Factor Chris



Un hombre con gorra mira a una mujer sonriente en una habitación cálida, iluminada con luces de dibujos animados, con estrellas brillantes y caras divertidas en la pared.


¡Oh no!


Era un día perfectamente normal en la vida del Tío Chris.

Había sol.

Había café caliente.

Y había una cantidad moderadamente peligrosa de optimismo.

Aquella tarde se celebraba el gran Show de Talentos de la Escuela de las Estrellas, uno de los eventos más importantes del año. Criaturas mágicas, aprendices de guardianes y pequeños seres celestiales llevaban semanas preparándose.

Chris no iba a participar.

Claro que no.

Él solo asistiría como público junto a la abuela Flor.

Y ahí estaba precisamente el problema.

Porque existía una verdad absoluta dentro de la familia Bonilla:

La abuela Flor siempre llegaba tarde.

Siempre.

No “cinco minuticos”.

No.

Tarde nivel mitológico.

Chris miró la hora por quinta vez y llamó por teléfono.

—¿Maaaa? ¿Dónde estás? ¡El show ya va a empezar!

—¡Ya voy llegando, amor! —respondió ella con total tranquilidad.

Y justo detrás de la llamada…

se escuchó claramente el sonido de la ducha encendida.

Chris cerró lentamente los ojos.

—Claro que sí…

Suspiró.

Guardó el celular.

Y decidió caminar un poco mientras esperaba.

La Escuela de las Estrellas estaba más viva que nunca.

Pequeñas constelaciones flotaban sobre los jardines practicando figuras coreográficas.

Querubines ensayaban beatbox celestial junto a una fuente brillante.

Y un grupo de delfines encantados discutía seriamente sobre quién tenía más “flow mitológico” para una coreografía de reggaetón acuático.

Todo era perfectamente normal.

Para ese lugar, al menos.

Pero entonces Chris vio algo que capturó completamente su atención.

En medio de una carpa iluminada…

¡un grupo de peces dorados trapecistas realizaba acrobacias imposibles mientras un hámster con capa dirigía el espectáculo con un silbato diminuto!

Chris quedó absolutamente hipnotizado.

—Esto… esto merece un premio internacional.

El hámster señaló un pez.

El pez giró en el aire.

Otro pez atrapó una estrella brillante con la cola.

Chris aplaudió emocionado.

Y ese fue exactamente el instante en que el universo decidió activar el Factor Chris.


¡Ay no… peor!


Mientras tanto, la abuela Flor finalmente llegó a la Escuela de las Estrellas.

Perfume impecable.

Cabello perfecto.

Estrés absoluto.

Entró apresurada buscando a Chris entre la multitud.

—¡Estoy buscando a mi hijo! —le dijo a un querubín voluntario que claramente llevaba demasiadas horas trabajando.

El querubín bostezó.

—¿Su hijo es uno de los participantes?

—¿Qué? No… bueno… no sé… estoy tratando de encontrarlo.

El querubín, confundido y funcionando apenas con energía celestial mínima, le entregó una hoja brillante.

—Puede escribir aquí el nombre del talento.

Y así…

sin sospechar absolutamente nada…

la abuela Flor escribió con elegante letra cursiva:

“El Tío Chris”.

El querubín sonrió.

Selló la hoja con magia estelar.

Y el destino dijo:
“excelente, ahora sí empieza el caos”.

Minutos después, Chris regresó feliz después de haber presenciado probablemente el mejor espectáculo acuático-hamsteril de su vida.

—¡Maaaa! ¡Había peces trapecistas!

—Ay, qué lindo, amor. Ven, ya casi empieza.

Entraron juntos al gran teatro de la Escuela de las Estrellas.

Todo brillaba.

Las butacas flotaban suavemente.

Las lámparas parecían pequeñas galaxias suspendidas en el techo.

Chris y la abuela Flor se acomodaron felices con un enorme balde de palomitas de lavanda encantada.

El show comenzó.

Hubo:

estrellas cantantes,

minotauros bailarines,

un mago que accidentalmente convirtió a su asistente en lámpara,

y un coro de sirenas desafinadas que aun así recibió ovación de pie por esfuerzo emocional.

