mi Este… y mi Oeste.
Quien más la necesita ahora… eres tú.

Ignacio dudó por un momento, y luego asintió. Guardó la brújula junto a los tres amuletos.
Y supo, sin que nadie lo dijera, que la próxima parte de su viaje… aún no había comenzado.

Entonces se giró hacia Gryphos.

El guardián alado lo observaba con una quietud majestuosa, pero en sus ojos… había emoción.

Ignacio se acercó y posó su frente contra la suya.

—Sé que no me puedes acompañar más allá —susurró—.
Pero jamás te olvidaré.
Y espero… que pronto podamos volar juntos otra vez.

Gryphos bajó la cabeza. Un gesto suave. Un adiós sin palabras, pero lleno de significado.

Ignacio retrocedió, dio una última mirada al palacio, a los enanos, a los dioses…
y con paso firme, se dirigió al sendero que lo llevaría de regreso a casa.

orque en algún lugar del mundo…

…una ciudad lo esperaba.

…una familia aún guardaba recuerdos que él aún no entendía.

…y la Llama Eterna aún tenía historias que contar.

Ignacio cruzó las puertas de Asgard…
las mismas por las que había llegado a ese reino de dioses y visiones, donde había enfrentado desafíos que no sabía que existían…
y había descubierto partes de sí mismo que aún no comprendía del todo.

Sentía la calma de una batalla ganada.
Pero también la inquietud de una verdad incompleta.

La Llama Eterna… su abuela Flor… la Centinela de la Luz Rosa… su madre… el tío Rubén…

Seguro el tío Chris tiene más información, pensó con una media sonrisa.

Se detuvo un segundo.
Miró por última vez el majestuoso reino de Asgard…


Y al regresar la vista…

Estaba en su habitación.

Frente al mismo libro del dragón.

El que cerró sus páginas con una suave corriente de aire, como si supiera que por hoy… la historia había llegado a una pausa.

En ese momento, la puerta se abrió.

—Hey, señorito —dijo su mamá, asomándose—. La cena está servida.
Tu papá llegó temprano… al parecer recordó la dirección a casa o el GPS volvió a funcionar.
Así que… a la mesa, a menos que se te haya olvidado el camino.

Ignacio la miró con los ojos llenos de todo lo que había vivido.
Y corrió hacia ella.

—Jamás voy a olvidar el camino, mamá.
Y estar a tu lado… siempre será mi destino.
Aunque… creo que tú también tienes algunas cosas por recordar.

Ella rió.

—Por ahora, solo quiero recordar el beso de mi taekwondista favorito.

Ignacio no lo dudó.
La besó en la mejilla con todas las fuerzas de su ser.

Antes de cerrar la puerta, miró una última vez su habitación.

Encima del libro, flotaba una pequeña burbuja.

Dentro… Suðri le guiñaba un ojo.

Y luego… ¡pop!
La burbuja estalló en una lluvia de escarcha brillante.

El orden había regresado.

Ignacio estaba feliz.
Y esa noche… cenó con su familia.
Rió con cada broma de su papá Billy.
Escuchó la voz de su madre como si fuera una canción.
Y supo, muy dentro de sí…

Que este no era el final.

Pero por ahora…
Solo quería recordar quién era.
Disfrutar de su hogar.
Y honrar su origen.


¿Y la Centinela de la Luz Rosa…?


El despertar de la Centinela de la Flama Rosa

La Centinela y el Corazón del Bosque


En alguna taberna perdida entre constelaciones y leyendas antiguas, tres dioses se encontraron para celebrar el fin de una amenaza…

Loki, el viajero del caos; Dionisio, el eterno anfitrión del delirio; y Ragutis, el tejedor de espuma y cuentos de cebada.

—Y cuando yo pensé que la Niebla del Olvido había ganado y que el Eje del Norte se había perdido… ¡pum! Aparece el Guardián de la Luz Azul, volando sobre un ser increíble: mitad halcón, mitad tigre. Yo pude haber derrotado a Surtr solo, por supuesto… pero ya saben que a mí el protagonismo me da flojera

—contaba el buen Loki, sin notar que una sombra extraña aún lo seguía desde aquella última batalla.

—¡Por el trueno de Odín y la locura del Olimpo! ¡Brindemos por la victoria! —gritó Dionisio, agitando su copa llena de estrellas líquidas—. Te lo dije, los guardianes de la Llama Eterna no defraudan. Ese joven de la luz azul tiene más valor que muchos dioses juntos.

Ragutis rió.


—Si algún día la Niebla del Olvido llega a los bosques bálticos… y se atreve a tocar a Zemyna… el mundo entero se marchitaría. ¿Se imaginan eso? Un mundo sin semillas, sin primaveras, ¡sin avena para hacer cerveza! ¡No, no, no! Pero bah… eso nunca pasará.

Un susurro recorrió el aire.


La sombra detrás de Loki se separó de su cuerpo.


Las burbujas dejaron de bailar.


Y entre el vapor de la cerveza y el humo del vino…
la Niebla escuchó.

Entonces, una sombra cruzó la puerta, cerrándola con un chasquido ancestral.


Los tres dioses fiesteros quedaron atrapados en su propia celebración.

La Niebla ya sabía a dónde ir.



El Murmullo del Olvido


Ese día, Mariana había regresado temprano a casa. No entendía bien por qué.

El sol y la luna parecían haberse peleado en el cielo: uno no sabía cuándo salir, el otro no quería irse.


Las personas confundían el norte con el sur, como si el mundo caminara desorientado.

Y además… ese tic-toc extraño.
Un sonido metálico, persistente, que retumbaba en su cabeza,
como si su mente escondiera un reloj oculto, marcando algo que aún no comprendía.

—¿Qué haces aquí tan temprano? —preguntó Ignacio—. ¿No tenías clase en la universidad?


—No sé —dijo Mariana, llevándose la mano a la frente—.

Me confundí. No recordaba si tenía clase en la sede del norte o en la del sur…

Y tengo un tic-toc raro en la cabeza. Como un pitido que no se va.

La gente en la calle también está rara.

Ignacio se quedó quieto.


—¿Tú también lo escuchas?


—Sí —respondió Mariana, como si de pronto se sintiera un poco menos sola—.

Pero ya me tomé un analgésico. Seguro se me pasa…

Al cerrar los ojos, no encontró sueño.


Encontró… un remolino. Un torbellino de imágenes comenzó a girar en su mente:
árboles que respiraban, raíces que cantaban, flores hechas de cristal, serpientes doradas escondidas entre las hojas…

¿Eran recuerdos?
¿Sueños?
¿O señales?

Cuando despertó, el brillo del sol atravesaba la ventana de su habitación.
Y por primera vez en días, el cielo parecía… normal.

La luna ya no danzaba con el sol en aquel baile confuso y desordenado.
El mundo, al menos desde su ventana, parecía haber recordado cómo funcionar.

Mariana se acercó al vidrio y fijó la mirada en el árbol del parque frente a casa.
Ese árbol que siempre brindaba sombra en los días más calurosos.

Y allí estaba.
Una silueta.
Delgada, ondulante.
Como una serpiente... o quizás algo imposible de nombrar.

—Mari, el desayuno está en la mesa. Te estamos esperando —dijo Ignacio, abriendo la puerta.
—¿Has notado que la luna ya no está junto al sol? —respondió Mariana, sin quitar la mirada del árbol—. Al parecer, recordó en qué dirección debía esconderse.


Ignacio sonrió con esa calma extraña de quien sabe más de lo que aparenta.
—Sí que lo noté. Parece que alguien logró devolver la Estrella del Norte a las brújulas del universo... jejeje.

—¿Pero qué miras tan concentrada?
—¿La ves? —preguntó Mariana, sin moverse.
—¿Qué cosa? —respondió Ignacio.
—La serpiente. Siento que me sigue… noche y día.

Ignacio entornó los ojos.
—No veo ninguna serpiente. Bueno… veo que ese pobre árbol ya entró en su otoño. Cada día lo noto más seco.

Tomó su mano con ternura.
Pero en sus ojos, por un segundo breve y mágico…
una chispa rosa brilló.

Ese día, Mariana tenía una salida de campo con su clase de la universidad.
Visitarían un proyecto ecológico a las afueras de Bogotá.

Pero por más que intentaba concentrarse, algo no la dejaba en paz.
Ese tic-toc extraño aún retumbaba en su cabeza.

Y entre las hojas secas y los arbustos espesos del camino… esa figura.
La misma silueta serpenteante, como un eco dorado que la seguía a donde fuera.

—Mari… ¿ves esa cosita que vuela entre las flores? —preguntó Mora, su mejor amigo, señalando unas plantas bajas.


—¿Qué? ¿La mariposa? —respondió Mariana, sin apartar la vista.


—¿La qué...? ¿Qué es una mariposa? No, no… hablo de esa cosita que vuela entre las flores rosadas —dijo Mora, rascándose la cabeza.

Mariana lo miró extrañada.
—Eso mismo, la mariposa… que vuela entre las rosas.


Hizo una pausa.


—Aunque… ahora que lo dices… llevo días sin ver mariposas. Ni rosas.

Y allí estaba otra vez.


La serpiente.
Entre los arbustos.
Observándola en silencio.

—Dime que la ves… por favor, Mora. Dime que la ves. Esa serpiente no deja de seguirme…


—¿La qué? Mari, ¿de qué hablas? ¿Maricosas… cosas rosas… serpientes? Estás muy rara últimamente —dijo Mora con una risa nerviosa—.


Pero ven, que el profe va a dar la explicación de este lugar.

—Sigue tú… ya los alcanzo —susurró Mariana.

Mientras sus compañeros se alejaban entre murmullos y carpetas, Mariana decidió acercarse al arbusto.

La mariposa se evaporó en el aire.
Las rosas… perdieron su color.
De rosa pasaron a verde, como si hubieran olvidado que alguna vez fueron flores.

El tic-toc en su cabeza retumbó con más fuerza.
Pero ahora… se combinaba con un nuevo sonido: un silbido.


Un siseo.

Al principio era incomprensible.


Pero a medida que se acercaba a la criatura, y se perdía en sus ojos dorados…


El siseo comenzó a ordenarse en palabras, como si el viento aprendiera a hablar.

—Ceeeeeentinelaaaaaaaa… te essssssstaba busssssssscandooooo…
te necessssssssssitamosssssss…

La voz se deslizaba como aire antiguo.
Un eco de urgencia.

Žaltys, la serpiente se movió.
Se enroscó en una rama seca y la volvió luminosa.


Su piel dorada palpitaba como un reflejo del sol escondido en la sombra.


Los ojos de Mariana temblaron.

—¿Me hablas a mí? —preguntó, dando un paso atrás—.
¿Quién es la Centinela? ¿Por qué me sigues?

No hubo respuesta clara.


Solo presencia.


Un aura envolvente.

Entonces, el rosal frente a ella —antes lleno de color— comenzó a marchitarse.
Los pétalos se cayeron como suspiros.
Las hojas se tornaron ceniza.

Y justo frente a Mariana…
Una hoja.
Una hoja de cristal.
Levitando en el aire.
Girando lentamente, como una pluma detenida en el tiempo.

—Poooooorrrffffffaaaaaaavooooooor… veeeeeeeeeeen… conmigooooooooo…

Los ojos de Mariana se iluminaron.
Un destello rosa brotó de su interior.

Sin entender por qué, sin cuestionarlo siquiera, extendió la mano.
Y tocó la hoja de cristal.

