El Origen de la Primera Sombra
Contado por el Tío Chris

Antes de las mitologías.
Antes de los dioses.
Antes incluso de que el tiempo supiera avanzar…
no existía nada.
No había cielo.
Ni tierra.
Ni viento.
No había lugares donde la oscuridad pudiera esconderse, porque la oscuridad era lo único que existía.
Solo existía el vacío.
Inmenso.
Silencioso.
Sin principio ni final.
Y en algún lugar de aquella nada ocurrió algo que nadie podría explicar.
Una pequeña chispa comenzó a brillar.
No fue encendida por ninguna mano.
No respondió a una voluntad.
Simplemente apareció.
Era diminuta frente a la inmensidad que la rodeaba, pero el vacío jamás había conocido la luz y, por eso, incluso aquel resplandor insignificante parecía capaz de atravesarlo todo.
La chispa creció.
Aprendió a sostenerse.
Después tomó forma.
No sabía quién era.
No sabía por qué existía.
Solo comprendía una cosa:
podía crear.
Extendió una mano hacia la oscuridad y desprendió de sí una pequeña porción de luz.
La sostuvo entre los dedos.
La moldeó.
Y allí donde antes no había nada apareció una esfera diminuta y brillante.
Luego creó otra.
Y otra.
Mundos comenzaron a poblar el vacío.
Algunos eran fríos.
Otros ardían.
Algunos permanecieron silenciosos.
Otros comenzaron lentamente a llenarse de posibilidades.
Así nació aquel ser al que, mucho después, otros llamarían El Inicio.
Aunque él jamás eligió ese nombre.
Durante eras imposibles de medir, El Inicio creó.
Moldeó planetas.
Encendió el Sol.
Dio forma a la Luna.
Separó las aguas de la piedra.
Dejó que la tierra aprendiera a sostener raíces y permitió que los primeros seres descubrieran cómo respirar.
Pero mientras llenaba el vacío de maravillas, nunca reparó en algo que había estado junto a él desde el instante en que comenzó a brillar.
Su sombra.
Siempre había estado allí.
Pegada a sus pasos.
Alargándose detrás de su luz.
Desapareciendo cuando el resplandor era demasiado intenso y regresando cuando el universo volvía a oscurecerse.
Durante incontables eras fue su única compañía.
El Inicio hablaba.
La sombra escuchaba.
El Inicio imaginaba.
La sombra permanecía a su lado.
Y mientras no existió nada más, aquello pareció suficiente.
Hasta que dejó de serlo.
Porque cuanto más crecía el universo, más pequeña parecía la sombra.
El Inicio contemplaba mundos nuevos.
Ella contemplaba a El Inicio.
Él descubría criaturas.
Ella esperaba.
Él escuchaba las primeras voces de la existencia.
Y la sombra comenzaba a comprender que ya no era la única que podía acompañarlo.
El Inicio tardó demasiado en advertirlo.
Cuando finalmente percibió aquella tristeza silenciosa, hizo lo único que sabía hacer.
Creó.
Reunió oscuridad y luz entre sus manos.
Les dio peso.
Forma.
Un rostro.
Un cuerpo capaz de caminar lejos de sus pasos.
Cuando terminó, frente a él se encontraba un ser hermoso y poderoso, distinto de cualquier criatura que hubiera creado hasta entonces.
El Inicio lo observó maravillado.
Pero no quiso llamarlo creación.
Habían despertado juntos.
Habían compartido la nada.
Habían conocido un universo en el que ninguno de los dos tenía a nadie más.
Así que lo llamó:
hermano.
Durante un tiempo, aquel nombre bastó.
El hermano caminó junto a El Inicio y conoció los mundos que habían nacido de sus manos.
Vio océanos.
Montañas.
Bosques.
Criaturas que aprendían a mirar el cielo.
Pero también descubrió algo que no podía ignorar.
Él podía recorrer la creación.
Podía protegerla.
Podía admirarla.
Pero no podía producirla.
Intentó encender una luz entre sus manos.
Nada ocurrió.
Intentó moldear la piedra.
La piedra permaneció inmóvil.
Intentó dar vida a una semilla.
La semilla no respondió.
Aquello que El Inicio hacía con naturalidad le estaba prohibido.
Y una pregunta pequeña comenzó a crecer dentro de él.
¿Qué lugar podía ocupar una sombra en un universo construido por la luz?
El Inicio volvió a intentar ayudarlo.
Entre todos los mundos que había creado existía uno que contemplaba con especial cariño.
La Tierra.
Sobre ella se extendía un único continente rodeado por océanos antiguos. Allí comenzaban a levantarse los primeros reinos y las divinidades recién nacidas aprendían a convivir con mortales, criaturas y fuerzas que todavía no poseían nombre.