Todo iba perfecto.

Hasta que la presentadora apareció bajo un reflector dorado y anunció con entusiasmo dramático:

—¡Y ahora… el siguiente acto de la noche!

Redoble de tambores celestiales.

—¡Recibamos con un fuerte aplauso aaaaaaa… EL TÍO CHRIS!

Silencio.

Chris dejó caer lentamente una palomita.

—¿…qué?

El reflector cayó directamente sobre él.

Toda la sala giró para mirarlo.

La abuela Flor sonrió con nerviosismo maternal.

—Ay, amorcito…

Chris la observó lentamente.

Ella levantó una mano pequeñita.

—Creo que te busqué… demasiado.

Chris sintió cómo su alma abandonaba el cuerpo y pedía asilo en otra dimensión.

—Maaaaaa…

Los querubines ya lo estaban empujando hacia el escenario.

Y alguien gritó desde el fondo:

—¡Vamos, Tío Chris! ¡Confiamos emocionalmente en ti!

—¡NO DEBERÍAN! —respondió él mientras desaparecía tras el telón.


¡Ahhh claro…!



Chris subió al escenario con el corazón acelerado, las manos sudando y la dignidad colgando peligrosamente de una nube.

Miles de ojos lo observaban.

Incluso los peces trapecistas habían dejado de girar.

Chris tomó el micrófono.

Silencio absoluto.

Y entonces recordó algo.

Algo peligroso.

Algo que jamás debió intentar en público.

—Bueno… —dijo nervioso— una vez mi sobrina Majo me obligó a ser su base humana para practicar cheerleading.

Pausa.

—Así que… supongo que esto cuenta como experiencia profesional.

Mala decisión.

Muy mala decisión.

Porque de pronto el Tío Chris comenzó una rutina improvisada de cheerleading mitológico completamente fuera de control.

Saltó.

Giró.

Agitó pompones invisibles con convicción espiritual.

Hizo una pose heroica que parecía mezcla entre superhéroe olímpico y vendedor motivacional de batidos proteicos.

La audiencia observaba en absoluto desconcierto.

Y entonces…

Chris intentó hacer una voltereta.

El universo observó.

Y dijo:
“esto será divertido otra vez”.

¡WHOOSH!

Giró demasiado.

Cayó sobre una estrella decorativa.

La estrella salió disparada.

Rebotó contra una lámpara galáctica.

Y de pronto todo el teatro comenzó accidentalmente una coreografía mágica automática.

¡Las luces giraban!

¡Los querubines bailaban!

¡Los delfines hacían mortalitos sincronizados!

¡Hasta el hámster con capa agitaba pompones diminutos!

Chris, confundido y ya entregado completamente al caos, levantó un brazo y gritó:

—¡¡¡ESTO NO ERA PARTE DEL SHOW!!!

Pero ya era demasiado tarde.

La audiencia estaba llorando… de la risa.

Todo el teatro terminó bailando con él.

Cuando finalmente la música se detuvo, Chris quedó tirado en el suelo del escenario, despeinado, agotado y abrazando accidentalmente un pompón encantado.

Hubo un segundo de silencio.

Y entonces…

¡BOOOOM!

El teatro entero explotó en aplausos.

Criaturas mágicas.

Querubines.

Estrellas vivientes.

Todos estaban de pie.

Chris no ganó el trofeo.

Ni cerca.

Pero al terminar el espectáculo, había una fila gigantesca de personas esperando tomarse fotos con él.

Porque el Tío Chris jamás era el más talentoso.

Pero de alguna manera extraña y completamente inexplicable…

siempre terminaba siendo imposible de olvidar.

Y desde la primera fila, la abuela Flor sonrió orgullosa mientras se secaba una lagrimita de risa.

Porque quizá el verdadero talento del Tío Chris nunca fue cantar, bailar o hacer acrobacias.

Era convertir cualquier desastre en una historia que valiera la pena recordar.

Aunque involucrara peces trapecistas.

Y un hámster con capa.



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