Al tocarla, las hojas secas del bosque —ese bosque que parecía morir entre susurros y recuerdos— se levantaron en un remolino.


Giraban como un torbellino de memorias olvidadas, atravesando el tiempo, el espacio… y algo más.

Y en un abrir y cerrar de ojos…

El bosque se transformó.

Frondoso.
Lleno de vida.
Con un aroma a tierra húmeda que parecía cantar en silencio.

Mariana cubrió sus ojos, confundida.
—No temas, Centinela… te estábamos esperando —dijo una voz cálida.

Cuando los abrió… la vio.


Una mujer de cabellos como fuego y mirada sabia, cuya sola presencia irradiaba paz.

Era Laima.


Y junto a ella, enroscado en sus hombros, Žaltys, la serpiente destellaba como si fuese un hilo vivo de luz dorada.

—¿Dónde estoy? ¿Qué está pasando? ¿Quién eres? —preguntó Mariana.


—Soy Laima, Centinela. Vieja amiga de tu abuela.


Y este es Žaltys, mi serpiente solar, antigua mensajera de esperanza. Solo tú puedes escucharlo sin miedo.

Laima suspiró con dolor.


—Creímos haber encerrado a la Niebla del Olvido para siempre, pero no fue suficiente.

El Guardián de la Luz Azul y la Protectora de la Estrella han hecho lo imposible por contenerla… pero esta vez necesitamos tu sabiduría.

—Creo que me estás confundiendo con alguien más —dijo Mariana, nerviosa—. Mi abuela Flor… es solo una abuela. Y no sé quiénes son ese guardián o esa protectora.

Laima sonrió con ternura.


—Sé bien quién eres. Solo debes recordarlo. La Llama Rosa brilla dentro de ti. Y sí… te necesitamos.

Un trueno suave descendió del cielo.


El aire vibró.


Y apareció Perkūnas, el dios del trueno, imponente y solemne.

—Centinela —dijo, inclinándose—. Por un momento pensé que habías olvidado quién eras. Gracias por atender nuestro llamado.

—No… no sé de qué Centinela hablan. Necesito regresar… mi profesor me espera… —balbuceó Mariana.

De lo profundo del bosque surgió un venado, galopando con desesperación.
Justo antes de tocarla… se desvaneció en el aire.

Perkūnas frunció el ceño.


—Velnias está cerca. El bosque pierde su equilibrio. Debo contener a las criaturas… pero te seguiré, Centinela. No estás sola.

Y desapareció en un relámpago.

Laima cayó de rodillas, exhausta.


Sus ojos brillaban de tristeza.


—Estoy quedándome sin fuerzas… —susurró—. La Niebla del Olvido ha hecho un pacto con Velnias. Han secuestrado a Zemyna. Y están borrando todo rastro del orden natural.

—Mi energía se desgasta cada día, intentando mantener vivas las raíces… pero ya no basta. Por eso te necesitamos.

Mariana la miró, paralizada.


—Por favor… entiéndelo. No sé de qué Centinela hablas. Yo… no sé si puedo hacer algo.

Laima respiró hondo.


Una última chispa de luz danzó en sus manos.


—Debo integrarme a las raíces del bosque. Solo así podré mantener el flujo de la naturaleza un poco más.

—Pero tú… tú debes seguir este sendero. Busca a Zemyna. Y evita que la Niebla y Velnias borren el poder de la vida misma.

Mariana quiso responder algo…
pero ya era tarde.

Como un suspiro de esperanza, Laima se disolvió entre el musgo y el césped.

Mariana quedó sola.


En un bosque antiguo.


Frente a un camino que se abría paso entre ramas, hojas…
y recuerdos aún dormidos.


…esperando despertar.


El verano de la nostalgia


—Despiértate… despiértate, Mariana… —se repetía así misma en silencio, aún viendo los destellos de luz que dejó el cuerpo de Laima tras disolverse entre las raíces.


“¿Por qué lo hizo? ¿Por qué se sacrificó? —se preguntaba—.


¿Quién soy yo? ¿Por qué no recuerdo nada…?”


El eco de sus pensamientos fue respondido por un siseo.


Lento. Ondulante.


Como un viento antiguo que aprendía a pronunciar palabras.


—Eeeeel sssssaaaacrifffffiiiiiiciiooooo deee LAAAAImaaaaaa…
viieeeennnneeeeee deeel corazoooonnnn…


Žaltys se deslizaba entre las raíces cercanas, iluminando la tierra con destellos dorados.


Mariana lo observó acercarse, con mezcla de miedo y alivio.


—Por favor… ayúdame a despertar —dijo con la voz quebrada—.
Quiero regresar a mi casa… a donde pertenezco.


La serpiente solar inclinó la cabeza, como si comprendiera más de lo que decía.
Sus ojos brillaron como espejos del amanecer.


—Yaaaaaa essstáaaasss doooondeee peeeerteneceeeesss…
y essstáaaasss a puntoooo de dessspertarrrr…


La serpiente avanzó lentamente, como quien conoce el sendero desde antes de que existieran los caminos.


Mariana, en cambio, se quedó atrás, dudando. Miró a los lados y comprendió que no había salida: solo podía seguirla.

Notó que Žaltys avanzaba con una calma extraña, deteniéndose en cada rama caída, como si escuchara voces que ella no podía oír.


A cada paso, las raíces del bosque se enredaban más en sus zapatos.


Tropezaba, se detenía, suspiraba.

Fue entonces cuando Žaltys giró la cabeza. Sus ojos dorados la miraron con intensidad.


Esta vez no hubo siseo. No hubo palabras.


Solo una voz directa, dentro de su mente:

 “Quítatelos.
Siente la tierra.
El contacto se ha perdido… y así no podrás despertar.”

Mariana dudó. Miró sus zapatillas gastadas de estudiante universitaria, como si fueran lo único “normal” que le quedaba en ese bosque imposible.


Pero al final, suspiró y se inclinó.
Se descalzó.

El frío de la tierra la sorprendió primero… pero luego sintió algo más: un pulso.
Como un corazón latiendo bajo sus pies.


El bosque respiraba.

En ese instante, un destello suave iluminó un árbol seco.
Entre sus ramas, una diminuta hada se agitaba desesperada: una de sus alas estaba atrapada en la corteza.

Mariana corrió a ayudarla.
Intentó liberarla con cuidado, pero las astillas rasgaron ropa.
Pero no le importó.
Insistió, hasta que el ala quedó libre.

El hada revoloteó frente a ella, con ojos brillantes y agradecidos.
Parecía querer decir algo… pero antes de que emitiera sonido alguno, la luz cambió.

Entre el murmullo de los árboles, una figura apareció.


No era el hada.
No era Žaltys.
Era… su abuela Flor.
O al menos, alguien idéntica a ella.

—¡Abuelita Flor! —exclamó Mariana, sintiendo un alivio que le llenó los ojos de lágrimas—. Qué bueno que estás acá. No sé qué está pasando… todo es muy confuso. Por favor… llévame a casa.

Žaltys se enroscó sutilmente en sus pies.

Esta vez, su voz no salió como siseo, sino como un pensamiento firme en la mente de Mariana:

“Ten cuidado, Centinela… las cosas no siempre son lo que parecen. La Niebla del Olvido sabe disfrazarse para confundirnos.”

Mariana apretó los labios.


—Es mi abuela, ¿no lo ves? —susurró, con la voz quebrada—. La tengo al frente…

La mujer rio.


Pero no era la risa cálida y suave que Mariana recordaba.


Era una carcajada aguda, rota, que resonaba extraña en medio del bosque.


Sus ojos… tampoco irradiaban paz ni ternura.
Brillaban con un fulgor inquietante.

—Así que tú eres la Centinela de la Llama Rosa —dijo la figura, ladeando la cabeza con burla—. Apenas entras al bosque báltico y ya tienes tu vestimenta de estudiante hecho jirones… Qué decepción.

Mariana dio un paso atrás.


Un escalofrío recorrió su cuerpo.
Algo no estaba bien.

Con un chasquido de dedos, la “abuela Flor” levantó la mano.

El hada que Mariana había liberado hace apenas un instante fue arrastrada hacia ella, atrapada por una fuerza invisible.


El pequeño ser agitó sus alas desesperada…

La falsa abuela comenzó a reír.


Su cuerpo tembló, crujió, cambió.


Plumas negras brotaron de su piel como llamas extrañas.
Sus brazos se alargaron, sus ojos se volvieron un torbellino de caos.
En segundos, la ilusión se rompió.

Ya no estaba la abuela Flor.


Frente a Mariana se erguía un ser humanoide, cubierto de plumas, con mirada ardiente y sonrisa demente.


Era Aitvaras, el espíritu del caos.

—¿A dónde fue mi abuela? ¿Quién eres? ¿Qué hiciste con ella? ¡Deja ir al hada, ella no te ha hecho nada! —gritó Mariana, sintiendo por primera vez una chispa de fuerza dentro de sí.

Aitvaras rio con una carcajada burlona.


—¿Pobre Centinela? No, no… tal vez tienes razón. Tal vez no eres la Centinela. Tal vez solo eres una niña confundida… ¿y quieres que libere al hada que acabas de salvar?

Alzó una mano cubierta de plumas.
—El Olvido reinará en el bosque báltico. Nada podrá salvarse.

Chasqueó los dedos.


El hada desapareció en un destello gris.

—¡No! —exclamó Mariana, retrocediendo—. ¿Por qué lo haces? ¿Qué te hizo ese pequeño ser?

Aitvaras ladeó la cabeza, con sonrisa torcida.


—¿Quieres ayudarla? Entonces demuéstralo.


Si de verdad crees que eres la Centinela de la Llama Rosa… da un paso al frente.
Deténme.

Mariana lo dudó.


Sus pies temblaron sobre la tierra húmeda.


Žaltys, aún enroscado en sus tobillos, se apretó con fuerza, intentando darle coraje.

“Confffffiiiiiiiiiiaaaaaaa eeeeeeennnnn tiiiiiiii,
ceeeeeeentineeeeeelaaaaaa…
el pooooodeeeeeer estaaaaa en tiiiiiii…”

Mariana cerró los ojos, contuvo la respiración.
Y aún así… dio un paso atrás.

Su mirada se cruzó con los ojos caóticos de Aitvaras.

—Lo sabía —rió el espíritu—. No estás preparada para salvar al bosque báltico.
¡El Olvido triunfará!

Chasqueó los dedos una vez más.


Žaltys se quebró en un torbellino de polvo dorado.


La serpiente solar se desvaneció entre la nada.

El bosque entero retumbó con la carcajada de Aitvaras.
Luego… silencio.

Mariana se desplomó de rodillas.
Por primera vez desde que había entrado en ese mundo, entendió que todo era real.


Que estaba perdiendo.

Extrañó a su abuela Flor.


Extrañó a Ignacio.


Y en soledad, con el corazón hecho trizas, cayó al suelo.

El tic-toc en su mente retumbó más fuerte que nunca…
como si el tiempo mismo la empujara hacia un destino del que no podía escapar.


Otoño – El brote del recuerdo 


Hundió las manos en la hierba seca.


Sintió cómo las hojas del bosque se quebraban entre sus dedos,
cómo los árboles dejaban caer sus coronas una a una…
como si el otoño hubiera llegado de golpe,
dejándola más sola que nunca.

En su mente resonaban las últimas palabras de Žaltys:
“El poder está en ti… el poder está en ti…”

Una lágrima se deslizó por su mejilla.


Al caer sobre la tierra reseca, algo sucedió.