El Inicio llevó a su hermano hasta aquel mundo.
—Cuídalo —le pidió.
No le entregó un reino.
Ni un trono.
Le entregó algo mucho más importante.
Su confianza.
Y durante mucho tiempo, el hermano protegió la Tierra.
Observaba los caminos.
Velaba por las criaturas mientras dormían.
Se mantenía cerca cuando los dioses discutían.
Caminaba entre pueblos que todavía no construían templos y alejaba peligros que sus habitantes jamás llegaron a conocer.
No necesitaba agradecimiento.
Al principio.
Los siglos avanzaron.
Los pueblos se convirtieron en ciudades.
Los dioses recibieron nombres.
Después símbolos.
Después templos.
Los mortales levantaban estatuas para quienes enviaban lluvia.
Cantaban a quienes protegían las cosechas.
Ofrecían plegarias a quienes gobernaban los océanos, el fuego, el amor, la guerra o la muerte.
El hermano continuaba caminando entre ellos.
Invisible.
Nadie levantó un templo en su honor.
Nadie contó historias sobre quien había vigilado sus noches.
Ningún niño aprendió su nombre.
Porque nadie lo conocía.
El hermano observaba las celebraciones desde la distancia.
Y lentamente comenzó a recordar el vacío.
Allí al menos había sido necesario.
Allí había sido la única compañía de la luz.
En aquel mundo lleno de vida volvía a sentirse como lo que siempre había sido.
Una sombra detrás de alguien más.
La tristeza se convirtió en resentimiento.
El resentimiento, en rabia.
Y la rabia comenzó a cambiarlo.
La Tierra también estaba cambiando.
Los primeros mortales habían nacido con una luz profunda dentro de ellos, una pequeña huella de aquella fuerza que había dado origen al mundo.
Pero aquella luz no era eterna.
Cuando alguno permitía que la envidia, el odio o el deseo de destruir a otros ocuparan completamente su corazón, algo luminoso abandonaba su cuerpo.
Ascendía.
Atravesaba la noche.
Y permanecía allí arriba.
Una estrella nueva.
El cielo comenzó lentamente a llenarse de ellas.
Hermosas.
Lejanas.
Testigos silenciosos de luces que ya no habitaban la Tierra.
El Inicio las observaba con tristeza.
Comprendía lo que significaban.
Pero no podía impedirlo.
Podía crear un corazón.
No podía decidir lo que ese corazón haría.
Podía crear caminos.
No podía obligar a nadie a recorrerlos.
Podía encender luz.
No podía exigirle que permaneciera encendida.
Y tampoco podía arrancar el resentimiento del corazón de su hermano.
Intentó acercarse.
Intentó recordarle los días en que ambos habían compartido la nada.
Pero algunas heridas, cuando permanecen demasiado tiempo sin ser nombradas, aprenden a alimentarse solas.
El hermano comenzó a escuchar otro sonido dentro de sí.
No era una voz.
Era el recuerdo del vacío.
La ausencia.
El silencio anterior a todas las cosas.
Y comprendió algo terrible.
Si no podía crear…
podía hacer desaparecer.
Donde El Inicio dejaba una huella, él podía borrarla.
Donde existía un nombre, podía hacerlo olvidar.
Donde una historia permanecía viva, podía convertirla en silencio.
Por fin había encontrado algo que le pertenecía.
Y cuanto más utilizaba aquel poder, menos recordaba quién había sido antes de descubrirlo.
Su cuerpo comenzó a perder forma.
Los bordes de su piel se deshicieron en humo.
Su voz dejó de salir de una boca y empezó a escucharse desde muchos lugares al mismo tiempo.
La sombra que El Inicio había convertido en un ser comenzó a regresar a aquello de donde provenía.
Pero ya no era la misma.
Había aprendido rencor.
Había aprendido abandono.
Había aprendido cuánto dolía ser olvidado.
Y decidió que el mundo aprendería la misma lección.
Su ira cayó sobre Atlántida.
La gran ciudad de piedra y agua había crecido entre conocimientos antiguos, templos y memorias que parecían destinadas a permanecer eternamente.
El hermano quiso demostrar que nada era eterno.
El océano rugió.
El cielo se quebró sobre la ciudad.
Los Grandes Señores Dioses descendieron para detenerlo.
Rayos atravesaron las nubes.
Armas divinas golpearon el centro del océano.
Durante horas, el mundo entero pareció combatir contra una única presencia.
Pero no se puede ejecutar una sombra.
No se puede atravesar con una espada aquello que ya ha comenzado a abandonar su propia forma.
Los dioses golpearon.
Y golpearon.
Hasta que el cuerpo del hermano terminó por deshacerse.
Durante unos segundos creyeron haber vencido.