El tiempo se detuvo.


Un destello cálido brotó desde la huella húmeda que la lágrima había dejado.


Como un latido sutil.
Como una chispa de esperanza.

Del suelo nació una plantita.
Frágil, temblorosa, iluminada por una energía rosada.
Mariana retrocedió con instinto,
pero esa luz no hería.
Al contrario: traía paz.

Las hojitas diminutas comenzaron a moverse, como si tuvieran voluntad.
Se alargaron, formando lo que parecían bracitos torpes.
De la parte superior brotó un pequeño champiñón, y debajo… dos ojitos se abrieron, brillando como estrellas húmedas.

El tallo se cubrió de musgo suave.
Ramitas formaron su cuerpecito.
Cuando el musgo llegó hasta su rostro, la criatura estornudó.

Un estornudo travieso.
Un soplido que levantó polvo y hojas secas.

Y así quedó al descubierto:


Un ser diminuto hecho de madera tierna, ramitas, hongos y musgo,
con una chispa de luz palpitando en su pecho.

La misma luz que Mariana llevaba dentro…


Aunque aún no lo sabía.

Mariana no podía creer lo que estaba viendo.


Un calor inexplicable, una ternura que no conocía desde niña, comenzó a brotar en su pecho.


Ese pequeño ser había nacido de su lágrima, justo cuando más sola se sentía.

El brotecito verde la miró directo a los ojos.


Se sacudió el polvo con sus diminutas manitos, sonrió…
y caminó torpemente hacia ella.

Era tan pequeño que apenas logró rodear con sus brazos una de las manos de Mariana.
Un abrazo diminuto.


Un abrazo que lo decía todo.

—¿Tú… quién eres? —preguntó Mariana, sin entender lo que sucedía.

Desde lo alto de un árbol, una voz grave y serena respondió:

—Es un Giruki, un niño-bosque.
Casi nunca nacen ante los ojos de los humanos… y tú lo has creado.
El bosque escuchó tu súplica.

Mariana levantó la mirada.


En la cima del árbol, envuelta en hojas y sombras, estaba ella: Medeina, diosa del bosque.

—¿Quién eres? ¿Hace cuánto estás allí? —dijo Mariana con urgencia—.


Algo está pasando, lo sé… Siento que tengo una misión, pero no recuerdo… ¡no sé qué hacer!

El pequeño ser intentó trepar a una roca.
Resbaló, a punto de caer, pero Mariana lo sostuvo con rapidez.
Su corazón se agitó al pensar en perderlo.

—¿Y ahora también debo cuidar a este… bebé de plantas? —murmuró, confundida.

Medeina descendió con gracia, como si los árboles mismos la sostuvieran.

—Soy Medeina, protectora del bosque. Perdóname por no haber estado cuando enfrentaste a Aitvaras.


Pero la Niebla del Olvido y Velnias están devorando a los dioses de los bosques bálticos. Debo moverme con cautela.

La diosa suspiró y la miró con ternura.


—Aun así… no alcanzas a imaginar la paz que siento al verte aquí, Centinela.

—No soy la Centinela —replicó Mariana, con la voz rota—.


Si lo fuera, habría salvado al hada.
Y Žaltys… Žaltys aún estaría conmigo.

Mientras hablaba, el pequeño Giruki se acomodaba en su regazo, jugando con un mechón de su cabello.


Aún sin nombre, pero ya inseparable.

—Sí lo eres —dijo Medeina con firmeza, mientras tejía ramitas con la suavidad de quien conoce cada fibra del bosque—.


Cuando los Guardianes de la Llama Eterna crecen, sus vidas se llenan de responsabilidades y… olvidan.


Pero el poder nunca los abandona.


Y tú, Centinela, te has convertido en una mujer fuerte y valiente desde la última vez que te vi.

Mariana bajó la mirada, sintiendo la presión de esas palabras.


—Creo que están confiando en la persona equivocada… —susurró, mientras intentaba limpiar con cuidado la carita del pequeño ser.

Medeina terminó de tejer.


De entre sus manos brotó un marsupio hecho de hojas frescas y fibras vivas.
Lo entregó a Mariana con solemnidad.

—No podemos perder el tiempo.


Carga a tu pequeño protector cerca del corazón… y avancemos.


Esta batalla la ganaremos juntas.

Mariana sostuvo el marsupio, lo abrió con recelo.
El pequeño Giruki trepó con torpeza, se acurrucó en el interior, y bostezó como si llevara toda la vida esperando ese lugar.

Mariana lo observó, y una ternura inesperada la envolvió.
Como si en ese pequeño ser el bosque le hubiera devuelto lo que creía perdido:
compañía, esperanza… y un nuevo comienzo.


Invierno – El vacío del recuerdo

El grito que despierta la llama 


Y así, la diosa del bosque, la Centinela de la Llama Rosa y el pequeño ser verde avanzaron entre ramas desnudas.


El bosque perdía sus hojas.
El aire se tornaba frío y triste.

Medeina caminaba siempre alerta, mirando a todos lados.


Mientras tanto, el pequeño Giruki se retorcía en el marsupio, juguetón, intentando escapar de su lugar cómodo.


Mariana lo sostenía con cariño, aunque él parecía creer que todo era un juego.

El viento helado se colaba entre los árboles.
En un descuido, el brotecito logró escapar.
Al sentir la brisa invernal, tembló.

—¡Te lo dije, pequeño honguito! —rió Mariana, envolviéndolo entre sus brazos—. Quédate dentro… yo te protegeré del frío.

Medeina volteó a mirarlos.


Su sonrisa era leve, pero cargada de significado.

—Aún no lo sabes —dijo—, pero él es tu protector.
Solo que ahora es frágil, y debes cuidarlo.
No puedes llamarlo “honguito”. O sí… pero recuerda que es más que eso: es un Giruki, un hijo del bosque.


Debes darle un nombre imponente.
Un nombre que infunda respeto.

La diosa hablaba con solemnidad… pero entonces tropezó con una roca y casi se cayó.

El pequeño Giruki soltó una carcajada traviesa.

—¡Jaku, Jaku, Jaku! ¡Jaku, Jaku, Jaku!

—repitió entre risas, como si el bosque entero celebrara la broma.

Mariana sonrió de inmediato.


—Ya lo sé… se llamará Jaku.

El pequeño ser asintió con alegría.


Una chispa brillante iluminó su pecho, latiendo con fuerza.


Contento, se acomodó de nuevo en el marsupio, como si ese nombre hubiera sellado su destino.

Medeina resopló, con un enojo fingido que escondía ternura.


—No me resulta gracioso… pero me gusta.


Jakubas, el temible protector de la Centinela.

Sus labios se curvaron en una sonrisa.


—Sí… me gusta.


Una brisa helada los envolvió.
El aire se tornó más pesado.
Medeina se detuvo, con gesto serio.

—Lo siento, Centinela… —dijo con voz grave—. No puedo seguir contigo.
El invierno ha llegado demasiado pronto. Eso significa que algo está mal en las profundidades del bosque.


Debo buscar a Perkūnas: el equilibrio se pierde, el trueno calla.

Mariana la sujetó de la mano con desesperación.


—¡No me dejes sola! No sé si pueda…

Medeina inclinó la cabeza con ternura.


—No estás sola.


Recuerda: el poder lo llevas en tu interior.


Nos veremos pronto.

La luz en el pecho del pequeño Jaku brilló como un faro.


Mariana lo apretó contra su corazón.

Entonces, como una ráfaga que el tiempo no podía controlar, una tormenta de nieve y hielo descendió con furia.


El bosque entero crujió bajo la helada.

Mariana corrió, buscando refugio, mientras la nevada caía con violencia.

De pronto, una voz la llamó desde lo profundo de una cueva formada por hielo y árboles congelados:

—Centinela… por acá. Ven.
Tú y tu pequeño necesitan refugio…

La voz parecía venir de todas partes y de ninguna.


Mariana dudó… pero no sintió miedo.
Con cautela, se adentró en la cueva.

Allí, entre la bruma, una silueta tomó forma:
una mujer hecha de niebla y recuerdos.
Sus ojos brillaban con amor y compasión… pero también con temor.

—¿Quién eres? —preguntó Mariana, abrazando a Jaku, que asomaba la cabecita con curiosidad.

—Soy Lauma —respondió la figura con voz suave—.


Mi reina se disolvió en las raíces para sostener el flujo de la vida.


Pero no ha desaparecido: sigue luchando por mantener el equilibrio.
Su energía me ha traído a ti… para guiarte hacia donde el malvado Velnias mantiene cautiva a Zemyna.

Mariana abrió la boca para responder, pero un eco retumbó en la cueva.
Era un sonido extraño, desgarrador:

una mezcla de llanto y risa.

Su piel se erizó.


Jaku se escondió de inmediato en lo más profundo del marsupio, temblando.

El eco se intensificó hasta quebrar el hielo.
La cueva tembló con violencia.

Y entre el estruendo, la voz resonó como un cuchillo:

—El Olvido ha triunfado.


Es demasiado tarde para heroínas que no creen en sí mismas.

El suelo crujió.
Las paredes de la cueva se derrumbaron en un alud de escarcha.

Mariana, Jaku y Lauma apenas lograron salir, jadeando, cuando frente a ellas emergió una figura imponente.

Una mujer de rostro pálido y ojos desgarrados por la tristeza.
Sus manos parecían huesos envueltos en sombra.
Su voz, un gemido de siglos.

Era Giltinė.
La diosa de la muerte.

Lauma se plantó con valor frente a la sombra.


—¿Por qué, Giltinė? ¿Por qué te has unido a Velnias y a la Niebla del Olvido?

La diosa de la muerte inclinó el rostro, con sonrisa amarga.


—¿No lo ves? Ellos, los dioses de la luz, siempre brillan. Y nosotras… los otros, las olvidadas, las que sirven en silencio.


Tú, al menos, vivías bajo las faldas de Laima.
¿Y yo? Rodeada de muerte. Nadie me entiende… nadie, excepto Velnias.


Él me ofrece compartir su trono, donde no seré sombra sino dueña.

—¡Eso no es reinar! —gritó Mariana, pero Giltinė alzó la mano.

—¿Y tú, Centinela… o humana incrédula? ¿Cómo prefieres que te llame?

Alzó la mirada al cielo helado y murmuró palabras en una lengua que ni Lauma ni Mariana entendieron.


Un vórtice de hielo descendió y envolvió el cuerpo de Lauma.
En segundos, quedó convertida en una estatua de escarcha.

—¡¿Qué has hecho?! —exclamó Mariana.


 La confesión de Giltinė


“Dicen que soy la bruja de la muerte, que mi lengua lleva veneno y mi aliento trae el fin.
Pero nadie recuerda que una vez fui un hada luminosa.
Amaba las flores, los cantos, la risa de los niños. Yo confiaba en todos.

Fueron los hombres quienes me encerraron.
Siete años en un ataúd oscuro, porque temían lo que yo representaba.
Siete inviernos escuchando mis propias lágrimas.
Cuando escapé, mi reflejo ya no era mío: mi belleza se había marchitado, mi nariz tornó azul, y en mi boca creció un veneno que no pedí.
Ya no podía abrazar… solo arrebatar.

Desde entonces, mi corazón se quebró.
No confío en nadie.
Porque quienes temen a la muerte también temen el amor que yo guardaba.
Yo no elegí la sombra. La sombra me eligió a mí.
Y ahora… solo Velnias me entiende.”

🌙

Mariana sintió el peso del dolor en sus palabras.
Apretó a Jaku contra su pecho, temblando.


Pero dio un paso al frente.

—No eres cruel, Giltinė.
Eres la que da descanso a los cansados, la que cierra los ojos con ternura cuando la vida duele demasiado.

Eres puente entre lo vivido y lo eterno.
No destruyes: acompañas.
Eres necesaria… profundamente importante.
No dejes que las promesas vacías de un ambicioso te cieguen.
El equilibrio no pertenece al Olvido.
El equilibrio está en nosotras.

Giltinė la miró.


Por un instante, en los ojos de Mariana ardió la luz de la Llama Rosa.


La diosa tembló, y en un arrebato golpeó la estatua de Lauma.

—¿Qué… qué he hecho? —balbuceó, mientras intentaba liberar el hielo.

El bloque se quebró en mil fragmentos, cayendo como espejos rotos sobre la nieve.

Una risa burlona retumbó en el aire.
De entre la tormenta emergió Aitvaras, el espíritu del caos, con sus alas de plumas oscuras.

—Lo sabía. Velnias se equivocó al confiarte esta misión, Giltinė.


Eres débil.

—¡Déjala en paz! —gritó Mariana, con voz firme.


—¡Ustedes jamás ganarán! ¡El Olvido no triunfará!

Aitvaras ladeó la cabeza, divertido.


—Vaya, vaya… la Centinela al fin encuentra valor.
Veamos cuánto te dura.

Cruzó los brazos y chasqueó los dedos.


Giltinė se deshizo en un soplo de viento helado, arrastrada por la tormenta.

—¡No maaaaaas! —rugió Mariana, con el pecho encendido.

Pero Aitvaras sonrió.


—¿Crees que eso es todo?

Chasqueó otra vez.


El pequeño Jaku levantó su rostro desde el marsupio.
Sus ojitos buscaron a Mariana.
Extendió sus bracitos hacia ella… pero fue tarde.

En un parpadeo, Aitvaras desapareció con él.

—¡Jaku! —gritó Mariana, desgarrada—. ¡Nooooooo!

La tormenta respondió con un rugido.


Y en medio de la nieve, su voz tronó con fuerza nueva:

Y aunque el invierno la envolvía, en su pecho comenzaba a arder el fuego de un nuevo amanecer.

—¡Soy la Centinela de la Llama Rosa!
¡Y no se saldrán con la suya!


Primavera – El despertar de la Centinela

La Llama Rosa renace 


El invierno se quebró en mil pedazos.


La nieve comenzó a derretirse, y en cada gota de agua brillaba un reflejo de esperanza.


Las raíces, dormidas bajo la escarcha, susurraban un nombre.

Un nombre que resonaba en el corazón de Mariana:


Centinela.

Y allí, en medio de la tormenta que se desvanecía, un resplandor descendió del cielo.


No era trueno ni relámpago.


Era la Guadaña Rosa, flotando como un amanecer que regresa.

Su curva lunar ardía con fuego rosado.
Su mango de madera vibraba con el pulso del bosque.


Esperaba…

Esperaba el despertar de la Centinela.

Esta vez, Mariana sabía lo que debía hacer.
Tomó la guadaña con ambas manos.
El contacto desató un destello de luz rosa que invadió hasta el último rincón del bosque.

Elevada en el aire por la energía que la envolvía, sintió cómo sus ropas se deshacían como ceniza.


En su lugar apareció un vestido tejido con flores que nacen bajo la luna.

La Centinela de la Llama Rosa caminaba ahora descalza, escuchando el latido de la tierra.
Un cinturón dorado ceñía su cintura, conteniendo la fuerza ardiente de su alma.
Y en su brazo brillaba un brazalete como un sol secreto, recordándole que en su sencillez habitaba la grandeza de un poder nacido para proteger con fuego y ternura.

Mariana no podía creer lo que estaba sucediendo.
Y, sin embargo, lo creía.
Su corazón latía con fuerza, no de miedo, sino de certeza.

—Bienvenida, Centinela —dijo una voz conocida.

Medeina apareció con un salto que parecía surgir del mismo corazón del bosque.
Sus ojos reflejaban alivio y determinación.

—Cuando vi el resplandor rosa, supe que el fin de la amenaza se acercaba… y que me necesitabas para la batalla contra Velnias.


—Quisiera decir que me alegra verte… —dijo Mariana, con voz firme—.


Pero en este momento tengo una misión clara: debemos detener a la Niebla del Olvido.


No pueden seguir destruyendo el orden del bosque místico… ni arriesgar el equilibrio del universo.

Medeina asintió, con un brillo de orgullo en los ojos.


—No sabes cuánto me alegra escucharte hablar así.


Esta es la Centinela que recuerdo.
Tenías que despertar tu poder por ti misma.

Mariana sonrió, con el corazón encendido.
—Yo también estoy feliz de estar de regreso.

Pero ya habrá tiempo para reencuentros.

La Centinela tomó la mano de Medeina.


Alzó la guadaña hacia el cielo.

Un relámpago rosa iluminó la bóveda invernal.
El viento se abrió en un torbellino de pétalos y luz.

Elevadas por la energía, avanzaron como centellas hacia el corazón del bosque.


Mariana lo sabía:
allí, en el centro mismo del mundo, la Niebla tramaba su plan destructivo.

Y allí sería donde la Llama Rosa brillaría con todo su poder.


En el centro del bosque, encerrada en una flor de cristal, yacía Zemyna, dormida, conteniendo el último pulso de la vida.
Alrededor, en un jardín de olvido y memorias cautivas, se alzaban otras flores de cristal: jaulas que contenían a dioses y criaturas, presas de la Niebla y de las manos de Aitvaras.

De forma sutil, pero poderosa, descendieron del cielo la Centinela de la Llama Rosa y Medeina.


—Aquí están todos… —susurró la diosa del bosque, acercándose con cautela a las prisiones cristalinas—.


Pensé que habían sido eliminados…

—No tan rápido… —rió Aitvaras, batiendo sus alas oscuras con amenaza.
Se elevó en círculos, rodeándolas.


—Pero si es Medeina… cuánto tiempo buscándote. Eres buena escondiéndote, lo admito. Pero mira: llegaste como caída del cielo.

Medeina apretó los puños.


—No tengo miedo.

—Para el miedo ya es tarde… —bufó el espíritu del caos.

Con un chasquido de dedos, un torbellino de cristales envolvió a Medeina, sellándola en una flor translúcida.


—¡Ja! Una menos… —rió Aitvaras, su voz cargada de burla.

Mariana apretó la guadaña con ira.


Pero entonces lo vio: un hilo dorado enredado al cuello de Aitvaras, tirando de él como un collar invisible.


Entendió al instante: él no era libre.


Velnias lo dominaba.

—¿Y a ti qué te pasa, niña? —dijo Aitvaras, sobrevolando sobre ella—.

¿Vienes a rescatar al pequeño honguito cansón?
¿Y cómo lo harás? ¿Vas a cortarme en dos con ese juguete rosado?

Mariana alzó la mirada, firme.
—¡No se llama honguito! Es Jaku.
Es mi protector… y es mi misión protegerlo.

Alzó la guadaña al cielo.


La hoja rosada brilló como un amanecer.
Con un movimiento firme, cortó el hilo dorado que apresaba al espíritu.

Aitvaras gritó, desgarrado, mientras su cuerpo emplumado se deshacía en destellos.
En su lugar, una paloma blanca surgió y voló libre hacia lo alto, perdiéndose en la luz.

De entre el torbellino, algo cayó.


Era Jaku.

El pequeño abrió los brazos, buscando a Mariana.
Corrió hacia él, y en ese instante los honguitos de su cabeza se abrieron como paracaídas diminutos.
Aterrizó suavemente en sus brazos, riendo.

—Bueno… no sabía que venías con paracaídas incluidos —dijo Mariana, abrazándolo fuerte.
—Jamás dejaré que nada malo te pase.

De repente, el cielo se tornó gris.
El aire se heló.


Una presencia oscura llenó el jardín.

Entre las flores de cristal apareció Velnias, su sombra proyectándose como un abismo.
—Qué escena tan… conmovedora —rió con sarcasmo—. Casi me hace llorar.

Mariana lo sostuvo con la mirada, sin soltar a Jaku.


—Tú debes ser Velnias…
No te hubiera reconocido.
Te imaginaba más grande, más poderoso.
Pero lo que veo es a un hombre triste y débil.

Con suavidad, dejó a Jaku en el suelo.


Se irguió, con la guadaña en alto.


—Yo soy la Centinela de la Llama Rosa.

Velnias rugió.
—¡Yo soy Velnias! ¡El nuevo dios absoluto de los bosques bálticos y del mundo! ¡Mírame y tiembla!

En ese momento, un trueno partió el cielo.
Un relámpago descendió tras Mariana y tomó forma de guerrero.

Era Perkūnas.

Velnias retrocedió con un atisbo de temor.


—¿Tú? ¿Qué haces aquí?

El dios del trueno clavó sus ojos en Mariana.


—Centinela, esta es tu misión: libera a los dioses y detén a la Niebla del Olvido.


Yo me encargaré de este remedo de dios.

Mariana lo miró a los ojos y asintió.


Perkūnas alzó los brazos al cielo, y relámpagos descendieron en sus manos.
La batalla rugió detrás de ella.
Pero Mariana sabía que ese no era su rival.

Avanzó entre el jardín de flores de cristal.
Jaku la seguía de cerca, sus honguitos brillando suavemente.
La niebla comenzaba a espesarse, colándose entre raíces y ramas.

Entonces lo vio.


Una flor atrapaba una silueta que reconoció de inmediato: el Tío Chris.


Otra… Ignacio, su hermano, con la mirada perdida.


Otra más: su abuela Flor, peinándole el cabello en la niñez.


Y otra: Monica, su madre, llevándola al médico de la mano.

—No… esto no es verdad —susurró Mariana, con la voz quebrada.

Cada paso que daba hacía que las flores se agrietaran.


Cada recuerdo que aparecía, dolía más.


Su fuerza vaciló.

Entonces, de entre la bruma, emergió un ser sin rostro.
Hecho solo de sombra, de silencio, de vacío.


Mariana no necesitaba un nombre:


sabía lo que era.

La Niebla del Olvido.

Las flores que contenían a sus recuerdos comenzaron a quebrarse en mil pedazos.
Los rostros de quienes amaba se fragmentaban como espejos rotos.

—¡Detente! —gritó Mariana—.


¡Ellos son lo más importante! ¡No quiero estar sola!

El suelo bajo sus pies se resquebrajó, como si quisiera tragársela.

Mariana bajó la mirada, sin fuerzas para ver cómo sus memorias se deshacían…
y entonces lo vio.

Una luz.


Pequeña, cálida.
Era Jaku.

Al alzar los ojos, no solo lo vio a él.
Tras el pequeño brote estaban Ignacio, en su uniforme de taekwondo; Majo, sosteniendo el espejo de estrella; y el Tío Chris, con su gorra verde inconfundible.

Sus voces se unieron en un murmullo que llenó el bosque:
—No estás sola.
Y jamás lo estarás.

La Centinela respiró hondo.


El fuego de la Llama Rosa ardió en su pecho.

Alzó la guadaña hacia la Niebla.
—¡No estoy sola! —rugió—. ¡Mis recuerdos son míos!

La hoja rosa trazó un arco en el aire.
Un destello de luz barrió la oscuridad.
La niebla se abrió como un velo rasgado.