Entonces el humo comenzó a levantarse desde el agua.
Se extendió entre las ruinas.
Atravesó los restos de Atlántida.
Y allí donde pasaba, los nombres desaparecían.
Las historias se confundían.
Los recuerdos perdían sus bordes.
El hermano había dejado de ser un cuerpo.
Había dejado incluso de necesitar un nombre.
Se había convertido en algo mucho más difícil de destruir.
La Niebla del Olvido.
Desde el límite de la creación, El Inicio observó.
Vio caer Atlántida.
Vio la furia de los dioses.
Vio aquello en lo que se había convertido quien alguna vez caminó detrás de sus pasos.
Y permaneció en silencio.
Muchos habrían confundido aquel silencio con indiferencia.
No lo era.
El Inicio conocía mundos.
Conocía luz.
Conocía la forma exacta de una semilla antes de que atravesara la tierra.
Pero jamás había aprendido a destruir.
No era un dios de guerra.
No era un juez.
No gobernaba la creación.
Era aquello que su nombre siempre había anunciado.
El Inicio.
Podía hacer que algo comenzara.
No podía decidir cómo debía terminar.
Y sabía también que una parte de aquella tragedia le pertenecía.
Había amado a su hermano.
Pero había intentado curar su tristeza dándole forma.
Después propósito.
Después responsabilidad.
Nunca comprendió que quizá lo único que necesitaba era dejar de sentirse una sombra.
Su silencio fue entonces su forma más amarga de pedir perdón.
A los dioses.
A los mortales.
Y también a aquel hermano cuyo nombre el mundo jamás había aprendido.
La Niebla siguió avanzando.
Llegó hasta las tierras de las Amazonas.
Intentó borrar su historia.
Sus juramentos.
Las razones por las que habían elegido permanecer juntas.
Pero tres guerreras resistieron.
No porque fueran más poderosas que la Niebla.
Sino porque todavía recordaban quiénes eran.
Una permaneció cuando el miedo le pidió huir.
Otra eligió proteger a los demás cuando podía salvarse sola.
La última se negó a abandonar aquello a lo que había entregado su lealtad.
Coraje.
Honor.
Lealtad.
Sus cuerpos desaparecieron.
Sus decisiones no.
Y mientras las diosas reunían su poder para contener aquello que no podía ser destruido, aquellas tres virtudes quedaron atrapadas dentro de un cristal.
Así nació el sello que cerraría el Arca de las Mil Memorias.
La Niebla fue encerrada.
El mundo respiró.
Pero El Inicio sabía que aquello no era una victoria definitiva.
El Olvido no había nacido únicamente del cuerpo de su hermano.
Había encontrado espacio dentro del miedo, el rencor y la necesidad de borrar aquello que dolía.
Mientras existiera memoria…
también existiría la posibilidad de perderla.
Entonces El Inicio hizo lo único que su naturaleza le permitía.
Creó.
No creó ejércitos.
No forjó armas capaces de matar dioses.
Creó refugios.
Cuando encontró sabiduría digna de sobrevivir, le dio una forma capaz de resistir los siglos.
Cuando descubrió corazones que habían conservado su luz en medio de la oscuridad, creó objetos que ayudaran a otros a encontrarse nuevamente.
Cuando alguien entregó su vida para proteger aquello que amaba, tomó el eco de aquella decisión y lo convirtió en legado.
Libros.
Espejos.
Amuletos.
Semillas.
Reliquias que jamás podrían elegir por quienes las encontraran.
Porque El Inicio podía crearlas.
Pero la decisión de utilizarlas nunca le pertenecería.
Los siglos continuaron.
Los continentes cambiaron.
Los dioses se alejaron.
Los nombres antiguos comenzaron a desaparecer.
Y en algún lugar del mundo, el Arca de las Mil Memorias permaneció cerrada.
Custodiada.
Esperando.
Desde entonces, El Inicio observa su creación desde el confín de todas las cosas.
Ya no intenta decidir por ella.
Crea cuando todavía existe algo digno de continuar.
Deja señales.
Abre posibilidades.
Después espera.
Porque aprendió demasiado tarde que ni siquiera quien puede crear un mundo tiene derecho a elegir qué hará ese mundo con la luz que recibió.
Y bajo montañas, recuerdos y juramentos antiguos…
la Primera Sombra continúa respirando.
Tal vez ya no recuerde el rostro que tuvo.
Tal vez haya olvidado incluso la voz de quien alguna vez la llamó hermano.
Pero existe algo que jamás ha olvidado.
Cómo se siente desaparecer detrás de la luz.
Por eso espera.
Porque mientras exista un recuerdo que alguien ame…
existirá algo que la Niebla del Olvido querrá borrar.