Las flores de cristal se quebraron, liberando a los dioses y a las criaturas del bosque báltico.

La Niebla del Olvido tembló.

Sabía que no podía vencer al poder de quien recuerda.
De quien sabe quién es.
De quien brilla por sus memorias y por el amor que guarda en ellas.


Un silencio profundo invadió el bosque.
No era vacío, sino calma.
Un silencio de paz, como si la tierra misma respirara aliviada.

Entonces, una voz rompió la quietud:


—¡Detenla, detenla! ¡Debemos capturarla! Yo vi cómo se le escapó al Guardián de la Luz Azul, ¡y mira en lo que terminó! —bramó el dios del caos nórdico, Loki, mientras emergía tambaleante de entre los árboles  libre al fin de la taberna en la que la Niebla lo había encerrado.

—Pero… —continuó Loki, con una sonrisa descarada—, ¿quién iba a decir que la hermana del Guardián sería tan linda?

—¿La hermana de quién? ¿Y tú quién eres? —replicó Mariana, alzando del suelo al pequeño Jaku, que bostezaba como si todo hubiera sido un juego.

—Perkūnas… —susurró Mariana, con el corazón alerta—. Él aún pelea contra Velnias. Debe necesitar mi ayuda.

—No te preocupes, hermosa —intervino Loki, inflando el pecho—. Yo y mis mosqueteros llegamos justo a tiempo. Dionisio y Ragutis están ocupándose del huesudo ese de Velnias.


Se inclinó con un gesto exagerado.


—Déjame presentarme: soy Loki, dios nórdico, muy buen amigo de tu hermano Ignacio. Gran héroe, inseparables somos. Seguro ya te habló de mí…

Un brazo cálido tocó el de Mariana, deteniendo sus pensamientos.
Era Laima, con Žaltys enroscado sobre sus hombros.


—Centinela, no tengo palabras para agradecerte. Nos salvaste del Olvido. Y hay alguien que quiero que conozcas…

De entre las sombras cristalinas, aún adormecida, apareció Zemyna, tomada de la mano de Lauma.

—Centinela —dijo con voz suave como tierra húmeda—, es un placer conocerte. Yo soy…

Mariana dio un paso al frente, sin titubear.


—Lo sé.


Eres el suspiro fértil que despierta los campos.
El pulso secreto que late bajo cada raíz.

Zemyna sonrió, con lágrimas en los ojos.


—Has devuelto el orden a los bosques bálticos. No sabemos cómo agradecerte…

—No se preocupen —respondió Mariana, acariciando a Jaku, que se había quedado dormido contra su pecho—.


Gracias a ustedes por recordarme quién soy.
Mariana los miró a todos con gratitud.
Los dioses, las criaturas, el bosque mismo… todos libres de la prisión del Olvido.


Apretó a Jaku contra su pecho y habló con voz firme:

—No me deben nada.
Pero sí les pido una cosa…

Sus ojos se suavizaron.
—Cuídenlo.
—¿A quién? —preguntó Zemyna, inclinando la cabeza.

Mariana miró al pequeño ser dormido, que sonrió entre sueños.
—A Jaku. Es fuerte, pero aún es frágil. Y el mundo en el que vivo no es lugar para su poder.
Si me lo permiten, prometo venir a visitarlo muy seguido.
Denle un hogar aquí, en el bosque… donde pueda crecer.

Luego levantó la mirada al cielo.


—Y si pueden… den algo de vida al árbol frente a mi casa. Lleva años marchito. Mi abuela Flor lo amaba.

Laima asintió.


—Así será, Centinela.

Mariana quiso preguntar más, sobre todo aquello que había escuchado de Loki…
—¿Cómo conocen a Ignacio? ¿Qué tiene que ver él en todo esto?

Pero antes de recibir respuesta, una ráfaga de luz la envolvió.
El bosque se deshizo en un remolino de pétalos y cristales.

Cuando abrió los ojos, estaba de nuevo en el sendero de la excursión universitaria.
El aire olía a eucalipto, no a nieve ni a musgo antiguo.


Y allí, corriendo hacia ella, estaba Mora.

—¡Mari! ¿Dónde estabas? ¡Te perdí de vista y casi le aviso al profe!


Se detuvo, jadeando.
—Estás… ¿estás bien?

Mariana sonrió.
Se llevó la mano al pecho, como si aún pudiera sentir el calor de Jaku dormido.
—Sí, Mora. Estoy bien.


Solo… necesitaba recordar quién soy.


Las aventuras de la Centinela apenas comenzaban.
El bosque había despertado… pero la Niebla aún seguía libre, agazapada en los rincones del recuerdo.

Mariana lo sabía: la verdadera batalla no estaba en derrotar enemigos, sino en creer en sí misma.
Porque mientras exista memoria, esperanza y amor…
ninguna sombra podrá vencer.


El desierto y la espiral del tiempo!


Una vez más, el universo parecía haber recordado su orden.

Las grietas invisibles que habían temblado en el Eje del Norte guardaban silencio, y los vientos antiguos, aquellos que alguna vez arrastraron nombres olvidados, ya no susurraban con urgencia. Todo estaba en calma.
Demasiada calma.

Mariana caminaba con una luz distinta en la mirada, como si algo en su interior hubiera encontrado su lugar sin necesidad de explicarlo. Mariajosé, por su parte, avanzaba con una seguridad nueva, firme, como si la estrella que la guiaba brillara ahora desde dentro. No hablaban de ello, no lo cuestionaban. Simplemente era.

Ignacio lo veía.
Y lo sentía.

Había regresado del norte con más respuestas de las que esperaba… y con más silencios de los que deseaba. Salvar a Odín del olvido no había sido solo un acto de valentía; había sido un punto de quiebre. Algo en él había cambiado, algo que no se mostraba en palabras ni en gestos, sino en la forma en que ahora observaba el mundo.

A veces, cuando la casa dormía y el tiempo parecía detenerse, Ignacio se encontraba frente al Libro del Dragón. No lo abría. No lo consultaba. Simplemente lo miraba, como si esperara que fuera el libro quien hablara primero. Había aprendido que los peligros más antiguos no siempre anuncian su regreso con estruendo. Algunos prefieren observar… y respirar.

Porque el olvido no siempre avanza como niebla espesa.
A veces, espera a que todo parezca en orden.

Y en esa quietud perfecta, el universo contenía el aliento, sabiendo que ninguna paz es eterna…
solo prestada.


El día que Chronos fue bebé

Era una tarde tranquila. Ignacio empacaba su uniforme de taekwondo mientras el tío Chris, siempre puntual, estaba en la cocina preparando los refrigerios para después de clase. Todo parecía normal… hasta que el Libro del Dragón empezó a vibrar sobre el escritorio de la habitación del Guardián de la Luz Azul.

—¿Otra vez? —murmuró Ignacio, acercándose con cautela.

El libro se abrió de golpe y de él saltaron, revoloteando, los querubines gemelos Liros y Leros.

—¡Shhh! —susurró Liros—. No le digas a nadie que estamos aquí.
—Estamos jugando una broma —añadió Leros con una sonrisa traviesa—. Le escondimos el reloj a Chronos.

Ignacio abrió los ojos como platos.

—¿¡El reloj de Chronos!? ¿Ustedes en serio? ¡Ustedes me van a meter en problemas otra vez!

—Claro que no, Guardián —dijo Leros, sacando el reloj de detrás de su espalda—. Mira, está sano y salvo.

Pero apenas lo levantó, el reloj se le resbaló de las manos.

¡Clanc!

El artefacto comenzó a lanzar chispas y rayos de energía azul que iluminaron toda la habitación. Los tres corrieron a esconderse bajo la cama.

—¿Todos bien? —preguntó Ignacio con la voz temblorosa.
—Creo que sí… —dijo Leros, con las plumas chamuscadas.

De pronto, desde la sala se escuchó un plop, seguido de un llanto agudo.

Cuando salieron, Ignacio no podía creerlo. En medio del sofá estaba un bebé con gorra verde ladeada, tatuajes que parecían dibujados con marcador… ¡y la sonrisa traviesa del tío Chris!

—¿T-tío? —balbuceó Ignacio, incrédulo.

El bebé aplaudió, se metió los dedos del pie en la boca y gritó con voz chiquita:

—¡Guadiaaan!

Los querubines se doblaban de la risa, pero el caos comenzó de inmediato.

—¡Ay! —chilló Liros cuando el mini Chris le jaló una pluma del ala.
—¡Igna, rápido! Arregla ese reloj antes de que tu tío necesite cambio de pañal —gritó Leros, mientras el bebé le mordía el ala como si fuera pan.

Ignacio agarró el reloj. Sus agujas giraban como locas, como si el tiempo estuviera mareado.

Mientras tanto, baby Chris gateaba por toda la sala, tirando cojines, mordiendo todo y aplaudiendo cada vez que lograba un desastre, mientras balbuceaba:

—¡Taeeek-woooondo, taeeek-woooondo!

—¡Concéntrate, Guardián! —exclamó Liros, despeinado—. Si no armonizas el reloj, tu tío se quedará así para siempre.

Ignacio cerró los ojos, respiró profundo y recordó las palabras del buen maestro Dédalos:

“El tiempo no se controla… se armoniza”.

Con cuidado, giró las agujas del reloj al ritmo de su respiración. Un destello azul inundó la sala y, en un parpadeo, el tío Chris volvió a su tamaño normal, sentado en el sofá con cara confundida, un chupón en la mano y una babita en la mejilla.

—¿Qué… pasó? —preguntó, sin entender nada.

Liros y Leros se escondieron detrás del sofá, riendo nerviosamente.

—¿Y ustedes dos qué hacen acá? —preguntó el tío Chris, levantando una ceja.

Ignacio suspiró y cerró el reloj con firmeza.

—Nada, tío. Ellos ya se iban. Chronos los está buscando.

Los querubines se miraron, tragaron saliva y salieron disparados directo hacia el libro.

El tío Chris se encogió de hombros.

—Bueno… ¿listo para taekwondo? —dijo, mientras aún tenía pegado un babero de caricaturas en el cuello.

Ignacio sonrió.
Sí, estaba listo… aunque sabía que ese día su verdadero entrenamiento había sido cuidar del tiempo mismo.

El Olimpo en pañales

El portal del Libro del Dragón se cerró con un plop suave detrás de Liros y Leros.

Se miraron satisfechos, listos para volver al Olimpo como si nada hubiera pasado.

—¿Ves? Todo bajo control —dijo Leros, sacudiéndose el hollín del ala.
—Ajá… salvo que casi destruimos el tiempo y transformamos al tío Guardián en bebé —respondió Liros, arqueando una ceja.

Pero apenas pusieron un pie en el templo de Zeus, se quedaron congelados.

El gran salón, antes solemne y majestuoso, ahora estaba repleto de… ¡bebés!

Bebés con coronitas doradas, bebés con armaduras de juguete, bebés con túnicas diminutas que arrastraban los dobladillos por el suelo.
Un pequeño Zeus lanzaba rayitos del tamaño de chispitas eléctricas que apenas lograban encender las antorchas.
Afrodita bebé lloraba porque su espejo era demasiado pesado para sostenerlo con las manitas.
Ares bebé intentaba “pelear” contra Hermes bebé, pero solo lograba tropezar y llorar.

El Olimpo entero era una guardería divina en pleno colapso.

—¡¿Qué hicimos?! —gritó Leros, llevándose las manos a la cabeza.
—Shhh, calla, que si se enteran de que fuimos nosotros… —intentó calmarlo Liros, mientras Hermes bebé le jalaba la túnica con insistencia.

De pronto, entre los sollozos, apareció Chronos bebé, arrastrando un reloj de arena más grande que él y balbuceando:

—¡Tieeeempooo… rooootooo!

Los querubines tragaron saliva.
Eso nunca era buena señal.


Mientras tanto, en el mundo real…

En medio de su clase de taekwondo, el tío Chris ajustaba con orgullo el cinturón azul del Guardián.

—Listo, Igna. Demuestra de qué estás hecho.

Pero Ignacio notó algo extraño. La gorra verde del tío le quedaba floja y su rostro parecía más joven, como si se hubiera quitado diez años de encima.

—¿Tío… te afeitaste o…? —preguntó con cautela.

Un destello azul recorrió el cuerpo del tío Guardián. En un parpadeo, ya no era un adulto, sino un muchacho adolescente que miraba sorprendido sus propias manos.

—¡Ignacio, mira! ¡Tengo abdominales de diecisiete otra vez! —gritó Chris emocionado.

Pero la transformación no se detuvo. En segundos pasó de adolescente a niño y luego a un pequeñín arrastrando unos pantalones que le quedaban demasiado largos.

Ignacio palideció.

—No, no, no… otra vez no. Esto no puede estar pasando.

Cuando Chris encogió hasta convertirse en un bebé, con la gorra verde cubriéndole media cara, Ignacio lo alzó con cuidado y salió corriendo con él en brazos.

No entendía lo que estaba pasando, pero sabía a dónde dirigirse.
Mariana, la Centinela de la Llama Rosa, estaba fuera de la ciudad.
Majo, la Protectora de la Estrella, estaba en un campeonato de cheerleaders.

Solo le quedaba alguien que pudiera comprender lo que ocurría: la Guardiana original.

—¡Abuela Flor! ¡Ayuda! —gritó al entrar a la casa.

La abuela Flor lo recibió con calma, como si ya nada pudiera sorprenderla.

—Oh, Dios… ¡pero, Igna! ¿Qué pasa? Tranquilízate —dijo, cargando al bebé Chris, que jugaba feliz con sus aretes.

—No sé qué hacer —respondió Ignacio desesperado—. El reloj de Chronos ya lo arreglé, pero algo sigue mal.

—No me gusta que tú, ni ninguno de ustedes, carguen con una responsabilidad tan grande como detener la Niebla del Olvido —dijo la abuela con suavidad—, pero tienes que pensar con calma. Respira profundo. No quiero ni imaginar lo que está ocurriendo ahora mismo en los reinos mitológicos que debemos proteger.

Luego sonrió con ternura.

—Por ahora yo me encargo de Chris. No es la primera vez que tengo que darle su compota.

Ignacio asintió y corrió a su cuarto. Necesitaba respuestas.
El Libro del Dragón estaba mudo, sin vibrar.

Pero debajo de la cama algo brillaba.

Era un fragmento roto del reloj de Chronos.

Al tomarlo en la mano, Ignacio vio reflejado en el pequeño trozo de cristal el caos del Olimpo: Liros y Leros corriendo tras decenas de dioses bebés que lloraban, gritaban y lanzaban rayos de juguete.

De pronto, el fragmento tembló… y se deshizo en un puñado de arena dorada que cayó sobre la palma de su mano.

—Arena del tiempo… —susurró Ignacio.

Algo dentro de él se llenó de fuerza y valor. De inmediato, los amuletos del Guardián que siempre llevaba consigo comenzaron a brillar como estrellas en su cinturón.

Los levantó y recordó las palabras del tío Chris, cuando junto a Majo habían tenido que viajar al pasado usando el Espejo Estrella y los amuletos:

“Conocimiento, mente y cuerpo… son llaves para abrir portales”.

Ignacio los empuñó con fuerza y no dudó ni un segundo.

—Llévenme con Zeus —dijo con voz firme.

Un remolino de truenos y arena lo envolvió, levantándolo del suelo.
El torbellino se transformó en un vórtice de universos que Ignacio aún no lograba surfear del todo y, aunque ya lo había recorrido antes, esta vez todo se sentía más confuso.

Cuando abrió los ojos, no estaba en el Olimpo.

Se encontraba en medio de un mar de dunas infinitas.

El desierto ardía bajo el sol.

Entonces el viento sopló, formando un susurro que heló su sangre:

—Bienvenido a Egipto, Guardián…


Voces en la arena

El sol abrasaba con fuerza. Ignacio entrecerró los ojos; el calor lo envolvía como una manta ardiente. A su alrededor solo había dunas infinitas.

En su mano, los tres amuletos brillaban con un resplandor azul. De pronto, la luz se condensó y formó un pequeño holograma suspendido en el aire.

La imagen temblaba como un reflejo en el agua, pero allí estaban Liros y Leros, en medio del caos del Olimpo.

Zeus bebé lloraba porque no encontraba su rayo de juguete. Apolo bebé trataba de tocar una mini lira, desafinando con cada cuerda. La pequeña Atenea, con un casco que le quedaba enorme, se tambaleaba peligrosamente al borde de una torre de libros en la biblioteca.

—¡Ignacio! —gritó Leros, corriendo tras ella—. ¡No sabes lo que es cuidar bebés divinos! ¡Se pelean por los pañales de seda!

—Y preparar puré de ambrosía para todos… ¡NO! ¡Es un infierno! —añadió Liros, con manchas de fruta dorada por toda la túnica.

Ignacio se inclinó hacia el holograma.

—¿Qué pasó exactamente? ¿Por qué el reloj hizo esto?

Liros se rascó la cabeza, nervioso.

—Bueno… cuando Chronos le entregó el reloj a Zeus, también mencionó algo de… ¿cómo era?

—¡Un tal Thot! —interrumpió Leros—. O Seth… o los dos, no sé. Hablaban de la Casa de los Escribas o algo así. No escuchamos bien porque… bueno, solo queríamos jugarle una broma a Chronos escondiéndole su reloj.
Luego suspiró.
—Creo que debimos prestar más atención… te lo dije, Liros, te lo dije.

En ese momento, un estruendo sacudió la biblioteca del Olimpo. La torre de libros se inclinó y Atenea bebé estuvo a punto de caer.

—¡Ay no, otra vez! —gritó Liros, desapareciendo de la imagen.

—Ignacio, escúchanos —dijo Leros con urgencia—. Tienes que encontrar a ese Thot o a Seth, o a quien sea. Aunque tengas que montar un camello para llegar hasta ellos. ¡Ayudaaaa!

La imagen se deshizo entre llantos de bebés y el silencio del desierto volvió a envolver al Guardián.

Ignacio apretó los amuletos.

—Thot… Seth… —repitió en voz baja—. Si esto tiene que ver con el tiempo, debo llegar a la Casa de los Escribas y encontrarlos antes de que la Niebla lo haga.

El viento levantó la arena a su alrededor, formando pequeños remolinos que parecían susurrar nombres antiguos. De pronto, un rugido agudo cortó el aire.

Sombras enormes se dibujaron en el cielo, hasta que un destello alado descendió atravesando las dunas, como si rasgara las dimensiones.

—¡Gryphos! —exclamó Ignacio, con los ojos iluminados.

La criatura, mitad halcón y mitad tigre, aterrizó con elegancia frente a él. Sus alas desplegadas levantaron ráfagas de arena dorada. Pero no era el Gryphos imponente de siempre: su cuerpo había sido tocado por el mismo hechizo del tiempo.

Ahora era un cachorro, con zarpas torpes y ojos enormes, brillando de ternura y poder contenido.

Ignacio sonrió, aliviado.

—Incluso bebé… sigues siendo increíble.

El pequeño Gryphos agitó las alas y lanzó un rugido suave, como si dijera: Sube, Guardián.

Ignacio no lo dudó. Saltó a su lomo y la criatura se elevó hacia el firmamento, abriéndose paso entre espejismos y corrientes de arena.

Desde las alturas, el Guardián pudo verlo. En el horizonte, oculto tras columnas de arena y reflejos distorsionados, se alzaba la silueta de un templo misterioso.

El susurro del viento volvió a escucharse, más claro esta vez:

—La Casa de los Escribas… allí te espera Thot.


El Guardián de los papiros

Ignacio no podía creerlo. Gryphos, aunque cachorro, lo llevaba volando con firmeza sobre el desierto. Sentía el viento en el rostro y, en su pecho, un alivio profundo: no estaba solo.

En los ojos dorados de Gryphos algo brillaba, aunque Ignacio no lo notó. Allí, en ese reflejo secreto, Zeus rejuvenecido posaba una mano sobre la cabeza de la criatura.

“Buen Gryphos, hijo mío… la Niebla del Olvido no puede salirse con la suya. Vuela y encuentra a tu Guardián. Él te necesita”.

El cachorro rugió con decisión y el eco de esa orden vibró en su corazón.

Ignacio, ajeno a esa visión, acarició el lomo emplumado.

—Eres lo mejor que me ha pasado en semanas, amigo.

De pronto, un destello de luz emergió en medio de las dunas. Como relámpagos en la arena, dos figuras aladas y pétreas combatían contra un hombre solo.

—¡Aterriza! —gritó Ignacio.

Gryphos descendió en un torbellino de arena. Ignacio reconoció al combatiente de inmediato.

—¡El Mister!

Era su profesor de biología e historia, un hombre tranquilo, casi siempre de bata blanca, con un entusiasmo infinito por las civilizaciones antiguas. Ahora, sin embargo, estaba armado apenas con un bastón improvisado, intentando contener a dos mini esfinges de piedra, cuyos ojos brillaban con humo oscuro de la Niebla. En sus brazos protegía un rollo de papiros dorados.

—¡Profe! —gritó Ignacio.

El Mister giró, sorprendido, justo cuando una esfinge le saltaba encima.

Ignacio no lo pensó. Lanzó una patada voladora con toda la fuerza y la técnica que había aprendido durante su entrenamiento, cuando consiguió el amuleto del Cuerpo. La esfinge se partió en mil fragmentos, estallando como un cántaro contra la arena.

—¡Ignacio! —exclamó el Mister, jadeando—. ¿Qué haces tú aquí?

Ignacio, aún en posición de combate, respondió:

—La pregunta es… ¿qué hace usted acá, profe?

El Mister se sacudió la arena de la bata blanca, sudando y todavía desconcertado.

—Estaba en el museo de El Cairo cuando estas criaturas aparecieron de la nada. Empezaron a robar objetos, a devorar el conocimiento. No podía quedarme de brazos cruzados.
Alzó los papiros con cuidado.
—Estos son papiros de Atum. Alguien tenía que protegerlos… así que los tomé y salí corriendo.

La segunda esfinge rugió y se abalanzó sobre ellos, pero Gryphos cachorro saltó y, con un zarpazo torpe pero poderoso, la derribó contra la arena.

Ignacio corrió hacia el Mister.

—Tenga cuidado, profesor. Esta batalla no es solo por objetos… es por el tiempo mismo. Yo debo llegar a ese templo —dijo, señalando el horizonte.

El Mister giró la cabeza. Entre los espejismos, la silueta de columnas antiguas se levantaba en la lejanía.

—El templo de Thot… —susurró, fascinado—. El escriba de los dioses.

Ignacio asintió.

—Me gustaría que me acompañara, pero no es seguro. Él es Gryphos y también fue alcanzado por el hechizo del tiempo. No creo que pueda llevarnos a los dos. Es más, no sé cuánto podrá resistir.

El Mister sonrió, abrazando los papiros contra su pecho.

—No te preocupes por mí. Tengo un camello esperándome más atrás. Te veré allí, Ignacio. Y si necesitas ayuda para proteger el conocimiento egipcio… estaré a tu lado.

Ignacio montó de nuevo en Gryphos, que desplegó sus alas con ímpetu juvenil.

—Nos vemos pronto, profe.

El Guardián y su criatura se elevaron una vez más, dejando atrás al Mister, que observaba el horizonte con una mezcla de temor y entusiasmo.

Frente a Ignacio, el templo de Thot se alzaba cada vez más claro, como si emergiera del tiempo mismo.


La Prueba de la Pluma

Gryphos descendió entre un torbellino de arena y las garras del cachorro se posaron con firmeza sobre la tierra ardiente. Ignacio bajó de su lomo, maravillado. Frente a él se extendían las ruinas de una ciudad antigua.

Las piedras rotas, las columnas derrumbadas y los muros vencidos parecían cobrar vida. Como si el tiempo retrocediera, los fragmentos se alzaban lentamente hasta formar torres imponentes y arcos majestuosos. En el centro, un gran templo emergía con solemnidad.

Hermópolis Magna resucitaba ante sus ojos.

Ignacio respiró hondo y apretó los amuletos en su cinturón.

—Debe ser aquí… el templo de Thot.

Una brisa helada recorrió el aire, a pesar del sol abrasador del desierto. Entonces la vio.

La silueta de una mujer alada apareció ante él, con una corona que parecía un trono sobre la cabeza. Isis se manifestó envuelta en un resplandor azul y dorado, majestuosa y etérea. Sin embargo, en sus ojos ardía una tristeza infinita.

Su voz era melodía y lamento al mismo tiempo.

—Guardián… llegas tarde. La Niebla del Olvido ya ha sembrado su veneno. Convenció a Thot y a Seth de jugar con el tiempo.
Bajó la mirada.
—Mi esposo, Osiris… ha caído. Reducido a un niño indefenso, sin poder alguno.

El corazón de Ignacio ardió de furia. Dio un paso al frente, cerrando el puño.

—¡Eso no se quedará así! No permitiré que la Niebla controle a los dioses.

Pero en el instante en que la rabia lo recorrió, el suelo bajo sus pies cedió. Ignacio se hundió hasta las rodillas en arenas movedizas que comenzaron a absorberlo.

—¿Q-qué pasa? —exclamó, desesperado.

Isis alzó una mano, solemne.

—Lo siento, Guardián, pero ahora debo ponerte a prueba.
Su voz se volvió firme.
—El odio y la venganza pesan demasiado en el alma. Y el tiempo no se abre a los corazones cargados de orgullo.

Del cielo descendió lentamente una pluma blanca, brillante como la luna. Isis la sostuvo un instante y luego la dejó caer. Flotó con suavidad hasta posarse en una balanza de piedra que emergió frente a Ignacio.

—Esta es la pluma de Osiris —dijo la diosa—. Tu alma será pesada contra ella. Si tus pensamientos y acciones son tan ligeros y puros como esta pluma, el camino se abrirá.
Lo miró con gravedad.
—Si el orgullo y la furia pesan más… te hundirás en el tiempo.

La arena tiró con más fuerza de sus piernas. Ignacio cerró los ojos, temblando.

—No… no puedo fallar…

En su mente aparecieron destellos de su vida.

Dédalos recordándole que el tiempo no se controla, se armoniza.
Liros y Leros riendo con sus bromas inocentes.
Surori, el enano del sur, ayudando a Thor con valentía desinteresada.
Y, sobre todo, la calidez de su hogar: los abrazos de su madre, los pancakes de su padre en las mañanas.

Una sonrisa suave se dibujó en su rostro.

—No lucho por mí… lo hago por todos ellos.

La balanza brilló con intensidad. La pluma se inclinó, no por el peso, sino por la fuerza del amor y la memoria que lo sostenían. La arena se endureció bajo sus pies, transformándose en un suelo sólido y radiante.

Una luz mística envolvió a Ignacio, elevándolo fuera de la trampa.

Isis también cambió ante sus ojos. Sus cabellos brillaron, su piel resplandeció y en su rostro renació la esperanza.

—Bienvenido, Guardián —dijo con voz clara—. El tiempo aún puede ser sanado. Ayúdanos.

Antes de que Ignacio pudiera responder, la diosa se desvaneció en un torbellino de polvo dorado, regresando al río eterno del tiempo.

Las puertas del templo se abrieron de par en par. En sus muros, jeroglíficos antiguos brillaban con una luz azulada, marcando el camino hacia el interior.

Ignacio acarició a Gryphos cachorro y respiró profundo.


El nombre olvidado

Ignacio acarició a Gryphos cachorro y respiró profundo.

—Vamos, amigo. Es hora de enfrentar a la Niebla del Olvido.

El Guardián avanzó hacia el corazón de Hermópolis Magna. A su alrededor, la ciudad se reconstruía como un rompecabezas del tiempo: cada piedra, cada columna y cada mural regresaban lentamente a su lugar, mientras el templo de Thot se erguía de nuevo en toda su gloria.

De pronto, siete sombras se deslizaron entre los muros recién alzados. Escorpiones enormes, negros y brillantes, rodearon a Ignacio. Él se detuvo en guardia.

—¿Quiénes son? ¡Muéstrense!

Una voz conocida resonó, firme pero serena.

—Tranquilo, Ignacio. Son los siete escorpiones de Isis. Ahora te protegen, como protegieron a ella y a Horus cuando el tiempo quiso arrebatarles todo.

Ignacio giró, sorprendido.

—¡Profe! Me alegra verlo aquí. Hay tantas cosas que no entiendo…

El Mister sonrió, aunque se notaba cansado.

—Me hubiera gustado llegar antes. En la entrada de la ciudad encontré esto —dijo, mostrando un antiguo papiro cubierto de símbolos—. No he logrado descifrarlo del todo… pero sabía que era importante.

Antes de que pudieran continuar, un viento cortante atravesó la plaza como un cuchillo. Una figura alta y delgada emergió del umbral del templo. Su rostro estaba oculto tras una máscara antigua y su voz retumbó como un trueno entre las columnas.

—Este no es lugar para mortales.

Ignacio dio un paso al frente.

—Soy el Guardián de la Luz Azul, y él es mi maestro. Venimos a buscar a Thot. Solo él puede ayudarnos a restaurar la armonía del tiempo.

El ser enmascarado soltó una carcajada amarga.

—¿Ayudarlos? Nuestro mundo se desmorona. Nuestros templos son polvo. Nuestra civilización, antes imponente, ahora es ruina para fotografías apresuradas y vitrinas de museo. El conocimiento sagrado reducido a objetos sin alma…
Se inclinó hacia Ignacio.
—¿Y tú, mortal, crees que puedes salvarnos?

Ignacio apretó los puños.

—Si no me ayudas, quítate de mi camino.

El enmascarado inclinó la cabeza lentamente.

—¿Quieres pasar? Entonces juguemos.

Aplaudió una sola vez. De la arena surgió una serpiente oscura que se lanzó con velocidad. Antes de que Ignacio pudiera reaccionar, el animal mordió al Mister en el brazo. El profesor cayó al suelo, dejando caer los papiros sobre la arena.

—¡Mister! —gritó Ignacio, corriendo hacia él.

El ser enmascarado abrió los brazos.

—El veneno ya corre por sus venas. Solo yo tengo el antídoto.
Su voz se volvió cruel.
—Si descubres mi nombre, vivirá. Si fallas… desapareceré. Y con mi nombre se irá también el antídoto.

Ignacio tembló de rabia.

—¿Por qué tanta crueldad? ¡Muéstrate! ¡Dime quién eres!

La figura inclinó la cabeza.

—El tiempo borró mi legado. La Niebla me hizo recordar. Egipto renacerá desde la arena, incluso si para ello debo olvidar quién fui.

El Mister, débil, alzó la mano y señaló el papiro abierto en el suelo. Ignacio lo tomó con urgencia y leyó en voz alta:

—“Salve, oh Toro del Occidente. Yo soy Thot, el que proclamó justo a Osiris contra sus enemigos en el día del peso de las palabras…”

Un crujido atravesó el aire. La máscara se partió en dos y cayó al suelo, revelando un rostro divino.

Ignacio abrió los ojos, atónito.

—Eres… Thot.

Los ojos del dios se llenaron de lágrimas.

—Mi nombre… —susurró—. Lo había olvidado. La Niebla me hizo dudar de mi misión.

Ignacio dio un paso al frente, firme.

—Eres el maestro del conocimiento, patrón de los escribas, juez de las palabras y guardián de la memoria. No puedes olvidar lo que eres.

Thot cayó de rodillas. Sus hombros temblaban mientras los recuerdos regresaban como una inundación.

—Hermes… mi hermano del Olimpo… ya me habló de ti, Guardián.

Ignacio sostuvo al Mister, que respiraba con dificultad.

—Mi maestro… ayúdalo. Lo prometiste.

Thot se acercó y una lágrima cayó sobre el brazo del Mister. El veneno se disipó como humo llevado por el viento. El profesor abrió los ojos, jadeando.

Ignacio sonrió, aliviado.

—Gracias, Thot.

Pero entonces, un trueno partió el cielo. El templo tembló y el aire se llenó de una energía oscura y densa.

Thot levantó la vista, aterrorizado.


La pirámide del caos


Un trueno desgarró el cielo en dos. El templo se estremeció hasta los cimientos. La Niebla descendió como una ola oscura, girando en espiral sobre la ciudad reconstruida.


—Demasiado tarde… Seth viene. dijo Thot

Un rayo carmesí lo atravesó, y su cuerpo se quebró como un reloj de arena roto. Ignacio gritó:
—¡Nooo!

La figura del dios se desmoronó en partículas doradas, que se aglutinaron en la arena, dando forma a un frágil polluelo de ibis que piaba débilmente.

Ignacio lo tomó entre sus manos con cuidado, apretando los dientes.
—Resiste, Thot. Yo restauraré el tiempo.

A su alrededor, las rocas que reconstruían la ciudad cambiaron de dirección. Una tras otra se alzaron hacia el cielo, encajando como engranajes de piedra hasta formar una pirámide colosal. Sobre su cúspide, la Niebla giraba sin cesar, y en su centro apareció una figura imponente.

Un ser con cuerpo humano y cabeza indescifrable: a veces lobo, a veces chacal, a veces un perro del desierto. Sus ojos eran brasas rojas.

El profesor, aún recuperándose, lo señaló con voz entrecortada:
—Él… es Seth…

Pero antes de que pudiera decir más, el juego del tiempo lo alcanzó. Su cuerpo se encogió poco a poco, hasta convertirse en un bebé envuelto en su bata blanca como si fuera una manta. Ignacio lo levantó en brazos, con lágrimas de frustración.

—Profe… yo debo seguir. Espéreme aquí. Lo rescataré, lo prometo.

Un rugido infantil lo interrumpió. Detrás de una columna apareció Gryphos cachorro, tambaleando con alas demasiado grandes para sus patitas. Ignacio lo acarició en el lomo.
—El tiempo también te alcanzó, amigo. No importa. Juntos restauraremos el orden.

Con el ibis bebé en los brazos y Gryphos tropezando por su alas a su lado, Ignacio comenzó el ascenso hacia la cima de la pirámide. Pero no estaba solo: siete sombras reptaron tras él. Los siete escorpiones de Isis lo flanqueaban, sus aguijones brillando como estrellas en la tormenta.

Ignacio apretó los dientes, mirando hacia la cima donde Seth aguardaba entre la Niebla.
—No importa cuánto juegues con el tiempo, Seth. Hoy lo armonizaré.

El Guardián y su séquito avanzaron, paso a paso, hacia la batalla final.

Mientras escalaba la pirámide formada por rocas que obedecían al tiempo mismo, Ignacio sentía en su pecho que el momento había llegado. Cada paso lo acercaba al destino.
En la cima, la risa malévola de Seth retumbaba, y la Niebla del Olvido giraba en espiral, sacudiendo cada grano de arena del desierto.

Un relámpago partió el cielo. Una manada de chacales surgió de la Niebla, con ojos encendidos de rencor. Descendieron la pirámide con furia, colmillos al descubierto.

Ignacio se detuvo, aun con el pequeño ibis en los brazos solo pudo fruncir el ceño. Pero antes de que los animales lo alcanzaran, los siete escorpiones de Isis se adelantaron. Sus aguijones brillaron como lanzas de luz, formando una barrera viviente.
—¡Adelante, Guardián! —parecían decir con su chasquido.

Mientras los escorpiones luchaban cuerpo a cuerpo contra las bestias de Seth, Ignacio siguió subiendo. El ibis pequeño latía débil en sus manos, y el cachorro Gryphos trepaba a su lado, decidido.

Al llegar a la cima, una voz lo recibió con burla.
—Pero… ¿a quién tenemos aquí? —Seth emergió en la niebla, su silueta cambiante entre chacal, lobo y perro del desierto—. ¿Eres el que causa caos… dentro del caos que yo creo? ¡Ingenuo! No entiendes: mi reino renacerá. La luna y el sol me pertenecerán.

Ignacio alzó la voz con firmeza.
—¡Qué iluso eres! ¿Crees que la Niebla del Olvido te dejará gobernar? Solo te está usando. Ya lo intentó en el Olimpo, en los reinos de Odín y en el bosque baltico, hasta en el mundo de los reflejos. ¡Despierta! Deja que el tiempo fluya.

Seth golpeó su cetro contra el suelo y la pirámide entera tembló.
—¡Nadie me controla! —rugió.

Ignacio cayó de rodillas por el temblor, pero se levantó con el ibis en brazos.

—No será tan fácil.

La risa de Seth retumbó en la cima de la pirámide.

—Siempre dicen eso —gruñó—. Y siempre terminan suplicándole al tiempo que los salve.

La Niebla del Olvido, que lo había envuelto y guiado, se agitó de forma extraña, como si de pronto hubiera perdido fuerza. Giró con violencia alrededor de la cima. El cielo pareció doblarse como un papiro mojado. Por un instante, el sol se oscureció… y luego se abrió como un ojo inmenso, antiguo y vigilante.

En el corazón de la pirámide recién formada, las piedras se separaron lo suficiente para revelar algo oculto: un reloj de arena colosal, antiguo, agrietado, latiendo como si fuera el corazón mismo del tiempo.

Una voz descendió, no como trueno, sino como recuerdo:

—Yo lo vencí una vez… pero el tiempo no se repite. Se confía. Y ahora… te toca a ti.

Ignacio alzó la vista. No vio un cuerpo, solo luz y memoria. Y desde lo alto cayó lentamente una cadena de oro con un amuleto: el Ojo de Horus. El collar descendió hasta posarse en el cuello de Gryphos cachorro.

El amuleto brilló.

Gryphos rugió.

Su cuerpo se irguió, las alas crecieron, las plumas se volvieron como metal vivo bajo el sol. Sus ojos ardieron con una claridad antigua. Ya no era solo una criatura alada: era herencia del cielo.

Ignacio lo miró… y en ese brillo vio algo más. Por un instante, en los ojos de Gryphos se reflejó un rostro conocido: el de Zeus, y detrás de él, el eco de un trueno que parecía marcar el destino.

Ignacio sonrió, con un nudo en la garganta.

—Así que… sí tenías sangre del Olimpo, ¿eh? —susurró—. Protector de la amistad… y del valor.

Seth dio un paso atrás, apenas uno, pero suficiente para delatar su sorpresa.

—No eres Horus —se burló, forzando una carcajada—. Eres solo un gatito con alas prestadas.

Gryphos abrió las alas y el viento golpeó la Niebla, que se arremolinó como si quisiera huir. Ya había sido rechazada antes por el Guardián… pero no desapareció. Todo quedó suspendido en una quietud extraña, como si el tiempo mismo contuviera el aliento.

Ignacio lo entendió entonces.

No bastaba con más fuerza.
No bastaba con más luz.

Miró el reloj en el corazón de la pirámide, girando como un mecanismo vivo. Vio la arena dorada suspendida en el aire… y recordó la pluma. Recordó el nombre de Thot. Recordó las palabras de Dédalos:

“El tiempo no se controla… se armoniza”.

El ibis bebé piaba débil entre sus manos. A lo lejos, el Mister, convertido en bebe, dormía, ajeno al caos. Gryphos lo observaba, firme, esperando.

Ignacio tragó saliva.

—Seth… tú quieres obligar al tiempo a obedecerte —dijo—. Pero el tiempo no sigue a los que gritan. Sigue a los que recuerdan.

Seth alzó el cetro y partió el cielo en dos.

—¡Yo soy la fuerza que rompe los ciclos!

La pirámide tembló. La Niebla se lanzó como una ola negra.

Gryphos aleteó con fuerza. Una corriente de viento y luz chocó contra la sombra y la detuvo a pocos pasos del Guardián.

Ignacio avanzó. Uno… dos pasos… hasta quedar en el centro de la cima, frente al corazón del reloj.

Cerró los ojos.

Y tomó una decisión.

Dejó al ibis con cuidado en el suelo. Luego llevó los amuletos a su pecho.
La llama azul lo envolvió, cálida y firme, y en su mente estallaron destellos de las bibliotecas del conocimiento, del cuerpo y del corazón: pasillos infinitos, palabras antiguas, entrenamientos, caídas, aprendizajes.

Y entonces lo entendió.

No solo a Seth. No solo a Thot. A todos ellos. A los dioses que habían sido grandes y ahora eran apenas nombres en piedras rotas y vitrinas de museo. El dolor que la Niebla había sembrado en ellos no era mentira: era el miedo a ser olvidados. A que el tiempo pasara por encima de su historia como el desierto cubre una ciudad.

Ignacio sintió un nudo en el pecho. Comprendió que el tiempo también tiene olvido, que la memoria y la pérdida caminan juntas, y que sin una, la otra no puede existir. El futuro se construye con restos del pasado… y con lo que estamos dispuestos a dejar atrás.

Por eso supo lo que debía hacer.

El reloj no necesitaba fuerza. Necesitaba un engranaje dispuesto a ceder. Y si para que el tiempo siguiera latiendo alguien tenía que perder algo… estaba dispuesto a ser él. Aunque doliera. Aunque una parte de quien era tuviera que quedarse en la arena.

Seth rió, con un eco áspero.

—¿Estás dispuesto a borrar quién eres para salvarlos? También tú serás olvidado… como nuestras civilizaciones.

El corazón de Ignacio ardía. Aun así, abrió las manos.

Los tres amuletos descansaron un instante contra su pecho… y luego cayeron.

El sonido al tocar la piedra de la pirámide fue suave, pero en su interior retumbó como un trueno. No estaba soltando solo metal y magia. Estaba dejando ir cada entrenamiento, cada prueba, cada victoria que lo había convertido en Guardián de la Llama Azul. Todo aquello que lo había hecho fuerte. Todo aquello que le había dado un nombre.

Por un segundo sintió miedo.

Y entonces lo entendió.

Era más que sus batallas. Más que su entrenamiento. Más que sus amuletos. Era el hijo de sus padres, el sobrino de su tío loco de amor por él, el niño que había prometido proteger lo que amaba. Eso no podía borrarlo ningún tiempo, ni ninguna Niebla.

No supo explicar cómo ocurrió, pero lo sintió: una mañana cualquiera en su casa, la voz de su madre llamándolo a desayunar, el olor a pancakes de su padre, el tío Chris quejándose porque siempre llegaba tarde… Todo eso no desapareció del todo.

Pero ese día exacto… ese instante… se volvió borroso, como un sueño al despertar.

La arena brilló.

El reloj respondió.

Los amuletos, en el suelo, se alinearon como estrellas encontrando su lugar.

Seth gritó:
—¡¿Qué estás haciendo?!

—Pagando el precio —respondió Ignacio, con los ojos ardiéndole—. Para que otros no tengan que perderlo todo.

La Niebla chilló, como si esa armonía la quemara.

El Ojo de Horus en el cuello de Gryphos resplandeció con más fuerza. Los amuletos vibraron al mismo ritmo. La pirámide comenzó a deshacerse, revelando por completo el reloj de arena en su interior. El mecanismo empezó a girar… esta vez, en calma.

Seth corrió hacia él, furioso.

—¡No puedes quitarme mi futuro!

Pero cuando tocó el círculo, el tiempo no le obedeció.

Aprovechando ese instante, la Niebla del Olvido se deslizó entre las dunas, escapando hacia el desierto. Ignacio la vio huir… y supo que esa batalla aún no había terminado.

Y sin ella, Seth quedó solo frente a su propio caos.

La arena del desierto se elevó en un remolino que fue absorbido por el reloj ya armonizado. Un torbellino de luz y arena envolvió al dios del desierto.

—¡No! ¡Yo… yo debía reinar! —rugió, mientras su voz se perdía, atrapada en un bucle de arena y eco.

No fue destruido.

Fue encerrado en su propio intento de control.

El silencio cayó.

El reloj de arena se detuvo.

Luego, lentamente, volvió a latir… en armonía.

La ciudad dejó de temblar.

El ibis bebé se elevó en una luz suave y, poco a poco, recuperó su forma. Thot cayó de rodillas, exhausto, pero completo. A lo lejos, el Mister volvió a su edad, respirando hondo, como si despertara de un sueño muy largo.

Ignacio corrió hacia Gryphos y apoyó la cabeza contra su hombro.

—Buen trabajo, compañero —susurró el Guardián.

El cielo se iluminó. No como una explosión, sino como un amanecer tranquilo. Una presencia cálida cruzó el firmamento.

—Lo que es… volverá a ser —susurró la voz del sol—. Pero lo que eliges perder… también te hace quien eres.

Ra se retiró.

El reloj de arena se abrió, y la arena dorada envolvió a Ignacio con suavidad.

Cerró los ojos.

Pensó en su profe.
Pensó en su casa.
Pensó en su familia.

—Espero… no haber olvidado lo importante —murmuró.

Y el tiempo lo llevó de regreso.

Calma prestada


El Libro del Dragón vibró suavemente en la habitación de Ignacio.

La puerta se abrió.

—¡Igna! —dijo el tío Chris, ya adulto otra vez, con su gorra verde ladeada—. ¿Estás listo o qué? Llegamos tarde a taekwondo.

Ignacio lo miró… y sonrió.

—Sí, tío. Vamos.

Mientras caminaban, el tío Chris le quitó un poco de arena de los hombros, como si fuera polvo cualquiera. Ignacio sintió ese peso extraño en el pecho: sabía que había perdido un recuerdo… pero no el amor que lo sostenía.

Y eso… era suficiente.

En algún lugar, muy lejos, un reloj de arena seguía girando.

No perfecto.

Pero en paz.